Alex era un chico común y corriente de 22 años: universitario, gamer, vivía con su padre viudo en un departamento modesto. Todo cambió una noche de tormenta. Se acostó sintiéndose raro después de un sueño extraño donde una voz le susurraba “desea ser quien realmente eres”. Al despertar, su cuerpo había mutado por completo. Pechos grandes y firmes (talla 36D), cintura estrecha, caderas anchas, un coño depilado y sensible entre las piernas, cabello largo castaño cayéndole por la espalda y una cara femenina hermosa, con labios carnosos y ojos grandes. Se miró al espejo y se llamó Alexa. Su voz era dulce y ronca al mismo tiempo.

Su vida cambió radicalmente. De repente, los hombres la miraban en la calle. Tenía que aprender a caminar con tacones, a elegir ropa que le quedara a sus nuevas curvas y, sobre todo, a lidiar con el deseo que ahora sentía en su propio cuerpo. Pero lo más intenso fue en casa, con su padre.
Carlos, de 48 años, alto, fuerte y todavía atractivo, había criado solo a Alex. Ahora, cada vez que Alexa bajaba a la cocina en shortcito corto y camiseta sin sostén, los ojos de su papá se quedaban un segundo de más en sus pechos. Cuando se abrazaban para despedirse, el abrazo duraba más. Una noche, ella salió del baño envuelta solo en una toalla y lo encontró en el pasillo. Carlos tragó saliva, su mirada bajó sin querer a la curva de sus tetas que amenazaban con salirse. Se puso rojo, murmuró un “perdón, hija” y se metió a su cuarto. Pero Alexa vio el bulto evidente en su pantalón de pijama. Desde ese día, la tensión era eléctrica e inconsciente: él la miraba cuando ella se agachaba a recoger algo, ella sentía cómo se mojaba solo con saber que su propio padre la deseaba sin poder admitirlo. Una tarde, mientras veían una película en el sofá, la mano de Carlos “por accidente” rozó el muslo desnudo de Alexa y se quedó ahí unos segundos más de lo normal. Ninguno dijo nada, pero ambos sintieron el calor subir.


Dos semanas después llegó la reunión familiar anual en la casa del abuelo, en las afueras. Una casona enorme pero con solo cinco habitaciones. Había tíos, primos, primas y hasta amigos de la familia. Todos tuvieron que compartir.
—Alexa, ven —dijo el tío Gerardo esa misma tarde, con una sonrisa amplia—. Yo tengo la habitación más grande del segundo piso. Hay una cama king y un sillón. Te quedas conmigo, así te cuido. ¿Verdad que sí, sobrina?
Nadie objetó. Carlos solo apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
La primera noche, Alexa se puso un camisón de satén negro cortísimo que apenas le cubría la mitad de los muslos. Sus pechos grandes se movían libres debajo de la tela fina, los pezones marcándose cada vez que respiraba. Se metió a la cama mientras Gerardo salía del baño solo en bóxer. Él se quedó paralizado. La miró de arriba abajo: las tetas rebotando suavemente cuando ella se acomodó contra las almohadas, las piernas cruzadas, el borde del camisón subiéndose y dejando ver el comienzo de su culo redondo. La verga de Gerardo se puso dura al instante, empujando la tela del bóxer de forma imposible de ocultar. Alexa lo vio. Sintió un calor líquido entre las piernas.



—Buenas noches, tío —susurró ella con voz inocente, pero sus ojos brillaban.
Gerardo apagó la luz y se acostó de espaldas, la respiración pesada. No pasó nada… esa noche.
Pero al día siguiente, sábado, Alexa decidió jugar. Todo el día coqueteó sin que nadie más lo notara.
En la cocina, mientras preparaban el desayuno familiar, se agachó delante de él a recoger una cuchara caída. El camisón corto se levantó y Gerardo vio su culo perfecto y el tanga negro que apenas cubría nada.
—Uy, tío… ¿me ayudas a levantarme? —dijo ella, girándose y dejando que sus pechos casi se salieran del escote.
En la alberca, con bikini blanco que se transparentaba cuando se mojaba, se acercó nadando y “accidentalmente” rozó su mano contra la entrepierna de Gerardo bajo el agua. Sintió la verga dura otra vez.
—Estás muy fuerte, tío… me encanta cómo te ves sin camisa —susurró cerca de su oído mientras los primos jugaban alrededor.




En el patio, cuando todos comían carne asada, ella se sentó a su lado y cruzó las piernas de modo que el short se subiera. Cada vez que se reía, se inclinaba hacia él y sus tetas rozaban el brazo del tío. Le susurraba cosas como:
—Anoche te vi muy… tenso. ¿Dormiste mal, tío Gerardo?
Carlos, desde lejos, los observaba con una mezcla de celos y excitación que no entendía del todo.
Llegó la noche. Apenas cerraron la puerta de la habitación, Gerardo ya no pudo más.
—Alexa… me estás volviendo loco desde ayer —gruñó, empujándola contra la pared.
La besó con violencia, metiendo la lengua mientras sus manos grandes le arrancaban el camisón. Los pechos de Alexa saltaron libres y él los agarró con fuerza, chupando los pezones duros. Ella gimió alto.
—Tío… sí… tócame como quieras.
Gerardo la tiró sobre la cama, le abrió las piernas y hundió dos dedos en su coño ya empapado. Alexa arqueó la espalda y gritó. Luego se bajó el bóxer, sacó una verga gruesa, venosa y muy dura, y la metió de un solo empujón hasta el fondo.


—¡Aaaah! ¡Tío! ¡Qué grande! —chilló Alexa.
Gerardo la folló como animal. La embestía con fuerza, la cama golpeaba contra la pared, los pechos de ella rebotaban salvajemente. La puso en cuatro, la agarró del pelo y la penetró más profundo.
—Te voy a coger toda la noche, sobrina puta —le gruñó al oído.
Alexa gemía sin control:
—¡Sí, tío! ¡Más duro! ¡Cógeme como a tu puta! ¡Ahhh! ¡Me vengo!
Los ruidos eran escandalosos: el sonido húmedo de la verga entrando y saliendo, los cachetazos de sus caderas contra el culo de ella, los gemidos agudos de Alexa que resonaban por toda la casa. En las habitaciones de al lado, primos, tíos y hasta Carlos se despertaron. Se escuchaban claramente los “¡sí, tío, rómpeme!” y los gruñidos graves de Gerardo. Alguien murmuró “¿qué carajos…?” pero nadie se atrevió a tocar la puerta.
Gerardo se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola de leche caliente mientras Alexa temblaba en un orgasmo tan fuerte que le lloraron los ojos. Se quedaron jadeando, sudados, con la verga todavía dentro.


Al día siguiente nadie dijo nada abiertamente… pero las miradas eran distintas. Carlos, sobre todo, miraba a su hija con una mezcla de deseo y furia contenida. Alexa solo sonreía, sabiendo que su nueva vida de mujer acababa de volverse mucho más caliente y peligrosa.
Y esto apenas empezaba.
La mañana siguiente en la casa del abuelo fue un infierno delicioso de tensión.
Alexa bajó a desayunar con el mismo camisón corto de satén negro que había usado la noche anterior, pero ahora sin nada debajo. Sus pechos grandes se movían pesados con cada paso, los pezones todavía un poco hinchados y sensibles por las mamadas brutales del tío Gerardo. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una marca roja en el cuello que no se había molestado en ocultar. Olía a sexo fresco.
Carlos ya estaba en la cocina, de espaldas, sirviéndose café. Cuando la oyó entrar se giró… y se quedó congelado. Sus ojos bajaron directamente a las tetas de su hija, que rebotaban suaves bajo la tela fina. Tragó saliva tan fuerte que se escuchó. La verga se le marcó al instante dentro del pantalón de deporte gris que llevaba. Alexa lo notó. Sonrió con inocencia.
—Buenos días, papá… —dijo ella con voz ronca, acercándose a la mesa. Se inclinó para tomar una taza y sus pechos casi se salieron del escote, quedando a centímetros de la cara de Carlos—. ¿Dormiste bien?



Él no contestó de inmediato. Su mirada estaba clavada en el valle entre sus tetas. Recordaba perfectamente cada gemido que había escuchado anoche a través de la pared: “¡Tío, rómpeme el coño!”, “¡Más duro, por favor!”. Había tenido que masturbarse en silencio en su habitación, imaginando que era él quien la estaba partiendo en dos.
—Dormí… poco —respondió al fin, la voz grave y tensa—. Escuché… ruidos.
Alexa se mordió el labio inferior, fingiendo vergüenza, pero sus ojos brillaban de excitación. Se sentó justo frente a él, cruzando las piernas de modo que el camisón se subió hasta dejar ver el comienzo de su coño depilado, todavía un poco rojo e hinchado por la follada de horas.
—¿Ruidos? —preguntó ella con voz dulce—. Ay, papá… creo que el tío Gerardo y yo… nos dejamos llevar un poquito. ¿Te molestó?
Carlos apretó la mandíbula. Su verga ahora estaba completamente dura, empujando la tela y formando una tienda de campaña imposible de ocultar. Alexa la miró abiertamente y luego subió la vista a los ojos de su padre.
—No… no me molestó —mintió él—. Solo… me sorprendió. Eres mi hija, Alexa. Y él es mi hermano.
Ella se inclinó más hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus tetas se aplastaron contra la madera y casi se derramaron del camisón.
—Soy tu hija… pero ya no soy tu hijo —susurró ella—. Ahora soy una mujer. Y las mujeres… necesitamos que nos toquen, papá. ¿No te parece que estoy más bonita así?


Carlos respiró pesado. Su mano temblaba alrededor de la taza. Quería gritarle que se tapara, pero al mismo tiempo quería arrancarle el camisón y chuparle esas tetas enormes que había visto crecer de la nada. La tensión que había sentido las últimas semanas explotaba ahora en su pecho… y en su verga.
—Alexa… no hagas esto —gruñó bajo, pero sus ojos no se apartaban de sus pezones marcados.
Ella sonrió y se levantó lentamente. Pasó junto a él rozando “sin querer” su cadera contra la erección de su padre. La sintió palpitar caliente contra su muslo.
—Ups… perdón, papá. Estás muy… tenso esta mañana —dijo con voz inocente, y siguió caminando hacia la alberca, moviendo el culo con descaro.
Todo el día la tensión fue insoportable.
En la alberca, Alexa se quitó el pareo y se quedó solo con el bikini blanco microscópico que se transparentaba cuando se mojaba. Carlos estaba sentado en una tumbona fingiendo leer el periódico, pero en realidad la seguía con la mirada. Cada vez que ella salía del agua, sus tetas rebotaban pesadas y mojadas, los pezones duros como piedras. Cuando se agachó a recoger su toalla frente a él, el bikini se metió entre sus nalgas y Carlos vio claramente el contorno de su coño. Tuvo que cruzar las piernas para esconder la erección que ya le dolía.




Más tarde, en el patio mientras todos jugaban cartas, Alexa se sentó en las piernas de su padre “porque no había sillas”. Su culo redondo y caliente se acomodó directamente sobre la verga dura de Carlos. Cada vez que se reía, se movía un poco, frotándose contra él. Carlos apretó los dientes, las manos en la cintura de ella, luchando contra las ganas de subirlas y agarrarle las tetas delante de toda la familia.
—Papá… estás muy caliente hoy —le susurró ella al oído, fingiendo que le decía algo gracioso—. ¿Es por mí?
Esa noche, antes de regresar a la ciudad, tuvieron que compartir habitación otra vez porque la del abuelo se llenó. Solo una cama queen. Carlos se acostó primero, de espaldas, tratando de controlar la respiración. Alexa entró al baño, se duchó y salió solo con una camiseta vieja de él que le quedaba enorme… pero sin bragas. La camiseta apenas le cubría el culo.
Se metió a la cama y se pegó a él por detrás, en cucharita. Sus tetas grandes se aplastaron contra la espalda de Carlos. Su mano “accidentalmente” bajó y rozó la verga durísima de su padre por encima del bóxer.
—Papá… —susurró Alexa en la oscuridad, la voz temblando de deseo—. Escuchaste todo anoche, ¿verdad? Escuchaste cómo me cogía el tío. ¿Te imaginaste que eras tú?
Carlos ya no pudo más. Se giró violentamente, la agarró del pelo y la besó con toda la furia contenida de semanas. Su lengua entró en la boca de su hija mientras su mano grande le apretaba una teta con fuerza.




—Eres una puta… —gruñó contra sus labios—. Mi propia hija… y me tienes la verga así desde que te convertiste en esto.
Alexa gimió alto, abriendo las piernas.
—Entonces fóllame, papá… —suplicó, bajándole el bóxer y sacando la verga gruesa y palpitante—. Fóllame más duro que el tío. Hazme gritar tu nombre.
Carlos la penetró de un solo empujón brutal, llenándola por completo. Alexa gritó de placer y dolor, clavándole las uñas en la espalda. La cama empezó a crujir mientras él la cogía con rabia y amor prohibido, sus tetas rebotando salvajemente, los gemidos de ella llenando la habitación.
Esta vez, toda la familia escuchó de nuevo… pero ahora sabían exactamente quién la estaba haciendo gritar.
Y Alexa, entre gemido y gemido, sonrió. Su nueva vida como mujer acababa de volverse mucho más oscura… y muchísimo más caliente.
La tensión en la casa del abuelo ya era insoportable, pero la llegada del abuelo Don Ramiro, de 68 años, lo elevó todo a otro nivel.
Don Ramiro era un hombre grande, de voz ronca y mirada penetrante, viudo desde hacía quince años. Siempre había sido el patriarca fuerte y autoritario de la familia. Cuando vio a Alexa por primera vez esa mañana, después de la noche salvaje con Gerardo, se quedó quieto en el umbral de la sala. Sus ojos viejos pero todavía afilados recorrieron el cuerpo de su nieta: el camisón corto, los pechos grandes que se movían libres, las piernas largas y el culo redondo que se marcaba al caminar.
—Vaya… —murmuró el abuelo, sin apartar la mirada—. Así que esta es la nueva Alexa. Ven, acércate, déjame verte bien.
Alexa obedeció, caminando despacio hacia él con una sonrisa coqueta. Se detuvo a solo un paso. Don Ramiro levantó una mano callosa y, sin pedir permiso, le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus dedos rozaron el cuello de ella, bajaron un poco por la clavícula y se detuvieron justo encima del escote.
—Estás… muy mujer ahora —dijo con voz grave, casi un gruñido—. Mucho más que cuando eras Alex. ¿Ya te acostumbraste a tener estas…?
Sus ojos bajaron sin disimulo a los pechos de Alexa. Ella sintió un escalofrío de excitación. Inconscientemente arqueó un poco la espalda, haciendo que sus tetas se empujaran hacia adelante.

—Todavía me estoy acostumbrando, abuelo —respondió ella con voz suave y dulce—. Son pesadas… y muy sensibles. ¿Quieres… tocarlas para ver cómo se sienten?
Don Ramiro soltó una risa baja y ronca. Su mano grande se posó directamente sobre la teta izquierda de Alexa, apretándola con firmeza a través del camisón. El pezón se endureció al instante bajo su palma.
—Firmes… y calientes —dijo él, apretando un poco más—. Buena chica. Me gusta que no te avergüences. En mi época, las mujeres sabían cómo complacer a los hombres de la familia.
Carlos, que estaba a solo unos metros preparando café, vio todo. Su cara se puso roja de celos y excitación mezclados. Quiso intervenir, pero la verga se le puso dura otra vez al ver la mano arrugada de su padre apretando la teta de su hija.
Esa misma tarde, en la alberca, la interacción se volvió más intensa.
Alexa estaba recostada en una tumbona tomando sol, con el bikini blanco micro. Don Ramiro se acercó con una toalla y se sentó en el borde de la tumbona, justo al lado de sus caderas.
—Ven, nieta, déjame ponerte crema para que no te quemes —dijo, y sin esperar respuesta abrió el tubo y empezó a untar crema en sus piernas.
Sus manos subieron despacio por los muslos de Alexa, masajeando con fuerza. Cuando llegó al borde del bikini, sus dedos se colaron un poco debajo, rozando los labios de su coño. Alexa suspiró y abrió ligeramente las piernas.
—Abuelo… ahí está muy sensible —susurró ella.
—Shhh, calladita —respondió él, y continuó subiendo. Sus manos llegaron a los pechos, apartando las tiras del bikini sin pudor. Untó crema sobre las tetas grandes, amasándolas abiertamente, pellizcando los pezones entre sus dedos gruesos. Alexa mordió su labio para no gemir fuerte delante de los primos que jugaban cerca.
Carlos observaba desde la sombra, la mano dentro del bolsillo apretando su verga dura. Gerardo, sentado al otro lado, solo sonreía con complicidad.
Por la noche, después de la cena, la casa estaba llena y solo quedaba una habitación libre: la del abuelo, con su cama enorme y antigua. Don Ramiro decidió:
—Alexa se queda conmigo esta noche. La cama es grande y yo ronco poco. Carlos y Gerardo pueden compartir la otra. No hay discusión.
Nadie se atrevió a contradecirlo.
Cuando todos se fueron a dormir, Alexa entró a la habitación del abuelo solo con una bata de seda corta que apenas le cubría el culo. Don Ramiro estaba sentado en la cama, en bóxer, su verga ya semi-dura marcándose gruesa debajo de la tela.
—Cierra la puerta con llave, nieta —ordenó.
Alexa obedeció. Se acercó y se paró frente a él. Don Ramiro le abrió la bata con un tirón y dejó que cayera al suelo. Sus ojos brillaron al ver el cuerpo desnudo de su nieta: tetas grandes y pesadas, cintura estrecha, caderas anchas y el coño depilado ya brillando de humedad.
—Ven aquí —gruñó, jalándola hacia él.
La sentó en sus piernas, de frente, y empezó a chuparle las tetas con hambre. Su boca vieja pero experta succionaba fuerte los pezones, mordiéndolos suavemente mientras sus manos grandes le apretaban el culo.
—Abuelo… ay… me gusta —gemía Alexa, frotando su coño mojado contra la verga dura que ya había sacado del bóxer.
Don Ramiro la levantó un poco, alineó su verga gruesa y venosa (más gruesa incluso que la de Gerardo) y la bajó lentamente, empalándola centímetro a centímetro.
—Así, buena nieta… siéntela toda —gruñó mientras Alexa soltaba un gemido largo y profundo.
Empezó a moverla arriba y abajo, follándola con ritmo fuerte pero controlado. Las tetas de Alexa rebotaban frente a su cara y él las chupaba sin parar. El sonido húmedo de su coño tragándose la verga del abuelo llenaba la habitación.
—Más duro, abuelo… ¡cógeme como a tu puta nieta! —suplicó ella.
Don Ramiro la tiró de espaldas en la cama, le levantó las piernas hasta los hombros y la penetró con fuerza brutal. La cama antigua crujía violentamente. Alexa no podía contener los gemidos:
—¡Abuelo! ¡Sí! ¡Qué verga tan gruesa! ¡Me estás partiendo! ¡Aaaah!
Los ruidos eran aún más escandalosos que la noche anterior. Toda la familia los escuchó otra vez: los golpes de carne contra carne, los gemidos agudos de Alexa y los gruñidos graves del abuelo.
Carlos, en la habitación de al lado, no aguantó más. Se masturbó escuchando cómo su padre se cogía a su hija, corriéndose en silencio con una mezcla de rabia y deseo enfermizo.
Gerardo solo sonreía en la oscuridad.
Al día siguiente, cuando Alexa bajó a desayunar caminando con las piernas temblorosas y una sonrisa satisfecha, Don Ramiro la siguió de cerca, la mano posada posesivamente en la parte baja de su espalda, justo encima del culo.
—Buenos días, familia —dijo el abuelo con voz firme—. Hoy Alexa se queda otro día. Hay mucho que… enseñar y aprender en esta casa.
Carlos miró a su hija con los ojos oscuros de deseo y celos. Alexa le devolvió la mirada, se lamió los labios lentamente y susurró solo para él:
—Papá… esta noche te toca a ti. No vas a poder resistirte más.
La tensión familiar se había convertido en algo mucho más oscuro, ardiente y prohibido. Y Alexa, en el centro de todo, estaba disfrutando cada segundo de su nueva vida como la mujer más deseada de la casa.

Su vida cambió radicalmente. De repente, los hombres la miraban en la calle. Tenía que aprender a caminar con tacones, a elegir ropa que le quedara a sus nuevas curvas y, sobre todo, a lidiar con el deseo que ahora sentía en su propio cuerpo. Pero lo más intenso fue en casa, con su padre.
Carlos, de 48 años, alto, fuerte y todavía atractivo, había criado solo a Alex. Ahora, cada vez que Alexa bajaba a la cocina en shortcito corto y camiseta sin sostén, los ojos de su papá se quedaban un segundo de más en sus pechos. Cuando se abrazaban para despedirse, el abrazo duraba más. Una noche, ella salió del baño envuelta solo en una toalla y lo encontró en el pasillo. Carlos tragó saliva, su mirada bajó sin querer a la curva de sus tetas que amenazaban con salirse. Se puso rojo, murmuró un “perdón, hija” y se metió a su cuarto. Pero Alexa vio el bulto evidente en su pantalón de pijama. Desde ese día, la tensión era eléctrica e inconsciente: él la miraba cuando ella se agachaba a recoger algo, ella sentía cómo se mojaba solo con saber que su propio padre la deseaba sin poder admitirlo. Una tarde, mientras veían una película en el sofá, la mano de Carlos “por accidente” rozó el muslo desnudo de Alexa y se quedó ahí unos segundos más de lo normal. Ninguno dijo nada, pero ambos sintieron el calor subir.


Dos semanas después llegó la reunión familiar anual en la casa del abuelo, en las afueras. Una casona enorme pero con solo cinco habitaciones. Había tíos, primos, primas y hasta amigos de la familia. Todos tuvieron que compartir.
—Alexa, ven —dijo el tío Gerardo esa misma tarde, con una sonrisa amplia—. Yo tengo la habitación más grande del segundo piso. Hay una cama king y un sillón. Te quedas conmigo, así te cuido. ¿Verdad que sí, sobrina?
Nadie objetó. Carlos solo apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
La primera noche, Alexa se puso un camisón de satén negro cortísimo que apenas le cubría la mitad de los muslos. Sus pechos grandes se movían libres debajo de la tela fina, los pezones marcándose cada vez que respiraba. Se metió a la cama mientras Gerardo salía del baño solo en bóxer. Él se quedó paralizado. La miró de arriba abajo: las tetas rebotando suavemente cuando ella se acomodó contra las almohadas, las piernas cruzadas, el borde del camisón subiéndose y dejando ver el comienzo de su culo redondo. La verga de Gerardo se puso dura al instante, empujando la tela del bóxer de forma imposible de ocultar. Alexa lo vio. Sintió un calor líquido entre las piernas.



—Buenas noches, tío —susurró ella con voz inocente, pero sus ojos brillaban.
Gerardo apagó la luz y se acostó de espaldas, la respiración pesada. No pasó nada… esa noche.
Pero al día siguiente, sábado, Alexa decidió jugar. Todo el día coqueteó sin que nadie más lo notara.
En la cocina, mientras preparaban el desayuno familiar, se agachó delante de él a recoger una cuchara caída. El camisón corto se levantó y Gerardo vio su culo perfecto y el tanga negro que apenas cubría nada.
—Uy, tío… ¿me ayudas a levantarme? —dijo ella, girándose y dejando que sus pechos casi se salieran del escote.
En la alberca, con bikini blanco que se transparentaba cuando se mojaba, se acercó nadando y “accidentalmente” rozó su mano contra la entrepierna de Gerardo bajo el agua. Sintió la verga dura otra vez.
—Estás muy fuerte, tío… me encanta cómo te ves sin camisa —susurró cerca de su oído mientras los primos jugaban alrededor.




En el patio, cuando todos comían carne asada, ella se sentó a su lado y cruzó las piernas de modo que el short se subiera. Cada vez que se reía, se inclinaba hacia él y sus tetas rozaban el brazo del tío. Le susurraba cosas como:
—Anoche te vi muy… tenso. ¿Dormiste mal, tío Gerardo?
Carlos, desde lejos, los observaba con una mezcla de celos y excitación que no entendía del todo.
Llegó la noche. Apenas cerraron la puerta de la habitación, Gerardo ya no pudo más.
—Alexa… me estás volviendo loco desde ayer —gruñó, empujándola contra la pared.
La besó con violencia, metiendo la lengua mientras sus manos grandes le arrancaban el camisón. Los pechos de Alexa saltaron libres y él los agarró con fuerza, chupando los pezones duros. Ella gimió alto.
—Tío… sí… tócame como quieras.
Gerardo la tiró sobre la cama, le abrió las piernas y hundió dos dedos en su coño ya empapado. Alexa arqueó la espalda y gritó. Luego se bajó el bóxer, sacó una verga gruesa, venosa y muy dura, y la metió de un solo empujón hasta el fondo.


—¡Aaaah! ¡Tío! ¡Qué grande! —chilló Alexa.
Gerardo la folló como animal. La embestía con fuerza, la cama golpeaba contra la pared, los pechos de ella rebotaban salvajemente. La puso en cuatro, la agarró del pelo y la penetró más profundo.
—Te voy a coger toda la noche, sobrina puta —le gruñó al oído.
Alexa gemía sin control:
—¡Sí, tío! ¡Más duro! ¡Cógeme como a tu puta! ¡Ahhh! ¡Me vengo!
Los ruidos eran escandalosos: el sonido húmedo de la verga entrando y saliendo, los cachetazos de sus caderas contra el culo de ella, los gemidos agudos de Alexa que resonaban por toda la casa. En las habitaciones de al lado, primos, tíos y hasta Carlos se despertaron. Se escuchaban claramente los “¡sí, tío, rómpeme!” y los gruñidos graves de Gerardo. Alguien murmuró “¿qué carajos…?” pero nadie se atrevió a tocar la puerta.
Gerardo se corrió dentro de ella con un rugido, llenándola de leche caliente mientras Alexa temblaba en un orgasmo tan fuerte que le lloraron los ojos. Se quedaron jadeando, sudados, con la verga todavía dentro.


Al día siguiente nadie dijo nada abiertamente… pero las miradas eran distintas. Carlos, sobre todo, miraba a su hija con una mezcla de deseo y furia contenida. Alexa solo sonreía, sabiendo que su nueva vida de mujer acababa de volverse mucho más caliente y peligrosa.
Y esto apenas empezaba.
La mañana siguiente en la casa del abuelo fue un infierno delicioso de tensión.
Alexa bajó a desayunar con el mismo camisón corto de satén negro que había usado la noche anterior, pero ahora sin nada debajo. Sus pechos grandes se movían pesados con cada paso, los pezones todavía un poco hinchados y sensibles por las mamadas brutales del tío Gerardo. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una marca roja en el cuello que no se había molestado en ocultar. Olía a sexo fresco.
Carlos ya estaba en la cocina, de espaldas, sirviéndose café. Cuando la oyó entrar se giró… y se quedó congelado. Sus ojos bajaron directamente a las tetas de su hija, que rebotaban suaves bajo la tela fina. Tragó saliva tan fuerte que se escuchó. La verga se le marcó al instante dentro del pantalón de deporte gris que llevaba. Alexa lo notó. Sonrió con inocencia.
—Buenos días, papá… —dijo ella con voz ronca, acercándose a la mesa. Se inclinó para tomar una taza y sus pechos casi se salieron del escote, quedando a centímetros de la cara de Carlos—. ¿Dormiste bien?



Él no contestó de inmediato. Su mirada estaba clavada en el valle entre sus tetas. Recordaba perfectamente cada gemido que había escuchado anoche a través de la pared: “¡Tío, rómpeme el coño!”, “¡Más duro, por favor!”. Había tenido que masturbarse en silencio en su habitación, imaginando que era él quien la estaba partiendo en dos.
—Dormí… poco —respondió al fin, la voz grave y tensa—. Escuché… ruidos.
Alexa se mordió el labio inferior, fingiendo vergüenza, pero sus ojos brillaban de excitación. Se sentó justo frente a él, cruzando las piernas de modo que el camisón se subió hasta dejar ver el comienzo de su coño depilado, todavía un poco rojo e hinchado por la follada de horas.
—¿Ruidos? —preguntó ella con voz dulce—. Ay, papá… creo que el tío Gerardo y yo… nos dejamos llevar un poquito. ¿Te molestó?
Carlos apretó la mandíbula. Su verga ahora estaba completamente dura, empujando la tela y formando una tienda de campaña imposible de ocultar. Alexa la miró abiertamente y luego subió la vista a los ojos de su padre.
—No… no me molestó —mintió él—. Solo… me sorprendió. Eres mi hija, Alexa. Y él es mi hermano.
Ella se inclinó más hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus tetas se aplastaron contra la madera y casi se derramaron del camisón.
—Soy tu hija… pero ya no soy tu hijo —susurró ella—. Ahora soy una mujer. Y las mujeres… necesitamos que nos toquen, papá. ¿No te parece que estoy más bonita así?


Carlos respiró pesado. Su mano temblaba alrededor de la taza. Quería gritarle que se tapara, pero al mismo tiempo quería arrancarle el camisón y chuparle esas tetas enormes que había visto crecer de la nada. La tensión que había sentido las últimas semanas explotaba ahora en su pecho… y en su verga.
—Alexa… no hagas esto —gruñó bajo, pero sus ojos no se apartaban de sus pezones marcados.
Ella sonrió y se levantó lentamente. Pasó junto a él rozando “sin querer” su cadera contra la erección de su padre. La sintió palpitar caliente contra su muslo.
—Ups… perdón, papá. Estás muy… tenso esta mañana —dijo con voz inocente, y siguió caminando hacia la alberca, moviendo el culo con descaro.
Todo el día la tensión fue insoportable.
En la alberca, Alexa se quitó el pareo y se quedó solo con el bikini blanco microscópico que se transparentaba cuando se mojaba. Carlos estaba sentado en una tumbona fingiendo leer el periódico, pero en realidad la seguía con la mirada. Cada vez que ella salía del agua, sus tetas rebotaban pesadas y mojadas, los pezones duros como piedras. Cuando se agachó a recoger su toalla frente a él, el bikini se metió entre sus nalgas y Carlos vio claramente el contorno de su coño. Tuvo que cruzar las piernas para esconder la erección que ya le dolía.




Más tarde, en el patio mientras todos jugaban cartas, Alexa se sentó en las piernas de su padre “porque no había sillas”. Su culo redondo y caliente se acomodó directamente sobre la verga dura de Carlos. Cada vez que se reía, se movía un poco, frotándose contra él. Carlos apretó los dientes, las manos en la cintura de ella, luchando contra las ganas de subirlas y agarrarle las tetas delante de toda la familia.
—Papá… estás muy caliente hoy —le susurró ella al oído, fingiendo que le decía algo gracioso—. ¿Es por mí?
Esa noche, antes de regresar a la ciudad, tuvieron que compartir habitación otra vez porque la del abuelo se llenó. Solo una cama queen. Carlos se acostó primero, de espaldas, tratando de controlar la respiración. Alexa entró al baño, se duchó y salió solo con una camiseta vieja de él que le quedaba enorme… pero sin bragas. La camiseta apenas le cubría el culo.
Se metió a la cama y se pegó a él por detrás, en cucharita. Sus tetas grandes se aplastaron contra la espalda de Carlos. Su mano “accidentalmente” bajó y rozó la verga durísima de su padre por encima del bóxer.
—Papá… —susurró Alexa en la oscuridad, la voz temblando de deseo—. Escuchaste todo anoche, ¿verdad? Escuchaste cómo me cogía el tío. ¿Te imaginaste que eras tú?
Carlos ya no pudo más. Se giró violentamente, la agarró del pelo y la besó con toda la furia contenida de semanas. Su lengua entró en la boca de su hija mientras su mano grande le apretaba una teta con fuerza.




—Eres una puta… —gruñó contra sus labios—. Mi propia hija… y me tienes la verga así desde que te convertiste en esto.
Alexa gimió alto, abriendo las piernas.
—Entonces fóllame, papá… —suplicó, bajándole el bóxer y sacando la verga gruesa y palpitante—. Fóllame más duro que el tío. Hazme gritar tu nombre.
Carlos la penetró de un solo empujón brutal, llenándola por completo. Alexa gritó de placer y dolor, clavándole las uñas en la espalda. La cama empezó a crujir mientras él la cogía con rabia y amor prohibido, sus tetas rebotando salvajemente, los gemidos de ella llenando la habitación.
Esta vez, toda la familia escuchó de nuevo… pero ahora sabían exactamente quién la estaba haciendo gritar.
Y Alexa, entre gemido y gemido, sonrió. Su nueva vida como mujer acababa de volverse mucho más oscura… y muchísimo más caliente.
La tensión en la casa del abuelo ya era insoportable, pero la llegada del abuelo Don Ramiro, de 68 años, lo elevó todo a otro nivel.
Don Ramiro era un hombre grande, de voz ronca y mirada penetrante, viudo desde hacía quince años. Siempre había sido el patriarca fuerte y autoritario de la familia. Cuando vio a Alexa por primera vez esa mañana, después de la noche salvaje con Gerardo, se quedó quieto en el umbral de la sala. Sus ojos viejos pero todavía afilados recorrieron el cuerpo de su nieta: el camisón corto, los pechos grandes que se movían libres, las piernas largas y el culo redondo que se marcaba al caminar.
—Vaya… —murmuró el abuelo, sin apartar la mirada—. Así que esta es la nueva Alexa. Ven, acércate, déjame verte bien.
Alexa obedeció, caminando despacio hacia él con una sonrisa coqueta. Se detuvo a solo un paso. Don Ramiro levantó una mano callosa y, sin pedir permiso, le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus dedos rozaron el cuello de ella, bajaron un poco por la clavícula y se detuvieron justo encima del escote.
—Estás… muy mujer ahora —dijo con voz grave, casi un gruñido—. Mucho más que cuando eras Alex. ¿Ya te acostumbraste a tener estas…?
Sus ojos bajaron sin disimulo a los pechos de Alexa. Ella sintió un escalofrío de excitación. Inconscientemente arqueó un poco la espalda, haciendo que sus tetas se empujaran hacia adelante.

—Todavía me estoy acostumbrando, abuelo —respondió ella con voz suave y dulce—. Son pesadas… y muy sensibles. ¿Quieres… tocarlas para ver cómo se sienten?
Don Ramiro soltó una risa baja y ronca. Su mano grande se posó directamente sobre la teta izquierda de Alexa, apretándola con firmeza a través del camisón. El pezón se endureció al instante bajo su palma.
—Firmes… y calientes —dijo él, apretando un poco más—. Buena chica. Me gusta que no te avergüences. En mi época, las mujeres sabían cómo complacer a los hombres de la familia.
Carlos, que estaba a solo unos metros preparando café, vio todo. Su cara se puso roja de celos y excitación mezclados. Quiso intervenir, pero la verga se le puso dura otra vez al ver la mano arrugada de su padre apretando la teta de su hija.
Esa misma tarde, en la alberca, la interacción se volvió más intensa.
Alexa estaba recostada en una tumbona tomando sol, con el bikini blanco micro. Don Ramiro se acercó con una toalla y se sentó en el borde de la tumbona, justo al lado de sus caderas.
—Ven, nieta, déjame ponerte crema para que no te quemes —dijo, y sin esperar respuesta abrió el tubo y empezó a untar crema en sus piernas.
Sus manos subieron despacio por los muslos de Alexa, masajeando con fuerza. Cuando llegó al borde del bikini, sus dedos se colaron un poco debajo, rozando los labios de su coño. Alexa suspiró y abrió ligeramente las piernas.
—Abuelo… ahí está muy sensible —susurró ella.
—Shhh, calladita —respondió él, y continuó subiendo. Sus manos llegaron a los pechos, apartando las tiras del bikini sin pudor. Untó crema sobre las tetas grandes, amasándolas abiertamente, pellizcando los pezones entre sus dedos gruesos. Alexa mordió su labio para no gemir fuerte delante de los primos que jugaban cerca.
Carlos observaba desde la sombra, la mano dentro del bolsillo apretando su verga dura. Gerardo, sentado al otro lado, solo sonreía con complicidad.
Por la noche, después de la cena, la casa estaba llena y solo quedaba una habitación libre: la del abuelo, con su cama enorme y antigua. Don Ramiro decidió:
—Alexa se queda conmigo esta noche. La cama es grande y yo ronco poco. Carlos y Gerardo pueden compartir la otra. No hay discusión.
Nadie se atrevió a contradecirlo.
Cuando todos se fueron a dormir, Alexa entró a la habitación del abuelo solo con una bata de seda corta que apenas le cubría el culo. Don Ramiro estaba sentado en la cama, en bóxer, su verga ya semi-dura marcándose gruesa debajo de la tela.
—Cierra la puerta con llave, nieta —ordenó.
Alexa obedeció. Se acercó y se paró frente a él. Don Ramiro le abrió la bata con un tirón y dejó que cayera al suelo. Sus ojos brillaron al ver el cuerpo desnudo de su nieta: tetas grandes y pesadas, cintura estrecha, caderas anchas y el coño depilado ya brillando de humedad.
—Ven aquí —gruñó, jalándola hacia él.
La sentó en sus piernas, de frente, y empezó a chuparle las tetas con hambre. Su boca vieja pero experta succionaba fuerte los pezones, mordiéndolos suavemente mientras sus manos grandes le apretaban el culo.
—Abuelo… ay… me gusta —gemía Alexa, frotando su coño mojado contra la verga dura que ya había sacado del bóxer.
Don Ramiro la levantó un poco, alineó su verga gruesa y venosa (más gruesa incluso que la de Gerardo) y la bajó lentamente, empalándola centímetro a centímetro.
—Así, buena nieta… siéntela toda —gruñó mientras Alexa soltaba un gemido largo y profundo.
Empezó a moverla arriba y abajo, follándola con ritmo fuerte pero controlado. Las tetas de Alexa rebotaban frente a su cara y él las chupaba sin parar. El sonido húmedo de su coño tragándose la verga del abuelo llenaba la habitación.
—Más duro, abuelo… ¡cógeme como a tu puta nieta! —suplicó ella.
Don Ramiro la tiró de espaldas en la cama, le levantó las piernas hasta los hombros y la penetró con fuerza brutal. La cama antigua crujía violentamente. Alexa no podía contener los gemidos:
—¡Abuelo! ¡Sí! ¡Qué verga tan gruesa! ¡Me estás partiendo! ¡Aaaah!
Los ruidos eran aún más escandalosos que la noche anterior. Toda la familia los escuchó otra vez: los golpes de carne contra carne, los gemidos agudos de Alexa y los gruñidos graves del abuelo.
Carlos, en la habitación de al lado, no aguantó más. Se masturbó escuchando cómo su padre se cogía a su hija, corriéndose en silencio con una mezcla de rabia y deseo enfermizo.
Gerardo solo sonreía en la oscuridad.
Al día siguiente, cuando Alexa bajó a desayunar caminando con las piernas temblorosas y una sonrisa satisfecha, Don Ramiro la siguió de cerca, la mano posada posesivamente en la parte baja de su espalda, justo encima del culo.
—Buenos días, familia —dijo el abuelo con voz firme—. Hoy Alexa se queda otro día. Hay mucho que… enseñar y aprender en esta casa.
Carlos miró a su hija con los ojos oscuros de deseo y celos. Alexa le devolvió la mirada, se lamió los labios lentamente y susurró solo para él:
—Papá… esta noche te toca a ti. No vas a poder resistirte más.
La tensión familiar se había convertido en algo mucho más oscuro, ardiente y prohibido. Y Alexa, en el centro de todo, estaba disfrutando cada segundo de su nueva vida como la mujer más deseada de la casa.
0 comentarios - Así es como me volví una putita 🍒🍑