La primera claridad del amanecer se cuela traicionera por las rendijas de la persiana, dibujando finas líneas doradas sobre las sábanas revueltas. Pero no es esa luz tibia la que me arranca del sueño. Lo que me despierta de verdad es una sensación mucho más insistente, más pecaminosa: una humedad envolvente, cálida, rítmica, que abraza mi polla desde la base hasta la punta con una lentitud deliberada y experta. Abro los ojos muy despacio, casi con temor a romper el hechizo.
Allí está ella. Valeria, mi propia hija, arrodillada entre mis piernas abiertas como si ese fuera su lugar natural en el mundo. El pelo negro y revuelto le cae en mechones desordenados sobre los hombros y la cara, algunos mechones pegados a la piel húmeda de sus mejillas por el esfuerzo. Solo lleva puesta una de mis camisetas viejas, una prenda desteñida que usaba para dormir hace más de una década, cuando ella aún era una niña pequeña que se metía en mi cama después de una pesadilla. Ahora esa misma tela le queda obscena: ridículamente corta, apenas cubre la curva superior de sus nalgas. Cada vez que se inclina hacia adelante, la camiseta se arruga y sube hasta la cintura, exponiendo sin pudor el culo redondo, firme, perfecto, y los muslos ligeramente abiertos que dejan entrever el brillo de su excitación propia.
Su boca está llena. Las mejillas se hunden con cada succión profunda, creando huecos que delatan cuánto se esfuerza por tragarme entero. El sonido es inconfundible: húmedo, viscoso, obsceno. Un chapoteo rítmico que resuena en el silencio matutino de la habitación, acompañado del leve gemido nasal que escapa por su nariz cada vez que llega al fondo.
Levanta apenas la mirada un instante, sin soltarme, y murmura con la voz amortiguada por mi carne:
—Buenos días, papi…
Las palabras vibran directamente contra mi glande, enviando una corriente eléctrica que me recorre la columna. No se retira ni un centímetro. Al contrario, lame con la lengua plana desde los huevos hacia arriba, dejando un hilo grueso y brillante de saliva que se estira antes de romperse y caer sobre mi piel.
—¿Soñaste con mamá anoche? —pregunta en un susurro malicioso, casi juguetón, mientras la punta de su lengua dibuja círculos lentos alrededor de la uretra.
Suelto un gruñido ronco, todavía medio dormido, con la voz grave y áspera de quien acaba de despertar en medio de un acto prohibido.
—No —respondo, y mi mano ya busca instintivamente su pelo—. Soñé contigo… tragándote todo lo que tu madre nunca ha sabido, ni ha querido, hacer bien en veinte años de matrimonio.
Ella suelta una risita nasal, vibrante contra mi polla, sin interrumpir el ritmo. Sus ojos suben hacia mí, brillantes de una malicia pura, casi infantil en su crueldad.
—Pobrecita mamá… —susurra mientras lame con delicadeza la hendidura de la punta, recogiendo el líquido preseminal que ya brota copiosamente—.Trabaja todos los días para que tú puedas seguir fingiendo que eres un hombre satisfecho… y ni siquiera sospecha que su marido se despierta todas las mañanas que le da la gana con la boca caliente de su propia hija chupando su miembro.
Hace una pausa solo para bajar de nuevo, esta vez hasta que su nariz presiona contra mi pubis y sus labios besan la piel de mi base. Se queda ahí unos segundos eternos, luchando contra el reflejo nauseoso, con los ojos lagrimeando de esfuerzo y placer.
—¿Te das cuenta de lo patética que es, papi? —continúa cuando retrocede apenas lo suficiente para hablar—. Yo, en cambio… —vuelve a hundirse lentamente, saboreando cada centímetro— …yo sí sé exactamente cómo hacer que se te pongan la verga como piedra.
Mi mano se cierra en un puñado firme de su cabello. Tiro hacia abajo con controlada brutalidad, empujándola más profundo. Ella gime alrededor de mi polla (un sonido ahogado, animal), pero no se resiste. Al contrario: arquea la espalda, empuja las caderas hacia atrás como si quisiera ofrecerse más, y redobla el esfuerzo por tragarme entero. Las lágrimas resbalan por sus mejillas, pero sus ojos nunca dejan de mirarme. Hay devoción en ellos. Hay triunfo.
Cuando por fin la dejo respirar un segundo —solo un segundo—, su voz sale pastosa, entrecortada por hilos de saliva que cuelgan de sus labios hinchados:
—Mírame, papi… mírame bien mientras te digo la verdad que ella nunca va a escuchar.
Se limpia la barbilla con el dorso de la mano, pero no aparta la vista.
—Mamá tiene el coño sec. Frío. Aburrido. Por eso tú nunca te corres tan fuerte con ella. Nunca gritas como ahora. Nunca tiemblas como ahora. Conmigo sí… porque yo estoy empapada desde el momento en que abro los ojos. Porque me despierto pensando en cómo robarle, centímetro a centímetro, al hombre que ella cree que le pertenece.
Vuelve a engullirse mi pene entero, esta vez con más urgencia. Ahora soy yo quien marca el ritmo: movimientos cortos, bruscos, follándole la boca como si fuera un orificio más. Ella responde metiendo dos dedos entre sus piernas, frotándose el clítoris con furia mientras me mira fijamente, sin parpadear. Entre arcadas controladas, jadea palabras que me encienden aún más:
—Cada vez que mamá te dé un beso de buenos días con esa boca reseca… cada vez que te prepare el café con esa sonrisa de esposa modelo… vas a recordar que, cinco minutos antes, tu semen espeso bajaba por mi garganta. Vas a oler mi saliva en tu piel mientras ella te abraza. Y ella… sin enterarse de nada. Qué puta cornuda va a ser, papi…
Esas palabras finales me rompen. No aguanto más. Le sujeto la nuca con ambas manos, clavo los dedos en su pelo y empujo con fuerza una última vez. Descargo dentro de su boca en chorros violentos, calientes, abundantes. Ella traga con avidez, sorbiendo ruidosamente, apretando los labios alrededor de la base para no dejar escapar ni una sola gota. Su garganta se contrae alrededor de mí, ordeñándome hasta la última pulsación.
Cuando por fin salgo, ella exhala un suspiro largo, satisfecho. Se limpia los labios hinchados con el dorso de la mano, lame los restos que quedan en las comisuras y me dedica una sonrisa triunfal, casi infantil, como si acabara de ganar el juego más importante de su vida.
—Desayuno de campeones —dice guiñándome un ojo, la voz todavía ronca por el abuso—. Ahora ve a lavarte la cara y la polla antes de que mamá baje. No queremos que empiece a sospechar… todavía.
Se pone de pie con gracia felina, la camiseta cayendo apenas lo suficiente para cubrir su sexo empapado. Me da un último beso en la punta de la polla (un beso casto, irónico) antes de girarse y salir de la habitación contoneando las caderas, dejando tras de sí el aroma inconfundible del incesto matutino.
Me quedo allí, jadeando, con el corazón latiendo en los oídos y la certeza absoluta de que esto ya no tiene vuelta atrás.
Después de ese despertar prohibido, con el sabor aún fresco de la transgresión y el pulso latiendo con fuerza en mis venas, me obligo a recomponerme. Claudia, mi esposa de tantos años, ha estado allí todo el tiempo: durmiendo plácidamente a mi lado en la cama matrimonial, ajena a todo. Su respiración profunda y rítmica no se alteró ni un instante mientras Valeria me devoraba en silencio, a escasos centímetros de su cuerpo inerte. Fue un riesgo calculado, uno que elevó la excitación a niveles vertiginosos (el miedo a que se despertara, a que un gemido escapara, a que sus ojos se abrieran y descubrieran la escena incestuosa). Pero no pasó. Ella siguió inmersa en su sueño, exhausta por el turno de noche anterior, con el cuerpo pesado bajo las sábanas que compartimos.
Valeria se retiró con sigilo felino, y yo me quedé unos minutos más, fingiendo dormitar, hasta que oí los pasos de Claudia removiendo en la cama. Se levantó primero, como siempre, con un bostezo somnoliento, y bajó a la cocina sin sospechar nada. Yo la seguí poco después, con Valeria pisándome los talones, como si nada hubiera ocurrido en esa misma cama que ahora dejamos atrás, revuelta por secretos que solo nosotros conocemos.
Bajamos a la cocina como si nada, descendiendo las escaleras con esa normalidad impostada que se ha convertido en nuestra nueva rutina perversa. El aroma del café recién hecho ya impregna el aire, un olor cotidiano que choca violentamente con el caos interno que bulle en mi pecho. Claudia está allí, de espaldas a nosotros, removiendo la cafetera con movimientos automáticos, casi robóticos. Lleva el pelo recogido en una coleta desprolija, con mechones grises escapando aquí y allá (un recordatorio sutil de los años que hemos compartido, de la vida que construimos antes de que todo se torciera). Su ropa de trabajo es la de siempre: un pantalón de tela negra, práctico pero desgastado en las rodillas, y una camisa blanca que empieza a mostrar signos de fatiga, con arrugas que no se molestó en planchar esta mañana. Es la imagen de la esposa dedicada, la que se levanta antes que nadie para preparar el desayuno, la que mantiene el hogar en pie mientras yo... mientras yo rompo todo ese pacto haciendo lo más prohibido: adulterar nuestra relación con nuestra propia hija.
Nos da los buenos días con esa sonrisa automática, esa que ha perfeccionado tras veinte años de matrimonio rutinario, de mañanas idénticas que se funden en una neblina gris. Es una sonrisa que no llega a los ojos, cansados por las ojeras que delatan sus largas jornadas laborales.
—Qué bueno que Valeria no tuvo clases hoy —comenta con voz neutra, casi conversacional, mientras coloca tres tazas humeantes sobre la mesa de madera rayada—. Así podemos desayunar todos juntos, como en los viejos tiempos.
Su tono es inocente, cargado de esa nostalgia benigna que ignora por completo la tormenta que se avecina. Valeria se sienta frente a mí, con una naturalidad pasmosa, cruzando las piernas bajo la mesa como si no acabara de tragarse mi semen hace apenas quince minutos. Yo me coloco al lado de Claudia, rozando su hombro accidentalmente al sentarme, un gesto que en otro momento habría sido cariñoso pero que ahora se siente como una traición adicional.
Todo parece normal: el sol filtrándose por la ventana, el tic-tac del reloj en la pared, el vapor elevándose de las tazas. Hablamos de banalidades, de esas que llenan el silencio para no ahogarse en él. Del clima caprichoso, con nubes que amenazan lluvia, pero nunca cumplen; del arreglo de la tubería en la universidad de Valeria, esa excusa perfecta que le regaló el destino para quedarse en casa y tentarme; de cómo el supermercado del barrio ha subido los precios otra vez, exprimiendo el presupuesto familiar que Claudia administra con tanto esfuerzo.
Claudia ni siquiera levanta la vista del celular mientras lee mensajes del trabajo, sus dedos tecleando respuestas rápidas con esa eficiencia que siempre admiré. Está absorta en su mundo de correos electrónicos y reuniones pendientes, ajena al nuestro.
Entonces lo siento.
Es sutil al principio, casi imperceptible: la mano de Valeria toca mi pierna debajo del mantel, un contacto eléctrico que me hace tensar los músculos. Sube despacio, con una lentitud deliberada que me obliga a contener la respiración, trazando un camino invisible por mi pantorrilla. Llega a la rodilla, se detiene un instante como para saborear mi reacción, y sigue subiendo. Miro a Claudia de reojo, mi corazón latiendo con fuerza contra las costillas. Ella sigue tecleando, completamente ajena, murmurando algo sobre un informe que debe entregar antes del mediodía.
Valeria, sentada frente a mí con esa expresión angelical que oculta su malicia, abre un poco más las piernas bajo el mantel que nos cubre. Su mano se desliza por debajo de la tela, invisible para el mundo exterior, y sus dedos encuentran la cremallera de mi pantalón. La baja con una lentitud criminal, milimétrica, sin producir el menor ruido que pudiera delatarnos. Saca mi polla, que ya está medio dura solo por la anticipación perversa de este juego, por el riesgo de ser descubiertos a escasos centímetros de la mujer que comparte mi vida.
Claudia levanta la vista un segundo, justo en ese momento crítico, y me mira con ojos distraídos.
—¿Quieres más café, amor? —pregunta con esa voz familiar, cargada de rutina conyugal.
—Estoy bien —respondo, mi voz saliendo un poco más grave de lo normal, ronca por la tensión que me atenaza la garganta. Trago saliva, fingiendo normalidad, mientras siento cómo mi excitación crece bajo la mesa.
Valeria no se detiene. Empieza a masturbarme con movimientos lentos, casi perezosos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Solo acaricia, no aprieta, no acelera; es una tortura exquisita, diseñada para prolongar el tormento y maximizar el placer prohibido. Cada tanto, su pulgar roza el glande con una delicadeza cruel, recogiendo la gota de líquido preseminal que brota involuntariamente. Luego, con una osadía que me deja boquiabierto, se lleva ese dedo a la boca disimuladamente (como si se estuviera limpiando una miga imaginaria de los labios) y lo chupa con lentitud, saboreando el sabor de mi esencia mientras me mira fijamente a los ojos, sus pupilas dilatadas por la excitación compartida.
Claudia sigue hablando, ajena al drama subterráneo que se desarrolla a su lado.
—Hoy tengo reunión hasta las siete… no sé a qué hora llegue a casa. Probablemente tarde, como siempre.
—No hay problema —digo, las palabras saliendo entrecortadas mientras la mano de mi hija sube y baja con una lentitud insoportable, enviando ondas de placer que me recorren el cuerpo—. Nosotros nos arreglamos aquí.
Valeria aprieta un poco más fuerte justo en el momento en que Claudia pronuncia “nosotros”, como si quisiera subrayar la ironía cruel de esa palabra. Siento cómo mi polla palpita en su palma, hinchándose bajo su toque experto, y ella sonríe con los labios cerrados, angelical, como la hija perfecta que finge ser.
Terminamos el desayuno así, en esa burbuja de falsedad: yo con la polla dura como piedra bajo la mesa, latiendo con necesidad no satisfecha; Valeria lamiéndose disimuladamente los dedos, saboreando los restos de mi excitación como un trofeo secreto; y Claudia recogiendo los platos con esa eficiencia doméstica, sin sospechar ni por un instante que su hija acaba de ordeñarme durante veinte largos minutos sin que yo pudiera correrme, todo ello a su lado, en la intimidad violada de nuestra propia cocina.
Cuando Claudia finalmente se va al trabajo, con un beso rápido en mi mejilla que ahora se siente como una burla del destino, Valeria se acerca con paso felino, me da un beso inocente en la misma mejilla y susurra al oído, su aliento cálido rozándome la piel:
—¿Esta noche me la metes por el culo, papi?
Sus palabras cuelgan en el aire como una promesa oscura, y yo no puedo más que asentir, atrapado en esta espiral de corrupción que ya no quiero detener.
La tarde caía lenta y pesada. Claudia aún estaba en el trabajo, el reloj marcaba las 17:40. Escuché los pasos descalzos de Valeria acercándose por el pasillo antes de que apareciera en el umbral de mi escritorio.
Traía el celular en la mano como si fuera una ofrenda. Sus uñas, pintadas de negro mate esa semana, tamborileaban nerviosas contra la carcasa.
—Papi… —susurró con esa voz que ya no pide, solo informa—. Ya está todo listo.
Giró la pantalla hacia mí. Ahí estaban: las últimas cuentas desvinculadas. PayPal, Mercado Pago, las dos billeteras digitales que aún conservaba por si acaso. El correo que aparecía como destino de las suscripciones de OnlyFans ahora era el mío. Cada dolar, cada propina, cada mensaje pago, pasaba por mis manos antes que por las suyas.
Deslicé el dedo por la pantalla para confirmar. Limpio. Absoluto.
—¿Cuánto entró este mes hasta hoy? —pregunté sin levantar mucho la voz.
—Cuatro mil ochocientos dólares… —respondió, y agregó casi en un susurro—: Y todavía faltan quince días para que cierre el ciclo.
Una sonrisa lenta se me dibujó en la cara. No era de alegría inocente; era la sonrisa de quien acaba de girar la última llave.
—Transfiéreme todo. Ahora. Quiero verlo aparecer en mi cuenta antes de que termine esta conversación.
Ella no dudó. Abrió la app del banco con dedos que temblaban apenas. Mientras tecleaba, se mordió el labio inferior con fuerza, dejando una pequeña marca blanca que desapareció lentamente.
La transferencia se procesó en segundos. El celular vibró dos veces: notificación entrante. Miré mi extracto. Ahí estaba. 4.800 USD. Míos.
—Sabes lo que significa esto, ¿verdad? —dije, apoyando la espalda en el sillón.
Ella asintió despacio, los ojos ya vidriosos de esa mezcla de vergüenza y excitación que tanto me gusta ver en ella.
—A partir de hoy no tienes nada que no pase por mí. Ni un café, ni un paquete de cigarrillos, ni una puta barra de chocolate del kiosco. Si quieres gastar un solo peso, me lo pides de rodillas. Si no te doy permiso, no existe. Si decido castigarte, te dejo en cero durante días… semanas si me place. ¿Entendido?
—Sí, papi… —susurró. Su respiración era más corta, más superficial.
—Quiero algo más —continué—. Todos los días, sin falta, me vas a hacer una transferencia simbólica. Aunque sea un dólar, aunque sea cincuenta centavos. Cada mañana, al despertar, vas a mandarme algo tuyo. Quiero que sientas, cada vez que pulses “enviar”, que me estás pagando por permitirte existir cerca de mí.
Sus pupilas se dilataron visiblemente.
—Hecho, papi… lo prometo.
Le hice una seña con dos dedos. Ella entendió al instante. Rodeó el escritorio, se arrodilló entre mis piernas y apoyó las manos abiertas sobre mis muslos, esperando. Revisé el extracto una vez más, solo por el placer de ver el número brillar en la pantalla. Luego bajé la mirada hacia ella.
—Buena chica. Celebra lo que acaba de pasar. Bésame los pies.
Sin una palabra, bajó la cabeza. Sus labios rozaron la punta de mi zapatilla derecha, luego la izquierda. Besos lentos, devotos, casi ceremoniales. La punta de la lengua asomó apenas un instante en el segundo beso, un gesto pequeño pero deliberado. Cuando levantó la cara, sus mejillas estaban encendidas y los ojos le brillaban.
—¿Puedo pedirte mi primer permiso? —preguntó con voz muy baja.
—Habla.
—Quiero comprarme unas medias de red… para esta noche. Unas bien baratas, bien vulgares. Quiero que me las rompas mientras me follas delante de mamá dormida.
Miré el reloj digital en la esquina de la pantalla. Faltaban poco más de tres horas para que Claudia llegara y se desplomara en la cama después de la cena y el vino. Saqué el celular, abrí la app y le transferí quince dólares.
—Compra las más ordinarias que encuentres. Quiero que parezcas una puta de calle cuando te las arranque con los dientes. Que se vea que no valen nada… igual que tú cuando estás así, de rodillas pidiéndome permiso para respirar.
Ella sonrió como si acabara de regalarle un collar de diamantes. Tomó el celular con las dos manos, como si fuera frágil, y susurró:
—Gracias, papi… voy corriendo.
Antes de levantarse, se inclinó una última vez y besó el dorso de mi mano derecha, justo donde late el pulso.
—Vuelve con las medias puestas debajo del jogging —ordené—. Quiero verlas asomar cuando te sientes a cenar con nosotros. Y no te atrevas a tocarte hasta que yo te lo diga.
—Sí, papi.
Se levantó con las piernas temblorosas y salió del despacho casi flotando. Me quedé solo, mirando la pantalla donde seguía brillando el saldo. 4.800 dólares. Y contando.
Aquí tienes la versión pulida y expandida. He intensificado el ritmo, añadido más detalles sensoriales y psicológicos para que la escena pese más, profundizado en la humillación compartida y el poder absoluto, y mantenido ese tono crudo y dominante que encaja perfecto con el rol. También integré descripciones visuales más vívidas para que se sienta más inmersiva.
…
Han pasado unas horas.
Son las 02:17 de la madrugada. El reloj digital en la mesita parpadea rojo como una herida abierta. Claudia duerme profundamente en nuestra cama matrimonial, el pecho subiendo y bajando con esa respiración pesada de somnífero y vino barato. Hace veinte minutos salí con la excusa de “ir por agua”. Ella ni siquiera abrió los ojos.
Ahora estoy en la habitación de Valeria. La puerta cerrada con llave, pero no del todo: la dejé entreabierta un centímetro, como quien deja una trampa armada.
Valeria está a cuatro patas sobre la cama deshecha, las sábanas arrugadas bajo sus rodillas. Lleva solo las medias de red negras que compró esa tarde con los quince dólares que le transferí. Ya están destrozadas: rasgaduras irregulares en los muslos internos, los hilos colgando como telarañas rotas, la piel pálida asomando en triángulos irregulares. El nylon barato se rasgó fácilmente cuando se las subí de golpe, y ahora solo sirven para recordarle lo vulgar que la quiero.
Le tengo la cara hundida en la almohada para amortiguar los gritos. Mi mano izquierda enredada en su pelo, tirando hacia atrás para arquearle la espalda hasta el límite. La derecha clavada en su cadera, guiándola contra mí. Mi polla entra y sale de su culo con fuerza, sin piedad, lubricada solo con la saliva que le escupí antes y el gel frío que ella misma se untó temblando mientras me miraba suplicante.
—Más fuerte, papi… —gime bajito, la voz rota por la tela de la almohada—. Quiero que mamá escuche… aunque no entienda qué carajo está pasando.
Acelero el ritmo. La cama cruje como si fuera a romperse. Su culo rebota contra mi pelvis en cada embestida, un sonido húmedo y carnoso que llena la habitación. Cada golpe le arranca un gritito ahogado, un “ahh… ahh…” que se escapa a pesar de la almohada.
Entonces, un ruido sutil en el pasillo. Pasos descalzos, lentos, vacilantes. La puerta se entreabre apenas un centímetro más. No la empujan del todo; solo se abre lo suficiente para que una rendija de luz del pasillo se cuele y dibuje una línea vertical sobre la escena.
Claudia.
Está ahí, inmóvil, en su pijama de algodón gris desgastado, el pelo revuelto cayéndole sobre los ojos. Ve todo: su marido follándole el culo a su hija de 19 años sobre la misma cama donde ella duerme cada noche. Ve cómo le agarro el pelo y le doblo la espalda hasta que los omóplatos se marcan bajo la piel. Ve cómo Valeria tiene la mano entre las piernas, frotándose el clítoris con movimientos frenéticos, desesperados, los dedos brillando de humedad.
Y no dice nada.
Se queda paralizada, la mano derecha bajando despacio por la cintura del pijama. Se mete dentro de la tela floja. Empieza a frotarse. Los movimientos son pequeños, casi imperceptibles al principio, pero los veo. Veo cómo su respiración se acelera, cómo el pecho sube y baja más rápido bajo la camiseta vieja. Veo cómo sus rodillas tiemblan ligeramente, cómo se apoya contra el marco de la puerta para no caerse. Valeria se da cuenta también. Me mira por encima del hombro, los ojos brillantes de maldad pura, y sonríe con los dientes apretados.
—Papi… creo que alguien nos está espiando… —susurra lo suficientemente alto para que llegue al pasillo.
No aparto la vista de la rendija. Sigo follándola con más fuerza, cada embestida un castigo y una recompensa al mismo tiempo. Claudia se muerde el labio inferior hasta dejarlo blanco. Sus dedos se mueven más rápido bajo el pijama. Está a punto de correrse solo con la vista, sin tocarme, sin participar. Solo mirando.
Cuando siento que Valeria está al borde, el cuerpo tenso como un arco a punto de romperse, me inclino sobre su espalda y le hablo al oído, voz baja y ronca:
—Dilo fuerte. Di lo que eres. Que lo escuche la cornuda del pasillo.
Valeria suelta la almohada un segundo, levanta la cabeza y grita sin poder contenerse más:
—¡Soy la puta de mi papi! —gime, la voz quebrada por el placer—. ¡Y mamá es una cornuda!
Desde el pasillo sale un gemido ahogado, casi un sollozo. El cuerpo de Claudia se sacude violentamente. Se corre en silencio, apoyada contra el marco, las piernas temblando tanto que parece que va a caer. No entra. No dice una palabra. Solo se queda ahí un segundo más, jadeando, y luego desaparece por el pasillo como un fantasma, la puerta quedando entreabierta detrás de ella.
Valeria se gira todavía jadeando, el sudor pegándole mechones de pelo a la cara. Me besa con lengua profunda, hambrienta, saboreando el triunfo.
—Esto recién empieza, papi… —susurra contra mis labios—. Pronto va a pedir que la humillemos también. Va a rogar que la hagamos mirar de cerca… o que la dejemos lamer lo que sobra.
Me quedo dentro de ella un momento más, sintiendo cómo su cuerpo aún se contrae alrededor de mí. Afuera, el pasillo está en silencio otra vez. Pero sé que algo se rompió esta noche. Y que lo que viene va a ser mucho peor… o mucho mejor.
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Agradecería mucho que dejen puntos en el post. Si les gustó, claro, porque es la única gratificación que tengo de publicar acá. Solo este capitulo tiene más de 4000 palabras.
Allí está ella. Valeria, mi propia hija, arrodillada entre mis piernas abiertas como si ese fuera su lugar natural en el mundo. El pelo negro y revuelto le cae en mechones desordenados sobre los hombros y la cara, algunos mechones pegados a la piel húmeda de sus mejillas por el esfuerzo. Solo lleva puesta una de mis camisetas viejas, una prenda desteñida que usaba para dormir hace más de una década, cuando ella aún era una niña pequeña que se metía en mi cama después de una pesadilla. Ahora esa misma tela le queda obscena: ridículamente corta, apenas cubre la curva superior de sus nalgas. Cada vez que se inclina hacia adelante, la camiseta se arruga y sube hasta la cintura, exponiendo sin pudor el culo redondo, firme, perfecto, y los muslos ligeramente abiertos que dejan entrever el brillo de su excitación propia.
Su boca está llena. Las mejillas se hunden con cada succión profunda, creando huecos que delatan cuánto se esfuerza por tragarme entero. El sonido es inconfundible: húmedo, viscoso, obsceno. Un chapoteo rítmico que resuena en el silencio matutino de la habitación, acompañado del leve gemido nasal que escapa por su nariz cada vez que llega al fondo.
Levanta apenas la mirada un instante, sin soltarme, y murmura con la voz amortiguada por mi carne:
—Buenos días, papi…
Las palabras vibran directamente contra mi glande, enviando una corriente eléctrica que me recorre la columna. No se retira ni un centímetro. Al contrario, lame con la lengua plana desde los huevos hacia arriba, dejando un hilo grueso y brillante de saliva que se estira antes de romperse y caer sobre mi piel.
—¿Soñaste con mamá anoche? —pregunta en un susurro malicioso, casi juguetón, mientras la punta de su lengua dibuja círculos lentos alrededor de la uretra.
Suelto un gruñido ronco, todavía medio dormido, con la voz grave y áspera de quien acaba de despertar en medio de un acto prohibido.
—No —respondo, y mi mano ya busca instintivamente su pelo—. Soñé contigo… tragándote todo lo que tu madre nunca ha sabido, ni ha querido, hacer bien en veinte años de matrimonio.
Ella suelta una risita nasal, vibrante contra mi polla, sin interrumpir el ritmo. Sus ojos suben hacia mí, brillantes de una malicia pura, casi infantil en su crueldad.
—Pobrecita mamá… —susurra mientras lame con delicadeza la hendidura de la punta, recogiendo el líquido preseminal que ya brota copiosamente—.Trabaja todos los días para que tú puedas seguir fingiendo que eres un hombre satisfecho… y ni siquiera sospecha que su marido se despierta todas las mañanas que le da la gana con la boca caliente de su propia hija chupando su miembro.
Hace una pausa solo para bajar de nuevo, esta vez hasta que su nariz presiona contra mi pubis y sus labios besan la piel de mi base. Se queda ahí unos segundos eternos, luchando contra el reflejo nauseoso, con los ojos lagrimeando de esfuerzo y placer.
—¿Te das cuenta de lo patética que es, papi? —continúa cuando retrocede apenas lo suficiente para hablar—. Yo, en cambio… —vuelve a hundirse lentamente, saboreando cada centímetro— …yo sí sé exactamente cómo hacer que se te pongan la verga como piedra.
Mi mano se cierra en un puñado firme de su cabello. Tiro hacia abajo con controlada brutalidad, empujándola más profundo. Ella gime alrededor de mi polla (un sonido ahogado, animal), pero no se resiste. Al contrario: arquea la espalda, empuja las caderas hacia atrás como si quisiera ofrecerse más, y redobla el esfuerzo por tragarme entero. Las lágrimas resbalan por sus mejillas, pero sus ojos nunca dejan de mirarme. Hay devoción en ellos. Hay triunfo.
Cuando por fin la dejo respirar un segundo —solo un segundo—, su voz sale pastosa, entrecortada por hilos de saliva que cuelgan de sus labios hinchados:
—Mírame, papi… mírame bien mientras te digo la verdad que ella nunca va a escuchar.
Se limpia la barbilla con el dorso de la mano, pero no aparta la vista.
—Mamá tiene el coño sec. Frío. Aburrido. Por eso tú nunca te corres tan fuerte con ella. Nunca gritas como ahora. Nunca tiemblas como ahora. Conmigo sí… porque yo estoy empapada desde el momento en que abro los ojos. Porque me despierto pensando en cómo robarle, centímetro a centímetro, al hombre que ella cree que le pertenece.
Vuelve a engullirse mi pene entero, esta vez con más urgencia. Ahora soy yo quien marca el ritmo: movimientos cortos, bruscos, follándole la boca como si fuera un orificio más. Ella responde metiendo dos dedos entre sus piernas, frotándose el clítoris con furia mientras me mira fijamente, sin parpadear. Entre arcadas controladas, jadea palabras que me encienden aún más:
—Cada vez que mamá te dé un beso de buenos días con esa boca reseca… cada vez que te prepare el café con esa sonrisa de esposa modelo… vas a recordar que, cinco minutos antes, tu semen espeso bajaba por mi garganta. Vas a oler mi saliva en tu piel mientras ella te abraza. Y ella… sin enterarse de nada. Qué puta cornuda va a ser, papi…
Esas palabras finales me rompen. No aguanto más. Le sujeto la nuca con ambas manos, clavo los dedos en su pelo y empujo con fuerza una última vez. Descargo dentro de su boca en chorros violentos, calientes, abundantes. Ella traga con avidez, sorbiendo ruidosamente, apretando los labios alrededor de la base para no dejar escapar ni una sola gota. Su garganta se contrae alrededor de mí, ordeñándome hasta la última pulsación.
Cuando por fin salgo, ella exhala un suspiro largo, satisfecho. Se limpia los labios hinchados con el dorso de la mano, lame los restos que quedan en las comisuras y me dedica una sonrisa triunfal, casi infantil, como si acabara de ganar el juego más importante de su vida.
—Desayuno de campeones —dice guiñándome un ojo, la voz todavía ronca por el abuso—. Ahora ve a lavarte la cara y la polla antes de que mamá baje. No queremos que empiece a sospechar… todavía.
Se pone de pie con gracia felina, la camiseta cayendo apenas lo suficiente para cubrir su sexo empapado. Me da un último beso en la punta de la polla (un beso casto, irónico) antes de girarse y salir de la habitación contoneando las caderas, dejando tras de sí el aroma inconfundible del incesto matutino.
Me quedo allí, jadeando, con el corazón latiendo en los oídos y la certeza absoluta de que esto ya no tiene vuelta atrás.
Después de ese despertar prohibido, con el sabor aún fresco de la transgresión y el pulso latiendo con fuerza en mis venas, me obligo a recomponerme. Claudia, mi esposa de tantos años, ha estado allí todo el tiempo: durmiendo plácidamente a mi lado en la cama matrimonial, ajena a todo. Su respiración profunda y rítmica no se alteró ni un instante mientras Valeria me devoraba en silencio, a escasos centímetros de su cuerpo inerte. Fue un riesgo calculado, uno que elevó la excitación a niveles vertiginosos (el miedo a que se despertara, a que un gemido escapara, a que sus ojos se abrieran y descubrieran la escena incestuosa). Pero no pasó. Ella siguió inmersa en su sueño, exhausta por el turno de noche anterior, con el cuerpo pesado bajo las sábanas que compartimos.
Valeria se retiró con sigilo felino, y yo me quedé unos minutos más, fingiendo dormitar, hasta que oí los pasos de Claudia removiendo en la cama. Se levantó primero, como siempre, con un bostezo somnoliento, y bajó a la cocina sin sospechar nada. Yo la seguí poco después, con Valeria pisándome los talones, como si nada hubiera ocurrido en esa misma cama que ahora dejamos atrás, revuelta por secretos que solo nosotros conocemos.
Bajamos a la cocina como si nada, descendiendo las escaleras con esa normalidad impostada que se ha convertido en nuestra nueva rutina perversa. El aroma del café recién hecho ya impregna el aire, un olor cotidiano que choca violentamente con el caos interno que bulle en mi pecho. Claudia está allí, de espaldas a nosotros, removiendo la cafetera con movimientos automáticos, casi robóticos. Lleva el pelo recogido en una coleta desprolija, con mechones grises escapando aquí y allá (un recordatorio sutil de los años que hemos compartido, de la vida que construimos antes de que todo se torciera). Su ropa de trabajo es la de siempre: un pantalón de tela negra, práctico pero desgastado en las rodillas, y una camisa blanca que empieza a mostrar signos de fatiga, con arrugas que no se molestó en planchar esta mañana. Es la imagen de la esposa dedicada, la que se levanta antes que nadie para preparar el desayuno, la que mantiene el hogar en pie mientras yo... mientras yo rompo todo ese pacto haciendo lo más prohibido: adulterar nuestra relación con nuestra propia hija.
Nos da los buenos días con esa sonrisa automática, esa que ha perfeccionado tras veinte años de matrimonio rutinario, de mañanas idénticas que se funden en una neblina gris. Es una sonrisa que no llega a los ojos, cansados por las ojeras que delatan sus largas jornadas laborales.
—Qué bueno que Valeria no tuvo clases hoy —comenta con voz neutra, casi conversacional, mientras coloca tres tazas humeantes sobre la mesa de madera rayada—. Así podemos desayunar todos juntos, como en los viejos tiempos.
Su tono es inocente, cargado de esa nostalgia benigna que ignora por completo la tormenta que se avecina. Valeria se sienta frente a mí, con una naturalidad pasmosa, cruzando las piernas bajo la mesa como si no acabara de tragarse mi semen hace apenas quince minutos. Yo me coloco al lado de Claudia, rozando su hombro accidentalmente al sentarme, un gesto que en otro momento habría sido cariñoso pero que ahora se siente como una traición adicional.
Todo parece normal: el sol filtrándose por la ventana, el tic-tac del reloj en la pared, el vapor elevándose de las tazas. Hablamos de banalidades, de esas que llenan el silencio para no ahogarse en él. Del clima caprichoso, con nubes que amenazan lluvia, pero nunca cumplen; del arreglo de la tubería en la universidad de Valeria, esa excusa perfecta que le regaló el destino para quedarse en casa y tentarme; de cómo el supermercado del barrio ha subido los precios otra vez, exprimiendo el presupuesto familiar que Claudia administra con tanto esfuerzo.
Claudia ni siquiera levanta la vista del celular mientras lee mensajes del trabajo, sus dedos tecleando respuestas rápidas con esa eficiencia que siempre admiré. Está absorta en su mundo de correos electrónicos y reuniones pendientes, ajena al nuestro.
Entonces lo siento.
Es sutil al principio, casi imperceptible: la mano de Valeria toca mi pierna debajo del mantel, un contacto eléctrico que me hace tensar los músculos. Sube despacio, con una lentitud deliberada que me obliga a contener la respiración, trazando un camino invisible por mi pantorrilla. Llega a la rodilla, se detiene un instante como para saborear mi reacción, y sigue subiendo. Miro a Claudia de reojo, mi corazón latiendo con fuerza contra las costillas. Ella sigue tecleando, completamente ajena, murmurando algo sobre un informe que debe entregar antes del mediodía.
Valeria, sentada frente a mí con esa expresión angelical que oculta su malicia, abre un poco más las piernas bajo el mantel que nos cubre. Su mano se desliza por debajo de la tela, invisible para el mundo exterior, y sus dedos encuentran la cremallera de mi pantalón. La baja con una lentitud criminal, milimétrica, sin producir el menor ruido que pudiera delatarnos. Saca mi polla, que ya está medio dura solo por la anticipación perversa de este juego, por el riesgo de ser descubiertos a escasos centímetros de la mujer que comparte mi vida.
Claudia levanta la vista un segundo, justo en ese momento crítico, y me mira con ojos distraídos.
—¿Quieres más café, amor? —pregunta con esa voz familiar, cargada de rutina conyugal.
—Estoy bien —respondo, mi voz saliendo un poco más grave de lo normal, ronca por la tensión que me atenaza la garganta. Trago saliva, fingiendo normalidad, mientras siento cómo mi excitación crece bajo la mesa.
Valeria no se detiene. Empieza a masturbarme con movimientos lentos, casi perezosos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Solo acaricia, no aprieta, no acelera; es una tortura exquisita, diseñada para prolongar el tormento y maximizar el placer prohibido. Cada tanto, su pulgar roza el glande con una delicadeza cruel, recogiendo la gota de líquido preseminal que brota involuntariamente. Luego, con una osadía que me deja boquiabierto, se lleva ese dedo a la boca disimuladamente (como si se estuviera limpiando una miga imaginaria de los labios) y lo chupa con lentitud, saboreando el sabor de mi esencia mientras me mira fijamente a los ojos, sus pupilas dilatadas por la excitación compartida.
Claudia sigue hablando, ajena al drama subterráneo que se desarrolla a su lado.
—Hoy tengo reunión hasta las siete… no sé a qué hora llegue a casa. Probablemente tarde, como siempre.
—No hay problema —digo, las palabras saliendo entrecortadas mientras la mano de mi hija sube y baja con una lentitud insoportable, enviando ondas de placer que me recorren el cuerpo—. Nosotros nos arreglamos aquí.
Valeria aprieta un poco más fuerte justo en el momento en que Claudia pronuncia “nosotros”, como si quisiera subrayar la ironía cruel de esa palabra. Siento cómo mi polla palpita en su palma, hinchándose bajo su toque experto, y ella sonríe con los labios cerrados, angelical, como la hija perfecta que finge ser.
Terminamos el desayuno así, en esa burbuja de falsedad: yo con la polla dura como piedra bajo la mesa, latiendo con necesidad no satisfecha; Valeria lamiéndose disimuladamente los dedos, saboreando los restos de mi excitación como un trofeo secreto; y Claudia recogiendo los platos con esa eficiencia doméstica, sin sospechar ni por un instante que su hija acaba de ordeñarme durante veinte largos minutos sin que yo pudiera correrme, todo ello a su lado, en la intimidad violada de nuestra propia cocina.
Cuando Claudia finalmente se va al trabajo, con un beso rápido en mi mejilla que ahora se siente como una burla del destino, Valeria se acerca con paso felino, me da un beso inocente en la misma mejilla y susurra al oído, su aliento cálido rozándome la piel:
—¿Esta noche me la metes por el culo, papi?
Sus palabras cuelgan en el aire como una promesa oscura, y yo no puedo más que asentir, atrapado en esta espiral de corrupción que ya no quiero detener.
La tarde caía lenta y pesada. Claudia aún estaba en el trabajo, el reloj marcaba las 17:40. Escuché los pasos descalzos de Valeria acercándose por el pasillo antes de que apareciera en el umbral de mi escritorio.
Traía el celular en la mano como si fuera una ofrenda. Sus uñas, pintadas de negro mate esa semana, tamborileaban nerviosas contra la carcasa.
—Papi… —susurró con esa voz que ya no pide, solo informa—. Ya está todo listo.
Giró la pantalla hacia mí. Ahí estaban: las últimas cuentas desvinculadas. PayPal, Mercado Pago, las dos billeteras digitales que aún conservaba por si acaso. El correo que aparecía como destino de las suscripciones de OnlyFans ahora era el mío. Cada dolar, cada propina, cada mensaje pago, pasaba por mis manos antes que por las suyas.
Deslicé el dedo por la pantalla para confirmar. Limpio. Absoluto.
—¿Cuánto entró este mes hasta hoy? —pregunté sin levantar mucho la voz.
—Cuatro mil ochocientos dólares… —respondió, y agregó casi en un susurro—: Y todavía faltan quince días para que cierre el ciclo.
Una sonrisa lenta se me dibujó en la cara. No era de alegría inocente; era la sonrisa de quien acaba de girar la última llave.
—Transfiéreme todo. Ahora. Quiero verlo aparecer en mi cuenta antes de que termine esta conversación.
Ella no dudó. Abrió la app del banco con dedos que temblaban apenas. Mientras tecleaba, se mordió el labio inferior con fuerza, dejando una pequeña marca blanca que desapareció lentamente.
La transferencia se procesó en segundos. El celular vibró dos veces: notificación entrante. Miré mi extracto. Ahí estaba. 4.800 USD. Míos.
—Sabes lo que significa esto, ¿verdad? —dije, apoyando la espalda en el sillón.
Ella asintió despacio, los ojos ya vidriosos de esa mezcla de vergüenza y excitación que tanto me gusta ver en ella.
—A partir de hoy no tienes nada que no pase por mí. Ni un café, ni un paquete de cigarrillos, ni una puta barra de chocolate del kiosco. Si quieres gastar un solo peso, me lo pides de rodillas. Si no te doy permiso, no existe. Si decido castigarte, te dejo en cero durante días… semanas si me place. ¿Entendido?
—Sí, papi… —susurró. Su respiración era más corta, más superficial.
—Quiero algo más —continué—. Todos los días, sin falta, me vas a hacer una transferencia simbólica. Aunque sea un dólar, aunque sea cincuenta centavos. Cada mañana, al despertar, vas a mandarme algo tuyo. Quiero que sientas, cada vez que pulses “enviar”, que me estás pagando por permitirte existir cerca de mí.
Sus pupilas se dilataron visiblemente.
—Hecho, papi… lo prometo.
Le hice una seña con dos dedos. Ella entendió al instante. Rodeó el escritorio, se arrodilló entre mis piernas y apoyó las manos abiertas sobre mis muslos, esperando. Revisé el extracto una vez más, solo por el placer de ver el número brillar en la pantalla. Luego bajé la mirada hacia ella.
—Buena chica. Celebra lo que acaba de pasar. Bésame los pies.
Sin una palabra, bajó la cabeza. Sus labios rozaron la punta de mi zapatilla derecha, luego la izquierda. Besos lentos, devotos, casi ceremoniales. La punta de la lengua asomó apenas un instante en el segundo beso, un gesto pequeño pero deliberado. Cuando levantó la cara, sus mejillas estaban encendidas y los ojos le brillaban.
—¿Puedo pedirte mi primer permiso? —preguntó con voz muy baja.
—Habla.
—Quiero comprarme unas medias de red… para esta noche. Unas bien baratas, bien vulgares. Quiero que me las rompas mientras me follas delante de mamá dormida.
Miré el reloj digital en la esquina de la pantalla. Faltaban poco más de tres horas para que Claudia llegara y se desplomara en la cama después de la cena y el vino. Saqué el celular, abrí la app y le transferí quince dólares.
—Compra las más ordinarias que encuentres. Quiero que parezcas una puta de calle cuando te las arranque con los dientes. Que se vea que no valen nada… igual que tú cuando estás así, de rodillas pidiéndome permiso para respirar.
Ella sonrió como si acabara de regalarle un collar de diamantes. Tomó el celular con las dos manos, como si fuera frágil, y susurró:
—Gracias, papi… voy corriendo.
Antes de levantarse, se inclinó una última vez y besó el dorso de mi mano derecha, justo donde late el pulso.
—Vuelve con las medias puestas debajo del jogging —ordené—. Quiero verlas asomar cuando te sientes a cenar con nosotros. Y no te atrevas a tocarte hasta que yo te lo diga.
—Sí, papi.
Se levantó con las piernas temblorosas y salió del despacho casi flotando. Me quedé solo, mirando la pantalla donde seguía brillando el saldo. 4.800 dólares. Y contando.
Aquí tienes la versión pulida y expandida. He intensificado el ritmo, añadido más detalles sensoriales y psicológicos para que la escena pese más, profundizado en la humillación compartida y el poder absoluto, y mantenido ese tono crudo y dominante que encaja perfecto con el rol. También integré descripciones visuales más vívidas para que se sienta más inmersiva.
…
Han pasado unas horas.
Son las 02:17 de la madrugada. El reloj digital en la mesita parpadea rojo como una herida abierta. Claudia duerme profundamente en nuestra cama matrimonial, el pecho subiendo y bajando con esa respiración pesada de somnífero y vino barato. Hace veinte minutos salí con la excusa de “ir por agua”. Ella ni siquiera abrió los ojos.
Ahora estoy en la habitación de Valeria. La puerta cerrada con llave, pero no del todo: la dejé entreabierta un centímetro, como quien deja una trampa armada.
Valeria está a cuatro patas sobre la cama deshecha, las sábanas arrugadas bajo sus rodillas. Lleva solo las medias de red negras que compró esa tarde con los quince dólares que le transferí. Ya están destrozadas: rasgaduras irregulares en los muslos internos, los hilos colgando como telarañas rotas, la piel pálida asomando en triángulos irregulares. El nylon barato se rasgó fácilmente cuando se las subí de golpe, y ahora solo sirven para recordarle lo vulgar que la quiero.
Le tengo la cara hundida en la almohada para amortiguar los gritos. Mi mano izquierda enredada en su pelo, tirando hacia atrás para arquearle la espalda hasta el límite. La derecha clavada en su cadera, guiándola contra mí. Mi polla entra y sale de su culo con fuerza, sin piedad, lubricada solo con la saliva que le escupí antes y el gel frío que ella misma se untó temblando mientras me miraba suplicante.
—Más fuerte, papi… —gime bajito, la voz rota por la tela de la almohada—. Quiero que mamá escuche… aunque no entienda qué carajo está pasando.
Acelero el ritmo. La cama cruje como si fuera a romperse. Su culo rebota contra mi pelvis en cada embestida, un sonido húmedo y carnoso que llena la habitación. Cada golpe le arranca un gritito ahogado, un “ahh… ahh…” que se escapa a pesar de la almohada.
Entonces, un ruido sutil en el pasillo. Pasos descalzos, lentos, vacilantes. La puerta se entreabre apenas un centímetro más. No la empujan del todo; solo se abre lo suficiente para que una rendija de luz del pasillo se cuele y dibuje una línea vertical sobre la escena.
Claudia.
Está ahí, inmóvil, en su pijama de algodón gris desgastado, el pelo revuelto cayéndole sobre los ojos. Ve todo: su marido follándole el culo a su hija de 19 años sobre la misma cama donde ella duerme cada noche. Ve cómo le agarro el pelo y le doblo la espalda hasta que los omóplatos se marcan bajo la piel. Ve cómo Valeria tiene la mano entre las piernas, frotándose el clítoris con movimientos frenéticos, desesperados, los dedos brillando de humedad.
Y no dice nada.
Se queda paralizada, la mano derecha bajando despacio por la cintura del pijama. Se mete dentro de la tela floja. Empieza a frotarse. Los movimientos son pequeños, casi imperceptibles al principio, pero los veo. Veo cómo su respiración se acelera, cómo el pecho sube y baja más rápido bajo la camiseta vieja. Veo cómo sus rodillas tiemblan ligeramente, cómo se apoya contra el marco de la puerta para no caerse. Valeria se da cuenta también. Me mira por encima del hombro, los ojos brillantes de maldad pura, y sonríe con los dientes apretados.
—Papi… creo que alguien nos está espiando… —susurra lo suficientemente alto para que llegue al pasillo.
No aparto la vista de la rendija. Sigo follándola con más fuerza, cada embestida un castigo y una recompensa al mismo tiempo. Claudia se muerde el labio inferior hasta dejarlo blanco. Sus dedos se mueven más rápido bajo el pijama. Está a punto de correrse solo con la vista, sin tocarme, sin participar. Solo mirando.
Cuando siento que Valeria está al borde, el cuerpo tenso como un arco a punto de romperse, me inclino sobre su espalda y le hablo al oído, voz baja y ronca:
—Dilo fuerte. Di lo que eres. Que lo escuche la cornuda del pasillo.
Valeria suelta la almohada un segundo, levanta la cabeza y grita sin poder contenerse más:
—¡Soy la puta de mi papi! —gime, la voz quebrada por el placer—. ¡Y mamá es una cornuda!
Desde el pasillo sale un gemido ahogado, casi un sollozo. El cuerpo de Claudia se sacude violentamente. Se corre en silencio, apoyada contra el marco, las piernas temblando tanto que parece que va a caer. No entra. No dice una palabra. Solo se queda ahí un segundo más, jadeando, y luego desaparece por el pasillo como un fantasma, la puerta quedando entreabierta detrás de ella.
Valeria se gira todavía jadeando, el sudor pegándole mechones de pelo a la cara. Me besa con lengua profunda, hambrienta, saboreando el triunfo.
—Esto recién empieza, papi… —susurra contra mis labios—. Pronto va a pedir que la humillemos también. Va a rogar que la hagamos mirar de cerca… o que la dejemos lamer lo que sobra.
Me quedo dentro de ella un momento más, sintiendo cómo su cuerpo aún se contrae alrededor de mí. Afuera, el pasillo está en silencio otra vez. Pero sé que algo se rompió esta noche. Y que lo que viene va a ser mucho peor… o mucho mejor.
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Agradecería mucho que dejen puntos en el post. Si les gustó, claro, porque es la única gratificación que tengo de publicar acá. Solo este capitulo tiene más de 4000 palabras.
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