Capítulo 1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6226792/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-1.html
Capítulo 2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227112/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-2.html
Capítulo 3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227476/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-3.html
Capítulo 4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6228886/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-4.html
Capitulo 5 https://m.poringa.net/posts/relatos/6229604/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-5.html
Capítulo 6 https://m.poringa.net/posts/relatos/6232310/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-6.html
Capitulo 7
https://m.poringa.net/posts/relatos/6237363/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-7.html
Capítulo 8
https://m.poringa.net/posts/relatos/6244409/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-8.html
Capitulo 8
Enamorado de una Ninfómana
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más de la cuenta. No porque dudara qué responder, sino porque sentía que ese mensaje arrastraba todo lo que había pasado antes… y todo lo que aún no se decía.
Escribí despacio.
—Sí, claro. Podemos hablar.
Borré esa línea. La volví a escribir. No era suficiente.
—Sí. Me parece bien. Pero prefiero que hablemos en persona.
El cursor parpadeó unos segundos más antes de enviar el mensaje. Había algo en mí que no quería esconderlo detrás de una pantalla. Algo que necesitaba verla, escucharla, enfrentar todo eso de frente.
La respuesta no tardó.
—Está bien. ¿Hoy?
Leí ese “¿hoy?” con una mezcla de ansiedad y expectativa. Sentí el cuerpo reaccionar antes que la cabeza.
—Sí —contesté—. Hoy está perfecto.
Apagué la pantalla y me quedé mirando al techo. Sabía que esa conversación no iba a ser fácil. Tampoco inocente. Pero, por alguna razón, la estaba esperando desde antes de que ella escribiera.
Y muy en el fondo, lo sabía: verla de nuevo iba a remover mucho más que palabras.
El resto del tiempo pasó lento. Demasiado. Cada minuto se estiraba como si supiera que estaba esperando algo importante. Intenté distraerme, pero mi cabeza volvía una y otra vez a ella, a su voz, a su cuerpo, a todo lo que ahora sabía y a todo lo que aún no había dicho.
Hasta que escuché el sonido de la puerta.
La vi llegar desde la ventana.
Primero fue su silueta avanzando por la acera, acercándose poco a poco a la casa. A medida que se aproximaba, empecé a distinguir mejor lo que llevaba puesto. Un vestido blanco. Sencillo a primera vista, pero imposible de ignorar cuando el cuerpo que lo habitaba era el suyo.
Cuando la luz le daba de frente, la tela se pegaba a ella de una forma casi imprudente, marcándole cada curva sin pedir permiso. No era un blanco opaco; la tela dejaba entrever más de lo que debería, sobre todo cuando el sol la atravesaba. Se notaba que no llevaba nada debajo que interrumpiera esa continuidad. Todo estaba ahí, insinuado, evidente, como si el vestido no intentara ocultarla sino acompañarla.

Me aparté de la ventana justo antes de que tocara.
Cuando abrí la puerta, me encontré con esa misma imagen, ahora mucho más cerca. Me saludó con una sonrisa tímida, casi nerviosa, que contrastaba con lo provocador de su presencia. La invité a pasar y a sentarse para poder hablar tranquilos, como habíamos quedado.

Nos sentamos frente a frente.
Y aunque se suponía que veníamos a hablar de cosas importantes, su vestido seguía siendo una distracción constante.

Me pidió el favor de que le indicara dónde había un enchufe para cargar el celular. Le señalé la parte de atrás del mueble donde estaba sentada.
—Ahí atrás —le dije.
Ella se giró por completo para alcanzarlo, dándome la espalda sin darse cuenta —o fingiendo no darse cuenta— de lo que provocaba. El vestido se ajustó aún más al movimiento, tensándose sobre su cuerpo, marcando sin pudor cada línea. Me quedé mirándola unos segundos de más, incapaz de apartar la vista, especialmente de su trasero dibujado a la perfección bajo la tela blanca.

No fue algo consciente. Simplemente pasó.
Conectó el cargador, acomodó el cable y luego volvió a girarse para quedar frente a mí otra vez, retomando su lugar como si nada hubiera ocurrido. Como si no acabara de regalarme esa imagen.
Yo carraspeé ligeramente, tratando de volver al motivo real de su visita.
—¿Quieres… comenzar a hablar? —le dije.
Ella asintió despacio, apoyando el celular a un lado, y por un instante sentí que ambos sabíamos que esa conversación no iba a ser tan simple como parecía.
Ella respiró hondo antes de hablar, como si estuviera ordenando las palabras dentro de su cabeza.
—Estoy un poco nerviosa… —dijo al fin, con una media sonrisa que no logaba ocultar del todo la incomodidad—. Y también apenada.
Bajó la mirada un segundo, jugando con sus manos, y luego volvió a mirarme.
—Tengo miedo de lo que estés pensando de mí ahora. De que… ya no me veas igual que la primera vez que nos vimos. Después de todo lo que supiste. De los videos, de las fotos… de Samuel, de Adrian.
Su voz no temblaba, pero había algo frágil en la forma en que lo decía, como si estuviera preparada para una decepción.
—Cuando te conocí —continuó— me pareciste muy lindo. Y no solo eso. A medida que hablábamos, empecé a sentir una atracción distinta contigo. No solo física… algo más.
Hizo una pausa breve, midiendo mis gestos.
—Pero supongo que, con todo lo que pasó, las cosas ya no pueden ser iguales que antes. Y no sé si tú todavía me ves de la misma forma.
Se quedó en silencio, esperándome, como si lo que yo dijera a continuación fuera a definir más de lo que ambos queríamos admitir.
Negué despacio con la cabeza antes de que el silencio se hiciera más pesado.
—No tienes que preocuparte por eso —le dije—. De verdad. Yo no juzgo a las personas por su pasado. Lo que hiciste antes de conocerme no cambia lo que eres ahora.
La miré directo a los ojos para que lo entendiera.
—Tu pasado no me molesta —continué—. No es algo que me haga verte peor ni diferente.
Y era cierto.
Solo que no de la manera en que ella creía.
Porque mientras lo decía con calma, por dentro sabía que su pasado sí me importaba… solo que no como un peso, sino como una carga distinta. Una que despertaba cosas que ella no necesitaba conocer. No ahora. Tal vez nunca.
—Si quieres —añadí—, puedes confiar en mí. Contarme todo lo que has pasado en tus relaciones. Lo bueno, lo malo, lo que te dolió. Puedo ser esa persona con la que hables sin miedo.
Hice una pausa breve antes de rematarlo.
—Me gustaría entenderte mejor.
Sonreí con suavidad, dándole el espacio para decidir.
Por fuera, era apoyo. Comprensión. Confianza.
Por dentro, sabía que escucharla sería mucho más que eso.
Y estaba listo para oírlo todo.
María respiró hondo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Cuando habló, lo hizo de corrido, sin pausas, como si temiera que si se detenía ya no pudiera seguir.
—La verdad… a lo largo de mi vida he tenido muchos inconvenientes en el amor —dijo—. Creo que gran parte de eso tiene que ver con mi impulsividad. He hecho demasiadas cosas sin pensarlas bien. Cosas que, si se las contara a otra persona, probablemente me daría mucha pena.
Bajó la mirada un segundo, pero volvió a levantarla casi de inmediato.
—Contártelo a ti es distinto —añadió—. Confío en ti. Siento que puedo decirlo sin que me mires mal.
Se acomodó en el asiento, visiblemente nerviosa, y continuó:
—En mis relaciones pasadas… muchas veces he sido usada. Y no te voy a mentir: en parte es culpa mía.
Fruncí ligeramente el ceño, atento.
—¿Por qué dices eso? —pregunté.
Ella dudó apenas un instante antes de responder:
—Porque no sé poner límites.
Fue ahí cuando la interrumpí, con suavidad, sin intención de presionarla, pero con genuina curiosidad.
—¿Límites en qué sentido?
María me sostuvo la mirada en silencio por unos segundos. Dudó. Lo vi en su cara. Luego respiró hondo y habló, como si ya no hubiera marcha atrás.
—No sé ponerle límites a mi parte sexual —dijo—. Siempre dejo que los demás tomen el control… y eso me ha pasado factura.
Siguió hablando, cada vez más suelta.
—En mis relaciones, muchas veces me controlan y me usan de la forma que quieren. Sobre todo sexualmente. Porque yo nunca me niego.
Tragué saliva, pero no dije nada. La dejé continuar.
—Y quiero ser honesta contigo —añadió—. No soy una víctima. Yo también soy así. Soy demasiado sexual. Incluso… podría decirse que soy ninfómana. Siempre quiero más. Y no sé decirle que no a las tentaciones.
Ahí fue cuando lo sentí con claridad.
Lo que me estaba contando no me incomodaba.
No me generaba rechazo.
No me hacía verla peor.
Me calentaba.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba de inmediato, cómo una erección comenzaba a acumularse dentro de mí. Tuve que controlar mi respiración y mantenerme quieto, fingiendo normalidad, mientras por dentro la excitación crecía sin permiso.
Ella hablaba de ser usada, de no negarse, de dejar que otros tomaran el control… y cada palabra encajaba demasiado bien con lo que a mí me encendía.
Aun así, sonreí con calma. Le di exactamente la expresión que necesitaba para seguir confiando.
—¿Y de qué forma sientes tú que se aprovechaban de esa parte tuya? —le pregunté, intentando que mi voz no delatara nada—. Tranquila… puedes contármelo sin miedo. No te voy a juzgar.
María volvió a respirar profundo antes de responder.
—Las personas que se relacionan conmigo ya saben cómo soy —dijo—. Y se aprovechan de eso para satisfacerse.
La interrumpí casi sin pensar.
—¿Las personas que se relacionan contigo… quiénes?
Lo pregunté con calma, pero por dentro no lo estaba. Quería saber más. Quería confirmar si no eran solo Samuel y Adrian. La idea de que hubiera más personas involucradas me encendía de una forma que no podía —ni quería— ocultarme.
Ella asintió despacio.
—Sí… cuando digo que se aprovechan de mí no hablo solo de Samuel y Adrian. También mis amistades. Muchas veces solo me escriben cuando están calientes para verse conmigo.
Hizo una pausa breve, como midiendo mis reacciones.
—Ellos creen que yo no me doy cuenta… pero sí lo sé. Y aun así me veo con ellos. Porque yo también tengo una necesidad sexual constante.
Sentí cómo la excitación me subía de golpe.
No fue una sorpresa. Fue una confirmación. La certeza de que María había sido —y seguía siendo— el deseo de muchas personas. Que no era algo aislado. Que su cuerpo y su sexualidad habían sido buscados, usados, compartidos.
Eso me calentó mucho más.
Y, de forma extraña, contradictoria incluso, también hizo que la mirara con algo parecido al enamoramiento. Como si saber todo eso no la rebajara ante mis ojos… sino que la volviera todavía más intensa, más deseable, más mía en una forma torcida que apenas empezaba a entender.
Ella continuó hablando, con la voz un poco más baja.
Dijo que muchas veces se siente —y la hacen sentir— como si solo fuera un medio para satisfacer deseos ajenos. Que la ven, la buscan, la llaman… pero casi nunca la miran de verdad. Y que, aunque sí, ella deja que las personas la usen, también quiere a alguien que valore su otra parte. La que no es solo sexo.
Ahí fue cuando hablé.
—Mira, María —le dije—. Me gusta que me hayas contado todo esto. Que hayas sido tan sincera conmigo. Y la verdad… me ayuda a entender mejor muchas cosas de las que vi. No te preocupes, no me molesta.
La miré a los ojos, sosteniéndole la mirada.
—Me interesa más la persona que eres ahora que la persona que fuiste con otras personas.
Ella sonrió. Una sonrisa suave, casi aliviada.
Seguí hablando.
—También valoro tu parte humana. Eres una buena chica, eres tierna, tu personalidad me gusta mucho y siento que tienes un gran corazón. No te veo solo como un objeto sexual… como lo hacen los demás.
Mientras decía todo eso, mi cuerpo iba por otro camino.
La erección en mi pantalón ya era imposible de disimular. No hice nada para ocultarla, pero tampoco la mencioné. Aun así, María bajó la mirada por un segundo… y la vio.
Se quedó observando. Un instante de silencio. Lo suficiente.

Cuando noté su mirada fija ahí, hablé de inmediato, sin cambiar el tono.
—Obviamente… también valoro tu parte sexual.
Fue instantáneo.
Su expresión cambió por completo. La ternura desapareció. En su lugar apareció otra mirada. Más intensa. Más cargada. Como si algo dentro de ella se hubiera activado de golpe.
Ya no miraba mi rostro. No podía apartar los ojos de mi pantalón.
Entonces le dije, con calma:
—¿Quieres que entremos a mi cuarto para hablar de esto con más confianza?
María no lo dudó ni un segundo.
—Sí… claro —dijo—. Vamos.
Entramos a la habitación y, apenas cerré la puerta, el ambiente cambió por completo. El aire se sentía más denso, más cargado. No habíamos dicho nada aún, pero todo estaba dicho.
Ella avanzó unos pasos y, fingiendo buscar dónde dejar su bolso, hizo un gesto que intentó pasar por natural. Demasiado natural para no ser intencional. En un movimiento rápido me dio la espalda, y el vestido blanco, tan ajustado como provocador, se alzó lo justo para dejarme ver sus nalgas con total claridad.

No fue un accidente.
Y ella lo sabía.
Se giró de nuevo, despacio.
—Ups… —dijo—. Sin querer.
Pero su mirada lo desmentía todo. Había seducción ahí. Burla. Perversidad.
Sentí cómo mi pene reaccionó de inmediato. La presión dentro del pantalón se volvió imposible de ignorar, llevándose al límite.
María bajó la vista, lo notó… y sonrió.

—Tan rápido te pusiste así… —comentó, con un tono divertido, casi orgulloso.
Y antes de que pudiera responder, volvió a levantar un poco el vestido, ahora de frente, dejándome ver su cuerpo.

—Me parece que esto te calienta más de lo que quieres admitir, ¿verdad?
Soltó una risa suave, cargada de ironía, disfrutando cada segundo de mi reacción.
María volvió a acomodarse el vestido, bajándolo con lentitud, como si quisiera recuperar el control de la escena. Me miró de reojo y sonrió.
—¿Suficiente? —preguntó—. Porque después dices que no te puedes controlar.
Pero yo ya no podía.
Me acerqué sin pensarlo demasiado, levanté el vestido y apreté su nalga con firmeza. Fue un gesto directo, impulsivo, imposible de disimular.

Ella no se apartó. Al contrario, dejó escapar una risa suave.
—Bueno… —dijo—. Ya que insistes.
Se giró hacia mí y se inclinó hacia mi pantalón, acercándose con una intención clarísima. Sus manos se movieron con seguridad, bajando lo justo, liberando lo que ya no podía ocultarse. Sentí el contraste del aire y, enseguida, su cercanía.
No se arrodilló. Simplemente se inclinó más, quedando a la altura exacta, concentrada. Su rostro quedó muy cerca, demasiado cerca para que hubiera dudas. Sus labios rozaron, se quedaron ahí, y entonces entendí perfectamente lo que estaba a punto de pasar.
Cerré los ojos.

El calor, la atención absoluta, la forma en que se entregó a ese gesto sin decir una sola palabra… todo me atravesó de golpe. María sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y yo dejé de resistirme por completo.
Seguí dejándome llevar por su ritmo, por la seguridad con la que se movía. María sabía exactamente cuándo acelerar, cuándo bajar, cuándo detenerse apenas un segundo para volver a empezar. No había dudas en ella. Todo era preciso, aprendido, dominado.
—Qué buena eres haciendo esto —le dije, sin pensar demasiado, con la voz cargada de lo que estaba sintiendo.
Ella se detuvo un instante.
Levantó la mirada hacia mí, con una sonrisa que no era tímida ni dulce, sino retadora. Como si hubiera entendido el comentario no como un halago, sino como un desafío.
Sin decir una sola palabra, se acercó más.
Mucho más.
Su boca no se conformó con lo justo. Avanzó con decisión, sin prisa, llevándome completamente dentro de ella, demostrando que no tenía límites, que controlaba la situación de una forma que pocas veces había sentido. Bajó todo lo que pudo, más de lo que creí posible, envolviendo mi verga junto a mis bolas, haciéndome entender que para ella no era un esfuerzo, sino una elección.

No se detuvo ahí.
Mantuvo esa profundidad, ese control absoluto, como si quisiera dejarme claro que podía hacer lo que quisiera conmigo, que sabía hasta dónde llegar para llevarme al borde. Era su forma de decirme, sin palabras, que tenía experiencia de sobra… y que le gustaba demostrarlo.
Yo apenas podía pensar.
Ella se detuvo apenas un instante, como si se diera cuenta tarde de lo entregada que estaba, y soltó una risa baja, casi avergonzada.
—Perdón… —murmuró—. Es que cuando estoy haciendo esto, nunca sé controlarme.
Levantó la mirada un segundo, sin desafío, sin provocación consciente.
—De verdad —añadió—. Es una de las cosas que más me gusta… y cuando empiezo, simplemente me dejo llevar.
No dijo nada más.
No hizo falta.
En mi cabeza, esa frase se volvió ruido constante.
Si le gustaba tanto…
si perdía el control así…
si lo hacía con esa naturalidad…
Era imposible no preguntarme cuántas veces, con quiénes, en qué contextos había sentido exactamente lo mismo.
Y entender, de golpe, por qué lo hacía tan bien.
No aguanté más.
La tomé con firmeza y la llevé hasta la mesa, girándola para dejarla de espaldas a mí. El movimiento fue decidido, casi brusco, y ella lo aceptó sin oponerse, apoyándose de inmediato, como si supiera exactamente lo que venía.
Le levanté el vestido hasta la cintura, dejando sus nalgas completamente expuestas. Mi cuerpo ya estaba demasiado cerca del suyo, la tensión era imposible de ignorar.


Me acomodé detrás de ella, la sujeté con fuerza y, sin más pausas ni palabras, la penetré.
María dejó escapar un gemido profundo al sentirme dentro. Su reacción fue inmediata: se arqueó contra mí, aferrándose a la mesa, acompañando cada movimiento. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación, mezclado con su respiración agitada y la mía, cada vez más descontrolada.

No era suave.
No era lento.
Era puro impulso, deseo acumulado rompiéndose sin filtro.
Y en ese instante, ya no había vuelta atrás.
El ritmo se volvió más fuerte, más descontrolado, y fue ahí cuando a María se le quebró cualquier intento de contención. Su voz cambió, más grave, más cargada de deseo.
—No pares… me encanta esto —dijo entre respiraciones cortadas—. Ahora tú vas a disfrutar de mi cuerpo. Voy a ser toda tuya.
Esas palabras me golpearon directo en la cabeza.
Porque en el instante en que dijo “ahora”, mi mente hizo el resto sola.
Ahora yo.
Pero antes… otros.
La imagen se me repitió sin pedir permiso: ella en esa misma posición, entregándose igual, diciéndolo con la misma voz, dejando que otros cuerpos hicieran exactamente lo que yo estaba haciendo en ese momento. Pensar que lo que ahora sentía como mío ya había sido disfrutado por otros me encendió aún más, mezclando posesión con un morbo que me recorría entero.
Mi respiración se volvió errática.
El cuerpo me traicionaba, reaccionando con una intensidad brutal.
Estaba al límite.
And cuanto más pensaba en ello, más imposible se volvía detenerme.
Le estaba dando duro, sin pausa, completamente entregado al momento. Su cuerpo reaccionaba a cada movimiento y eso, sumado a la posición, me tenía al límite. Cuando me dijo que le encantaba, que no parara, sentí cómo todo se me subía de golpe. El placer era físico, real, pero al mismo tiempo mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos.
Estuve a punto de correrme. En ese borde, sin pensarlo, le dije que me encantaba, que estaba a nada. Ella, con esa seguridad tan suya, me dijo que si iba a hacerlo, quería que fuera sobre su pecho, porque eso era lo que más le gustaba.
Antes incluso de decidir hacerlo, ese comentario me disparó un recuerdo: lo que Adrian me había dicho tiempo atrás, que él solía terminar ahí, que para él ese era su lugar. Esa idea me atravesó justo en ese instante, mezclándose con lo que estaba pasando, con el calor del momento y con tenerla frente a mí así.
Cuando finalmente lo hice, todo se unió en una sola sensación. El placer de estar con María, el impulso del momento y ese pensamiento de saber que no era el primero, que otros antes también habían disfrutado de ella de esa forma. Lejos de apagarme, eso me encendió más. Fue una liberación completa, física y mental, todo ocurriendo al mismo tiempo.

Después, todo se calmó. Mientras yo aún la miraba, ella volvió a ser suave, casi tímida, como si ese impulso intenso hubiera quedado atrás. Se acomodó el vestido, fue a cambiarse y regresó con una sonrisa distinta, más serena.
Se sentó cerca y me dijo que estaba feliz, que le daba tranquilidad saber que podía contar conmigo, que le hacía bien sentirse así conmigo. Comentó que le ilusionaba seguir conociéndome, descubrirme con el tiempo, sin prisas. Su voz ya no tenía nada de provocación, sino cercanía.
Nos quedamos hablando un rato más, de cosas simples, de la vida, de lo que venía. El ambiente era otro: más cálido, más real. Como si, después de todo lo que había pasado, lo que quedaba fuera una conexión tranquila que también tenía su peso.
Después de un rato, María miró el reloj y me dijo que tenía que irse. Un amigo le había pedido el favor de ayudarlo con una tarea de inglés. Al escuchar eso, algo se movió dentro de mí de inmediato. Recordé lo que ella me había contado otras veces, sobre cómo algunos de sus amigos se aprovechaban de su cercanía y de su forma de ser.
Al principio sentí un pinchazo de celos, breve, casi automático. Pero ese sentimiento no duró mucho. Se transformó en otra cosa, en una agitación distinta, más intensa y a la vez excitante. En mi cabeza, la idea de que ella no solo fuera a “hacer una tarea”, sino que alguien más pudiera desearla, tocarla, usar esa confianza que ella daba con tanta facilidad, empezó a encenderme de una forma que no esperaba.
Nos quedamos esperando unos minutos en la puerta, juntos, mientras su amigo venía por ella. Cuando llegó, María se despidió con un beso rápido y una sonrisa tranquila. Antes de irse, me dijo que cuando llegara a su casa me escribiría, después de ayudarlo con la tarea.
La vi alejarse, y me quedé ahí, con esa mezcla extraña de calma, deseo y pensamientos que seguían girando en mi cabeza.
Capítulo 2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227112/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-2.html
Capítulo 3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227476/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-3.html
Capítulo 4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6228886/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-4.html
Capitulo 5 https://m.poringa.net/posts/relatos/6229604/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-5.html
Capítulo 6 https://m.poringa.net/posts/relatos/6232310/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-6.html
Capitulo 7
https://m.poringa.net/posts/relatos/6237363/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-7.html
Capítulo 8
https://m.poringa.net/posts/relatos/6244409/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-8.html
Capitulo 8
Enamorado de una Ninfómana
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más de la cuenta. No porque dudara qué responder, sino porque sentía que ese mensaje arrastraba todo lo que había pasado antes… y todo lo que aún no se decía.
Escribí despacio.
—Sí, claro. Podemos hablar.
Borré esa línea. La volví a escribir. No era suficiente.
—Sí. Me parece bien. Pero prefiero que hablemos en persona.
El cursor parpadeó unos segundos más antes de enviar el mensaje. Había algo en mí que no quería esconderlo detrás de una pantalla. Algo que necesitaba verla, escucharla, enfrentar todo eso de frente.
La respuesta no tardó.
—Está bien. ¿Hoy?
Leí ese “¿hoy?” con una mezcla de ansiedad y expectativa. Sentí el cuerpo reaccionar antes que la cabeza.
—Sí —contesté—. Hoy está perfecto.
Apagué la pantalla y me quedé mirando al techo. Sabía que esa conversación no iba a ser fácil. Tampoco inocente. Pero, por alguna razón, la estaba esperando desde antes de que ella escribiera.
Y muy en el fondo, lo sabía: verla de nuevo iba a remover mucho más que palabras.
El resto del tiempo pasó lento. Demasiado. Cada minuto se estiraba como si supiera que estaba esperando algo importante. Intenté distraerme, pero mi cabeza volvía una y otra vez a ella, a su voz, a su cuerpo, a todo lo que ahora sabía y a todo lo que aún no había dicho.
Hasta que escuché el sonido de la puerta.
La vi llegar desde la ventana.
Primero fue su silueta avanzando por la acera, acercándose poco a poco a la casa. A medida que se aproximaba, empecé a distinguir mejor lo que llevaba puesto. Un vestido blanco. Sencillo a primera vista, pero imposible de ignorar cuando el cuerpo que lo habitaba era el suyo.
Cuando la luz le daba de frente, la tela se pegaba a ella de una forma casi imprudente, marcándole cada curva sin pedir permiso. No era un blanco opaco; la tela dejaba entrever más de lo que debería, sobre todo cuando el sol la atravesaba. Se notaba que no llevaba nada debajo que interrumpiera esa continuidad. Todo estaba ahí, insinuado, evidente, como si el vestido no intentara ocultarla sino acompañarla.

Me aparté de la ventana justo antes de que tocara.
Cuando abrí la puerta, me encontré con esa misma imagen, ahora mucho más cerca. Me saludó con una sonrisa tímida, casi nerviosa, que contrastaba con lo provocador de su presencia. La invité a pasar y a sentarse para poder hablar tranquilos, como habíamos quedado.

Nos sentamos frente a frente.
Y aunque se suponía que veníamos a hablar de cosas importantes, su vestido seguía siendo una distracción constante.

Me pidió el favor de que le indicara dónde había un enchufe para cargar el celular. Le señalé la parte de atrás del mueble donde estaba sentada.
—Ahí atrás —le dije.
Ella se giró por completo para alcanzarlo, dándome la espalda sin darse cuenta —o fingiendo no darse cuenta— de lo que provocaba. El vestido se ajustó aún más al movimiento, tensándose sobre su cuerpo, marcando sin pudor cada línea. Me quedé mirándola unos segundos de más, incapaz de apartar la vista, especialmente de su trasero dibujado a la perfección bajo la tela blanca.

No fue algo consciente. Simplemente pasó.
Conectó el cargador, acomodó el cable y luego volvió a girarse para quedar frente a mí otra vez, retomando su lugar como si nada hubiera ocurrido. Como si no acabara de regalarme esa imagen.
Yo carraspeé ligeramente, tratando de volver al motivo real de su visita.
—¿Quieres… comenzar a hablar? —le dije.
Ella asintió despacio, apoyando el celular a un lado, y por un instante sentí que ambos sabíamos que esa conversación no iba a ser tan simple como parecía.
Ella respiró hondo antes de hablar, como si estuviera ordenando las palabras dentro de su cabeza.
—Estoy un poco nerviosa… —dijo al fin, con una media sonrisa que no logaba ocultar del todo la incomodidad—. Y también apenada.
Bajó la mirada un segundo, jugando con sus manos, y luego volvió a mirarme.
—Tengo miedo de lo que estés pensando de mí ahora. De que… ya no me veas igual que la primera vez que nos vimos. Después de todo lo que supiste. De los videos, de las fotos… de Samuel, de Adrian.
Su voz no temblaba, pero había algo frágil en la forma en que lo decía, como si estuviera preparada para una decepción.
—Cuando te conocí —continuó— me pareciste muy lindo. Y no solo eso. A medida que hablábamos, empecé a sentir una atracción distinta contigo. No solo física… algo más.
Hizo una pausa breve, midiendo mis gestos.
—Pero supongo que, con todo lo que pasó, las cosas ya no pueden ser iguales que antes. Y no sé si tú todavía me ves de la misma forma.
Se quedó en silencio, esperándome, como si lo que yo dijera a continuación fuera a definir más de lo que ambos queríamos admitir.
Negué despacio con la cabeza antes de que el silencio se hiciera más pesado.
—No tienes que preocuparte por eso —le dije—. De verdad. Yo no juzgo a las personas por su pasado. Lo que hiciste antes de conocerme no cambia lo que eres ahora.
La miré directo a los ojos para que lo entendiera.
—Tu pasado no me molesta —continué—. No es algo que me haga verte peor ni diferente.
Y era cierto.
Solo que no de la manera en que ella creía.
Porque mientras lo decía con calma, por dentro sabía que su pasado sí me importaba… solo que no como un peso, sino como una carga distinta. Una que despertaba cosas que ella no necesitaba conocer. No ahora. Tal vez nunca.
—Si quieres —añadí—, puedes confiar en mí. Contarme todo lo que has pasado en tus relaciones. Lo bueno, lo malo, lo que te dolió. Puedo ser esa persona con la que hables sin miedo.
Hice una pausa breve antes de rematarlo.
—Me gustaría entenderte mejor.
Sonreí con suavidad, dándole el espacio para decidir.
Por fuera, era apoyo. Comprensión. Confianza.
Por dentro, sabía que escucharla sería mucho más que eso.
Y estaba listo para oírlo todo.
María respiró hondo, como si estuviera decidiendo por dónde empezar. Cuando habló, lo hizo de corrido, sin pausas, como si temiera que si se detenía ya no pudiera seguir.
—La verdad… a lo largo de mi vida he tenido muchos inconvenientes en el amor —dijo—. Creo que gran parte de eso tiene que ver con mi impulsividad. He hecho demasiadas cosas sin pensarlas bien. Cosas que, si se las contara a otra persona, probablemente me daría mucha pena.
Bajó la mirada un segundo, pero volvió a levantarla casi de inmediato.
—Contártelo a ti es distinto —añadió—. Confío en ti. Siento que puedo decirlo sin que me mires mal.
Se acomodó en el asiento, visiblemente nerviosa, y continuó:
—En mis relaciones pasadas… muchas veces he sido usada. Y no te voy a mentir: en parte es culpa mía.
Fruncí ligeramente el ceño, atento.
—¿Por qué dices eso? —pregunté.
Ella dudó apenas un instante antes de responder:
—Porque no sé poner límites.
Fue ahí cuando la interrumpí, con suavidad, sin intención de presionarla, pero con genuina curiosidad.
—¿Límites en qué sentido?
María me sostuvo la mirada en silencio por unos segundos. Dudó. Lo vi en su cara. Luego respiró hondo y habló, como si ya no hubiera marcha atrás.
—No sé ponerle límites a mi parte sexual —dijo—. Siempre dejo que los demás tomen el control… y eso me ha pasado factura.
Siguió hablando, cada vez más suelta.
—En mis relaciones, muchas veces me controlan y me usan de la forma que quieren. Sobre todo sexualmente. Porque yo nunca me niego.
Tragué saliva, pero no dije nada. La dejé continuar.
—Y quiero ser honesta contigo —añadió—. No soy una víctima. Yo también soy así. Soy demasiado sexual. Incluso… podría decirse que soy ninfómana. Siempre quiero más. Y no sé decirle que no a las tentaciones.
Ahí fue cuando lo sentí con claridad.
Lo que me estaba contando no me incomodaba.
No me generaba rechazo.
No me hacía verla peor.
Me calentaba.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba de inmediato, cómo una erección comenzaba a acumularse dentro de mí. Tuve que controlar mi respiración y mantenerme quieto, fingiendo normalidad, mientras por dentro la excitación crecía sin permiso.
Ella hablaba de ser usada, de no negarse, de dejar que otros tomaran el control… y cada palabra encajaba demasiado bien con lo que a mí me encendía.
Aun así, sonreí con calma. Le di exactamente la expresión que necesitaba para seguir confiando.
—¿Y de qué forma sientes tú que se aprovechaban de esa parte tuya? —le pregunté, intentando que mi voz no delatara nada—. Tranquila… puedes contármelo sin miedo. No te voy a juzgar.
María volvió a respirar profundo antes de responder.
—Las personas que se relacionan conmigo ya saben cómo soy —dijo—. Y se aprovechan de eso para satisfacerse.
La interrumpí casi sin pensar.
—¿Las personas que se relacionan contigo… quiénes?
Lo pregunté con calma, pero por dentro no lo estaba. Quería saber más. Quería confirmar si no eran solo Samuel y Adrian. La idea de que hubiera más personas involucradas me encendía de una forma que no podía —ni quería— ocultarme.
Ella asintió despacio.
—Sí… cuando digo que se aprovechan de mí no hablo solo de Samuel y Adrian. También mis amistades. Muchas veces solo me escriben cuando están calientes para verse conmigo.
Hizo una pausa breve, como midiendo mis reacciones.
—Ellos creen que yo no me doy cuenta… pero sí lo sé. Y aun así me veo con ellos. Porque yo también tengo una necesidad sexual constante.
Sentí cómo la excitación me subía de golpe.
No fue una sorpresa. Fue una confirmación. La certeza de que María había sido —y seguía siendo— el deseo de muchas personas. Que no era algo aislado. Que su cuerpo y su sexualidad habían sido buscados, usados, compartidos.
Eso me calentó mucho más.
Y, de forma extraña, contradictoria incluso, también hizo que la mirara con algo parecido al enamoramiento. Como si saber todo eso no la rebajara ante mis ojos… sino que la volviera todavía más intensa, más deseable, más mía en una forma torcida que apenas empezaba a entender.
Ella continuó hablando, con la voz un poco más baja.
Dijo que muchas veces se siente —y la hacen sentir— como si solo fuera un medio para satisfacer deseos ajenos. Que la ven, la buscan, la llaman… pero casi nunca la miran de verdad. Y que, aunque sí, ella deja que las personas la usen, también quiere a alguien que valore su otra parte. La que no es solo sexo.
Ahí fue cuando hablé.
—Mira, María —le dije—. Me gusta que me hayas contado todo esto. Que hayas sido tan sincera conmigo. Y la verdad… me ayuda a entender mejor muchas cosas de las que vi. No te preocupes, no me molesta.
La miré a los ojos, sosteniéndole la mirada.
—Me interesa más la persona que eres ahora que la persona que fuiste con otras personas.
Ella sonrió. Una sonrisa suave, casi aliviada.
Seguí hablando.
—También valoro tu parte humana. Eres una buena chica, eres tierna, tu personalidad me gusta mucho y siento que tienes un gran corazón. No te veo solo como un objeto sexual… como lo hacen los demás.
Mientras decía todo eso, mi cuerpo iba por otro camino.
La erección en mi pantalón ya era imposible de disimular. No hice nada para ocultarla, pero tampoco la mencioné. Aun así, María bajó la mirada por un segundo… y la vio.
Se quedó observando. Un instante de silencio. Lo suficiente.

Cuando noté su mirada fija ahí, hablé de inmediato, sin cambiar el tono.
—Obviamente… también valoro tu parte sexual.
Fue instantáneo.
Su expresión cambió por completo. La ternura desapareció. En su lugar apareció otra mirada. Más intensa. Más cargada. Como si algo dentro de ella se hubiera activado de golpe.
Ya no miraba mi rostro. No podía apartar los ojos de mi pantalón.
Entonces le dije, con calma:
—¿Quieres que entremos a mi cuarto para hablar de esto con más confianza?
María no lo dudó ni un segundo.
—Sí… claro —dijo—. Vamos.
Entramos a la habitación y, apenas cerré la puerta, el ambiente cambió por completo. El aire se sentía más denso, más cargado. No habíamos dicho nada aún, pero todo estaba dicho.
Ella avanzó unos pasos y, fingiendo buscar dónde dejar su bolso, hizo un gesto que intentó pasar por natural. Demasiado natural para no ser intencional. En un movimiento rápido me dio la espalda, y el vestido blanco, tan ajustado como provocador, se alzó lo justo para dejarme ver sus nalgas con total claridad.

No fue un accidente.
Y ella lo sabía.
Se giró de nuevo, despacio.
—Ups… —dijo—. Sin querer.
Pero su mirada lo desmentía todo. Había seducción ahí. Burla. Perversidad.
Sentí cómo mi pene reaccionó de inmediato. La presión dentro del pantalón se volvió imposible de ignorar, llevándose al límite.
María bajó la vista, lo notó… y sonrió.

—Tan rápido te pusiste así… —comentó, con un tono divertido, casi orgulloso.
Y antes de que pudiera responder, volvió a levantar un poco el vestido, ahora de frente, dejándome ver su cuerpo.

—Me parece que esto te calienta más de lo que quieres admitir, ¿verdad?
Soltó una risa suave, cargada de ironía, disfrutando cada segundo de mi reacción.
María volvió a acomodarse el vestido, bajándolo con lentitud, como si quisiera recuperar el control de la escena. Me miró de reojo y sonrió.
—¿Suficiente? —preguntó—. Porque después dices que no te puedes controlar.
Pero yo ya no podía.
Me acerqué sin pensarlo demasiado, levanté el vestido y apreté su nalga con firmeza. Fue un gesto directo, impulsivo, imposible de disimular.

Ella no se apartó. Al contrario, dejó escapar una risa suave.
—Bueno… —dijo—. Ya que insistes.
Se giró hacia mí y se inclinó hacia mi pantalón, acercándose con una intención clarísima. Sus manos se movieron con seguridad, bajando lo justo, liberando lo que ya no podía ocultarse. Sentí el contraste del aire y, enseguida, su cercanía.
No se arrodilló. Simplemente se inclinó más, quedando a la altura exacta, concentrada. Su rostro quedó muy cerca, demasiado cerca para que hubiera dudas. Sus labios rozaron, se quedaron ahí, y entonces entendí perfectamente lo que estaba a punto de pasar.
Cerré los ojos.

El calor, la atención absoluta, la forma en que se entregó a ese gesto sin decir una sola palabra… todo me atravesó de golpe. María sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y yo dejé de resistirme por completo.
Seguí dejándome llevar por su ritmo, por la seguridad con la que se movía. María sabía exactamente cuándo acelerar, cuándo bajar, cuándo detenerse apenas un segundo para volver a empezar. No había dudas en ella. Todo era preciso, aprendido, dominado.
—Qué buena eres haciendo esto —le dije, sin pensar demasiado, con la voz cargada de lo que estaba sintiendo.
Ella se detuvo un instante.
Levantó la mirada hacia mí, con una sonrisa que no era tímida ni dulce, sino retadora. Como si hubiera entendido el comentario no como un halago, sino como un desafío.
Sin decir una sola palabra, se acercó más.
Mucho más.
Su boca no se conformó con lo justo. Avanzó con decisión, sin prisa, llevándome completamente dentro de ella, demostrando que no tenía límites, que controlaba la situación de una forma que pocas veces había sentido. Bajó todo lo que pudo, más de lo que creí posible, envolviendo mi verga junto a mis bolas, haciéndome entender que para ella no era un esfuerzo, sino una elección.

No se detuvo ahí.
Mantuvo esa profundidad, ese control absoluto, como si quisiera dejarme claro que podía hacer lo que quisiera conmigo, que sabía hasta dónde llegar para llevarme al borde. Era su forma de decirme, sin palabras, que tenía experiencia de sobra… y que le gustaba demostrarlo.
Yo apenas podía pensar.
Ella se detuvo apenas un instante, como si se diera cuenta tarde de lo entregada que estaba, y soltó una risa baja, casi avergonzada.
—Perdón… —murmuró—. Es que cuando estoy haciendo esto, nunca sé controlarme.
Levantó la mirada un segundo, sin desafío, sin provocación consciente.
—De verdad —añadió—. Es una de las cosas que más me gusta… y cuando empiezo, simplemente me dejo llevar.
No dijo nada más.
No hizo falta.
En mi cabeza, esa frase se volvió ruido constante.
Si le gustaba tanto…
si perdía el control así…
si lo hacía con esa naturalidad…
Era imposible no preguntarme cuántas veces, con quiénes, en qué contextos había sentido exactamente lo mismo.
Y entender, de golpe, por qué lo hacía tan bien.
No aguanté más.
La tomé con firmeza y la llevé hasta la mesa, girándola para dejarla de espaldas a mí. El movimiento fue decidido, casi brusco, y ella lo aceptó sin oponerse, apoyándose de inmediato, como si supiera exactamente lo que venía.
Le levanté el vestido hasta la cintura, dejando sus nalgas completamente expuestas. Mi cuerpo ya estaba demasiado cerca del suyo, la tensión era imposible de ignorar.


Me acomodé detrás de ella, la sujeté con fuerza y, sin más pausas ni palabras, la penetré.
María dejó escapar un gemido profundo al sentirme dentro. Su reacción fue inmediata: se arqueó contra mí, aferrándose a la mesa, acompañando cada movimiento. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación, mezclado con su respiración agitada y la mía, cada vez más descontrolada.

No era suave.
No era lento.
Era puro impulso, deseo acumulado rompiéndose sin filtro.
Y en ese instante, ya no había vuelta atrás.
El ritmo se volvió más fuerte, más descontrolado, y fue ahí cuando a María se le quebró cualquier intento de contención. Su voz cambió, más grave, más cargada de deseo.
—No pares… me encanta esto —dijo entre respiraciones cortadas—. Ahora tú vas a disfrutar de mi cuerpo. Voy a ser toda tuya.
Esas palabras me golpearon directo en la cabeza.
Porque en el instante en que dijo “ahora”, mi mente hizo el resto sola.
Ahora yo.
Pero antes… otros.
La imagen se me repitió sin pedir permiso: ella en esa misma posición, entregándose igual, diciéndolo con la misma voz, dejando que otros cuerpos hicieran exactamente lo que yo estaba haciendo en ese momento. Pensar que lo que ahora sentía como mío ya había sido disfrutado por otros me encendió aún más, mezclando posesión con un morbo que me recorría entero.
Mi respiración se volvió errática.
El cuerpo me traicionaba, reaccionando con una intensidad brutal.
Estaba al límite.
And cuanto más pensaba en ello, más imposible se volvía detenerme.
Le estaba dando duro, sin pausa, completamente entregado al momento. Su cuerpo reaccionaba a cada movimiento y eso, sumado a la posición, me tenía al límite. Cuando me dijo que le encantaba, que no parara, sentí cómo todo se me subía de golpe. El placer era físico, real, pero al mismo tiempo mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos.
Estuve a punto de correrme. En ese borde, sin pensarlo, le dije que me encantaba, que estaba a nada. Ella, con esa seguridad tan suya, me dijo que si iba a hacerlo, quería que fuera sobre su pecho, porque eso era lo que más le gustaba.
Antes incluso de decidir hacerlo, ese comentario me disparó un recuerdo: lo que Adrian me había dicho tiempo atrás, que él solía terminar ahí, que para él ese era su lugar. Esa idea me atravesó justo en ese instante, mezclándose con lo que estaba pasando, con el calor del momento y con tenerla frente a mí así.
Cuando finalmente lo hice, todo se unió en una sola sensación. El placer de estar con María, el impulso del momento y ese pensamiento de saber que no era el primero, que otros antes también habían disfrutado de ella de esa forma. Lejos de apagarme, eso me encendió más. Fue una liberación completa, física y mental, todo ocurriendo al mismo tiempo.

Después, todo se calmó. Mientras yo aún la miraba, ella volvió a ser suave, casi tímida, como si ese impulso intenso hubiera quedado atrás. Se acomodó el vestido, fue a cambiarse y regresó con una sonrisa distinta, más serena.
Se sentó cerca y me dijo que estaba feliz, que le daba tranquilidad saber que podía contar conmigo, que le hacía bien sentirse así conmigo. Comentó que le ilusionaba seguir conociéndome, descubrirme con el tiempo, sin prisas. Su voz ya no tenía nada de provocación, sino cercanía.
Nos quedamos hablando un rato más, de cosas simples, de la vida, de lo que venía. El ambiente era otro: más cálido, más real. Como si, después de todo lo que había pasado, lo que quedaba fuera una conexión tranquila que también tenía su peso.
Después de un rato, María miró el reloj y me dijo que tenía que irse. Un amigo le había pedido el favor de ayudarlo con una tarea de inglés. Al escuchar eso, algo se movió dentro de mí de inmediato. Recordé lo que ella me había contado otras veces, sobre cómo algunos de sus amigos se aprovechaban de su cercanía y de su forma de ser.
Al principio sentí un pinchazo de celos, breve, casi automático. Pero ese sentimiento no duró mucho. Se transformó en otra cosa, en una agitación distinta, más intensa y a la vez excitante. En mi cabeza, la idea de que ella no solo fuera a “hacer una tarea”, sino que alguien más pudiera desearla, tocarla, usar esa confianza que ella daba con tanta facilidad, empezó a encenderme de una forma que no esperaba.
Nos quedamos esperando unos minutos en la puerta, juntos, mientras su amigo venía por ella. Cuando llegó, María se despidió con un beso rápido y una sonrisa tranquila. Antes de irse, me dijo que cuando llegara a su casa me escribiría, después de ayudarlo con la tarea.
La vi alejarse, y me quedé ahí, con esa mezcla extraña de calma, deseo y pensamientos que seguían girando en mi cabeza.
0 comentarios - Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 8