
Mi nombre es Ana, y si me preguntan cómo empezó esta locura que es mi vida, siempre vuelvo a ese día en la universidad. Era el 2015, yo tenía 20 años y estudiaba Marketing en la Universidad Nacional. Me encantaba esa carrera porque me permitía soñar con campañas creativas, colores vibrantes y cómo vender ideas a la gente sin que se dieran cuenta. Pero la realidad era menos glamorosa, exámenes, cafeterías llenas de estudiantes estresados y yo, una chica tímida que prefería esconderse detrás de mis libros en lugar de socializar. Siempre he sido cerrada, especialmente con los chicos me ponía nerviosa, tartamudeaba, y prefería evitar el contacto para no hacer el ridículo. Nunca fui de las que coqueteaban en fiestas; mi idea de intimidad era leer un libro sola en mi habitación, ignorando ese calor ocasional que sentía entre las piernas cuando pensaba en alguien atractivo.
Él se llamaba Diego. Lo supe después, claro. Estudiaba Administración de Empresas con un enfoque en emprendimiento, algo que lo obsesionaba porque siempre hablaba de crear su propia compañía textil. Quería revolucionar la moda sostenible, usando telas ecológicas y diseños accesibles. Lo vi por primera vez en la cafetería del campus, un lugar ruidoso con mesas pegajosas y olor a café quemado mezclado con fritanga de los sándwiches. El aire era sofocante, cargado de humo de cigarrillos robados en la puerta trasera, y yo estaba sentada en una esquina con mi laptop, revisando notas sobre estrategias de branding, tratando de ignorar el bullicio.

Diego estaba hundido en sus papeles, el cabello revuelto, la frente fruncida por el estrés. Parecía que llevaba horas allí, con una pila de hojas sobre textiles y planes de negocio. De repente, al moverse para tomar su café, unas cuantas hojas se le cayeron al suelo y rodaron bajo mi mesa. Él ni se dio cuenta, perdido en sus cálculos. Yo dudé un segundo soy de las que evitan el contacto visual con extraños, pero algo me impulsó a agacharme y recogerlas. Eran diagramas de cadenas de suministro, garabatos de ideas para una fábrica de ropa ecológica.
Me acerqué a su mesa con las hojas en la mano, mi corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
ANA- Disculpa, se te cayeron esto
Dije con una sonrisa que intenté hacer cálida, aunque mis mejillas ardían y mi voz salió un poco temblorosa. Él levantó la vista, y por un momento, su expresión estresada se congeló. Sus ojos marrones se abrieron grandes, como si yo fuera un fantasma o algo salido de sus sueños.
DIEGO- Oh... gracias
Murmuró, tomando las hojas con manos temblorosas.
DIEGO- No me di cuenta... mierda, soy un desastre hoy.
Su voz era ronca, cansada, pero había una chispa en su mirada que me dejó clavada allí. Yo solo asentí, dije
ANA- No hay problema
Y me di la vuelta para volver a mi asiento, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no sabía si era nervios o algo más. Pero mientras caminaba, sentí sus ojos en mi espalda. En mi mente, todo era un torbellino. ¿Por qué le sonreí así? Soy una idiota... siempre he sido la chica cerrada, la que evita a los chicos porque me pongo nerviosa y digo estupideces. Sin embargo, algo en su mirada estupefacta me había impactado.

Era como si yo, con mi falda sencilla y mi coleta desordenada, hubiera sido la primera cosa buena que le pasaba ese día. Y para ser honesta, en mi cabeza también había un shock, nunca me había acercado a un chico así, y sentir su mirada me hizo pensar en cosas que no debería, como cómo se sentiría su mano en mi cintura, o si besaría bien. Pero lo ignoré, como siempre hacía con esos impulsos tímidos que me daban vergüenza. Los días siguientes no fueron mágicos, sino torpes y llenos de coincidencias que me ponían los nervios de punta. Una semana después, nos chocamos en el pasillo de la biblioteca literalmente. Yo cargaba libros de marketing digital, él un montón de muestras de tela para un proyecto. El aire allí era más fresco, con olor a libros viejos y polvo, pero el impacto me dejó sin aliento.
ANA- ¡Lo siento!
Exclamé, agachándome a recoger mis cosas, mi cara roja como tomate. Él se rio, una risa genuina pero nerviosa, y me ayudó.
DIEGO- No, culpa mía. Soy Diego, por cierto. Gracias por las hojas el otro día.
ANA- Ana
Respondí, sintiendo un calor subir por mi cuello. Nuestra primera conversación fue breve y con nervios de por medio, él me contó sobre su sueño de una empresa textil ecológica, yo tartamudeé algo sobre cómo el marketing podía ayudar a vender esa idea.
ANA- Suena genial
Dije, y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí tan tímida hablando con un chico, aunque mis manos temblaban y evité mirarlo directo a los ojos. De ahí, las "casualidades" se multiplicaron. Nos encontramos en la cafetería otra vez, compartimos una mesa porque no había espacio, y la charla fluyó un poco mejor, aunque yo derramé mi café por nervios y él tuvo que ayudarme a limpiar, riendo.
ANA- Eres un desastre ambulante como yo
Bromeó. Nuestra primera cita real fue un fracaso: quedamos para un paseo en el campus, pero empezó a llover a cántaros, empapándonos hasta los huesos. El aire olía a tierra mojada y ozono, y corrimos a refugiarnos bajo un toldo, temblando de frío.
ANA- Esto es un desastre
Dije riendo, pero él me miró serio y dijo
DIEGO- No, es perfecto porque estoy contigo

Me besó ahí, torpe al principio, nuestros labios fríos y mojados, pero algo se encendió en mí un calor que iba más allá del beso, bajando directo a mi entrepierna. Nunca había sentido eso tan fuerte, pensé, asustada de mi propia excitación. Siempre había sido tímida en lo sexual, evitando hasta las fantasías, pero con Diego... era diferente. Los años pasaron en un torbellino, graduación, boda sencilla con amigos y familia, y yo uniéndome a su sueño textil como marketing. Al principio fue apasionado trabajábamos días enteros en la oficina improvisada de nuestro apartamento, y terminábamos follando sobre el escritorio, exhaustos pero felices.


Pero luego vinieron los problemas. Diego fue diagnosticado con esterilidad poco después de la boda; los médicos dijeron que era algo genético, imposible tener hijos naturalmente. Intentamos tratamientos, pero el estrés lo consumió, y nuestra intimidad se resintió. Ya no era el chico apasionado; el sexo se volvió mecánico, como una obligación para "intentarlo". Y con la empresa creciendo o intentando crecer, nos convertimos más en compañeros de oficina que en esposos. Últimamente, nuestro matrimonio no es lo mismo, hablamos de facturas en vez de sueños, dormimos dándonos la espalda, y la intimidad... bueno, hace meses que no siento ese fuego. Me siento sola en mi propia cama, preguntándome si alguna vez volveremos a ser los de antes. ¿Soy yo la que cambió, o él? ¿O es que la vida nos jodió a ambos? Pero los sueños se rompen, ¿verdad?
Ahora, en el presente, todo eso parece un recuerdo lejano. Estoy sentada en una oficina fría y gris del banco, el aire cargado de olor a cigarrillo rancio y papeles viejos, con un ventilador ruidoso zumbando en el fondo como un insecto molesto. Frente a nosotros, una señora malhumorada nos mira con desprecio puro, como si fuéramos cucarachas que le ensucian el escritorio. Su traje arrugado huele a humo de tabaco, y sus ojos pequeños nos barren con superioridad.
GERENTE DEL BANCO- Señor y señora López
Dice con voz áspera, empujando unos papeles hacia nosotros como si le diéramos asco tocarlos.
GERENTE DEL BANCO- Sus deudas son un puto desastre. La empresa textil ha acumulado pérdidas por más de 2 millones de dólares en préstamos no pagados. Sus bienes la casa, los dos carros, las cuentas bancarias quedan embargados como forma de pago y queda pendiente que cancelen el total que serian un millón de dólares. No hay negociación, no hay prórrogas. Firmen aquí y salgan de mi oficina antes de que llame a seguridad. Gente como ustedes me hace perder el tiempo todos los días con sus fracasos
Siento un nudo en la garganta que me ahoga, las lágrimas quemándome los ojos mientras firmo con mano temblorosa. ¿Cómo llegamos aquí?, pienso, el pecho apretado por la tristeza. Diego, mi Diego murmura
DIEGO- Lo siento, Ana
Pero yo solo puedo asentir, conteniendo un sollozo. Todo lo que construimos se desmorona, y ahora, sin nada... ¿dónde iremos?
Salimos del banco como zombis. El aire de la calle era espeso, cargado de olor a asfalto recalentado por el sol y humo de escapes. Miré hacia el estacionamiento y sentí que me clavaban un cuchillo: nuestro Mercedez gris, el que habíamos comprado con tanto esfuerzo cuando la empresa empezaba a despegar, ya estaba siendo remolcado por una grúa. Dos tipos con chalecos amarillos lo enganchaban sin mirarnos, como si fuéramos aire.
ANA- ¡Ese es nuestro!
Grité, la voz quebrada, pero uno solo se encogió de hombros
HOMBRE DE GRUA- Órdenes del banco, señora. Llamen a su abogado
Diego me agarró del brazo con fuerza
DIEGO- Déjalo, Ana. No hay nada que hacer.
Las lágrimas que había contenido en la oficina ahora corrían libres, calientes y saladas, mientras veíamos cómo se llevaban nuestro último pedazo de independencia. Sin un peso para taxi, tomamos el bus. Estaba atestado, olor a sudor rancio y gasolina, y nos apretujamos en el fondo. Diego miró por la ventana, pero yo no pude contenerme.
ANA- Esto es tu culpa, Diego. Tus préstamos locos... ¿por qué no escuchaste cuando te dije que no expandiéramos tan rápido?
Le exclame bajito. Él se giró, ojos rojos
DIEGO- ¡Mi culpa! ¿Y tú? Eras la de marketing, Ana. ¿Por qué no vendiste más?.
ANA- Porque tú tomabas decisiones sin consultarme, pudiera ser la de marketing, pero los dos fundamos esta maldita empresa.

Tres frases y ya nos estábamos matando. El bus frenó de golpe y nos callamos, el silencio más pesado que los gritos. Llegamos a casa nuestra casa y al cerrar la puerta, algo se rompió dentro de mí. Me dejé caer en el sofá, y el llanto salió como un torrente.
ANA- ¡Todo se fue a la mierda, Diego! Nuestra vida... los sueños... ¡no tenemos nada!
Sollocé, sacándome todo, la frustración de los tratamientos de fertilidad que nunca funcionaron, las noches en que intentábamos follar pero terminábamos frustrados y dándonos la espalda, la esterilidad que nos había robado la familia que soñábamos. Diego se quedó paralizado un segundo, la cara pálida. Sabía que había cometido errores los préstamos imprudentes, las inversiones malas, pero se acercó y me abrazó torpe.
DIEGO- Lo siento, Ana. Sé que la he cagado... pero voy a arreglar esto. Voy a luchar, encontraré trabajo, pagaré las deudas. Será rápido, te lo juro, además de que quiero recuperarte.
Su voz sonaba sincera, pero la tensión en el aire era como un cable a punto de romperse. Nos quedamos abrazados en silencio, hasta que un golpe fuerte en la puerta nos sacó del momento. Abrí yo, con los ojos hinchados. Dos tipos bien vestidos trajes baratos, caras impasibles estaban allí con un grupo de trabajadores detrás, cargando cajas y herramientas.
HOMBRE DE TRAJE- Señora López, somos del banco. Venimos a ejecutar el embargo. Por favor, salgan
Dijo el jefe sin pestañear.
ANA- ¡Qué! ¡No pueden entrar así!
Discutí, la voz quebrada, pero ellos empujaron la puerta y entraron como si nada.
HOMBRE DE TRAJE- Tenemos orden judicial. No compliquen las cosas
Empezaron a llevarse todo, el sofá donde nos besábamos, la mesa donde planeábamos la empresa, hasta la ropa de los armarios. Yo caí de rodillas, llorando en silencio mientras veía cómo desmantelaban nuestra vida. Diego gritaba al teléfono
DIEGO- ¡Esto es ilegal! ¡Llamaré a un abogado!
Pero era inútil. Los trabajadores eran como robots, y el jefe solo repetía
HOMBRE DEL TRAJE- Firmaron los papeles. Fuera.
Después de un rato interminable, la casa quedó vacía. El eco de nuestros pasos resonaba en las paredes desnudas, el aire ahora frío y con olor a polvo y abandono. Uno de los hombres se acercó
TRABAJADOR- Por favor, salgan. La casa ya no es de ustedes.
Recogimos lo que pudimos en dos maletas ropa, fotos, documentos, y salimos a la acera. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja, y nos quedamos allí sentados, devastados. Diego se veía roto, la cabeza entre las manos. Yo sentía mis tetas firmes presionando contra la blusa sudada, el culo redondo apoyado en el asfalto caliente, vulnerable y expuesta, pero también... un calor extraño entre las piernas por el estrés, un arousal reprimido que me dio vergüenza. ¿Cómo puedo sentir esto ahora?, pensé. En ese momento, un flashback me golpeó, recordé una noche de hace años, en nuestro apartamento nuevo. Diego me había levantado sobre la encimera de la cocina, me había arrancado las bragas y me había follado duro mientras yo gemía su nombre, las tetas rebotando, el placer tan intenso que squirteé por primera vez.

DIEGO- Te amo, Ana
Me dijo después, abrazándome. Ahora, esa misma cocina ya no existía. La esterilidad nos había robado eso, y la crisis lo había matado del todo.
Miré a Diego y algo de valentía me llenó el corazón.
ANA- Diego... ¿y si le pedimos ayuda a tus padres?. Él negó
DIEGO- No, Ana. Siempre me han visto como un fracasado. No quiero darles la razón. Además, los tuyos ya no están.... (FALLECIERON)
La única opción era su hermano menor, Marco. Siempre habían sido unidos de niños, pero Diego se había distanciado por el trabajo. Marco vivía solo, con una pequeña empresa virtual de diseño gráfico que le iba bien pero apenas para él. No lo veía hace años; en mi mente era ese chico tímido, flaco y nerd de la boda, con gafas y sonrisa estupida.
ANA- Llámalo, Diego. Es temporal.
El dudó, pero sacó el teléfono. Yo esperé sentada en la acera, maletas a mi lado, el asfalto aún caliente oliendo a gasolina y basura. La llamada duró una eternidad escuché a Diego explicar, rogar, discutir, pero al final se acercó con una media sonrisa
DIEGO- Buenas noticias. Marco dice que sí. Podemos quedarnos temporalmente con él.
Con las maletas en las manos y el sol ya ocultándose, Diego y yo decidimos tomar un taxi lo poco que nos quedaba en efectivo lo usamos para eso, porque el bus nos habría matado del todo. El trayecto fue silencioso, el aire dentro del auto cargado de olor a ambientador barato y nuestro propio sudor de estrés. Yo miraba por la ventana las luces de la ciudad encendiéndose, pensando en cómo nuestra vida se había reducido a esto dos maletas y una llamada de misericordia. Diego no dijo nada, solo apretaba el teléfono como si pudiera arreglarlo todo con la fuerza de sus dedos. ¿Y si Marco dice que no cuando nos vea?, pensé, el nudo en el estómago apretándose más. Pero no, él había aceptado por teléfono; ahora solo quedaba llegar y rogar que no cambiara de opinión

La casa de Marco estaba en un barrio modesto pero tranquilo, una pequeña construcción de dos pisos con un jardín delantero descuidado y luces cálidas en las ventanas. Tocamos el timbre, y después de un momento que se sintió eterno, la puerta se abrió.

Ahí estaba Marco, el hermano menor de Diego, pero... Dios, cómo había cambiado. Recordaba un chico tímido, flaco y nerd de 22 años en nuestra boda, con gafas gruesas y una sonrisa de estupido. Ahora, a los 28, era todo lo contrario, alto, musculoso, con el pecho ancho y definido brillando de sudor fresco, como si acabara de terminar una sesión de ejercicio intensa. Llevaba shorts deportivos que se ceñían a sus muslos fuertes, y el olor a sudor masculino limpio y colonia deportiva me golpeó como una ola. Sus ojos azules nos miraron con sorpresa genuina, pero su sonrisa era confiada, casi juguetona.
MARCO- ¡Diego! ¡Ana! Pasen, joder, qué cara traen. ¿Todo bien?
Dijo, apartándose para dejarnos entrar, su voz ronca por el esfuerzo reciente.Entramos al salón, que era acogedor pero minimalista un sofá que se veía n recién nuevo, una tele plana, un mat de yoga enrollado en la esquina (¿él hacía yoga? No lo imaginaba), y el aire aún cargado de ese olor a esfuerzo físico, mezclado con pizza recalentada. "
MARCO- Perdón el desorden
Murmuró Marco, pasándose una mano por el cabello castaño húmedo.
MARCO- Estaba terminando una rutina de ejercicio... me voy a dar una ducha rápida. Siéntanse como en casa. Hay cerveza en la nevera si quieren.
Diego asintió, murmurando un
DIEGO- gracias, hermano
Y se sentó en el sofá, sacando el teléfono para hacer llamadas intentaba contactar a conocidos por trabajo, como si pudiera resolver todo en una noche. Yo me quedé de pie, admirando la casa internamente era sencilla pero linda, pero se veía que Marco se mantenía bien con su empresa virtual de diseño gráfico. Libros de arte en las estanterías, una laptop abierta en la mesa con diseños en pantalla, y un aire de independencia que contrastaba con nuestro fracaso. Él lo hizo solo, sin deudas ni dramas, pensé, sintiendo una punzada de envidia mezclada con algo más... curiosidad por este nuevo Marco.
Pasó el tiempo unos 15 minutos que se sintieron eternos, con Diego al teléfono discutiendo en voz baja
DIEGO- Sí, embargaron todo... necesito trabajo urgente,
Y yo paseando por el salón, tocando las cosas como para anclarme a algo real. El sonido de la ducha arriba era constante, agua cayendo, y no pude evitar imaginarlo

Marco desnudo bajo el chorro, músculos flexionándose, agua resbalando por su piel... ¿Qué me pasa? Es mi cuñado, por Dios. Diego está aquí, y yo pensando en eso.... Sacudí la cabeza, sintiendo un calor traicionero entre las piernas que me hizo apretar los muslos. Cuando Marco bajó, el aire cambió. Salió con solo una toalla blanca alrededor de la cintura, el torso aún húmedo y brillante, gotas resbalando por sus pectorales definidos y bajando hasta el borde de la tela, que dejaba poco a la imaginación el bulto sutil pero evidente debajo, el V de sus caderas marcándose como si lo hubiera esculpido. Olía a jabón fresco y shampoo, un aroma limpio que me invadió.
MARCO- Perdón, no encontré mi ropa limpia rápido,
Dijo con una risa casual, pero sus ojos se detuvieron un segundo en mí, en mi blusa pegada por el sudor del día, mis tetas firmes presionando la tela, y sentí que me quemaba. Me sentí culpable al instante, ¿Cómo lo miro así? Diego está a dos metros, y yo notando eso... en medio de esta mierda. Soy una puta por dentro. Pero no podía apartar la vista del todo; era como si su cuerpo me recordara lo que había perdido con Diego. Marco se sentó en una silla, la toalla abriéndose un poco más en las piernas, y preguntó:
MARCO- Bueno, cuenten. ¿Qué pasó?.
Diego explicó lo del banco, la empresa, las deudas, mientras yo asentía en silencio, sintiendo ese calor culpable creciendo. Para romper la tensión, Marco pidió comida
MARCO- Pidamos pizza. Nadie cocina en una noche como esta. La cena llegó rápida cajas humeantes con olor a queso derretido y pepperoni, y comimos en la mesa, una cena tranquila que contrastaba con el caos de hace unas horas. Marco contaba anécdotas de su vida sola, riendo
MARCO- La independencia es jodida, pero libre. Ustedes van a salir de esta.
Diego sonreía forzado, pero yo... yo lo miraba a él, notando cómo sus músculos se flexionaban al alcanzar una rebanada, cómo su risa era confiada, opuesta a la derrota de Diego. Dios, cómo cambió... ese cuerpo... no, Ana, es tu cuñado. Para. La noche avanzó, y Marco nos mostró el cuarto de invitados, una habitación pequeña con una cama doble, aire fresco con olor a lavanda de las sábanas limpias. Diego se durmió rápido, roncando como siempre, pero yo no podía.

Me quedé despierta, el cuerpo tenso, pensando en todo lo que paso en este dia. Me cambié a una camisa vieja de Diego que encontré en la maleta larga pero ceñida a mis tetas firmes y un shortcito apretado que marcaba mi culo redondo. Bajé descalza por la oscuridad, el suelo frío contra mis pies, buscando un vaso de agua o algo para calmarme.
Al acercarme a la cocina, noté una luz cálida en la isla, Marco estaba allí, trabajando en su laptop, sin camisa, con un short holgado donde se marcaba claramente el bulto claramente se ve que estaba sin boxer debajo, el contorno grueso y relajado visible en la tela fina cuando se movía.

El aire olía a café recién hecho y a su colonia ligera, fresca, con un fondo sutil de sudor limpio que aún le quedaba del ejercicio. La luz amarilla de la lámpara colgante dibujaba sombras en sus músculos definidos, el sudor ligero brillando en su pecho y bajando por el centro de su abdomen hasta perderse en el borde del short. Me quedé en la sombra un segundo, el pulso acelerado, avergonzada por cómo mis ojos bajaban solos a ese bulto, pero también... atraída, sintiendo un latido traicionero entre las piernas que me hizo apretar los muslos. Me vio antes de que pudiera retroceder. Levantó la vista despacio, y por un instante sus ojos azules se detuvieron en mí en la camisa de Diego que me quedaba grande pero se pegaba a mis tetas firmes por el sudor del día, en mis piernas desnudas bajo el shortcito apretado. No dijo nada al principio, solo cerró la laptop con un movimiento suave, como si supiera que necesitaba toda su atención.
MARCOS- Ana... ¿no puedes dormir?
Preguntó en voz baja, casi un susurro. Su voz era ronca, cálida, sin presión.
ANA- No... todo esto es demasiado
Respondí, acercándome un paso, pero me quedé de pie al otro lado de la isla, cruzando los brazos para ocultar cómo mis pezones se marcaban bajo la tela fina. El corazón me latía tan fuerte que juré que él lo oía. Él se levantó despacio, el short moviéndose con él, el bulto cambiando de forma sutilmente. El olor de su colonia me llegó más fuerte, mezclado con algo más primitivo, masculino. Sirvió un vaso de vino tinto sin preguntar, lo puso delante de mí y se sentó de nuevo, manteniendo distancia.
MARCO- Toma. Es suave, pero ayuda con los nervios. No es para emborracharse, solo para... bajar un poco la guardia.
Cogí el vaso con dedos temblorosos. Bebí un sorbo, el vino cálido bajando por mi garganta, extendiéndose por mi pecho. El mareo llegó suave, como una niebla. Sentí que las palabras salían más fáciles, pero la culpa seguía ahí, pinchándome.
ANA- Gracias... por escucharme. No esperaba esto de ti. Siempre pensé que eras... el hermano tímido, el que no hablaba mucho.
Marco sonrió leve, bajando la mirada al vaso un segundo, como si el cumplido lo avergonzara un poco.
MARCOS- Eso era antes. La vida te obliga a cambiar.
Levantó los ojos de nuevo, y esta vez la mirada se quedó en mí un poco más larga.
MARCOS- Y tú... sigues siendo la misma Ana de la boda. Guapa, fuerte. Aunque ahora se te nota más cansada.
El cumplido me golpeó bajo. Bajé la mirada al vaso, jugueteando con el borde, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba.
ANA- Guapa... no sé. Diego ya no creo que sea así. Y yo... ya no me siento sexy.
Él se quedó callado un momento, el silencio pesado. Movió la mano para girar su propio vaso, los músculos de su antebrazo flexionándose sutilmente.
MARCO- Eso no es justo. no creo que diego piense eso. A veces las cosas se enfrían por el estrés. No significa que ya no exista... solo que está enterrado.
Levanté la vista, sorprendida por la sinceridad. Nuestros ojos se encontraron, y por un segundo no pude apartar la mirada. Sentí el calor subir por mi cuello, el pulso entre las piernas más insistente. Me mordí el labio, intentando controlarme.
ANA- Tú pareces tenerlo todo resuelto. Empresa propia, viviendo solo... ¿no te sientes solo a veces?
MARCO- Sí. Mucho.
Se inclinó un poco hacia adelante, el torso acercándose sin invadir, el olor de su piel fresca llenándome.
MARCO- Salgo con alguien de vez en cuando, pero nada serio. La independencia es adictiva, pero a veces echo de menos... tener a alguien con quien hablar de verdad. Como ahora.
El silencio volvió, pero esta vez era eléctrico. Bebí otro sorbo, el vino calentándome más. Sentí la necesidad de preguntar algo que me quemaba, pero con cuidado.
ANA- Marco... ¿por qué nunca te casaste? Eres... atractivo, inteligente. Seguro tienes opciones.
Él rio bajito, mirando su vaso, y el movimiento hizo que su pecho se flexionara ligeramente.
MARCO- Opciones sí. Pero no he encontrado a alguien que me haga querer quedarme.
Levantó la vista de nuevo, directo a mis ojos.
MARCO- ¿Y tú? ¿Qué te mantiene con Diego? A pesar de todo.
La pregunta me dolió y me excitó al mismo tiempo. Bajé la mirada a mis manos, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela de la camisa.
ANA- No sé. Amor, supongo. O costumbre. O miedo a estar sola. Pero últimamente... no sé si es suficiente.
Él asintió despacio, sin apartar la mirada.
MARCO- Eso es duro. Pero mereces sentirte viva, Ana. No solo sobrevivir.
Asentí, mordiéndome el labio con más fuerza. El calor entre mis piernas era innegable ahora, pero la culpa me frenaba.
ANA- Sí... tal vez. Gracias por escucharme. De verdad. No sé qué haría sin esto.
Él sonrió suave, sin moverse.
MARCO- Aquí estoy. Para lo que necesites. Familia, ¿no?
Me levanté, un poco mareada, el shortcito apretándome pude sentir su mirada, bueno al final al cabo quise que mirara...no se...cosas del vino supongo.
ANA- Sí... familia.
Le di las buenas noches y subí las escaleras con las piernas temblorosas, sintiendo su mirada en mi espalda hasta que desaparecí en el pasillo. Diego roncaba. Me metí en la cama, algo raro ocurria, mis mano se estaban poniendo inquietas mientras me iba quedando dormida mientras empezaba a tocárme sutilmente bajo las sábanas, pensando en la nada porque el vino ya me nublaba la vista... o será por el?. Esto es peligroso... pero por primera vez en meses, me siento viva.

Continuara.....
Espero les haya gustado, dejen sus puntos y comenten, saludos🔥
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