Hola a todos :
Bienvenidos a mí nueva página donde recreo escenas icónicas del cine porno de los años 70 a 90 .
Era 1973, en una Buenos Aires envuelta en el humo de cigarrillos y el eco de tangos melancólicos en las radios AM. Carlos Mendoza era el gerente de la sucursal principal del Banco Nacional, un hombre de cuarenta y cinco años que exudaba éxito como el aroma de su colonia Old Spice. Vestido con trajes impecables de lana peinada, corbata ancha y zapatos lustrados, era el padre ejemplar: casado con una devota ama de casa, dos hijos en el colegio católico y un círculo de amigos en el club de golf que lo admiraban por su integridad. Su oficina, con paneles de madera oscura y un retrato de Perón en la pared, era su trono. Desde allí, dictaba destinos financieros con la frialdad de un verdugo.

Aquella tarde de otoño, con el viento frío azotando las calles empedradas, entró Ingrid Larsson.

Una viuda de treinta y ocho años, desempleada desde que su marido murió en un accidente fabril, vestida con un abrigo raído y un vestido modesto que recordaba las modas de los sesenta. Su cabello rubio platino cortado en un bob con flequillo recto enmarcaba unos ojos azules penetrantes, enmarcados por ojeras de noches sin dormir, suplicaban piedad. Sus labios carnosos, pintados de un rojo sutil, se curvaban en una mueca de desesperación.
"Señor Mendoza, por favor... necesito un préstamo. Mi casa está a punto de ser embargada.
Tengo tres hijos que dependen de mí.
"Carlos la miró por encima de sus gafas de carey, con una sonrisa condescendiente que no llegaba a sus ojos.
"Señora Larsson, el banco no es una obra de caridad. Sin garantías, sin empleo... ¿qué me ofrece? ¿Lágrimas?" La sacó cagando de su oficina, con un gesto despectivo que resonó en el pasillo.
"Vuelva cuando tenga algo real que ofrecer." Ingrid salió humillada, pero en sus ojos azules brillaba una chispa de venganza que Carlos, en su arrogancia, no notó.
Al atardecer, Carlos llegó a su departamento en un edificio art déco de Recoleta, con su maletín de cuero en la mano y el periódico bajo el brazo.

El ascensor chirrió como en una película de Hitchcock, y al abrir la puerta, el aroma a cuero y perfume barato lo golpeó. La luz tenue de una lámpara de lava proyectaba sombras danzantes en las paredes tapizadas con papel floreado.
Allí, en el centro de su sala, estaba Ingrid. Pero no la viuda vulnerable. Vestida como una diosa de la dominación femenina de los setenta: corsé de cuero negro ceñido a su figura voluptuosa, revelando la curva de sus pechos firmes y erguidos, botas altas hasta los muslos con tacones afilados como estiletes, guantes largos y un látigo enrollado en la mano. Su cabello rubio con flequillo caía en ondas suaves sobre su rostro pálido, acentuando sus ojos azules fríos y sus labios rojos curvados en una sonrisa sádica.

Bajo el corsé, un top de leopardo ceñía su piel, evocando una fiera salvaje.
¿Cómo había entrado?
Por arte del guión de la vida, o quizás un cerrajero cómplice; no importaba. Estaba allí, y el aire se cargaba de una atmósfera opresiva, como en esas novelas pulp de dominatrix que se vendían bajo el mostrador.
"¿Qué demonios...?"
balbuceó Carlos, dejando caer el maletín. Intentó retroceder, pero Ingrid chasqueó el látigo con un crack que resonó como un trueno.
"Arrodíllate, cerdo"
ordenó con una voz ronca, autoritaria, que brotaba de lo profundo de su garganta como el humo de un cigarrillo Virginia Slims.
"Hoy pagas por tu arrogancia. Soy tu Ama ahora.
"Carlos, el hombre de familia intachable, sintió un escalofrío. Pensó en su esposa preparando la cena en casa, en sus hijos jugando al fútbol en el patio, en sus amigos del club riendo sobre whiskies.
¿Qué dirían si lo vieran así? Humillado, a merced de esta mujer que había despreciado.
Pero algo en él, un secreto oscuro que había enterrado bajo capas de respetabilidad, se agitó. Obedeció. Se arrodilló en la alfombra shag naranja, el corazón latiéndole como un tambor de rock progresivo.Ingrid se acercó, sus botas crujiendo contra el piso de parquet, sus caderas ondulando con cada paso, revelando destellos de su piel suave bajo el cuero.
"Lame mis botas, gerente exitoso. Lame como el perro que eres." Extendió una pierna, la bota reluciente bajo la luz ámbar, y Carlos vaciló, imaginando a su familia irrumpiendo: su esposa horrorizada, sus hijos confundidos, sus amigos burlándose en el bar.
"¡Si te ven así, lamiendo como un esclavo! ¡El padre ejemplar, el pilar de la sociedad!"
Pero la orden era irresistible. Inclinó la cabeza, su lengua tocando el cuero frío, salado por el polvo de la calle. El sabor a humillación lo invadió, mezclado con un calor prohibido en su entrepierna. Lamió con fervor, su lengua recorriendo las costuras, sintiendo el calor de su muslo a través del material, mientras Ingrid gemía suavemente, su mano enguantada acariciando su propio pecho, endureciendo sus pezones visibles bajo el leopardo.
"Bien, perrito"
, ronroneó Ingrid, tirando de su corbata como una correa. Lo arrastró al dormitorio, donde velas parpadeantes iluminaban esposas de metal colgando del cabecero de hierro forjado. Lo ató a la cama, sus muñecas sujetas con correas de cuero, el cuerpo expuesto bajo su mirada
depredadora.
Desnudándolo lentamente, sus guantes rozando su piel, revelando su miembro erecto palpitante, goteando precúm en anticipación. "Piensa en ellos mientras te domino. En tu esposa cocinando milanesas, en tus amigos jugando al truco.
¿Qué dirían si supieran que su héroe lame botas y suplica por ser follado?
"Con técnica BDSM precisa, como sacada de un manual underground de los setenta, Ingrid lo azotó con el látigo, marcas rojas floreciendo en su piel pálida, cada latigazo enviando ondas de dolor que se convertían en placer, haciendo que su polla se endureciera más.
Lo obligó a confesar sus pecados: la arrogancia en el banco, el desprecio por los débiles, mientras sus dedos enguantados exploraban su ano, lubricándolo con saliva, preparándolo.
Cada latigazo era un recordatorio de su caída. Luego, con guantes de látex, exploró su cuerpo, alternando dolor y placer en una danza sádica: sus uñas arañando su pecho, su boca succionando sus pezones hasta que dolieran, su mano envolviendo su verga dura, masturbándolo lento y tortuoso, deteniéndose justo antes del clímax, haciéndolo rogar.
Carlos gemía, obedeciendo cada orden: "Sí, Ama... por favor, fóllame..." Su mente gritaba de vergüenza, visualizando fotos Polaroid de su humillación circulando en el club, pero su cuerpo traicionaba su excitación, su polla chorreando.
Ingrid montó sobre él, su corsé rozando su pecho, quitándose el top de leopardo para revelar sus senos plenos, pezones rosados erectos.

Se posicionó sobre su rostro primero, obligándolo a lamer su coño húmedo, depilado al estilo setentero, sus jugos fluyendo en su boca mientras ella se frotaba contra su lengua, gimiendo alto, sus caderas girando en un ritmo hipnótico. "Traga, esclavo, piensa en tu familia mientras bebes de mí." Luego, descendió, empalándose en su polla dura, cabalgándolo con fuerza, sus paredes internas apretando como un vicio, lecheando su miembro con cada embestida. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y los de él, su próstata masajeada por un dedo intruso, llevándolo al borde.
El clímax llegó en oleadas intensas: Ingrid convulsionando en un orgasmo squirting, rociando su torso con fluidos calientes, mientras Carlos eyaculaba dentro de ella, chorros interminables de semen llenándola, desbordando, mientras ella lo ordeñaba con contracciones expertas.
Al final, lo liberó, pero con una advertencia: "Vuelve al banco mañana y aprueba mi préstamo.
O esto se repite...
y quizás invite a testigos." Su cuerpo marcado, cubierto de sudor y semen, temblaba de post-orgasmo.

Carlos, exhausto en la cama revuelta, pensó en su familia una vez más. El padre ejemplar, reducido a un esclavo sexual. Pero en el fondo, anhelaba más.
La atmósfera de dominación femenina de esa era, con su liberación sexual velada y tabúes rotos, lo había cambiado para siempre. Ingrid salió, dejando solo el eco de sus tacones y el sabor a su esencia en su boca.Fin.
Bienvenidos a mí nueva página donde recreo escenas icónicas del cine porno de los años 70 a 90 .
Era 1973, en una Buenos Aires envuelta en el humo de cigarrillos y el eco de tangos melancólicos en las radios AM. Carlos Mendoza era el gerente de la sucursal principal del Banco Nacional, un hombre de cuarenta y cinco años que exudaba éxito como el aroma de su colonia Old Spice. Vestido con trajes impecables de lana peinada, corbata ancha y zapatos lustrados, era el padre ejemplar: casado con una devota ama de casa, dos hijos en el colegio católico y un círculo de amigos en el club de golf que lo admiraban por su integridad. Su oficina, con paneles de madera oscura y un retrato de Perón en la pared, era su trono. Desde allí, dictaba destinos financieros con la frialdad de un verdugo.

Aquella tarde de otoño, con el viento frío azotando las calles empedradas, entró Ingrid Larsson.

Una viuda de treinta y ocho años, desempleada desde que su marido murió en un accidente fabril, vestida con un abrigo raído y un vestido modesto que recordaba las modas de los sesenta. Su cabello rubio platino cortado en un bob con flequillo recto enmarcaba unos ojos azules penetrantes, enmarcados por ojeras de noches sin dormir, suplicaban piedad. Sus labios carnosos, pintados de un rojo sutil, se curvaban en una mueca de desesperación.
"Señor Mendoza, por favor... necesito un préstamo. Mi casa está a punto de ser embargada.
Tengo tres hijos que dependen de mí.
"Carlos la miró por encima de sus gafas de carey, con una sonrisa condescendiente que no llegaba a sus ojos.
"Señora Larsson, el banco no es una obra de caridad. Sin garantías, sin empleo... ¿qué me ofrece? ¿Lágrimas?" La sacó cagando de su oficina, con un gesto despectivo que resonó en el pasillo.
"Vuelva cuando tenga algo real que ofrecer." Ingrid salió humillada, pero en sus ojos azules brillaba una chispa de venganza que Carlos, en su arrogancia, no notó.
Al atardecer, Carlos llegó a su departamento en un edificio art déco de Recoleta, con su maletín de cuero en la mano y el periódico bajo el brazo.

El ascensor chirrió como en una película de Hitchcock, y al abrir la puerta, el aroma a cuero y perfume barato lo golpeó. La luz tenue de una lámpara de lava proyectaba sombras danzantes en las paredes tapizadas con papel floreado.
Allí, en el centro de su sala, estaba Ingrid. Pero no la viuda vulnerable. Vestida como una diosa de la dominación femenina de los setenta: corsé de cuero negro ceñido a su figura voluptuosa, revelando la curva de sus pechos firmes y erguidos, botas altas hasta los muslos con tacones afilados como estiletes, guantes largos y un látigo enrollado en la mano. Su cabello rubio con flequillo caía en ondas suaves sobre su rostro pálido, acentuando sus ojos azules fríos y sus labios rojos curvados en una sonrisa sádica.

Bajo el corsé, un top de leopardo ceñía su piel, evocando una fiera salvaje.
¿Cómo había entrado?
Por arte del guión de la vida, o quizás un cerrajero cómplice; no importaba. Estaba allí, y el aire se cargaba de una atmósfera opresiva, como en esas novelas pulp de dominatrix que se vendían bajo el mostrador.
"¿Qué demonios...?"
balbuceó Carlos, dejando caer el maletín. Intentó retroceder, pero Ingrid chasqueó el látigo con un crack que resonó como un trueno.
"Arrodíllate, cerdo"
ordenó con una voz ronca, autoritaria, que brotaba de lo profundo de su garganta como el humo de un cigarrillo Virginia Slims.
"Hoy pagas por tu arrogancia. Soy tu Ama ahora.
"Carlos, el hombre de familia intachable, sintió un escalofrío. Pensó en su esposa preparando la cena en casa, en sus hijos jugando al fútbol en el patio, en sus amigos del club riendo sobre whiskies.
¿Qué dirían si lo vieran así? Humillado, a merced de esta mujer que había despreciado.
Pero algo en él, un secreto oscuro que había enterrado bajo capas de respetabilidad, se agitó. Obedeció. Se arrodilló en la alfombra shag naranja, el corazón latiéndole como un tambor de rock progresivo.Ingrid se acercó, sus botas crujiendo contra el piso de parquet, sus caderas ondulando con cada paso, revelando destellos de su piel suave bajo el cuero.
"Lame mis botas, gerente exitoso. Lame como el perro que eres." Extendió una pierna, la bota reluciente bajo la luz ámbar, y Carlos vaciló, imaginando a su familia irrumpiendo: su esposa horrorizada, sus hijos confundidos, sus amigos burlándose en el bar.
"¡Si te ven así, lamiendo como un esclavo! ¡El padre ejemplar, el pilar de la sociedad!"
Pero la orden era irresistible. Inclinó la cabeza, su lengua tocando el cuero frío, salado por el polvo de la calle. El sabor a humillación lo invadió, mezclado con un calor prohibido en su entrepierna. Lamió con fervor, su lengua recorriendo las costuras, sintiendo el calor de su muslo a través del material, mientras Ingrid gemía suavemente, su mano enguantada acariciando su propio pecho, endureciendo sus pezones visibles bajo el leopardo.
"Bien, perrito"
, ronroneó Ingrid, tirando de su corbata como una correa. Lo arrastró al dormitorio, donde velas parpadeantes iluminaban esposas de metal colgando del cabecero de hierro forjado. Lo ató a la cama, sus muñecas sujetas con correas de cuero, el cuerpo expuesto bajo su mirada
depredadora.
Desnudándolo lentamente, sus guantes rozando su piel, revelando su miembro erecto palpitante, goteando precúm en anticipación. "Piensa en ellos mientras te domino. En tu esposa cocinando milanesas, en tus amigos jugando al truco.
¿Qué dirían si supieran que su héroe lame botas y suplica por ser follado?
"Con técnica BDSM precisa, como sacada de un manual underground de los setenta, Ingrid lo azotó con el látigo, marcas rojas floreciendo en su piel pálida, cada latigazo enviando ondas de dolor que se convertían en placer, haciendo que su polla se endureciera más.
Lo obligó a confesar sus pecados: la arrogancia en el banco, el desprecio por los débiles, mientras sus dedos enguantados exploraban su ano, lubricándolo con saliva, preparándolo.
Cada latigazo era un recordatorio de su caída. Luego, con guantes de látex, exploró su cuerpo, alternando dolor y placer en una danza sádica: sus uñas arañando su pecho, su boca succionando sus pezones hasta que dolieran, su mano envolviendo su verga dura, masturbándolo lento y tortuoso, deteniéndose justo antes del clímax, haciéndolo rogar.
Carlos gemía, obedeciendo cada orden: "Sí, Ama... por favor, fóllame..." Su mente gritaba de vergüenza, visualizando fotos Polaroid de su humillación circulando en el club, pero su cuerpo traicionaba su excitación, su polla chorreando.
Ingrid montó sobre él, su corsé rozando su pecho, quitándose el top de leopardo para revelar sus senos plenos, pezones rosados erectos.

Se posicionó sobre su rostro primero, obligándolo a lamer su coño húmedo, depilado al estilo setentero, sus jugos fluyendo en su boca mientras ella se frotaba contra su lengua, gimiendo alto, sus caderas girando en un ritmo hipnótico. "Traga, esclavo, piensa en tu familia mientras bebes de mí." Luego, descendió, empalándose en su polla dura, cabalgándolo con fuerza, sus paredes internas apretando como un vicio, lecheando su miembro con cada embestida. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y los de él, su próstata masajeada por un dedo intruso, llevándolo al borde.
El clímax llegó en oleadas intensas: Ingrid convulsionando en un orgasmo squirting, rociando su torso con fluidos calientes, mientras Carlos eyaculaba dentro de ella, chorros interminables de semen llenándola, desbordando, mientras ella lo ordeñaba con contracciones expertas.
Al final, lo liberó, pero con una advertencia: "Vuelve al banco mañana y aprueba mi préstamo.
O esto se repite...
y quizás invite a testigos." Su cuerpo marcado, cubierto de sudor y semen, temblaba de post-orgasmo.

Carlos, exhausto en la cama revuelta, pensó en su familia una vez más. El padre ejemplar, reducido a un esclavo sexual. Pero en el fondo, anhelaba más.
La atmósfera de dominación femenina de esa era, con su liberación sexual velada y tabúes rotos, lo había cambiado para siempre. Ingrid salió, dejando solo el eco de sus tacones y el sabor a su esencia en su boca.Fin.
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