You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Lorena Capitulo 2. De profesora a mi puta personal

DISCLAIMER
Esta historia es una obra de ficción. Los personajes, situaciones y diálogos son producto de la imaginación del autor y no representan hechos reales ni están basados en personas específicas.
Las imágenes que acompañan la publicación son meramente ilustrativas y funcionan como estímulo visual o referencia estética. No corresponden a los personajes reales de la historia ni guardan relación entre sí. Cualquier parecido con personas existentes es pura coincidencia.
DISCLAIMER
Capitulo 2


Las semanas siguieron con una normalidad agotadora. Estaba en época de exámenes y me refugié en los apuntes como si fueran una excusa para no pensar demasiado. La cafetería empezó a pesarme. El olor constante a café, la rutina repetida, las mismas caras. Si algo hacía que el turno valiera la pena eran las visitas de Lorena, cada vez más frecuentes.


Con el tiempo empezó a llegar directo del gimnasio. Calzas ajustadas, musculosa liviana, el pelo apenas recogido y algunas gotas de transpiración que le marcaban el cuello. Se sentaba cerca, más de lo necesario. Lo suficiente para que su perfume se mezclara con ese olor tibio a piel recién exigida. No hacía falta tocarla para sentir su presencia. A veces tenía la sensación de que sabía exactamente lo que provocaba en mí… y que lejos de incomodarla, la divertía.


Yo empecé a tantear el terreno con piropos mínimos, casi inocentes.


—Ese gimnasio está dando resultados.


—Hoy te ves particularmente bien.


Se volvió rutina. Ella sonreía, agradecía, a veces inclinaba la cabeza como evaluando cuánto de valentía había en mis palabras. Nada más que eso. Hasta que un día me encontró.


—¿Te acordás lo que te dije que iba a pasar si te volvía a ver mirándome así? —dijo con una calma peligrosa.


Se había girado apenas, y el reflejo del vidrio me delató mientras mi mirada estaba en su perfecta cola. El local estaba vacío. Mi compañero justo había salido a su descanso. Demasiada coincidencia. Se notaba que no era la primera vez que me sorprendía observándola. Pero sí la primera en la que decidió enfrentarlo.


—Sí… lo recuerdo. Perdón. No va a volver a pasar.


Me escuché decirlo igual que años atrás, cuando era alumno y ella profesora. Cabizbajo. Automático.


Lorena soltó una risa baja.


—Seguís igual de pajero Marquitos… Al menos tenés algo para defenderte?


Sus ojos bajaron apenas, rápidos, evaluándome. No supe qué responder. Me quedé quieto, entre avergonzado y electrizado. Ella, como si nada, tomó su cartera y salió sin despedirse.


Después de ese día no volvió. 


Al principio pensé que era casualidad. Una semana sin verla. Después dos. La silla junto al ventanal empezó a parecerme demasiado vacía. Cada vez que sonaba la campanita de la puerta levantaba la vista con una expectativa ridícula. No era solo el deseo lo que me inquietaba. Era la incertidumbre. ¿Había cruzado un límite? ¿La había incomodado? Repasaba la escena una y otra vez, buscando señales que tal vez nunca existieron.


Sabía que vivía por el barrio. La había visto caminar un par de veces por la zona, así que empecé a prestar atención cuando salía de cursar o cuando volvía a casa de noche.
No la buscaba activamente —eso me repetía—, pero si la veía pensaba acercarme. Disculparme. Aclarar lo que fuera necesario. Necesitaba cerrar esa tensión que había quedado flotando.
Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses.


Casi dos meses hasta que la vi de nuevo.


Fue de noche, algo poco habitual para mí. Había salido con amigos a un bar y me fui antes que ellos. En la puerta, bajo la luz amarilla de un cartel viejo, estaba ella.


Lorena llevaba un vestido corto, más atrevido de lo que le había visto antes. Oscuro, ceñido al cuerpo, marcando cada curva con una seguridad que no pedía permiso. Las piernas descubiertas, firmes. El escote sugerente sin ser vulgar. El pelo suelto, más voluminoso que de costumbre. No parecía la mujer de las mañanas tranquilas en la cafetería. Era otra versión. Más decidida. Más consciente del efecto que generaba.


Por un segundo dudé si acercarme. Pero ya me había visto.


Me llevé un cigarrillo a la boca, aunque casi no fumaba.


—¿Disculpá… tenés fuego?


Se quedó mirándome unos segundos, sorprendida.


—¿Desde cuándo fumás? —me retó, frunciendo el ceño—. Pensé que eras más inteligente.


Sonreí apenas.


—Salí con amigos… ya me estaba yendo a casa.


La miré, sosteniendo la pausa.


—¿Y vos? ¿Qué hacés tan tarde por acá?


Vaciló. Fue sutil, pero lo noté.


—Nada… cosas mías.


Había algo distinto en su expresión. No era la seguridad habitual. Era casi… vulnerabilidad. Me dio pena verla así, parada en la puerta de un bar que no parecía su estilo.


—Lore… —dije bajando un poco la voz—. ¿Está todo bien?


Ella sostuvo mi mirada. Los dos fingiendo que aquel episodio en la cafetería nunca había ocurrido. Como si el silencio pudiera borrar la electricidad acumulada.


—No es nada que te tenga que contar —respondió al principio.


Pero no se fue, y yo tampoco.


—Capaz te puedo ayudar —le dije, casi sin pensarlo.


Lorena levantó la vista del celular con una mezcla de sorpresa y fastidio contenido.


—¿Ayudarme? —repitió, ladeando la cabeza—. Marcos… ¿cómo podría ayudarme un nene?


La palabra me cayó peor de lo que esperaba.


—Ya no soy un nene.


Ella rió, pero no fue una risa cruel. Fue breve, distraída. Volvió a mirar la pantalla, como esperando que apareciera un mensaje que no llegaba. La luz azul le marcaba el perfil, endureciéndole la expresión.


Sentí la necesidad de hacer algo, cualquier cosa que rompiera esa distancia. Prendí el cigarrillo y di una pitada más por nervios que por ganas.


—Aunque sea… si querés compañía —dije, intentando sonar casual—. Puedo quedarme un rato.


Lorena suspiró, mirando la calle oscura.


—No me vendría mal —admitió—. Estoy viendo si pido un Uber o espero un poco más.


Me acerqué apenas.


—¿Estás bien?


—Sí, obvio —respondió rápido, demasiado rápido.


Pero sus ojos brillaron distinto. Un segundo después parpadeó fuerte, como si se retara a sí misma. Cuando habló, la voz le salió apenas quebrada.


—Me dejaron plantada.


Tragó saliva.


—Y no es la primera vez que me pasa. Supongo que a cierta edad una empieza a… perder mercado.


Lo dijo intentando sonar irónica, pero la herida estaba ahí. Visible.


Sin pensarlo demasiado apoyé una mano en su espalda, con cuidado, como si temiera que el gesto fuera rechazado.


—No digas eso. Estás.. hermosa, sos muy hermosa. El tipo que te dejó plantada no tiene idea de lo que se perdió.


Se sonó la nariz con un pañuelo que sacó del bolso. Una risita inesperada se le escapó.


—No era ningún viejo, por si eso pensabas —dijo, mirándome de costado—. Era bastante más joven.


Tardé un segundo en procesarlo.


—¿Más joven?


—Ajá. No mucho más grande que vos.


El dato quedó suspendido entre nosotros. Noté cómo mi mano seguía en su espalda, y esta vez no la apartó. Me acerqué apenas, no invasivo, pero lo suficiente para que el calor de nuestros cuerpos acortara la distancia.


Ella me sostuvo la mirada unos segundos más. Después bajó los ojos al cigarrillo.


—Apagá eso —murmuró—. Y creo que ya es hora que saques esa mano de mi espalda..


Apagué el cigarrillo contra el cordón con un movimiento torpe. Sentí que necesitaba demostrar algo, aunque no supiera exactamente qué.


Mi mano seguía en su espalda.


—Sacá la mano —dijo suave, sin enojo.


La retiré enseguida, como si me hubiera quemado. Ella me miró unos segundos, evaluándome, y después desvió la vista hacia la calle.


—La noche está linda —improvisé—. Podemos caminar si querés… total no vivís tan lejos, ¿no?


Lorena dudó apenas.


—El Uber está carísimo —murmuró mirando la pantalla—. Y no, no estoy tan lejos.


—Te acompaño hasta la puerta. Para que no te pase nada.


Se rió, esta vez con algo más de ligereza.


—Mirá vos… sí que creciste. Ahora que te veo bien, estás más grande.


Sentí el calor subirme a la cara.


—Bueno… pasaron algunos años.


Empezamos a caminar. El ruido del bar quedó atrás y el barrio se volvió más silencioso. El silencio empezó a invadirnos y quise salir rápidamente de ahí.


—Lore… —empecé, titubeando—. Cuando eras mi profesora… vos… ¿estabas casada?


Ella tardó en responder. No parecía ofendida, más bien pensativa.


—Sí. Estaba.


Caminó unos metros más antes de continuar.


—Me divorcié hace unos años. La casa quedó para mí. Fue un acuerdo rápido. No teníamos hijos ni nada por suerte, un tarado ese tipo —la note algo fastidiada con el tema y me di cuenta que no iba por ahi. 


Caminamos unos metros más en silencio hasta que me animé.


—Lore… ¿por qué dejaste la docencia?


Ella no respondió enseguida. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos desnudos. El vestido corto que llevaba —tan seguro bajo la luz del bar— ahora parecía demasiado liviano para la brisa de la madrugada.


—Hace frío —murmuró, casi para sí.


Me saqué la campera sin pensarlo demasiado y se la ofrecí.


—Tomá.


Mientras se la ponía, no pude evitar notar como se pronunciaba su escote. Bajé la mirada apenas un segundo más de lo prudente y me obligué a volver a su rostro. Sentí esa pelea interna entre lo que quería mirar y lo que debía respetar.


—Gracias —dijo ella, acomodándose la campera sobre los hombros—. Sos un caballero, al final.


Suspiró.


—Dejé la docencia después del divorcio. Ya no tenía las mismas ganas. Y cuando salió lo del juicio de mi papá… fue como una señal.


La miré sin interrumpirla.


—Fue una pelea legal larguísima. Él murió hace años, pero el proceso siguió. Cuando finalmente salió el fallo, me cayó una suma que no esperaba. De golpe no necesitaba trabajar más si no quería.


Hizo una mueca leve.


—Y como no tengo hijos, ni grandes responsabilidades… decidí vivir un poco para mí. Viajar. Salir. Conocer gente distinta.


Me miró de reojo.


—A veces más joven.


Sonrió con una mezcla de vergüenza y desafío.


—Me divierte. Aunque a veces también me hace sentir… expuesta.


Caminamos unos pasos más. La campera le quedaba grande y eso la hacía parecer más vulnerable de lo que había sido en la puerta del bar.


—Perdón por lo de la cafetería —dijo de pronto—. Por haberte retado.


La miré sorprendido.


—No hacía falta.


—Sí, un poco sí. Me gustó… —dudó un segundo—. Me gustó sentirme mirada. Deseada.


Lo dijo bajo, casi como una confesión que no pensaba hacer.


—Supongo que reaccioné porque me dio miedo lo mucho que me gustó.


El aire entre nosotros cambió. Ya no era solo tensión juvenil. Era algo más consciente.


Y yo, con 23 años y demasiadas teorías en la cabeza, entendí que esa noche no estaba caminando al lado de mi ex profesora.


Estaba caminando al lado de una mujer que también estaba tratando de entender qué hacer con su propio deseo.


—Sos hermosa, Lore. En serio, tenes un cuerpo tremendo y una cara de diosa.. El que te dejó plantada es un idiota.


Ella soltó una risa corta, más liviana que antes.


—Qué exagerado sos… —murmuró—. Ya casi llegamos.


La frase me cayó como una alarma. Ya casi llegamos.
Eso significaba que la noche estaba por terminar.


Empecé a maquinar. Necesitaba alargar el momento. No quería que esto se diluyera en una despedida correcta en la puerta del edificio. La deseaba. Y lo peor era que empezaba a sentir que no era algo unilateral.


El recuerdo me golpeó de repente: aquella vez en la cafetería, el reflejo en la vidriera, la línea de su tanga marcándose apenas bajo la tela ajustada. Solo pensar en eso me nublaba la cabeza. Intenté enfocarme, pensar con claridad, pero la imagen volvía, insistente.


—Yo… tomaría una cerveza más —dije tratando de sonar casual, si no funcionaba no perdía nada. 


—No tomé nada —respondió ella—. Me dejaron plantada antes de pedir siquiera algo fuerte.


Ya habíamos salido de la zona de bares. El barrio estaba más silencioso.


—Podemos volver —propuse.


Lorena negó con una sonrisa cansada.


—No quiero caminar más. Hay un kiosco al lado de mi departamento.


Acepté sin dudar. Estaba a un paso nomas, necesitaba calmarme para poder controlar mejor la situacion. Solo podia pensar en su tanguita, me preguntaba que tan lejos pensaba llegar con este joven y que tan lejos pensaba llegar conmigo.


—Voy yo —dije cuando llegamos al kiosco.


Entré solo. El frío del aire acondicionado me ayudó a bajar un poco la revolución interna. Compré dos latas de cerveza y salí intentando que no se notara la anticipación que me recorría.


Lorena estaba buscando la llave en su cartera. No parecía tener intención de quedarse en la calle.


—No vamos a tomar esto en la vereda —dijo, bien seria—. Subí. —ordeno casi en modo profesora.


Al entrar al edificio esperamos el ascensor. Lorena aprovecha para devolverme mi campera, ya que con la humedad que había por dentro ya estaba entrando en calor. Al llegar entramos en un antiguo y pequeño ascensor, Lorena vivia en el piso mas alto del edificio de nueve pisos. Deje que entre primera y no quise darle la espalda ya que no entrabamos uno al lado del otro. Cuando empezamos a subir note lo mucho que se movia. Gracias a esto, las tetas escotadas de la profesora empezaron a moverse un poco, tenerlas tan cerca era solo cuestion de tiempo hasta que ceda ante la tentacion. Cuando las vi rebotando levemente no pude mas que tragar saliva.


—¿Que tanto te pueden gustar un par de tetas? —preguntó soltando una pequeña risa.


—Es que no son cualquier par de tetas —le dije mientras subía lentamente mi mirada hacia sus ojos.


—Como que no? Tampoco son la gran cosa.. ya van tres jovencitos seguidos como vos que no le fascinan. —me hizo un pequeño puchero.


—Por eso el país esta como esta, por no saber apreciar semejante mujer y su hermoso par de tetas —dije en tono de chiste, pero ya llevándolo algo lejos. No respondio nada pero vi una pequeña mueca. 


El ascensor se detuvo en el noveno piso.


Al entrar al departamento, el cual era muy espacioso y muy ordenado. Había muchos muebles, velas, almohadones y decoración en general, se notaba que era la casa de una mujer grande y soltera. 


—Ponte comodo en el sillón, yo voy a salir de este vestido que no doy mas. —dijo, mientras caminaba rumbo a su habitación sacándose los aros que llevaba puestos.


Al sentarme abrí la primera cerveza, necesitaba de ese valor liquido mientras pensaba en como seguir adelante. Lorena se notaba algo vulnerable, no se si quería aprovecharme de eso. Pero si ella me buscara... probablemente no podría resistirme. Aunque eso no creo que podría pasar.


—Ya abriste la primera? —dijo Lorena aún desde la pieza. Ni bien se hace visible su figura ya sabía que era un espectáculo. Llevaba puesto solo un short para dormir algo gastado y un top blanco que no dejaba nada a la imaginaciones ya que no llevaba nada abajo. Sus pezones se hacían visibles ni bien vio mi cara de asombro, perdí todo tipo de control de la situación. Solo iba a hacer lo que la profe diga.


Continuara..

0 comentarios - Lorena Capitulo 2. De profesora a mi puta personal