
Me llamo Samanta, pero todos los que me conocen de verdad me dicen Sam. Tengo 32 años, soy mama de un niño pequeño y estoy casada con Javier desde hace cinco, y aunque lo quiero… digamos que el fuego se apagó hace rato. Él sale a las seis de la mañana y regresa después de las nueve de la noche, hecho mierda, oliendo a aceite y estrés. Los fines de semana duerme o ve fútbol. El sexo se volvió una rutina triste de una vez al mes, si acaso, y siempre con la luz apagada.
Por eso, cuando la lavadora se descompuso y el grifo de la cocina empezó a llorar como viuda, no dudé en llamar a una agencia de mantenimiento de casas.
Ellos enviaron de inmediato a Bob , un hombre negro de 45 años , Metro noventa y algo, brazos como troncos, manos que parecen capaces de partir cocos sin esfuerzo… y esa forma de hablar tan lenta, tan segura, que te hace sentir algo ,aunque todavía tengas toda la ropa puesta.
La primera vez que vino fue por la lavadora. Yo andaba con una licra negra muy corta y un top rojo , Nada planeado, o eso me dije. Él se agachó a revisar la máquina y yo me quedé ahí parada, mirando cómo se le marcaba todo bajo esos overoles de trabajo. Cuando se levantó me pilló mirándolo fijito. Sonrió de lado, con esa dentadura perfecta, y me dijo:

—Tranquila mami, esto lo arreglo en un rato… y si quieres, después vemos qué más se descompone por aquí.
Me puse roja hasta las orejas, pero no dije nada. Solo sonreí y le ofrecí agua. Ese día se fue, pero dejó el ambiente cargado de algo que no se podía ignorar.
Vino varias veces más. El boiler, el aire acondicionado, un foco que se había quemado en el plafón del cuarto… cada vez se quedaba un poquito más platicando. Yo le preparaba café, él me contaba historias de su trabajo, de cómo había vivido en Houston, de las mujeres que se le acercaban “solo por curiosidad”. Y yo me reía, pero por dentro me ardía la entrepierna cada vez que se acercaba o me rozaba “sin querer” al pasar.

Cuando terminó todos los trabajos, me dio su número escrito en un pedacito de papel de recibo.
—Llámame cuando quieras, Sam. Para lo que sea.
Lo guardé como algo normal .
Pasaron dos semanas de mensajes inocentes. Buenos días, qué tal tu día, memes, fotos de comida… hasta que una noche, ya con tres tequilas encima y Javier roncando en el sofá, le escribí:
“¿Y si me mandas algo más… personal?”

No contestó con palabras. Me llegó una foto. Fondo oscuro, solo su enorme cosa… Dios mío. Gruesa como mi muñeca, venosa, con una cabeza morada brillante, hinchada, como si estuviera a punto de reventar. La tenía completamente dura y la punta muy gords. Debajo solo escribió:

“Tu turno, preciosa.”


Temblando, me metí al baño, me quité todo, me senté en el borde de la tina con las piernas abiertas y me tomé varias fotos. La que le mandé fue la más puta: yo mirándolo directo a la cámara, mordiéndome el labio, con los dedos abriéndome los labios del coño, empapada.
A partir de ahí no hubo vuelta atrás.
Pasamos semanas calientes por WhatsApp. Videos cortos, audios donde yo gemía su nombre mientras me masturbaba con el Satisfyer, fotos de mi culo en tanga, de mis tetas aplastadas contra el espejo. Él me mandaba videos de cómo se jalaba esa verga monstruosa, el sonido húmedo, los gruñidos graves… yo me corría solo de escucharlo decir “este culo va a ser mío, Sam… te voy a partir en dos”.
Hasta que un día no aguanté más.
Le escribí a las 9 de la mañana, sabiendo que Javier no llegaría antes de las 10 de la noche y mi hijo estaria en el kinder garden hasta el medio dia.
“Ven hoy. Quiero que me cojas en mi cama. La misma donde duermo con él.”
Respondió en menos de un minuto:
“En 40 minutos estoy ahí. Prepárate, que no voy a tener piedad.”
Cuando abrió la puerta yo ya estaba en lencería color amarillo , de encaje, tacones altos y el pelo suelto. Me miró de arriba abajo como si fuera a comerme viva.

No hubo saludos largos. Me agarró por la cintura, me levantó como si no pesara nada y me estampó contra la pared del pasillo mientras nos comíamos la boca. Su lengua era enorme, invadía todo. Me bajó el brasier de un jalón y se metió mis tetas a la boca, mordiendo los pezones hasta hacerme gritar.
Me llevó en brazos hasta la habitación matrimonial. Me tiró en la cama boca abajo, me arrancó las bragas y sin preámbulos metió la lengua directo en mi culo. Gemí como loca. Nadie me había comido el culo así nunca. Lamía fuerte, metía la punta dentro, me abría las nalgas con esas manazas negras… después bajó al coño, me chupaba el clítoris como si fuera un dulce, metía dos dedos gruesos mientras yo empujaba el culo contra su cara.

Luego me volteó. 69 salvaje. Yo apenas podía meterme la mitad de esa verga en la boca, me dolía la mandíbula, babeaba como idiota, pero no paraba. Él me comía el coño y el culo al mismo tiempo, gruñendo, diciendo cosas sucias en inglés y español: “Este coñito blanco es mío ahora… mira cómo chorreas, puta casada”.
se puso condón para cogerme el coño. Entró despacio al principio porque de verdad era demasiado grande. Sentí que me partía. Grité, arañé las sábanas, pero después de unos minutos ya le pedía más duro. Me puso en cuatro, me jaló el pelo, me nalgueaba tan fuerte que quedé marcada. Me corrió dos veces así, temblando, mojando toda la cama.

Después se salió, se quitó el condón y me miró con esa sonrisa de depredador.
—¿Quieres sentirme de verdad, verdad?
Solo pude asentir.
Me puso boca abajo otra vez, me abrió las nalgas y escupió directo en mi culo. Primero un dedo, después dos… cuando metió la cabeza de su verga pensé que me desmayaba del dolor y del placer al mismo tiempo. Entró centímetro a centímetro hasta que sus bolas chocaban contra mi coño. Me folló el culo como animal, fuerte, profundo, sin parar. Yo solo gemía “sí, sí, así, despacio Bob…”.

Cuando ya iba a correrse me dijo al oído:
—¿Dónde quieres que me venga, Sam?
—Adentro… adentro del culo… no quiero quedar embarazada… pero quiero sentirte correrte dentro…
Y lo hizo. Gruñó como bestia, me apretó las caderas y sentí los chorros calientes llenándome el culo. Mucho. Muchísimo. Se quedó dentro un rato, palpitando, hasta que salió despacio y un río blanco espeso comenzó a gotear de mi agujero dilatado.
Nos quedamos tirados un rato, jadeando. Me dio un beso lento, casi tierno, y me dijo:
—Eres una maldita locura, Sam… pero esto no tiene que terminar aquí.
Yo solo sonreí , —bob amo a mi esposo y solo queria experimentar esta fantasia .
Se vistió, me dio una nalgada final , me dijo— “yo también estoy casado ,tienes razón, fue delicioso esta vez dejémoslo así” , y se marcho.
Me Fui a recoger a mi niño y Mas tarde Llegó Javier como siempre, tarde y cansado. Cenamos, vimos un rato tele y nos fuimos a dormir. Cuando me acosté sentía todavía el culo caliente, húmedo, lleno de él. Javier ni se enteró.
Y yo… yo seguí siendo la esposa y madre perfecta de día.
Pero de noche, cuando cierro los ojos, todavía recuerdo gustosa esa verga enorme ,abriéndome, marcándome y llenándome.
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