Pasaron un par de semanas desde esa tarde en casa con el strapon de Sabrina que me había dejado temblando y con la mente revuelta. El verano del 2000 seguía aplastando Buenos Aires con un calor húmedo que te pegaba la ropa al cuerpo y te hacía pensar en cosas que no debías. Sabrina y yo habíamos hablado mucho después de esa noche; ella no paraba de preguntarme detalles, de cómo se sentía la pija de Carlos en mi boca, cómo me había hecho gemir como putita. No había celos en su voz, solo una excitación cruda, casi animal. “Quiero verlo en acción, Javier”, me dijo una noche mientras me acariciaba la cola aún sensible. “Quiero ver cómo te domina, cómo te hace suyo. Y yo… quiero probar esa pija que tanto te volvió loco”. Sus palabras me encendieron al instante. Al día siguiente le escribí a Carlos: “Vení a casa este sábado. Sabrina te quiere conocer… de cerca”. Su respuesta llegó en segundos: “Allá voy, putito. Preparate para mí”.
El sábado llegó con el sol quemando las veredas. Sabrina se había preparado como si fuera a salir a cazar: un vestido corto de tela liviana que se adhería a sus curvas, sin nada debajo —ni sostén ni tanga—, los pezones duros marcándose contra la tela fina y el contorno de su concha apenas insinuado cuando la luz la atravesaba. Su pelo suelto olía a shampoo de vainilla y su perfume dulce flotaba en el aire. Yo llevaba un short flojo y una remera vieja, pero debajo solo tenía un bóxer ajustado que ya sentía apretado por la anticipación. Limpiamos el living, pusimos un disco de Spinetta de fondo para bajar un poco la tensión, y dejamos cervezas frías en la mesa. El timbre sonó a las ocho en punto.
Abrí la puerta y ahí estaba Carlos: cincuenta y pico, alto, ancho de hombros, con esa presencia de macho alfa que llenaba el espacio sin esfuerzo. Traía el mismo jogging gris suave de siempre —el que dejaba ver cada centímetro de su pija cuando se ponía duro— y una camisa abierta que mostraba el pecho velloso y fuerte. Me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida, me dio un abrazo corto pero firme, su cuerpo presionando contra el mío lo suficiente para que sintiera el bulto pesado rozándome.
—Qué lindo verte de nuevo, putito —murmuró cerca de mi oído, solo para mí. Luego levantó la vista y vio a Sabrina parada en el living, con los brazos cruzados y una sonrisa lenta—. Y vos sos Sabrina… te conozco de vista del barrio. Siempre me pareciste una mina que no se anda con vueltas.
Sabrina se acercó sin prisa, le dio dos besos en las mejillas, pero dejó que su cuerpo rozara el de él más de lo necesario. Sus pechos se apretaron contra su torso un segundo de más, y el vestido se levantó apenas lo suficiente para que Carlos notara que no llevaba nada debajo.
—Te conozco de vista hace años, Carlos. Siempre pensé que tenías pinta de tener algo grosso escondido —dijo ella con voz baja, mirando directo hacia su entrepierna—. Y por lo que me contó Javier… no me equivoqué.
Carlos soltó una risa grave, segura, y se sentó en el sofá como si la casa fuera suya. Sabrina se acomodó a su lado, muy cerca, y yo me senté del otro lado, sintiendo ya el nudo en el estómago. Empezamos con cervezas y charla liviana, pero Sabrina no perdía tiempo. “Contame cómo empezó todo con mi novio”, le pidió, su mano descansando en el muslo de Carlos. Él contó su versión con calma, sin apuro: los roces en la peluquería, cómo mi mano había respondido, el lavadero, el cuartito trasero. Mientras hablaba, su pija empezó a endurecerse bajo el jogging, el contorno grueso y largo marcándose claramente contra la tela elástica. Sabrina no disimulaba; sus ojos iban directo ahí, mordiéndose el labio.
—Siempre supe que tenías una pija impresionante —dijo ella de repente, sin filtro—. La veía marcarse cuando pasabas por el barrio con ese jogging. Me dejaba pensando… qué se sentiría tenerla adentro.
Carlos la miró fijo, con esa mirada de macho que no pide permiso.
—Ahora vas a saberlo, linda. Pero primero… dejá que tu putito me prepare.
Me miró a mí, y con un gesto de cabeza me indicó que me arrodillara frente a él. Sabrina se levantó para tener mejor vista, su vestido subiéndose un poco por los muslos y dejando entrever que efectivamente no llevaba tanga: su concha depilada y ya húmeda brillaba sutilmente bajo la luz tenue. Me arrodillé entre las piernas abiertas de Carlos, el corazón latiéndome en la garganta. Él se bajó el jogging despacio, liberando su pija: gruesa, venosa, unos 22-23 cm de pura dureza, la cabeza ya brillante por una gota de pre-semen. El olor masculino me golpeó de lleno, y sentí cómo mi propia pija se ponía dura al instante.
—Besala primero, putita —ordenó Carlos, su voz grave y dominante—. Como la primera vez, pero ahora con tu novia mirando.
Apoyé los labios en la punta, suave, temblando un poco. Besé despacio, sintiendo el calor, la piel tensa, el sabor salado. Sabrina se acercó, se arrodilló a mi lado y empezó a besarla conmigo. Nuestras lenguas se encontraron en la cabeza de su pija, lamiendo juntas, succionando por turnos. Carlos gemía bajo, sus manos grandes en nuestras cabezas, guiándonos sin apuro. Yo lamía con avidez, torpe pero ansioso, recorriendo las venas desde la base hasta la punta, chupando la cabeza con succiones profundas mientras Sabrina lamía los huevos pesados, metiéndoselos en la boca uno a uno, gimiendo de placer puro.
—Qué pija rica… tan gruesa, tan dura —murmuraba Sabrina entre lamidas, sus ojos cerrados en éxtasis—. Siempre quise probar una así… mirá cómo me llena la boca, Javier. Mirá lo que te hace a vos, putito.
Carlos disfrutaba el show, pero pronto tomó el control. Se levantó, nos hizo ponernos a los dos a cuatro patas en la cama, cola para arriba. Primero fue con Sabrina: le levantó el vestido hasta la cintura —sin tanga que quitar, solo piel desnuda y caliente—, y entró de una embestida lenta pero implacable. Ella gritó de placer, sus paredes apretando alrededor de su grosor.
—¡Dios, qué grande! Me parte… cogeme fuerte, Carlos, como macho que sos —suplicó, empujando hacia atrás para tragársela toda.
Él la cogió con ritmo firme, profundo, sus caderas chocando contra su cola con sonidos secos y potentes. Sabrina gemía sin control, disfrutando cada centímetro, cada embestida que la llenaba hasta el fondo. “Me encanta esta pija… me destroza… seguí, no pares”, repetía, su voz entrecortada. Yo me arrodillé frente a ella y metí mi pija en su boca; ella chupaba con desesperación mientras Carlos la penetraba, sus gemidos vibrando alrededor de mí.
Después de hacerla acabar una vez —un orgasmo que la dejó temblando y chorreando sobre las sábanas—, Carlos salió de ella con un pop húmedo y se giró hacia mí.
—Tu turno, putita. Abrí esa cola para mí.
Me puse a cuatro patas al lado de Sabrina, que se recostó para mirar, tocándose con una mano mientras con la otra acariciaba mi espalda. Carlos se arrodilló detrás, separó mis nalgas con manos fuertes y empezó a lamer mi ano: lengua experta rodeando el borde, presionando el centro, chupando con succiones que me hicieron gemir alto, arqueándome como una nena. “Relajate… vas a tomar todo”, gruñó, lubricando su cabeza con saliva y mis propios jugos. Presionó contra mi entrada, la cabeza gruesa estirándome despacio, el dolor inicial mezclándose con un placer que me nublaba la vista. Entró centímetro a centímetro hasta quedar todo adentro, pulsando en mis entrañas.
—Sentilo bien, putito… mi pija te está marcando —dijo, empezando a moverse con embestidas lentas pero profundas.
Gemí como nunca, sintiendo cada vena, cada latido dentro de mí. Sabrina se acercó, besándome la boca mientras Carlos me cogía, susurrándome: “Mirá qué lindo te veías siendo putita… te llena toda, ¿no? Te encanta que te coja un macho de verdad”.
Carlos aceleró, sus manos agarrándome las caderas con fuerza, penetrándome con ritmo animal, golpeando mi próstata una y otra vez. Yo empujaba hacia atrás, entregado por completo, gimiendo sin control. Sabrina se colocó debajo de mí, abriendo las piernas, y metí mi pija en su concha aún húmeda y caliente por la cogida anterior. Empecé a cogérmela mientras Carlos me cogía a mí: un engranaje perfecto de placer. Cada embestida de Carlos se transmitía a través de mi cuerpo hasta Sabrina, que gritaba de éxtasis.
—Cogeme, Javier… mientras él te llena la cola… qué rico verte así, putito mío… —gemía ella, sus paredes apretándome fuerte.
Carlos rugió cuando acabó: su pija explotó dentro de mí, chorros calientes y abundantes de leche inundando mi cola, resbalando por mis muslos, marcándome por dentro. La sensación me empujó al límite; acabé dentro de Sabrina con un grito ahogado, mi liberación mezclándose con sus jugos mientras ella tenía su segundo orgasmo, convulsionando entre nosotros, gritando: “¡Sí… llenenme los dos! Qué macho sos, Carlos… y qué putita hermosa sos vos, Javier… más, más”.
Nos derrumbamos exhaustos, cuerpos sudados y pegajosos, respiraciones entrecortadas. Sabrina besó a Carlos primero —un beso largo, agradecido por la pija que tanto había deseado—, luego a mí, probando los sabores mezclados en mi boca. “Esto no termina acá”, susurró, su mano acariciando la pija aún semi-dura de Carlos. Ese sábado de verano se grabó en mi piel, en mi memoria, como el día en que dejé de ser solo curioso y me convertí en la putita de un macho alfa… con mi novia disfrutándolo a pleno.
El sábado llegó con el sol quemando las veredas. Sabrina se había preparado como si fuera a salir a cazar: un vestido corto de tela liviana que se adhería a sus curvas, sin nada debajo —ni sostén ni tanga—, los pezones duros marcándose contra la tela fina y el contorno de su concha apenas insinuado cuando la luz la atravesaba. Su pelo suelto olía a shampoo de vainilla y su perfume dulce flotaba en el aire. Yo llevaba un short flojo y una remera vieja, pero debajo solo tenía un bóxer ajustado que ya sentía apretado por la anticipación. Limpiamos el living, pusimos un disco de Spinetta de fondo para bajar un poco la tensión, y dejamos cervezas frías en la mesa. El timbre sonó a las ocho en punto.
Abrí la puerta y ahí estaba Carlos: cincuenta y pico, alto, ancho de hombros, con esa presencia de macho alfa que llenaba el espacio sin esfuerzo. Traía el mismo jogging gris suave de siempre —el que dejaba ver cada centímetro de su pija cuando se ponía duro— y una camisa abierta que mostraba el pecho velloso y fuerte. Me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida, me dio un abrazo corto pero firme, su cuerpo presionando contra el mío lo suficiente para que sintiera el bulto pesado rozándome.
—Qué lindo verte de nuevo, putito —murmuró cerca de mi oído, solo para mí. Luego levantó la vista y vio a Sabrina parada en el living, con los brazos cruzados y una sonrisa lenta—. Y vos sos Sabrina… te conozco de vista del barrio. Siempre me pareciste una mina que no se anda con vueltas.
Sabrina se acercó sin prisa, le dio dos besos en las mejillas, pero dejó que su cuerpo rozara el de él más de lo necesario. Sus pechos se apretaron contra su torso un segundo de más, y el vestido se levantó apenas lo suficiente para que Carlos notara que no llevaba nada debajo.
—Te conozco de vista hace años, Carlos. Siempre pensé que tenías pinta de tener algo grosso escondido —dijo ella con voz baja, mirando directo hacia su entrepierna—. Y por lo que me contó Javier… no me equivoqué.
Carlos soltó una risa grave, segura, y se sentó en el sofá como si la casa fuera suya. Sabrina se acomodó a su lado, muy cerca, y yo me senté del otro lado, sintiendo ya el nudo en el estómago. Empezamos con cervezas y charla liviana, pero Sabrina no perdía tiempo. “Contame cómo empezó todo con mi novio”, le pidió, su mano descansando en el muslo de Carlos. Él contó su versión con calma, sin apuro: los roces en la peluquería, cómo mi mano había respondido, el lavadero, el cuartito trasero. Mientras hablaba, su pija empezó a endurecerse bajo el jogging, el contorno grueso y largo marcándose claramente contra la tela elástica. Sabrina no disimulaba; sus ojos iban directo ahí, mordiéndose el labio.
—Siempre supe que tenías una pija impresionante —dijo ella de repente, sin filtro—. La veía marcarse cuando pasabas por el barrio con ese jogging. Me dejaba pensando… qué se sentiría tenerla adentro.
Carlos la miró fijo, con esa mirada de macho que no pide permiso.
—Ahora vas a saberlo, linda. Pero primero… dejá que tu putito me prepare.
Me miró a mí, y con un gesto de cabeza me indicó que me arrodillara frente a él. Sabrina se levantó para tener mejor vista, su vestido subiéndose un poco por los muslos y dejando entrever que efectivamente no llevaba tanga: su concha depilada y ya húmeda brillaba sutilmente bajo la luz tenue. Me arrodillé entre las piernas abiertas de Carlos, el corazón latiéndome en la garganta. Él se bajó el jogging despacio, liberando su pija: gruesa, venosa, unos 22-23 cm de pura dureza, la cabeza ya brillante por una gota de pre-semen. El olor masculino me golpeó de lleno, y sentí cómo mi propia pija se ponía dura al instante.
—Besala primero, putita —ordenó Carlos, su voz grave y dominante—. Como la primera vez, pero ahora con tu novia mirando.
Apoyé los labios en la punta, suave, temblando un poco. Besé despacio, sintiendo el calor, la piel tensa, el sabor salado. Sabrina se acercó, se arrodilló a mi lado y empezó a besarla conmigo. Nuestras lenguas se encontraron en la cabeza de su pija, lamiendo juntas, succionando por turnos. Carlos gemía bajo, sus manos grandes en nuestras cabezas, guiándonos sin apuro. Yo lamía con avidez, torpe pero ansioso, recorriendo las venas desde la base hasta la punta, chupando la cabeza con succiones profundas mientras Sabrina lamía los huevos pesados, metiéndoselos en la boca uno a uno, gimiendo de placer puro.
—Qué pija rica… tan gruesa, tan dura —murmuraba Sabrina entre lamidas, sus ojos cerrados en éxtasis—. Siempre quise probar una así… mirá cómo me llena la boca, Javier. Mirá lo que te hace a vos, putito.
Carlos disfrutaba el show, pero pronto tomó el control. Se levantó, nos hizo ponernos a los dos a cuatro patas en la cama, cola para arriba. Primero fue con Sabrina: le levantó el vestido hasta la cintura —sin tanga que quitar, solo piel desnuda y caliente—, y entró de una embestida lenta pero implacable. Ella gritó de placer, sus paredes apretando alrededor de su grosor.
—¡Dios, qué grande! Me parte… cogeme fuerte, Carlos, como macho que sos —suplicó, empujando hacia atrás para tragársela toda.
Él la cogió con ritmo firme, profundo, sus caderas chocando contra su cola con sonidos secos y potentes. Sabrina gemía sin control, disfrutando cada centímetro, cada embestida que la llenaba hasta el fondo. “Me encanta esta pija… me destroza… seguí, no pares”, repetía, su voz entrecortada. Yo me arrodillé frente a ella y metí mi pija en su boca; ella chupaba con desesperación mientras Carlos la penetraba, sus gemidos vibrando alrededor de mí.
Después de hacerla acabar una vez —un orgasmo que la dejó temblando y chorreando sobre las sábanas—, Carlos salió de ella con un pop húmedo y se giró hacia mí.
—Tu turno, putita. Abrí esa cola para mí.
Me puse a cuatro patas al lado de Sabrina, que se recostó para mirar, tocándose con una mano mientras con la otra acariciaba mi espalda. Carlos se arrodilló detrás, separó mis nalgas con manos fuertes y empezó a lamer mi ano: lengua experta rodeando el borde, presionando el centro, chupando con succiones que me hicieron gemir alto, arqueándome como una nena. “Relajate… vas a tomar todo”, gruñó, lubricando su cabeza con saliva y mis propios jugos. Presionó contra mi entrada, la cabeza gruesa estirándome despacio, el dolor inicial mezclándose con un placer que me nublaba la vista. Entró centímetro a centímetro hasta quedar todo adentro, pulsando en mis entrañas.
—Sentilo bien, putito… mi pija te está marcando —dijo, empezando a moverse con embestidas lentas pero profundas.
Gemí como nunca, sintiendo cada vena, cada latido dentro de mí. Sabrina se acercó, besándome la boca mientras Carlos me cogía, susurrándome: “Mirá qué lindo te veías siendo putita… te llena toda, ¿no? Te encanta que te coja un macho de verdad”.
Carlos aceleró, sus manos agarrándome las caderas con fuerza, penetrándome con ritmo animal, golpeando mi próstata una y otra vez. Yo empujaba hacia atrás, entregado por completo, gimiendo sin control. Sabrina se colocó debajo de mí, abriendo las piernas, y metí mi pija en su concha aún húmeda y caliente por la cogida anterior. Empecé a cogérmela mientras Carlos me cogía a mí: un engranaje perfecto de placer. Cada embestida de Carlos se transmitía a través de mi cuerpo hasta Sabrina, que gritaba de éxtasis.
—Cogeme, Javier… mientras él te llena la cola… qué rico verte así, putito mío… —gemía ella, sus paredes apretándome fuerte.
Carlos rugió cuando acabó: su pija explotó dentro de mí, chorros calientes y abundantes de leche inundando mi cola, resbalando por mis muslos, marcándome por dentro. La sensación me empujó al límite; acabé dentro de Sabrina con un grito ahogado, mi liberación mezclándose con sus jugos mientras ella tenía su segundo orgasmo, convulsionando entre nosotros, gritando: “¡Sí… llenenme los dos! Qué macho sos, Carlos… y qué putita hermosa sos vos, Javier… más, más”.
Nos derrumbamos exhaustos, cuerpos sudados y pegajosos, respiraciones entrecortadas. Sabrina besó a Carlos primero —un beso largo, agradecido por la pija que tanto había deseado—, luego a mí, probando los sabores mezclados en mi boca. “Esto no termina acá”, susurró, su mano acariciando la pija aún semi-dura de Carlos. Ese sábado de verano se grabó en mi piel, en mi memoria, como el día en que dejé de ser solo curioso y me convertí en la putita de un macho alfa… con mi novia disfrutándolo a pleno.
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