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📑Subestimando a la Gordita

📑Subestimando a la Gordita


Esmeralda siempre había sabido que no encajaba en los gustos evidentes de Santino. Él —Santi para los amigos— tenía fama de mirar solo a las rubias delgadas, cuerpos livianos y sonrisas calculadas. Ella, en cambio, era otra cosa: gordita curvas generosas, mirada profunda, una belleza que no pedía permiso.

Aun así, no pudo evitar sentirse atraída por él desde el primer día.

Cuando se animó a decirlo, la respuesta fue educada, pero clara. Santino no buscaba “eso”. Esmeralda sonrió, fingió que no dolía y siguió con su vida, guardando el deseo en un cajón que no volvió a abrir… al menos por un tiempo.

Hasta aquella tarde.
Lo encontró sentado en el cordón de la vereda, con los hombros caídos y la mirada perdida. No era el Santino seguro de siempre. Era solo un hombre cansado. Ella se acercó sin pensarlo.

—¿Todo bien? —preguntó, suave.
Él levantó la vista y suspiró.

—Nada que no cure el tiempo… o un milagro.

Esmeralda sonrió con esa calidez que siempre la había definido.
—El helado siempre calma las penas, te invito —dijo—. Te lo digo por experiencia.

Caminaron juntos hasta la heladería del barrio. Hablaron de cosas simples, de decepciones, de expectativas que pesan demasiado. Santino la miró distinto esa tarde. No como vecina. No como “la amiga”.
 La miró como mujer.

—Quiero pedirte perdón —dijo de pronto—. Fui un idiota al rechazarte así.

Esmeralda lo observó unos segundos, midiendo sus palabras.

—Todos nos equivocamos —respondió—. Pero si querés… puedo darte otra oportunidad.

Se despidieron con una sonrisa que no necesitaba promesas. Solo una cita pendiente, flotando en el aire como una posibilidad nueva.

Mientras se alejaba, Esmeralda pensó que tal vez, solo tal vez, había llegado el momento de que alguien descubriera lo que siempre había estado ahí.

Y Santino, viéndola irse, entendió que había subestimado algo más que un cuerpo: había pasado por alto una conexión que recién empezaba a despertar. 


Santino empezó a dudar sin querer. No por él, sino por las voces de siempre. Los amigos, la cerveza de por medio, las risas fáciles y los juicios rápidos.

—¿Cómo vas a andar con una gorda? —le soltaron—. Esa mujer no es para vos.

Él sonrió incómodo, sin responder. Pero las palabras se le quedaron dando vueltas, como una piedrita en el zapato. Esa misma tarde, Esmeralda lo vio distinto. Más callado. Más lejos.

—No deberías hacerles caso —le dijo con calma cuando él, torpe, le contó—. Vos sos libre de andar con quien quieras. Con quien te haga bien.

No hubo reproche en su voz. Solo una certeza tranquila. Eso fue lo que más lo desarmó.

Esa noche, cuando el silencio ya había tomado la casa, el teléfono de Santino vibró. Un mensaje de Esmeralda.

“Para que no dudes”, decía.
Abrió la imagen y el mundo se le detuvo un segundo. Esmeralda aparecía desnuda, sin poses forzadas, sin esconder nada. Curvas firmes, tetas grandes, con pezones rosados, vagina depilada, mirada segura, una sensualidad honesta que no pedía permiso. No era provocación vacía: era presencia.

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Santino tuvo que sentarse. El corazón le golpeaba fuerte, la pija se le endurecio de golpe, una mezcla de sorpresa y deseo que le subió al instante. Sonrió solo, incrédulo, como si acabara de descubrir algo que siempre estuvo frente a él.

Respondió con manos temblorosas.
“Perdoname por dudar”.

Del otro lado, la respuesta llegó rápido.

“Tranquilo. A veces hay que ver… para entender”.

Santino apoyó el teléfono en el pecho, respiró hondo y pensó que, tal vez, había estado escuchando a las personas equivocadas. Porque esa noche entendió algo simple y poderoso: el deseo no sigue reglas ajenas.
Y Esmeralda, desde su habitación, sonrió con la calma de quien sabe exactamente lo que vale.


Al día siguiente, Santino despertó con el teléfono vibrando sobre la mesa de luz. Un mensaje nuevo. Sonrió antes de leerlo, como si ya supiera de quién venía.


“Buenos días 😊”
“Para que empieces bien el día…”

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La imagen apareció segundos después. Luego otra. Esmeralda, con luz suave, piernas abiertas, mostrandole la concha y sosteniéndose las tetas, otra en cuatro y una mirada que decía más de lo que mostraba. Una seguridad tranquila que le apretó el pecho de emoción.

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Santino se quedó inmóvil unos segundos, respirando hondo, como si el corazón se le hubiera adelantado. Sonrió, negó con la cabeza, volvió a mirar. Se sentía desbordado y feliz a la vez.

“Me vas a matar así”, escribió por fin.
La respuesta llegó rápido.

“Después me escribís qué te gustaría hacerme”.

Santino apoyó el teléfono, pasó una mano por su dura pija y soltó una risa nerviosa. Pensó en ella, en sus curvas, en sus tetas, en su concha, en la calma con la que lo había puesto en su lugar sin reproches. No pensó en lo que haría, sino en lo que sentía: ganas de pajearse, de besarla sin apuro, de cojerla de demostrarle que ya no dudaba.

Empezó a escribir despacio, eligiendo cada palabra.

Porque esa mañana entendió algo nuevo: el deseo también puede ser cuidado, atento… y profundamente real.

"Esmeralda. 
No puedo más. Necesito decírtelo sin filtros, sin suavidades, sin vergüenza. Desde que vi tus fotos, no dejo de pensar en ti. En tu cuerpo, en tus curvas, provocándome con cada respiración. Me masturbo pensando en ti. Me corro con tu nombre en la boca. Es una obsesión.

Quiero tenerte desnuda, rendida, completamente entregada a mi deseo más animal. Quiero tomarte como un hombre toma a su hembra cuando el instinto supera cualquier límite. Tus tetas grandes y perfectas, me volvería loco enterrando mi cara entre ellas, lamiéndolas con desesperación, chupándote los pezones hasta dejarlos duros y sensibles. Las agarraría fuerte, las apretaría con las dos manos mientras te empujo contra la pared. Quiero verte gemir cuando las froto con mi pene duro, sentir cómo se desliza entre ellas, húmeda por tu saliva y mis ganas. Me corro solo de imaginarlo.

Tu vagina, Esmeralda. Tu vagina es un altar y quiero profanarlo. Quiero abrirte las piernas sin pedir permiso, con la brutalidad del que lleva demasiado tiempo esperando. Lamerte de arriba abajo, con la lengua gruesa, hambrienta, hasta hacerte perder la razón. Me metería dentro de ti con los dedos, despacio al principio, luego más fuerte, más profundo, hasta que te sacuda un orgasmo sucio y real. Te comeria con la boca como si me alimentara de tu placer, sintiendo tus muslos temblar, tu clítoris hinchado bajo mi lengua, tu aroma envolviéndolo todo.

Pero eso no sería suficiente. No. Quiero darte con mi duro pene que te duelan las piernas al día siguiente. Quiero verte boca abajo, con el culo alzado, ese culo que me obsesiona, redondo, firme, perfecto para ser azotado. Lo haría mío. Te lo abriría con las manos y te metería mi pene sin piedad, primero en tu concha mojada, profundo, empujando hasta el fondo, escuchando cómo chocas contra mí. Luego me detendría, escupiría en tu culo, y poco a poco lo invadiría, sintiéndote tensar, gemir, rendida. Me volvería loco dándote por el culo, apretando tus caderas, jadeando en tu oído mientras te digo lo puta que estás, lo rica que estás, cómo te encanta que te lo den así.

No habría caricias suaves. Solo fuerza, ritmo, brutalidad. Te cogeria contra el espejo, en la mesa, en el suelo, donde fuera. Te llenaría la boca con mi pene hasta verte con lágrimas de placer, haciéndote tragarme entero. Y cuando llegue el momento, cuando esté a punto de explotar, quiero correrme dentro de ti. Llenarte la concha o el culo, o los dos, con mi leche caliente, y ver cómo chorrea de ti después, como prueba de lo que te hice.

Esto no es una simple carta, Esmeralda. Es una promesa. Si algún día decides entregarte a mí, no habrá marcha atrás. Te voy a destruir con placer. Te voy a devorar.

Con el pene duro solo por imaginarlo".


Santino adjuntó una foto suya desnudo, con la pija parada, mirándola a los ojos desde la pantalla.

Cuando Esmeralda abrió el mensaje, tuvo que sentarse. Leyó despacio, una vez… y otra más. Sintió el calor subirle al rostro, el corazón acelerarse, la concha humedecerle, esa mezcla deliciosa de excitación y emoción. Sonrió sola, llevándose una mano al pecho.


Le respondió con los dedos temblando.
Le dijo que le había encantado cada palabra. Y sobre todo su pija. Que nadie le había hablado así antes. Que aceptaba ser su mujer, su puta, no por promesas vacías, sino porque había sentido la verdad detrás de ellas. Y que sí, pondría pasión de su parte, toda la que tenía, sin esconderse, sin achicarse.


“No me subestimes nunca más”, cerró.
“Porque cuando quiero… quiero de verdad.”

Santino leyó el mensaje con una sonrisa que no se le fue en todo el día.
Esmeralda, desde su habitación, respiró hondo.


Volvieron a verse en la misma heladería, como si el lugar guardara algo pendiente entre ellos. Esmeralda llegó con una sonrisa tranquila, segura, y Santino sintió ese nudo dulce en el estómago que no se aprende a controlar.


—¿Y cuándo pensás cumplir todo lo que me escribiste? —preguntó ella, apoyando el codo en la mesa, — Estoy sin bombacha, mirándolo fijo.


Él no respondió con palabras. Se inclinó y la besó, primero despacio, luego con decisión. No hubo escándalo ni miradas ajenas: solo dos personas que habían dejado de postergar. Santino tomó su mano y ella se dejó guiar, sin preguntas.


El lugar al que llegaron no tenía promesas ni adornos. No hacía falta. Cerraron la puerta y el mundo quedó afuera. Se acercaron de nuevo, besándose como quien reconoce algo propio. Él la desnudo y recorrió su piel con devoción, apretando y chupandole las tetas, los pezones, con la otra mano, manoseandole la concha. Ella respondió con gemidos, con caricias que decían estoy acá, luego se agacho, le bajo el pantalon, saco su pija y empezó a mamarsela profundamente, lamiéndolo desde la base a la punta, alternando besos y chupones que le hicieron perder la cabeza .

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—Vení —susurró ella, llevándolo hacia la cama. Se acosto y el le separo las piernas, hundio su cabeza entre ellas y comenzó a lamerle y chuparle la concha, ella lo tomó de la cabeza, mientras gemía como loca. 

El no aguanto más, se acomodó encima y le metio la pija en la concha, dándole duró, bombeandola intensamente. 


Esmeralda tomó el ritmo con naturalidad, segura de su cuerpo y de su deseo; se subió sobre él, se metió su pija en la concha y comenzó a cabalgarlo, se agarraba de las tetas, luego se las ofreció para que el se las chupara. Diciendole palabras sucias — Me encanta tu pija, que rica esta.

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Luego se ofreció con confianza, poniéndose en cuatro.— Este culo también lo quieres, verdad, invitándolo. Santino la sostuvo con cuidado y fuerza a la vez, le fue metiendole la pija en el culo, poco a poco guiándose por respiraciones y murmullos, hasta que entró toda y comenzó a cogerla sin piedad, dándole nalgadas, que la hicieron gemir de placer, hasta que el no pudo aguantar más, se la saco y le termino en las tetas.


Después, ella lo besó lento, apoyó la frente en la suya y sonrió.
—¿Ves? —dijo, con ternura—. Soy mucho más que una chica comun.

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Santino la abrazó, entendiendo al fin lo que había tardado en ver. Y en ese silencio cálido, supo que no había subestimado solo a Esmeralda: había aprendido a mirar a una mujer de verdad.


Aún con la respiración desacompasada y el corazón latiendo fuerte, Santino la miró como si la estuviera viendo por primera vez. Le tomó el rostro con ambas manos, sin apuro, con una mezcla de nervios y verdad.

—Perdoname —dijo, sincero—. Por haberte juzgado por la apariencia. Por no haber sabido ver antes… todo lo que sos. Me gustaría que fueramos pareja.

Esmeralda lo observó en silencio, con esa calma firme que siempre la había caracterizado. Luego sonrió, una sonrisa suave, sin rencor.

—Te perdono —respondió—. Y para serte honesta… yo ya pensaba que éramos pareja.

Santino soltó una risa incrédula, llena de alegría. La abrazó con fuerza, como si quisiera asegurarse de que era real, y la besó con ternura, sin prisa, celebrando ese acuerdo silencioso que acababan de sellar.

Esmeralda, más segura que nunca, le sostuvo la pija, y lo miró con esa chispa traviesa que ahora se permitía mostrar sin reservas.

—Ahora que somos pareja… ¿querés repetir? —preguntó, sonriendo.

Santino respondió sin dudar, por primera vez usando una palabra que le salió natural:

—Claro, mi amor.
Se acomodó sobre ella y la besó despacio, y la penetró con fuerza como quien aprende a quedarse, moviéndose encima de ella, bombeando su concha, Esmeralda lo sostuvo del rostro, lo miró fijo y susurró:
—¿Querés culito amor?

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No esperó respuesta. Se puso en cuatro. El se colocó detrás y la penetró por el culo, mientras sus manos acariciban sus, tetas, su vagina. Se Salió, lo besó con dulzura decidida y luego tomó la iniciativa, acercándose, subiéndose sobre él, se metió su pija en la concha envolviéndolo cón su calor, cabalgándolo intensamente, el sosteniéndola de las tetas, hasta que alcanzó el clímax, acomodarse sobre su pecho. Allí se acurrucaron, respirando al mismo ritmo, jadeando dejando que el silencio hiciera su trabajo.

Entre abrazos y sonrisas, se juraron paciencia, comprensión… y encuentros más calientes. No como promesa exagerada, sino como acuerdo sincero entre dos personas que habían aprendido a elegirse.

Porque al final, el verdadero deseo fue mirarse sin prejuicios.

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3 comentarios - 📑Subestimando a la Gordita

vampirodemor0n +1
Hermoso relato mi amigo .
Una verdadera obra de arte .
Felicitaciones .

Abrazo vampiro .
Pasa04
Las gorditas son bien lechonas..
Porongavirus2020 +1
Tremendo relato las Gordisss las mejores en la cama son calientes te entregan todo 😋🔥🔥🔥🔥🙌🏻🙌🏻🙌🏻🙌🏻