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Familia México-Colombiana 9

Llevaba cinco días viéndola en el mismo pasillo, siempre entre las 19:20 y las 19:45. Pero ya no eran solo miradas. Era guerra declarada sin una sola palabra hasta el final.
El lunes: me pilló mirándole el culo mientras se agachaba por una lata baja. Se quedó ahí un segundo más de lo necesario, piernas ligeramente abiertas, sudadera subiendo lo justo para mostrar el borde de los leggings pegados a la piel. Se enderezó despacio, giró la cabeza y me clavó los ojos. Se pasó la lengua por los labios muy lento, como si estuviera lamiendo algo invisible. Después se tocó el cuello con dos dedos, bajándolos hasta rozarse un pezón por encima de la tela. Lo pellizcó fuerte, sin pestañear, y soltó un suspiro apenas audible que me llegó directo a la polla.
El martes: en los aceites. Alcancé la botella al mismo tiempo que ella. Nuestros dedos se enredaron. No la soltó. Al contrario: apretó los suyos contra los míos, deslizándolos despacio, como si estuviera masturbándome la mano. Me miró de reojo, entrecerró los ojos y murmuró bajísimo, casi contra mi oreja:
—Te la pondría tan dura ahora mismo que no podrías ni caminar… ¿verdad?
Soltó la botella, pero antes de irse se giró, se pegó un segundo a mí de lado y dejó que su teta rozara mi brazo. Pezón duro como piedra marcándose bajo la sudadera. Se fue contoneando, sabiendo que la estaba siguiendo con la mirada.
El miércoles: en las especias. Se puso delante, de espaldas, y para alcanzar la cúrcuma se puso de puntillas, arqueando la espalda hasta el límite. Su culo se pegó a mi bragueta y no se movió. Empezó a frotarse despacio, círculos pequeños pero firmes, sintiendo cómo me ponía como una piedra en segundos. Giró la cabeza a medias, me miró con los ojos vidriosos y susurró:
—Siento cómo palpitas… me estás mojando solo con esto. Imagínate lo que sería si me la metieras hasta el fondo aquí mismo.
Se separó de golpe, como si nada, pero antes de irse se pasó la mano por el culo, apretándoselo fuerte, y me guiñó un ojo.
El jueves: el día que casi exploto sin tocarla. En los lácteos se acercó tanto que su aliento me rozaba la mejilla. Se inclinó hacia la nevera, culo en pompa, sudadera subiendo hasta dejarme ver la curva perfecta donde empieza el culo. Se enderezó despacio y se giró hacia mí. Se mordió el labio inferior con fuerza, después se metió dos dedos en la boca, los chupó despacio como si fueran otra cosa, y los sacó brillantes de saliva. Los bajó hasta su entrepierna por encima de los leggings y se presionó el clítoris en círculos lentos, mirándome fijo.
—¿Quieres ver cuánto me has puesto? —susurró ronca—. Estoy chorreando desde que te vi entrar… y solo pienso en que me abras los dos agujeros hasta que no pueda ni andar.
Se acercó un paso más, pegó su pelvis a la mía un segundo, frotándose contra mi erección evidente. Soltó un gemidito bajito contra mi cuello y se fue, dejándome temblando.
Hoy viernes entré con la polla ya medio dura solo de pensar en ella.
La encontré en el pasillo 7, de espaldas, fingiendo leer tampones. Me acerqué hasta pegar mi pecho a su espalda. No la toqué aún. Solo mi aliento caliente en su nuca.
—Llevo cinco días con la polla goteando por ti —le susurré al oído, voz ronca y baja—. Cada vez que te veo arquearte, me imagino clavándotela hasta que grites mi nombre.
Ella no se movió. Solo empujó el culo hacia atrás, restregándoselo contra mí con movimientos lentos y deliberados.
—He estado metiéndome los dedos todas las noches —respondió en un jadeo suave—. Me corro pensando en tu polla abriéndome el coño… y después el culo. Quiero que me llenes los dos hasta que chorree tu leche por todas partes.
Metí la nariz en su pelo, inspiré su olor a vainilla y deseo. Bajé la boca a su oreja.
—Enséñame lo mojada que estás… ahora.
Llevó una mano atrás, se metió los dedos dentro de los leggings, se masturbó dos segundos y sacó los dedos empapados. Me los metió en la boca sin pedir permiso. Los chupé despacio, saboreándola entera.
—Que delicia—gruñí contra sus dedos—. Ahora date la vuelta y bésame como si te fueras a morir si no lo haces.
Se giró. Me miró con ojos negros de vicio. Se mordió el labio hasta dejar marca y se lanzó. El beso fue brutal desde el primer segundo: lenguas peleando, dientes rozando, saliva mezclándose. Me agarró la polla por encima del pantalón y la apretó con fuerza mientras gemía contra mi boca.
—Metemela ya… —jadeó entre besos—. Primero por el coño hasta que me corra gritando… y luego me revientas el culo hasta que no pueda sentarme en una semana.
Le subí la sudadera por encima de las tetas. Pezones duros, hinchados. Los pellizqué fuerte mientras seguía devorándole la boca. Ella me desabrochó el pantalón con dedos ansiosos.
Le bajé leggings y bragas de un tirón. Estaba chorreando, los labios abiertos y brillantes. Le metí tres dedos hasta el fondo, curvándolos. Se corrió en menos de treinta segundos, temblando entera, mojándome la mano y el suelo.
Saqué la verga, la froté contra su clítoris, entre sus labios, y se la clave de golpe. La follé con fuerza, golpes profundos que la hacían gemir contra mi cuello.
Después salí, brillante de sus jugos.
—Ahora el culo —le ordené.
Se giró, se apoyó en la estantería y sacó culo. Escupí en mi mano, le unté saliva generosa y presioné la punta contra su ano apretado.
—Rómpeme… por favor —suplicó.
Entré despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que estuve todo dentro. Después aceleré. La sodomizaba con embestidas brutales mientras ella se masturbaba el clítoris. Se corrió otra vez, el culo apretándome en espasmos violentos, chorros calientes salpicándome.
—Voy a llenarte el culo de leche —gruñí.
—Hazlo… lléname hasta que rebose —jadeó.
Me corrí dentro con un rugido, chorros espesos inundándola por detrás. Seguí moviéndome hasta vaciarme entero.
Cuando salí, mi semen goteaba de su ano, mezclándose con la humedad de su coño. Se subió los leggings sin limpiarse, con mi corrida en los dos agujeros.
Me besó profundo, metiéndome la lengua hasta la garganta.
—Lunes —dijo ronca, labios hinchados y ojos todavía nublados de placer—. Y trae condones… porque voy a querer que me folles hasta que amanezca.
Se fue hacia la caja, piernas temblorosas, culo moviéndose con cada paso, sabiendo que la estaba mirando.
Yo me quedé allí, polla sensible, corazón desbocado, volteé hacia arriba y justo ahí estaba, una cámara de seguridad apuntando directamente a dónde me acababa de coger a esta putita sin nombre

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