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La Piel en Llamas (Versión Extendida)

La Piel en Llamas (Versión Extendida)
El aire en la habitación se sentía pesado, saturado por el aroma de la anticipación. Ya no había lugar para la delicadeza. Cuando la ropa cayó al suelo, el hambre que habían contenido durante horas se transformó en una fuerza primitiva. Él la condujo hacia el borde de la cama con una urgencia dominante, y ella respondió abriéndose para él, entregándole el control absoluto de la situación.
Ella lo recorrió con la mirada, deteniéndose en la tensión de sus músculos y en la evidencia de su deseo. Sus manos, guiadas por un instinto voraz, lo rodearon con firmeza, disfrutando del pulso acelerado que latía bajo su piel. El gruñido de él no fue de dolor, sino de una satisfacción oscura que prometía no tener fin.
—Ahora —exigió ella, con la voz rota, mientras sus dedos se cerraban con más fuerza—. Lléname ahora.
Él no necesitó otra invitación. Se posicionó entre sus muslos, sintiendo el calor húmedo y asfixiante que emanaba de ella. La primera entrada fue lenta, casi una tortura, saboreando la resistencia inicial hasta que la reclamó por completo con un impulso profundo que la hizo arquearse. El gemido de ella fue un eco de pura lujuria, silenciado de inmediato por un beso cargado de ferocidad.

El Ritmo de la Entrega
El encuentro se volvió un combate de piel y deseo. El sonido rítmico de sus cuerpos chocando se convirtió en la única música de la noche. Ella se aferró a su espalda, hundiendo las uñas en su piel, exigiendo más, más rápido, más profundo. Cada embestida era una invasión que ella recibía con las piernas enredadas en su cintura, forzándolo a llegar hasta el fondo de su propia necesidad.
Él la sujetaba de las caderas, sus dedos dejando marcas sobre la piel pálida de sus glúteos mientras mantenía una cadencia implacable. El sudor empezó a perlar sus frentes, mezclándose mientras el calor en la habitación subía hasta volverse insoportable. En el oído de ella, él soltó palabras cargadas de una intensidad cruda, describiendo la forma en que su cuerpo lo envolvía, cómo la humedad de ella lo estaba volviendo loco.

El Estallido Final
La fricción constante llevó la sensibilidad al límite. Ella sentía una presión eléctrica acumulándose en su vientre, una marea que amenazaba con romper todos sus diques. Él, sintiendo el temblor en las piernas de ella y la forma en que su interior lo apretaba en espasmos involuntarios, aceleró el paso, perdiendo el rastro de dónde terminaba él y empezaba ella.
El clímax los golpeó como una marejada. Un estallido de placer ciego que los dejó sin aliento, con los corazones martilleando contra el pecho del otro. Se quedaron así, anclados el uno al otro, mientras el eco de sus gritos aún vibraba en las paredes y el sudor sellaba su unión en el silencio que sigue a la tormenta.

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