Siempre tuve una debilidad que me perdió: las morenas voluptuosas. Ese color canela, la piel que parece que siempre tiene temperatura y esas curvas que no entran en ningún pantalón normal me volvieron loco desde pendejo. Después de un divorcio que me dejó seco de alma y harto del histeriqueo de las minas en las apps, que te dan vueltas para un café y después se hacen las interesantes, decidí que la vida era corta. Quería cumplir mi sueño y no iba a escatimar. Así fue como llegué a Yanet, una escort de lujo que encontré en las redes.

El primer contacto por WhatsApp ya fue diferente. Nada de vueltas: fotos reales que te hacían doler la vista y un audio con una tonada cubana que te bajaba la presión. Arreglamos para vernos en una casa impecable en zona norte, un barrio de esos donde el silencio se siente. Cuando llegué, me abrió la puerta una visión del paraíso. Yanet era un camión: grandota, con una figura marcadísima, cintura de avispa y unas tetas enormes que desafiaban la gravedad. Pero lo que más me voló la cabeza fue su culo gigante, firme y brillante. Me recibió con una sonrisa de puta de ley, carismática y con un trato simil novios que me hizo olvidar hasta mi nombre.
Apenas entramos a la habitación, me ofreció algo de tomar y se me pegó al cuerpo. Tenía un perfume dulce que se te metía en los poros. El encuentro fue un lujo de detalles: arrancó lamiéndome cada parte de mi cuerpo. En la cama fue una fiera cubana; me hizo un sexo oral eterno, mirándome fijo con esos ojos negros mientras se tragaba cada centímetro de mi verga. Cuando me tocó dárselo a ella, el carisma se transformó en pura lujuria. La puse en cuatro y ese culo se movía como una gelatina rítmica bajo mis nalgadas. Fue una hora de puro disfrute donde sentí que por fin había encontrado lo que buscaba.
La frecuenté dos veces más en ese mismo mes. Ya en confianza, después de una de esas sesiones donde terminábamos los dos transpirados y agotados, nos quedamos charlando mientras fumábamos un pucho. Le pregunté si tenía pareja, más que nada por curiosidad de cómo una mujer así manejaba su vida. Yanet suspiró y me confesó que sí, que estaba saliendo con un cordobés hacía dos meses. Me dijo que el tipo estaba muerto con ella, que era un dulce, pero que él aún no sabía a qué se dedicaba ella y que no encontraba la forma de decírselo porque el pibe era medio conservador. Yo le di un consejo de compromiso y no le di más importancia. Total, para mí era el negocio perfecto.
Hasta que llegó el sábado pasado. Cumpleaños de mi mejor amigo de toda la vida, el Gringo. El grupo estaba eufórico porque el Gringo venía diciendo por WhatsApp que se había levantado un guachón y que esa noche la llevaba para presentarla oficialmente. Estábamos todos en el quincho, con el fernet en la mano, esperando ver el trofeo de nuestro amigo. De repente se abre la puerta. El Gringo entra con el pecho inflado, orgulloso, y de su brazo, con un vestido rojo pegadísimo que le marcaba hasta el pensamiento, entra ella. Yanet.
Apenas cruzamos la mirada, el tiempo se detuvo. El Gringo, con una sonrisa de oreja a oreja, me puso la mano en el hombro y me dijo:
— Amigo! Te presento a Yanet, el amor de mi vida.
Esa mirada de Yanet me liquidó. No era una mirada de susto, era la mirada de una profesional que sabe que tiene el control, mezclada con ese fuego cubano. El Gringo, pobre tipo, estaba en una nube de pedos, abrazándola por la cintura justo donde yo le había dejado marcados los dedos la semana pasada.
— Un gusto, Yanet —le dije, y me levanté para darle un beso en la mejilla, obvio.
Ella me tocó el hombro y con mucho disimulo, casi por accidente, me rozó el bulto con la otra mano, muy al pasar.

— El gusto es mío, tanto que me habló el Gringo de su mejor amigo —soltó con esa tonada que me hacía vibrar hasta el apellido.
Nos sentamos a comer. El Gringo no paraba de tocarla y de contar cómo se habían conocido en un gimnasio de zona norte. Yo lo escuchaba y me quería morir; me acordaba perfectamente de la casa donde ella trabajaba y de cómo había tenido ese culo hermoso en cuatro más de una vez. Cada vez que el Gringo decía que era una chica "especial", yo le pegaba un trago largo al fernet para no escupir el asado. A mitad de la cena, sentí su taco rozándome el pantalón por abajo de la mesa. El Gringo se levantó un segundo a buscar hielo y ella me susurró casi sin mover los labios:
— Al baño...
Me levanté y fui de una al baño, que por suerte estaba alejado. Me tiré agua fría en la cara, puteándome por haberme metido con la mina de mi mejor amigo. A los dos minutos escuché la llave. Era Yanet. Se me pegó al pecho y me encajó un beso con lengua que me dejó sin aliento.
— Ni se te ocurra decir nada, mi amor —me dijo mientras me bajaba el cierre—. Tu amigo es un tierno, pero no sabe hacerme lo que me haces tú.
Se arrodilló ahí mismo. Me sacó la pija y empezó a chupármela con una desesperación que nunca le había visto. Me la metía toda en la boca mientras afuera se escuchaba la risa del Gringo.
— Pará, Yanet, nos van a escuchar —le dije, agarrándola de los pelos.
— Shhh... dejame disfrutar de mi cliente favorito antes de volver con el gringuito.

Se me vino toda la leche de golpe y le tiré un “tragatela toda que te voy a manchar el vestido”. Me quedé helado viendo cómo se tragaba hasta la última gota con eficiencia profesional. Ella salió como si nada; yo me quedé 15 minutos tratando de bajar la erección. Cuando salí al patio a fumar, vi la escena más bizarra: en una esquina oscura, el Gringo estaba tirado en una reposera y Yanet de rodillas, devorándole la verga. Ahí entendí todo. Mi amigo tenía un pitito de escasos 11 cm que a esa cubana no le hacían ni cosquillas. Como él estaba de espaldas no me vio, pero la muy puta sí, y me miraba de reojo mientras le comía la verga al Gringo. Me puse duro de nuevo al toque. Ya jugado, hice ruido con la puerta y tiré:
— Uh Gringo, vos sí que la pasás bien eh! Perdonen, sigan, disfruten.
Pero el Gringo, ebrio y caliente, me frenó:
— Ya fue amigo! Yanet ya me contó todo recién. Ya sé que es escort y que sos su cliente favorito. Vení y compartamos este chocolate! Pero nada de compararme la pija, ya sé el tronco que tenés, me lo contó esta putita.
Yanet se relamió y me miró con lujuria:
— Dale papi, no te hagas el santo. Vení que quiero sentirte mientras él me mira.

Me acerqué, me bajé el cierre y mi verga saltó como un resorte. La negra abrió los ojos grandes, soltó la pija del Gringo y agarró la mía con las dos manos.
— Ay Dios mío, miren esta belleza —susurró antes de empezar a comerme a mí mientras el Gringo se pajeaba al lado.
En ese estado, el Gringo tiró que nos fuéramos a coger a su casa. El viaje fue un delirio; él manejaba como un loco y Yanet iba atrás en el medio, pajeándonos a los dos mientras se reía. Llegamos al depto y ni bien entramos nos tiró al sillón para seguir chupando.
— Los quiero sentir a los dos al mismo tiempo —soltó ella.
— Yo voy por el culo! —dijo el Gringo—. Porque si le metés ese tronco ahí atrás, no me va a servir más después.
Me acosté en la cama y Yanet se acomodó arriba mío, aplastándome la cara con esas tetotas gigantes. Quedó en cuatro perfecta sobre mi pecho, ofreciéndole el culazo al Gringo. Él empezó a dilatar con su pulgar ese ano divino y, como la negra ya estaba entregada por mi pedazo de carne, el hoyito cedió para su pijita finita.

— Ahhh, sí, mis dos machos! —gritaba Yanet mientras saltaba arriba mío.
— Tomá, putita, tomá! —gritaba mi amigo, dándole con todo.
Yo la tenía agarrada de la cintura y se la mandaba hasta el fondo por la concha. Era una sincronía perfecta. Sentía el roce de la pija de mi amigo a través de la pared del ano de la negra, una sensación bizarra que me ponía más duro todavía.
— No paren, no paren ahhh! —chillaba Yanet.
El Gringo le pegaba nalgazos que sonaban como latigazos. Yo le mordía los pezones mientras ella saltaba. El morbo de estar ahí con mi mejor amigo era demasiado.
— Te voy a llenar la concha de leche puta! —grité.
— Yo también, amigo, la llenemos toda! —contestó él.
Pero preferí cambiar de idea y saqué la verga de la concha justo cuando el Gringo salía del culo. La negra quedó arrodillada, chorreando flujo. El Gringo le agarró la cabeza y me miró.
— Ahora, bañala toda!
— Esa carita es tuya —le dije, y le acabé un chorrazo directo en las tetas, mientras el Gringo le tiraba su leche por toda la boca y el cuello. Yanet se quedó bañada, relamiéndose y mezclando nuestras leches sobre su piel morena.


El primer contacto por WhatsApp ya fue diferente. Nada de vueltas: fotos reales que te hacían doler la vista y un audio con una tonada cubana que te bajaba la presión. Arreglamos para vernos en una casa impecable en zona norte, un barrio de esos donde el silencio se siente. Cuando llegué, me abrió la puerta una visión del paraíso. Yanet era un camión: grandota, con una figura marcadísima, cintura de avispa y unas tetas enormes que desafiaban la gravedad. Pero lo que más me voló la cabeza fue su culo gigante, firme y brillante. Me recibió con una sonrisa de puta de ley, carismática y con un trato simil novios que me hizo olvidar hasta mi nombre.
Apenas entramos a la habitación, me ofreció algo de tomar y se me pegó al cuerpo. Tenía un perfume dulce que se te metía en los poros. El encuentro fue un lujo de detalles: arrancó lamiéndome cada parte de mi cuerpo. En la cama fue una fiera cubana; me hizo un sexo oral eterno, mirándome fijo con esos ojos negros mientras se tragaba cada centímetro de mi verga. Cuando me tocó dárselo a ella, el carisma se transformó en pura lujuria. La puse en cuatro y ese culo se movía como una gelatina rítmica bajo mis nalgadas. Fue una hora de puro disfrute donde sentí que por fin había encontrado lo que buscaba.
La frecuenté dos veces más en ese mismo mes. Ya en confianza, después de una de esas sesiones donde terminábamos los dos transpirados y agotados, nos quedamos charlando mientras fumábamos un pucho. Le pregunté si tenía pareja, más que nada por curiosidad de cómo una mujer así manejaba su vida. Yanet suspiró y me confesó que sí, que estaba saliendo con un cordobés hacía dos meses. Me dijo que el tipo estaba muerto con ella, que era un dulce, pero que él aún no sabía a qué se dedicaba ella y que no encontraba la forma de decírselo porque el pibe era medio conservador. Yo le di un consejo de compromiso y no le di más importancia. Total, para mí era el negocio perfecto.
Hasta que llegó el sábado pasado. Cumpleaños de mi mejor amigo de toda la vida, el Gringo. El grupo estaba eufórico porque el Gringo venía diciendo por WhatsApp que se había levantado un guachón y que esa noche la llevaba para presentarla oficialmente. Estábamos todos en el quincho, con el fernet en la mano, esperando ver el trofeo de nuestro amigo. De repente se abre la puerta. El Gringo entra con el pecho inflado, orgulloso, y de su brazo, con un vestido rojo pegadísimo que le marcaba hasta el pensamiento, entra ella. Yanet.
Apenas cruzamos la mirada, el tiempo se detuvo. El Gringo, con una sonrisa de oreja a oreja, me puso la mano en el hombro y me dijo:
— Amigo! Te presento a Yanet, el amor de mi vida.
Esa mirada de Yanet me liquidó. No era una mirada de susto, era la mirada de una profesional que sabe que tiene el control, mezclada con ese fuego cubano. El Gringo, pobre tipo, estaba en una nube de pedos, abrazándola por la cintura justo donde yo le había dejado marcados los dedos la semana pasada.
— Un gusto, Yanet —le dije, y me levanté para darle un beso en la mejilla, obvio.
Ella me tocó el hombro y con mucho disimulo, casi por accidente, me rozó el bulto con la otra mano, muy al pasar.

— El gusto es mío, tanto que me habló el Gringo de su mejor amigo —soltó con esa tonada que me hacía vibrar hasta el apellido.
Nos sentamos a comer. El Gringo no paraba de tocarla y de contar cómo se habían conocido en un gimnasio de zona norte. Yo lo escuchaba y me quería morir; me acordaba perfectamente de la casa donde ella trabajaba y de cómo había tenido ese culo hermoso en cuatro más de una vez. Cada vez que el Gringo decía que era una chica "especial", yo le pegaba un trago largo al fernet para no escupir el asado. A mitad de la cena, sentí su taco rozándome el pantalón por abajo de la mesa. El Gringo se levantó un segundo a buscar hielo y ella me susurró casi sin mover los labios:
— Al baño...
Me levanté y fui de una al baño, que por suerte estaba alejado. Me tiré agua fría en la cara, puteándome por haberme metido con la mina de mi mejor amigo. A los dos minutos escuché la llave. Era Yanet. Se me pegó al pecho y me encajó un beso con lengua que me dejó sin aliento.
— Ni se te ocurra decir nada, mi amor —me dijo mientras me bajaba el cierre—. Tu amigo es un tierno, pero no sabe hacerme lo que me haces tú.
Se arrodilló ahí mismo. Me sacó la pija y empezó a chupármela con una desesperación que nunca le había visto. Me la metía toda en la boca mientras afuera se escuchaba la risa del Gringo.
— Pará, Yanet, nos van a escuchar —le dije, agarrándola de los pelos.
— Shhh... dejame disfrutar de mi cliente favorito antes de volver con el gringuito.

Se me vino toda la leche de golpe y le tiré un “tragatela toda que te voy a manchar el vestido”. Me quedé helado viendo cómo se tragaba hasta la última gota con eficiencia profesional. Ella salió como si nada; yo me quedé 15 minutos tratando de bajar la erección. Cuando salí al patio a fumar, vi la escena más bizarra: en una esquina oscura, el Gringo estaba tirado en una reposera y Yanet de rodillas, devorándole la verga. Ahí entendí todo. Mi amigo tenía un pitito de escasos 11 cm que a esa cubana no le hacían ni cosquillas. Como él estaba de espaldas no me vio, pero la muy puta sí, y me miraba de reojo mientras le comía la verga al Gringo. Me puse duro de nuevo al toque. Ya jugado, hice ruido con la puerta y tiré:
— Uh Gringo, vos sí que la pasás bien eh! Perdonen, sigan, disfruten.
Pero el Gringo, ebrio y caliente, me frenó:
— Ya fue amigo! Yanet ya me contó todo recién. Ya sé que es escort y que sos su cliente favorito. Vení y compartamos este chocolate! Pero nada de compararme la pija, ya sé el tronco que tenés, me lo contó esta putita.
Yanet se relamió y me miró con lujuria:
— Dale papi, no te hagas el santo. Vení que quiero sentirte mientras él me mira.

Me acerqué, me bajé el cierre y mi verga saltó como un resorte. La negra abrió los ojos grandes, soltó la pija del Gringo y agarró la mía con las dos manos.
— Ay Dios mío, miren esta belleza —susurró antes de empezar a comerme a mí mientras el Gringo se pajeaba al lado.
En ese estado, el Gringo tiró que nos fuéramos a coger a su casa. El viaje fue un delirio; él manejaba como un loco y Yanet iba atrás en el medio, pajeándonos a los dos mientras se reía. Llegamos al depto y ni bien entramos nos tiró al sillón para seguir chupando.
— Los quiero sentir a los dos al mismo tiempo —soltó ella.
— Yo voy por el culo! —dijo el Gringo—. Porque si le metés ese tronco ahí atrás, no me va a servir más después.
Me acosté en la cama y Yanet se acomodó arriba mío, aplastándome la cara con esas tetotas gigantes. Quedó en cuatro perfecta sobre mi pecho, ofreciéndole el culazo al Gringo. Él empezó a dilatar con su pulgar ese ano divino y, como la negra ya estaba entregada por mi pedazo de carne, el hoyito cedió para su pijita finita.

— Ahhh, sí, mis dos machos! —gritaba Yanet mientras saltaba arriba mío.
— Tomá, putita, tomá! —gritaba mi amigo, dándole con todo.
Yo la tenía agarrada de la cintura y se la mandaba hasta el fondo por la concha. Era una sincronía perfecta. Sentía el roce de la pija de mi amigo a través de la pared del ano de la negra, una sensación bizarra que me ponía más duro todavía.
— No paren, no paren ahhh! —chillaba Yanet.
El Gringo le pegaba nalgazos que sonaban como latigazos. Yo le mordía los pezones mientras ella saltaba. El morbo de estar ahí con mi mejor amigo era demasiado.
— Te voy a llenar la concha de leche puta! —grité.
— Yo también, amigo, la llenemos toda! —contestó él.
Pero preferí cambiar de idea y saqué la verga de la concha justo cuando el Gringo salía del culo. La negra quedó arrodillada, chorreando flujo. El Gringo le agarró la cabeza y me miró.
— Ahora, bañala toda!
— Esa carita es tuya —le dije, y le acabé un chorrazo directo en las tetas, mientras el Gringo le tiraba su leche por toda la boca y el cuello. Yanet se quedó bañada, relamiéndose y mezclando nuestras leches sobre su piel morena.

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