Doña Carmen era de las que todavía creían que el demonio entraba por la oreja si uno escuchaba música mundana. Setenta y cuatro años, espalda recta como tabla de planchar, voz de mando que hacía callar hasta al padre Anselmo cuando se le pasaba la mano en el sermón.
—Juanito, por el amor de Dios, súbete esa playera. ¿Qué es eso de andar enseñando el ombligo como una cualquiera? ¡Pareces una de esas muchachas del TikTok! —le gritaba cada vez que él llegaba sudado del gimnasio.
Y él, con esa sonrisa de niño bueno que ya no era niño, bajaba la cabeza fingiendo arrepentimiento:
—Perdón, abuelita… es que hace calor.
—¡Calor! ¡El calor del infierno te va a dar si sigues así! A tu edad yo ya estaba casada y con tres hijos. Tú solo piensas en… en… ¡en la carne! ¡Vete a rezar un padrenuestro ahora mismo!
La casa olía a incienso de iglesia y a vainilla vieja. Siempre había sido así desde que Juanito tenía memoria. El crucifijo de madera oscura colgaba sobre la cabecera de la cama de doña Carmen, igual que cuando él era pequeño y venía a dormir la siesta los domingos después de misa.
Ahora tenía veintitrés años.
Ella setenta y cuatro.
Y ninguno de los dos era ya el mismo.
Doña Carmen seguía yendo a misa de seis todos los días, seguía rezando el rosario de rodillas en la sala con esa postura recta que parecía desafiar a la artritis, seguía usando esas blusas de cuello alto abotonadas hasta el último ojal y faldas largas color café que nunca dejaban ver más que los tobillos hinchados. Pero Juanito había empezado a notar otras cosas.
Cómo se le subía un poco la falda cuando se agachaba a recoger algo del suelo.
Cómo se le marcaban los pezones bajo la tela cuando hacía frío y no se ponía sostén en casa “porque ya no tengo nada que ofrecerle al Señor ahí abajo”.
Cómo se quedaba mirándolo un segundo más de lo debido cuando él salía de la ducha con la toalla anudada muy baja.
Y luego estaba el asunto de la mascarilla.
Todo empezó por una broma tonta.
Una tarde de calor sofocante, Juanito llegó sudado del gimnasio. Se quitó la playera frente al ventilador y ella, desde la cocina, dijo con esa voz que pretendía ser de regaño pero sonaba más a susurro:
—Ay, mijo… te estás poniendo muy… varonil. Ya no eres el niño que yo arrullaba.
Días después, mientras veían televisión, salió el tema de las mascarillas de belleza que usaban las señoras en el salón de doña Lupe. Doña Carmen se rió con pudor:
—Ay no, yo con esas cosas no. ¿Para qué? Si ya estoy para el panteón.
Juanito, con la mirada fija en la pantalla pero la mente en otro lado, soltó casi sin pensar:
—A mí me gustaría verte con una mascarilla… pero no de esas de pepino o arcilla.
Ella lo miró extrañada.
—¿Entonces de qué, hablas travieso malcriado ?
Él se acercó al oído, bajó la voz hasta que fue apenas aliento:
—De la mía, abuela. Bien calientita… recién sacadita… espesa… para toda tu carita santa.
¡Calor! ¡El calor del infierno te va a dar si sigues así! A tu edad yo ya estaba casada y con tres hijos. Tú solo piensas en… en… ¡en la carne! ¡Vete a rezar un padrenuestro ahora mismo!
Juanito obedecía… pero siempre dejaba la puerta del baño entreabierta después de ducharse. Solo un poquito. Lo suficiente para que ella, al pasar por el pasillo camino a la cocina, pudiera ver de reojo cómo se secaba el pecho ancho, cómo la toalla resbalaba peligrosamente bajo la cadera, cómo se tocaba “sin querer” mientras se ponía loción.
Y ella regañaba:
—¡Cierra esa puerta, desvergonzado! ¡Que no nací ayer! ¡Si tu pobre madre te viera…!
Pero se quedaba un segundo más de lo necesario mirando.
Una noche, después de la cena, mientras ella lavaba los platos y él secaba, Juanito soltó como quien no quiere la cosa:
—Abuelita, ¿tú nunca has usado mascarillas de belleza? En el gimnasio las chicas hablan de unas de “leche de coco” que dejan la piel suavecita.
Doña Carmen soltó la esponja como si le hubiera quemado.
—¿Mascarillas? ¡Yo no soy una de esas vanidosas del salón de doña Lupe! ¡La belleza que vale es la del alma, Juanito! ¡Y tú deberías estar pensando en encontrar una buena muchacha católica en vez de mirar tanta… tanta porquería en el celular!
Él bajó la mirada, fingiendo vergüenza.
—Tienes razón, abuelita. Es que… una vez leí que hay mascarillas naturales, caseras, que son mejores que las compradas. Dicen que la… “leche de hombre” es la más rica en proteínas y que deja la piel luminosa por días.
El plato que ella tenía en la mano se resbaló y cayó al fregadero con estrépito.
—¡Juan José! ¡Pero qué boca tan sucia tienes! ¡Eso es pecado mortal! ¡Pecado de pensamiento e intención! ¡Ve a confesarte mañana mismo o te juro que te echo de esta casa como a un perro!
Juanito se arrodilló teatralmente frente a ella, con las manos juntas como cuando era niño.
—Perdón, abuelita… perdón. No sé qué me pasó. Fue una tontería. Es que… te vi tan cansada últimamente, con esas arruguitas nuevas alrededor de los ojos… y pensé que algo natural, algo de la familia… podría ayudarte. Pero tienes razón. Soy un degenerado.
Doña Carmen sintió un calor extraño subirle por el cuello. No era solo rabia. Había algo más. Algo que no quiso nombrar. Lo agarró de la oreja como cuando tenía doce años.
—¡Arriba! ¡Y reza tres avemarías y un gloria ahora mismo! ¡Y si vuelves a decir semejante cochinada, te lavo la boca con jabón de lejía!
Pero esa noche, cuando se acostó, no pudo dormir. Las palabras “leche de hombre… rica en proteínas… deja la piel luminosa” le daban vueltas en la cabeza como mosquitos. Se persignó veinte veces. Rezó el rosario completo. Y aun así, al cerrar los ojos, se imaginó por un segundo… solo un segundo… cómo se sentiría algo tibio y espeso en la cara. Sacudió la cabeza con furia.
—¡Virgen santísima, líbrame de estos pensamientos impuros!
Pasaron tres días de regaños constantes. Cada vez que Juanito entraba en la sala sin camisa, cada vez que se sentaba demasiado cerca en el sofá, cada vez que le rozaba “sin querer” la mano al pasarle el café:
—¡Juanito, compórtate! ¡Respeta a tu abuela! ¡Que yo te crié con decencia!
Y él, siempre obediente en apariencia, siempre bajando la cabeza:
—Sí, abuelita. Perdón, abuelita.
Pero por las noches, cuando ella ya estaba en su cuarto rezando, él dejaba la puerta de su habitación abierta y se masturbaba despacio, gimiendo bajito su nombre: “Abuelita… abuelita…” Lo suficientemente fuerte para que ella, con el oído fino de quien ha vivido sola muchos años, lo escuchara.
Una madrugada, doña Carmen se levantó a tomar agua y pasó frente a la puerta entreabierta. Lo vio. Sentado en la cama, completamente desnudo, mano moviéndose con ritmo lento, los músculos del abdomen tensos, la cabeza echada hacia atrás… y en sus labios, clarísimo, el susurro:
—Abuelita… para tu carita… toda mi lechita calentita…
Ella se quedó paralizada en el pasillo, con la mano en la boca. El corazón le latía tan fuerte que pensó que le daría un infarto. Quiso entrar y regañarlo hasta dejarlo sordo. Quiso cerrar la puerta de un golpe. Pero no se movió. Se quedó mirando. Mirando cómo él aceleraba el ritmo, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo al final se corría con un gemido ahogado… y cómo recogía con los dedos su propio semen espeso y lo miraba con una sonrisa perversa, como ofreciéndoselo a alguien invisible.
Doña Carmen regresó a su cuarto temblando. Se arrodilló frente al crucifijo y rezó hasta que le dolieron las rodillas. Pero por primera vez en su vida, mientras rezaba, sentía entre las piernas una humedad que no era sudor. Una humedad pecaminosa. Prohibida.
Al día siguiente, durante el desayuno, ella estaba más estricta que nunca.
—¡Ni me mires, Juanito! ¡Ayer te oí! ¡Te oí haciendo cochinadas en tu cuarto! ¡Eres una vergüenza para esta familia cristiana! ¡Hoy mismo te vas a confesar y me traes la constancia del padre Anselmo o te echo a la calle!
Juanito bajó la cabeza, pero por debajo de la mesa sonrió.
—Perdón, abuelita… es que… no puedo evitarlo. Pienso en ti todo el tiempo. En lo bonita que eres todavía… en lo suave que debe ser tu piel… y en lo mucho que te mereces algo que te haga sentir joven y hermosa otra vez.
Doña Carmen golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta! ¡Ni una palabra más!
Pero esa noche, cuando él se fue a su cuarto, ella no pudo evitar acercarse sigilosamente a la puerta entreabierta… otra vez.
Y esta vez, cuando Juanito empezó a tocarse, ella no se fue.
Se quedó.
Respirando agitada.
Con las manos apretadas contra el pecho.
Y por primera vez, en el fondo de su mente estricta y religiosa, una vocecita traicionera susurró:
«¿Y si… solo una vez… probara esa mascarilla que tanto menciona el muchacho? Solo para ver si es cierto que deja la piel más suave… solo para callar esta curiosidad del demonio…»
Doña Carmen se persignó con furia.
Pero no se movió de la puerta.
Y Juanito, sabiendo perfectamente que ella estaba ahí, se corrió más abundante y más despacio que nunca… dejando que el semen cayera grueso sobre su propia mano… y luego, mirándola directamente a los ojos a través de la rendija, se llevó los dedos a la boca y los chupó.
Ella huyó a su cuarto con las mejillas ardiendo y un calor entre las piernas que ya no podía negar.
El regaño vendría mañana.
Pero el deseo… el deseo ya había nacido.
Y crecía
Era jueves por la tarde. Doña Carmen acababa de terminar el rosario de las tres y media —el de la Divina Misericordia— y estaba sentada en su sillón de siempre, con el rosario todavía enrollado en la mano izquierda. Juanito entró a la sala descalzo, solo con un short deportivo gris muy ajustado y una playera vieja sin mangas. El sudor del gimnasio todavía le brillaba en el cuello y en los brazos.
Ella levantó la vista al instante, lista para soltar el regaño de rutina.
—Juanito, por Dios santo, ¿otra vez sin camisa decente? ¡Ponte algo encima! Esto no es un gimnasio de… de esos muchachos sinvergüenzas. ¡Aquí se respeta la casa del Señor!
La voz salió fuerte al principio, como siempre. Pero al terminar la frase, bajó el volumen. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el bulto que marcaba el short, en cómo la tela se adhería húmeda a los muslos. Tragó saliva y carraspeó.
Juanito se acercó despacio, sin prisa, y se sentó en el brazo del sillón, muy cerca de ella. Tan cerca que su rodilla rozaba el hombro de la abuela.
—Perdón, abuelita… es que vine corriendo porque quería verte. Traje algo para ti.
Sacó del bolsillo del short un frasquito pequeño de crema facial que había comprado en la farmacia. Lo puso en la mano arrugada de ella.
—Es de aloe vera. Dicen que suaviza mucho la piel. Pensé… que te vendría bien para esas manchitas del sol que te han salido.
Doña Carmen miró el frasco como si fuera una serpiente. Lo tomó, pero no lo abrió.
—¿Y desde cuándo te preocupas tú por la piel de una vieja como yo? —dijo, intentando sonar dura—. Deberías estar buscando una novia decente, no andándote con estas… estas tonterías mundanas.
Pero no le devolvió el frasco. Lo mantuvo en la palma, apretándolo un poco.
Juanito se inclinó más. Su aliento cálido le rozó la oreja.
—No es mundano cuidarte, abuelita. Tú me cuidaste a mí toda la vida. Ahora déjame cuidarte yo… aunque sea con algo chiquito.
Hizo una pausa. Luego, bajando la voz hasta casi un susurro pecaminoso:
—O con algo más… natural. Ya sabes de qué hablo. Esa mascarilla que mencioné el otro día… la que sale de mí. Calientita. Espesita. Mucho mejor que cualquier crema de farmacia.
Doña Carmen se puso rígida. El rosario se le clavó en la palma.
—¡Juanito! —intentó gritar, pero salió como un jadeo entrecortado—. ¡No vuelvas a decir esa… esa obscenidad en mi casa! ¡Te lo prohíbo! ¡Es… es asqueroso! ¡Es pecado! ¡El diablo te tiene bien agarrado!
Quiso levantarse, pero las piernas no le respondieron del todo. Se quedó sentada, respirando agitada, con el pecho subiendo y bajando bajo la blusa de algodón abotonada hasta el cuello.
Juanito no se movió. Solo la miró fijamente, con esa calma perversa que ya conocía tan bien.
—No es asqueroso, abuelita. Es… familia. Es mío. Y si te lo pongo en la carita, despacito, con mis dedos… te juro que vas a sentir cómo se te afloja todo. Las arrugas. El cansancio. Todo. Solo tienes que cerrar los ojos y dejar que caiga… gota a gota… caliente… sobre tu piel santa.
Ella cerró los ojos un instante, como si intentara bloquear las palabras. Pero al abrirlos de nuevo, estaban vidriosos. Brillantes. No de llanto. De otra cosa.
—Calla… calla, por favor… —murmuró, pero ya no había autoridad en la voz. Era casi una súplica—. No me hagas pensar en eso… no me hagas…
Juanito se inclinó más. Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, muy suave.
—¿En qué piensas, abuelita? Dímelo. No pasa nada. Estamos solos. Nadie se va a enterar.
Doña Carmen tembló. El rosario se le escapó de la mano y cayó al piso con un tintineo suave. No se agachó a recogerlo.
—Pienso… pienso que es malo —susurró—. Pienso que me voy a condenar. Pero también pienso… Dios me perdone… pienso en cómo se sentiría… tibio… espeso… cubriéndome la frente… las mejillas… los labios…
Se tapó la boca con la mano, horrorizada de sus propias palabras. Pero no se apartó cuando Juanito le tomó la muñeca y se la bajó despacio.
—Solo piénsalo un poquito más —le dijo él, con voz ronca—. No tienes que hacerlo hoy. Pero imagínalo. Imagina que te arrodillas como cuando rezas… pero esta vez no es al Señor al que esperas. Es a mí. Y en lugar de la hostia… te doy algo más abundante. Algo que te chorree por la barbilla y manche tu camisón blanco. Algo que huela a mí… a tu nieto…
Doña Carmen soltó un gemido muy bajito, casi inaudible. Sus muslos se apretaron con fuerza bajo la falda. Sintió la humedad entre las piernas crecer, traicionera, imparable.
—No… no sigas… —pidió, pero su mano libre se posó en el muslo de él, sin apretar, solo descansando ahí, como si no pudiera evitarlo.
Juanito sonrió. Se levantó despacio, dejando que ella viera bien el bulto hinchado bajo el short.
—Voy a mi cuarto a… prepararla —dijo con malicia—. Si cambias de idea, abuelita… solo tienes que tocar la puerta. Tres golpecitos suaves. Como cuando me llamabas para rezar el rosario de niños.
Se fue caminando despacio por el pasillo.
Doña Carmen se quedó sola en la sala, con el rosario en el suelo y el frasquito de crema olvidado en el regazo. Se persignó tres veces seguidas, pero sus dedos temblaban.
Miró hacia el pasillo oscuro.
Y por primera vez, no rezó para que el deseo se fuera.
Rezó, en silencio, para tener el valor de dar esos tres golpes
(Una abuela de expresión seria y devota, con el peso de los años
La medianoche acababa de dar en el reloj de pared de la sala. La casa estaba en silencio absoluto, salvo por el tic-tac lejano y el zumbido ocasional del refrigerador. Doña Carmen llevaba más de una hora sentada en la orilla de su cama, con el camisón largo de algodón blanco arrugado entre los dedos, el rosario apretado como si fuera un salvavidas. Había rezado el rosario entero dos veces. Había llorado un poco. Había intentado dormir. Nada funcionaba.
El calor entre las piernas no se iba.
La imagen de Juanito chupándose los dedos en la rendija de la puerta no se borraba.
Y la vocecita ya no era una tentación: era un mandato.
Se levantó despacio, con las rodillas temblorosas. Caminó por el pasillo descalza, sintiendo el piso frío contra las plantas de los pies. Llegó a la puerta del cuarto de Juanito. Se detuvo. Respiró hondo. Se persignó una vez más, pero esta vez el gesto fue débil, casi mecánico.
Tocó.
Tres golpecitos suaves.
Como él había dicho.
La puerta se abrió casi al instante. Juanito estaba ahí, solo con un bóxer negro ajustado, el pelo revuelto, los ojos brillantes en la penumbra. No dijo nada. Solo se hizo a un lado para dejarla pasar.
Doña Carmen entró. Cerró la puerta detrás de ella con un clic que sonó como sentencia.
Se quedó de pie en medio del cuarto, con los brazos cruzados sobre el pecho como escudo, la mirada fija en el suelo.
—Esto… esto es lo último que voy a tolerar de ti, Juanito —empezó, intentando que la voz saliera firme, autoritaria como siempre—. Lo que estás haciendo es… es una aberración. Una ofensa a Dios, a la familia, a todo lo sagrado. Yo… yo solo vengo a… a ponerte un límite de una vez por todas. No pienso permitir que sigas con esas… esas cochinadas en mi cabeza. Así que vas a escucharme bien: o dejas de una buena vez de… de provocarme con esas… ideas asquerosas, o…
Se le quebró la voz. Tragó saliva. Siguió hablando más bajo, casi murmurando:
—O me vas a tener que… a tener que demostrar… de una vez… que no es solo palabra… que no es solo para torturarme…
Juanito se acercó despacio. Ella no retrocedió.
—Abuelita… —dijo él con voz baja, ronca—. ¿Quieres que pare? Dímelo claro. Dime “para” y paro ahora mismo.
Doña Carmen levantó la vista por fin. Los ojos le brillaban. No de rabia. De hambre contenida.
—No… no pares —susurró, y al decirlo se le escapó un sollozo pequeño—. Pero hazlo rápido. Hazlo antes de que me arrepienta. Antes de que el Señor me fulmine aquí mismo. Hazlo… y no digas nada más. Solo… hazlo.
Se arrodilló. No con gracia. Con torpeza. Las rodillas crujieron contra el piso de madera. Bajó la cabeza, como si fuera a recibir la comunión, pero esta vez no era el cuerpo de Cristo lo que esperaba.
Juanito se quitó el bóxer despacio. Ya estaba completamente erecto, grueso, palpitante. Se acercó hasta quedar a centímetros de su cara. Ella cerró los ojos con fuerza, temblando.
—Ábrete un poquito, abuelita —le pidió él en voz muy baja—. Como cuando rezas. Solo un poquito.
Doña Carmen entreabrió los labios. Temblorosos. La lengua asomó apenas, rosada contra los labios resecos.
Él se tomó con la mano. Empezó a masturbarse despacio, mirándola fijamente. Ella no se movía. Solo respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando bajo el camisón.
—Vas a regañarme después, ¿verdad? —preguntó él con una sonrisa perversa—. Vas a decirme que soy un pecador, que me voy a condenar… pero ahora mismo… ahora mismo lo quieres.
Ella soltó un gemido ahogado.
—Calla… calla y… y termina de una vez… —exigió, pero la voz salió rota, suplicante.
Juanito aceleró el ritmo. Su respiración se volvió entrecortada. Se inclinó un poco más.
—Para tu carita santa… abuelita… toda mi lechita… calentita… espesa… para que te la pongas como mascarilla… para que te la dejes secar toda la noche… y mañana te mires al espejo y veas lo puta que eres debajo de tanto rosario…
Doña Carmen gimió más fuerte. Sus manos subieron instintivamente a los muslos de él, apretando la carne dura, como si necesitara anclarse a algo.
Y entonces él se corrió.
El primer chorro salió fuerte, caliente, directo en la frente. Le resbaló por la arruga profunda entre las cejas, bajó por el puente de la nariz.
El segundo le cayó en la mejilla izquierda, grueso, viscoso, brillando bajo la luz tenue de la lámpara de noche.
El tercero en los labios entreabiertos; ella no los cerró, dejó que entrara un poco, que se mezclara con su saliva.
El cuarto y el quinto le bañaron la barbilla y el cuello, goteando sobre el encaje del camisón, manchando la tela blanca con manchas translúcidas.
Doña Carmen se quedó quieta, jadeando. Con los ojos cerrados. Con la cara convertida en un lienzo obsceno.
Juanito se arrodilló frente a ella. Le tomó la barbilla con dos dedos, la obligó a mirarlo.
—Mírate, abuelita… toda pintadita con la leche de tu nieto… ¿todavía quieres regañarme?
Ella abrió los ojos. Brillaban. Las lágrimas se mezclaban con el semen en sus mejillas.
—Eres… eres un demonio… —susurró, pero su voz ya no tenía fuerza. Solo deseo—. Un demonio que me está condenando… y yo… yo te estoy dejando…
Con dedos temblorosos se tocó la mejilla. Recogió una gota espesa. La llevó a la boca. La chupó despacio, saboreándola.
—Dios mío… perdóname… —murmuró—. Pero… pero qué rico sabe…
Juanito sonrió. Se inclinó y le dio un beso suave en la frente, justo donde todavía quedaba un resto blanco.
—Duérmete así, abuelita. Con la mascarilla puesta. Mañana, cuando te levantes… vas a verte en el espejo… y vas a querer otra vez.
Doña Carmen no contestó. Solo asintió muy despacio.
Se levantó con dificultad. Caminó hacia la puerta sin limpiarse. El semen le escurría todavía por la barbilla cuando salió al pasillo.
Y por primera vez en décadas, no se persignó antes de acostarse.
Se acostó boca arriba, con la cara manchada, y dejó que se secara lentamente sobre su piel.
Sabiendo que al día siguiente… volvería a tocar esa puerta.
Tres golpecitos suaves.
Porque el regaño ya no servía de nada.
El hambre ya había ganado.
—Juanito, por el amor de Dios, súbete esa playera. ¿Qué es eso de andar enseñando el ombligo como una cualquiera? ¡Pareces una de esas muchachas del TikTok! —le gritaba cada vez que él llegaba sudado del gimnasio.
Y él, con esa sonrisa de niño bueno que ya no era niño, bajaba la cabeza fingiendo arrepentimiento:
—Perdón, abuelita… es que hace calor.
—¡Calor! ¡El calor del infierno te va a dar si sigues así! A tu edad yo ya estaba casada y con tres hijos. Tú solo piensas en… en… ¡en la carne! ¡Vete a rezar un padrenuestro ahora mismo!
La casa olía a incienso de iglesia y a vainilla vieja. Siempre había sido así desde que Juanito tenía memoria. El crucifijo de madera oscura colgaba sobre la cabecera de la cama de doña Carmen, igual que cuando él era pequeño y venía a dormir la siesta los domingos después de misa.
Ahora tenía veintitrés años.
Ella setenta y cuatro.
Y ninguno de los dos era ya el mismo.
Doña Carmen seguía yendo a misa de seis todos los días, seguía rezando el rosario de rodillas en la sala con esa postura recta que parecía desafiar a la artritis, seguía usando esas blusas de cuello alto abotonadas hasta el último ojal y faldas largas color café que nunca dejaban ver más que los tobillos hinchados. Pero Juanito había empezado a notar otras cosas.
Cómo se le subía un poco la falda cuando se agachaba a recoger algo del suelo.
Cómo se le marcaban los pezones bajo la tela cuando hacía frío y no se ponía sostén en casa “porque ya no tengo nada que ofrecerle al Señor ahí abajo”.
Cómo se quedaba mirándolo un segundo más de lo debido cuando él salía de la ducha con la toalla anudada muy baja.
Y luego estaba el asunto de la mascarilla.
Todo empezó por una broma tonta.
Una tarde de calor sofocante, Juanito llegó sudado del gimnasio. Se quitó la playera frente al ventilador y ella, desde la cocina, dijo con esa voz que pretendía ser de regaño pero sonaba más a susurro:
—Ay, mijo… te estás poniendo muy… varonil. Ya no eres el niño que yo arrullaba.
Días después, mientras veían televisión, salió el tema de las mascarillas de belleza que usaban las señoras en el salón de doña Lupe. Doña Carmen se rió con pudor:
—Ay no, yo con esas cosas no. ¿Para qué? Si ya estoy para el panteón.
Juanito, con la mirada fija en la pantalla pero la mente en otro lado, soltó casi sin pensar:
—A mí me gustaría verte con una mascarilla… pero no de esas de pepino o arcilla.
Ella lo miró extrañada.
—¿Entonces de qué, hablas travieso malcriado ?
Él se acercó al oído, bajó la voz hasta que fue apenas aliento:
—De la mía, abuela. Bien calientita… recién sacadita… espesa… para toda tu carita santa.
¡Calor! ¡El calor del infierno te va a dar si sigues así! A tu edad yo ya estaba casada y con tres hijos. Tú solo piensas en… en… ¡en la carne! ¡Vete a rezar un padrenuestro ahora mismo!
Juanito obedecía… pero siempre dejaba la puerta del baño entreabierta después de ducharse. Solo un poquito. Lo suficiente para que ella, al pasar por el pasillo camino a la cocina, pudiera ver de reojo cómo se secaba el pecho ancho, cómo la toalla resbalaba peligrosamente bajo la cadera, cómo se tocaba “sin querer” mientras se ponía loción.
Y ella regañaba:
—¡Cierra esa puerta, desvergonzado! ¡Que no nací ayer! ¡Si tu pobre madre te viera…!
Pero se quedaba un segundo más de lo necesario mirando.
Una noche, después de la cena, mientras ella lavaba los platos y él secaba, Juanito soltó como quien no quiere la cosa:
—Abuelita, ¿tú nunca has usado mascarillas de belleza? En el gimnasio las chicas hablan de unas de “leche de coco” que dejan la piel suavecita.
Doña Carmen soltó la esponja como si le hubiera quemado.
—¿Mascarillas? ¡Yo no soy una de esas vanidosas del salón de doña Lupe! ¡La belleza que vale es la del alma, Juanito! ¡Y tú deberías estar pensando en encontrar una buena muchacha católica en vez de mirar tanta… tanta porquería en el celular!
Él bajó la mirada, fingiendo vergüenza.
—Tienes razón, abuelita. Es que… una vez leí que hay mascarillas naturales, caseras, que son mejores que las compradas. Dicen que la… “leche de hombre” es la más rica en proteínas y que deja la piel luminosa por días.
El plato que ella tenía en la mano se resbaló y cayó al fregadero con estrépito.
—¡Juan José! ¡Pero qué boca tan sucia tienes! ¡Eso es pecado mortal! ¡Pecado de pensamiento e intención! ¡Ve a confesarte mañana mismo o te juro que te echo de esta casa como a un perro!
Juanito se arrodilló teatralmente frente a ella, con las manos juntas como cuando era niño.
—Perdón, abuelita… perdón. No sé qué me pasó. Fue una tontería. Es que… te vi tan cansada últimamente, con esas arruguitas nuevas alrededor de los ojos… y pensé que algo natural, algo de la familia… podría ayudarte. Pero tienes razón. Soy un degenerado.
Doña Carmen sintió un calor extraño subirle por el cuello. No era solo rabia. Había algo más. Algo que no quiso nombrar. Lo agarró de la oreja como cuando tenía doce años.
—¡Arriba! ¡Y reza tres avemarías y un gloria ahora mismo! ¡Y si vuelves a decir semejante cochinada, te lavo la boca con jabón de lejía!
Pero esa noche, cuando se acostó, no pudo dormir. Las palabras “leche de hombre… rica en proteínas… deja la piel luminosa” le daban vueltas en la cabeza como mosquitos. Se persignó veinte veces. Rezó el rosario completo. Y aun así, al cerrar los ojos, se imaginó por un segundo… solo un segundo… cómo se sentiría algo tibio y espeso en la cara. Sacudió la cabeza con furia.
—¡Virgen santísima, líbrame de estos pensamientos impuros!
Pasaron tres días de regaños constantes. Cada vez que Juanito entraba en la sala sin camisa, cada vez que se sentaba demasiado cerca en el sofá, cada vez que le rozaba “sin querer” la mano al pasarle el café:
—¡Juanito, compórtate! ¡Respeta a tu abuela! ¡Que yo te crié con decencia!
Y él, siempre obediente en apariencia, siempre bajando la cabeza:
—Sí, abuelita. Perdón, abuelita.
Pero por las noches, cuando ella ya estaba en su cuarto rezando, él dejaba la puerta de su habitación abierta y se masturbaba despacio, gimiendo bajito su nombre: “Abuelita… abuelita…” Lo suficientemente fuerte para que ella, con el oído fino de quien ha vivido sola muchos años, lo escuchara.
Una madrugada, doña Carmen se levantó a tomar agua y pasó frente a la puerta entreabierta. Lo vio. Sentado en la cama, completamente desnudo, mano moviéndose con ritmo lento, los músculos del abdomen tensos, la cabeza echada hacia atrás… y en sus labios, clarísimo, el susurro:
—Abuelita… para tu carita… toda mi lechita calentita…
Ella se quedó paralizada en el pasillo, con la mano en la boca. El corazón le latía tan fuerte que pensó que le daría un infarto. Quiso entrar y regañarlo hasta dejarlo sordo. Quiso cerrar la puerta de un golpe. Pero no se movió. Se quedó mirando. Mirando cómo él aceleraba el ritmo, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo al final se corría con un gemido ahogado… y cómo recogía con los dedos su propio semen espeso y lo miraba con una sonrisa perversa, como ofreciéndoselo a alguien invisible.
Doña Carmen regresó a su cuarto temblando. Se arrodilló frente al crucifijo y rezó hasta que le dolieron las rodillas. Pero por primera vez en su vida, mientras rezaba, sentía entre las piernas una humedad que no era sudor. Una humedad pecaminosa. Prohibida.
Al día siguiente, durante el desayuno, ella estaba más estricta que nunca.
—¡Ni me mires, Juanito! ¡Ayer te oí! ¡Te oí haciendo cochinadas en tu cuarto! ¡Eres una vergüenza para esta familia cristiana! ¡Hoy mismo te vas a confesar y me traes la constancia del padre Anselmo o te echo a la calle!
Juanito bajó la cabeza, pero por debajo de la mesa sonrió.
—Perdón, abuelita… es que… no puedo evitarlo. Pienso en ti todo el tiempo. En lo bonita que eres todavía… en lo suave que debe ser tu piel… y en lo mucho que te mereces algo que te haga sentir joven y hermosa otra vez.
Doña Carmen golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta! ¡Ni una palabra más!
Pero esa noche, cuando él se fue a su cuarto, ella no pudo evitar acercarse sigilosamente a la puerta entreabierta… otra vez.
Y esta vez, cuando Juanito empezó a tocarse, ella no se fue.
Se quedó.
Respirando agitada.
Con las manos apretadas contra el pecho.
Y por primera vez, en el fondo de su mente estricta y religiosa, una vocecita traicionera susurró:
«¿Y si… solo una vez… probara esa mascarilla que tanto menciona el muchacho? Solo para ver si es cierto que deja la piel más suave… solo para callar esta curiosidad del demonio…»
Doña Carmen se persignó con furia.
Pero no se movió de la puerta.
Y Juanito, sabiendo perfectamente que ella estaba ahí, se corrió más abundante y más despacio que nunca… dejando que el semen cayera grueso sobre su propia mano… y luego, mirándola directamente a los ojos a través de la rendija, se llevó los dedos a la boca y los chupó.
Ella huyó a su cuarto con las mejillas ardiendo y un calor entre las piernas que ya no podía negar.
El regaño vendría mañana.
Pero el deseo… el deseo ya había nacido.
Y crecía
Era jueves por la tarde. Doña Carmen acababa de terminar el rosario de las tres y media —el de la Divina Misericordia— y estaba sentada en su sillón de siempre, con el rosario todavía enrollado en la mano izquierda. Juanito entró a la sala descalzo, solo con un short deportivo gris muy ajustado y una playera vieja sin mangas. El sudor del gimnasio todavía le brillaba en el cuello y en los brazos.
Ella levantó la vista al instante, lista para soltar el regaño de rutina.
—Juanito, por Dios santo, ¿otra vez sin camisa decente? ¡Ponte algo encima! Esto no es un gimnasio de… de esos muchachos sinvergüenzas. ¡Aquí se respeta la casa del Señor!
La voz salió fuerte al principio, como siempre. Pero al terminar la frase, bajó el volumen. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en el bulto que marcaba el short, en cómo la tela se adhería húmeda a los muslos. Tragó saliva y carraspeó.
Juanito se acercó despacio, sin prisa, y se sentó en el brazo del sillón, muy cerca de ella. Tan cerca que su rodilla rozaba el hombro de la abuela.
—Perdón, abuelita… es que vine corriendo porque quería verte. Traje algo para ti.
Sacó del bolsillo del short un frasquito pequeño de crema facial que había comprado en la farmacia. Lo puso en la mano arrugada de ella.
—Es de aloe vera. Dicen que suaviza mucho la piel. Pensé… que te vendría bien para esas manchitas del sol que te han salido.
Doña Carmen miró el frasco como si fuera una serpiente. Lo tomó, pero no lo abrió.
—¿Y desde cuándo te preocupas tú por la piel de una vieja como yo? —dijo, intentando sonar dura—. Deberías estar buscando una novia decente, no andándote con estas… estas tonterías mundanas.
Pero no le devolvió el frasco. Lo mantuvo en la palma, apretándolo un poco.
Juanito se inclinó más. Su aliento cálido le rozó la oreja.
—No es mundano cuidarte, abuelita. Tú me cuidaste a mí toda la vida. Ahora déjame cuidarte yo… aunque sea con algo chiquito.
Hizo una pausa. Luego, bajando la voz hasta casi un susurro pecaminoso:
—O con algo más… natural. Ya sabes de qué hablo. Esa mascarilla que mencioné el otro día… la que sale de mí. Calientita. Espesita. Mucho mejor que cualquier crema de farmacia.
Doña Carmen se puso rígida. El rosario se le clavó en la palma.
—¡Juanito! —intentó gritar, pero salió como un jadeo entrecortado—. ¡No vuelvas a decir esa… esa obscenidad en mi casa! ¡Te lo prohíbo! ¡Es… es asqueroso! ¡Es pecado! ¡El diablo te tiene bien agarrado!
Quiso levantarse, pero las piernas no le respondieron del todo. Se quedó sentada, respirando agitada, con el pecho subiendo y bajando bajo la blusa de algodón abotonada hasta el cuello.
Juanito no se movió. Solo la miró fijamente, con esa calma perversa que ya conocía tan bien.
—No es asqueroso, abuelita. Es… familia. Es mío. Y si te lo pongo en la carita, despacito, con mis dedos… te juro que vas a sentir cómo se te afloja todo. Las arrugas. El cansancio. Todo. Solo tienes que cerrar los ojos y dejar que caiga… gota a gota… caliente… sobre tu piel santa.
Ella cerró los ojos un instante, como si intentara bloquear las palabras. Pero al abrirlos de nuevo, estaban vidriosos. Brillantes. No de llanto. De otra cosa.
—Calla… calla, por favor… —murmuró, pero ya no había autoridad en la voz. Era casi una súplica—. No me hagas pensar en eso… no me hagas…
Juanito se inclinó más. Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, muy suave.
—¿En qué piensas, abuelita? Dímelo. No pasa nada. Estamos solos. Nadie se va a enterar.
Doña Carmen tembló. El rosario se le escapó de la mano y cayó al piso con un tintineo suave. No se agachó a recogerlo.
—Pienso… pienso que es malo —susurró—. Pienso que me voy a condenar. Pero también pienso… Dios me perdone… pienso en cómo se sentiría… tibio… espeso… cubriéndome la frente… las mejillas… los labios…
Se tapó la boca con la mano, horrorizada de sus propias palabras. Pero no se apartó cuando Juanito le tomó la muñeca y se la bajó despacio.
—Solo piénsalo un poquito más —le dijo él, con voz ronca—. No tienes que hacerlo hoy. Pero imagínalo. Imagina que te arrodillas como cuando rezas… pero esta vez no es al Señor al que esperas. Es a mí. Y en lugar de la hostia… te doy algo más abundante. Algo que te chorree por la barbilla y manche tu camisón blanco. Algo que huela a mí… a tu nieto…
Doña Carmen soltó un gemido muy bajito, casi inaudible. Sus muslos se apretaron con fuerza bajo la falda. Sintió la humedad entre las piernas crecer, traicionera, imparable.
—No… no sigas… —pidió, pero su mano libre se posó en el muslo de él, sin apretar, solo descansando ahí, como si no pudiera evitarlo.
Juanito sonrió. Se levantó despacio, dejando que ella viera bien el bulto hinchado bajo el short.
—Voy a mi cuarto a… prepararla —dijo con malicia—. Si cambias de idea, abuelita… solo tienes que tocar la puerta. Tres golpecitos suaves. Como cuando me llamabas para rezar el rosario de niños.
Se fue caminando despacio por el pasillo.
Doña Carmen se quedó sola en la sala, con el rosario en el suelo y el frasquito de crema olvidado en el regazo. Se persignó tres veces seguidas, pero sus dedos temblaban.
Miró hacia el pasillo oscuro.
Y por primera vez, no rezó para que el deseo se fuera.
Rezó, en silencio, para tener el valor de dar esos tres golpes
(Una abuela de expresión seria y devota, con el peso de los años
La medianoche acababa de dar en el reloj de pared de la sala. La casa estaba en silencio absoluto, salvo por el tic-tac lejano y el zumbido ocasional del refrigerador. Doña Carmen llevaba más de una hora sentada en la orilla de su cama, con el camisón largo de algodón blanco arrugado entre los dedos, el rosario apretado como si fuera un salvavidas. Había rezado el rosario entero dos veces. Había llorado un poco. Había intentado dormir. Nada funcionaba.
El calor entre las piernas no se iba.
La imagen de Juanito chupándose los dedos en la rendija de la puerta no se borraba.
Y la vocecita ya no era una tentación: era un mandato.
Se levantó despacio, con las rodillas temblorosas. Caminó por el pasillo descalza, sintiendo el piso frío contra las plantas de los pies. Llegó a la puerta del cuarto de Juanito. Se detuvo. Respiró hondo. Se persignó una vez más, pero esta vez el gesto fue débil, casi mecánico.
Tocó.
Tres golpecitos suaves.
Como él había dicho.
La puerta se abrió casi al instante. Juanito estaba ahí, solo con un bóxer negro ajustado, el pelo revuelto, los ojos brillantes en la penumbra. No dijo nada. Solo se hizo a un lado para dejarla pasar.
Doña Carmen entró. Cerró la puerta detrás de ella con un clic que sonó como sentencia.
Se quedó de pie en medio del cuarto, con los brazos cruzados sobre el pecho como escudo, la mirada fija en el suelo.
—Esto… esto es lo último que voy a tolerar de ti, Juanito —empezó, intentando que la voz saliera firme, autoritaria como siempre—. Lo que estás haciendo es… es una aberración. Una ofensa a Dios, a la familia, a todo lo sagrado. Yo… yo solo vengo a… a ponerte un límite de una vez por todas. No pienso permitir que sigas con esas… esas cochinadas en mi cabeza. Así que vas a escucharme bien: o dejas de una buena vez de… de provocarme con esas… ideas asquerosas, o…
Se le quebró la voz. Tragó saliva. Siguió hablando más bajo, casi murmurando:
—O me vas a tener que… a tener que demostrar… de una vez… que no es solo palabra… que no es solo para torturarme…
Juanito se acercó despacio. Ella no retrocedió.
—Abuelita… —dijo él con voz baja, ronca—. ¿Quieres que pare? Dímelo claro. Dime “para” y paro ahora mismo.
Doña Carmen levantó la vista por fin. Los ojos le brillaban. No de rabia. De hambre contenida.
—No… no pares —susurró, y al decirlo se le escapó un sollozo pequeño—. Pero hazlo rápido. Hazlo antes de que me arrepienta. Antes de que el Señor me fulmine aquí mismo. Hazlo… y no digas nada más. Solo… hazlo.
Se arrodilló. No con gracia. Con torpeza. Las rodillas crujieron contra el piso de madera. Bajó la cabeza, como si fuera a recibir la comunión, pero esta vez no era el cuerpo de Cristo lo que esperaba.
Juanito se quitó el bóxer despacio. Ya estaba completamente erecto, grueso, palpitante. Se acercó hasta quedar a centímetros de su cara. Ella cerró los ojos con fuerza, temblando.
—Ábrete un poquito, abuelita —le pidió él en voz muy baja—. Como cuando rezas. Solo un poquito.
Doña Carmen entreabrió los labios. Temblorosos. La lengua asomó apenas, rosada contra los labios resecos.
Él se tomó con la mano. Empezó a masturbarse despacio, mirándola fijamente. Ella no se movía. Solo respiraba agitada, con el pecho subiendo y bajando bajo el camisón.
—Vas a regañarme después, ¿verdad? —preguntó él con una sonrisa perversa—. Vas a decirme que soy un pecador, que me voy a condenar… pero ahora mismo… ahora mismo lo quieres.
Ella soltó un gemido ahogado.
—Calla… calla y… y termina de una vez… —exigió, pero la voz salió rota, suplicante.
Juanito aceleró el ritmo. Su respiración se volvió entrecortada. Se inclinó un poco más.
—Para tu carita santa… abuelita… toda mi lechita… calentita… espesa… para que te la pongas como mascarilla… para que te la dejes secar toda la noche… y mañana te mires al espejo y veas lo puta que eres debajo de tanto rosario…
Doña Carmen gimió más fuerte. Sus manos subieron instintivamente a los muslos de él, apretando la carne dura, como si necesitara anclarse a algo.
Y entonces él se corrió.
El primer chorro salió fuerte, caliente, directo en la frente. Le resbaló por la arruga profunda entre las cejas, bajó por el puente de la nariz.
El segundo le cayó en la mejilla izquierda, grueso, viscoso, brillando bajo la luz tenue de la lámpara de noche.
El tercero en los labios entreabiertos; ella no los cerró, dejó que entrara un poco, que se mezclara con su saliva.
El cuarto y el quinto le bañaron la barbilla y el cuello, goteando sobre el encaje del camisón, manchando la tela blanca con manchas translúcidas.
Doña Carmen se quedó quieta, jadeando. Con los ojos cerrados. Con la cara convertida en un lienzo obsceno.
Juanito se arrodilló frente a ella. Le tomó la barbilla con dos dedos, la obligó a mirarlo.
—Mírate, abuelita… toda pintadita con la leche de tu nieto… ¿todavía quieres regañarme?
Ella abrió los ojos. Brillaban. Las lágrimas se mezclaban con el semen en sus mejillas.
—Eres… eres un demonio… —susurró, pero su voz ya no tenía fuerza. Solo deseo—. Un demonio que me está condenando… y yo… yo te estoy dejando…
Con dedos temblorosos se tocó la mejilla. Recogió una gota espesa. La llevó a la boca. La chupó despacio, saboreándola.
—Dios mío… perdóname… —murmuró—. Pero… pero qué rico sabe…
Juanito sonrió. Se inclinó y le dio un beso suave en la frente, justo donde todavía quedaba un resto blanco.
—Duérmete así, abuelita. Con la mascarilla puesta. Mañana, cuando te levantes… vas a verte en el espejo… y vas a querer otra vez.
Doña Carmen no contestó. Solo asintió muy despacio.
Se levantó con dificultad. Caminó hacia la puerta sin limpiarse. El semen le escurría todavía por la barbilla cuando salió al pasillo.
Y por primera vez en décadas, no se persignó antes de acostarse.
Se acostó boca arriba, con la cara manchada, y dejó que se secara lentamente sobre su piel.
Sabiendo que al día siguiente… volvería a tocar esa puerta.
Tres golpecitos suaves.
Porque el regaño ya no servía de nada.
El hambre ya había ganado.
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