You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Segunda parte: El reencuentro que no pudieron evitar

Segunda parte: El reencuentro que no pudieron evitar
segunda parte

Pasaron solo cuatro días desde esa noche en la casa de Sofía, pero para Lucía fueron una eternidad de fuego. Cada mañana se despertaba con el cuerpo todavía recordando: el peso de él encima, el grosor que la había abierto, el calor espeso que le había dejado dentro. Se metía los dedos antes siquiera de abrir los ojos del todo, imaginando que eran los de él, que era su boca la que le lamía el cuello mientras se corría en silencio, mordiéndose la almohada para no gemir el nombre que no debía decir en voz alta.


Le escribió primero. Un mensaje simple, a las 2:17 de la madrugada:
“Todavía me duele un poco cuando camino… pero quiero más.”
La respuesta llegó en menos de un minuto:
“Mañana. Decime cuándo estás sola.”
Lucía no dudó. Le dijo que sus viejos se iban el viernes a la tarde y no volvían hasta el domingo. Que la casa estaría vacía desde las 6 pm. Él solo puso:
“Voy.”
El viernes llegó con una tormenta que descargaba agua a baldazos sobre Pontevedra. Lucía se preparó como si fuera a una cita: se puso el mismo top negro de malla que había usado esa noche, pero esta vez sin sostén. El crucifijo plateado colgaba pesado entre sus tetas grandes y firmes, rozando los pezones cada vez que se movía. Debajo, solo una tanga negra mínima y los jeans rotos de siempre. Se miró al espejo del pasillo, se pellizcó los pezones hasta que se pusieron duros como piedritas y sonrió. Estaba lista.
puta


Cuando sonó el timbre, el corazón le dio un vuelco. Abrió la puerta y ahí estaba él: empapado por la lluvia, la remera pegada al pecho musculoso, el pelo oscuro mojado cayéndole sobre la frente. No dijo nada. Solo entró, cerró la puerta de un empujón y la tomó por la cintura, levantándola contra la pared del living como si pesara nada.
La besó con hambre. Lengua profunda, dientes chocando, manos grandes subiendo por debajo del top hasta agarrarle las tetas con fuerza. Lucía gimió contra su boca mientras él le pellizcaba los pezones, tironeando justo lo suficiente para que doliera rico.
—Te extrañé estas tetas —gruñó contra su cuello, bajando la boca hasta atrapar un pezón. Lo chupó fuerte, succionando como si quisiera tragárselo entero. Lucía arqueó la espalda, enredando los dedos en su pelo mojado, empujándolo más contra ella.
muy caliente


Él se arrodilló frente a ella sin soltarle las tetas. Le bajó los jeans y la tanga de un tirón, dejándola desnuda de la cintura para abajo. Pero no fue directo ahí. Volvió a las tetas. Las juntó con las manos, las apretó, las lamió alternando entre una y otra, dejando marcas rojas de sus dedos y saliva brillando en la piel pálida. Lucía temblaba, las piernas flojas.
—Arrodíllate vos ahora —le ordenó él, poniéndose de pie.
Lucía obedeció al instante. Se hincó en el piso frío del living, le bajó el cierre del jean con dedos ansiosos y sacó la polla que ya estaba dura como piedra. Más grande de lo que recordaba. Gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante.


La tomó con las dos manos y se la metió en la boca sin preámbulos. Chupó con ganas, dejando que la saliva le corriera por la barbilla, moviendo la cabeza rápido mientras con una mano le masajeaba los huevos pesados.


Él gruñó, agarrándola del pelo para marcarle el ritmo. La folló la boca despacio al principio, luego más profundo, hasta que ella empezó a tener arcadas y los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero no paró. Lucía no quería que parara.

ganas de cojer


—Basta —dijo él de repente, sacándola de un tirón—. Quiero cogerte ya.
La levantó y la llevó al sillón del living. La puso a cuatro patas, con las rodillas hundidas en los almohadones. Le separó las nalgas con las manos grandes y escupió directo sobre su conchita. Lucía se estremeció.


Seguian cogiendo.
No paraban
Estaban insaciables.



—Quiero por atrás —susurró ella, mirándolo por encima del hombro—. Quiero sentirte todo ahí.
Él sonrió, esa sonrisa peligrosa que la volvía loca.
—¿Segura, nena? Vas a gritar.
—Quiero gritar —respondió ella, empujando las caderas hacia atrás.
Primero metió dos dedos, abriéndola despacio, preparándola. Lucía gemía bajito, moviéndose contra su mano. Cuando estuvo lista, él se acomodó y presionó la cabeza gruesa contra el anillo apretado. Empujó lento, centímetro a centímetro. Lucía contuvo el aliento, las uñas clavadas en el respaldo del sillón. Dolía, pero era un dolor bueno, lleno, que la hacía sentir sucia y deseada al mismo tiempo.
Cuando estuvo completamente adentro, los dos se quedaron quietos un segundo. Él respiraba pesado contra su espalda.
—Joder… estás más apretada que la primera vez —gruñó.
Empezó a moverse. Primero suave, saliendo casi del todo y volviendo a entrar profundo. Luego más rápido. Más fuerte. Las embestidas hacían que las tetas de Lucía rebotaran con violencia, el crucifijo golpeando contra su piel sudorosa. Él le agarró las caderas con fuerza, dejando moretones, y la folló sin piedad. Lucía gritaba, gemía su nombre, pedía más.
tetona


—Más fuerte… por favor… rómpeme…
Él obedeció. La cogió con todo, el sonido de piel contra piel llenando el living, mezclado con la lluvia que seguía cayendo afuera.


Lucía se corrió primero, temblando entera, el culo apretándolo tan fuerte que él casi no pudo seguir moviéndose. Pero aguantó. Siguió embistiendo hasta que sintió que no podía más.


—Adentro… acabá adentro —suplicó ella, la voz rota.
Él se hundió hasta el fondo una última vez y se corrió con un gruñido largo y profundo. Chorros calientes y espesos llenándola por completo, palpitando dentro de su culo mientras los dos se quedaban quietos, jadeando.
Después se dejó caer sobre ella, todavía dentro, besándole la nuca sudorosa. Lucía sonrió, exhausta, satisfecha, con el cuerpo temblando todavía por las réplicas.
Anal


—No sé cómo vamos a parar esto —murmuró él contra su pelo.
Lucía giró la cabeza lo justo para mirarlo a los ojos.
—No vamos a parar —dijo simplemente.
Y los dos supieron que era verdad. La tormenta seguía afuera, pero dentro de esa casa, el fuego apenas empezaba a arder de verdad.

0 comentarios - Segunda parte: El reencuentro que no pudieron evitar