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Misterios orgásmicos de la selva

El año pasado cerré mi cuenta de Poringa ¿Por qué? Bueno, conseguí una plaza como profesor de matemáticas y en tal profesión uno no solo debe parecer decente sino también serlo.


Fui destacado a un remoto poblado de la amazonía, en Perú. El calor era insoportable, pero también lo era la tentación de estar en medio de tantas adolescentes enfundadas en ligeras blusas y sus duras tetas transparentándose por la humedad y la transpiración.

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Llegué a entablar cierta cercanía con Taty. Ella tenía 16 años. El sol y la selva habían hecho de sus tetas un par de mangos maduros que a veces revelaban el color marrón de sus pezones y aureolas a través de su blusa.


A veces, con la excusa de revisar mis apuntes, me sentaba en el campo deportivo para ver trotar a Taty y sus amigas. Sus tetas brincaban traviesas, sus piernas morenas y ágiles terminaban en sus nalgas que partían sus leggins con profundo surco, los labios de su conchita emergían lujuriosas como queriendo hablar.

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Ser profesor de matemáticas siempre te da un poder especial sobre las alumnas. Aunque Taty era mi favorita, tenía que desaprobarla de año. Días antes de cerrar los registros, ella se acercó presurosa mientras sus compañeros abandonaban el aula y me preguntó si podíamos hablar.


- Profesor, ayúdeme a aprobar. Ya le pedí permiso a mi mamá - Me dijo Taty suplicante.
- ¿Permiso? ¿Para qué? - pregunté extrañado.
- Para hacer lo que usted me pida y poder aprobar - Dijo sugerente y me abrazó.


El salón era una choza de palmas con agujeros como ventanas, los pájaros graznaban afuera, el aroma de la selva inundaba el lugar y ahí tenía a Tatty abrazándome, sentía sus tetas como globos aplantándose contra mí. En semejante escenario ¿Cómo decirle que no?


- Si tu madre está de acuerdo, está bien. A las cinco te espero, en la choza junto al río detrás del campo deportivo - Le dije. Taty me agradeció y salió corriendo, sus nalgas se movían más contentas que nunca.

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En poblados amazónicos y pobres como en este, a veces los padres dan a sus hijas adolescentes a los hombres que tienen cierta solvencia. Puede ser este el caso de Taty, reflexionaba tendido en la hamaca. Si procedo mal, podría ser fácilmente ajusticiado en la plaza del poblado. Pero la verga se me ponía tiesa de solo pensar en Taty montada y gimiendo. Me levanté y fui a la cita.


Ahí estaba yo en esa choza de palmas y juncos. Afuera los insectos hacían concierto ante la proximidad del atardecer, el río sonaba monótono. De pronto oí acercarse unos pasos. De solo imaginar a Taty viniendo con su faldita y sus piernas morenas apretando su conchita que pronto desfloraría, la verga se me puso tiesa.

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La puerta se abrió y ¡Oh Dios, no era Taty sino su madre! Quedé paralizado. Seguramente Taty me delató, seguramente pronto llegarán los demás pobladores y me atarán en medio de la plaza, y tras darme de palos, seguramente me prenderán fuego.


La señora se acercó furiosa, se arrodilló y de un tirón me bajó el pantalón. Mi verga que no había tenido tiempo de regresar a su estado de flacidez, rebotó un par de veces frente a sus narices. Yo estaba atónito, creí que de un mordisco me la arrancaría. Ella escupió algo verde, como hierbas masticadas, en mi pito, luego con bruscos movimientos esparció el jugo hasta mis bolas.

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Quería huir, pero ella sujetaba mi verga con tal fuerza que me era imposible. Pese a la presión, mi verga empezó a crecer de modo descomunal, llenó las manos de la mujer y yo entré en trance.


Cuando se bajó la falda, asomó una pelambre espesa y negra entre sus piernas, se dio la vuelta y de una metió mi pito en su vagina. Debido al trance, sentía como si hubiera metido la verga en un panal de hormigas. La mujer decía palabras extrañas y gemía. Yo era como un muñeco de paja, insensible en todo el cuerpo excepto en la verga. Toda mi sensibilidad se había acumulado ahí.


Caí al suelo, inmediatamente ella me montó. Me daba sentones enloquecidos. Yo miraba al techo girar, el ruido de insectos y las ranas sonaban como una portentosa sinfonía de Beethoven. De pronto me vine, creí que iba a mandar por los aires a la mujer debido a la fuerza de mi eyaculación. Ella se paró, su concha se sacudía abriendo su boca roja entre la mata negra. Se puso la falta y salió. Mi verga verde y tiesa no dejaba de expulsar el semen, era un volcán imparable.  Tirado en el suelo, temblando, tardé como medio minuto en descargar la leche.

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Cuando me repuse, me levanté y salí. Caminaba aturdido, reteniendo mi verga que seguía erecta y quería salirse del pantalón aullando como Tarzán hacia la selva. Por el camino se podía ver gotas de semen que la mujer dejó caer de su coño al dejar la choza.


Al día siguiente abandoné el poblado llevando los registros hacia la capital del departamento. Claro, Taty estaba aprobada.


Ahora estoy aquí, reabriendo mi cuenta de Poringa y dejando a consideración del lector la credibilidad de mi fantástica experiencia.

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