Me llamo Fran, tengo 20 años, y esa noche todo se fue al carajo. Acababa de salir de un boliche en el centro, medio borracho pero todavía con ganas de seguir la joda. Mis amigos Román, Juan y Emiliano me agarraron en la puerta y me dijeron con una sonrisa de oreja a oreja: "Fran, conseguimos una puta re barata para comérnosla en el callejón de atrás. Vení, está re buena, gordita y con unas tetas que no te imaginás". Yo, sin pensarlo mucho, les seguí el juego. Pensé que era una de esas minas que se hacen las fáciles por unos pesos, nada serio.
Llegamos al callejón oscuro, entre contenedores de basura y paredes sucias. El olor a cerveza rancia y humo de cigarrillo lo llenaba todo. Y ahí estaba ella, mi hermana Delfina, de 26 años. Delfi, la misma que me cuidaba de chico, ahora semidesnuda, solo con una tanga violeta que apenas le cubría el culo enorme y redondo. Era gordita, con curvas exageradas: tetas grandes que se desbordaban, pezones muy grandes y de un marrón clarito que se marcaban como si pidieran atención. Mis amigos la rodeaban, manoseándola como si fuera un juguete. Román le apretaba las tetas desde atrás, pellizcando esos pezones gigantes con saña, mientras Juan le metía la mano entre las piernas, frotando la tanga empapada. Emiliano estaba de rodillas, chupándole el culo, separándole las nalgas con las manos.
Cuando me vio, Delfi se puso pálida. "Fran, no... andate, por favor", murmuró entre gemidos, pero sus ojos decían otra cosa: vergüenza mezclada con algo que no quería admitir. A mí me dio asco puro. ¿Mi hermana era esto? ¿Una puta que se dejaba hacer cualquier cosa por unos pibes en un callejón? No quería participar, me quedé parado ahí, congelado, mirando cómo la usaban.
Ellos ni se inmutaron. Se rieron de mí, de ella, de todo. "Mirá, Fran, tu hermana es una cerda de primera", dijo Román mientras le bajaba la tanga de un tirón, exponiendo su concha depilada y ya hinchada. La hicieron arrodillarse en el piso sucio, lleno de charcos y basura. Juan le metió la verga en la boca, agarrándola del pelo y empujando fuerte, haciéndola atragantarse. "Chupá bien, puta, mostrále a tu hermanito cómo lo hacés". Delfi obedecía, con lágrimas en los ojos, pero su cuerpo la traicionaba: gemía y se movía como si lo disfrutara. Emiliano se puso atrás, escupió en su culo y la penetró de una, bombeando salvaje mientras le daba cachetadas en las nalgas, dejando marcas rojas. "Decí que sos una vaca gorda que necesita leche", le ordenó, y ella, entre arcadas, lo repitió: "Soy una vaca gorda que necesita leche... por favor".
Román no se quedó atrás. La hizo gatear hacia mí, con la tanga en los tobillos, y le ordenó que se tocara mientras nos miraba. "Tocáte esa concha sucia delante de tu hermano, Delfi. Mostrá cómo te mojás como una perra". Ella lo hizo, metiéndose los dedos, jadeando, mientras ellos se reían a carcajadas. "Mirá, Fran, tu hermana es una puta barata, ni siquiera cobra bien". La rotaron como un objeto: Juan la garchaba por la boca, Emiliano por el culo, y Román le metía la verga entre las tetas, usando sus pezones grandes como asas para apretar. La hicieron lamer el piso donde habían escupido, decir cosas denigrantes como "Soy la puta de mis amigos, mi hermano me ve y me excita", todo al frente mío. Se burlaban: "Fran, ¿querés unirte? Tu hermana tiene lugar para uno más". Yo negaba con la cabeza, asqueado, pero no me iba.
Llegó el final. Román fue el primero en acabar: la puso de espaldas, le separó las tetas y eyaculó entre ellas, cubriendo esos pezones marrones claritos con chorros espesos y calientes. "Tomá tu leche, gordita", dijo riendo. Delfi temblaba, pero su cuerpo respondió: se corrió también, gritando ahogado, con fluidos chorreando por sus muslos. Juan la giró y le acabó en la boca, obligándola a tragar todo, "No escupas ni una gota, puta". Su eyaculación fue abundante, rica, salpicándole la cara y el pelo. Emiliano la remató por atrás, llenándole el culo con su semen, bombeando hasta la última gota mientras ella se corría de nuevo, sus "ricas eyaculaciones" mezclándose con las de ellos, goteando por todas partes.
Terminaron, se subieron los pantalones y la dejaron tirada ahí, en el piso, como una basura usada. "Gracias por la puta, Fran. Nos vemos", dijeron entre risas, y se fueron. Delfi estaba hecha un desastre: tanga rota, cuerpo cubierto de semen y fluidos, llorando en silencio.
No pude dejarla así. Me acerqué, asqueado pero sintiendo lástima. La ayudé a vestirse. Primero la tanga violeta, toda empapada. Sin querer tocar su concha llena de fluidos viscosos, la subí con cuidado, pero mis dedos se mancharon igual. Ella, sin decir nada, me tomó la mano y la limpió con su boca, chupando y tragando todo el flujo mezclado, mirándome con ojos vidriosos. Me dio un asco tremendo, sentí náuseas, pero no dije nada.
Luego le puse el vestido, que estaba tirado en un rincón, cubriéndole las tetas y el culo. La levanté, la apoyé en mi hombro y la llevé a casa en un taxi. En el departamento, la metí en la bañera. La bañé con agua tibia, lavándole el pelo, el cuerpo, quitándole toda esa mugre. Ella no hablaba, solo sollozaba bajito. Finalmente, la sequé, la puse en su cama y la arropé. Me quedé un rato mirándola dormir, pensando en qué carajo había pasado esa noche. Mi hermana, mi Delfi, reducida a eso. No sé si podré olvidarlo.
Llegamos al callejón oscuro, entre contenedores de basura y paredes sucias. El olor a cerveza rancia y humo de cigarrillo lo llenaba todo. Y ahí estaba ella, mi hermana Delfina, de 26 años. Delfi, la misma que me cuidaba de chico, ahora semidesnuda, solo con una tanga violeta que apenas le cubría el culo enorme y redondo. Era gordita, con curvas exageradas: tetas grandes que se desbordaban, pezones muy grandes y de un marrón clarito que se marcaban como si pidieran atención. Mis amigos la rodeaban, manoseándola como si fuera un juguete. Román le apretaba las tetas desde atrás, pellizcando esos pezones gigantes con saña, mientras Juan le metía la mano entre las piernas, frotando la tanga empapada. Emiliano estaba de rodillas, chupándole el culo, separándole las nalgas con las manos.
Cuando me vio, Delfi se puso pálida. "Fran, no... andate, por favor", murmuró entre gemidos, pero sus ojos decían otra cosa: vergüenza mezclada con algo que no quería admitir. A mí me dio asco puro. ¿Mi hermana era esto? ¿Una puta que se dejaba hacer cualquier cosa por unos pibes en un callejón? No quería participar, me quedé parado ahí, congelado, mirando cómo la usaban.
Ellos ni se inmutaron. Se rieron de mí, de ella, de todo. "Mirá, Fran, tu hermana es una cerda de primera", dijo Román mientras le bajaba la tanga de un tirón, exponiendo su concha depilada y ya hinchada. La hicieron arrodillarse en el piso sucio, lleno de charcos y basura. Juan le metió la verga en la boca, agarrándola del pelo y empujando fuerte, haciéndola atragantarse. "Chupá bien, puta, mostrále a tu hermanito cómo lo hacés". Delfi obedecía, con lágrimas en los ojos, pero su cuerpo la traicionaba: gemía y se movía como si lo disfrutara. Emiliano se puso atrás, escupió en su culo y la penetró de una, bombeando salvaje mientras le daba cachetadas en las nalgas, dejando marcas rojas. "Decí que sos una vaca gorda que necesita leche", le ordenó, y ella, entre arcadas, lo repitió: "Soy una vaca gorda que necesita leche... por favor".
Román no se quedó atrás. La hizo gatear hacia mí, con la tanga en los tobillos, y le ordenó que se tocara mientras nos miraba. "Tocáte esa concha sucia delante de tu hermano, Delfi. Mostrá cómo te mojás como una perra". Ella lo hizo, metiéndose los dedos, jadeando, mientras ellos se reían a carcajadas. "Mirá, Fran, tu hermana es una puta barata, ni siquiera cobra bien". La rotaron como un objeto: Juan la garchaba por la boca, Emiliano por el culo, y Román le metía la verga entre las tetas, usando sus pezones grandes como asas para apretar. La hicieron lamer el piso donde habían escupido, decir cosas denigrantes como "Soy la puta de mis amigos, mi hermano me ve y me excita", todo al frente mío. Se burlaban: "Fran, ¿querés unirte? Tu hermana tiene lugar para uno más". Yo negaba con la cabeza, asqueado, pero no me iba.
Llegó el final. Román fue el primero en acabar: la puso de espaldas, le separó las tetas y eyaculó entre ellas, cubriendo esos pezones marrones claritos con chorros espesos y calientes. "Tomá tu leche, gordita", dijo riendo. Delfi temblaba, pero su cuerpo respondió: se corrió también, gritando ahogado, con fluidos chorreando por sus muslos. Juan la giró y le acabó en la boca, obligándola a tragar todo, "No escupas ni una gota, puta". Su eyaculación fue abundante, rica, salpicándole la cara y el pelo. Emiliano la remató por atrás, llenándole el culo con su semen, bombeando hasta la última gota mientras ella se corría de nuevo, sus "ricas eyaculaciones" mezclándose con las de ellos, goteando por todas partes.
Terminaron, se subieron los pantalones y la dejaron tirada ahí, en el piso, como una basura usada. "Gracias por la puta, Fran. Nos vemos", dijeron entre risas, y se fueron. Delfi estaba hecha un desastre: tanga rota, cuerpo cubierto de semen y fluidos, llorando en silencio.
No pude dejarla así. Me acerqué, asqueado pero sintiendo lástima. La ayudé a vestirse. Primero la tanga violeta, toda empapada. Sin querer tocar su concha llena de fluidos viscosos, la subí con cuidado, pero mis dedos se mancharon igual. Ella, sin decir nada, me tomó la mano y la limpió con su boca, chupando y tragando todo el flujo mezclado, mirándome con ojos vidriosos. Me dio un asco tremendo, sentí náuseas, pero no dije nada.
Luego le puse el vestido, que estaba tirado en un rincón, cubriéndole las tetas y el culo. La levanté, la apoyé en mi hombro y la llevé a casa en un taxi. En el departamento, la metí en la bañera. La bañé con agua tibia, lavándole el pelo, el cuerpo, quitándole toda esa mugre. Ella no hablaba, solo sollozaba bajito. Finalmente, la sequé, la puse en su cama y la arropé. Me quedé un rato mirándola dormir, pensando en qué carajo había pasado esa noche. Mi hermana, mi Delfi, reducida a eso. No sé si podré olvidarlo.
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