Soy Erika madre de Raquel. Tengo 50 años y sigo siendo un puto peligro con curvas. Mis tetas son de las que hacen que los sostenes se rindan: 38DD naturales, pesadas, con pezones gruesos como dedos meñiques, oscuros como café quemado y areolas tan anchas que ocupan casi toda la cara de cada teta. Cuando camino sin brasier se mueven solas, rebotan, se balancean, y los pezones se endurecen con el roce de la tela o con el simple hecho de que alguien me mire.
Mi culo es legendario: grande, redondo, firme, con esa forma de corazón invertido que sube solo, sin necesidad de ejercicios. Y mi coño… mi coño es un horno colombiano: siempre húmedo, carnoso, con labios gruesos que se abren solos cuando estoy cachonda y un clítoris que se hincha como un botón de placer apenas lo rozo.
Héctor, el marido de mi hermanita Alejandra, me tiene loca desde el primer día. Mexicano callado, 1.70, delgado, pero con abdominales marcados bajo la camisa, brazos venosos, manos grandes. No es guapo de portada, pero tiene esa mirada profunda y esa verga que se adivina gruesa aun dentro del pantalón.
Llevo años provocándolo: le digo “cuñis” con voz ronca de puta en celo, le rozo la polla “accidentalmente” cuando nos abrazamos en familia, le mando fotos mías en tanga desde el baño diciendo “¿te imaginas esto sentado en tu cara, cuñis?”, le llamo a las 2 a.m. cuando sé que se está cogiendo a Ale y le susurro: “¿La estás embistiendo fuerte? Porque yo aquí me estoy metiendo tres dedos pensando en cómo me romperías el culo con esa verga…”
Él nunca contesta directo. Pero contesta con silencio. Y ese silencio me moja más.
Durante la boda de uno de nuestros primos, Yo llevaba un vestido verde esmeralda escotado hasta el ombligo, sin brasier, las tetas casi saliéndose cada vez que bailaba.
Héctor estaba sentado en una mesa, serio, tomando cerveza.
Me acerqué bailando, me senté en sus piernas “para descansar un segundo”. Él se tensó, pero no me quitó. Sentí su verga endurecerse bajo mi culo inmediatamente.
“Cuñis… ¿te molesta que me siente aquí?” le susurré al oído, moviendo las caderas despacio en círculos, restregándome contra él.
“Erika… hay gente…”
“Shhh… nadie mira. Solo siente…”
Le agarré una mano y la puse en mi muslo, subiéndola poco a poco hasta rozar el borde de mi tanga.
“¿Quieres meter los dedos? Estoy mojada desde que te vi con traje…”
Él respiraba fuerte contra mi cuello. Metió un dedo por debajo de la tela, rozó mis labios hinchados. Gemí bajito en su oreja.
“Más adentro… tócame el clítoris…”
Lo hizo. Un dedo dentro, curvado, presionando justo donde me volvía loca.
Me moví despacio arriba y abajo, follándome su dedo disimuladamente mientras la música tapaba mis gemidos.
Me corrí en su mano en menos de dos minutos, apretándolo, chorreando por sus dedos.
Cuando me levanté, le limpié la mano con mi lengua disimuladamente, mirándolo fijo.
“Gracias por el baile, cuñis”
Él se quedó ahí, con la verga marcadísima en el pantalón, incapaz de levantarse.
Unas semanas después, un sábado por la tarde, una de esas visitas familiares “normales” a casa de Alejandra y Héctor. Ale estaba en la cocina preparando algo de comer, y yo había llegado con mi bolso grande, como siempre. Llevaba un vestido ajustado color vino, sin brasier (mis pezones se marcaban descaradamente), y debajo una tanga negra de encaje que ya estaba empapada desde que salí de casa pensando en él.
Mientras Ale atendía el teléfono, me fui al baño de visitas “a retocarme”.
Dejé la puerta entreabierta a propósito. Me bajé la tanga despacio, me miré al espejo con las tetas fuera del vestido, me pellizqué los pezones hasta que se pusieron duros como piedras y me toqué el clítoris un rato, gimiendo bajito solo para que el sonido llegara al pasillo si alguien pasaba.
Me corrí rápido, un chorrito caliente que empapó la tanga entera: el encaje quedó oscuro, pegajoso, oliendo a mi coño caliente colombiano.
En vez de ponérmela de nuevo, la dejé colgada en el toallero, bien visible, como si se me hubiera olvidado. Salí del baño con el vestido puesto, sin tanga debajo, el coño todavía palpitando y húmedo rozando contra mis muslos con cada paso.
Volví a la sala. Héctor estaba sentado en el sofá, cuando me vio entrar, sus ojos bajaron directo a mis piernas, y supe que se había dado cuenta de que no llevaba nada debajo: la falda era corta y al sentarme se me abrió un poco, dejando ver el brillo de mis labios hinchados.
“Cuñis… ¿te molesta si me siento aquí?” le dije con voz ronca, sentándome a su lado, tan cerca que mi muslo rozaba el suyo.
Le puse una mano en la rodilla “para acomodarme” y la subí un poquito, rozándole la entrepierna. La tenía semi-dura ya.
Él tragó saliva. “Erika… Alejandra está en la cocina.”
“Shhh… solo estoy descansando. ¿No te molesta?”
Le apreté suave la verga por encima del pantalón, sintiendo cómo se ponía dura en segundos.
“Uy… parece que sí te molesta, pero en el buen sentido.”
Me miró fijo, con esa cara de mexicano conteniéndose.
“Para… o no respondo.”
Yo solo sonreí, me incliné hacia él como si le fuera a decir un secreto y le susurré al oído:
“En el baño dejé algo mío… mojado. Si quieres, ve a verlo. Está oliendo a mí todavía caliente.”
Sus ojos se abrieron un segundo. No dijo nada, pero se levantó “a buscar hielo” y desapareció por el pasillo.
Yo me quedé en el sofá, cruzando y descruzando las piernas, el coño chorreando sin tanga, imaginando qué haría.
Dentro del baño, cerró la puerta con seguro. La tanga negra colgaba ahí, empapada, el encaje brillante de mis jugos. La tomó con dedos temblorosos. La acercó a la nariz e inhaló profundo: olor fuerte a coño caliente, a excitación, a mí. Su verga se puso dura como piedra al instante.
Se bajó el cierre, sacó la verga gruesa, venosa, ya goteando precum.
Se envolvió la tanga alrededor del tronco, el encaje mojado pegándose a su piel caliente.
Empezó a pajearse lento, apretando la tela contra la cabeza, sintiendo mis jugos mezclarse con los suyos.
“Puta madre, Erika… qué rico hueles…” murmuró bajito, acelerando el ritmo. Se imaginaba mi boca en su verga, mis tetas enormes rebotando mientras yo me la metía profunda. Se imaginaba abriéndome el culo con esa misma tanga metida en mi boca como mordaza.
Apretó más fuerte, la tela resbalosa frotando su glande sensible. Gemía ahogado, mordiéndose el labio. La tanga estaba tan mojada que goteaba por sus bolas.
Se corrió fuerte: chorros gruesos, blancos, calientes, empapando el encaje negro, mezclándose con mis jugos. La tela quedó destruida, pegajosa, oliendo a sexo prohibido.
Se limpió rápido, respirando agitado. Dejó la tanga ahí, ahora con su leche encima de mis jugos, y salió como si nada.
Cuando volvió al sofá, yo lo miré fijo. Sabía exactamente qué había pasado: su cara roja, la respiración pesada, la verga todavía semi-dura marcándose en el pantalón.
Le sonreí, esa noche, cuando Alejandra se durmió temprano, le mandé un mensaje:
“¿Te gustó mi regalito, cuñis? “¿Te masturbaste con mis tangas mojadas?
La noche de la fiesta de cumpleaños de Raquel todo explotó.
La casa estaba llena de gente. Luego se fueron quedando dormidos o se fueron. Alejandra se había emborrachado y discutido con Héctor; se encerró en el cuarto gritando que “no quería ver a nadie”. Yo me quedé a limpiar, con un vestido negro de licra tan corto que si me agachaba se me veía el culo entero, sin tanga debajo porque quería sentir el aire en el coño empapado. Los pezones me taladraban la tela, duros como piedras.
Héctor entró a la cocina a buscar agua. Yo estaba de espaldas, lavando platos, el culo en pompa, el vestido subido hasta la mitad de las nalgas. No me moví. Solo giré la cabeza y le dije bajito:
“Cuñis… ya no juego más. O me follas ahorita mismo o me voy a ir al baño a correrme sola pensando en ti otra vez.”
Se quedó quieto dos segundos. Luego cerró la puerta de la cocina con seguro. El clic sonó como un disparo.
Vino directo. Me agarró del pelo con una mano, me jaló la cabeza hacia atrás y me metió la lengua hasta la garganta. Beso sucio, agresivo, con dientes. Con la otra mano me levantó el vestido y metió dos dedos directo en mi coño sin avisar. Estaba chorreando; los dedos entraron hasta el fondo con un sonido obsceno.
“Puta madre, Erika… estás empapada desde hace rato, ¿verdad?”
“Desde que te vi entrar con esa cara de ‘no me mires así’… sí, cabrón. Cógete lo que es tuyo.”
Me giró de golpe, me empujó contra la nevera. El frío en la espalda me hizo gemir. Me bajó los tirantes del vestido de un jalón; mis tetas saltaron libres, pesadas, rebotando. Las agarró con las dos manos, las apretó fuerte, hundió los dedos en la carne blanda hasta dejar marcas rojas. Me pellizcó los pezones tan duro que grité bajito, arqueándome.
“Estas tetas me tienen loco desde el día uno…”
Bajó la boca y se metió un pezón entero. Chupó con fuerza, mordió, tiró con los dientes hasta que lo dejó rojo e hinchado. Cambió al otro. Yo le agarré la cabeza y lo empujé más adentro, restregándole las tetas en la cara mientras gemía:
“Chúpalas como si fueran tuyas… muérdeme… más fuerte…”
Mientras me devoraba las tetas, me abrió las piernas con la rodilla. Metió tres dedos en mi coño y empezó a bombear rápido, curvándolos para pegarle al punto G. El squirt vino casi inmediato: un chorro caliente le empapó la mano, el pantalón, el piso. Gemí como perra en celo.
“Eso… así… me haces squirtear como adolescente, hijoeputa…”
Se arrodilló. Me abrió el coño con los pulgares, separando los labios gruesos. Mi clítoris estaba hinchado, rojo, palpitando. Lo atrapó con la boca y lo chupó como si fuera un caramelo. Lengua rápida, succiones fuertes, luego la metió dentro y folló con la lengua mientras me metía dos dedos en el culo sin lubricante extra, solo con mi propia humedad.
Me corrí otra vez en su boca.
Me vine en su la cara.
Él se levantó con la barbilla brillando y me besó para que me probara a mí misma.
“Sabes a pura calentura colombiana…”
Me puso de espaldas otra vez, me inclinó sobre la encimera. Me separó las nalgas con las dos manos y escupió directo en mi culo. Sentí la saliva caliente correr por el ano. Luego metió la lengua ahí, profunda, abriéndome, preparándome.
Gemí fuerte, empujando hacia atrás.
“Cógeme por el culo, cuñis… lo quiero todo adentro…”
Se bajó el pantalón. La verga saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada e hinchada, goteando precum.
Me la restregó entre las nalgas, lubricándola con mi squirt y su saliva. Apuntó al ano y empujó despacio al principio. La cabeza entró con un pop. Grité bajito, mordiéndome el antebrazo.
“Carajo… qué apretado… que rico me lo aprietas, putita…”
Empujó más. Centímetro a centímetro me fue abriendo el culo hasta que las bolas le pegaron contra mi coño. Se quedó quieto un segundo, disfrutando cómo mi ano lo apretaba como un puño. Luego empezó a bombear. Lento al inicio, profundo. Cada embestida me sacaba un gemido ronco.
“Más duro… rómpeme el culo, cabrón… quiero sentirte hasta el estómago…”
Aceleró. Las bolas le golpeaban el clítoris con cada embestida. Me agarró las tetas desde atrás, las apretó como si quisiera ordeñarlas. Me pellizcaba los pezones al ritmo de las cogidas. El sonido era obsceno: carne contra carne, mi coño chorreando, su verga entrando y saliendo del culo con un sonido húmedo.
“Me voy a venir… me voy a venir en tu culo, Erika…”
“No… adentro del coño… quiero sentir cómo me llenas el útero…”
Me sacó la verga del culo de golpe, me giró, me levantó en brazos como si no pesara nada y me empaló en su verga. Entró hasta el fondo del coño de una sola estocada. Grité contra su cuello. Empezó a follarme en el aire, fuerte, profundo, mis tetas rebotando contra su pecho.
“Me vengo… me vengo dentro de ti…”
Sentí los primeros chorros calientes golpeándome el fondo. Uno, dos, tres… tantos que se desbordaron y empezaron a gotear por mis muslos.
Me corrí con él: el orgasmo me hizo apretarlo tan fuerte que casi lo saco de adentro.
Chorros míos mezclados con los suyos, cayendo al piso en charcos.
Nos quedamos así, él todavía dentro, yo temblando, con las piernas alrededor de su cintura, las tetas aplastadas contra su pecho, sudando, jadeando.
Le mordí la oreja y le susurré:
“Esto apenas empieza, cuñis. La próxima te voy a montar en la cama de mi hermana mientras ella duerme al lado… y vas a tener que taparme la boca para que no grite tu nombre.”
Él solo sonrió, con esa cara de mexicano que ya sabe que está jodido… pero que le encanta estarlo.
Y yo… yo ya no fantaseo. Ahora planeo.
Mi culo es legendario: grande, redondo, firme, con esa forma de corazón invertido que sube solo, sin necesidad de ejercicios. Y mi coño… mi coño es un horno colombiano: siempre húmedo, carnoso, con labios gruesos que se abren solos cuando estoy cachonda y un clítoris que se hincha como un botón de placer apenas lo rozo.
Héctor, el marido de mi hermanita Alejandra, me tiene loca desde el primer día. Mexicano callado, 1.70, delgado, pero con abdominales marcados bajo la camisa, brazos venosos, manos grandes. No es guapo de portada, pero tiene esa mirada profunda y esa verga que se adivina gruesa aun dentro del pantalón.
Llevo años provocándolo: le digo “cuñis” con voz ronca de puta en celo, le rozo la polla “accidentalmente” cuando nos abrazamos en familia, le mando fotos mías en tanga desde el baño diciendo “¿te imaginas esto sentado en tu cara, cuñis?”, le llamo a las 2 a.m. cuando sé que se está cogiendo a Ale y le susurro: “¿La estás embistiendo fuerte? Porque yo aquí me estoy metiendo tres dedos pensando en cómo me romperías el culo con esa verga…”
Él nunca contesta directo. Pero contesta con silencio. Y ese silencio me moja más.
Durante la boda de uno de nuestros primos, Yo llevaba un vestido verde esmeralda escotado hasta el ombligo, sin brasier, las tetas casi saliéndose cada vez que bailaba.
Héctor estaba sentado en una mesa, serio, tomando cerveza.
Me acerqué bailando, me senté en sus piernas “para descansar un segundo”. Él se tensó, pero no me quitó. Sentí su verga endurecerse bajo mi culo inmediatamente.
“Cuñis… ¿te molesta que me siente aquí?” le susurré al oído, moviendo las caderas despacio en círculos, restregándome contra él.
“Erika… hay gente…”
“Shhh… nadie mira. Solo siente…”
Le agarré una mano y la puse en mi muslo, subiéndola poco a poco hasta rozar el borde de mi tanga.
“¿Quieres meter los dedos? Estoy mojada desde que te vi con traje…”
Él respiraba fuerte contra mi cuello. Metió un dedo por debajo de la tela, rozó mis labios hinchados. Gemí bajito en su oreja.
“Más adentro… tócame el clítoris…”
Lo hizo. Un dedo dentro, curvado, presionando justo donde me volvía loca.
Me moví despacio arriba y abajo, follándome su dedo disimuladamente mientras la música tapaba mis gemidos.
Me corrí en su mano en menos de dos minutos, apretándolo, chorreando por sus dedos.
Cuando me levanté, le limpié la mano con mi lengua disimuladamente, mirándolo fijo.
“Gracias por el baile, cuñis”
Él se quedó ahí, con la verga marcadísima en el pantalón, incapaz de levantarse.
Unas semanas después, un sábado por la tarde, una de esas visitas familiares “normales” a casa de Alejandra y Héctor. Ale estaba en la cocina preparando algo de comer, y yo había llegado con mi bolso grande, como siempre. Llevaba un vestido ajustado color vino, sin brasier (mis pezones se marcaban descaradamente), y debajo una tanga negra de encaje que ya estaba empapada desde que salí de casa pensando en él.
Mientras Ale atendía el teléfono, me fui al baño de visitas “a retocarme”.
Dejé la puerta entreabierta a propósito. Me bajé la tanga despacio, me miré al espejo con las tetas fuera del vestido, me pellizqué los pezones hasta que se pusieron duros como piedras y me toqué el clítoris un rato, gimiendo bajito solo para que el sonido llegara al pasillo si alguien pasaba.
Me corrí rápido, un chorrito caliente que empapó la tanga entera: el encaje quedó oscuro, pegajoso, oliendo a mi coño caliente colombiano.
En vez de ponérmela de nuevo, la dejé colgada en el toallero, bien visible, como si se me hubiera olvidado. Salí del baño con el vestido puesto, sin tanga debajo, el coño todavía palpitando y húmedo rozando contra mis muslos con cada paso.
Volví a la sala. Héctor estaba sentado en el sofá, cuando me vio entrar, sus ojos bajaron directo a mis piernas, y supe que se había dado cuenta de que no llevaba nada debajo: la falda era corta y al sentarme se me abrió un poco, dejando ver el brillo de mis labios hinchados.
“Cuñis… ¿te molesta si me siento aquí?” le dije con voz ronca, sentándome a su lado, tan cerca que mi muslo rozaba el suyo.
Le puse una mano en la rodilla “para acomodarme” y la subí un poquito, rozándole la entrepierna. La tenía semi-dura ya.
Él tragó saliva. “Erika… Alejandra está en la cocina.”
“Shhh… solo estoy descansando. ¿No te molesta?”
Le apreté suave la verga por encima del pantalón, sintiendo cómo se ponía dura en segundos.
“Uy… parece que sí te molesta, pero en el buen sentido.”
Me miró fijo, con esa cara de mexicano conteniéndose.
“Para… o no respondo.”
Yo solo sonreí, me incliné hacia él como si le fuera a decir un secreto y le susurré al oído:
“En el baño dejé algo mío… mojado. Si quieres, ve a verlo. Está oliendo a mí todavía caliente.”
Sus ojos se abrieron un segundo. No dijo nada, pero se levantó “a buscar hielo” y desapareció por el pasillo.
Yo me quedé en el sofá, cruzando y descruzando las piernas, el coño chorreando sin tanga, imaginando qué haría.
Dentro del baño, cerró la puerta con seguro. La tanga negra colgaba ahí, empapada, el encaje brillante de mis jugos. La tomó con dedos temblorosos. La acercó a la nariz e inhaló profundo: olor fuerte a coño caliente, a excitación, a mí. Su verga se puso dura como piedra al instante.
Se bajó el cierre, sacó la verga gruesa, venosa, ya goteando precum.
Se envolvió la tanga alrededor del tronco, el encaje mojado pegándose a su piel caliente.
Empezó a pajearse lento, apretando la tela contra la cabeza, sintiendo mis jugos mezclarse con los suyos.
“Puta madre, Erika… qué rico hueles…” murmuró bajito, acelerando el ritmo. Se imaginaba mi boca en su verga, mis tetas enormes rebotando mientras yo me la metía profunda. Se imaginaba abriéndome el culo con esa misma tanga metida en mi boca como mordaza.
Apretó más fuerte, la tela resbalosa frotando su glande sensible. Gemía ahogado, mordiéndose el labio. La tanga estaba tan mojada que goteaba por sus bolas.
Se corrió fuerte: chorros gruesos, blancos, calientes, empapando el encaje negro, mezclándose con mis jugos. La tela quedó destruida, pegajosa, oliendo a sexo prohibido.
Se limpió rápido, respirando agitado. Dejó la tanga ahí, ahora con su leche encima de mis jugos, y salió como si nada.
Cuando volvió al sofá, yo lo miré fijo. Sabía exactamente qué había pasado: su cara roja, la respiración pesada, la verga todavía semi-dura marcándose en el pantalón.
Le sonreí, esa noche, cuando Alejandra se durmió temprano, le mandé un mensaje:
“¿Te gustó mi regalito, cuñis? “¿Te masturbaste con mis tangas mojadas?
La noche de la fiesta de cumpleaños de Raquel todo explotó.
La casa estaba llena de gente. Luego se fueron quedando dormidos o se fueron. Alejandra se había emborrachado y discutido con Héctor; se encerró en el cuarto gritando que “no quería ver a nadie”. Yo me quedé a limpiar, con un vestido negro de licra tan corto que si me agachaba se me veía el culo entero, sin tanga debajo porque quería sentir el aire en el coño empapado. Los pezones me taladraban la tela, duros como piedras.
Héctor entró a la cocina a buscar agua. Yo estaba de espaldas, lavando platos, el culo en pompa, el vestido subido hasta la mitad de las nalgas. No me moví. Solo giré la cabeza y le dije bajito:
“Cuñis… ya no juego más. O me follas ahorita mismo o me voy a ir al baño a correrme sola pensando en ti otra vez.”
Se quedó quieto dos segundos. Luego cerró la puerta de la cocina con seguro. El clic sonó como un disparo.
Vino directo. Me agarró del pelo con una mano, me jaló la cabeza hacia atrás y me metió la lengua hasta la garganta. Beso sucio, agresivo, con dientes. Con la otra mano me levantó el vestido y metió dos dedos directo en mi coño sin avisar. Estaba chorreando; los dedos entraron hasta el fondo con un sonido obsceno.
“Puta madre, Erika… estás empapada desde hace rato, ¿verdad?”
“Desde que te vi entrar con esa cara de ‘no me mires así’… sí, cabrón. Cógete lo que es tuyo.”
Me giró de golpe, me empujó contra la nevera. El frío en la espalda me hizo gemir. Me bajó los tirantes del vestido de un jalón; mis tetas saltaron libres, pesadas, rebotando. Las agarró con las dos manos, las apretó fuerte, hundió los dedos en la carne blanda hasta dejar marcas rojas. Me pellizcó los pezones tan duro que grité bajito, arqueándome.
“Estas tetas me tienen loco desde el día uno…”
Bajó la boca y se metió un pezón entero. Chupó con fuerza, mordió, tiró con los dientes hasta que lo dejó rojo e hinchado. Cambió al otro. Yo le agarré la cabeza y lo empujé más adentro, restregándole las tetas en la cara mientras gemía:
“Chúpalas como si fueran tuyas… muérdeme… más fuerte…”
Mientras me devoraba las tetas, me abrió las piernas con la rodilla. Metió tres dedos en mi coño y empezó a bombear rápido, curvándolos para pegarle al punto G. El squirt vino casi inmediato: un chorro caliente le empapó la mano, el pantalón, el piso. Gemí como perra en celo.
“Eso… así… me haces squirtear como adolescente, hijoeputa…”
Se arrodilló. Me abrió el coño con los pulgares, separando los labios gruesos. Mi clítoris estaba hinchado, rojo, palpitando. Lo atrapó con la boca y lo chupó como si fuera un caramelo. Lengua rápida, succiones fuertes, luego la metió dentro y folló con la lengua mientras me metía dos dedos en el culo sin lubricante extra, solo con mi propia humedad.
Me corrí otra vez en su boca.
Me vine en su la cara.
Él se levantó con la barbilla brillando y me besó para que me probara a mí misma.
“Sabes a pura calentura colombiana…”
Me puso de espaldas otra vez, me inclinó sobre la encimera. Me separó las nalgas con las dos manos y escupió directo en mi culo. Sentí la saliva caliente correr por el ano. Luego metió la lengua ahí, profunda, abriéndome, preparándome.
Gemí fuerte, empujando hacia atrás.
“Cógeme por el culo, cuñis… lo quiero todo adentro…”
Se bajó el pantalón. La verga saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada e hinchada, goteando precum.
Me la restregó entre las nalgas, lubricándola con mi squirt y su saliva. Apuntó al ano y empujó despacio al principio. La cabeza entró con un pop. Grité bajito, mordiéndome el antebrazo.
“Carajo… qué apretado… que rico me lo aprietas, putita…”
Empujó más. Centímetro a centímetro me fue abriendo el culo hasta que las bolas le pegaron contra mi coño. Se quedó quieto un segundo, disfrutando cómo mi ano lo apretaba como un puño. Luego empezó a bombear. Lento al inicio, profundo. Cada embestida me sacaba un gemido ronco.
“Más duro… rómpeme el culo, cabrón… quiero sentirte hasta el estómago…”
Aceleró. Las bolas le golpeaban el clítoris con cada embestida. Me agarró las tetas desde atrás, las apretó como si quisiera ordeñarlas. Me pellizcaba los pezones al ritmo de las cogidas. El sonido era obsceno: carne contra carne, mi coño chorreando, su verga entrando y saliendo del culo con un sonido húmedo.
“Me voy a venir… me voy a venir en tu culo, Erika…”
“No… adentro del coño… quiero sentir cómo me llenas el útero…”
Me sacó la verga del culo de golpe, me giró, me levantó en brazos como si no pesara nada y me empaló en su verga. Entró hasta el fondo del coño de una sola estocada. Grité contra su cuello. Empezó a follarme en el aire, fuerte, profundo, mis tetas rebotando contra su pecho.
“Me vengo… me vengo dentro de ti…”
Sentí los primeros chorros calientes golpeándome el fondo. Uno, dos, tres… tantos que se desbordaron y empezaron a gotear por mis muslos.
Me corrí con él: el orgasmo me hizo apretarlo tan fuerte que casi lo saco de adentro.
Chorros míos mezclados con los suyos, cayendo al piso en charcos.
Nos quedamos así, él todavía dentro, yo temblando, con las piernas alrededor de su cintura, las tetas aplastadas contra su pecho, sudando, jadeando.
Le mordí la oreja y le susurré:
“Esto apenas empieza, cuñis. La próxima te voy a montar en la cama de mi hermana mientras ella duerme al lado… y vas a tener que taparme la boca para que no grite tu nombre.”
Él solo sonrió, con esa cara de mexicano que ya sabe que está jodido… pero que le encanta estarlo.
Y yo… yo ya no fantaseo. Ahora planeo.
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