Me llamo Cristóbal, y a mis 21 años ya puedo mirar hacia atrás y reconocer que todo empezó a torcerse justo antes de cumplir los 18. Por ese entonces, yo era el clásico estereotipo de chico al que le hubieran dado miedo sus propias sombras: medía 170 cm, flaco como un fideo, y mi mundo se reducía a mi habitación. Los videojuegos, el porno y mis propias manos eran mi santísima trinidad; una rutina cómoda y predecible. Las mujeres, en la vida real, me producían un pánico paralizante. Mi único punto de referencia femenina constante, la persona que llenaba la casa con su presencia, era mi madre, Mónica

Una mañana, compartía el silencio cómodo con mi madre, que estaba sentada frente a mí, absorta en su tazón de avena. Para nosotros era importante pasar estos ratos juntos antes de que el día empezara; perderme ese ritual habría arruinado mi jornada. Empujé un arándano solitario por mi plato, usándolo para barrer algunos trocitos de huevo revuelto que habían quedado. Ya no tenía hambre; mi mente estaba en las nubes. Normalmente yo hablaba mucho más por las mañanas, así que mi silencio fue una señal inmediata para ella.
Se aclaró la garganta, suave pero efectiva, para devolverme a la realidad.
—¿Hola? ¡Tierra a Cristóbal!
Parpadeé con fuerza un par de veces.
—¿Eh?
—Estás completamente perdido, cariño.
—Lo siento, mamá —dije, ajustándome las gafas por pura costumbre—. ¿Qué me perdí?
Sopló una cucharada de avena caliente, enviando una nube de vapor hacia mi lado de la mesa.
—Te pregunté si estabas teniendo suerte con esa tal Rebeca. La mencionaste la semana pasada, ¿recuerdas?
Me estremecí al oír su nombre. Un nudo se formó en mi estómago.
—Ah, sí. Yo… eh… no creo que las cosas vayan a salir bien.
Mamá arrugó ligeramente el ceño, con una sombra de preocupación genuina en sus ojos.
—Lo siento, cielo. Parecía que te gustaba mucho. ¿Pasó algo?
Me encogí de hombros con un movimiento exagerado, buscando parecer más indiferente de lo que era.
—Sí me gustaba, supongo… pero algo… faltaba. No sé.
—¿Alguna idea de qué era? —preguntó inocentemente, completamente ajena al vértigo que su simple pregunta desencadenaba en mi cabeza.
—No —mentí, clavando la mirada en los restos de mi desayuno. La respuesta fue tan grotesca que me daban náuseas cada vez que pensaba en confesármelo. Quería contarle lo que me preocupaba, pero no me atrevía.
Mamá y yo siempre habíamos sido muy abiertos el uno con el otro. Mi padre falleció cuando yo tenía solo diez años, dejando un vacío en mi vida que, gracias a ella, no se convirtió en un abismo. Lo mismo le ocurrió a ella. No conocía a ninguna madre ni a ningún hijo tan unidos como nosotros, y aunque nuestra conexión ya era fuerte antes de la pérdida, nuestro vínculo se fortaleció exponencialmente durante los años siguientes.
A algunos tal vez les hubiera sonado patético oír que consideraba a mamá una de mis mejores amigas, y habría dado por hecho que esa etiqueta era totalmente acertada… de no ser por una salvedad monstruosa, un secreto que corroía mi normalidad desde dentro: estaba locamente, obscenamente, enamorado de ella.
Mis sentimientos habían mutado de forma imperceptible pero imparable durante el último año, justo después de cumplir los dieciocho. Si tuviera que señalar un detonante, una razón fundamental para ese cambio catastrófico, sería uno solo: su culo.
El culo de mi madre, que yo consideraba su rasgo más atractivo, era el más hermoso que jamás había visto. Y eso incluía cualquiera de los enormes traseros que uno podía encontrar con una simple búsqueda en internet. No era ajeno a la pornografía; había pasado incontables horas buceando en los archivos de cualquier sitio que prometiera alivio. Pero por mucho que buscara, nunca, jamás, encontré a una mujer con un trasero como el suyo.
Algunos se parecían en forma, otros en tamaño, pero ninguno lograba provocar en mí la misma reacción visceral. El de ella hacía que una serpiente de deseo y culpa se enrollara en mi estómago, formando un nudo tan apretado que a veces me costaba respirar. Cuanto más buscaba un sustituto socialmente aceptable, más me hundía en una depresión silenciosa.
Aunque me costara admitirlo, con el tiempo me resultó difícil, luego casi imposible tener una erección pensando en otras mujeres. Seguía encontrándolas atractivas a nivel convencional, pero esa chispa eléctrica, esa energía sexual pura y devoradora, se había vuelto exclusiva de mamá. Jamás la había visto sin pantalones, y mucho menos sin ropa interior, pero mi mente no necesitaba más que el recuerdo de su silueta en unos vaqueros ajustados para excitarse más que con cualquier imagen de internet.
Mamá se levantó de la silla, agarró su tazón y luego mi plato, llevándolos hacia el fregadero.
—¿Crees que pronto empezarás a buscar una nueva chica? —preguntó, sin mirarme, como si la pregunta no pesara más que el comentario sobre el tiempo.
Sabía que sus intenciones eran buenas, pero una punzada de irritación me atravesó. Me desesperaba esa insistencia en un territorio donde yo me sentía completamente fuera de control.
—¿Qué te importa? —solté, más áspero de lo que pretendía—. Es mi vida, mamá.
Dejó los platos en el fregadero con un suave chasquido y se giró hacia mí. Su movimiento fue tan rápido que su brillante cabello rubio cayó sobre un hombro. Su expresión no era de enfado ante mi brusquedad —algo raro en mí—, sino de una preocupación profunda y maternal.
—Solo quiero que seas feliz, cariño —insistió, su voz un poco más suave—. Creo que eres una persona increíble, con mucho que ofrecer. Solo necesitas encontrar a la chica adecuada a quien dárselo.
—Lo sé —dije, sin ninguna convicción. El peso de la mentira me aplastaba—. Lo siento, mamá. No quiero ser un idiota, es solo que… no sé. Olvídalo.
Mamá frunció los labios, estudiándome. Se le veía luchar entre respetar mi espacio y su naturaleza entrometida.
—Lo intentaré —cedió al final, aunque una lucecita traviesa apareció en sus ojos—. Pero ya sabes lo pesada que puedo llegar a ser. ¡Quizá te siga y te acribille a preguntas todo el día!
Su tono juguetón, esa desenvoltura que siempre la caracterizaba, logró arrancarme una pequeña sonrisa a pesar de la amargura que me carcomía por dentro.
—Me gustaría —admití, casi en un susurro.
—Apuesto a que sí —replicó ella, acercándose para darme un leve codazo—. Cualquier excusa para pasar tiempo con mami, ¿eh, niño de mamá?
A menudo se burlaba así de nuestra cercanía, y siempre lo había tomado a broma. La verdad, que ahora me quemaba, era que ese nombre de "mami" me provocaba un cosquilleo prohibido y delicioso. Por eso nunca me quejaba.
Sin embargo, en ese momento, una chispa de algo más oscuro, una mezcla de deseo y despecho, encendió una idea en mi cabeza. No era una venganza contra ella, sino un acto egoísta para saciar mi propia obsesión.
La oportunidad se presentó segundos después. Mamá agarró un montón de platos ya limpios del escurridor. Su destino era el armario alto, aquel que estaba tan arriba que ella tenía que estirarse sobre las puntas de los pies para alcanzarlo. Yo conocía esa rutina de memoria.
El corazón me empezó a golpear contra las costillas. Con un movimiento rápido y furtivo, deslicé la mano hacia el bolsillo, saqué el teléfono y desbloqueé la pantalla. El crujido de las bisagras del armario fue mi señal. Abrí la cámara, ajusté rápidamente el zoom y, conteniendo la respiración, apunté el objetivo hacia el lugar que me obsesionaba: el trasero de mi madre, perfectamente moldeado por sus shorts ajustados mientras se estiraba.

Esa mañana, llevaba unos diminutos shorts deportivos de un rosa que se le pegaban al trasero como una segunda piel. La tela, tirante como un tambor, se hundió profundamente entre sus nalgas regordetas cuando se puso de puntillas. El tejido no desapareció del todo, sino que se subió justo por la entrepierna, revelando una fina medialuna de carne color vainilla en el bajo de los shorts. Toqué la pantalla del teléfono con dedos temblorosos, asegurándome de que la cámara enfocara esa mínima porción de piel expuesta.
Tomé docenas de fotos en ráfaga, con la fría intención de revisarlas después y quedarme con las mejores. Enfocaba el pliegue profundo y oscuro donde su culo se encontraba con la parte superior del muslo. Aquel detalle acentuaba el volumen exuberante de sus nalgas, haciéndolas parecer apoyadas en una plataforma invisible. Sus piernas, bronceadas, contrastaban con la piel blanca como porcelana que los shorts dejaban al descubierto.
Fue un vistazo fugaz, pero más que suficiente. Para cuando cerró el armario, yo ya estaba medio erecto. Respiré hondo, forzando un tono casual.
—Eh, mamá.
Ella se estaba poniendo unos guantes amarillos de goma para fregar.
—¿Qué pasa, cariño?
—Voy a subir a hacer unas tareas, si a ti te va bien encargarte de los platos.
—Claro, no hay problema —asintió—. Voy a poner también una lavadora y luego tengo que llamar a tu tía Linda. Quizás después podamos dar un paseo y disfrutar del buen tiempo. ¿Te parece bien?
—Suena genial, mamá.
Disfrutaba enormemente pasear con ella, alimentando la ingenua fantasía de que alguien nos viera juntos y se preguntara, con envidia, cómo un chico como yo podía estar al lado de una mujer tan hermosa.
Mamá conservaba una belleza radiante y efervescente que dejaba perplejas a otras mujeres al saber que rozaba los cuarenta años. Supuse que se angustiarían igual si vieran a sus maridos mirando el trasero exuberante de mamá mientras paseaba.
Mi excusa de las tareas era, por supuesto, una mentira. Tenía tareas pendientes, pero me había asignado una prioridad mucho más apremiante.
Mi obsesión había llegado a un punto en el que, tras cada sesión de fotos o vídeos furtivos, necesitaba correr a mi habitación y masturbarme. Se había vuelto un ritual tan frecuente que mi archivo digital, meticulosamente organizado, había crecido hasta albergar 372 fotos y videos cortos del culo de mi madre.
Cerrando con seguro la puerta de mi cuarto, me senté frente a la computadora. Abrí la enorme carpeta de contenido que había acumulado durante el último año. Junto a las nuevas fotos de esa mañana, busqué algunas de mis favoritas: aquella serie donde la había capturado haciendo posturas de yoga particularmente sugerentes en la sala. Y entonces, me entregué al acto.
Tras deshacerme de un pañuelo de papel empapado y pegajoso, me invadió una sensación de suciedad que iba más allá de lo moral; era física. Decidí ducharme. Me envolví una toalla a la cintura y tuve que esperar unos minutos, quieto, a que mi excitación cediera lo suficiente para salir.
Con el ánimo extrañamente aliviado tras la descarga, silbé una melodía sin sentido por el pasillo hasta el baño. Continué tarareando bajo el chorro de agua, tan emocionado que apenas y escuché que alguien llamaba a la puerta. Solo cuando su voz traspasó el ruido del agua, aguda y clara, reaccioné.
—¡Cristóbal! —llamó, casi a gritos.
Me limpié la cara.
—¿Sí?
—Voy a recoger tu ropa sucia de la habitación, ¿te parece bien?
—Adelante, mamá.
Era un ritual respetuoso que siempre agradecí: pedirme permiso antes de entrar. Sin embargo, si hubiera estado más despierto, me habría dado cuenta de que su intención de recoger mi "ropa sucia" podría volverse, en ese instante, terriblemente literal y metafórica a la vez.
La comprensión me golpeó unos segundos después, con una violencia que me encogió el estómago. Un deseo infantil de teletransportarme a otro continente me atravesó.
¿Apagué mi laptop? Me asaltó el pánico. Sí, lo hice. ¿Verdad? No podía recordar el simple acto de haberlo cerrado. ¿Y si…? Mi mente se negó a completar el pensamiento.
Con el pulso martilleándome en los oídos, me enjuagué a toda prisa y salí de la ducha. Corrí por el pasillo con el pelo goteando, dejando un reguero de agua en la alfombra, pero ya sabía, con una certeza helada, que llegaba demasiado tarde.
Al llegar a la puerta de mi habitación, el horror me paralizó. Allí estaba ella, de pie junto a mi escritorio, todavía con aquellos shorts rosas que se le clavaban en el pliegue de sus nalgas. Su espalda estaba rígida, su mirada clavada en la pantalla del portátil. Aunque su cuerpo me impedía verla, supe exactamente qué estaba viendo. Una ola de puro y absoluto horror me invadió por completo.
Parecía no haberme oído entrar. Pensé que sería incluso peor si se daba la vuelta y descubría que la había estado observando, así que tosí débilmente.
—Ejem… ¿Mamá?
Esperaba un sobresalto, un grito, cualquier reacción explosiva. Pero no se movió. Era una estatua de sal, con una concentración tan feroz que parecía querer atravesar la pantalla con la mirada.
—Hay… tantas —murmuró, en un susurro tan bajo que casi no lo oí, cargado de una incredulidad atónita.
Mi adrenalina se disparó, mezclándose con una vergüenza que me quemaba las entrañas.
—Yo… eh… Sí. Mierda. Lo siento.
Ella respiró hondo, conteniendo el aire unos segundos antes de exhalar con una lentitud deliberada.
—Tienes casi 18 años, cariño. Es normal sentirse atraído por el trasero de una mujer.
Mi mueca de angustia fue el doble de intensa que la de la cocina.
—Pero no por el tuyo, ¿verdad?
No respondió de inmediato. No supe si estaba absorta en el carrusel de imágenes o simplemente demasiado aturdida para articular palabra.
—Al parecer, sí —dijo al fin, con una voz extrañamente plana—. Por el mío. No puedes controlar lo que te atrae, cielo. No estoy enfadada, pero… ¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula, forzándome a tragar.
—Un año. Quizá un poco menos.
Curiosamente, eso le arrancó una risa breve, cargada de incredulidad.
—Entonces has estado muy, muy ocupado. Hay cientos.
—Trescientos setenta y dos —solté, sin tener ni idea de por qué lo decía.
Mamá exhaló un sonido seco por la nariz.
—Yo… ¡vaya! Exacto. ¿Cómo lo recordaste?
La verdad me avergonzaba, pero ya estaba demasiado expuesto para fingir timidez.
—Los miro mucho.
Chasqueó la lengua suavemente.
—¿Y no encontraste ningún trasero que te gustara en internet?
Me puse a la defensiva al instante, aunque no estaba seguro de si defendía mi obsesión o la superioridad indiscutible del suyo.
—¡No! Es que el tuyo es… bueno. Es que es…
Se giró por fin para mirarme, arqueando una ceja con expresión indescifrable.
—Dilo, cariño.
Respiré hondo, buscando un aire que no calmó mi ansiedad.
—Es increíble, mamá. Sé que suena enfermizo viniendo de mí. Pero es que… es un trasero perfecto.
Ella soltó una risita nerviosa, casi divertida.
—Puedes decir "culo" si quieres, cielo. Los dos somos adultos. ¿De verdad crees que tengo uno bonito?
Me irritó, con una lógica absurdamente torcida, que pareciera subestimar su propio impacto.
—Creo que tienes el mejor. Punto.
Un rubor intenso tiñó su rostro al instante, subiendo desde el cuello hasta teñir sus mejillas de un color cereza profundo.
—Qué amable por tu parte. Hacía… mucho tiempo que nadie me decía algo así. Ni siquiera desde que tu padre… Bueno, da igual. Te lo agradezco, aunque venga de ti. —Apartó la mirada, mordiéndose suavemente el interior de la mejilla—. Yo no quería entrometerme. Solo vine a recoger tu ropa sucia y… mi trasero estaba ahí, expuesto.
—Sí. Como ya te dije… Mierda, mamá. Lo siento mucho.
Inclinó la cabeza, y una sonrisa pequeña y tensa asomó en sus labios.
—No estoy enfadada, cielo. —Señaló entonces la pantalla, donde una foto la capturaba de espaldas, apoyada en un taburete bajo—. De hecho, desde este ángulo se ve bastante bien. Quizás deberías estudiar fotografía.
—Bueno, es que eres una gran modelo— dije, torpemente.
Me lanzó una mirada que estaba muy lejos del disgusto que yo anticipaba.
—¡Ay, por Dios! ¡Me estás poniendo colorada! La próxima vez que quieras hacer una, avísame primero. Así puedo posar… o algo.
Me quedé sin palabras, mi mente era un remolino de confusión.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué ibas a hacer eso?
Se encogió de hombros, ofreciéndome una sonrisa que pretendía ser despreocupada.
—¿Por qué no? Es arte, ¿no? 'Píntame como a una de tus chicas francesas'. Algo así.
Respiré hondo, pero sentí el pecho vacío, como si me hubieran extraído todos los órganos.
—No es arte, mamá.
—Bueno, vale, es como… una apreciación de la forma femenina, ¿no? Tiene cierto mérito estético.
Era un salvavidas, obviamente. Un puente de vuelta a la normalidad que ella misma me tendía. No sé por qué no me aferré a él. La mejor explicación que tengo es esta: la sinceridad conmocionada de su rostro me hizo sentir que podía confesarle cualquier cosa, incluso el secreto más negro. Y al mismo tiempo, me hizo sentir que si no lo hacía, le estaría mintiendo de la manera más fundamental. Soy consciente de lo absurdo que suena: el hijo pervertido y obsesionado, descubierto in fraganti, desarrollando de pronto un código de honor.
—Tampoco es eso —dije, y mi voz sonó plana y fría, como la de un personaje de una serie policiaca.
—¿Entonces no… aprecias la forma femenina? —preguntó, confundida.
Puse los ojos en blanco, un gesto de frustración adolescente.
—Sí, claro que la aprecio. Pero la 'forma femenina' no me hace correr a mi habitación a masturbarme, mamá.
Ahí estaba. La verdad, desnuda y cruda, flotando en el aire entre nosotros. El impacto de mis palabras la golpeó como un puñetazo en el estómago. Se le borró el color de la cara, sus ojos se abrieron con una incredulidad absoluta. Pero lo que vi en ellos no era asco. Era una curiosidad profunda, casi atónita.
—¿Les… les haces eso a las fotos? —su voz era apenas un hilo.
Enderecé las piernas para que no cedieran bajo mi peso.
—¿Para qué creías que eran?
Negó lentamente, con seriedad.
—Pensé… No sé. Que solo te gustaba cómo se veía.
—¡Sí! Pero también quiero… tocarlo. Y más cosas.
Se llevó una mano a la boca.
—No… ¿En serio?
Asentí, sintiendo cómo el último resto de dignidad se evaporaba.
—Sí. Sé que es raro, pero quería ser honesto.
Eligió sus palabras con un cuidado extremo.
—Te… agradezco la honestidad. De verdad. Pero creo que ambos podemos reconocer que esto es un poco… anormal.
Sabía que tenía razón, y aun así, que ella lo dijera me dolió físicamente.
—¿Crees que no soy normal?
—¡No! Sí, claro que eres normal —se apresuró a decir, pero su titubeo la delataba—. Es solo que… esto no es algo por lo que la mayoría de los chicos pasen con sus madres.
La despedí con un gesto de falsa bravuconería.
—Bueno, apuesto a que las madres de los demás no tienen un culo como el tuyo.
Me dio una palmada en el hombro, con verdadera decepción en los ojos.
—¡Cristóbal! No hables así de mí.
—Es un cumplido. Está bueno.
—No me refería a eso —cruzó los brazos con firmeza—. Solo me gusta usar ropa… quizá un poco ajustada a veces. Me hace sentir menos… invisible. No era mi intención…
Vaciló, incapaz de completar la frase. Se la completé yo, con una crudeza que resonó en la habitación.
—No era tu intención excitarme. ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza, tirando nerviosamente de sus shorts.
—Creo que envié el mensaje equivocado usándolos.
—O enviaste el mensaje correcto, pero no era el que pensabas enviar —dije, viendo cómo su confusión se profundizaba—. Creo que a ti te gusta que te admiren. Y a mí… me gusta admirarte.
—Cielo, yo…
—Por favor, mamá —la interrumpí, con una urgencia nueva—. Déjame terminar. Me gusta admirarte, y tú misma dijiste que somos adultos. No creo que haya nada malo en un poco de… ¿qué?
—¿Admiración? —sugirió ella, débilmente.
—Exacto. ¿Sentiste algo… lo que fuera, cuando viste esas fotos?
Se mordió el labio inferior, una señal que ya reconocía. Se encogió de hombros, mirando fijamente un punto de la pared.
—Se siente… bien. Supongo. Que alguien me mire así otra vez.
—¿Cómo exactamente?
—Oh, ya sabes… —dudó, buscando las palabras—. Que a… que a ti… te gustó lo que viste.
—¿Y qué pasaría si te dijera que no solo me gustó, sino que me encantó?
La comisura de la boca de mamá se curvó en una sonrisa involuntaria, rápida y luego contenida.
—Eso… me hace sentir rara. Culpable y… emocionada al mismo tiempo. Sé que no debería querer oír esas cosas de mi propio hijo, pero… la verdad es que sí. Y se siente bien oírlas.
Arqueé una ceja, animado por su confesión.
—Entonces, ¿vas a seguir usando esos shorts ajustados por la casa?
Ella soltó una risita nerviosa, y un alivio intenso me recorrió al oírla.
—¿Te gustaría, cariño? ¿Qué yo y mi —según tú— "enorme" trasero andemos por aquí todo el día en pantalones diminutos?
Sabía que me estaba provocando, jugando al límite de algo peligroso. Pero mi cuerpo respondió antes que mi mente. Un torrente de sangre cálida corrió hacia mi entrepierna, endureciéndome al instante hasta formar un bulto prominente bajo la toalla, que se ajustó de manera reveladora. El movimiento de la tela, o quizá mi propia postura rígida, llamó su atención. Su mirada descendió por su propia voluntad, y la vi fijarse en mi entrepierna antes de que pudiera detenerse. El horror de su propio acto —mirar allí, a mí— se extendió por su rostro como una sombra. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, pero en lugar de apartarlos de inmediato, se quedaron clavados un segundo de más, hipnotizados por la evidencia física de su efecto en mí.
Finalmente, desvió la mirada con un sacudón, ruborizándose hasta la raíz del cabello. Señaló con un gesto torpe de la cabeza.
—Cielo, tu… eh… tu pene.
—¿Sí? —respondí, manteniendo la voz lo más neutral posible.
—¡Se nota! —exclamó, usando la obviedad como excusa para lanzar otra mirada furtiva, rápida como un relámpago.
Sentí un cambio en el aire, una transferencia sutil de poder. Aunque mi corazón martilleaba contra el pecho, intenté aferrarme a esa ventaja.
—Te lo dije, mamá. Me gustas. Muchísimo. No es solo un capricho. Es el tipo de… obsesión que…
—¿Obsesión? —interrumpió, pero su voz no sonó enfadada, sino sorprendida, incluso intrigada.
—¡Sí! —confesé, arrastrado por un impulso de total honestidad—. Es una locura, lo sé, pero es la verdad. Ni siquiera puedo…
Mi valentía se desinfló de repente. Me había acercado demasiado al borde.
—No importa. Estoy divagando.
Ella extendió la mano y me sujetó el antebrazo. Su tacto fue firme, calmante, percibiendo mi retirada.
—Sigue divagando, cariño. Puedes contarme cualquier cosa. Lo que sea.
Apreté los labios. Su tono era dulce, comprensivo, pero ¿era un salvavidas o el cebo para una confesión aún más profunda? En ese momento, la diferencia parecía irrelevante.
—De acuerdo —dije, exhalando el aire que no sabía que contenía—. La verdad es que… la mayoría de las veces, no puedo tener una erección. A menos que esté pensando en ti.
—¿Pensando en… mi culo?
Asentí, sintiendo el rubor subir por mi cuello.
—Sí. Es como un imán, mamá. No tengo otra explicación.
—Creo que acabas de darla, cariño. La entiendo.
—¿De verdad?
—Bueno, no la entiendo —aclaró, buscando las palabras—, pero comprendo lo que me estás diciendo. Que te gusta mi trasero.
Inflé las mejillas y exhalé un aire caliente.
—Muchísimo.
Puso los ojos en blanco, pero una sonrisa pícara jugueteaba en sus labios.
—De acuerdo, de acuerdo. Estás obsesionado con mi trasero. ¿Así está mejor, señor?
Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro.
—Sí. Así está mejor.
Mamá cerró entonces la distancia que nos separaba y me rodeó el torso con sus brazos. Con nuestra diferencia de altura, su cabeza llegaba justo a mi pecho, donde apoyó la barbilla. Me miró desde allí, con esos ojos cafés brillantes que siempre me habían parecido el lugar más seguro del mundo.
—Me alegro de que me lo hayas contado.
La rodeé con mis brazos y la atraje con más fuerza contra mí, haciendo que girara la cabeza para que su mejilla quedara aplastada contra mi pecho mojado. Enterré la nariz en su cabello e inhalé profundamente, ahogándome en el dulce aroma a champú de fresa que siempre la envolvía.
—¿Y no te parece… raro?
Mamá rió, un sonido cálido y vibrante que sentí a través del pecho, y frotó su mejilla contra mí.
—Creo que es muy raro —admitió—. Pero también creo que fuiste muy valiente. Sé que no fue fácil admitirlo.
Permanecimos en silencio unos segundos, hundidos en un abrazo que me provocaba una contradicción desgarradora: un consuelo profundo y una excitación punzante, mezclados en una misma corriente. Adoraba esa proximidad, física y emocional, pero era consciente de que cada latido de mi corazón acelerado era un paso más hacia un precipicio.
Unos segundos más de ese contacto, de sentir su aliento caliente a través de la tela, y mi pene, que ya latía semiduro contra el terciopelo de la toalla, se habría convertido en una erección total e indisimulable. Por eso, casi me alivió cuando ella rompió el hechizo.
—¿Puedo preguntarte algo? —murmuró contra mi pecho.
—Claro.
Me soltó la cintura y retrocedió un paso, solo lo necesario para poder mirarme a la cara. Su expresión era seria, concentrada.
—No tienes… suerte con las chicas, ¿verdad?
—Eh, no —admití, desviando la mirada—. En realidad, no.
Ella asintió lentamente, procesando la información.
—Bueno, ¿y esto… mi trasero, quiero decir… es la razón? ¿Te avergüenza no poder… responder, con otras mujeres? ¿Incluso con Rebeca?
Hice una mueca. La verdad era un nudo de vergüenza en la garganta, pero ya había cruzado un umbral del que no había vuelta atrás.
—Sí. Quiero decir, no es la única razón, pero es… la principal. Creo que otras chicas son guapas, no me malinterpretes, pero hay algo en ti, mamá. Algo que lo eclipsa todo.
Apretó la mandíbula, un músculo palpitándole suavemente en la mejilla.
—Mmm. Vaya.
—¿Eso es todo? ¿Solo "vaya"?
—¡Estoy pensando! —protestó.
—¿Podrías hacerlo en voz alta?
—Vale. Claro. —Respiró hondo—. Solo estaba pensando que… Cuando era adolescente, estaba completamente loca por William Shatner. ¿Sabes quién es?
Solté un bufido de incredulidad.
—¿El capitán Kirk de Star Trek?
—¡Exacto! Ni siquiera me gustaba tanto la serie, pero él… me volvía loca. Tenía pósters en la pared y todo. ¡Una obsesión total!
—Qué asco, mamá —dije, pero con una sonrisa. Ella puso los ojos en blanco.
—Bueno, hubo una convención importante en la ciudad y sabía que él iba a estar. Tu abuelo, Dios lo tenga en su gloria, me llevó a conocerlo.
—¿A una convención de Star Trek? —pregunté, imaginando la escena.
Arrugó la nariz, como si aún pudiera percibir el olor a sudor y nostalgia.
—Lo sé. Estábamos un poco fuera de lugar. Pero hice cola durante más de una hora, con mi foto, temblando de emoción. Por fin iba a ver, cara a cara, al hombre que para mí era… bueno, casi un dios.
—¿Y?
Se encogió de hombros.
—Era… simpático. Agradable. Pero… eso era todo. Nada que ver con el monstruo de perfección que yo había construido en mi cabeza. La gente rara vez está a la altura de los estándares imposibles que les imponemos. Ya sabes, eso de que nunca hay que conocer a tus héroes.
La miré, confundido.
—¿Y eso cómo se aplica aquí?
Ella asintió, lenta y deliberadamente.
—Bueno, estaba pensando… solo es una idea, ¿eh? Que quizás tu idea de lo increíble que es mi trasero… sea solo eso. Una idea. Una construcción en tu cabeza.
Mi corazón dio un vuelco contra las costillas, pero intenté no saltar a conclusiones.
—¿Qué quieres decir, mamá?
Me acarició el pecho con suavidad.
—Eres un chico muy inteligente. Creo que lo sabes.
Sentí un temblor en la mandíbula, y aunque mantenía la boca cerrada, podía oír el crujido de mis propios dientes apretados. La entendí perfectamente.
—Estás diciendo que si "conozco" la realidad, la obsesión se desvanecerá?—
Ella asintió, con una paciencia infinita.
—Lo ves. Chico listo. Solo es un trasero, cariño. Detesto la idea de que alguien tan especial como tú se pierda la vida, que tenga miedo de salir y encontrar a esa persona especial, por culpa de… esto.
Quería gritarle que ya la había encontrado, que en ese momento la tenía entre mis brazos. Era una pena devastadora que esa persona resultara ser la misma que me había mecido para dormir. Ella reunía todo lo que siempre había deseado, con el agregado imposible de ser mi madre.
—¿De verdad crees que… eso ayudaría? —pregunté
Se encogió de hombros con una indiferencia que parecía demasiado calculada para ser real.
—No lo sé. ¿Tú crees que ayudaría?
Asentí. Pero en mi mente, no estaba respondiendo a su pregunta de terapia improvisada. No había debate, ni búsqueda de cura. Solo había una respuesta primaria, urgente y simple. ¿Quería verlo? Sí. Deseaba ver su trasero con una necesidad que me quemaba las entrañas.
Ella cerró los ojos y asintió, con un movimiento lento y prolongado.
—Solo quiero lo mejor para ti, cielo. Y lo mejor no es que te sientas paralizado, que creas que no puedes estar con nadie porque, bueno…
Me encogí ante lo que, por delicadeza, dejó sin decir. Con una compasión que emanaba de su mirada, me acarició la mejilla, la palma de su mano suave como el terciopelo contra mi piel.
—No te estoy juzgando —susurró—. Quiero ayudar, si puedo.
Asentí con una urgencia desesperada.
—¡Puedes! Tú puedes, mamá. Necesito tu ayuda.
Estaba dispuesto a decir cualquier cosa, a aceptar cualquier término, con tal de que aquel juego llegara a su conclusión lógica. No quería que mi obsesión terminara; en el fondo, sabía que eso era lo que ella esperaba, una especie de shock. Pero yo, como un adicto a punto de recibir su dosis, no pensaba en la desintoxicación. Solo pensaba en el alivio inmediato, en saciar la curiosidad que me había consumido durante un año. Y en ese momento, incluso la culpa parecía un precio pequeño a pagar.
—Mmm… —murmuró, como sopesando el peso de sus propias palabras—. ¿Qué te parece esto? Por el resto del día, y solo por hoy, mi trasero es todo tuyo.
Los músculos de mi cuello se tensaron como cables de acero.
—¿Qué… qué significa eso exactamente?
—Significa —dijo, con calma — que cada vez que sientas ese… antojo, esa obsesión, lo que sea… vienes y me lo dices. Sin esconderte.
—¿Y luego qué? —pregunté, mi voz apenas un susurro ronco.
Se encogió de hombros, un gesto que pretendía ser casual pero que ahora parecía cargado de un significado infinito.
—Entonces lo manejamos. Juntos.
La deliberada vaguedad de su oferta era un abismo en el que mi mente se precipitó, llenándolo al instante con todas las posibilidades prohibidas que había alimentado durante un año.
—Entonces… vale —logré decir—. Lo quiero ahora. En este momento.
Ella me rozó el pómulo con el pulgar, una caricia casi maternal que ahora quemaba.
—Si de verdad estás seguro de que esto es lo que quieres…
Nunca había estado más seguro de nada en mi vida. Asentí con una seriedad absoluta.
—Sí. Lo quiero. Por favor, mamá.
Sus ojos hicieron un recorrido juguetón, pero había una sombra de nerviosismo en su profundidad.
—Si insistes, cielo. ¿Tu cama o la mía?
—La mía —dije, la palabra atascándose en mi garganta seca. Un temblor incontrolable recorría mis piernas y mi mandíbula vibraba; tuve que apretar los dientes para contenerlo—. ¿Qué… qué hago?
Inclinando la cabeza hacia el colchón, dijo con una suavidad engañosa:
—Ven, siéntate en la cama. Y haz lo que te salga natural, cariño.
Tomó mi mano —la suya estaba cálida y firme— y me guió hasta el borde de la cama. Me senté, esperando que ella hiciera lo mismo, pero en lugar de eso, se arrodilló en el suelo frente a mí.
—¿Qué haces? —pregunté, confundido.
—Poniéndome cómoda. No vas a ver mucho si me siento, ¿verdad? Así que me voy a tumbar.
Estiró los brazos hacia delante, arqueando la espalda con una flexibilidad felina, y luego se aplastó contra el colchón, quedando boca abajo; sus nalgas, redondas y generosas, se elevaban en una curva pronunciada que alteraba por completo la topografía de mi cama.
—¿Está bien así? —preguntó, su voz amortiguada por el edredón.
Me puse de pie, dando la vuelta para quedar frente a ella. Mis piernas todavía temblaban.
—¿Así? —fue todo lo que pude articular.
Mamá giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—¿Necesitas algo más, cariño? ¿Mi gran trasero ya no es suficiente?
—¡No! ¡Lo es! —protesté con vehemencia—. Es solo que… esperaba que quizás… te quitaras los shorts.
Oí un gemido suave.
—Oh… Sí. Claro, cielo. Llevo solo una pequeña…
—¿Una?
Suspiró, un sonido largo y resignado.
—No pensaba que nadie fuera a verme hoy, y con la ropa en la lavadora… este era lo único limpio que me quedaba. Así que… no te burles.
La posibilidad de que llevara algo poco sexy ni siquiera me rozó la mente. Solo quería más. Menos barrera entre mi obsesión y su objeto.
—No me importa, mamá —dije, y era la verdad más pura que había pronunciado—. No me importa si son viejas.
Murmuró algo ininteligible y luego, con más claridad:
—No son… viejas. Bueno, en realidad sí, pero son… especiales. Ya verás. ¡Y recuerda que no tuve otra opción!
Mi imaginación se disparó mientras ella, con movimientos deliberados, se metía los pulgares bajo la cinturilla. Un silencio tenso llenó la habitación cuando comenzó a deslizar la tela hacia abajo. Arqueó la espalda de nuevo, creando el espacio necesario. Fue un ajuste mínimo, pero transformó por completo la forma de sus nalgas, realzando su redondez como si una mano maestra hubiera dado el toque final a una escultura.
Primero apareció la cinturilla de sus bragas: un color rosa claro que capturó mi atención al instante. Contuve la respiración. A medida que los shorts bajaban, la tela que contenía sus curvas quedó al descubierto. Era una segunda piel, un tejido que se estiraba y adaptaba a la perfección, sin un pliegue o tensión visible, a pesar de la exuberancia que envolvía. Un fino hilo de tela a los laterales, hundiéndose suavemente en la piel de sus nalgas, trazando una curva que parecía no tener fin. Había algo surrealista en ver una masa tan poderosa y voluptuosa tan elegantemente enmarcada.

Se liberó por completo de los shorts y los apartó de una patada.
—¿Qué… qué te parecen? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Asentí. Era todo lo que podía hacer. Estaba paralizado, solo mis ojos se movían, recorriendo lentamente el paisaje monumental de su trasero. Cada detalle me hipnotizaba: la sombra tenue que marcaba el surco central, sugiriendo una profundidad que mi mente exploraba con avidez; la forma en que la tela ajustada había dejado su impresión en la piel, como pétalos presionados en cera caliente.
—Joder, mamá —logré escupir.
Pude oír una sonrisa tímida en su voz.
—Pensé que te gustarían. Pero no me los puse por ti, ¿eh? Fue… casualidad.
En ese momento, habría creído en cualquier milagro.
—¿Te importa si yo… ya sabes? —pregunté, mis dedos ansiosos.
—¿Quieres tocarte, cariño? —su tono era de falsa sorpresa, como si no hubiera estado esperando la pregunta.
Me ruboricé, pero asentí.
—Sí.
—Adelante. Está bien.
No lo pensé dos veces. Me bajé los pantalones cortos y los boxers de un tirón tan brusco que sentí el crujido de una costura cediendo. Ahí estaba, completamente expuesto ante ella. Y sin embargo, en ese extraño intercambio de poder, yo sentía que ella era la verdaderamente vulnerable, ofrecida en este altar de tabú que ella misma había erigido.
—¿P-puedo tocarte a ti, mamá? —tartamudeé.
La oí contener la respiración.
—¿Quizás… solo miremos por ahora, cielo? Esto ya es… mucho para mí. Vayamos despacio.
Una punzada de frustración se mezcló con la excitación, pero su petición era razonable.
—Está bien. ¿Podrías… subírtelas un poco entonces?
Ella soltó una risita nerviosa.
—Está… bien —dijo al final, con un tono de resignación curiosamente dócil. Con sus dedos, se pellizcó los laterales de la cintura y tiró de la tela hacia arriba, haciendo que se deslizara aún más profundamente en el surco entre sus nalgas. La sombra central desapareció, reemplazada por la tensa línea morada que ahora dividía su redondez en dos mitades definidas y exuberantes.
Mi respiración se cortó.
—Guau…
—¿Eso es bueno? —preguntó, y había una genuina curiosidad en su voz.
Mi mano ya se movía sobre mi erección, acelerando el ritmo.
—Joder, sí.
—Bueno… bien. ¿Hay… algo más que deba hacer?
Una idea, brillante y perversa, iluminó mi mente.
—¿Podrías… moverlo?
—¿Mover…? —Se detuvo, tragando saliva con un sonido audible—. ¿Dijiste moverlo?
Sabía que debería sentir vergüenza, pero solo había espacio para el deseo puro.
—Por favor, mamá.
Suspiró, un sonido largo que terminó en un débil quejido.
—Dios mío, Cristóbal. Las cosas que hago por ti.
Y si había alguna reticencia real en ella, se desvaneció rápidamente. Su "sí" sonaba más convincente que sus dudas. Había una chispa de algo en su voz ahora, algo juguetón que reemplazaba la incomodidad inicial.
—Un movimiento —anunció, como para sí misma—. Ahora mismo.
Y entonces lo hizo. Ladeó sus caderas hacia la izquierda, haciendo que la masa carnosa de su mejilla se desplazara, y luego, con un contragolpe rápido, lanzó su peso hacia la derecha. El impacto de sus nalgas al chocar produjo un sonido húmedo y contundente que resonó en la habitación silenciosa como un disparo.

—Dios mío —jadeé, el aire escapándose de mis pulmones—. Otra vez.
—¿Otra vez? —repitió ella, con una entonación casi coqueta. Sabía la respuesta, solo quería oírmela decir.
—¡Otra vez, mamá! ¡Por favor! ¡Eso fue… increíble!
Repitió el movimiento: izquierda, derecha. Esta vez el sonido fue más fuerte, más definido, y un estremecimiento involuntario me recorrió la espalda. La carne temblaba después del impacto, ondas suaves que se propagaban por la superficie, un testimonio visual de su suavidad y peso.
—Otro —ordené, mi voz más firme.
Mamá mantuvo sus muslos apretados, sin mostrar ni un milímetro de espacio entre ellos, incluso cuando sus nalgas temblaban. Comenzó a balancear las caderas en un patrón relajado de ochos, un twerking torpe pero hipnótico en su horizontalidad. No era experta, pero la materia prima era tan deslumbrante que la técnica carecía de importancia.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Cada balanceo, cada roce de sus nalgas, era un martillazo en mi sentido de la realidad. El tiempo pareció ralentizarse, permitiéndome saborear cada chapoteo lento y sensual.

—¿Está bien así, cariño? —preguntó, con una delicadeza que contrastaba con lo obsceno de la escena.
—Ajá —fue mi única respuesta, gutural y urgente.
—Puedo hacerlo… más enérgico, si quieres.
Mi corazón dio un vuelco contra las costillas.
—¡Ajá!
Y entonces intensificó el movimiento. Sus caderas se alzaron un poco más, y la respuesta de sus nalgas fue ahora con un retraso voluptuoso, como si el peso de la carne no pudiera seguir el ritmo del hueso. Era un baile hipnótico de inercia y gravedad. Los movimientos se volvieron más pronunciados, más líquidos, una ola carnosa que subía y bajaba con un ritmo cada vez más marcado.
Cuanto más se entregaba a la actuación, más cerca me sentía del borde. Quería retrasarlo, alargar este momento prohibido, pero entonces recordé sus palabras: «todo el día». Eso me permitió soltar el último freno.
—M-Mamá… —gemí, sin poder detener el ritmo de mi mano.
Ella giró un poco más la cabeza.
—¿Qué pasa, cielo? ¿Quieres que acelere?
—N-no… —jadeé—. Me voy a… voy a correrme.
Emitió un sonido agudo, un chillido de genuino asombro mezclado con algo más.
—¿En serio? ¿Ya?
—¡Ajá! —fue mi grito ahogado, el lema de mi rendición.
Otro chillido, esta vez con menos sorpresa y más… aprobación.
—¡Oh! Pues… hazlo, cariño. Déjalo salir.
Aumentó la fuerza de su balanceo, impulsando sus caderas hacia arriba con un movimiento brusco y decidido. Sus nalgas se apretaban, la carne chocaba y se separaba con un sonido nítido y húmedo. Cada rebote las hacía colisionar y ondular, creando ondas de movimiento que recorrían la superficie de su piel, amplificándose con cada repetición.
—¡Mierda, mamá! —grité, sin poder contenerme.
Mi pene se había endurecido como el acero, cada vena hinchada y palpitante bajo mi puño. La cabeza, inflamada y de un rojo intenso, había alisado todas sus texturas hasta quedar lisa y tensa como un cristal.
Ella no me había dado permiso explícito para aquello, pero en ese instante de ceguera sensorial, no podía imaginar otro destino. Mi erección ya apuntaba hacia su centro. Cuando la primera descarga de semen salió disparada, caliente y espesa, aterrizó directamente sobre la tela morada oscura con un sonido sordo.
—¡Oh! —exclamó ella, conteniendo un leve respingo cuando el líquido caliente hizo contacto—. ¿Eso es…? ¡Dios mío, Cristóbal!
A pesar del shock, no interrumpió su movimiento. El chorro de semen, blanco y perlado, se balanceó con el bamboleo de sus caderas, adhiriéndose a la tela que ya comenzaba a oscurecerse con la humedad del semen. El contraste era obscenamente gráfico: el blanco brillante sobre el morado intensificado, creando una silueta húmeda que acentuaba cada curva.
—Uuughhh —gemí, un sonido gutural y sin forma, la única vocalización posible.
Otra erupción cubrió la superficie ondulante de sus nalgas con más de esa pasta cálida y densa.
—¡Dios mío, cielo! —exclamó, y esta vez había menos sorpresa y más un jadeo sofocado—. ¡Qué… caliente!
Mi visión se estrechó hasta un túnel que solo contenía su trasero. Temiendo desmayarme, me incliné hacia adelante, apoyando una mano en el colchón mientras con la otra me masturbaba con furia, extrayendo la siguiente y última descarga. Estaba poseído por un deseo primitivo de marcar su territorio, de cubrir la tela que envolvía lo que más deseaba. Escuchar que ella sentía el calor, incluso a través de la tela, avivó ese fuego hasta lo insostenible.
Me pellizqué la base y arrastré los dedos apretados hasta la punta, sacando un último chorrito que se negó a caer. Con un movimiento casi inconsciente, rozué el glande, hipersensible tras el orgasmo, contra la sedosa tela de su ropa interior, como sellando el acto con un gesto final. La sensación, abrumadora y eléctrica, me recorrió con un escalofrío violento.
—Mierda —gruñí, colapsando sobre mí mismo—. Joder…
Jadeaba como si hubiera corrido una maratón, mientras ella, ahora inmóvil, respiraba con una calma casi surrealista.
—¿Están vacíos? —preguntó, con una dulzura incongruente.
—¿Qué? —logré exhalar, desorientado.
—Tus testículos, cariño. ¿Los vaciaste por completo?
Asentí, y luego, recordando que no podía verme, añadí con voz ronca:
—Sí, mamá. Creo… necesito acostarme.
Ella se giró de lado con cuidado, evitando manchar las sábanas, y abrió los brazos.
—Ven aquí, cielo. Puedes ser la cucharita.
Mi cuerpo, agotado y sobresaturado, respondió antes que mi mente. Me desplomé a su lado y me acurruqué contra su espalda, hasta que mi trasero coincidió con su entrepierna. Ella rodeó mi torso con un brazo y me atrajo con fuerza contra sí.
—Estás temblando —observó.
Asentí contra su nuca.
—Sí.
Me besó el hombro, un roce de labios suaves.
—¿Te ha gustado? ¿De verdad?
Asentí de nuevo, con todo mi cuerpo.
—Sí, mamá. Fue… increíble.
Sentí sus labios curvarse en una sonrisa contra mi piel.
—Este trasero grande y yo nos alegramos de poder ayudar. Me alegra que te haya gustado.
—¿Y a ti? —murmuré, ya medio sumido en un sopor plomizo.
Ella tarareó, haciendo vibrar su boca en mi espalda.
—Mmm. Supongo que sí. Fue… divertido. Pero fue más por ti que por mí, ¿sabes?
—Por mí —repetí, mecánicamente. Mi cerebro apenas procesaba las palabras.
—¿No te pareció… raro? —insistí, un hilo de conciencia aferrándose a la normalidad.
No respondió de inmediato. Solo siguió dejando pequeños besos en mi nuca.
—Al principio, sí —admitió al fin, su voz baja y reflexiva—. Luego… no sé. Dejó de serlo tanto. En cierto modo.
—¿Pero sigue siendo raro?
Ella rió, un sonido suave y contenido.
—Cariño, puedo sentir tu semen enfriándose en mi trasero en este momento. Creo que es justo decir que todo esto es un poco… extraño.
—¿Pero extraño… bueno?
—Extraño… raro —corrigió, acariciándome la nariz con la suya—. Bueno, supongo que necesito ropa interior nueva, ¿eh? Alguien hizo un buen desastre ahí atrás y… ¡Oh, mierda! —Se interrumpió—. ¡Es día de lavandería! ¡Este era mi último limpio!
Un giro de culpabilidad se apoderó de mi estómago.
—Entonces… ¿vas a llevarlos puestos todo el día?
—¿Te gustan? —preguntó, su voz era ahora baja y directa—. Puedes empezar por ahí.
—Me… encanta —confesé, y fue la verdad más pura que había pronunciado.
Ella se apartó entonces, con un movimiento fluido que parecía poner fin a la escena. Se acomodó la tanga, ajustando la cinturilla contra su piel con familiaridad.
—¡Bien! —dijo, y su tono volvió a ser casi práctico, aunque teñido de una satisfacción evidente—. Así tendrás algo más en qué pensar mientras termino las tareas.
—¿Ahora? —protesté, atónito—. ¿Después de… esto?
—¡Ni siquiera he terminado de tender la ropa! Tienes todo el día para… admirar, cielo. Pero yo aún tengo cosas que hacer. —Se inclinó y me dio un rápido beso en la coronilla, un gesto maternal que, en este contexto, resultaba vertiginosamente contradictorio—. Ya habrá tiempo. Tiempo de sobra.
CONTINUARÁ...
La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan para mas :D
Nota: Por razones de fuerza mayor (Universidad) tendré que reducir la frecuencia y duración de los relatos (dos o tres capítulos), espero subir al menos dos por mes pero aprovechare para que sean de mejor calidad, espero que les guste este relato y esperen en unos días la segunda parte

Una mañana, compartía el silencio cómodo con mi madre, que estaba sentada frente a mí, absorta en su tazón de avena. Para nosotros era importante pasar estos ratos juntos antes de que el día empezara; perderme ese ritual habría arruinado mi jornada. Empujé un arándano solitario por mi plato, usándolo para barrer algunos trocitos de huevo revuelto que habían quedado. Ya no tenía hambre; mi mente estaba en las nubes. Normalmente yo hablaba mucho más por las mañanas, así que mi silencio fue una señal inmediata para ella.
Se aclaró la garganta, suave pero efectiva, para devolverme a la realidad.
—¿Hola? ¡Tierra a Cristóbal!
Parpadeé con fuerza un par de veces.
—¿Eh?
—Estás completamente perdido, cariño.
—Lo siento, mamá —dije, ajustándome las gafas por pura costumbre—. ¿Qué me perdí?
Sopló una cucharada de avena caliente, enviando una nube de vapor hacia mi lado de la mesa.
—Te pregunté si estabas teniendo suerte con esa tal Rebeca. La mencionaste la semana pasada, ¿recuerdas?
Me estremecí al oír su nombre. Un nudo se formó en mi estómago.
—Ah, sí. Yo… eh… no creo que las cosas vayan a salir bien.
Mamá arrugó ligeramente el ceño, con una sombra de preocupación genuina en sus ojos.
—Lo siento, cielo. Parecía que te gustaba mucho. ¿Pasó algo?
Me encogí de hombros con un movimiento exagerado, buscando parecer más indiferente de lo que era.
—Sí me gustaba, supongo… pero algo… faltaba. No sé.
—¿Alguna idea de qué era? —preguntó inocentemente, completamente ajena al vértigo que su simple pregunta desencadenaba en mi cabeza.
—No —mentí, clavando la mirada en los restos de mi desayuno. La respuesta fue tan grotesca que me daban náuseas cada vez que pensaba en confesármelo. Quería contarle lo que me preocupaba, pero no me atrevía.
Mamá y yo siempre habíamos sido muy abiertos el uno con el otro. Mi padre falleció cuando yo tenía solo diez años, dejando un vacío en mi vida que, gracias a ella, no se convirtió en un abismo. Lo mismo le ocurrió a ella. No conocía a ninguna madre ni a ningún hijo tan unidos como nosotros, y aunque nuestra conexión ya era fuerte antes de la pérdida, nuestro vínculo se fortaleció exponencialmente durante los años siguientes.
A algunos tal vez les hubiera sonado patético oír que consideraba a mamá una de mis mejores amigas, y habría dado por hecho que esa etiqueta era totalmente acertada… de no ser por una salvedad monstruosa, un secreto que corroía mi normalidad desde dentro: estaba locamente, obscenamente, enamorado de ella.
Mis sentimientos habían mutado de forma imperceptible pero imparable durante el último año, justo después de cumplir los dieciocho. Si tuviera que señalar un detonante, una razón fundamental para ese cambio catastrófico, sería uno solo: su culo.
El culo de mi madre, que yo consideraba su rasgo más atractivo, era el más hermoso que jamás había visto. Y eso incluía cualquiera de los enormes traseros que uno podía encontrar con una simple búsqueda en internet. No era ajeno a la pornografía; había pasado incontables horas buceando en los archivos de cualquier sitio que prometiera alivio. Pero por mucho que buscara, nunca, jamás, encontré a una mujer con un trasero como el suyo.
Algunos se parecían en forma, otros en tamaño, pero ninguno lograba provocar en mí la misma reacción visceral. El de ella hacía que una serpiente de deseo y culpa se enrollara en mi estómago, formando un nudo tan apretado que a veces me costaba respirar. Cuanto más buscaba un sustituto socialmente aceptable, más me hundía en una depresión silenciosa.
Aunque me costara admitirlo, con el tiempo me resultó difícil, luego casi imposible tener una erección pensando en otras mujeres. Seguía encontrándolas atractivas a nivel convencional, pero esa chispa eléctrica, esa energía sexual pura y devoradora, se había vuelto exclusiva de mamá. Jamás la había visto sin pantalones, y mucho menos sin ropa interior, pero mi mente no necesitaba más que el recuerdo de su silueta en unos vaqueros ajustados para excitarse más que con cualquier imagen de internet.
Mamá se levantó de la silla, agarró su tazón y luego mi plato, llevándolos hacia el fregadero.
—¿Crees que pronto empezarás a buscar una nueva chica? —preguntó, sin mirarme, como si la pregunta no pesara más que el comentario sobre el tiempo.
Sabía que sus intenciones eran buenas, pero una punzada de irritación me atravesó. Me desesperaba esa insistencia en un territorio donde yo me sentía completamente fuera de control.
—¿Qué te importa? —solté, más áspero de lo que pretendía—. Es mi vida, mamá.
Dejó los platos en el fregadero con un suave chasquido y se giró hacia mí. Su movimiento fue tan rápido que su brillante cabello rubio cayó sobre un hombro. Su expresión no era de enfado ante mi brusquedad —algo raro en mí—, sino de una preocupación profunda y maternal.
—Solo quiero que seas feliz, cariño —insistió, su voz un poco más suave—. Creo que eres una persona increíble, con mucho que ofrecer. Solo necesitas encontrar a la chica adecuada a quien dárselo.
—Lo sé —dije, sin ninguna convicción. El peso de la mentira me aplastaba—. Lo siento, mamá. No quiero ser un idiota, es solo que… no sé. Olvídalo.
Mamá frunció los labios, estudiándome. Se le veía luchar entre respetar mi espacio y su naturaleza entrometida.
—Lo intentaré —cedió al final, aunque una lucecita traviesa apareció en sus ojos—. Pero ya sabes lo pesada que puedo llegar a ser. ¡Quizá te siga y te acribille a preguntas todo el día!
Su tono juguetón, esa desenvoltura que siempre la caracterizaba, logró arrancarme una pequeña sonrisa a pesar de la amargura que me carcomía por dentro.
—Me gustaría —admití, casi en un susurro.
—Apuesto a que sí —replicó ella, acercándose para darme un leve codazo—. Cualquier excusa para pasar tiempo con mami, ¿eh, niño de mamá?
A menudo se burlaba así de nuestra cercanía, y siempre lo había tomado a broma. La verdad, que ahora me quemaba, era que ese nombre de "mami" me provocaba un cosquilleo prohibido y delicioso. Por eso nunca me quejaba.
Sin embargo, en ese momento, una chispa de algo más oscuro, una mezcla de deseo y despecho, encendió una idea en mi cabeza. No era una venganza contra ella, sino un acto egoísta para saciar mi propia obsesión.
La oportunidad se presentó segundos después. Mamá agarró un montón de platos ya limpios del escurridor. Su destino era el armario alto, aquel que estaba tan arriba que ella tenía que estirarse sobre las puntas de los pies para alcanzarlo. Yo conocía esa rutina de memoria.
El corazón me empezó a golpear contra las costillas. Con un movimiento rápido y furtivo, deslicé la mano hacia el bolsillo, saqué el teléfono y desbloqueé la pantalla. El crujido de las bisagras del armario fue mi señal. Abrí la cámara, ajusté rápidamente el zoom y, conteniendo la respiración, apunté el objetivo hacia el lugar que me obsesionaba: el trasero de mi madre, perfectamente moldeado por sus shorts ajustados mientras se estiraba.

Esa mañana, llevaba unos diminutos shorts deportivos de un rosa que se le pegaban al trasero como una segunda piel. La tela, tirante como un tambor, se hundió profundamente entre sus nalgas regordetas cuando se puso de puntillas. El tejido no desapareció del todo, sino que se subió justo por la entrepierna, revelando una fina medialuna de carne color vainilla en el bajo de los shorts. Toqué la pantalla del teléfono con dedos temblorosos, asegurándome de que la cámara enfocara esa mínima porción de piel expuesta.
Tomé docenas de fotos en ráfaga, con la fría intención de revisarlas después y quedarme con las mejores. Enfocaba el pliegue profundo y oscuro donde su culo se encontraba con la parte superior del muslo. Aquel detalle acentuaba el volumen exuberante de sus nalgas, haciéndolas parecer apoyadas en una plataforma invisible. Sus piernas, bronceadas, contrastaban con la piel blanca como porcelana que los shorts dejaban al descubierto.
Fue un vistazo fugaz, pero más que suficiente. Para cuando cerró el armario, yo ya estaba medio erecto. Respiré hondo, forzando un tono casual.
—Eh, mamá.
Ella se estaba poniendo unos guantes amarillos de goma para fregar.
—¿Qué pasa, cariño?
—Voy a subir a hacer unas tareas, si a ti te va bien encargarte de los platos.
—Claro, no hay problema —asintió—. Voy a poner también una lavadora y luego tengo que llamar a tu tía Linda. Quizás después podamos dar un paseo y disfrutar del buen tiempo. ¿Te parece bien?
—Suena genial, mamá.
Disfrutaba enormemente pasear con ella, alimentando la ingenua fantasía de que alguien nos viera juntos y se preguntara, con envidia, cómo un chico como yo podía estar al lado de una mujer tan hermosa.
Mamá conservaba una belleza radiante y efervescente que dejaba perplejas a otras mujeres al saber que rozaba los cuarenta años. Supuse que se angustiarían igual si vieran a sus maridos mirando el trasero exuberante de mamá mientras paseaba.
Mi excusa de las tareas era, por supuesto, una mentira. Tenía tareas pendientes, pero me había asignado una prioridad mucho más apremiante.
Mi obsesión había llegado a un punto en el que, tras cada sesión de fotos o vídeos furtivos, necesitaba correr a mi habitación y masturbarme. Se había vuelto un ritual tan frecuente que mi archivo digital, meticulosamente organizado, había crecido hasta albergar 372 fotos y videos cortos del culo de mi madre.
Cerrando con seguro la puerta de mi cuarto, me senté frente a la computadora. Abrí la enorme carpeta de contenido que había acumulado durante el último año. Junto a las nuevas fotos de esa mañana, busqué algunas de mis favoritas: aquella serie donde la había capturado haciendo posturas de yoga particularmente sugerentes en la sala. Y entonces, me entregué al acto.
Tras deshacerme de un pañuelo de papel empapado y pegajoso, me invadió una sensación de suciedad que iba más allá de lo moral; era física. Decidí ducharme. Me envolví una toalla a la cintura y tuve que esperar unos minutos, quieto, a que mi excitación cediera lo suficiente para salir.
Con el ánimo extrañamente aliviado tras la descarga, silbé una melodía sin sentido por el pasillo hasta el baño. Continué tarareando bajo el chorro de agua, tan emocionado que apenas y escuché que alguien llamaba a la puerta. Solo cuando su voz traspasó el ruido del agua, aguda y clara, reaccioné.
—¡Cristóbal! —llamó, casi a gritos.
Me limpié la cara.
—¿Sí?
—Voy a recoger tu ropa sucia de la habitación, ¿te parece bien?
—Adelante, mamá.
Era un ritual respetuoso que siempre agradecí: pedirme permiso antes de entrar. Sin embargo, si hubiera estado más despierto, me habría dado cuenta de que su intención de recoger mi "ropa sucia" podría volverse, en ese instante, terriblemente literal y metafórica a la vez.
La comprensión me golpeó unos segundos después, con una violencia que me encogió el estómago. Un deseo infantil de teletransportarme a otro continente me atravesó.
¿Apagué mi laptop? Me asaltó el pánico. Sí, lo hice. ¿Verdad? No podía recordar el simple acto de haberlo cerrado. ¿Y si…? Mi mente se negó a completar el pensamiento.
Con el pulso martilleándome en los oídos, me enjuagué a toda prisa y salí de la ducha. Corrí por el pasillo con el pelo goteando, dejando un reguero de agua en la alfombra, pero ya sabía, con una certeza helada, que llegaba demasiado tarde.
Al llegar a la puerta de mi habitación, el horror me paralizó. Allí estaba ella, de pie junto a mi escritorio, todavía con aquellos shorts rosas que se le clavaban en el pliegue de sus nalgas. Su espalda estaba rígida, su mirada clavada en la pantalla del portátil. Aunque su cuerpo me impedía verla, supe exactamente qué estaba viendo. Una ola de puro y absoluto horror me invadió por completo.
Parecía no haberme oído entrar. Pensé que sería incluso peor si se daba la vuelta y descubría que la había estado observando, así que tosí débilmente.
—Ejem… ¿Mamá?
Esperaba un sobresalto, un grito, cualquier reacción explosiva. Pero no se movió. Era una estatua de sal, con una concentración tan feroz que parecía querer atravesar la pantalla con la mirada.
—Hay… tantas —murmuró, en un susurro tan bajo que casi no lo oí, cargado de una incredulidad atónita.
Mi adrenalina se disparó, mezclándose con una vergüenza que me quemaba las entrañas.
—Yo… eh… Sí. Mierda. Lo siento.
Ella respiró hondo, conteniendo el aire unos segundos antes de exhalar con una lentitud deliberada.
—Tienes casi 18 años, cariño. Es normal sentirse atraído por el trasero de una mujer.
Mi mueca de angustia fue el doble de intensa que la de la cocina.
—Pero no por el tuyo, ¿verdad?
No respondió de inmediato. No supe si estaba absorta en el carrusel de imágenes o simplemente demasiado aturdida para articular palabra.
—Al parecer, sí —dijo al fin, con una voz extrañamente plana—. Por el mío. No puedes controlar lo que te atrae, cielo. No estoy enfadada, pero… ¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula, forzándome a tragar.
—Un año. Quizá un poco menos.
Curiosamente, eso le arrancó una risa breve, cargada de incredulidad.
—Entonces has estado muy, muy ocupado. Hay cientos.
—Trescientos setenta y dos —solté, sin tener ni idea de por qué lo decía.
Mamá exhaló un sonido seco por la nariz.
—Yo… ¡vaya! Exacto. ¿Cómo lo recordaste?
La verdad me avergonzaba, pero ya estaba demasiado expuesto para fingir timidez.
—Los miro mucho.
Chasqueó la lengua suavemente.
—¿Y no encontraste ningún trasero que te gustara en internet?
Me puse a la defensiva al instante, aunque no estaba seguro de si defendía mi obsesión o la superioridad indiscutible del suyo.
—¡No! Es que el tuyo es… bueno. Es que es…
Se giró por fin para mirarme, arqueando una ceja con expresión indescifrable.
—Dilo, cariño.
Respiré hondo, buscando un aire que no calmó mi ansiedad.
—Es increíble, mamá. Sé que suena enfermizo viniendo de mí. Pero es que… es un trasero perfecto.
Ella soltó una risita nerviosa, casi divertida.
—Puedes decir "culo" si quieres, cielo. Los dos somos adultos. ¿De verdad crees que tengo uno bonito?
Me irritó, con una lógica absurdamente torcida, que pareciera subestimar su propio impacto.
—Creo que tienes el mejor. Punto.
Un rubor intenso tiñó su rostro al instante, subiendo desde el cuello hasta teñir sus mejillas de un color cereza profundo.
—Qué amable por tu parte. Hacía… mucho tiempo que nadie me decía algo así. Ni siquiera desde que tu padre… Bueno, da igual. Te lo agradezco, aunque venga de ti. —Apartó la mirada, mordiéndose suavemente el interior de la mejilla—. Yo no quería entrometerme. Solo vine a recoger tu ropa sucia y… mi trasero estaba ahí, expuesto.
—Sí. Como ya te dije… Mierda, mamá. Lo siento mucho.
Inclinó la cabeza, y una sonrisa pequeña y tensa asomó en sus labios.
—No estoy enfadada, cielo. —Señaló entonces la pantalla, donde una foto la capturaba de espaldas, apoyada en un taburete bajo—. De hecho, desde este ángulo se ve bastante bien. Quizás deberías estudiar fotografía.
—Bueno, es que eres una gran modelo— dije, torpemente.
Me lanzó una mirada que estaba muy lejos del disgusto que yo anticipaba.
—¡Ay, por Dios! ¡Me estás poniendo colorada! La próxima vez que quieras hacer una, avísame primero. Así puedo posar… o algo.
Me quedé sin palabras, mi mente era un remolino de confusión.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué ibas a hacer eso?
Se encogió de hombros, ofreciéndome una sonrisa que pretendía ser despreocupada.
—¿Por qué no? Es arte, ¿no? 'Píntame como a una de tus chicas francesas'. Algo así.
Respiré hondo, pero sentí el pecho vacío, como si me hubieran extraído todos los órganos.
—No es arte, mamá.
—Bueno, vale, es como… una apreciación de la forma femenina, ¿no? Tiene cierto mérito estético.
Era un salvavidas, obviamente. Un puente de vuelta a la normalidad que ella misma me tendía. No sé por qué no me aferré a él. La mejor explicación que tengo es esta: la sinceridad conmocionada de su rostro me hizo sentir que podía confesarle cualquier cosa, incluso el secreto más negro. Y al mismo tiempo, me hizo sentir que si no lo hacía, le estaría mintiendo de la manera más fundamental. Soy consciente de lo absurdo que suena: el hijo pervertido y obsesionado, descubierto in fraganti, desarrollando de pronto un código de honor.
—Tampoco es eso —dije, y mi voz sonó plana y fría, como la de un personaje de una serie policiaca.
—¿Entonces no… aprecias la forma femenina? —preguntó, confundida.
Puse los ojos en blanco, un gesto de frustración adolescente.
—Sí, claro que la aprecio. Pero la 'forma femenina' no me hace correr a mi habitación a masturbarme, mamá.
Ahí estaba. La verdad, desnuda y cruda, flotando en el aire entre nosotros. El impacto de mis palabras la golpeó como un puñetazo en el estómago. Se le borró el color de la cara, sus ojos se abrieron con una incredulidad absoluta. Pero lo que vi en ellos no era asco. Era una curiosidad profunda, casi atónita.
—¿Les… les haces eso a las fotos? —su voz era apenas un hilo.
Enderecé las piernas para que no cedieran bajo mi peso.
—¿Para qué creías que eran?
Negó lentamente, con seriedad.
—Pensé… No sé. Que solo te gustaba cómo se veía.
—¡Sí! Pero también quiero… tocarlo. Y más cosas.
Se llevó una mano a la boca.
—No… ¿En serio?
Asentí, sintiendo cómo el último resto de dignidad se evaporaba.
—Sí. Sé que es raro, pero quería ser honesto.
Eligió sus palabras con un cuidado extremo.
—Te… agradezco la honestidad. De verdad. Pero creo que ambos podemos reconocer que esto es un poco… anormal.
Sabía que tenía razón, y aun así, que ella lo dijera me dolió físicamente.
—¿Crees que no soy normal?
—¡No! Sí, claro que eres normal —se apresuró a decir, pero su titubeo la delataba—. Es solo que… esto no es algo por lo que la mayoría de los chicos pasen con sus madres.
La despedí con un gesto de falsa bravuconería.
—Bueno, apuesto a que las madres de los demás no tienen un culo como el tuyo.
Me dio una palmada en el hombro, con verdadera decepción en los ojos.
—¡Cristóbal! No hables así de mí.
—Es un cumplido. Está bueno.
—No me refería a eso —cruzó los brazos con firmeza—. Solo me gusta usar ropa… quizá un poco ajustada a veces. Me hace sentir menos… invisible. No era mi intención…
Vaciló, incapaz de completar la frase. Se la completé yo, con una crudeza que resonó en la habitación.
—No era tu intención excitarme. ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza, tirando nerviosamente de sus shorts.
—Creo que envié el mensaje equivocado usándolos.
—O enviaste el mensaje correcto, pero no era el que pensabas enviar —dije, viendo cómo su confusión se profundizaba—. Creo que a ti te gusta que te admiren. Y a mí… me gusta admirarte.
—Cielo, yo…
—Por favor, mamá —la interrumpí, con una urgencia nueva—. Déjame terminar. Me gusta admirarte, y tú misma dijiste que somos adultos. No creo que haya nada malo en un poco de… ¿qué?
—¿Admiración? —sugirió ella, débilmente.
—Exacto. ¿Sentiste algo… lo que fuera, cuando viste esas fotos?
Se mordió el labio inferior, una señal que ya reconocía. Se encogió de hombros, mirando fijamente un punto de la pared.
—Se siente… bien. Supongo. Que alguien me mire así otra vez.
—¿Cómo exactamente?
—Oh, ya sabes… —dudó, buscando las palabras—. Que a… que a ti… te gustó lo que viste.
—¿Y qué pasaría si te dijera que no solo me gustó, sino que me encantó?
La comisura de la boca de mamá se curvó en una sonrisa involuntaria, rápida y luego contenida.
—Eso… me hace sentir rara. Culpable y… emocionada al mismo tiempo. Sé que no debería querer oír esas cosas de mi propio hijo, pero… la verdad es que sí. Y se siente bien oírlas.
Arqueé una ceja, animado por su confesión.
—Entonces, ¿vas a seguir usando esos shorts ajustados por la casa?
Ella soltó una risita nerviosa, y un alivio intenso me recorrió al oírla.
—¿Te gustaría, cariño? ¿Qué yo y mi —según tú— "enorme" trasero andemos por aquí todo el día en pantalones diminutos?
Sabía que me estaba provocando, jugando al límite de algo peligroso. Pero mi cuerpo respondió antes que mi mente. Un torrente de sangre cálida corrió hacia mi entrepierna, endureciéndome al instante hasta formar un bulto prominente bajo la toalla, que se ajustó de manera reveladora. El movimiento de la tela, o quizá mi propia postura rígida, llamó su atención. Su mirada descendió por su propia voluntad, y la vi fijarse en mi entrepierna antes de que pudiera detenerse. El horror de su propio acto —mirar allí, a mí— se extendió por su rostro como una sombra. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, pero en lugar de apartarlos de inmediato, se quedaron clavados un segundo de más, hipnotizados por la evidencia física de su efecto en mí.
Finalmente, desvió la mirada con un sacudón, ruborizándose hasta la raíz del cabello. Señaló con un gesto torpe de la cabeza.
—Cielo, tu… eh… tu pene.
—¿Sí? —respondí, manteniendo la voz lo más neutral posible.
—¡Se nota! —exclamó, usando la obviedad como excusa para lanzar otra mirada furtiva, rápida como un relámpago.
Sentí un cambio en el aire, una transferencia sutil de poder. Aunque mi corazón martilleaba contra el pecho, intenté aferrarme a esa ventaja.
—Te lo dije, mamá. Me gustas. Muchísimo. No es solo un capricho. Es el tipo de… obsesión que…
—¿Obsesión? —interrumpió, pero su voz no sonó enfadada, sino sorprendida, incluso intrigada.
—¡Sí! —confesé, arrastrado por un impulso de total honestidad—. Es una locura, lo sé, pero es la verdad. Ni siquiera puedo…
Mi valentía se desinfló de repente. Me había acercado demasiado al borde.
—No importa. Estoy divagando.
Ella extendió la mano y me sujetó el antebrazo. Su tacto fue firme, calmante, percibiendo mi retirada.
—Sigue divagando, cariño. Puedes contarme cualquier cosa. Lo que sea.
Apreté los labios. Su tono era dulce, comprensivo, pero ¿era un salvavidas o el cebo para una confesión aún más profunda? En ese momento, la diferencia parecía irrelevante.
—De acuerdo —dije, exhalando el aire que no sabía que contenía—. La verdad es que… la mayoría de las veces, no puedo tener una erección. A menos que esté pensando en ti.
—¿Pensando en… mi culo?
Asentí, sintiendo el rubor subir por mi cuello.
—Sí. Es como un imán, mamá. No tengo otra explicación.
—Creo que acabas de darla, cariño. La entiendo.
—¿De verdad?
—Bueno, no la entiendo —aclaró, buscando las palabras—, pero comprendo lo que me estás diciendo. Que te gusta mi trasero.
Inflé las mejillas y exhalé un aire caliente.
—Muchísimo.
Puso los ojos en blanco, pero una sonrisa pícara jugueteaba en sus labios.
—De acuerdo, de acuerdo. Estás obsesionado con mi trasero. ¿Así está mejor, señor?
Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro.
—Sí. Así está mejor.
Mamá cerró entonces la distancia que nos separaba y me rodeó el torso con sus brazos. Con nuestra diferencia de altura, su cabeza llegaba justo a mi pecho, donde apoyó la barbilla. Me miró desde allí, con esos ojos cafés brillantes que siempre me habían parecido el lugar más seguro del mundo.
—Me alegro de que me lo hayas contado.
La rodeé con mis brazos y la atraje con más fuerza contra mí, haciendo que girara la cabeza para que su mejilla quedara aplastada contra mi pecho mojado. Enterré la nariz en su cabello e inhalé profundamente, ahogándome en el dulce aroma a champú de fresa que siempre la envolvía.
—¿Y no te parece… raro?
Mamá rió, un sonido cálido y vibrante que sentí a través del pecho, y frotó su mejilla contra mí.
—Creo que es muy raro —admitió—. Pero también creo que fuiste muy valiente. Sé que no fue fácil admitirlo.
Permanecimos en silencio unos segundos, hundidos en un abrazo que me provocaba una contradicción desgarradora: un consuelo profundo y una excitación punzante, mezclados en una misma corriente. Adoraba esa proximidad, física y emocional, pero era consciente de que cada latido de mi corazón acelerado era un paso más hacia un precipicio.
Unos segundos más de ese contacto, de sentir su aliento caliente a través de la tela, y mi pene, que ya latía semiduro contra el terciopelo de la toalla, se habría convertido en una erección total e indisimulable. Por eso, casi me alivió cuando ella rompió el hechizo.
—¿Puedo preguntarte algo? —murmuró contra mi pecho.
—Claro.
Me soltó la cintura y retrocedió un paso, solo lo necesario para poder mirarme a la cara. Su expresión era seria, concentrada.
—No tienes… suerte con las chicas, ¿verdad?
—Eh, no —admití, desviando la mirada—. En realidad, no.
Ella asintió lentamente, procesando la información.
—Bueno, ¿y esto… mi trasero, quiero decir… es la razón? ¿Te avergüenza no poder… responder, con otras mujeres? ¿Incluso con Rebeca?
Hice una mueca. La verdad era un nudo de vergüenza en la garganta, pero ya había cruzado un umbral del que no había vuelta atrás.
—Sí. Quiero decir, no es la única razón, pero es… la principal. Creo que otras chicas son guapas, no me malinterpretes, pero hay algo en ti, mamá. Algo que lo eclipsa todo.
Apretó la mandíbula, un músculo palpitándole suavemente en la mejilla.
—Mmm. Vaya.
—¿Eso es todo? ¿Solo "vaya"?
—¡Estoy pensando! —protestó.
—¿Podrías hacerlo en voz alta?
—Vale. Claro. —Respiró hondo—. Solo estaba pensando que… Cuando era adolescente, estaba completamente loca por William Shatner. ¿Sabes quién es?
Solté un bufido de incredulidad.
—¿El capitán Kirk de Star Trek?
—¡Exacto! Ni siquiera me gustaba tanto la serie, pero él… me volvía loca. Tenía pósters en la pared y todo. ¡Una obsesión total!
—Qué asco, mamá —dije, pero con una sonrisa. Ella puso los ojos en blanco.
—Bueno, hubo una convención importante en la ciudad y sabía que él iba a estar. Tu abuelo, Dios lo tenga en su gloria, me llevó a conocerlo.
—¿A una convención de Star Trek? —pregunté, imaginando la escena.
Arrugó la nariz, como si aún pudiera percibir el olor a sudor y nostalgia.
—Lo sé. Estábamos un poco fuera de lugar. Pero hice cola durante más de una hora, con mi foto, temblando de emoción. Por fin iba a ver, cara a cara, al hombre que para mí era… bueno, casi un dios.
—¿Y?
Se encogió de hombros.
—Era… simpático. Agradable. Pero… eso era todo. Nada que ver con el monstruo de perfección que yo había construido en mi cabeza. La gente rara vez está a la altura de los estándares imposibles que les imponemos. Ya sabes, eso de que nunca hay que conocer a tus héroes.
La miré, confundido.
—¿Y eso cómo se aplica aquí?
Ella asintió, lenta y deliberadamente.
—Bueno, estaba pensando… solo es una idea, ¿eh? Que quizás tu idea de lo increíble que es mi trasero… sea solo eso. Una idea. Una construcción en tu cabeza.
Mi corazón dio un vuelco contra las costillas, pero intenté no saltar a conclusiones.
—¿Qué quieres decir, mamá?
Me acarició el pecho con suavidad.
—Eres un chico muy inteligente. Creo que lo sabes.
Sentí un temblor en la mandíbula, y aunque mantenía la boca cerrada, podía oír el crujido de mis propios dientes apretados. La entendí perfectamente.
—Estás diciendo que si "conozco" la realidad, la obsesión se desvanecerá?—
Ella asintió, con una paciencia infinita.
—Lo ves. Chico listo. Solo es un trasero, cariño. Detesto la idea de que alguien tan especial como tú se pierda la vida, que tenga miedo de salir y encontrar a esa persona especial, por culpa de… esto.
Quería gritarle que ya la había encontrado, que en ese momento la tenía entre mis brazos. Era una pena devastadora que esa persona resultara ser la misma que me había mecido para dormir. Ella reunía todo lo que siempre había deseado, con el agregado imposible de ser mi madre.
—¿De verdad crees que… eso ayudaría? —pregunté
Se encogió de hombros con una indiferencia que parecía demasiado calculada para ser real.
—No lo sé. ¿Tú crees que ayudaría?
Asentí. Pero en mi mente, no estaba respondiendo a su pregunta de terapia improvisada. No había debate, ni búsqueda de cura. Solo había una respuesta primaria, urgente y simple. ¿Quería verlo? Sí. Deseaba ver su trasero con una necesidad que me quemaba las entrañas.
Ella cerró los ojos y asintió, con un movimiento lento y prolongado.
—Solo quiero lo mejor para ti, cielo. Y lo mejor no es que te sientas paralizado, que creas que no puedes estar con nadie porque, bueno…
Me encogí ante lo que, por delicadeza, dejó sin decir. Con una compasión que emanaba de su mirada, me acarició la mejilla, la palma de su mano suave como el terciopelo contra mi piel.
—No te estoy juzgando —susurró—. Quiero ayudar, si puedo.
Asentí con una urgencia desesperada.
—¡Puedes! Tú puedes, mamá. Necesito tu ayuda.
Estaba dispuesto a decir cualquier cosa, a aceptar cualquier término, con tal de que aquel juego llegara a su conclusión lógica. No quería que mi obsesión terminara; en el fondo, sabía que eso era lo que ella esperaba, una especie de shock. Pero yo, como un adicto a punto de recibir su dosis, no pensaba en la desintoxicación. Solo pensaba en el alivio inmediato, en saciar la curiosidad que me había consumido durante un año. Y en ese momento, incluso la culpa parecía un precio pequeño a pagar.
—Mmm… —murmuró, como sopesando el peso de sus propias palabras—. ¿Qué te parece esto? Por el resto del día, y solo por hoy, mi trasero es todo tuyo.
Los músculos de mi cuello se tensaron como cables de acero.
—¿Qué… qué significa eso exactamente?
—Significa —dijo, con calma — que cada vez que sientas ese… antojo, esa obsesión, lo que sea… vienes y me lo dices. Sin esconderte.
—¿Y luego qué? —pregunté, mi voz apenas un susurro ronco.
Se encogió de hombros, un gesto que pretendía ser casual pero que ahora parecía cargado de un significado infinito.
—Entonces lo manejamos. Juntos.
La deliberada vaguedad de su oferta era un abismo en el que mi mente se precipitó, llenándolo al instante con todas las posibilidades prohibidas que había alimentado durante un año.
—Entonces… vale —logré decir—. Lo quiero ahora. En este momento.
Ella me rozó el pómulo con el pulgar, una caricia casi maternal que ahora quemaba.
—Si de verdad estás seguro de que esto es lo que quieres…
Nunca había estado más seguro de nada en mi vida. Asentí con una seriedad absoluta.
—Sí. Lo quiero. Por favor, mamá.
Sus ojos hicieron un recorrido juguetón, pero había una sombra de nerviosismo en su profundidad.
—Si insistes, cielo. ¿Tu cama o la mía?
—La mía —dije, la palabra atascándose en mi garganta seca. Un temblor incontrolable recorría mis piernas y mi mandíbula vibraba; tuve que apretar los dientes para contenerlo—. ¿Qué… qué hago?
Inclinando la cabeza hacia el colchón, dijo con una suavidad engañosa:
—Ven, siéntate en la cama. Y haz lo que te salga natural, cariño.
Tomó mi mano —la suya estaba cálida y firme— y me guió hasta el borde de la cama. Me senté, esperando que ella hiciera lo mismo, pero en lugar de eso, se arrodilló en el suelo frente a mí.
—¿Qué haces? —pregunté, confundido.
—Poniéndome cómoda. No vas a ver mucho si me siento, ¿verdad? Así que me voy a tumbar.
Estiró los brazos hacia delante, arqueando la espalda con una flexibilidad felina, y luego se aplastó contra el colchón, quedando boca abajo; sus nalgas, redondas y generosas, se elevaban en una curva pronunciada que alteraba por completo la topografía de mi cama.
—¿Está bien así? —preguntó, su voz amortiguada por el edredón.
Me puse de pie, dando la vuelta para quedar frente a ella. Mis piernas todavía temblaban.
—¿Así? —fue todo lo que pude articular.
Mamá giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—¿Necesitas algo más, cariño? ¿Mi gran trasero ya no es suficiente?
—¡No! ¡Lo es! —protesté con vehemencia—. Es solo que… esperaba que quizás… te quitaras los shorts.
Oí un gemido suave.
—Oh… Sí. Claro, cielo. Llevo solo una pequeña…
—¿Una?
Suspiró, un sonido largo y resignado.
—No pensaba que nadie fuera a verme hoy, y con la ropa en la lavadora… este era lo único limpio que me quedaba. Así que… no te burles.
La posibilidad de que llevara algo poco sexy ni siquiera me rozó la mente. Solo quería más. Menos barrera entre mi obsesión y su objeto.
—No me importa, mamá —dije, y era la verdad más pura que había pronunciado—. No me importa si son viejas.
Murmuró algo ininteligible y luego, con más claridad:
—No son… viejas. Bueno, en realidad sí, pero son… especiales. Ya verás. ¡Y recuerda que no tuve otra opción!
Mi imaginación se disparó mientras ella, con movimientos deliberados, se metía los pulgares bajo la cinturilla. Un silencio tenso llenó la habitación cuando comenzó a deslizar la tela hacia abajo. Arqueó la espalda de nuevo, creando el espacio necesario. Fue un ajuste mínimo, pero transformó por completo la forma de sus nalgas, realzando su redondez como si una mano maestra hubiera dado el toque final a una escultura.
Primero apareció la cinturilla de sus bragas: un color rosa claro que capturó mi atención al instante. Contuve la respiración. A medida que los shorts bajaban, la tela que contenía sus curvas quedó al descubierto. Era una segunda piel, un tejido que se estiraba y adaptaba a la perfección, sin un pliegue o tensión visible, a pesar de la exuberancia que envolvía. Un fino hilo de tela a los laterales, hundiéndose suavemente en la piel de sus nalgas, trazando una curva que parecía no tener fin. Había algo surrealista en ver una masa tan poderosa y voluptuosa tan elegantemente enmarcada.

Se liberó por completo de los shorts y los apartó de una patada.
—¿Qué… qué te parecen? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Asentí. Era todo lo que podía hacer. Estaba paralizado, solo mis ojos se movían, recorriendo lentamente el paisaje monumental de su trasero. Cada detalle me hipnotizaba: la sombra tenue que marcaba el surco central, sugiriendo una profundidad que mi mente exploraba con avidez; la forma en que la tela ajustada había dejado su impresión en la piel, como pétalos presionados en cera caliente.
—Joder, mamá —logré escupir.
Pude oír una sonrisa tímida en su voz.
—Pensé que te gustarían. Pero no me los puse por ti, ¿eh? Fue… casualidad.
En ese momento, habría creído en cualquier milagro.
—¿Te importa si yo… ya sabes? —pregunté, mis dedos ansiosos.
—¿Quieres tocarte, cariño? —su tono era de falsa sorpresa, como si no hubiera estado esperando la pregunta.
Me ruboricé, pero asentí.
—Sí.
—Adelante. Está bien.
No lo pensé dos veces. Me bajé los pantalones cortos y los boxers de un tirón tan brusco que sentí el crujido de una costura cediendo. Ahí estaba, completamente expuesto ante ella. Y sin embargo, en ese extraño intercambio de poder, yo sentía que ella era la verdaderamente vulnerable, ofrecida en este altar de tabú que ella misma había erigido.
—¿P-puedo tocarte a ti, mamá? —tartamudeé.
La oí contener la respiración.
—¿Quizás… solo miremos por ahora, cielo? Esto ya es… mucho para mí. Vayamos despacio.
Una punzada de frustración se mezcló con la excitación, pero su petición era razonable.
—Está bien. ¿Podrías… subírtelas un poco entonces?
Ella soltó una risita nerviosa.
—Está… bien —dijo al final, con un tono de resignación curiosamente dócil. Con sus dedos, se pellizcó los laterales de la cintura y tiró de la tela hacia arriba, haciendo que se deslizara aún más profundamente en el surco entre sus nalgas. La sombra central desapareció, reemplazada por la tensa línea morada que ahora dividía su redondez en dos mitades definidas y exuberantes.
Mi respiración se cortó.
—Guau…
—¿Eso es bueno? —preguntó, y había una genuina curiosidad en su voz.
Mi mano ya se movía sobre mi erección, acelerando el ritmo.
—Joder, sí.
—Bueno… bien. ¿Hay… algo más que deba hacer?
Una idea, brillante y perversa, iluminó mi mente.
—¿Podrías… moverlo?
—¿Mover…? —Se detuvo, tragando saliva con un sonido audible—. ¿Dijiste moverlo?
Sabía que debería sentir vergüenza, pero solo había espacio para el deseo puro.
—Por favor, mamá.
Suspiró, un sonido largo que terminó en un débil quejido.
—Dios mío, Cristóbal. Las cosas que hago por ti.
Y si había alguna reticencia real en ella, se desvaneció rápidamente. Su "sí" sonaba más convincente que sus dudas. Había una chispa de algo en su voz ahora, algo juguetón que reemplazaba la incomodidad inicial.
—Un movimiento —anunció, como para sí misma—. Ahora mismo.
Y entonces lo hizo. Ladeó sus caderas hacia la izquierda, haciendo que la masa carnosa de su mejilla se desplazara, y luego, con un contragolpe rápido, lanzó su peso hacia la derecha. El impacto de sus nalgas al chocar produjo un sonido húmedo y contundente que resonó en la habitación silenciosa como un disparo.

—Dios mío —jadeé, el aire escapándose de mis pulmones—. Otra vez.
—¿Otra vez? —repitió ella, con una entonación casi coqueta. Sabía la respuesta, solo quería oírmela decir.
—¡Otra vez, mamá! ¡Por favor! ¡Eso fue… increíble!
Repitió el movimiento: izquierda, derecha. Esta vez el sonido fue más fuerte, más definido, y un estremecimiento involuntario me recorrió la espalda. La carne temblaba después del impacto, ondas suaves que se propagaban por la superficie, un testimonio visual de su suavidad y peso.
—Otro —ordené, mi voz más firme.
Mamá mantuvo sus muslos apretados, sin mostrar ni un milímetro de espacio entre ellos, incluso cuando sus nalgas temblaban. Comenzó a balancear las caderas en un patrón relajado de ochos, un twerking torpe pero hipnótico en su horizontalidad. No era experta, pero la materia prima era tan deslumbrante que la técnica carecía de importancia.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Cada balanceo, cada roce de sus nalgas, era un martillazo en mi sentido de la realidad. El tiempo pareció ralentizarse, permitiéndome saborear cada chapoteo lento y sensual.

—¿Está bien así, cariño? —preguntó, con una delicadeza que contrastaba con lo obsceno de la escena.
—Ajá —fue mi única respuesta, gutural y urgente.
—Puedo hacerlo… más enérgico, si quieres.
Mi corazón dio un vuelco contra las costillas.
—¡Ajá!
Y entonces intensificó el movimiento. Sus caderas se alzaron un poco más, y la respuesta de sus nalgas fue ahora con un retraso voluptuoso, como si el peso de la carne no pudiera seguir el ritmo del hueso. Era un baile hipnótico de inercia y gravedad. Los movimientos se volvieron más pronunciados, más líquidos, una ola carnosa que subía y bajaba con un ritmo cada vez más marcado.
Cuanto más se entregaba a la actuación, más cerca me sentía del borde. Quería retrasarlo, alargar este momento prohibido, pero entonces recordé sus palabras: «todo el día». Eso me permitió soltar el último freno.
—M-Mamá… —gemí, sin poder detener el ritmo de mi mano.
Ella giró un poco más la cabeza.
—¿Qué pasa, cielo? ¿Quieres que acelere?
—N-no… —jadeé—. Me voy a… voy a correrme.
Emitió un sonido agudo, un chillido de genuino asombro mezclado con algo más.
—¿En serio? ¿Ya?
—¡Ajá! —fue mi grito ahogado, el lema de mi rendición.
Otro chillido, esta vez con menos sorpresa y más… aprobación.
—¡Oh! Pues… hazlo, cariño. Déjalo salir.
Aumentó la fuerza de su balanceo, impulsando sus caderas hacia arriba con un movimiento brusco y decidido. Sus nalgas se apretaban, la carne chocaba y se separaba con un sonido nítido y húmedo. Cada rebote las hacía colisionar y ondular, creando ondas de movimiento que recorrían la superficie de su piel, amplificándose con cada repetición.
—¡Mierda, mamá! —grité, sin poder contenerme.
Mi pene se había endurecido como el acero, cada vena hinchada y palpitante bajo mi puño. La cabeza, inflamada y de un rojo intenso, había alisado todas sus texturas hasta quedar lisa y tensa como un cristal.
Ella no me había dado permiso explícito para aquello, pero en ese instante de ceguera sensorial, no podía imaginar otro destino. Mi erección ya apuntaba hacia su centro. Cuando la primera descarga de semen salió disparada, caliente y espesa, aterrizó directamente sobre la tela morada oscura con un sonido sordo.
—¡Oh! —exclamó ella, conteniendo un leve respingo cuando el líquido caliente hizo contacto—. ¿Eso es…? ¡Dios mío, Cristóbal!
A pesar del shock, no interrumpió su movimiento. El chorro de semen, blanco y perlado, se balanceó con el bamboleo de sus caderas, adhiriéndose a la tela que ya comenzaba a oscurecerse con la humedad del semen. El contraste era obscenamente gráfico: el blanco brillante sobre el morado intensificado, creando una silueta húmeda que acentuaba cada curva.
—Uuughhh —gemí, un sonido gutural y sin forma, la única vocalización posible.
Otra erupción cubrió la superficie ondulante de sus nalgas con más de esa pasta cálida y densa.
—¡Dios mío, cielo! —exclamó, y esta vez había menos sorpresa y más un jadeo sofocado—. ¡Qué… caliente!
Mi visión se estrechó hasta un túnel que solo contenía su trasero. Temiendo desmayarme, me incliné hacia adelante, apoyando una mano en el colchón mientras con la otra me masturbaba con furia, extrayendo la siguiente y última descarga. Estaba poseído por un deseo primitivo de marcar su territorio, de cubrir la tela que envolvía lo que más deseaba. Escuchar que ella sentía el calor, incluso a través de la tela, avivó ese fuego hasta lo insostenible.
Me pellizqué la base y arrastré los dedos apretados hasta la punta, sacando un último chorrito que se negó a caer. Con un movimiento casi inconsciente, rozué el glande, hipersensible tras el orgasmo, contra la sedosa tela de su ropa interior, como sellando el acto con un gesto final. La sensación, abrumadora y eléctrica, me recorrió con un escalofrío violento.
—Mierda —gruñí, colapsando sobre mí mismo—. Joder…
Jadeaba como si hubiera corrido una maratón, mientras ella, ahora inmóvil, respiraba con una calma casi surrealista.
—¿Están vacíos? —preguntó, con una dulzura incongruente.
—¿Qué? —logré exhalar, desorientado.
—Tus testículos, cariño. ¿Los vaciaste por completo?
Asentí, y luego, recordando que no podía verme, añadí con voz ronca:
—Sí, mamá. Creo… necesito acostarme.
Ella se giró de lado con cuidado, evitando manchar las sábanas, y abrió los brazos.
—Ven aquí, cielo. Puedes ser la cucharita.
Mi cuerpo, agotado y sobresaturado, respondió antes que mi mente. Me desplomé a su lado y me acurruqué contra su espalda, hasta que mi trasero coincidió con su entrepierna. Ella rodeó mi torso con un brazo y me atrajo con fuerza contra sí.
—Estás temblando —observó.
Asentí contra su nuca.
—Sí.
Me besó el hombro, un roce de labios suaves.
—¿Te ha gustado? ¿De verdad?
Asentí de nuevo, con todo mi cuerpo.
—Sí, mamá. Fue… increíble.
Sentí sus labios curvarse en una sonrisa contra mi piel.
—Este trasero grande y yo nos alegramos de poder ayudar. Me alegra que te haya gustado.
—¿Y a ti? —murmuré, ya medio sumido en un sopor plomizo.
Ella tarareó, haciendo vibrar su boca en mi espalda.
—Mmm. Supongo que sí. Fue… divertido. Pero fue más por ti que por mí, ¿sabes?
—Por mí —repetí, mecánicamente. Mi cerebro apenas procesaba las palabras.
—¿No te pareció… raro? —insistí, un hilo de conciencia aferrándose a la normalidad.
No respondió de inmediato. Solo siguió dejando pequeños besos en mi nuca.
—Al principio, sí —admitió al fin, su voz baja y reflexiva—. Luego… no sé. Dejó de serlo tanto. En cierto modo.
—¿Pero sigue siendo raro?
Ella rió, un sonido suave y contenido.
—Cariño, puedo sentir tu semen enfriándose en mi trasero en este momento. Creo que es justo decir que todo esto es un poco… extraño.
—¿Pero extraño… bueno?
—Extraño… raro —corrigió, acariciándome la nariz con la suya—. Bueno, supongo que necesito ropa interior nueva, ¿eh? Alguien hizo un buen desastre ahí atrás y… ¡Oh, mierda! —Se interrumpió—. ¡Es día de lavandería! ¡Este era mi último limpio!
Un giro de culpabilidad se apoderó de mi estómago.
—Entonces… ¿vas a llevarlos puestos todo el día?
—¿Te gustan? —preguntó, su voz era ahora baja y directa—. Puedes empezar por ahí.
—Me… encanta —confesé, y fue la verdad más pura que había pronunciado.
Ella se apartó entonces, con un movimiento fluido que parecía poner fin a la escena. Se acomodó la tanga, ajustando la cinturilla contra su piel con familiaridad.
—¡Bien! —dijo, y su tono volvió a ser casi práctico, aunque teñido de una satisfacción evidente—. Así tendrás algo más en qué pensar mientras termino las tareas.
—¿Ahora? —protesté, atónito—. ¿Después de… esto?
—¡Ni siquiera he terminado de tender la ropa! Tienes todo el día para… admirar, cielo. Pero yo aún tengo cosas que hacer. —Se inclinó y me dio un rápido beso en la coronilla, un gesto maternal que, en este contexto, resultaba vertiginosamente contradictorio—. Ya habrá tiempo. Tiempo de sobra.
CONTINUARÁ...
La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan para mas :D
Nota: Por razones de fuerza mayor (Universidad) tendré que reducir la frecuencia y duración de los relatos (dos o tres capítulos), espero subir al menos dos por mes pero aprovechare para que sean de mejor calidad, espero que les guste este relato y esperen en unos días la segunda parte
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