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Mi esposa y el bully de mi hijo

Me llamo Javier, y llevo casado con Clara quince años. Ella es un mujerón de esos que te dejan sin aliento solo con mirarla: alta, con curvas que parecen esculpidas por un artista obsesionado, pechos generosos que se mueven con una gracia hipnótica bajo cualquier blusa, y unas caderas anchas que invitan a perderse en ellas. Su cabello negro cae en ondas salvajes hasta la mitad de la espalda, y sus ojos verdes, siempre con ese brillo pícaro, podrían derretir acero. A sus 42 años, Clara sigue siendo la envidia de cualquier mujer más joven; tiene esa piel olivácea suave, unas piernas interminables que realza con tacones, y una risa ronca que te hace sentir vivo. Pero últimamente, nuestro matrimonio se ha ido enfriando en la cama. Lo que antes era fuego puro, noches enteras explorando cada centímetro de su cuerpo perfecto, se ha convertido en rutinas esporádicas, excusas de cansancio o estrés del trabajo. Yo la deseo como el primer día, pero ella parece distante, como si algo la estuviera consumiendo por dentro.
Mi esposa y el bully de mi hijo

Una noche, mientras revisaba las cámaras de seguridad de la casa desde mi oficina —un hábito paranoico que adopté después de un robo en el barrio—, vi algo que me dejó helado. Era tarde, alrededor de las once, y nuestro hijo Mateo ya estaba en su habitación. La cámara del porche captó a un chico joven, de unos dieciocho años, acercándose a la puerta. Lo reconocí de inmediato: era Diego, uno de los "amigos" de Mateo, ese chaval atlético con el pelo revuelto y una sonrisa de galán de telenovela que había venido un par de veces a casa. Tocó el timbre, y Clara abrió la puerta con una bata ligera que apenas ocultaba su silueta voluptuosa. Al principio, pensé que era algo inocente, quizás Mateo lo había invitado y yo no me enteré. Pero entonces, Diego se inclinó hacia ella, murmurando algo al oído mientras su mano rozaba el brazo de Clara de una forma que no era casual. Ella no se apartó; al contrario, soltó una risa baja, esa que solía reservar para mí, y lo dejó pasar adentro, cerrando la puerta con un gesto suave. Mi corazón latió con fuerza mientras cambiaba a la cámara del salón, viendo cómo él se acercaba más, sus ojos devorando el escote de Clara, y ella, mi Clara, respondiendo con una mirada coqueta que me hizo cuestionar todo.

Seguí mirando la pantalla como si estuviera hipnotizado, con el pulso retumbándome en los oídos. La cámara del salón era de ángulo amplio y captaba casi todo: el sofá, la mesa baja, la entrada a la cocina. Clara había dejado a Diego solo con Mateo en el salón y se había metido en la cocina con la excusa de preparar algo de comer, aunque la nevera estaba a rebosar y no había ninguna necesidad real. Yo sabía que no era hambre lo que la movía.

De pronto, Mateo apareció en el encuadre, bajando las escaleras con el pelo revuelto y los ojos aún medio dormidos. Llevaba solo una camiseta vieja y unos pantalones de pijama. Al ver a Diego sentado en el sofá como si fuera el dueño de la casa, se quedó paralizado en el último escalón.

—¿Qué… qué haces aquí tan tarde? —preguntó Mateo con voz temblorosa, intentando sonar firme pero fallando estrepitosamente.

Diego soltó una risita baja, de esas que suenan más crueles que divertidas. Se levantó despacio, estirándose como un gato que sabe que tiene el ratón acorralado.

—Tu mamá me invitó, pendejo. ¿O qué, no te dijo que soy bienvenido cuando quiera?

Mateo dio un paso atrás, mirando hacia la cocina como buscando auxilio. Clara estaba de espaldas, removiendo algo en una olla que no necesitaba remover, pero su postura era demasiado rígida, demasiado atenta. Escuchaba. Lo sabía.

—No… no me dijo nada —murmuró Mateo—. Es tarde, Diego. Mi papá…

—Tu papá no está, ¿verdad? —lo interrumpió Diego, acercándose más. Le sacaba casi una cabeza y el doble de hombros—. Y aunque estuviera… ¿crees que le importaría? Mira, cabrón, tu mamá está buenísima. ¿Te has dado cuenta o eres tan pendejo que ni lo ves? Ese culo, esas tetas… joder, me la quiero coger desde la primera vez que la vi. Y adivina qué: ella también quiere. Me lo dijo con la mirada cuando abrió la puerta. Así que hazte a un lado, enano, que los adultos vamos a divertirnos.

Mateo se puso rojo, los puños apretados a los lados, pero no se movió. Solo balbuceó algo incoherente.

—¿Qué? ¿Vas a llorar? —Diego se rio más fuerte, dándole un empujón suave pero humillante en el pecho que hizo retroceder a Mateo hasta chocar con la pared—. Mira, no te hagas el valiente. Todos sabemos que tu mamá necesita un hombre de verdad. No como tú, que ni siquiera sabes qué hacer con una chica. Y menos como tu viejo, que seguro ya ni se le para. ¿O sí? Dime, ¿cuánto hace que no la oyes gemir en la cama? Porque yo sí la voy a hacer gemir… y fuerte.

En la cocina, Clara dejó de remover. Apoyó las manos en la encimera, la cabeza baja, respirando profundo. No se giró. No intervino. Solo escuchaba, y su cuerpo se movía de una forma sutil, casi imperceptible: las caderas ligeramente balanceadas, los muslos apretándose uno contra el otro.

Yo sentí que algo se rompía dentro de mí. Quise apagar la pantalla, salir corriendo a casa, irrumpir y partirle la cara a ese hijo de puta. Pero no podía moverme. Mis ojos estaban pegados a la imagen, y mi mano… mi mano derecha había bajado sola hasta mi entrepierna. Al principio fue solo un roce, un intento de calmar la rabia que me quemaba. Luego se convirtió en algo más. Me toqué con recelo, con vergüenza, sintiendo cómo mi polla se endurecía contra mi voluntad mientras veía a Diego acercarse más a Mateo, casi rozándolo, y a Clara fingir que seguía cocinando pero con los pezones marcados bajo la bata fina.

Diego se giró hacia la cocina y alzó la voz, sabiendo perfectamente que ella oía todo.

—¿Verdad que sí, Clara? Dime que sí, que te mueres por que te folle como se debe.

Clara no contestó con palabras. Solo soltó un suspiro largo, casi un gemido contenido, y siguió de espaldas, moviendo la cuchara más despacio, como si cada movimiento fuera una caricia.

Y entonces volvió. Salió de la cocina con una sonrisa tranquila, como si nada hubiera pasado, como si no acabara de escuchar cómo un chaval de dieciocho años humillaba a su hijo y le declaraba en voz alta que se la quería tirar. Se acercó al sofá, rozó el hombro de Diego con los dedos al pasar y le dijo con voz suave, casi maternal:

—Tranquilo, Mateo. Ve a dormir, cariño. Mañana tienes clases temprano.

Mateo la miró con los ojos vidriosos, traicionado, y subió las escaleras sin decir nada más. Diego se quedó allí, sonriendo de lado, mientras Clara se sentaba a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus muslos se tocaran.

Yo seguí mirando. Y seguí tocándome. Con rabia. Con asco. Con un deseo enfermo que no podía controlar.

Clara se acomodó en el sofá, cruzando las piernas de esa forma que siempre me volvía loco, pero ahora era para él. Diego la miró de arriba abajo, sin disimulo, como un depredador que ya tiene la presa entre las garras. Yo, desde mi oficina a kilómetros de distancia, sentía el estómago revuelto, pero mi mano no paraba de moverse sobre mi polla dura como una roca. Era enfermizo, lo sabía, pero no podía detenerme. Quería ver cómo ese cabrón la destrozaba, cómo la convertía en su puta delante de mis ojos invisibles.

Diego extendió el brazo por encima del respaldo del sofá, rozando el hombro de Clara con los dedos. Ella no se apartó; al contrario, se inclinó un poco hacia él, dejando que la bata se abriera un poco más, revelando el valle profundo entre sus tetas perfectas, esas que yo había chupado y mordido tantas noches.

—Así que... —dijo Diego con esa voz grave, llena de arrogancia juvenil—. Tu hijo es un maricón total, ¿eh? Se fue corriendo como una niñita. Pero tú... tú sabes lo que quieres, ¿verdad, Clara? Una polla de verdad, no la mierda flácida de tu marido.

Clara soltó una risita nerviosa, pero sus ojos brillaban con algo oscuro, algo que yo no había visto en años. Bajó la mirada a la entrepierna de Diego, donde ya se marcaba un bulto impresionante bajo los jeans ajustados.

—No seas grosero, Diego —murmuró ella, pero su voz era ronca, cargada de deseo. Intentaba sonar juguetona, como si esto fuera un juego inocente, pero yo la conocía: estaba mojada, lo apostaría todo.

Diego no se anduvo con rodeos. Agarró la mano de Clara y la llevó directamente a su paquete, obligándola a apretar. Ella jadeó, pero no retiró la mano; al contrario, empezó a masajearlo despacio, sintiendo cómo crecía bajo su palma.

—Grosero, ¿yo? —se rio él—. Mira quién habla. Estás tocando la polla de un chaval que podría ser tu hijo, puta. Tu marido debe ser un cornudo patético si te deja salirte con la tuya. O quizás ni se entera, el idiota.

Yo tragué saliva, mi mano acelerando el ritmo sobre mi propia erección. "Cornudo patético". Las palabras me golpearon como un puñetazo, pero en lugar de rabia, sentí una oleada de excitación perversa. Clara no lo negó; solo mordió su labio inferior, esos labios carnosos que solían envolverse alrededor de mí, y apretó más fuerte.

—Diego... por favor —susurró ella, pero era una súplica falsa, porque su otra mano ya estaba subiendo por su propio muslo, rozando el borde de la bata.

Él la miró con desprecio juguetón y le dio una palmada ligera en la mejilla, lo suficiente para que sonara, pero no para lastimarla. Clara se estremeció, sus pezones endureciéndose visiblemente bajo la tela fina.

—Quítate esa mierda —ordenó Diego, señalando la bata—. Muéstrame lo que le das a tu marido cada noche, o mejor dicho, lo que ya no le das porque estás harta de su polla pequeña.

Clara dudó un segundo, mirando hacia las escaleras donde Mateo había desaparecido, pero luego se levantó despacio, desatando el cinturón de la bata. La dejó caer al suelo, quedando completamente desnuda frente a él. Dios, era perfecta: sus tetas grandes y firmes, con pezones oscuros y erectos; su vientre plano con esa curva sutil que la hacía tan femenina; su coño depilado, ya brillando de humedad entre sus muslos gruesos. Yo gemí en voz baja, mi polla palpitando en mi mano mientras la veía exponerse así, como una puta barata.

Diego silbó, admirándola sin tocarla aún. Se desabrochó los jeans y sacó su polla, gruesa y venosa, mucho más grande que la mía, cabezóna y apuntando al techo. Clara se lamió los labios involuntariamente.

—Mira esto, Clara. Esto es lo que necesitas. Arrodíllate y chúpala, como la zorra sumisa que eres. Dile a tu marido imaginario que lo sientes, pero que prefieres una verga joven y dura.

Ella obedeció. Se arrodilló entre sus piernas, sus tetas balanceándose, y tomó esa polla en su boca sin protestar. Empezó lento, lamiendo la punta, succionando con esos ruidos obscenos que llenaban el salón y llegaban a través de la cámara. Diego agarró su cabello negro y tiró de él, guiándola más profundo, follando su boca como si fuera un juguete.

—Joder, qué bien chupas, puta. Tu marido debe ser un inútil si te deja salir con hambre. Dime, ¿cuánto hace que no te follan como mereces? ¿Meses? ¿Años? Apuesto a que ese cornudo ni te hace correrte.

Clara murmuró algo alrededor de su polla, pero no paró. Sus manos subieron a sus propias tetas, pellizcándose los pezones mientras él la usaba. Diego la sacó de su boca un momento, escupiendo en su cara —un hilo de saliva cayendo por su mejilla— y luego la abofeteó suavemente con su polla húmeda.

—Contéstame, perra. Di en voz alta lo que eres.

Clara jadeó, su cara roja de vergüenza y excitación. —Soy... soy una puta infiel. Mi marido no me satisface. Quiero tu polla, Diego. Fóllame como él no puede.

Él la levantó por el pelo, la tiró boca abajo en el sofá y se posicionó detrás de ella. Le dio una nalgada fuerte en ese culo redondo y perfecto, dejando una marca roja. Clara gimió, arqueando la espalda, ofreciéndose.

—Pide perdón a tu cornudo —gruñó Diego mientras frotaba su polla contra su coño empapado—. Dilo: "Lo siento, Javier, pero este chaval me va a reventar el coño y me encanta".

—Lo siento, Javier —repitió ella con voz entrecortada, mirando casi directamente a la cámara sin saberlo, como si me estuviera hablando a mí—. Pero este chaval me va a reventar el coño... y me encanta.

Diego empujó dentro de ella de un solo golpe, enterrándose hasta las bolas. Clara gritó, un grito de placer puro y doloroso, sus tetas aplastadas contra el sofá mientras él empezaba a bombear con fuerza, sus pelotas chocando contra ella.

—Joder, qué apretada estás para ser una milf casada. Tu marido debe tener una polla de lápiz si no te ha abierto bien.

La follaba sin piedad, tirando de su cabello para arquearla más, mordiendo su cuello, dejando marcas que yo vería después. Clara se corrió rápido, temblando y gritando su nombre —"Diego, sí, más fuerte"— mientras yo, el cornudo total, me masturbaba furiosamente, eyaculando en mi mano al ver cómo mi mujer se sometía completamente a ese cabrón, humillada y adorándolo. No podía parar de mirar; quería más, necesitaba ver cómo la destruía por completo.

Diego no se detuvo ni un segundo después de que Clara se corriera. Siguió clavándola contra el sofá con embestidas brutales, el sonido húmedo y rítmico de sus cuerpos chocando llenando toda la sala. Cada golpe hacía que las tetas de Clara se bambolearan violentamente, y sus uñas se clavaban en el cojín mientras intentaba mantenerse en posición.

—Otra vez, puta —gruñó él, dándole otra nalgada que resonó como un latigazo—. Quiero que te corras gritando que soy mejor que tu marido. Que su polla de mierda nunca te llegó tan adentro.

Clara ya apenas podía hablar coherentemente. Solo gemidos entrecortados y palabras sueltas salían de su boca entre jadeos:

—Eres… mejor… joder… más grande… me estás partiendo…

Diego se inclinó sobre ella, pegando su pecho sudoroso contra su espalda, y le mordió el lóbulo de la oreja con fuerza.

—Dilo bien claro para la cámara invisible, zorra. Imagina que tu cornudo está mirando ahora mismo. Dile que vas a dejar de fingir orgasmos con él. Dile que a partir de hoy solo vas a correrte pensando en mi verga.

Clara levantó la cabeza, el pelo pegado a la cara por el sudor y la saliva, y miró directo al objetivo oculto de la cámara del salón —sin saberlo, pero como si una parte enferma de ella lo intuyera—. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos entre la vergüenza y el éxtasis.

—Javier… —susurró con voz rota, entrecortada por cada embestida—. Lo siento… pero nunca… nunca me has hecho sentir así… Diego me está follando como hombre de verdad… me está rompiendo… y yo… yo quiero que siga… quiero que me use cuando quiera…

Esas palabras fueron como gasolina para mí. Mi polla, que apenas había empezado a ablandarse después de correrme, volvió a ponerse dura al instante. Me limpié la mano en los pantalones y empecé otra vez, más despacio esta vez, saboreando cada segundo de humillación.

Diego se rio con esa risa cruel y juvenil, satisfecho.

—Buena chica. Ahora date la vuelta. Quiero verte la cara mientras te lleno.

La sacó de un tirón, la giró como si fuera una muñeca y la sentó en el borde del sofá con las piernas abiertas. Clara estaba hecha un desastre: el rímel corrido, las mejillas enrojecidas, el cuello lleno de chupetones y marcas de dientes, el coño hinchado y brillante, abierto de tanto usarlo. Diego se puso de pie frente a ella, masturbándose lentamente esa polla gruesa y brillante de los jugos de mi mujer.

—Mírame —ordenó—. Y tócate mientras te digo lo que va a pasar de ahora en adelante.

Clara obedeció. Metió dos dedos en su coño empapado y empezó a frotarse el clítoris en círculos rápidos, gimiendo sin control.

—Vas a seguir siendo la esposa perfecta delante de la gente —dijo Diego mientras se pajeaba a centímetros de su cara—. Vas a seguir cocinando para tu cornudo, besándolo en la mejilla, diciéndole que lo quieres. Pero cada vez que él salga de casa, o cuando se duerma, o cuando esté en el trabajo… vas a venir aquí, o me vas a mandar un mensaje, y yo voy a venir a reventarte el coño, el culo, la boca, donde se me antoje. ¿Entendido?

Clara asintió frenéticamente, los dedos moviéndose más rápido.

—S-sí… entendido…

—Y cuando yo quiera, voy a traer amigos. Chicos de mi edad con pollas grandes que también se mueren por follarse a una milf casada como tú. Vas a ser nuestra puta compartida. Vas a chupar, a tragar, a dejar que te corran encima… y vas a suplicar por más.

Ella se estremeció violentamente solo de escuchar eso. Sus caderas se levantaron del sofá mientras se corría otra vez, esta vez sin que nadie la tocara más que ella misma. Un chorro pequeño pero visible salió de su coño, salpicando el suelo de madera.

—Joder, qué sucia eres —se burló Diego, acelerando su mano—. Abre la boca.

Clara obedeció al instante, sacando la lengua como perrito entrenado. Diego gruñó, apuntó y empezó a eyacular con fuerza. El primer chorro grueso le cayó directamente en la lengua, el segundo en la mejilla, el tercero le cruzó la nariz y la frente. Chorros calientes y abundantes que ella intentaba atrapar con la boca abierta, gimiendo de placer mientras se tragaba lo que podía.

Cuando terminó, Diego le agarró la barbilla y le cerró la boca con los dedos.

—Traga todo, puta. No desperdicies ni una gota.

Clara cerró los ojos y tragó audiblemente, la nuez subiendo y bajando. Luego abrió la boca otra vez para enseñarle que no quedaba nada.

—Buena zorra —dijo él, dándole palmaditas en la mejilla como si fuera una mascota—. Ahora ve a limpiarte antes de que baje tu hijo. Pero no te duches. Quiero que huelas a mi semen cuando tu marido llegue esta noche y te dé un beso de buenas noches.

Clara se levantó tambaleante, las piernas temblorosas. Recogió la bata del suelo pero no se la puso; simplemente la arrastró consigo mientras subía las escaleras, el semen todavía goteándole por la cara y el pecho.

Diego se dejó caer en el sofá, la polla todavía medio dura descansando sobre su muslo, y miró directamente hacia la cámara —hacia mí— con una sonrisa arrogante, como si supiera perfectamente que lo estaba viendo todo.

—Tranquilo, Javier —dijo en voz baja, casi susurrando, aunque no podía saber que lo escuchaba—. Tu mujer está bien cuidada. Muy bien cuidada.

Y entonces se levantó, se subió los pantalones y salió de la casa silbando, dejándome solo con la pantalla, el corazón latiéndome en los oídos y la certeza enfermiza de que esto apenas estaba empezando.

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