
Aquí me tienes, sentada tras mi escritorio de caoba. Tengo el aire a tope porque me siento acalorada; mi blusa de seda blanca es tan fina que mis pezones, erizados por el frío, apuntan hacia adelante marcándose con un descaro que me hace sonreír. Llevo una falda de tubo negra que abraza mis caderas y piernas gruesas, pero el papeleo me tiene la espalda muerta. Me recojo el pelo negro en una coleta alta que cae hasta mi trasero y llamo por el intercomunicador: "Mariana, ven a mi oficina".
Entra ella, una muñequita de 23 años, delgada, de ojos verdes y cinturita. Cierro la puerta con llave y me apoyo en el escritorio. "Ayúdame con la espalda", le digo, mientras mis ojos achinados la recorren. Me desabrocho la blusa y ella comienza un masaje con aceite tibio. Pero la profesionalidad se rompe cuando siento sus pechos rozar mi espalda desnuda. Me giro, quedando a centímetros de su rostro. Sus manos, antes terapéuticas, se deslizan bajo mi falda rodeando mis muslos hasta buscar mi intimidad.
—Mariana... ¿qué haces? —el reclamo muere en un gemido.
Ella no responde. Se quita la blusa, dejando ver sus pechos firmes. Verla tan decidida me calienta más que mi marido. Me da la vuelta con una fuerza sorprendente, apoyándome contra los informes del escritorio. Me sube la falda y, mientras sus dedos se entierran en mis nalgas, su lengua empieza a recorrer mi trasero, saboreándome con una lentitud tortuosa. El contraste de su calor con el frío de la oficina me hace clavar las uñas en la madera. Baja hacia mi vagina y su lengua experta me hace gritar, mientras introduce dos dedos largos que me hacen vibrar.
Estallo en un orgasmo que me sacude hasta el pelo negro. Pero esto no termina aquí. Mis hoyuelos aparecen con intención depredadora; la tomo de las muñecas y la empujo contra la pared. La subo al escritorio, le bajo el pantalón y entierro mi cara en su pecho de porcelana. Bajo hacia su cinturita y, con los dientes, aparto su lencería. Mi lengua la devora mientras introduzco tres dedos profundamente en ella.
Busco algo más. Tomo un frasco de vidrio pesado y frío de aceite y lo introduzco en ella sin anestesia. Mariana suelta un grito desgarrador que atraviesa la puerta. De repente, la manija gira. Es Jorge, el fisioterapeuta: "¿Eli? ¿Está todo bien?".
Con una mano muevo el frasco dentro de ella y con la otra le tapo la boca, hundiéndole los dedos para que sus hoyuelos se marquen.
—¡Estoy ocupada, Jorge! Se cayeron unos archivos. ¡Vuelve a tus pacientes! —grito con mi mejor voz de jefa.
Cuando sus pasos se alejan, le doy un último empuje violento. Mariana se sacude en un clímax salvaje, mordiéndose el brazo para no gritar.
Me arreglo la falda y abrocho mi blusa, ocultando mis pezones aún tiesos. Ayudo a Mariana con su uniforme y le digo con brillo travieso: "Arréglate el pelo, no queremos que piensen que soy muy exigente".
0 comentarios - Incidente en la Administración: Eli y Mariana (fotos d Mari)