Las luces de la peatonal no dejaban dudas: Dai resplandecía. Su sonrisa era genuina, le chispeaban los ojitos. El tipo no se creía nada de lo que ella le decía con la boca: que se tenía que ir, que estaba apurada.
Yo desde adentro aún miraba. Ella me escribe: "¿Salís?". Le respondí: "Banca que fui al baño, me meaba. Anda caminando despacio, te alcanzo".
Ella leyó, escribió "ok" y guardó el teléfono. Miró hacia adentro, le dio un último beso y se fue. Él se quedó unos segundos mirándola irse, y entró. Pasó al lado mío.
En ese momento ya no sentía calentura, era morbo puro de saber hasta dónde ella llegaría. Y apareció esa sensación que conozco bien y hacía rato no tenía: una desesperación, viendo que pierdo el control de la situación. Sabía que iba a improvisar. Mi corazón latía fuerte, tenía que hacer algo.
Voy a aclarar algo antes de seguir: después de esa noche juramos ser sinceros siempre, le guste o no al otro, en todo lo que es sexo. Es preferible y sano escuchar quizá algo que pueda no gustarte y aceptarlo o no después, que tener una duda, una desconfianza. Eso no tiene solución, te va carcomiendo y termina cagando la pareja. Nosotros hoy con Dai estamos excelente por eso, por optar por la sinceridad.
No tenía mucho tiempo. Lo pensé una vez, dos. Y ya estaba enfrente de él.
—Hola —le digo.
Me hace seña con la cabeza como diciendo "¿qué querés?". Hice una pequeña pausa y me tira:
— Yo no busco tipos.
—No, no, nada que ver. Soy el marido de la chica con la que estabas.
El chabón da un paso atrás como buscando la guardia, por si le tiraba una piña.
—Tranqui, no pasa nada.
—Yo no quiero líos, estábamos charlando —me dice.
—Mira, estoy acá hace una hora y pico. Me vine atrás de ella porque me dio cosa no acompañarla. Y estaba ahí arriba —le señalé el balcón.
Se puso serio, seguramente pensó que venía el lío, las piñas.
—Escuchame —digo, y gesticulo con las manos, tiro la cabeza para atrás pensando que lo iba a encajar—. Tranqui, no quiero pelear. ¿Te la querés cojer?
Me miró fijo, no dijo nada.
Le repito:
—¿Te la querés cojer?
—Sí, obvio —respondió todavía a la defensiva.
—Bueno, y yo quiero ver cómo te la cogés, sin que ella sepa. ¿Dónde estás parando?
—¿Qué son swinger? —me dice.
—No, nada que ver. Arreglemos porque no tengo mucho tiempo. ¿Dónde estás parando? ¿Estás solo?
—Un monoambiente en X y X. Sí, solo estoy. Mi primo es de acá y no tiene lugar en la casa, me consiguió ese para alquilar.
Quedaba a unas 6 cuadras de donde estábamos.
Me suena el celu. Dai: "¿Y, salís?".
Tuve que esperar, estaba lleno. "Estoy saliendo", le respondí.
No sé entonces por qué un monoambiente no hay manera de que pueda mirar. Me interrumpe y dice:
—No, no, es una casita. Tiene la entrada de auto al costado y un patiecito atrás, tiene ventanas todo alrededor. De ahí podés mirar. Yo bajo las persianas y las dejo apenas levantadas y apago la luz de afuera.
—¿Seguro?
—Sí, no se ve nada afuera y más si dejo prendidas las de adentro.
—Ok, escucha. Andate ya para tu casa. Comprá un federico alvear dulce, si hay mejor,sino cualquiera, ella toma eso y compra forros. El escuchaba atento. Sigo:
—Si intentás ponérsela sin forro, entro y te cago a trompadas, ok?
—Sí, sí, quedate tranquilo.
—Ella en 10 minutos te va a llamar para ir a tu casa. Pasale la dirección.
—Ahh, ¿y cómo entro? ¿Me dejas abierto? Pregunte.
—Te dejo la reja arrimada.
—Ok.
Di un paso para irme y volví, lo agarré del brazo y le dije:
—Esto no es gratis.
El flaco hizo una mueca de decepción. Antes que diga nada seguí:
—Yo te doy a mi mujer, vos tenés que darme un buen show. Quiero que la hagas hablar, que te diga cosas sucias mientras la cogés, ok? Quiero escuchar y ver cuán puta es. ¿Te quedó claro?
—Síii, obvio. Me encanta eso. Es más, yo soy re hablador en la cama.
—Quedamos así. Nos vemos.
Yo salí apurado. Dai me esperaba en la esquina.
Una hora para mear? —me dice ella, riéndose un poco, pero con esa mirada que ya conocía, mezcla de nervios y curiosidad.
—10 minutos fueron, el baño estaba lleno, había cola afuera —le contesté, tratando de sonar normal—. Vamos a fumar un cigarro a la playa, dale.
Mientras caminábamos las dos cuadras, el aire salado pegaba fuerte. Ella iba callada un rato, después me soltó:
—Yo no podría verte con otra mina.
Yo sí y me encantó verte —le dije sin filtro.
Eso por qué no me querés —me respondió bajito.
Nada que ver, esto ya lo hablamos. Los hombres y las mujeres en eso somos distintos.
Sí, vos lo decís —murmuró, como si no le convenciera del todo.
Nos sentamos en el caminito de madera, prendimos un pucho cada uno. Hubo un silencio largo. Yo pensaba cómo decirle, cómo soltar lo que tenía en la cabeza. Y ella rompió primero:
—Bueno, ahora tengo que cumplir, jaja. ¿Vas a tratar bien mi culito? ¿No vas a ser bestia?
No contesté. Tiré el cigarro, la besé fuerte. Deslicé la mano por su muslo hasta la conchita. Mientras le acariciaba despacio el clítoris, le susurré:
—¿Estás caliente?
—Mucho —contesta con un suspiro.
—¿Te hizo calentar el flaco?
—Algo —gimió bajito.
Yo la toqué más fuerte, círculos rápidos.
—¿Le tocaste la pija?
—Sí , por arriba de la ropa—gimió otra vez
—¿Y te gustó?
Ella gimió, no respondió. Insistí:
—Responde.
—Sí… ahhh… mmm… —dijo, voz temblorosa.
—¿Te gustaría garchártelo?
Ella no contestaba, solo gemía despacito. Yo la toqué más fuerte, estaba en camino de acabar.
—Responde —le dije.
—Ahhh… mmm… síiiii… síii… me lo garcharía todo! —dijo casi acabando, voz quebrada.
Yo me frené en seco y saqué la mano. Ella quedó agitada, jadeando.
—¿Te enojaste? —me preguntó todavía temblando.
—No, no me enojé. Es que quiero que te lo garchés.
—¿Estás loco?
—No, es verdad. Quiero que te lo garchés.
—Jajaj, por qué no vamos a casa y garchamos nosotros —dijo, tratando de desviar.
—Mandale mensaje, dale —le insistí.
Ella me miró medio seria, se dio cuenta que hablaba en serio.
—Ahhh, ya sé por dónde viene la mano. ¿Vos querés que yo esté con él para después yo te deje coger con la trolita esa del parador? ¿De en serio, Marcos?
—Nada que ver. Yo no quiero garchar con nadie. Es que te vi muy motivada con él. No lo hacías por jugar. El tipo supo conquistarte, no sé cómo decirte. Vos siempre estuviste para satisfacerme, sin importar nada. Siempre fuiste buena esposa en la cama, por más que quizá no tenías ganas o te dolía la cabeza o lo que sea, siempre me complaciste. Estos 11 años te usé siempre que quise y como quise. Y hoy te vi deseosa con él y quería regalarte eso: que te des un gusto sin reclamos luego.
Ella me escuchaba y no decía nada. La verdad que eso me salió, no sabía qué decir, y por más que sonara a excusa barata, en el fondo, muy en el fondo, había sinceridad. SINCERIDAD.
Ella miró el mar un momento para no mirarme, y me dijo:
—No hace falta que me dejes coger con otro… —iba a continuar.
La paré en seco:
—Quiero que te lo garchés. Dale.
Y la besé. El beso fue largo para evitar responder.
—Mira —le digo—, prestá atención y no demos más vueltas. Ahora lo llamás y le decís que yo me enojé porque te demoraste y que seguro me fui con alguna trolita. Él te va a decir de verte. Vos aceptá. Te voy a dar dos horas, y usás forro para garchar.
Ella me miraba, concentrada en las instrucciones.
—Y lo último: yo quiero que vayas y disfrutes, tanto como quieras. Que te sueltes, que grites, que seas sucia, que lo uses como si fuese un stripper pago. Que no tengas miedo de hacerlo sentir mal si después de un polvo le pedís otro. Quiero que garchés a full. Y si solo vas y te dejás hacer, así toda sumisa, me engañás. Yo no lo voy a saber, pero vos sí. Va a ser un engaño, una infidelidad y vas a cargar con eso.
—Llamalo —le dije.
Ella agarró el celu y llamó.
Yo desde adentro aún miraba. Ella me escribe: "¿Salís?". Le respondí: "Banca que fui al baño, me meaba. Anda caminando despacio, te alcanzo".
Ella leyó, escribió "ok" y guardó el teléfono. Miró hacia adentro, le dio un último beso y se fue. Él se quedó unos segundos mirándola irse, y entró. Pasó al lado mío.
En ese momento ya no sentía calentura, era morbo puro de saber hasta dónde ella llegaría. Y apareció esa sensación que conozco bien y hacía rato no tenía: una desesperación, viendo que pierdo el control de la situación. Sabía que iba a improvisar. Mi corazón latía fuerte, tenía que hacer algo.
Voy a aclarar algo antes de seguir: después de esa noche juramos ser sinceros siempre, le guste o no al otro, en todo lo que es sexo. Es preferible y sano escuchar quizá algo que pueda no gustarte y aceptarlo o no después, que tener una duda, una desconfianza. Eso no tiene solución, te va carcomiendo y termina cagando la pareja. Nosotros hoy con Dai estamos excelente por eso, por optar por la sinceridad.
No tenía mucho tiempo. Lo pensé una vez, dos. Y ya estaba enfrente de él.
—Hola —le digo.
Me hace seña con la cabeza como diciendo "¿qué querés?". Hice una pequeña pausa y me tira:
— Yo no busco tipos.
—No, no, nada que ver. Soy el marido de la chica con la que estabas.
El chabón da un paso atrás como buscando la guardia, por si le tiraba una piña.
—Tranqui, no pasa nada.
—Yo no quiero líos, estábamos charlando —me dice.
—Mira, estoy acá hace una hora y pico. Me vine atrás de ella porque me dio cosa no acompañarla. Y estaba ahí arriba —le señalé el balcón.
Se puso serio, seguramente pensó que venía el lío, las piñas.
—Escuchame —digo, y gesticulo con las manos, tiro la cabeza para atrás pensando que lo iba a encajar—. Tranqui, no quiero pelear. ¿Te la querés cojer?
Me miró fijo, no dijo nada.
Le repito:
—¿Te la querés cojer?
—Sí, obvio —respondió todavía a la defensiva.
—Bueno, y yo quiero ver cómo te la cogés, sin que ella sepa. ¿Dónde estás parando?
—¿Qué son swinger? —me dice.
—No, nada que ver. Arreglemos porque no tengo mucho tiempo. ¿Dónde estás parando? ¿Estás solo?
—Un monoambiente en X y X. Sí, solo estoy. Mi primo es de acá y no tiene lugar en la casa, me consiguió ese para alquilar.
Quedaba a unas 6 cuadras de donde estábamos.
Me suena el celu. Dai: "¿Y, salís?".
Tuve que esperar, estaba lleno. "Estoy saliendo", le respondí.
No sé entonces por qué un monoambiente no hay manera de que pueda mirar. Me interrumpe y dice:
—No, no, es una casita. Tiene la entrada de auto al costado y un patiecito atrás, tiene ventanas todo alrededor. De ahí podés mirar. Yo bajo las persianas y las dejo apenas levantadas y apago la luz de afuera.
—¿Seguro?
—Sí, no se ve nada afuera y más si dejo prendidas las de adentro.
—Ok, escucha. Andate ya para tu casa. Comprá un federico alvear dulce, si hay mejor,sino cualquiera, ella toma eso y compra forros. El escuchaba atento. Sigo:
—Si intentás ponérsela sin forro, entro y te cago a trompadas, ok?
—Sí, sí, quedate tranquilo.
—Ella en 10 minutos te va a llamar para ir a tu casa. Pasale la dirección.
—Ahh, ¿y cómo entro? ¿Me dejas abierto? Pregunte.
—Te dejo la reja arrimada.
—Ok.
Di un paso para irme y volví, lo agarré del brazo y le dije:
—Esto no es gratis.
El flaco hizo una mueca de decepción. Antes que diga nada seguí:
—Yo te doy a mi mujer, vos tenés que darme un buen show. Quiero que la hagas hablar, que te diga cosas sucias mientras la cogés, ok? Quiero escuchar y ver cuán puta es. ¿Te quedó claro?
—Síii, obvio. Me encanta eso. Es más, yo soy re hablador en la cama.
—Quedamos así. Nos vemos.
Yo salí apurado. Dai me esperaba en la esquina.
Una hora para mear? —me dice ella, riéndose un poco, pero con esa mirada que ya conocía, mezcla de nervios y curiosidad.
—10 minutos fueron, el baño estaba lleno, había cola afuera —le contesté, tratando de sonar normal—. Vamos a fumar un cigarro a la playa, dale.
Mientras caminábamos las dos cuadras, el aire salado pegaba fuerte. Ella iba callada un rato, después me soltó:
—Yo no podría verte con otra mina.
Yo sí y me encantó verte —le dije sin filtro.
Eso por qué no me querés —me respondió bajito.
Nada que ver, esto ya lo hablamos. Los hombres y las mujeres en eso somos distintos.
Sí, vos lo decís —murmuró, como si no le convenciera del todo.
Nos sentamos en el caminito de madera, prendimos un pucho cada uno. Hubo un silencio largo. Yo pensaba cómo decirle, cómo soltar lo que tenía en la cabeza. Y ella rompió primero:
—Bueno, ahora tengo que cumplir, jaja. ¿Vas a tratar bien mi culito? ¿No vas a ser bestia?
No contesté. Tiré el cigarro, la besé fuerte. Deslicé la mano por su muslo hasta la conchita. Mientras le acariciaba despacio el clítoris, le susurré:
—¿Estás caliente?
—Mucho —contesta con un suspiro.
—¿Te hizo calentar el flaco?
—Algo —gimió bajito.
Yo la toqué más fuerte, círculos rápidos.
—¿Le tocaste la pija?
—Sí , por arriba de la ropa—gimió otra vez
—¿Y te gustó?
Ella gimió, no respondió. Insistí:
—Responde.
—Sí… ahhh… mmm… —dijo, voz temblorosa.
—¿Te gustaría garchártelo?
Ella no contestaba, solo gemía despacito. Yo la toqué más fuerte, estaba en camino de acabar.
—Responde —le dije.
—Ahhh… mmm… síiiii… síii… me lo garcharía todo! —dijo casi acabando, voz quebrada.
Yo me frené en seco y saqué la mano. Ella quedó agitada, jadeando.
—¿Te enojaste? —me preguntó todavía temblando.
—No, no me enojé. Es que quiero que te lo garchés.
—¿Estás loco?
—No, es verdad. Quiero que te lo garchés.
—Jajaj, por qué no vamos a casa y garchamos nosotros —dijo, tratando de desviar.
—Mandale mensaje, dale —le insistí.
Ella me miró medio seria, se dio cuenta que hablaba en serio.
—Ahhh, ya sé por dónde viene la mano. ¿Vos querés que yo esté con él para después yo te deje coger con la trolita esa del parador? ¿De en serio, Marcos?
—Nada que ver. Yo no quiero garchar con nadie. Es que te vi muy motivada con él. No lo hacías por jugar. El tipo supo conquistarte, no sé cómo decirte. Vos siempre estuviste para satisfacerme, sin importar nada. Siempre fuiste buena esposa en la cama, por más que quizá no tenías ganas o te dolía la cabeza o lo que sea, siempre me complaciste. Estos 11 años te usé siempre que quise y como quise. Y hoy te vi deseosa con él y quería regalarte eso: que te des un gusto sin reclamos luego.
Ella me escuchaba y no decía nada. La verdad que eso me salió, no sabía qué decir, y por más que sonara a excusa barata, en el fondo, muy en el fondo, había sinceridad. SINCERIDAD.
Ella miró el mar un momento para no mirarme, y me dijo:
—No hace falta que me dejes coger con otro… —iba a continuar.
La paré en seco:
—Quiero que te lo garchés. Dale.
Y la besé. El beso fue largo para evitar responder.
—Mira —le digo—, prestá atención y no demos más vueltas. Ahora lo llamás y le decís que yo me enojé porque te demoraste y que seguro me fui con alguna trolita. Él te va a decir de verte. Vos aceptá. Te voy a dar dos horas, y usás forro para garchar.
Ella me miraba, concentrada en las instrucciones.
—Y lo último: yo quiero que vayas y disfrutes, tanto como quieras. Que te sueltes, que grites, que seas sucia, que lo uses como si fuese un stripper pago. Que no tengas miedo de hacerlo sentir mal si después de un polvo le pedís otro. Quiero que garchés a full. Y si solo vas y te dejás hacer, así toda sumisa, me engañás. Yo no lo voy a saber, pero vos sí. Va a ser un engaño, una infidelidad y vas a cargar con eso.
—Llamalo —le dije.
Ella agarró el celu y llamó.
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