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Encontré a mi mamá pajeandose

Llegué a casa tipo nueve y media de la noche, con el cuerpo pesado de haber caminado por el centro y tomado un par de birras con los pibes. Abrí la puerta despacio porque siempre pienso que mi vieja está durmiendo temprano, pero esa noche la casa estaba en silencio raro, como si el aire estuviera más espeso.
Fui directo al baño del pasillo porque me estaba meando desde la esquina. Ni toqué, solo giré el picaporte y abrí de una.
Y ahí estaba ella.
Ella, mi vieja, sentada en el inodoro con las piernas abiertas, el cuerpo inclinado hacia adelante. Desnuda entera. El pelo rubio teñido todo revuelto y pegado a la frente por el sudor, la cara colorada como si hubiera corrido una maratón. En la mano derecha sostenía el peine grande de plástico negro, de esos con mango grueso y largo… y lo tenía metido hasta el fondo, moviéndolo despacio pero con fuerza, como si estuviera buscando algo que no encontraba.
La miré y se me congeló todo.
Su concha era muy peluda, un monte negro espeso, casi negro azabache, pelos largos y desprolijos que le tapaban los labios y se desparramaban por los costados de los muslos. Las tetas grandes, caídas, colgando pesadas, con esos pezones enormes, marrones oscuros, del tamaño de una moneda grande, duros y apuntando para adelante. La piel del pecho y el cuello también estaba roja, brillante de transpiración. Respiraba fuerte por la boca entreabierta, los ojos entrecerrados… hasta que los abrió de golpe y me vio.
Nos quedamos los dos petrificados un segundo eterno.
Después ella soltó un gritito corto, como de susto mezclado con vergüenza, y largó el peine que cayó al piso con un ruido seco. Intentó cerrar las piernas al mismo tiempo que cruzaba los brazos sobre las tetas, pero era inútil: todo se le movía, todo quedaba a la vista. La cara se le puso aún más roja, si es que era posible.
Yo reaccioné tarde. Cerré la puerta de un golpe, tan fuerte que retumbó en el pasillo.
—¡Perdón, ma! ¡Perdón, perdón! —grité desde el otro lado, con la voz temblando y el corazón en la garganta—. No vi nada, te juro, no vi nada… ¡perdón!
Me quedé apoyado contra la pared del pasillo, mirando el piso, sintiendo que la cara me ardía. Del otro lado de la puerta se escuchó un ruido de algo que se caía (seguramente el peine otra vez), un murmullo bajito que no alcancé a entender y después silencio.
No supe qué hacer. Me fui caminando despacio hasta mi pieza, cerré la puerta con llave y me tiré en la cama mirando el techo, todavía con la vejiga a punto de explotar pero sin ganas de volver a pasar por ese baño en mi vida.

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