Los días siguientes a esa cena incómoda pero cargada de electricidad se convirtieron en un torbellino de maquinaciones para Liborio. Sentado en su sofá, con la rodilla envuelta en una venda que lo hacía sentir aún más impotente –y excitado por ello–, planeaba cada paso como un director de una película pornográfica prohibida. Su fantasía de cornudo lo consumía:
imaginaba a Dalila, su esposa alta y voluptuosa, con esos kilos extras que la hacían tan jugosa, esos muslos gruesos que se rozaban al caminar, esas tetas pesadas que rebotaban como promesas de leche materna, y ese culo enorme, carnoso, que parecía diseñado para ser azotado y follado. Y el protagonista de sus visiones era El Tronco, ese chaparro negro con su pene descomunal, un tronco venoso y negro que Liborio había visto colgando en aquel baño, grueso como un antebrazo, capaz de destrozar el coño de cualquier mujer. Liborio se masturbaba varias veces al día pensando en eso, en cómo esa verga monstruosa estiraría los labios vaginales de Dalila, haciéndola gemir como una perra en celo, mientras él observaba escondido, humillado y cachondo.
Pero para llegar allí, necesitaba ayudar a El Tronco. Bajó cojeando al local de reparaciones, donde el chaparro estaba soldando una placa madre, su camiseta de tirantes pegada al cuerpo sudoroso, marcando los músculos compactos de sus brazos tatuados. “Escucha, carnal”, le dijo Liborio con voz conspiradora, mirando alrededor para asegurarse de que nadie los oyera. “Dalila es una mujer que necesita atención, detalles. Yo no soy así, soy un pendejo, distraído, por eso está molesta conmigo. No le he dado la boda en iglesia que tanto quiere, vestida de blanco como una virgen . Tú sé atento: llévale flores baratas pero bonitas, mándale mensajes diciéndole que es hermosa, que con una mujer como ella sí te casarías. Piropos que la hagan sentir deseada, que toquen su resentimiento conmigo”. El Tronco sonrió, sus dientes blancos contrastando con su piel oscura, y asintió. “Entendido, jefe. Voy a cortejarla como un rey, pero con mi toque. Esa hembra va a caer en mis manos, y cuando la folle, vas a ver cómo grita por este tronco”. Liborio sintió un escalofrío morboso en la polla al oírlo; era perfecto.

El cortejo comenzó sutil pero osado, con la confianza innata de El Tronco. Al día siguiente, mientras Dalila bajaba a tirar la basura –su falda ajustada subiéndose un poco por los muslos, dejando ver la curva de sus nalgas gordas–, él la interceptó en la entrada del edificio. “Hola, reina voluptuosa”, le dijo con esa voz ronca, extendiéndole un ramo de margaritas robadas de algún jardín cercano. “Para ti, porque una mujer como tú merece flores todos los días. Con una como tú, sí me casaría, en iglesia y todo, vestida de blanco para que todos vean lo que me llevo”. Dalila se sonrojó, sus mejillas morenas enrojeciendo, pero tomó las flores con una sonrisa tentativa. “No seas payaso, chaparro. Mi esposo no me da estas cosas”. El Tronco se acercó un paso, su estatura baja poniéndolo a la altura perfecta para mirar sus tetas desde abajo, imaginando chupar esos pezones oscuros que se marcaban bajo la blusa. “Pues él se pierde. Tú eres una diosa, con esas curvas que vuelven loco a cualquier hombre”. Ella rio nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el vientre, un calor que bajaba hasta su coño, humedeciendo su tanga. No era solo el piropo; era la forma en que la miraba, como si ya la estuviera follando con los ojos.

Liborio observaba todo desde la ventana, su mano en la polla, frotando despacio. Veía cómo El Tronco rozaba “accidentalmente” el brazo de Dalila, cómo su mirada bajaba a su culo cuando ella se giraba. Eso lo ponía al borde: su esposa, la madre de su hijo, coqueteando con ese enano arrogante. Pero necesitaba acelerar las cosas. Esa noche, en la cama, Dalila mencionó las flores casualmente, con un tono de reproche hacia Liborio. “El chaparro es atento, al menos”. Liborio fingió celos leves, pero por dentro bullía de excitación. “ tratalo bien, amor. Parece buen tipo”. Ella lo miró extrañada, sospechando algo, pero accedió.
El cortejo continuó poco a poco. El Tronco mandaba mensajes diarios: “Buenos días, mi reina . Soñé con tus ojos y tu sonrisa… y con lo demás 😉”. Dalila respondía con emojis, riendo sola en la cocina mientras preparaba la comida, sus tetas balanceándose al mover los brazos. Él la invitaba a “comer un postre ” en el local, donde le mostraba trucos con celulares, rozando sus dedos con los de ella, oliendo su perfume mezclado con el sudor femenino que emanaba de entre sus muslos. Una vez, osado, le puso una mano en la cintura mientras le explicaba algo, sintiendo la curva de su cadera voluptuosa. “Eres tan suave, Dalila. Con una mujer como tú, un hombre se casa y no mira a otra”. Ella se apartaba, pero no enojada; sentía el pulso acelerado, el coño palpitando levemente, recordando cómo Liborio la ignoraba en la cama últimamente.

Liborio, viendo que el progreso era lento, ideó un plan más perverso, más morboso. Convenció a El Tronco de pagar a un indigente del barrio –un tipo sucio, con barba desaliñada y ropa raída, que olía a alcohol y desesperación– para que “atacara” a Dalila en el callejón lateral del edificio. “Le das 300 pesos, le dices que la toque, que la asuste un poco, nada grave. Luego tú apareces como el héroe, el macho salvador”. El Tronco rio, excitado por la idea. “Perfecto. Voy a salvarla y ganarme su confianza… y algo más”. Liborio pagó la mitad, su polla dura solo de pensarlo.
El momento llegó una tarde nublada. Dalila salió a comprar leche para el bebé, su cuerpo voluptuoso moviéndose con ese balanceo hipnótico: tetas rebotando bajo una blusa escotada, culo gordo empujando contra la falda corta, muslos rozándose con cada paso. Liborio la siguió cojeando, escondido tras una esquina, el corazón latiéndole fuerte. Vio cómo ella entraba al callejón para atajar, un pasaje oscuro y estrecho flanqueado por muros grafiteados. El indigente surgió de las sombras, tambaleante, con ojos vidriosos. “¡Ven acá, mamacita gorda!”, gruñó, extendiendo una mano mugrienta hacia sus tetas, rozando el escote con dedos sucios. Dalila gritó, aterrorizada, empujándolo. “¡Suéltame, cerdo!”. Él la acorraló contra la pared, su aliento fétido en su cara, una mano bajando hacia su culo, apretando esa nalga carnosa con rudeza. “Te voy a tocar todo, puta voluptuosa”. Dalila sintió pánico, pero también un morbo extraño: el miedo mezclándose con un calor prohibido en su entrepierna.

Liborio observaba escondido, a unos metros, su polla erecta presionando contra los pantalones. Veía al indigente manoseando a su esposa, imaginando que era El Tronco, que ese toque grosero era el preludio de una follada brutal. Se frotó disimuladamente, mordiéndose el labio para no gemir.

Entonces, como planeado, El Tronco apareció corriendo, su figura baja pero imponente, con pantalones deportivos que marcaban el bulto de su pene monstruoso. “¡Quítate de ella, pinche mugroso!”, rugió, empujando al indigente con fuerza, dándole un puñetazo en el estómago que lo dejó jadeando en el suelo. El tipo huyó tambaleante, murmurando maldiciones. Dalila, temblando, se arrojó a los brazos de El Tronco, sus tetas aplastándose contra su pecho, su cuerpo alto envolviéndolo. “¡Gracias, chaparro! Me salvó la vida”. Él la abrazó fuerte, sus manos bajando osadamente al inicio de sus nalgas, sintiendo la curva donde el culo comenzaba, esa carne suave y gorda que lo ponía cachondo. “Tranquila, reina. Nadie te toca sin mi permiso. Eres mía para proteger”. Liborio, aún escondido, vio todo: el abrazo, las manos de El Tronco rozando el culo de su esposa, y sintió un orgasmo inminente, pero se contuvo, jadeando en silencio.

El Tronco la tomó de la mano, sus dedos entrelazados con los de ella –manos grandes y suaves contra las suyas callosas y fuertes–, y la escoltó de vuelta al edificio. Caminaron despacio, él contándole anécdotas heroicas inventadas, rozando su brazo contra el de ella, oliendo su miedo mezclado con excitación. Dalila sentía el pulso en el coño, un calor húmedo que empapaba su tanga, traicionándola. ¿Era el miedo? ¿O era ese chaparro confiado, con su olor a macho, salvándola como Liborio nunca lo haría?
Llegaron a la puerta del departamento. Dalila, agradecida y confusa, se inclinó –su estatura alta poniéndola por encima de él– y le dio un beso de pico en los labios, rápido pero cargado, sintiendo el roce de su bigote. Luego un abrazo apretado, sus tetas aplastadas contra él, su culo rozando las manos de El Tronco que volvieron a posarse en el inicio de las nalgas, apretando sutilmente. “Gracias de nuevo, mi salvador”. Él sonrió, sus ojos bajando a su escote. “Cuando quieras, reina. Con una como tú, te protegería todos los días”. Se despidieron así, con un último roce.

Dalila entró al departamento, espantada por lo sucedido, el corazón aún latiéndole fuerte. Cerró la puerta, se apoyó en ella, y sintió el calor entre sus piernas. Bajó una mano disimuladamente, tocando su tanga a través de la falda : estaba mojada, empapada de jugos, traicionada por su cuerpo. “¿Qué me pasa?”, murmuró, mordiéndose el labio, imaginando sin querer las manos de El Tronco bajando más, tocando donde nadie más que Liborio había tocado en años. El miedo se mezclaba con un deseo morboso, pervertido, que la dejaba temblando.
imaginaba a Dalila, su esposa alta y voluptuosa, con esos kilos extras que la hacían tan jugosa, esos muslos gruesos que se rozaban al caminar, esas tetas pesadas que rebotaban como promesas de leche materna, y ese culo enorme, carnoso, que parecía diseñado para ser azotado y follado. Y el protagonista de sus visiones era El Tronco, ese chaparro negro con su pene descomunal, un tronco venoso y negro que Liborio había visto colgando en aquel baño, grueso como un antebrazo, capaz de destrozar el coño de cualquier mujer. Liborio se masturbaba varias veces al día pensando en eso, en cómo esa verga monstruosa estiraría los labios vaginales de Dalila, haciéndola gemir como una perra en celo, mientras él observaba escondido, humillado y cachondo.
Pero para llegar allí, necesitaba ayudar a El Tronco. Bajó cojeando al local de reparaciones, donde el chaparro estaba soldando una placa madre, su camiseta de tirantes pegada al cuerpo sudoroso, marcando los músculos compactos de sus brazos tatuados. “Escucha, carnal”, le dijo Liborio con voz conspiradora, mirando alrededor para asegurarse de que nadie los oyera. “Dalila es una mujer que necesita atención, detalles. Yo no soy así, soy un pendejo, distraído, por eso está molesta conmigo. No le he dado la boda en iglesia que tanto quiere, vestida de blanco como una virgen . Tú sé atento: llévale flores baratas pero bonitas, mándale mensajes diciéndole que es hermosa, que con una mujer como ella sí te casarías. Piropos que la hagan sentir deseada, que toquen su resentimiento conmigo”. El Tronco sonrió, sus dientes blancos contrastando con su piel oscura, y asintió. “Entendido, jefe. Voy a cortejarla como un rey, pero con mi toque. Esa hembra va a caer en mis manos, y cuando la folle, vas a ver cómo grita por este tronco”. Liborio sintió un escalofrío morboso en la polla al oírlo; era perfecto.

El cortejo comenzó sutil pero osado, con la confianza innata de El Tronco. Al día siguiente, mientras Dalila bajaba a tirar la basura –su falda ajustada subiéndose un poco por los muslos, dejando ver la curva de sus nalgas gordas–, él la interceptó en la entrada del edificio. “Hola, reina voluptuosa”, le dijo con esa voz ronca, extendiéndole un ramo de margaritas robadas de algún jardín cercano. “Para ti, porque una mujer como tú merece flores todos los días. Con una como tú, sí me casaría, en iglesia y todo, vestida de blanco para que todos vean lo que me llevo”. Dalila se sonrojó, sus mejillas morenas enrojeciendo, pero tomó las flores con una sonrisa tentativa. “No seas payaso, chaparro. Mi esposo no me da estas cosas”. El Tronco se acercó un paso, su estatura baja poniéndolo a la altura perfecta para mirar sus tetas desde abajo, imaginando chupar esos pezones oscuros que se marcaban bajo la blusa. “Pues él se pierde. Tú eres una diosa, con esas curvas que vuelven loco a cualquier hombre”. Ella rio nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el vientre, un calor que bajaba hasta su coño, humedeciendo su tanga. No era solo el piropo; era la forma en que la miraba, como si ya la estuviera follando con los ojos.

Liborio observaba todo desde la ventana, su mano en la polla, frotando despacio. Veía cómo El Tronco rozaba “accidentalmente” el brazo de Dalila, cómo su mirada bajaba a su culo cuando ella se giraba. Eso lo ponía al borde: su esposa, la madre de su hijo, coqueteando con ese enano arrogante. Pero necesitaba acelerar las cosas. Esa noche, en la cama, Dalila mencionó las flores casualmente, con un tono de reproche hacia Liborio. “El chaparro es atento, al menos”. Liborio fingió celos leves, pero por dentro bullía de excitación. “ tratalo bien, amor. Parece buen tipo”. Ella lo miró extrañada, sospechando algo, pero accedió.
El cortejo continuó poco a poco. El Tronco mandaba mensajes diarios: “Buenos días, mi reina . Soñé con tus ojos y tu sonrisa… y con lo demás 😉”. Dalila respondía con emojis, riendo sola en la cocina mientras preparaba la comida, sus tetas balanceándose al mover los brazos. Él la invitaba a “comer un postre ” en el local, donde le mostraba trucos con celulares, rozando sus dedos con los de ella, oliendo su perfume mezclado con el sudor femenino que emanaba de entre sus muslos. Una vez, osado, le puso una mano en la cintura mientras le explicaba algo, sintiendo la curva de su cadera voluptuosa. “Eres tan suave, Dalila. Con una mujer como tú, un hombre se casa y no mira a otra”. Ella se apartaba, pero no enojada; sentía el pulso acelerado, el coño palpitando levemente, recordando cómo Liborio la ignoraba en la cama últimamente.

Liborio, viendo que el progreso era lento, ideó un plan más perverso, más morboso. Convenció a El Tronco de pagar a un indigente del barrio –un tipo sucio, con barba desaliñada y ropa raída, que olía a alcohol y desesperación– para que “atacara” a Dalila en el callejón lateral del edificio. “Le das 300 pesos, le dices que la toque, que la asuste un poco, nada grave. Luego tú apareces como el héroe, el macho salvador”. El Tronco rio, excitado por la idea. “Perfecto. Voy a salvarla y ganarme su confianza… y algo más”. Liborio pagó la mitad, su polla dura solo de pensarlo.
El momento llegó una tarde nublada. Dalila salió a comprar leche para el bebé, su cuerpo voluptuoso moviéndose con ese balanceo hipnótico: tetas rebotando bajo una blusa escotada, culo gordo empujando contra la falda corta, muslos rozándose con cada paso. Liborio la siguió cojeando, escondido tras una esquina, el corazón latiéndole fuerte. Vio cómo ella entraba al callejón para atajar, un pasaje oscuro y estrecho flanqueado por muros grafiteados. El indigente surgió de las sombras, tambaleante, con ojos vidriosos. “¡Ven acá, mamacita gorda!”, gruñó, extendiendo una mano mugrienta hacia sus tetas, rozando el escote con dedos sucios. Dalila gritó, aterrorizada, empujándolo. “¡Suéltame, cerdo!”. Él la acorraló contra la pared, su aliento fétido en su cara, una mano bajando hacia su culo, apretando esa nalga carnosa con rudeza. “Te voy a tocar todo, puta voluptuosa”. Dalila sintió pánico, pero también un morbo extraño: el miedo mezclándose con un calor prohibido en su entrepierna.

Liborio observaba escondido, a unos metros, su polla erecta presionando contra los pantalones. Veía al indigente manoseando a su esposa, imaginando que era El Tronco, que ese toque grosero era el preludio de una follada brutal. Se frotó disimuladamente, mordiéndose el labio para no gemir.

Entonces, como planeado, El Tronco apareció corriendo, su figura baja pero imponente, con pantalones deportivos que marcaban el bulto de su pene monstruoso. “¡Quítate de ella, pinche mugroso!”, rugió, empujando al indigente con fuerza, dándole un puñetazo en el estómago que lo dejó jadeando en el suelo. El tipo huyó tambaleante, murmurando maldiciones. Dalila, temblando, se arrojó a los brazos de El Tronco, sus tetas aplastándose contra su pecho, su cuerpo alto envolviéndolo. “¡Gracias, chaparro! Me salvó la vida”. Él la abrazó fuerte, sus manos bajando osadamente al inicio de sus nalgas, sintiendo la curva donde el culo comenzaba, esa carne suave y gorda que lo ponía cachondo. “Tranquila, reina. Nadie te toca sin mi permiso. Eres mía para proteger”. Liborio, aún escondido, vio todo: el abrazo, las manos de El Tronco rozando el culo de su esposa, y sintió un orgasmo inminente, pero se contuvo, jadeando en silencio.

El Tronco la tomó de la mano, sus dedos entrelazados con los de ella –manos grandes y suaves contra las suyas callosas y fuertes–, y la escoltó de vuelta al edificio. Caminaron despacio, él contándole anécdotas heroicas inventadas, rozando su brazo contra el de ella, oliendo su miedo mezclado con excitación. Dalila sentía el pulso en el coño, un calor húmedo que empapaba su tanga, traicionándola. ¿Era el miedo? ¿O era ese chaparro confiado, con su olor a macho, salvándola como Liborio nunca lo haría?
Llegaron a la puerta del departamento. Dalila, agradecida y confusa, se inclinó –su estatura alta poniéndola por encima de él– y le dio un beso de pico en los labios, rápido pero cargado, sintiendo el roce de su bigote. Luego un abrazo apretado, sus tetas aplastadas contra él, su culo rozando las manos de El Tronco que volvieron a posarse en el inicio de las nalgas, apretando sutilmente. “Gracias de nuevo, mi salvador”. Él sonrió, sus ojos bajando a su escote. “Cuando quieras, reina. Con una como tú, te protegería todos los días”. Se despidieron así, con un último roce.

Dalila entró al departamento, espantada por lo sucedido, el corazón aún latiéndole fuerte. Cerró la puerta, se apoyó en ella, y sintió el calor entre sus piernas. Bajó una mano disimuladamente, tocando su tanga a través de la falda : estaba mojada, empapada de jugos, traicionada por su cuerpo. “¿Qué me pasa?”, murmuró, mordiéndose el labio, imaginando sin querer las manos de El Tronco bajando más, tocando donde nadie más que Liborio había tocado en años. El miedo se mezclaba con un deseo morboso, pervertido, que la dejaba temblando.
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