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25: Entrenamiento corporativo II




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Compendio III


LA JUNTA 25: ENTRENAMIENTO CORPORATIVO II

Era principios de septiembre y tener sexo en mi oficina empezaba a ser un problema. Aunque la mayoría de las mujeres no se quejan, sigo pensando que es bastante grosero follar con Letty en el suelo como si fuéramos vagabundos. Claro, lo hacíamos en su esterilla de yoga y también, con el pretexto de “hacer ejercicio” en mi oficina. Sin embargo, ella se reía suavemente, recuperando el aliento encima de mí.

• Tú… - jadeó Letty, con los muslos aun temblando contra mis caderas. - vas a romperme la maldita espalda uno de estos días.

25: Entrenamiento corporativo II

Se tumbó encima de mí con un gruñido, mi piel pegada ligeramente a la esterilla de yoga que teníamos debajo. El olor a sudor, su perfume (algo cítrico y penetrante) y el inconfundible aroma almizclado del sexo flotaban densos en el aire de la oficina. Recuperé el aliento tumbado boca arriba, observando cómo arqueaba la columna de esa forma lenta y deliberada que hacía después de follar, como si estuviera saboreando el dolor.

El correo electrónico que le había enviado antes me vino a la mente: * Hola. Siento haber tardado tanto en responder, pero me preguntaba si te interesaría volver a hacer ejercicio. Parece que mi espalda necesita... estirarse*. Sorprendentemente, me respondió en tres minutos: *Claro, traeré mi mejor equipo y mi esterilla de yoga. Estoy dispuesta a entrenar contigo mucho y duro.* Sin vacilar. Sin timidez. Solo con esa profesionalidad clínica de relaciones públicas, incluso cuando accedía a dejarme montarla mientras se acostaba en el piso.

sexo en la oficina

La primera vez después de nuestro encuentro inicial había sido aún mejor: menos vacilante, más urgente. Ella llevaba puesto ese sexy abrigo de detective, ocultando su ropa deportiva que se ceñía a su trasero como si le diera las gracias a Dios por su existencia. A mitad del acto, me agarró la muñeca cuando fui a coger el condón:

• No.

Esa sola palabra me provocó una descarga más caliente que la fricción de sus muslos. Incluso me dejó correrme dentro de ella y bromeó diciendo que se daría una ducha en la oficina después, dejándome con la boca abierta.

Sin embargo, no sé. El sexo de Letty es extremadamente estrecho. No sé si es porque hace ejercicio constantemente o por la tensión de su trabajo dirigiendo el departamento de relaciones públicas, pero, aunque me acuesto con muchas de mis compañeras de trabajo y miembros de la junta directiva, en realidad tenía ganas de estar con Letty. Me sorprende que una mujer tan sexy y ardiente como ella no tenga un amante a tiempo parcial que se la folle salvajemente.

• ¡Dios, Marco! - se rió suavemente, todavía cansada, tumbada encima de mí. - Supongo que esto será un problema recurrente durante nuestras reuniones de entrenamiento. Tu verga está tan apretada dentro de mí que apenas puedo moverme.

La miré y le sostuve el rostro, trazando con el pulgar la delicada curva de su mandíbula. Se sonrojó ligeramente, una rara fisura en esa pulida armadura corporativa. Sus labios se entreabrieron, aún hinchados por nuestros besos, y no pude resistirme a inclinarme para saborearla de nuevo. La forma en que se rindió, solo por un segundo, antes de apartarse con una risa entrecortada, me provocó.

• ¡Eres insaciable! – se quejó, pero no había verdadera protesta en ello.

- ¿Puedes culparme? ¡Estás tan sexy! - La provoqué, haciéndola sonrojar mientras estaba encima de mí.

Pero entonces suspiré y me puse más serio.

- ¿Esto es suficiente para ti? - le pregunté, haciendo que me mirara sorprendida y confundida.

• ¿Qué quieres decir?

- Esto. Que nos reunamos con la excusa de hacer ejercicio solo para follar. - respondí sin rodeos.

Letty se movió ligeramente, haciendo una mueca de dolor cuando mi verga se estremeció dentro de ella, todavía medio dura.

- Responde a la pregunta. - insistí, agarrándola suavemente por las caderas para evitar que se alejara.

Desvió la mirada y, por primera vez desde que empezamos esto, fuera lo que fuera, dudó. La reina de las relaciones públicas, siempre en control, luchando por encontrar las palabras adecuadas. Eso solo me decía más que cualquier evasiva corporativa pulida.

• No estoy segura. - admitió por fin, en voz baja. - El gimnasio está lleno de hombres que hablan mucho, actúan aún más y luego se derrumban en cuanto se bajan los pantalones. Decepcionante es quedarse corto. (Exhaló bruscamente, con una mezcla de diversión y frustración en su tono.) Pero tú... tú eres diferente. (Sus dedos toquetearon juguetonamente mi pecho, evitando mi mirada.) ¡Electrizante! Y no solo porque estés *cargado* como una especie de superdotado evolutivo.

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Solté una carcajada, pero ella no sonrió, solo se mordió el labio, como si luchara con la confesión.

• Al principio, te odiaba. - continuó, ahora con más dureza. - Pensaba que eras un cavernícola bocón que había salido de milagro de las minas y había entrado en una sala de juntas. Toda esa energía descarada e imprudente, contratando a desconocidos, ignorando los protocolos, ¡Me volvía loca! (Sus muslos se apretaron inconscientemente a mi alrededor y yo gemí por la repentina presión.) Y entonces, te vi en las reuniones. Educado. Calculador. Asumiendo riesgos que nadie más asumiría. No podía definirte, y eso...

Se calló, girando las caderas lo justo para hacerme silbar. Sus uñas se clavaron en mis hombros.

• ¡Me confundes, Marco! En un momento, estás desmantelando jerarquías departamentales como un toro en una cristalería. Al siguiente, estás solucionando problemas en los que nadie había pensado. - Se inclinó hacia mí, con su aliento caliente en mi oído. - Y luego está “esto”: follarme a lo bruto en una esterilla de yoga como si no tuvieras nada que perder.

La forma en que lo dijo, a partes iguales acusatoria y admirativa, envió una descarga de calor directamente a mi verga, que ya se estaba agitando.

• Además, el sexo es increíble. De primera clase. Nunca me habían follado así en mi vida. - Terminó con una risita. - Así que no sé adónde vamos a parar.

La observé con atención: cómo le temblaban las pestañas cuando mentía, la sutil tensión en sus hombros cuando se desviaba del tema. La Leticia corporativa habría soltado alguna mierda diplomática sobre límites y profesionalidad. ¿Pero esto? Esto era puro. Real. Y me oprimía el pecho de una forma que no estaba preparado para examinar.

- La razón por la que te lo pregunto es porque no puedo darte más que esto. - Respondí con un suspiro, con mi verga aún caliente dentro de ella. - Como todo el mundo sabe, soy un hombre casado, amo a mi mujer y a mis hijos y no soy el tipo de hombre que se escapa para tener una aventura.

Ella soltó un suspiro de decepción.

- Y lo que me rompe el corazón es que, aunque acostarme contigo es increíble, tú te mereces mucho más. - Añadí, haciendo que se sonrojara al instante.

De repente, se apartó de mí, y el sonido húmedo de nuestra separación resonó en la silenciosa oficina. Durante un segundo, se quedó tumbada, mirando al techo, con un brazo sobre la cara. Luego, con un suspiro silencioso, se incorporó y cogió su sostén deportivo.

• ¡Lo sé! - dijo finalmente, con una voz más firme de lo que esperaba. - Y no te lo estoy pidiendo.

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La tela susurró contra su piel mientras se ajustaba el sujetador deportivo, despacio, deliberadamente, como si se estuviera reconstruyendo pieza a pieza.

• Pero no finjamos que se trata de un noble sacrificio por tu parte. - Una mirada aguda por encima del hombro. - Te gusta esto. El riesgo. El secreto. La forma en que te dejo follarme como si fuera de tu propiedad.

La verdad me golpeó de lleno en el pecho. No se equivocaba. Había algo primitivo en ver cómo esta mujer pulida e imperturbable se desmoronaba: su moño deshecho, sus gafas manchadas y abandonadas en algún lugar cerca de la esterilla de yoga, sus muslos brillando con la evidencia de lo que habíamos hecho. La forma en que maldecía entre dientes cuando le sujetaba las muñecas, y luego se arqueaba como si hubiera estado esperando toda su vida a que la tomaran exactamente así.

Leticia dudó, con los dedos detenidos a mitad de ajustar su sujetador. Un rubor le subió por el cuello, algo poco habitual en ella, cuya compostura solía ser a prueba de balas.

• Y... también me gusta. - La confesión salió a borbotones, casi a regañadientes. Su mirada se desvió hacia la ventana, donde el centro de Melbourne brillaba indiferente. - No es... solo el tamaño, ¿Sabes? (Se le escapó una risa temblorosa, autocrítica.) Es la técnica. La resistencia. ¡Dios, Marco! (Se pasó la mano por el pelo, despeinándolo aún más.) ¡Me haces correrme varias veces seguidas!... y sigues follándome como si fuera una maldita máquina tragamonedas... así que yo tampoco puedo dejarlo pasar.

- Entonces... ¿Qué hacemos? - pregunté, aunque mi verga estaba dura como una roca y rígida de nuevo.

Ella la miró con ansia.

• Supongo... que podríamos seguir... entrenando. - Propuso, mirándola con admiración. -Quiero decir... tú... bueno... obviamente no has tenido suficiente... y bueno... mi sexo está un poco necesitado y ha estado descuidado en los últimos meses... así que no veo nada realmente malo en este arreglo.

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Gemí cuando se puso de rodillas, lenta y deliberadamente, y volvió a montarse sobre mis caderas. La esterilla de yoga crujió bajo sus rodillas mientras se acomodaba, guiando mi verga hacia su entrada. Sin condón, sin vacilar. Solo el deslizamiento resbaladizo de sus pliegues contra mi miembro, provocándome, hasta que la agarré por la cintura y la empujé hacia abajo, con fuerza. Letty jadeó, clavándome las uñas en los hombros mientras me penetraba con una embestida obscena.

Pero esta vez, quería tener el control. Con un gruñido, nos giré hacia un lado y caímos rodando fuera de la colchoneta. Su grito se convirtió en una carcajada cuando su espalda golpeó el suelo de madera, con mi cuerpo aprisionando el suyo.

25: Entrenamiento corporativo II

• ¡Dios, Marco! - jadeó, rodeándome automáticamente la cintura con las piernas. - ¡Nos vamos a dejar arañazos!

Le mordí el lóbulo de la oreja, disfrutando de su estremecimiento.

- ¡Dile a Recursos Humanos que fue un estiramiento agresivo! - le susurré contra la piel, frotándome más profundo.

Su risa se convirtió en jadeos cuando le inmovilicé las muñecas por encima de la cabeza, tal y como sabía que le gustaba. Debajo de mí, ella se arqueó, con el cuerpo resbaladizo por el sudor y aún temblando por nuestra última ronda.

• ¡Eres insufrible! - jadeó, pero sus caderas se movieron para encontrarse con las mías, ávidas.

La punta de mi pene chocó contra su entrada y ambos nos quedamos paralizados ante el obsceno sonido, húmedo y deseoso.

- ¡Dios! - exclamé, viendo cómo se le dilataban las pupilas.

Ambos nos reímos de lo absurdo de la situación.

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• ¿Sabes? Me encantan estas sesiones de entrenamiento contigo. - Ella sonrió juguetonamente después de darme un pequeño beso en los labios. - Siempre acabas estirándome más que cualquier otro hombre antes que tú.

Poco a poco, comencé a moverme suavemente hacia adelante y hacia atrás. No se lo diría a Letty, pero estaba haciendo el amor con ella. Nos besamos, nos abrazamos y seguimos nuestro propio ritmo. Letty dejó escapar un suave gemido.

• ¡Dios, me encanta que tu oficina esté insonorizada! - dijo embelesada. - ¡Puedes hacerme gritar hasta saciarme!

Nuestras pieles estaban pegadas, resbaladizas por el sudor, y su perfume cítrico se mezclaba ahora con el almizcle y el sexo. Aunque sus pechos eran más pequeños que los de mi esposa, seguían siendo perfectos y turgentes. Mis manos amasaban su trasero como si fuera masa, con los dedos hundiéndose en las curvas tensas que había admirado durante meses desde el ascensor. Ella se arqueó al sentir el contacto con una risa entrecortada:

• ¡Sé sincero, Marco! ¿Cuánto tiempo llevabas mirándome el culo? - preguntó con la voz ronca por el esfuerzo.

- ¡Mucho tiempo! - admití, separándole las nalgas con ambas manos.

La forma en que se le agitó la respiración me indicó que sentía la gruesa cabeza de mi verga empujando contra territorio desconocido.

- ¿Eres virgen? - le susurré con voz ronca en el hueco húmedo detrás de su oreja, empujando más a fondo hasta que sus paredes se apretaron a mi alrededor.

Entonces se corrió inesperadamente, con un grito agudo amortiguado contra mi hombro, y yo sonreí contra su piel.

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• ¿Qué?

- ¿Eres virgen por el culo? - Mis dedos rodeaban el apretado pliegue de músculos con el que había fantaseado durante interminables reuniones presupuestarias, resbaladizo por su excitación.

Ella jadeó cuando presioné lo justo para provocarla.

• ¡No... no lo he hecho! – confesó en un jadeo, con las caderas sacudiéndose como si estuviera dividida entre escapar y restregarse contra mí. - ¿Por qué? ¿Quieres...?

- ¡Desde siempre! - gruñí, hundiéndome en su sexo con tanta fuerza que sus dedos se curvaron contra mis pantorrillas.

La esterilla de yoga quedó olvidada, nuestros cuerpos se deslizaban ahora sobre el suelo de madera pulida, su moño se deshacía en mechones cobrizos sobre el suelo. Ella se rió sin aliento, mitad sorprendida, mitad emocionada, mientras yo enganchaba una de sus piernas sobre mi hombro, penetrando más profundo.

• ¡Dios, Marco! ¡Me vas a partir en dos! - Sus palabras se convirtieron en un gemido cuando saqué mi verga lentamente, dejándola sentir cada protuberancia, y luego la volví a clavar hasta el fondo.

Nuestros movimientos se hicieron más rápidos y fuertes. Ya no estaba haciendo el amor con ella. La estaba poseyendo. Haciéndola mía. Sabía que, si quería poseerla literalmente, tenía que dar lo mejor de mí. Estaba perforando su cuerpo desnudo, seductor y sexualmente frustrado, y ella gemía intensamente, agradeciéndome por ello, con todo su cuerpo temblando como gelatina, sus brazos tratando de sostener su cuerpo ante mis embestidas “demasiado fuertes”.

• ¡Dios, Marco! ¡Me estás destrozando! - Ella dejó escapar un gemido mientras se corría una y otra vez, con yo follándola sin descanso.

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Sus brazos se aferraron desesperadamente, sus dedos arañaron el suelo antes de que volviera a inmovilizarlos por encima de su cabeza.

- ¡No! - le susurré al oído, lamiendo la sal de su piel. - ¡Tú lo estás aceptando!

Y lo hizo: levantó las caderas para recibir cada embestida, sus estrechas paredes palpitando a mi alrededor como si intentara ordeñarme hasta dejarme seco. El sonido era obsceno: el golpeteo de la piel húmeda, sus gemidos ahogados, el crujir de las tablas del suelo bajo nuestro peso. Observé su rostro: la forma en que sus labios se separaban en gritos silenciosos, sus gafas desaparecidas hacía tiempo, sus pupilas ennegrecidas por la lujuria.

• ¡Marco...! - Su voz se quebró cuando me incliné más adentro, golpeando ese punto dulce que hizo que su espalda se arquease violentamente. - ¡No puedo...!

Pero pudo, y lo hizo, su cuerpo convulsionando mientras otro orgasmo la atravesaba. Sus uñas me arañaron la espalda, sacándome sangre, y el dolor solo me estimuló más. La levanté, con su espalda contra mi pecho, una mano extendida sobre su estómago para mantenerla firme mientras la otra rodeaba su clítoris.

- ¡Cuenta! - le exigí, empujando dentro de ella sin piedad. - ¡Cuenta cuántas veces te hago acabar!

Ella sollozó un número (¿cuatro? ¿cinco?) antes de que su cabeza cayera sobre mi hombro, con todo su cuerpo temblando como un cable eléctrico.

La tiré contra el suelo de madera. Sin parar. Sin bajar el ritmo. Mi ritmo era enloquecedor y Letty gritaba como loca. Aunque su sexo estaba apretado, su culo era mi premio definitivo. Y si eso significaba convertir a Letty en una de mis putas personales, que así fuera.

• ¡Dios, Marco! ¡Dios, Marco! - Ella suplicaba y rogaba, pero yo seguía adelante, haciéndola explotar en un orgasmo tras otro.

Iba a destrozarla para cualquier otro hombre. Cada vez que entrase en mi oficina, vendría arrastrándose, deseando saborear mi verga, igual que las demás. Mis ambiciones eran demasiado altas y el cuerpo de Letty estaba pagando el precio de forma deliciosa.

El suelo de madera noble era implacable bajo nosotros, sus rodillas se enrojecían por la fricción, pero ella no se quejaba. Ni cuando la puse boca arriba, ni cuando le levanté las caderas y me hundí hasta el fondo con una brutal embestida. Su culo se sacudía con cada impacto, una visión obscenamente perfecta. Le acaricié una nalga, abriéndola más, y su jadeo fue mitad protesta, mitad invitación.

• ¡Dímelo! - gruñí, rozando con el pulgar el estrecho pliegue de su ano. - ¡Dime que lo quieres!

Su gemido quedó amortiguado contra sus brazos cruzados, pero la forma en que empujó contra mi mano lo decía todo.

- ¡Dilo! - Acompañé la orden con una palmada en el trasero, lo suficientemente fuerte como para dejarle una marca, pero lo suficientemente suave como para hacerla gemir. Su piel ardía bajo mis dedos. - ¡Dilo, Letty!

Ella se estremeció, con la voz ronca.

• ¡Rompe mi culo! - jadeó, girándose para mirarme por encima del hombro.

(Break my ass!)

Tenía el pintalabios corrido, el pelo revuelto y las gafas... ¿Dónde demonios quedaron sus gafas? ¿Las llevaba puestas cuando empezamos? Pero sus ojos estaban oscuros de deseo.

• Quiero sentir cómo me desgarras. ¡Por favor!

En ese momento, la estaba embistiendo como una locomotora y lo único que ella quería era que me corriera dentro de ella. Era el punto álgido. El punto de no retorno. Después de esto, probablemente incluso consideraría hacer un trío con otra de mis compañeras de trabajo.

• ¡Lo... lo quiero! - finalmente lo soltó. - Quiero sentir cómo me... rompes el culo... ¡ahhh!

Al oír esto, la agarré por la cintura, en un solo movimiento que la dejó atónita y confundida, la besé en los labios y dejé que mi carga la llenara. Ella dejó escapar un gemido cuando cada una de mis cuatro detonaciones ardientes la llenaron, su lengua retorciéndose dentro de mi boca como si estuviera poseída. Nos quedamos allí tumbados, ambos sudorosos, cansados y destrozados. Pero Letty, a partir de ahí, fue mía.

• ¡Eso... eso ha sido increíble! - Ella soltó un grito ahogado, con los muslos todavía temblando contra los míos. - Nunca me habían follado así... nunca antes.

Sus dedos acariciaban mi pecho con ternura, con las uñas enganchándose ocasionalmente en mi piel resbaladiza por el sudor, como si no pudiera creer mi forma.

Me reí despacio, moviéndome ligeramente solo para ver cómo se mordía el labio cuando mi verga se contraía dentro de ella. Aún enterrada hasta la empuñadura, todavía dura.

• Y esto de tu verga... -Su respiración se cortó cuando moví las caderas en un círculo lento y obsceno. - ¡Dios!... Aún puedo sentir cómo late con fuerza dentro de mí...

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Su voz se quebró en un gemido cuando flexioné, arrastrando esa gruesa vena a lo largo de sus paredes hipersensibles.

- ¡Lo sé! - murmuré, besando el hueco húmedo de su garganta. Su pulso latía salvajemente bajo mis labios. - ¡Te encantará acostumbrarte!

Ella se rió, se rió de verdad, con una risa aguda y agitada, como una virgen sonrojada en lugar de la fría princesa corporativa que acababa de tomarme en el piso. El sonido llegó directamente a mi verga, que ya se estaba agitando.

• ¡Oh, sí, me encantará! - suspiró, arqueándose para darme otro beso, con las uñas arañándome la espalda.

Nos besamos y nos acariciamos, esperando a que mi erección remitiera. Sin embargo, cuando la saqué, ella seguía impresionada de que estuviera medio erecta.

- Sí, por eso soy infiel, principalmente. – Me traté de justificar, comprendiendo su mirada y su admiración. - Mi mujer cree que soy demasiado cachondo y, aunque follamos y hacemos el amor todos los días, no me canso de ella.

Ella se quedó desconcertada por esta revelación y se mordió el labio suavemente.

• ¡Vaya, Marco!... Puedo... entenderla... Quiero decir... ¡Míralo!... tú... como... - y de repente, se quedó sin palabras.

Empezamos a vestirnos, con ella todavía mirándome con los ojos muy atentos, sabiendo lo que había debajo de los pantalones de mi traje de ejecutivo, con los dedos ligeramente temblorosos mientras forcejeaba con el cierre de su sujetador deportivo. Extendí la mano y le sujeté las manos, en parte para ayudarla, pero sobre todo para ver cómo se le cortaba la respiración cuando mis nudillos rozaban el bulto de su pecho y, por supuesto, para manosearla sutilmente en el proceso. Su piel aún conservaba el calor de nuestro esfuerzo, sonrojada desde el cuello hasta el escote.

• ¡No puedo creer que sigas...! - exclamó, señalando con la cabeza mi pene, ahora medio erecto de nuevo mientras me ponía los pantalones. La tela se tensó de forma cómica y ella soltó una risita sin aliento. - ¡Monstruo!

Mientras cubría su ropa de entrenamiento con su abrigo de detective, no pude evitar reírme suavemente al ver lo fuera de lugar que parecía: la primera vez que follamos, tenía sentido, porque estaba lloviendo. Pero ese día era un día soleado de primavera y el abrigo y su esterilla de yoga hacían que su salida de mi oficina pareciera aún más sospechosa.

25: Entrenamiento corporativo II

Respiró hondo y enrolló su esterilla de yoga con facilidad, a pesar de las manchas de humedad que aún brillaban bajo las luces fluorescentes. Sus dedos dudaron a lo largo del borde, trazando las hendiduras que habían dejado mis rodillas. Cuando se puso de pie, sus caderas se balancearon deliberadamente mientras se calzaba las zapatillas, y esa familiar armadura corporativa volvió a encajar en su sitio pieza a pieza.

• Bueno... ¿Volveremos a entrenar pronto? - La pregunta fue ligera, pero sus dedos se tensaron impacientes alrededor de la correa de la esterilla.

Observé cómo una gota de sudor resbalaba por el valle entre sus pechos, que aún brillaban bajo esa estúpida gabardina.

- ¡No lo sé! Intentaré hacer un hueco en mi agenda. - La mentira sabía a rancio.

Mi calendario era un baño de sangre de reuniones reglamentarias con jefes de operaciones, además con las reuniones para coordinar los otros departamentos y, sin embargo, allí estaba ella, con las caderas ladeadas, los labios hinchados por mis dientes, oliendo a sexo y a su elegante perfume.

Ella suspiró profundamente y me agarró del cinturón para acercarme más a ella.

• ¡Bueno, no tardes mucho! – murmuró sensual, con su aliento caliente en mi clavícula. - ¡No me gustaría perder el impulso!

Su pulgar rozó la mancha aún húmeda de mi camisa, donde me había mordido hacía unos minutos. La marca palpitaba. También mi verga.

Nos besamos una vez más antes de que ella se marchara contoneando la cintura y sacudiendo ese culo seductor a propósito.

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¡Feliz año nuevo 2026 y que les traiga mucha prosperidad en sus proyectos y deseos!


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