Se llamaba Daniel. Veintitrés años, un chico común con una vida predecible: universidad, videojuegos y fines de semana perezosos. Pero esa mañana del 26 de diciembre, todo cambió. Despertó con un calor extraño recorriéndole el cuerpo, como si una corriente eléctrica le hubiera reorganizado cada célula.


Abrió los ojos y sintió un peso desconocido en el pecho. Bajó la mirada lentamente, y allí estaban: dos pechos grandes, redondos y firmes, subiendo y bajando con su respiración acelerada. Su piel era suave, sedosa al tacto, y cuando sus manos —ahora más delicadas, con dedos esbeltos— rozaron los pezones endurecidos por el frío matutino, un escalofrío de placer inesperado le recorrió la espina dorsal.
Pánico. Saltó de la cama, tambaleándose sobre piernas curvas y muslos que se rozaban de manera íntima con cada paso. Entre ellas, en lugar del bulto familiar, una humedad cálida y sensible que respondía a cada movimiento. Corrió al espejo, jadeando. Su reflejo era una versión femenina de sí mismo: labios carnosos y rosados, ojos grandes enmarcados por pestañas largas, cabello castaño cayendo en ondas suaves hasta los hombros. Caderas anchas que se balanceaban hipnóticamente, un trasero redondo y elevado que hacía que sus jeans viejos ya no le quedaran. Tocó su nuevo sexo con dedos temblorosos: labios suaves, hinchados, y un clítoris que latió bajo su roce, enviando ondas de placer que lo hicieron gemir involuntariamente.
—Mamá… ¡Mamá! —gritó con una voz alta y melodiosa que no reconocía, llena de terror y algo más… curiosidad.
Su madre subió corriendo, abrió la puerta y se quedó paralizada. Luego, con instinto maternal, cerró con llave y la abrazó fuerte. Daniel —o Daniela, como empezaría a llamarse— se derrumbó en sus brazos, sollozando mientras sentía cómo sus pechos se aplastaban contra el cuerpo de su mamá, una sensación nueva y abrumadora.
—Shh, mi amor. Vamos a resolver esto. Nadie entra aquí hasta que estés lista.


Pasaron toda la mañana encerradas en la habitación. La madre le trajo ropa interior de su cajón: tangas de encaje negro y brasieres con copas profundas. El brasier fue un tormento erótico disfrazado de incomodidad. Daniela lo intentó sola primero: levantó los brazos, sintiendo el peso de sus pechos grandes bamboleándose libremente, los pezones rozando el aire fresco y endureciéndose más. Cuando por fin enganchó el cierre, el encaje apretó su carne suave, empujando sus senos hacia arriba en un escote profundo y tentador. Cada respiración hacía que se movieran, y un roce accidental contra el pezón la hizo jadear.
—Duele un poco, mamá… pero también… se siente raro. Bien, casi.


La madre sonrió con comprensión, ajustando los tirantes. Probaron blusas: una ajustada que marcaba cada curva, haciendo que sus caderas anchas parecieran aún más invitadoras. Las tangas, en cambio, fueron un deleite inmediato: el hilo delgado se hundía entre sus nalgas redondas, rozando su nuevo sexo de manera constante, enviando pequeñas descargas de placer con cada movimiento. Se miró al espejo, girando, y por un momento el pánico dio paso a una admiración culpable. Su cuerpo era voluptuoso, sensual, hecho para ser deseado.
Abajo, en la sala, la familia entera estaba reunida. Habían venido de todo el país para las fiestas decembrinas: tíos de Guadalajara, primos de Monterrey, el abuelo de Veracruz. La noche anterior había sido risas, tamales y ponche, pero ahora el aire estaba cargado de tensión. La madre había bajado un rato y les contó: “Daniel… se despertó así. Es una mujer ahora. No preguntemos por qué”. Murmullos de incredulidad, algunos rieron nerviosos, otros se persignaron. Pero en el fondo, varios hombres ya imaginaban.
Cuando Daniela bajó por fin, con una blusa blanca ceñida que dejaba ver el encaje del brasier y una falda corta que acentuaba sus caderas anchas, el silencio fue absoluto.



Sus pechos se movían con cada escalón, un vaivén hipnótico que hacía imposible no mirar. Notó las miradas: tíos devorándola con los ojos, el abuelo ajustándose en el asiento, primos jóvenes sonrojados. El aire se espesó con un deseo palpable, y ella sintió un calor entre las piernas que la confundió.
Los días siguientes fueron una adaptación lenta y cargada de erotismo. Sus pechos grandes la incomodaban al principio: se movían al caminar, rozaban contra la tela, y cada mirada masculina hacía que sus pezones se endurecieran visiblemente. Pero también despertaban algo en ella: un poder nuevo, una sensibilidad que la hacía temblar.
Durante varios días Daniela comenzó a hacer las compras en el supermercado y empezó a notar que llamaba mucho la atención de todos los hombres siempre se le acercaban tratando de cortejarla y miraban le trasero en todos lados y cuando un hombre se colocaba enfrente de ella no la miraba los ojos sino que miraba sus enormes tetas


Los primos de Daniela se volvieron mas cercanos y cambiaron la manera en la que interactuaban Daniela estaba llena de hormonas que afectaban alos jovenes ella inconciente causaba algo en ellos

Daniela consiguió trabajo en hooters necesitaba dinero y resulta que su perfil encajaba no trabajo mucho tiempo ahí pero se ganó el respeto de todos los hombres que atendía tal vez el enorme parque colgaba de su pecho era la razón le decían la chichona la melones Daniela la sabrosa pronto destacó entre sus compañeras que hasta los clientes comenzarán a darle nalgadas


Una mañana, la mamá y las tías la llamaron a la cocina. “Ayúdanos a servir, mi niña”.


Daniela se inclinó sobre la mesa para poner platos, sintiendo cómo su escote se abría, revelando la curva cremosa de sus senos. Los hombres en el comedor —papá, tíos, abuelo— no disimulaban: ojos fijos en ese valle tentador, lenguas humedeciendo labios. Cada vez que pasaba cerca, una mano rozaba “accidentalmente” su cadera, enviando chispas.
Empezó a hacer tareas domésticas: barrer, con sus caderas balanceándose;


cocinar, con gotas de sudor resbalando por su cuello hasta el escote. Un día, en un descuido, el tío Raúl le dio una nalgada firme. El sonido retumbó, y el impacto hizo vibrar su trasero redondo. Esperaba rabia, pero en cambio, un placer líquido se extendió desde el punto de contacto hasta su sexo, humedeciéndola al instante. Se mordió el labio, giró y le sonrió tímidamente. Eso fue el comienzo.
Esa noche, su papá la llamó a su habitación. “Ven, quiero hablar”. Le entregó un baby doll rojo: encaje transparente que apenas cubría, con tirantes finos y un escote que dejaba sus pechos casi expuestos. “Póntelo para mí”. Daniela obedeció en el baño, sintiendo el tejido suave contra su piel sensible.


Salió, y él la miró con hambre. La tomó por la cintura, sus manos grandes explorando sus curvas. La besó profundo, lengua invadiendo su boca mientras una mano subía a apretar un pecho, pellizcando el pezón hasta hacerla gemir.
La llevó a la cama, quitándole el baby doll lentamente. Besó su cuello, bajando a lamer sus senos grandes, succionando un pezón mientras masajeaba el otro. Daniela arqueó la espalda, jadeando. Sus manos bajaron a su sexo: dedos expertos rozando su clítoris hinchado, penetrando su humedad cálida. “Estás tan mojada…”, murmuró él.
La penetró despacio, su miembro grueso llenándola por completo, estirándola en oleadas de placer. Ella gritó, gimiendo alto: “¡Sí, papá… más profundo!”.
—Papá… ¿te gusta? —preguntó con voz temblorosa, girando lentamente.
Él se acercó, manos grandes subiendo por su cintura.
—Joder, sí… mira cómo se te marcan los pezones… están rogando que los chupe.
La besó con hambre, lengua invadiendo su boca mientras pellizcaba un pezón.
—Ahh… papá… sí… pellízcalos más fuerte… me encanta…
Bajó la boca a un pecho, succionando con fuerza.
—Dime que te gusta, mi niña… dime que quieres que te folle como la puta que eres ahora.
Daniela gimió alto, agarrándole el cabello.
—S-sí… quiero… quiero tu verga dentro de mí… fóllame, papá… por favor… estoy tan mojada…
La tumbó en la cama, le abrió las piernas y la penetró de un solo empujón.
—Estás apretadita… tan caliente… ¿te gusta sentir a tu papá bien adentro?
—¡Sí! ¡Más profundo! ¡Rómpeme, papá! ¡Hazme gritar!
Los embistes eran brutales, la cama golpeando la pared. Daniela gritaba sin control:
—Más duro… ¡más! ¡Me voy a correr… ahhh… me corrooo!
Los embistes se aceleraron, sus pechos rebotando con cada thrust, hasta que ambos explotaron en un clímax tembloroso.
Abajo, en el comedor, los familiares escucharon todo: gemidos, la cama crujiendo, palabras sucias. “Tarde o temprano alguien caería en sus encantos”, susurró una tía, mientras los hombres se removían incómodos, excitados.
Las cosas escalaron. El abuelo entró una noche en su habitación. Viejo pero vigoroso, la desvistió con manos temblorosas de deseo. Lamió cada centímetro de su cuerpo: pechos, vientre, entre las piernas hasta hacerla convulsionar en orgasmos múltiples.
—Ven aquí, mi reina… déjame probar esos pechos tan grandes que tienes.
Daniela se acercó, quitándose la camisola.
—Abuelito… ¿quieres chuparlos? Están muy sensibles hoy…


Él los tomó con reverencia, lamiendo círculos lentos alrededor de los pezones.
—Mmm… saben a miel… dime, ¿te gusta cuando un viejo como yo te come las tetas?
Ella jadeó, empujándole la cabeza contra su pecho.
—S-sí… chúpamelos más fuerte… muerde… ahh… sí, así…
Bajó la mano entre sus piernas, dedos arrugados pero hábiles frotando su clítoris.
—Estás empapada, pequeña… ¿quieres que te folle con mi verga vieja pero dura?

—S-sí… por favor… métemela… quiero sentirte todo dentro…
La penetró despacio, gimiendo él también.
—Tan estrecha… tan caliente… apriétame, mi niña… apriétame mientras te cojo…
Daniela se retorcía, gritando:
—Más rápido, abuelito… ¡dame duro! ¡Lléname!
La penetró toda la noche, variando ritmos: lento y profundo, luego salvaje, hasta que amaneció exhausta, con marcas de besos en la piel.
El tío Antonio la llevó a un bar: tragos fuertes que la embriagaron, risas que se volvieron toques. En el auto de regreso, la besó, manos bajo la falda frotando su sexo empapado. Terminaron en un motel, él devorándola oralmente hasta que ella suplicó penetración.

—Tócate para mí, sobrina… enséñame cómo te mojas pensando en mí.
Daniela se levantó la falda, dedos deslizándose entre sus labios hinchados.
—Mira… estoy chorreando… ¿quieres probarme?
Él se inclinó y la devoró oralmente, lengua hundiéndose profundo.
—Joder… sabes deliciosa… dime que quieres mi verga ahora.
—S-sí… fóllame aquí… en el asiento… métemela toda…
La puso a cuatro patas, embistiéndola con fuerza.
—Grita mi nombre, puta… grita mientras te cojo como perra.
—¡Antonio! ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Me voy a correr en tu verga!
La tomó por detrás, azotando sus nalgas mientras embestía, sus gemidos llenando la habitación.
Los siguientes días, toqueteos constantes: abrazos que se volvían manoseos, besos robados en pasillos. Nadie decía nada; era como un secreto familiar compartido.



Cuando las fiestas acabaron, Daniela visitó a su amigo Luis. Le contó todo, y él la creyó al verla. Jugaron videojuegos, pero el papá de Luis no dejaba de mirarla: ojos en sus pechos moviéndose, en sus caderas. Pensó que era la novia, pero al saber la verdad, se volvió intrusivo: roces “accidentales”, compliments susurrados.


Mandó a Luis a la tienda. En la sala, la cortejó: besos en el cuello, manos subiendo por sus muslos hasta tocar su sexo húmedo. La penetró allí mismo, rápido y urgente, sus gemidos ahogados contra el sofá.
—Sabes que te deseo desde que entraste… esas tetas grandes… ese culo…
Daniela se mordió el labio.
—Señor… no deberíamos… pero… me estás poniendo muy caliente…



Él la besó, mano bajo la falda frotando su sexo.
—Dime que quieres que te folle mientras mi hijo no está.
—S-sí… fóllame… rápido… antes de que vuelva…
La penetró contra el sofá, embistiendo con urgencia.
—Estás tan mojada… ¿te gusta que un hombre mayor te use?
—¡Sí! ¡Úsame! ¡Dame duro! ¡Quiero sentirte correrme dentro!
Luis regresó, y Daniela pidió estar a solas con su papá. En la habitación, se desvistieron:



ella montándolo, pechos rebotando mientras cabalgaba, gritando palabras sucias: “¡Fóllame más duro, señor!”. Luis escuchó desde la sala: gemidos, cuerpos chocando.
—Más profundo… ¡sí! ¡Me corro otra vez! ¡Lléname, papi!
Dos horas después, se asomó y los vio desnudos, sudados. El papá lo corrió; ella se cubrió con las sábanas solamente mostrando pa parte superior de sus enormes pechos siendo apretados por sus brasos y se fue, pero volvió los días siguientes por más



Siguió con su papá, tíos, hasta quedar embarazada.
El tío Raúl se casó con ella: boda formal, vestido blanco ceñido que realzaba sus curvas, escote profundo. Noche de bodas intensa: sexo maratónico, explorando cada posición hasta el amanecer.




Años después, caminaba por el parque con su esposo y hijo. Feliz, hasta que....
5 años después
Conoció a don Ernesto: narcotraficante rico, sesenta años, cuerpo fornido.
La sedujo con regalos, paseos en camioneta lujosa. Se convirtió en su amante: noches en el rancho, él lamiendo su cuerpo entero, penetrándola con vigor interminable, haciendo que gritara de placer.


Quedó embarazada de él. Se separó del tío y se mudó. Ahora vive cómodamente, satisfecha por las noches: don Ernesto la toma con pasión, explorando cada orificio, cada fantasía, hasta que ella se pierde en orgasmos interminables.
Y en la quietud del rancho, Daniela se pregunta si esto es lo que siempre quiso… pero el deseo siempre gana


Una noche, después de un maratón de placer que la dejó temblando y sudada en la cama del rancho, don Ernesto se recostó a su lado, encendiendo un puro con mano temblorosa. Daniela, con el cuerpo aún vibrando de orgasmos, se acurrucó contra su pecho velloso, rozando sus pechos sensibles contra su piel.
—Dime, mi amor… —susurró ella, trazando círculos en su vientre con un dedo—. ¿Cómo es que un hombre como tú, con tanto poder, termina conmigo? ¿No te preguntas nunca por qué cambié… por qué me convertí en esto?
Don Ernesto soltó una risa ronca, profunda, como el rugido de un motor viejo. Apagó el puro y la miró con ojos que brillaban en la penumbra, ojos que habían visto demasiado: traiciones, balaceras, fortunas enterradas en el desierto.
—Ah, mi reina… no fue casualidad. Ni magia, ni maldición divina. Fue un regalo… o una venganza, dependiendo de cómo lo mires.

Daniela se incorporó sobre un codo, sus pechos grandes colgando tentadoramente, pezones aún erectos por el aire fresco de la noche chiapaneca. (Nota: Aunque el rancho estaba en algún lugar remoto, el calor húmedo de Tapachula le recordaba sus raíces sureñas, pero eso era irrelevante ahora.)
—¿Qué quieres decir? Dime… he vivido años con esto, follando como loca, disfrutando cada verga que me llena… pero siempre me pregunté el porqué.
Él la atrajo hacia sí, mano grande apretando una nalga redonda, haciéndola gemir suavemente.
—Escucha bien, puta mía. Tu familia… tu abuelo, el viejo que te cogía toda la noche… él tenía deudas conmigo. Grandes deudas. Narcotráfico, favores no pagados. Hace años, en una posada decembrina como la que tuviste, le ofrecí saldar todo a cambio de algo único. Un científico loco que trabaja para mí, un pinche genio con drogas experimentales de transformación. Hormonas sintéticas, nanotecnología de contrabando… algo que cambia el cuerpo desde adentro, irreversible. Lo puse en el ponche esa noche. Pero no para él… para ti. Quería una mujer como tú: voluptuosa, insaciable, hecha para el placer. Tu abuelo aceptó, vendió tu destino para salvar su pellejo. Y mírate ahora… mi amante perfecta, preñada de mí, gritando mi nombre cada noche.

Daniela se quedó helada un segundo, pero en lugar de rabia, un calor familiar le subió desde el sexo. La revelación la golpeó como un orgasmo lento: había sido diseñada para esto, para ser deseada, follada, adorada.
—Entonces… todo fue por ti… desde el principio —murmuró, montándose encima de él otra vez, su sexo húmedo rozando su miembro endureciéndose—. Me convertiste en tu puta ideal… y me encanta.
Don Ernesto rio, penetrándola de nuevo con un gruñido.
—Así es, mi reina… y ahora, grita por mí otra vez. Muéstrame cuánto lo disfrutas.
Daniela cabalgó con furia, pechos rebotando salvajemente.
—¡Sí! ¡Fóllame sabiendo que soy tuya desde siempre! ¡Lléname, don Ernesto… hazme más puta aún!
Y en ese clímax final, entre gemidos que resonaban en el rancho, Daniela encontró paz. No había vuelta atrás, solo placer eterno. La transformación no era un accidente… era su destino, sellado en una deuda familiar y revelado en los brazos de su creador.
Fin.


Abrió los ojos y sintió un peso desconocido en el pecho. Bajó la mirada lentamente, y allí estaban: dos pechos grandes, redondos y firmes, subiendo y bajando con su respiración acelerada. Su piel era suave, sedosa al tacto, y cuando sus manos —ahora más delicadas, con dedos esbeltos— rozaron los pezones endurecidos por el frío matutino, un escalofrío de placer inesperado le recorrió la espina dorsal.
Pánico. Saltó de la cama, tambaleándose sobre piernas curvas y muslos que se rozaban de manera íntima con cada paso. Entre ellas, en lugar del bulto familiar, una humedad cálida y sensible que respondía a cada movimiento. Corrió al espejo, jadeando. Su reflejo era una versión femenina de sí mismo: labios carnosos y rosados, ojos grandes enmarcados por pestañas largas, cabello castaño cayendo en ondas suaves hasta los hombros. Caderas anchas que se balanceaban hipnóticamente, un trasero redondo y elevado que hacía que sus jeans viejos ya no le quedaran. Tocó su nuevo sexo con dedos temblorosos: labios suaves, hinchados, y un clítoris que latió bajo su roce, enviando ondas de placer que lo hicieron gemir involuntariamente.
—Mamá… ¡Mamá! —gritó con una voz alta y melodiosa que no reconocía, llena de terror y algo más… curiosidad.
Su madre subió corriendo, abrió la puerta y se quedó paralizada. Luego, con instinto maternal, cerró con llave y la abrazó fuerte. Daniel —o Daniela, como empezaría a llamarse— se derrumbó en sus brazos, sollozando mientras sentía cómo sus pechos se aplastaban contra el cuerpo de su mamá, una sensación nueva y abrumadora.
—Shh, mi amor. Vamos a resolver esto. Nadie entra aquí hasta que estés lista.


Pasaron toda la mañana encerradas en la habitación. La madre le trajo ropa interior de su cajón: tangas de encaje negro y brasieres con copas profundas. El brasier fue un tormento erótico disfrazado de incomodidad. Daniela lo intentó sola primero: levantó los brazos, sintiendo el peso de sus pechos grandes bamboleándose libremente, los pezones rozando el aire fresco y endureciéndose más. Cuando por fin enganchó el cierre, el encaje apretó su carne suave, empujando sus senos hacia arriba en un escote profundo y tentador. Cada respiración hacía que se movieran, y un roce accidental contra el pezón la hizo jadear.
—Duele un poco, mamá… pero también… se siente raro. Bien, casi.


La madre sonrió con comprensión, ajustando los tirantes. Probaron blusas: una ajustada que marcaba cada curva, haciendo que sus caderas anchas parecieran aún más invitadoras. Las tangas, en cambio, fueron un deleite inmediato: el hilo delgado se hundía entre sus nalgas redondas, rozando su nuevo sexo de manera constante, enviando pequeñas descargas de placer con cada movimiento. Se miró al espejo, girando, y por un momento el pánico dio paso a una admiración culpable. Su cuerpo era voluptuoso, sensual, hecho para ser deseado.
Abajo, en la sala, la familia entera estaba reunida. Habían venido de todo el país para las fiestas decembrinas: tíos de Guadalajara, primos de Monterrey, el abuelo de Veracruz. La noche anterior había sido risas, tamales y ponche, pero ahora el aire estaba cargado de tensión. La madre había bajado un rato y les contó: “Daniel… se despertó así. Es una mujer ahora. No preguntemos por qué”. Murmullos de incredulidad, algunos rieron nerviosos, otros se persignaron. Pero en el fondo, varios hombres ya imaginaban.
Cuando Daniela bajó por fin, con una blusa blanca ceñida que dejaba ver el encaje del brasier y una falda corta que acentuaba sus caderas anchas, el silencio fue absoluto.



Sus pechos se movían con cada escalón, un vaivén hipnótico que hacía imposible no mirar. Notó las miradas: tíos devorándola con los ojos, el abuelo ajustándose en el asiento, primos jóvenes sonrojados. El aire se espesó con un deseo palpable, y ella sintió un calor entre las piernas que la confundió.
Los días siguientes fueron una adaptación lenta y cargada de erotismo. Sus pechos grandes la incomodaban al principio: se movían al caminar, rozaban contra la tela, y cada mirada masculina hacía que sus pezones se endurecieran visiblemente. Pero también despertaban algo en ella: un poder nuevo, una sensibilidad que la hacía temblar.
Durante varios días Daniela comenzó a hacer las compras en el supermercado y empezó a notar que llamaba mucho la atención de todos los hombres siempre se le acercaban tratando de cortejarla y miraban le trasero en todos lados y cuando un hombre se colocaba enfrente de ella no la miraba los ojos sino que miraba sus enormes tetas


Los primos de Daniela se volvieron mas cercanos y cambiaron la manera en la que interactuaban Daniela estaba llena de hormonas que afectaban alos jovenes ella inconciente causaba algo en ellos

Daniela consiguió trabajo en hooters necesitaba dinero y resulta que su perfil encajaba no trabajo mucho tiempo ahí pero se ganó el respeto de todos los hombres que atendía tal vez el enorme parque colgaba de su pecho era la razón le decían la chichona la melones Daniela la sabrosa pronto destacó entre sus compañeras que hasta los clientes comenzarán a darle nalgadas


Una mañana, la mamá y las tías la llamaron a la cocina. “Ayúdanos a servir, mi niña”.


Daniela se inclinó sobre la mesa para poner platos, sintiendo cómo su escote se abría, revelando la curva cremosa de sus senos. Los hombres en el comedor —papá, tíos, abuelo— no disimulaban: ojos fijos en ese valle tentador, lenguas humedeciendo labios. Cada vez que pasaba cerca, una mano rozaba “accidentalmente” su cadera, enviando chispas.
Empezó a hacer tareas domésticas: barrer, con sus caderas balanceándose;


cocinar, con gotas de sudor resbalando por su cuello hasta el escote. Un día, en un descuido, el tío Raúl le dio una nalgada firme. El sonido retumbó, y el impacto hizo vibrar su trasero redondo. Esperaba rabia, pero en cambio, un placer líquido se extendió desde el punto de contacto hasta su sexo, humedeciéndola al instante. Se mordió el labio, giró y le sonrió tímidamente. Eso fue el comienzo.
Esa noche, su papá la llamó a su habitación. “Ven, quiero hablar”. Le entregó un baby doll rojo: encaje transparente que apenas cubría, con tirantes finos y un escote que dejaba sus pechos casi expuestos. “Póntelo para mí”. Daniela obedeció en el baño, sintiendo el tejido suave contra su piel sensible.


Salió, y él la miró con hambre. La tomó por la cintura, sus manos grandes explorando sus curvas. La besó profundo, lengua invadiendo su boca mientras una mano subía a apretar un pecho, pellizcando el pezón hasta hacerla gemir.
La llevó a la cama, quitándole el baby doll lentamente. Besó su cuello, bajando a lamer sus senos grandes, succionando un pezón mientras masajeaba el otro. Daniela arqueó la espalda, jadeando. Sus manos bajaron a su sexo: dedos expertos rozando su clítoris hinchado, penetrando su humedad cálida. “Estás tan mojada…”, murmuró él.
La penetró despacio, su miembro grueso llenándola por completo, estirándola en oleadas de placer. Ella gritó, gimiendo alto: “¡Sí, papá… más profundo!”.
—Papá… ¿te gusta? —preguntó con voz temblorosa, girando lentamente.
Él se acercó, manos grandes subiendo por su cintura.
—Joder, sí… mira cómo se te marcan los pezones… están rogando que los chupe.
La besó con hambre, lengua invadiendo su boca mientras pellizcaba un pezón.
—Ahh… papá… sí… pellízcalos más fuerte… me encanta…
Bajó la boca a un pecho, succionando con fuerza.
—Dime que te gusta, mi niña… dime que quieres que te folle como la puta que eres ahora.
Daniela gimió alto, agarrándole el cabello.
—S-sí… quiero… quiero tu verga dentro de mí… fóllame, papá… por favor… estoy tan mojada…
La tumbó en la cama, le abrió las piernas y la penetró de un solo empujón.
—Estás apretadita… tan caliente… ¿te gusta sentir a tu papá bien adentro?
—¡Sí! ¡Más profundo! ¡Rómpeme, papá! ¡Hazme gritar!
Los embistes eran brutales, la cama golpeando la pared. Daniela gritaba sin control:
—Más duro… ¡más! ¡Me voy a correr… ahhh… me corrooo!
Los embistes se aceleraron, sus pechos rebotando con cada thrust, hasta que ambos explotaron en un clímax tembloroso.
Abajo, en el comedor, los familiares escucharon todo: gemidos, la cama crujiendo, palabras sucias. “Tarde o temprano alguien caería en sus encantos”, susurró una tía, mientras los hombres se removían incómodos, excitados.
Las cosas escalaron. El abuelo entró una noche en su habitación. Viejo pero vigoroso, la desvistió con manos temblorosas de deseo. Lamió cada centímetro de su cuerpo: pechos, vientre, entre las piernas hasta hacerla convulsionar en orgasmos múltiples.
—Ven aquí, mi reina… déjame probar esos pechos tan grandes que tienes.
Daniela se acercó, quitándose la camisola.
—Abuelito… ¿quieres chuparlos? Están muy sensibles hoy…


Él los tomó con reverencia, lamiendo círculos lentos alrededor de los pezones.
—Mmm… saben a miel… dime, ¿te gusta cuando un viejo como yo te come las tetas?
Ella jadeó, empujándole la cabeza contra su pecho.
—S-sí… chúpamelos más fuerte… muerde… ahh… sí, así…
Bajó la mano entre sus piernas, dedos arrugados pero hábiles frotando su clítoris.
—Estás empapada, pequeña… ¿quieres que te folle con mi verga vieja pero dura?

—S-sí… por favor… métemela… quiero sentirte todo dentro…
La penetró despacio, gimiendo él también.
—Tan estrecha… tan caliente… apriétame, mi niña… apriétame mientras te cojo…
Daniela se retorcía, gritando:
—Más rápido, abuelito… ¡dame duro! ¡Lléname!
La penetró toda la noche, variando ritmos: lento y profundo, luego salvaje, hasta que amaneció exhausta, con marcas de besos en la piel.
El tío Antonio la llevó a un bar: tragos fuertes que la embriagaron, risas que se volvieron toques. En el auto de regreso, la besó, manos bajo la falda frotando su sexo empapado. Terminaron en un motel, él devorándola oralmente hasta que ella suplicó penetración.

—Tócate para mí, sobrina… enséñame cómo te mojas pensando en mí.
Daniela se levantó la falda, dedos deslizándose entre sus labios hinchados.
—Mira… estoy chorreando… ¿quieres probarme?
Él se inclinó y la devoró oralmente, lengua hundiéndose profundo.
—Joder… sabes deliciosa… dime que quieres mi verga ahora.
—S-sí… fóllame aquí… en el asiento… métemela toda…
La puso a cuatro patas, embistiéndola con fuerza.
—Grita mi nombre, puta… grita mientras te cojo como perra.
—¡Antonio! ¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Me voy a correr en tu verga!
La tomó por detrás, azotando sus nalgas mientras embestía, sus gemidos llenando la habitación.
Los siguientes días, toqueteos constantes: abrazos que se volvían manoseos, besos robados en pasillos. Nadie decía nada; era como un secreto familiar compartido.



Cuando las fiestas acabaron, Daniela visitó a su amigo Luis. Le contó todo, y él la creyó al verla. Jugaron videojuegos, pero el papá de Luis no dejaba de mirarla: ojos en sus pechos moviéndose, en sus caderas. Pensó que era la novia, pero al saber la verdad, se volvió intrusivo: roces “accidentales”, compliments susurrados.


Mandó a Luis a la tienda. En la sala, la cortejó: besos en el cuello, manos subiendo por sus muslos hasta tocar su sexo húmedo. La penetró allí mismo, rápido y urgente, sus gemidos ahogados contra el sofá.
—Sabes que te deseo desde que entraste… esas tetas grandes… ese culo…
Daniela se mordió el labio.
—Señor… no deberíamos… pero… me estás poniendo muy caliente…



Él la besó, mano bajo la falda frotando su sexo.
—Dime que quieres que te folle mientras mi hijo no está.
—S-sí… fóllame… rápido… antes de que vuelva…
La penetró contra el sofá, embistiendo con urgencia.
—Estás tan mojada… ¿te gusta que un hombre mayor te use?
—¡Sí! ¡Úsame! ¡Dame duro! ¡Quiero sentirte correrme dentro!
Luis regresó, y Daniela pidió estar a solas con su papá. En la habitación, se desvistieron:



ella montándolo, pechos rebotando mientras cabalgaba, gritando palabras sucias: “¡Fóllame más duro, señor!”. Luis escuchó desde la sala: gemidos, cuerpos chocando.
—Más profundo… ¡sí! ¡Me corro otra vez! ¡Lléname, papi!
Dos horas después, se asomó y los vio desnudos, sudados. El papá lo corrió; ella se cubrió con las sábanas solamente mostrando pa parte superior de sus enormes pechos siendo apretados por sus brasos y se fue, pero volvió los días siguientes por más



Siguió con su papá, tíos, hasta quedar embarazada.
El tío Raúl se casó con ella: boda formal, vestido blanco ceñido que realzaba sus curvas, escote profundo. Noche de bodas intensa: sexo maratónico, explorando cada posición hasta el amanecer.




Años después, caminaba por el parque con su esposo y hijo. Feliz, hasta que....
5 años después
Conoció a don Ernesto: narcotraficante rico, sesenta años, cuerpo fornido.
La sedujo con regalos, paseos en camioneta lujosa. Se convirtió en su amante: noches en el rancho, él lamiendo su cuerpo entero, penetrándola con vigor interminable, haciendo que gritara de placer.


Quedó embarazada de él. Se separó del tío y se mudó. Ahora vive cómodamente, satisfecha por las noches: don Ernesto la toma con pasión, explorando cada orificio, cada fantasía, hasta que ella se pierde en orgasmos interminables.
Y en la quietud del rancho, Daniela se pregunta si esto es lo que siempre quiso… pero el deseo siempre gana


Una noche, después de un maratón de placer que la dejó temblando y sudada en la cama del rancho, don Ernesto se recostó a su lado, encendiendo un puro con mano temblorosa. Daniela, con el cuerpo aún vibrando de orgasmos, se acurrucó contra su pecho velloso, rozando sus pechos sensibles contra su piel.
—Dime, mi amor… —susurró ella, trazando círculos en su vientre con un dedo—. ¿Cómo es que un hombre como tú, con tanto poder, termina conmigo? ¿No te preguntas nunca por qué cambié… por qué me convertí en esto?
Don Ernesto soltó una risa ronca, profunda, como el rugido de un motor viejo. Apagó el puro y la miró con ojos que brillaban en la penumbra, ojos que habían visto demasiado: traiciones, balaceras, fortunas enterradas en el desierto.
—Ah, mi reina… no fue casualidad. Ni magia, ni maldición divina. Fue un regalo… o una venganza, dependiendo de cómo lo mires.

Daniela se incorporó sobre un codo, sus pechos grandes colgando tentadoramente, pezones aún erectos por el aire fresco de la noche chiapaneca. (Nota: Aunque el rancho estaba en algún lugar remoto, el calor húmedo de Tapachula le recordaba sus raíces sureñas, pero eso era irrelevante ahora.)
—¿Qué quieres decir? Dime… he vivido años con esto, follando como loca, disfrutando cada verga que me llena… pero siempre me pregunté el porqué.
Él la atrajo hacia sí, mano grande apretando una nalga redonda, haciéndola gemir suavemente.
—Escucha bien, puta mía. Tu familia… tu abuelo, el viejo que te cogía toda la noche… él tenía deudas conmigo. Grandes deudas. Narcotráfico, favores no pagados. Hace años, en una posada decembrina como la que tuviste, le ofrecí saldar todo a cambio de algo único. Un científico loco que trabaja para mí, un pinche genio con drogas experimentales de transformación. Hormonas sintéticas, nanotecnología de contrabando… algo que cambia el cuerpo desde adentro, irreversible. Lo puse en el ponche esa noche. Pero no para él… para ti. Quería una mujer como tú: voluptuosa, insaciable, hecha para el placer. Tu abuelo aceptó, vendió tu destino para salvar su pellejo. Y mírate ahora… mi amante perfecta, preñada de mí, gritando mi nombre cada noche.

Daniela se quedó helada un segundo, pero en lugar de rabia, un calor familiar le subió desde el sexo. La revelación la golpeó como un orgasmo lento: había sido diseñada para esto, para ser deseada, follada, adorada.
—Entonces… todo fue por ti… desde el principio —murmuró, montándose encima de él otra vez, su sexo húmedo rozando su miembro endureciéndose—. Me convertiste en tu puta ideal… y me encanta.
Don Ernesto rio, penetrándola de nuevo con un gruñido.
—Así es, mi reina… y ahora, grita por mí otra vez. Muéstrame cuánto lo disfrutas.
Daniela cabalgó con furia, pechos rebotando salvajemente.
—¡Sí! ¡Fóllame sabiendo que soy tuya desde siempre! ¡Lléname, don Ernesto… hazme más puta aún!
Y en ese clímax final, entre gemidos que resonaban en el rancho, Daniela encontró paz. No había vuelta atrás, solo placer eterno. La transformación no era un accidente… era su destino, sellado en una deuda familiar y revelado en los brazos de su creador.
Fin.
0 comentarios - Daniela la puta de la familia 🍒🍑