You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Me Humillaron en un telo, por ser Feminista Parte 2

Me Humillaron en un telo, por ser Feminista Parte 2
gorda
Volví a verlo dos semanas después. Me mandó un mensaje directo, sin vueltas: “Extraño ese culo gordo temblando mientras te digo lo puta que sos. ¿Venís o seguís jugando a la feminista ofendida?”. Le respondí que sí, que iba, pero que esta vez no iba a dejar que me humillara tanto. Mentira. En el fondo sabía que iba a ser peor. Mucho peor.
Nos encontramos en el mismo telo de la vez anterior, el de la habitación con olor a cigarrillo viejo y sábanas que nadie cambia seguido. Apenas entré, me agarró del cuello con una mano, no fuerte para lastimar, pero sí para marcar territorio, y me empujó contra la pared.
—Mirá quién volvió, la gorda combativa. ¿Tanto te gustó que te trate como la cerda que sos que no pudiste resistirte?
Le dije que callara, que esta vez iba a ser diferente, que yo ponía límites. Él se rió en mi cara, me dio una cachetada suave en la mejilla —más humillante que dolorosa— y me contestó:
—Los límites los ponés vos cuando estás vestida, reina. Acá adentro, los pongo yo. Desnudate ya, quiero ver esa panza y esas tetas pesadas rebotando.
Me desnudé temblando de bronca y calentura mezcladas. Me tiró boca arriba en la cama, me abrió las piernas de un tirón y se arrodilló entre ellas. Me chupó la concha como la primera vez, pero más agresivo, mordiendo los labios, metiendo dedos sin aviso.
—Qué olor a concha usada tenés hoy. ¿Viniste sin bañarte otra vez? Claro, para que huela a puta barata. Me encanta cuando no te lavás para mí.
Después me dio vuelta, me puso en cuatro y me escupió directo en el culo. No lubricante, solo saliva.
—Hoy te voy a romper el orto también, gorda. A ver si bancás una pija de 40 años en ese agujero flojo.
Me penetró el culo despacio al principio, pero después se puso brutal. Dolía, ardía, y yo gemía fuerte, mitad queja, mitad placer enfermo. Mientras me cogía, me agarraba del pelo y me tiraba la cabeza para atrás.
—Decime que sos una gorda sumisa. Decímelo o paro.
—No soy… no soy sumisa, hijo de puta —le contesté entre jadeos.
Él se rió y me dio una nalgada fuerte que me dejó la piel roja.
—Mentira. Sos una gorda sumisa que se moja cuando la humillan. Mirá cómo te chorrea la concha mientras te parto el culo.
Me sacó la pija del orto, me dio vuelta y me metió la verga en la boca sin limpiarla. Sabía a todo: a culo, a concha, a él.
—Chupala bien, limpiámela con la lengua. Saboreá tu propia mugre, feminista de mierda. Esto es lo que sos: una tragapijas disfrazada de luchadora.
La chupé profundo, con arcadas, lágrimas en los ojos, mientras él me decía que mi boca era “un agujero más para llenar”, que las gordas como yo estábamos hechas para eso. Después me agarró las tetas, las apretó fuerte hasta que dolieron, me pellizcó los pezones hasta dejarlos morados.
—Estas tetas gordas parecen ubres. Mirá cómo se te marcan los dedos. Vas a acabar con la cara llena de leche, como buena vaca.
Me penetró la concha otra vez, fuerte, profundo, mientras yo me tocaba el clítoris como loca. Acabé una vez gritando, y él no paró. Me hizo acabar otra vez, esta vez temblando toda, con el cuerpo convulsionando. Cuando vio que estaba destruida, salió, se puso de pie al lado de la cama y empezó a pajearse sobre mi cara.
—Abrí la boca, gorda. Vas a tomar todo y vas a agradecer.
Me eyaculó en la boca, en la lengua, en las mejillas, hasta que me chorreaba por la barbilla. Me dijo que no me limpiara, que me quedara así un rato, “para que veas lo que sos realmente”.
Después se sentó en la silla, mirándome tirada en la cama, con semen pegajoso en la cara, el culo ardiendo, las tetas marcadas y la concha hinchada.
—Viste, al final siempre volvés. Podés gritar igualdad todo lo que quieras en la facu, pero acá adentro sabés cuál es tu lugar: de rodillas, con la boca llena y el culo roto. La próxima vez traé a tu amiga esa flaca que decís que es tu “compañera de lucha”. Quiero ver si entre las dos pueden hacerme acabar tres veces.
Me quedé ahí, jadeando, con el cuerpo hecho mierda y la cabeza en blanco. No dije nada. Solo me limpié un poco con la sábana sucia, me vestí despacio y salí tambaleándome. En el ascensor del telo me miré en el espejo: cara manchada, ojos rojos, orgullo pulverizado. Y lo peor era que ya estaba pensando en el mensaje que me iba a mandar la semana que viene. Porque, aunque me odiara admitirlo, una parte enferma de mí quería que fuera aún peor.

3 comentarios - Me Humillaron en un telo, por ser Feminista Parte 2

Elnvevopvtoamo +1
Tremenda perra, te merecías una cogida de esa magnitud
humedad82
terrible macho cojedor te conseguiste la envidia de muchas
jhonny_roberts
Nada mejor que tratar a una gorda puta como vos cómo se merece. Se te ve en la cara