DISCLAIMER
Esta historia es una obra de ficción. Los personajes, situaciones y diálogos son producto de la imaginación del autor y no representan hechos reales ni están basados en personas específicas.
Las imágenes que acompañan la publicación son meramente ilustrativas y funcionan como estímulo visual o referencia estética. No corresponden a los personajes reales de la historia ni guardan relación entre sí. Cualquier parecido con personas existentes es pura coincidencia.
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Capitulo 2
Las semanas siguieron con una normalidad agotadora. Estaba en época de exámenes y me refugié en los apuntes como si fueran una excusa para no pensar demasiado. La cafetería empezó a pesarme. El olor constante a café, la rutina repetida, las mismas caras. Si algo hacía que el turno valiera la pena eran las visitas de Lorena, cada vez más frecuentes.
Con el tiempo empezó a llegar directo del gimnasio. Calzas ajustadas, musculosa liviana, el pelo apenas recogido y algunas gotas de transpiración que le marcaban el cuello. Se sentaba cerca, más de lo necesario. Lo suficiente para que su perfume se mezclara con ese olor tibio a piel recién exigida. No hacía falta tocarla para sentir su presencia. A veces tenía la sensación de que sabía exactamente lo que provocaba en mí… y que lejos de incomodarla, la divertía.
Yo empecé a tantear el terreno con piropos mínimos, casi inocentes.
—Ese gimnasio está dando resultados.
—Hoy te ves particularmente bien.
Se volvió rutina. Ella sonreía, agradecía, a veces inclinaba la cabeza como evaluando cuánto de valentía había en mis palabras. Nada más que eso. Hasta que un día me encontró.

—¿Te acordás lo que te dije que iba a pasar si te volvía a ver mirándome así? —dijo con una calma peligrosa.
Se había girado apenas, y el reflejo del vidrio me delató mientras mi mirada estaba en su perfecta cola. El local estaba vacío. Mi compañero justo había salido a su descanso. Demasiada coincidencia. Se notaba que no era la primera vez que me sorprendía observándola. Pero sí la primera en la que decidió enfrentarlo.
—Sí… lo recuerdo. Perdón. No va a volver a pasar.
Me escuché decirlo igual que años atrás, cuando era alumno y ella profesora. Cabizbajo. Automático.
Lorena soltó una risa baja.
—Seguís igual de pajero Marquitos…— dijo fastidiada.— Por lo menos tenés algo para defenderte?
Sus ojos bajaron apenas, evaluándome el paquete por solo unos segundos pero sin quitar su fastidio de su expresión facial. No supe qué responder. Me quedé quieto, entre avergonzado y electrizado. Ella, como si nada, tomó su cartera y salió sin despedirse.
Después de ese día no volvió.
Al principio pensé que era casualidad. Una semana sin verla. Después dos. La silla junto al ventanal empezó a parecerme demasiado vacía. Cada vez que sonaba la campanita de la puerta levantaba la vista con una expectativa ridícula. No era solo el deseo lo que me inquietaba. Era la incertidumbre. ¿Había cruzado un límite? ¿La había incomodado? Repasaba la escena una y otra vez, buscando señales que tal vez nunca existieron.
Sabía que vivía por el barrio. La había visto caminar un par de veces por la zona, así que empecé a prestar atención cuando salía de cursar o cuando volvía a casa de noche.
No la buscaba activamente —eso me repetía—, pero si la veía pensaba acercarme. Disculparme. Aclarar lo que fuera necesario. Necesitaba cerrar esa tensión que había quedado flotando.
Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses.
Casi dos meses hasta que la vi de nuevo.
Fue de noche, algo poco habitual para mí. Había salido con amigos a un bar y me fui antes que ellos. Parecia que la lluvia iba a caer en cualquier momento y no me había traído abrigo, aparte el Uber saldría muy caro por el pronostico. Por lo que opte por ir a la parada de colectivo antes que se largue. Pase por un par de bares y restaurante que había por la zona cuando por fin apareció ella. En la puerta, bajo la luz amarilla de un cartel viejo.
Lorena llevaba un vestido corto, más atrevido de lo que le había visto antes. Oscuro, ceñido al cuerpo, marcando cada curva con una seguridad que no pedía permiso. Las piernas descubiertas, firmes. El escote sugerente sin ser vulgar. El pelo suelto, más voluminoso que de costumbre. No parecía la mujer de las mañanas tranquilas en la cafetería. Era otra versión. Más decidida. Más consciente del efecto que generaba.
Por un segundo dudé si acercarme. Pero ya me había visto.
Me llevé un cigarrillo a la boca, aunque casi no fumaba.
—¿Disculpá… tenés fuego?
Se quedó mirándome unos segundos, sorprendida.
—¿Desde cuándo fumás? —me retó, frunciendo el ceño—. Pensé que eras más inteligente.
Sonreí apenas. No se la veía enojada por lo sucedido. De hecho, se veía algo triste.
—Salí con amigos… ya me estaba yendo a casa.
La miré, sosteniendo la pausa.
—¿Y vos? ¿Qué hacés tan tarde por acá?
Vaciló. Fue sutil, pero lo noté.
—Nada… cosas mías.
Había algo distinto en su expresión. No era la seguridad habitual. Era casi… vulnerabilidad. Me dio pena verla así, parada en la puerta de un bar que no parecía su estilo.
—Lore… —dije bajando un poco la voz—. ¿Está todo bien?
Ella sostuvo mi mirada. Los dos fingiendo que aquel episodio en la cafetería nunca había ocurrido. Como si el silencio pudiera borrar la electricidad acumulada.
—No es nada que te tenga que contar —respondió al principio.
Pero no se fue, y yo tampoco.
—Capaz te puedo ayudar —le dije, casi sin pensarlo.
Lorena levantó la vista del celular con una mezcla de sorpresa y fastidio contenido.
—¿Ayudarme? —repitió, ladeando la cabeza—. Marcos… ¿cómo podría ayudarme un nene?
La palabra me cayó peor de lo que esperaba. Ella me seguía viendo como el alumno que no le iba bien en su materia. No por la aptitud física, sino porque nunca me gusto las clases de gimnasia. Salvo por lo momentos que Lore tenía que explicar algun ejercicio.
—Ya no soy un nene.
Ella rió, pero no fue una risa cruel. Fue breve, distraída. Volvió a mirar la pantalla, como esperando que apareciera un mensaje que no llegaba.
Sentí la necesidad de hacer algo, cualquier cosa que rompiera esa distancia. Prendí el cigarrillo y di una pitada más por nervios que por ganas. Justo cuando termino de pensar que decirle, empieza a llover.
—Aunque sea… si querés compañía —dije, intentando sonar casual—. Puedo quedarme un rato.
Lorena suspiró, mirando la calle oscura y la lluvia que arranco de forma muy violenta. Se la veía decaída.
—No me vendría mal —admitió—. Estoy viendo si pido un Uber
Me acerqué apenas.
—¿Estás bien?
—Sí, obvio —respondió rápido, demasiado rápido.
Pero sus ojos brillaron distinto. Un segundo después parpadeó fuerte, como si se retara a sí misma. Cuando habló, la voz le salió apenas quebrada.
—Me dejaron plantada.— tragó saliva. —Y no es la primera vez que me pasa. Supongo que a cierta edad una empieza a… perder mercado.
Lo dijo intentando sonar irónica, pero la herida estaba ahí. Visible.
Sin pensarlo demasiado apoyé una mano en su espalda, con cuidado, como si temiera que el gesto fuera rechazado.
—No digas eso. Estás.. hermosa, sos muy hermosa. El tipo que te dejó plantada no tiene idea de lo que se perdió.
Se sonó la nariz con un pañuelo que sacó del bolso. Una risita inesperada se le escapó.
—No era ningún viejo, por si eso pensabas —dijo, mirándome de costado—. Era bastante más joven.
Tardé un segundo en procesarlo.
—¿Más joven?— casi exploto al preguntar.
—Ajá. No mucho más grande que vos.
El dato quedó suspendido entre nosotros, así que le gustaba estar con gente mas joven. Tal vez, no todo estaba perdido. Noté cómo mi mano seguía en su espalda, y esta vez no la apartó. Me acerqué apenas, no invasivo, pero lo suficiente para que el calor de nuestros cuerpos acortara la distancia.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos más. Después bajó los ojos al cigarrillo.
—Apagá eso —murmuró, con la misma cara que puso en la cafetería, la misma que ponía cuando me retaba en la escuela—. Y creo que ya es hora que saques esa mano de mi espalda..
Apagué el cigarrillo contra el cordón con un movimiento torpe. Sentí que necesitaba demostrar algo, aunque no supiera exactamente qué.
—¿Ya estas partiendo? ¿tan temprano? — dije, luego de mirar de reojo la pantalla de su celular, viendo los altos precios de Uber para un viaje tan corto. Pero parecía que podía pagarlo.
—Con estos precios no creo que lo pida..— dijo, mirándome un poco de reojo. Aunque no tenía mi mano en su espalda estaba bastante cerca de ella.— Tal vez espere un poco más
—¿Tan cerca vivís y te queres pedir un Uber?— dije, poniéndome sobre su hombro sin hacer mucho contacto, pero mas cerca que antes. Deje en evidencia que estaba espiando lo que hacía con su celular, pero creo que ya se había dado cuenta de eso hace rato. Se rió, esta vez con algo más de ligereza.
—Pero mira como se largo ahora, nene. —dijo mientras me mostraba el paraguas que llevaba por si acaso.— No creo que me pueda resguardar mucho con este paraguas barato.
—Yo creo que eso te sobra, de hecho podría entrar yo tambien si no queres caminar sola. Esta peligroso el barrio..
Ya no llovia tanto como al principio, era una buena oportunidad. Veamos que tan jovenes le gustan.. o que tan sedienta se encuentra la profe.
—Mirá vos… sí que creciste. Ahora que te veo bien, estás más grande.— dijo llevando su fría mano a mi cara, haciendo una pequeña caricia para luego retirarla con rapidez.
—Bueno… pasaron algunos años.
—Está bien nene.. —dijo, mientras abria el paraguas.— Me vendría bien algo de compañia.
Empezamos a caminar bajo la lluvia, desde un primer momento me cedió el paraguas ya que era mas alto que ella. El ruido del bar quedó atrás y el barrio se volvió más silencioso. El silencio empezó a invadirnos y quise salir rápidamente de ahí.
—Lore… —empecé, titubeando—. Cuando eras mi profesora… no estabas casada?
Ella tardó en responder. No parecía ofendida, más bien pensativa.
—Sí. Estaba.
Caminó unos metros más antes de continuar.
—Me divorcié hace unos años. La casa quedó para mí. Fue un acuerdo rápido. No teníamos hijos ni nada por suerte, un tarado ese tipo —la note algo fastidiada con el tema y me di cuenta que no iba por ahi.
Caminamos unos metros más en silencio hasta que me animé.
—Y… ¿por qué dejaste la docencia?
Ella no respondió enseguida. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos desnudos. El vestido corto que llevaba —tan seguro bajo la luz del bar— ahora parecía demasiado liviano para la brisa de la madrugada.
—Hace frío —murmuró, casi para sí.
Me saqué la campera sin pensarlo demasiado y se la ofrecí.
—Tomá.
Mientras se la ponía, no pude evitar notar como se pronunciaba su escote. Bajé la mirada apenas un segundo más de lo prudente y me obligué a volver a su rostro. Sentí esa pelea interna entre lo que quería mirar y lo que debía respetar.
—Gracias —dijo ella, acomodándose la campera sobre los hombros—. Sos un caballero, al final.
Suspiró.
—Dejé la docencia después del divorcio. Ya no tenía las mismas ganas. Y cuando salió lo del juicio de mi padre… fue como una señal.
La miré sin interrumpirla.
—Fue una pelea legal larguísima. Él murió hace años, pero el proceso siguió. Cuando finalmente salió el fallo, me cayó una suma que no esperaba. De golpe no necesitaba trabajar más si no quería.— Hizo una mueca leve.
—Y como no tengo hijos, ni grandes responsabilidades… decidí vivir un poco para mí. Viajar. Salir. Conocer gente distinta.— Me miró de reojo.
—A veces más joven.— volví a sacar a la luz el tema.
Sonrió con una mezcla de vergüenza y desafío.
—Me divierte. Aunque a veces siento que los asusto..
—¿Asustar? ¿a que te referís?
—Y.. soy una persona grande, les debo recordar a su madre.. o peor, a sus profesoras— soltó una pequeña risa, un poco más suelta.— Aparte..
—¿Aparte que...?— pregunte ya que hubo un silencio de unos segundos. Estaba pensando en como decirlo, supongo.
—Necesito alguien con energía.. y virilidad— lo ultimo lo dijo un poco por lo bajo y mirando hacia otro lado pero llegue a escucharlo a la perfección. La profe quería pija, de eso no cabía duda.
Caminamos unos pasos más. La campera le quedaba grande y tapaba parte de sus perfectas piernas desnudas que de vez en cuando se mojaban un poco por el viento.
—Perdón por lo de la cafetería —dijo de pronto—. Por haberte retado.
La miré sorprendido.
—No hace falta.
—Sí, un poco sí. Me gustó… —dudó un segundo—. Me gustó sentirme mirada. Deseada.
Lo dijo bajo, casi como una confesión que no pensaba hacer. Sin dejarme tiempo para pensar una respuesta, el paragua viejo y barato de la profe, que al parecer era bastante adinerada, se rindió con el viento y se dio vuelta. Ella llego a mojarse un poco el pelo pero llego a ponerse la capucha de la campera. Por otro lado yo, quede empapado de pies a cabeza. Aún despues de toda esta desgracia no podía dejar de pensar en todo lo que había dicho esta noche la profe. Le gustaba que la mire, le gustaba la gente de aproximadamente mi edad y quería que alguien la haga gemir a lo loco.
Estaba caminando al lado de una mujer que estaba tratando de entender qué hacer con su propio deseo.
Corrimos y nos refugiamos en un techito, ya quedaban dos cuadras para llegar pero Lore quería ver si podía arreglar su paragua. No hubo caso. Yo no podía dejar de pensar y mirarla, aunque un poco enfadada con el utensilio, estaba totalmente deslumbrante.
—Sos hermosa, Lore. En serio, tenes un cuerpo perfecto y una cara de diosa.. El que te dejó plantada es un idiota.
Ella soltó una risa corta, más liviana que antes.
—Qué exagerado sos… —murmuró y dejo el paragua roto sobre el piso—. Dale ya casi llegamos y no llueve tanto..
Ignoro por completo mi halago pero no se la veía molesta con el, de hecho pude ver como se sonrojaba un poco. Empecé a maquinar. Necesitaba alargar el momento. No quería que esto se diluyera en una despedida correcta en la puerta del edificio. La deseaba. Y lo peor era que empezaba a sentir que no era algo unilateral.
El recuerdo me golpeó de repente: aquella vez en la cafetería, el reflejo en la vidriera, la línea de su tanga marcándose apenas bajo la tela ajustada. Solo pensar en eso me nublaba la cabeza. Intenté enfocarme, pensar con claridad, pero la imagen volvía, insistente.
Hubo silencio y alguna que otra risa mientras caminábamos rápidamente al descubierto bajo la lluvia, pero por fin llegamos a la puerta de su edificio.
—Gracias por la compañía.. y la charla, nene..— me miro de pies a cabeza como estaba todo empapado— ¿No queres subir a secarte un poco antes de partir?
Partir. Luego de mojarme por completo y haber llegado hasta aquí, tendría que hacer todo lo posible para no bajar de ese departamento como minimo un par de horas.
—Bueno.. si, me vendría bien— al ver como sacaba la llave de su bolso, note lo empapada que estaba mi campera la cual no era para la lluvia. También sus piernas que temblaban del frío— Vos también te mojaste bastante..
—He estado mas mojada..— dijo, sin siquiera mirarme.
Abrió la puerta del edificio y pidió el ascensor. Lorena aprovecha para sacarse la campera completamente empapada para mostrar que algo había traspasado. Sus pechos aparecían una vez más, pero ahora mojados. No podía dejar de observarlos, había quedado hipnotizado. Antes que se de cuenta llego el ascensor, haciéndome volver a mis sentidos. Me hace una seña para que pase primero y me puse al fondo del pequeño y antiguo ascensor. Era tan pequeño que ni siquiera entrabamos uno al lado del otro, por lo que Lorena al entrar y cerrar la puerta me dio la espalda. Lo mejor es que no me podía agarrar mirando sus pechos como un atrevido, pero en cambio tenía su jugoso y trabajado trasero cerca mío. Lorena marca el piso 10 y empezamos a subir en el incomodo ascensor que encima se movía a mas no poder. Con esta excusa, me movía de pasitos muy pequeños hacía adelante cuando había bastante movimiento. En muy poco tiempo pasamos a estar casi haciendo contacto cuando vi como ella miraba sobre su hombro hacia abajo, probablemente mirando mi bulto, que al estar el pantalón mojado y la excitante situación, se empezaba a mostrar cada vez mas grande. Al ver esta situación simplemente dio vuelta su cabeza para mirar hacia adelante y empezó a retroceder de a poco, haciendo un suave contacto de su culo sobre mi verga ya casi erecta, todo con ropa de por medio pero estaba en el cielo. En ese momento llegamos al decimo piso. Apenas llegamos abrió la puerta y se separo con rapidez.
—Te voy a traer una toalla y quiero que dejes toda tu ropa en la puerta antes de entrar así las pongo a secar... quince minutos a lo sumo..—dijo abriendo una de las tres puertas que había en ese piso. En tono de ordén—
—Pero... si sale un vecino y me ve casi desnudo?
—El piso es mío, es un departamento muy grande nomas..— sin dar mas explicación entro y yo decidí por sacarme la ropa.
Paso un rato y Lorena no salía, yo ya había cumplido con lo que me dijo y me empecé a impacientar. Cuando de repente otra de las tres puertas se abre y me agarra de sorpresa. Estaba ya en calzón y mi miembro, ya dormido, se seguía viendo imponente. Cuando me di cuenta que había salido ya era muy tarde, su mirada fue directa hacia mi miembro y sonrió con lujuria para luego disimularlo un poco.
—Al final si tenias con que defenderte...— dijo tirándome la toalla y agarrando mi ropa del piso. Ella seguía con su vestido pero ya con el pelo seco.— Pongo esto a secar y me voy a cambiar la ropa, te deje algo de ropa de mi ex marido en el sillón..
Nuevamente entro por la puerta y me dejo a mi merced por semejante departamento. Entre mirando todo a mi al rededor, desde la decoración hasta las fotos de familiares y amigos que tenía por toda su departamento. Al llegar al sillón había una muda de ropa incluyendo un calzón, luego de cambiarme empecé a buscar donde podía dejar el que tenía mojado para que se seque. Cuando de repente se abrió una puerta.
—¿Eso es para mí?— dijo señalando el calzón húmedo.
En ese momento la vi bien. Estaba con el pelo atado, un top blanco algo transparente que no dejaba nada a la imaginación y un short de calza bien pegado a sus sabrosas nalgas. Era la escena perfecta, estaba listo para obedecer lo que me pida la profe..
Continuara..






PD: lo modifique por que no me gusto como había quedado, espero q les guste no se cada cuanto voy a subir esto pero tengo algunas ideas en mente..
Esta historia es una obra de ficción. Los personajes, situaciones y diálogos son producto de la imaginación del autor y no representan hechos reales ni están basados en personas específicas.
Las imágenes que acompañan la publicación son meramente ilustrativas y funcionan como estímulo visual o referencia estética. No corresponden a los personajes reales de la historia ni guardan relación entre sí. Cualquier parecido con personas existentes es pura coincidencia.
DISCLAIMER
Capitulo 2
Las semanas siguieron con una normalidad agotadora. Estaba en época de exámenes y me refugié en los apuntes como si fueran una excusa para no pensar demasiado. La cafetería empezó a pesarme. El olor constante a café, la rutina repetida, las mismas caras. Si algo hacía que el turno valiera la pena eran las visitas de Lorena, cada vez más frecuentes.
Con el tiempo empezó a llegar directo del gimnasio. Calzas ajustadas, musculosa liviana, el pelo apenas recogido y algunas gotas de transpiración que le marcaban el cuello. Se sentaba cerca, más de lo necesario. Lo suficiente para que su perfume se mezclara con ese olor tibio a piel recién exigida. No hacía falta tocarla para sentir su presencia. A veces tenía la sensación de que sabía exactamente lo que provocaba en mí… y que lejos de incomodarla, la divertía.
Yo empecé a tantear el terreno con piropos mínimos, casi inocentes.
—Ese gimnasio está dando resultados.
—Hoy te ves particularmente bien.
Se volvió rutina. Ella sonreía, agradecía, a veces inclinaba la cabeza como evaluando cuánto de valentía había en mis palabras. Nada más que eso. Hasta que un día me encontró.

—¿Te acordás lo que te dije que iba a pasar si te volvía a ver mirándome así? —dijo con una calma peligrosa.
Se había girado apenas, y el reflejo del vidrio me delató mientras mi mirada estaba en su perfecta cola. El local estaba vacío. Mi compañero justo había salido a su descanso. Demasiada coincidencia. Se notaba que no era la primera vez que me sorprendía observándola. Pero sí la primera en la que decidió enfrentarlo.
—Sí… lo recuerdo. Perdón. No va a volver a pasar.
Me escuché decirlo igual que años atrás, cuando era alumno y ella profesora. Cabizbajo. Automático.
Lorena soltó una risa baja.
—Seguís igual de pajero Marquitos…— dijo fastidiada.— Por lo menos tenés algo para defenderte?
Sus ojos bajaron apenas, evaluándome el paquete por solo unos segundos pero sin quitar su fastidio de su expresión facial. No supe qué responder. Me quedé quieto, entre avergonzado y electrizado. Ella, como si nada, tomó su cartera y salió sin despedirse.
Después de ese día no volvió.
Al principio pensé que era casualidad. Una semana sin verla. Después dos. La silla junto al ventanal empezó a parecerme demasiado vacía. Cada vez que sonaba la campanita de la puerta levantaba la vista con una expectativa ridícula. No era solo el deseo lo que me inquietaba. Era la incertidumbre. ¿Había cruzado un límite? ¿La había incomodado? Repasaba la escena una y otra vez, buscando señales que tal vez nunca existieron.
Sabía que vivía por el barrio. La había visto caminar un par de veces por la zona, así que empecé a prestar atención cuando salía de cursar o cuando volvía a casa de noche.
No la buscaba activamente —eso me repetía—, pero si la veía pensaba acercarme. Disculparme. Aclarar lo que fuera necesario. Necesitaba cerrar esa tensión que había quedado flotando.
Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses.
Casi dos meses hasta que la vi de nuevo.
Fue de noche, algo poco habitual para mí. Había salido con amigos a un bar y me fui antes que ellos. Parecia que la lluvia iba a caer en cualquier momento y no me había traído abrigo, aparte el Uber saldría muy caro por el pronostico. Por lo que opte por ir a la parada de colectivo antes que se largue. Pase por un par de bares y restaurante que había por la zona cuando por fin apareció ella. En la puerta, bajo la luz amarilla de un cartel viejo.
Lorena llevaba un vestido corto, más atrevido de lo que le había visto antes. Oscuro, ceñido al cuerpo, marcando cada curva con una seguridad que no pedía permiso. Las piernas descubiertas, firmes. El escote sugerente sin ser vulgar. El pelo suelto, más voluminoso que de costumbre. No parecía la mujer de las mañanas tranquilas en la cafetería. Era otra versión. Más decidida. Más consciente del efecto que generaba.
Por un segundo dudé si acercarme. Pero ya me había visto.
Me llevé un cigarrillo a la boca, aunque casi no fumaba.
—¿Disculpá… tenés fuego?
Se quedó mirándome unos segundos, sorprendida.
—¿Desde cuándo fumás? —me retó, frunciendo el ceño—. Pensé que eras más inteligente.
Sonreí apenas. No se la veía enojada por lo sucedido. De hecho, se veía algo triste.
—Salí con amigos… ya me estaba yendo a casa.
La miré, sosteniendo la pausa.
—¿Y vos? ¿Qué hacés tan tarde por acá?
Vaciló. Fue sutil, pero lo noté.
—Nada… cosas mías.
Había algo distinto en su expresión. No era la seguridad habitual. Era casi… vulnerabilidad. Me dio pena verla así, parada en la puerta de un bar que no parecía su estilo.
—Lore… —dije bajando un poco la voz—. ¿Está todo bien?
Ella sostuvo mi mirada. Los dos fingiendo que aquel episodio en la cafetería nunca había ocurrido. Como si el silencio pudiera borrar la electricidad acumulada.
—No es nada que te tenga que contar —respondió al principio.
Pero no se fue, y yo tampoco.
—Capaz te puedo ayudar —le dije, casi sin pensarlo.
Lorena levantó la vista del celular con una mezcla de sorpresa y fastidio contenido.
—¿Ayudarme? —repitió, ladeando la cabeza—. Marcos… ¿cómo podría ayudarme un nene?
La palabra me cayó peor de lo que esperaba. Ella me seguía viendo como el alumno que no le iba bien en su materia. No por la aptitud física, sino porque nunca me gusto las clases de gimnasia. Salvo por lo momentos que Lore tenía que explicar algun ejercicio.
—Ya no soy un nene.
Ella rió, pero no fue una risa cruel. Fue breve, distraída. Volvió a mirar la pantalla, como esperando que apareciera un mensaje que no llegaba.
Sentí la necesidad de hacer algo, cualquier cosa que rompiera esa distancia. Prendí el cigarrillo y di una pitada más por nervios que por ganas. Justo cuando termino de pensar que decirle, empieza a llover.
—Aunque sea… si querés compañía —dije, intentando sonar casual—. Puedo quedarme un rato.
Lorena suspiró, mirando la calle oscura y la lluvia que arranco de forma muy violenta. Se la veía decaída.
—No me vendría mal —admitió—. Estoy viendo si pido un Uber
Me acerqué apenas.
—¿Estás bien?
—Sí, obvio —respondió rápido, demasiado rápido.
Pero sus ojos brillaron distinto. Un segundo después parpadeó fuerte, como si se retara a sí misma. Cuando habló, la voz le salió apenas quebrada.
—Me dejaron plantada.— tragó saliva. —Y no es la primera vez que me pasa. Supongo que a cierta edad una empieza a… perder mercado.
Lo dijo intentando sonar irónica, pero la herida estaba ahí. Visible.
Sin pensarlo demasiado apoyé una mano en su espalda, con cuidado, como si temiera que el gesto fuera rechazado.
—No digas eso. Estás.. hermosa, sos muy hermosa. El tipo que te dejó plantada no tiene idea de lo que se perdió.
Se sonó la nariz con un pañuelo que sacó del bolso. Una risita inesperada se le escapó.
—No era ningún viejo, por si eso pensabas —dijo, mirándome de costado—. Era bastante más joven.
Tardé un segundo en procesarlo.
—¿Más joven?— casi exploto al preguntar.
—Ajá. No mucho más grande que vos.
El dato quedó suspendido entre nosotros, así que le gustaba estar con gente mas joven. Tal vez, no todo estaba perdido. Noté cómo mi mano seguía en su espalda, y esta vez no la apartó. Me acerqué apenas, no invasivo, pero lo suficiente para que el calor de nuestros cuerpos acortara la distancia.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos más. Después bajó los ojos al cigarrillo.
—Apagá eso —murmuró, con la misma cara que puso en la cafetería, la misma que ponía cuando me retaba en la escuela—. Y creo que ya es hora que saques esa mano de mi espalda..
Apagué el cigarrillo contra el cordón con un movimiento torpe. Sentí que necesitaba demostrar algo, aunque no supiera exactamente qué.
—¿Ya estas partiendo? ¿tan temprano? — dije, luego de mirar de reojo la pantalla de su celular, viendo los altos precios de Uber para un viaje tan corto. Pero parecía que podía pagarlo.
—Con estos precios no creo que lo pida..— dijo, mirándome un poco de reojo. Aunque no tenía mi mano en su espalda estaba bastante cerca de ella.— Tal vez espere un poco más
—¿Tan cerca vivís y te queres pedir un Uber?— dije, poniéndome sobre su hombro sin hacer mucho contacto, pero mas cerca que antes. Deje en evidencia que estaba espiando lo que hacía con su celular, pero creo que ya se había dado cuenta de eso hace rato. Se rió, esta vez con algo más de ligereza.
—Pero mira como se largo ahora, nene. —dijo mientras me mostraba el paraguas que llevaba por si acaso.— No creo que me pueda resguardar mucho con este paraguas barato.
—Yo creo que eso te sobra, de hecho podría entrar yo tambien si no queres caminar sola. Esta peligroso el barrio..
Ya no llovia tanto como al principio, era una buena oportunidad. Veamos que tan jovenes le gustan.. o que tan sedienta se encuentra la profe.
—Mirá vos… sí que creciste. Ahora que te veo bien, estás más grande.— dijo llevando su fría mano a mi cara, haciendo una pequeña caricia para luego retirarla con rapidez.
—Bueno… pasaron algunos años.
—Está bien nene.. —dijo, mientras abria el paraguas.— Me vendría bien algo de compañia.
Empezamos a caminar bajo la lluvia, desde un primer momento me cedió el paraguas ya que era mas alto que ella. El ruido del bar quedó atrás y el barrio se volvió más silencioso. El silencio empezó a invadirnos y quise salir rápidamente de ahí.
—Lore… —empecé, titubeando—. Cuando eras mi profesora… no estabas casada?
Ella tardó en responder. No parecía ofendida, más bien pensativa.
—Sí. Estaba.
Caminó unos metros más antes de continuar.
—Me divorcié hace unos años. La casa quedó para mí. Fue un acuerdo rápido. No teníamos hijos ni nada por suerte, un tarado ese tipo —la note algo fastidiada con el tema y me di cuenta que no iba por ahi.
Caminamos unos metros más en silencio hasta que me animé.
—Y… ¿por qué dejaste la docencia?
Ella no respondió enseguida. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos desnudos. El vestido corto que llevaba —tan seguro bajo la luz del bar— ahora parecía demasiado liviano para la brisa de la madrugada.
—Hace frío —murmuró, casi para sí.
Me saqué la campera sin pensarlo demasiado y se la ofrecí.
—Tomá.
Mientras se la ponía, no pude evitar notar como se pronunciaba su escote. Bajé la mirada apenas un segundo más de lo prudente y me obligué a volver a su rostro. Sentí esa pelea interna entre lo que quería mirar y lo que debía respetar.
—Gracias —dijo ella, acomodándose la campera sobre los hombros—. Sos un caballero, al final.
Suspiró.
—Dejé la docencia después del divorcio. Ya no tenía las mismas ganas. Y cuando salió lo del juicio de mi padre… fue como una señal.
La miré sin interrumpirla.
—Fue una pelea legal larguísima. Él murió hace años, pero el proceso siguió. Cuando finalmente salió el fallo, me cayó una suma que no esperaba. De golpe no necesitaba trabajar más si no quería.— Hizo una mueca leve.
—Y como no tengo hijos, ni grandes responsabilidades… decidí vivir un poco para mí. Viajar. Salir. Conocer gente distinta.— Me miró de reojo.
—A veces más joven.— volví a sacar a la luz el tema.
Sonrió con una mezcla de vergüenza y desafío.
—Me divierte. Aunque a veces siento que los asusto..
—¿Asustar? ¿a que te referís?
—Y.. soy una persona grande, les debo recordar a su madre.. o peor, a sus profesoras— soltó una pequeña risa, un poco más suelta.— Aparte..
—¿Aparte que...?— pregunte ya que hubo un silencio de unos segundos. Estaba pensando en como decirlo, supongo.
—Necesito alguien con energía.. y virilidad— lo ultimo lo dijo un poco por lo bajo y mirando hacia otro lado pero llegue a escucharlo a la perfección. La profe quería pija, de eso no cabía duda.
Caminamos unos pasos más. La campera le quedaba grande y tapaba parte de sus perfectas piernas desnudas que de vez en cuando se mojaban un poco por el viento.
—Perdón por lo de la cafetería —dijo de pronto—. Por haberte retado.
La miré sorprendido.
—No hace falta.
—Sí, un poco sí. Me gustó… —dudó un segundo—. Me gustó sentirme mirada. Deseada.
Lo dijo bajo, casi como una confesión que no pensaba hacer. Sin dejarme tiempo para pensar una respuesta, el paragua viejo y barato de la profe, que al parecer era bastante adinerada, se rindió con el viento y se dio vuelta. Ella llego a mojarse un poco el pelo pero llego a ponerse la capucha de la campera. Por otro lado yo, quede empapado de pies a cabeza. Aún despues de toda esta desgracia no podía dejar de pensar en todo lo que había dicho esta noche la profe. Le gustaba que la mire, le gustaba la gente de aproximadamente mi edad y quería que alguien la haga gemir a lo loco.
Estaba caminando al lado de una mujer que estaba tratando de entender qué hacer con su propio deseo.
Corrimos y nos refugiamos en un techito, ya quedaban dos cuadras para llegar pero Lore quería ver si podía arreglar su paragua. No hubo caso. Yo no podía dejar de pensar y mirarla, aunque un poco enfadada con el utensilio, estaba totalmente deslumbrante.
—Sos hermosa, Lore. En serio, tenes un cuerpo perfecto y una cara de diosa.. El que te dejó plantada es un idiota.
Ella soltó una risa corta, más liviana que antes.
—Qué exagerado sos… —murmuró y dejo el paragua roto sobre el piso—. Dale ya casi llegamos y no llueve tanto..
Ignoro por completo mi halago pero no se la veía molesta con el, de hecho pude ver como se sonrojaba un poco. Empecé a maquinar. Necesitaba alargar el momento. No quería que esto se diluyera en una despedida correcta en la puerta del edificio. La deseaba. Y lo peor era que empezaba a sentir que no era algo unilateral.
El recuerdo me golpeó de repente: aquella vez en la cafetería, el reflejo en la vidriera, la línea de su tanga marcándose apenas bajo la tela ajustada. Solo pensar en eso me nublaba la cabeza. Intenté enfocarme, pensar con claridad, pero la imagen volvía, insistente.
Hubo silencio y alguna que otra risa mientras caminábamos rápidamente al descubierto bajo la lluvia, pero por fin llegamos a la puerta de su edificio.
—Gracias por la compañía.. y la charla, nene..— me miro de pies a cabeza como estaba todo empapado— ¿No queres subir a secarte un poco antes de partir?
Partir. Luego de mojarme por completo y haber llegado hasta aquí, tendría que hacer todo lo posible para no bajar de ese departamento como minimo un par de horas.
—Bueno.. si, me vendría bien— al ver como sacaba la llave de su bolso, note lo empapada que estaba mi campera la cual no era para la lluvia. También sus piernas que temblaban del frío— Vos también te mojaste bastante..
—He estado mas mojada..— dijo, sin siquiera mirarme.
Abrió la puerta del edificio y pidió el ascensor. Lorena aprovecha para sacarse la campera completamente empapada para mostrar que algo había traspasado. Sus pechos aparecían una vez más, pero ahora mojados. No podía dejar de observarlos, había quedado hipnotizado. Antes que se de cuenta llego el ascensor, haciéndome volver a mis sentidos. Me hace una seña para que pase primero y me puse al fondo del pequeño y antiguo ascensor. Era tan pequeño que ni siquiera entrabamos uno al lado del otro, por lo que Lorena al entrar y cerrar la puerta me dio la espalda. Lo mejor es que no me podía agarrar mirando sus pechos como un atrevido, pero en cambio tenía su jugoso y trabajado trasero cerca mío. Lorena marca el piso 10 y empezamos a subir en el incomodo ascensor que encima se movía a mas no poder. Con esta excusa, me movía de pasitos muy pequeños hacía adelante cuando había bastante movimiento. En muy poco tiempo pasamos a estar casi haciendo contacto cuando vi como ella miraba sobre su hombro hacia abajo, probablemente mirando mi bulto, que al estar el pantalón mojado y la excitante situación, se empezaba a mostrar cada vez mas grande. Al ver esta situación simplemente dio vuelta su cabeza para mirar hacia adelante y empezó a retroceder de a poco, haciendo un suave contacto de su culo sobre mi verga ya casi erecta, todo con ropa de por medio pero estaba en el cielo. En ese momento llegamos al decimo piso. Apenas llegamos abrió la puerta y se separo con rapidez.
—Te voy a traer una toalla y quiero que dejes toda tu ropa en la puerta antes de entrar así las pongo a secar... quince minutos a lo sumo..—dijo abriendo una de las tres puertas que había en ese piso. En tono de ordén—
—Pero... si sale un vecino y me ve casi desnudo?
—El piso es mío, es un departamento muy grande nomas..— sin dar mas explicación entro y yo decidí por sacarme la ropa.
Paso un rato y Lorena no salía, yo ya había cumplido con lo que me dijo y me empecé a impacientar. Cuando de repente otra de las tres puertas se abre y me agarra de sorpresa. Estaba ya en calzón y mi miembro, ya dormido, se seguía viendo imponente. Cuando me di cuenta que había salido ya era muy tarde, su mirada fue directa hacia mi miembro y sonrió con lujuria para luego disimularlo un poco.
—Al final si tenias con que defenderte...— dijo tirándome la toalla y agarrando mi ropa del piso. Ella seguía con su vestido pero ya con el pelo seco.— Pongo esto a secar y me voy a cambiar la ropa, te deje algo de ropa de mi ex marido en el sillón..
Nuevamente entro por la puerta y me dejo a mi merced por semejante departamento. Entre mirando todo a mi al rededor, desde la decoración hasta las fotos de familiares y amigos que tenía por toda su departamento. Al llegar al sillón había una muda de ropa incluyendo un calzón, luego de cambiarme empecé a buscar donde podía dejar el que tenía mojado para que se seque. Cuando de repente se abrió una puerta.
—¿Eso es para mí?— dijo señalando el calzón húmedo.
En ese momento la vi bien. Estaba con el pelo atado, un top blanco algo transparente que no dejaba nada a la imaginación y un short de calza bien pegado a sus sabrosas nalgas. Era la escena perfecta, estaba listo para obedecer lo que me pida la profe..
Continuara..






PD: lo modifique por que no me gusto como había quedado, espero q les guste no se cada cuanto voy a subir esto pero tengo algunas ideas en mente..
1 comentarios - Lorena Capitulo 2. De profesora a mi puta personal