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26: Remodelación de oficina




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Compendio III


LA JUNTA 26: REMODELACIÓN DE OFICINA

Tuve la suerte de encontrar a Maddie y Edith en su oficina. Ahora que lo pienso, Maddie suele pasar la mayor parte del tiempo con Edith. Supongo que la jefa de Recursos Humanos es, de alguna manera, la asistente personal de Edith.

- ¡Hola, Edith, Maddie! ¡Perfecto, están las dos aquí! - dije, apoyándome en el marco de la puerta de la oficina de Edith.

Nuestra CEO apenas levantó la vista de sus papeles, mientras que Maddie, sentada en el borde del escritorio de Edith, me dedicó una sonrisa que me hizo sentir calor en la nuca. Balanceaba una pierna perezosamente, y el dobladillo de su falda se subió lo suficiente como para recordarme por qué las reuniones mensuales (y a veces, semanales) con Recursos Humanos siempre se alargaban tanto en mi oficina.

- Me preguntaba a quién tendría que dirigirme para comprar un sofá nuevo para mi oficina.

El bolígrafo de Edith se detuvo en mitad de la firma antes de clavarme esa mirada que hacía tartamudear a los analistas junior.

26: Remodelación de oficina

> Dijiste que no lo necesitabas. - me recordó con una voz tan seca como su cuello almidonado. - Antes de que aprobara la ubicación de tu nueva oficina y su insonorización, insististe en que entonces no recibías visitas.

Maddie resopló en su taza de café, con los hombros temblando.

Rubia Tetona

• ¡Lo has convertido en el rey de la burocracia, Edith! - ronroneó Maddie juguetona, saltando del escritorio para alisar las arrugas imaginarias de su falda.

Sus dedos rozaron mi antebrazo al pasar, deteniéndose lo suficiente como para dejar la huella fantasma de sus uñas.

• El grupo de trabajo regulador implica reuniones con los diferentes departamentos. Muchas reuniones. Es comprensible que él pida una, Edith, teniendo en cuenta que tú lo has nombrado para supervisar toda la revisión del software financiero. - Giró sobre uno de sus tacones de aguja e inclinó el cuerpo con teatral preocupación.

Creo que tanto Edith como yo nos quedamos sin palabras, ya que las palabras de Maddie tenían sentido. No me malinterpreten. Maddie es guapa, sexy y también inteligente, pero la mayoría de las veces no es la estratega más astuta de la sala.

Edith exhaló bruscamente por la nariz, pero vi cómo se le temblaba la comisura de los labios, lo más parecido a la diversión que había mostrado nunca. Maddie continuó, ajena a ello o quizá presionando deliberadamente. El resultado fue el mismo: su ego pudo más que ella.

• Además, deberías comprar sillas nuevas para los invitados. Las que tienes son malas para mi columna. - dijo, acariciándose el cuello de una forma que me aceleró el pulso.

El recuerdo de ella inclinada sobre esas mismas sillas durante una de sus visitas, con sus rizos cayendo sobre los reposabrazos de caoba, pasó como un destello por detrás de mis párpados.

sexo en la oficina

La mirada de Edith se posó entre nosotros, afilada como un bisturí.

> ¿Y cuándo… tuviste la oportunidad de probar las sillas de Marco? - Articuló con peligrosa calma.

Las mejillas de Maddie se sonrojaron y sus dedos se quedaron paralizados en el aire, como si la hubieran pillado robando en una tienda. Tras una pausa demasiado larga, balbuceó:

• Yo... bueno, hace unos meses, le pedí que rellenara la encuesta de satisfacción de los empleados... (Hizo un gesto vago con la mano hacia el techo.) Y, ya sabes, también aproveché la oportunidad para echar un vistazo a sus muebles... y su equipo. (Se humedeció los labios con la lengua.) Para el archivo. Para hacer un seguimiento de sus preferencias.

Maddie intentó salvar las apariencias. Edith se limitó a reírse. Sabe que Maddie está enamorada de mí, aunque no se lo admita a ella (ni directamente a mí, por cierto).

> ¡Lo entiendo! - respondió Edith, dando un respiro a Maddie, por ahora, antes de dirigir su mirada penetrante hacia mí. - ¡Habla con Madeleine si quieres muebles nuevos, Marco! (Una pausa, deliberada.) Sin embargo, me gustaría aprovechar la oportunidad para estar a solas con él, si no te importa, Madeleine.

Maddie se tensó, con la garganta moviéndose como si la hubieran pillado bebiendo algo mucho más fuerte que café. Sus mejillas se sonrojaron de un rojo caricaturesco.

• ¡D-de acuerdo, Edith! - tartamudeó, apresurándose a coger su portátil y su bolso con la energía frenética de una adolescente pillada besándose en el asiento trasero.

El silencio entre nosotros se hizo más denso hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Una vez que se aseguró de que Maddie estaba fuera, Edith se acomodó en su sillón de cuero y dejó escapar un suave suspiro.

> ¡Muy bien, Marco! Quería preguntarte cuáles son tus aspiraciones futuras para esta empresa. - Me lo preguntó sin rodeos. - ¿Te ves dirigiendo esta oficina corporativa? ¿Te interesa la idea de convertirte en CEO?

infidelidad consentida

Edith hablaba como mi madre. Cuando vivía con mis padres, mi madre me conocía bien, incluso mejor que yo, y sentía que Edith, de alguna manera, intentaba verme de la misma manera. Sin embargo, levanté la mano.

- ¡Ni hablar! – respondí escueto y sin ninguna ambición. - ¡No aceptaría tu trabajo ni aunque incluyera un castillo y un jet nuevo!

Edith arqueó una ceja y juntó los dedos bajo la barbilla, como un jugador de ajedrez que contempla un movimiento inesperado.

> ¿Por qué no? Es evidente que tienes dotes de liderazgo. - Se inclinó ligeramente hacia delante y el cuero de su silla crujió. - Además, no digo que sea para ahora mismo. ¡Jovencito, todavía me quedan unos diez años de energía!

Una sonrisa burlona se dibujó en mis labios: mi madre solía bromear así, justo antes de lanzarse a una de sus legendarias diatribas sobre los hijos desagradecidos.

- ¡Sí, sé que tu trabajo implica liderazgo! - admití con una risita, cruzando los tobillos bajo su escritorio. - Pero también implica tratar con idiotas engreídos y arrogantes, y no tengo paciencia para eso.

Ella tarareó, intrigada por mí.

> Pero puedes acostumbrarte a ellos. - insistió.

La miré con recelo.

- Sí, esa es una de las razones por las que no me gustó tanto que me nombraras miembro de la junta en lugar de a Sonia. - respondí. - Sonia tiene la paciencia necesaria para lidiar con esos imbéciles. Yo no. Me gusta la persecución. Lidiar con los problemas y saber qué está pasando en los sitios. Por eso me siento tan fuera de lugar.

> Pero lo has estado pasando bien en la junta. - señaló, golpeando el borde de su escritorio con una de sus uñas elegantes.

El leve clic resonó como un metrónomo marcando el tiempo entre verdades. Como por accidente, la gran pantalla de televisión detrás de ella volvió a la vida de repente...

- Sí, pero es diferente. - admití, observando cómo parecía compartir una presentación desde su ordenador portátil. - Tratar con Maddie, Letty, Cristina... incluso Inga, es divertido porque son un reto. Desagradables, claro, pero siguen el juego con razón.

Cuando se dio cuenta de que mi atención estaba centrada, Edith sonrió con picardía.

> Por no mencionar… - murmuró, haciendo clic en una carpeta marcada como “IMÁGENES DE SEGURIDAD”. - que todas parecen tener debilidad por ti, ¿Verdad?

companera de trabajo

La pantalla se llenó de imágenes granuladas de seguridad: instantáneas con marca de tiempo de Maddie entrando en mi oficina; Cristina merodeando por la puerta con esa sonrisa depredadora seguida de Cassidy; otra, con Cristina e Ingrid; Letty con su ridícula gabardina de detective, mirando con recelo al pasillo para asegurarse de que estaba sola antes de desaparecer en el interior, y así sucesivamente. Se me hizo un nudo en la garganta.

- ¡Ah, sí, estoy de acuerdo! - logré responder débilmente, sonrojándome al instante. - Pero si ves el panorama general, la junta original solía trabajar gestionando recursos... así que aún no veo la necesidad de reemplazos. Solo pequeños ajustes.

Edith se rió sutilmente, sin malicia, mientras cerraba la carpeta.

> Realmente lo crees, ¿Verdad? - Giró su silla para mirarme de frente, con los codos apoyados en el escritorio como una terapeuta a punto de revelar verdades incómodas. - ¡Marco, muchacho! No me importa lo que hagas con ellas, siempre y cuando la empresa no corra ningún riesgo. De hecho, parece que todas acuden a tu oficina por voluntad propia. Y lo que es más importante, están cambiando... para convertirse en mejores versiones de sí mismas. (Sacudió la cabeza y su flequillo se movió como plumas gris acero.) Simplemente te gustan. Y tú les gustas a ellas. Estás obteniendo resultados, y eso es lo que más me importa.

Las palabras se posaron entre nosotros como confeti después de un desfile: ligeras, frívolas, imposibles de barrer por completo.

> Tienes una visión muy divertida y romántica de la junta, Marco. – Continuó con un suspiro. - Para ser sincera, no me he pronunciado ni a favor ni en contra del despido de Inga y Kaori.

Me pilló por sorpresa. La jefa del departamento de planificación y su asistente me habían declarado una guerra silenciosa durante nuestras reuniones de la junta. De hecho, toda esta revisión del software financiero se debía a que ellas habían descuidado las actualizaciones del software. Sin embargo, de alguna manera, yo seguía creyendo en ellas.

- ¡Espero que no lo hagas! - dije impulsivamente.

Ella me miró como el gato de Cheshire.

> ¿Y por qué no debería hacerlo? - preguntó, como si me estuviera pidiendo mi alma.

- Bueno, sabes que Inga es inteligente. - respondí con una cálida sonrisa. - De alguna manera, ha logrado mantener en secreto este incidente con el problema financiero durante años.

Edith arqueó una ceja, impresionada a pesar de sí misma.

> ¡No estás dando buenos argumentos! - insistió, tamborileando con los dedos en el reposabrazos de cuero.

- Bueno, si no fuera por mí o por Nelson, no te habrías dado cuenta. - dije con una suave risa. - Además, has visto cómo ha movido a los otros departamentos: empezó primero con Letty, luego con Horatio, luego con Cristina...

> ¡Sigues sin dar buenos argumentos a su favor! - respondió Edith con la serenidad de una reina. - Pero me estás demostrando que Inga puede ser más inteligente.

- Bueno, si no es inteligente, tiene suficiente hambre como para sobrevivir. – exclamé, tratando de bajarle el perfil. - Es claramente la líder encubierta de la junta directiva que se mueve entre las sombras. No me sorprendería que, para ella, todos los demás miembros de la junta fueran marionetas suyas.

Edith me miró intrigada.

> ¿Y eso te parece bien? - preguntó desconcertada. - ¿Te sientes cómodo trabajando con alguien que podría apuñalarte por la espalda?

Suspiré. La vida en la junta sería mucho más fácil sin esa hermosa, fría, nórdica y sexy princesa rubia... pero, vaya, ¿No sería eso aburrido?

26: Remodelación de oficina

- ¡Sí! - respondí encogiéndome de hombros. - Como dije antes, tu junta directiva hizo su trabajo: gestionó las finanzas, las nóminas y los recursos donde era necesario. Pero ahora está claro que no les caigo bien y no es tan malo saber que Inga me tiene entre ceja y ceja. Al menos, sé lo que puedo esperar de ella.

Edith se echó a reír, un sonido poco habitual y pleno que hizo temblar los permisos mineros enmarcados en cristal que colgaban de su pared.

> ¿Ves, Marco? ¡Por eso es tan divertido tenerte en la junta! - Se secó el rabillo del ojo con un nudillo, manchándose ligeramente el rímel. - La mayoría de los que están en tu posición no habrían desperdiciado la oportunidad de traicionar a los demás. Pero tú no. Te “gusta” que te provoquen y te desafíen.

La forma en que se detuvo en esa palabra (like) me provocó un escalofrío, como si hubiera pulsado un interruptor que yo no sabía que existía.

- Pero por eso no me interesa ser tu sustituto, Edith. - La calmé un poco.

La risa de Edith se atenuó hasta convertirse en algo más suave, casi maternal, mientras se ajustaba el broche de perlas del cuello. La luz de la mañana que se colaba por las persianas rayaba su escritorio entre nosotros como las sombras de una celda de prisión.

- Ahora mismo, he aceptado tu invitación para formar parte de la junta porque me lo has ordenado. - continué, golpeando con el pulgar el reposabrazos. - Pero no estaba dispuesto a aceptar el puesto por mi cuenta. Como ves, tengo las mismas responsabilidades que cuando trabajaba para Sonia, mientras que ella se ocupaba de todos los demás jefes de departamento arrogantes en lugar de mí. Ahora mismo, todo el mundo me odia porque no estoy dispuesto a sacarme un máster en administración de empresas y tengo muy poca paciencia para escucharlos presumir de sus yates y sus estúpidos caballos.

Edith volvió a echarse a reír, con los hombros temblando tanto que le saltaba el flequillo.

> ¡Entiendo! ¡Entiendo! - jadeó, secándose los ojos con un pañuelo con monograma que sacó de la manga. - ¿Qué te parecería… si te regalara unas tierras? (dijo una vez que recuperó el aliento, inclinándose hacia delante con los codos sobre el escritorio.) Quizás en algún lugar cerca de Queensland, Perth, Adelaide... tú eliges.

- ¡Estás bromeando! - Parpadeé.

La sonrisa de Edith no vaciló, solo se volvió más aguda, como el filo de un bisturí recién pulido que refleja la luz del sol. Se recostó, entrelazando los dedos sobre su blusa de seda.

> ¡Te dije que me quedan diez años más de energía! - murmuró. - Pero la energía se agota tarde o temprano. Y cuando eso suceda... (Su encogimiento de hombros fue casi demasiado casual.) Prefiero saber que mis mejores activos están asegurados.

Dejé escapar otro suspiro suave. Sé que Edith no estaba tratando de sobornarme en absoluto. Era un regalo genuino, como el de una madre a sus hijos. Sin embargo, mi orgullo no me lo permitió. Respeto mucho a Edith, pero ella no es mi madre.

- No te ofendas, Edith, pero creo que puedes ver el tipo de persona que soy. - respondí con seriedad. - Mi esposa Marisol y yo somos el tipo de personas a las que les gusta ganarse las cosas por nuestro esfuerzo, sin recibir limosnas. Sé que me lo propones por la bondad de tu corazón, pero mi esposa y yo tenemos nuestros propios planes y ambos estamos trabajando para conseguirlos, así que tendré que rechazar tu oferta.

La sonrisa de Edith no se alteró, sino que se intensificó, y las comisuras de sus ojos se arrugaron como un pergamino viejo. Me lanzó una de esas miradas, igual que mi madre cuando me pilló negándome a copiar en un examen en el colegio.

> ¿Ves, Marco? ¡Ese es mi problema con mantenerte aquí! - dijo divertida y feliz, mientras sus dedos tamborileaban con un suave ritmo sobre su escritorio. - Podría darte más dinero, una casa mejor, incluso tierras para mantenerte atado, pero aun así no lo aceptarías... (Se rió jocosamente, sacudiendo la cabeza.) ¡Ah! y sé que, si nuestros competidores te ofrecieran un trabajo mejor pagado, tampoco les aceptarías. Así que, ¡Madre mía! ¿Cómo voy a asegurarme de que no te lleven?

- ¡No me iré! - le prometí a Edith. - Estoy muy bien donde estoy y no me interesa mudarme a ningún otro sitio. Marisol y yo todavía queremos tener un par de hijos más, ya tengo casi resueltos sus estudios universitarios e incluso estamos ahorrando para comprarnos una casa de verano que elegiremos nosotros mismos. Así que no hay nada más que pueda desear... excepto, por supuesto, un sofá nuevo para mi oficina... y me tienta comprar una nevera pequeña, pero no quiero acabar gordito como Horatio.

Edith se rió una vez más.

> ¡De acuerdo! ¡Tendrás un sofá nuevo! - Luego, me guiñó un ojo. - Y si eliges una nevera, asegúrate de que Madeleine la apruebe.

Horas más tarde, Maddie abrió de par en par la puerta de mi oficina con el dramatismo de un presentador de concursos revelando el gran premio. Detrás de ella, dos fornidos tipos de mudanzas luchaban con mi nuevo sofá de cuero, pero sus gruñidos y maldiciones apenas se notaban. No cuando Maddie estaba allí, con las caderas ladeadas y los dedos tamborileando contra el marco de la puerta como si estuviera contando los segundos para la detonación. A los tipos prácticamente se les torció el cuello por el esfuerzo de no mirarle el culo mientras ella les daba instrucciones, con las caderas balanceándose con cada clic de sus tacones de aguja, pero ¿Quién podía culparlos? La forma en que su blusa se tensaba contra esas tetas del tamaño de melones con cada respiración era criminal.

Rubia Tetona

• ¡Ta-dah! - canturreó Maddie una vez que depositaron el sofá, abanicándose con la carpeta de entrega.

Los transportistas prácticamente tropezaron entre ellos al quedarse esperándola. Uno de ellos, valiente o estúpido, le guiñó un ojo. Maddie se rió, enrollando un rizo alrededor de su dedo, y no se me escapó cómo arqueó la espalda lo suficiente como para que sus tetas sobresalieran hacia adelante mientras le firmaba. En cuanto se cerró la puerta, dejó de actuar como si nada. Sentí un poco de celos y ella se alegró un poco al darse cuenta.

• ¿Qué tal si lo probamos... con menos ropa? - me sugirió en tono juguetón al oído.

sexo en la oficina

Sonreí maliciosamente y empecé a besarla, quitándole la ropa y probando cómo se sentía su suave piel bajo mi cuerpo presionado contra mi nuevo sofá de cuero mantecoso. Maddie jadeó cuando mis manos se deslizaron bajo su blusa, su piel ardiente contra mis palmas. El cuero crujió debajo de nosotros, liberando ese embriagador olor a cuero nuevo mezclado con su perfume de vainilla. Sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando lo suficiente como para hacerme gemir mientras se arqueaba contra mí, con ese ridículo pecho suyo presionándome como si intentara imprimirse en mis costillas.

• ¡Qué impaciente eres! - bromeó, mordiéndose el labio al sentir mi virilidad hinchada empujando contra su húmedo sexo. - ¿Le satisface este sofá, señor?

infidelidad consentida

Su respiración se agitó cuando moví las caderas, y la fricción le arrancó un gemido antes de que pudiera hacerse la tímida.

- ¡Todavía no! - Le mordí el labio inferior antes de profundizar el beso, saboreando el café y el brillo de cereza amarga que se había vuelto a aplicar quince minutos antes, justo antes de entrar pavoneándose en mi oficina con esa carpeta apretada contra el pecho como el cuaderno de una colegiala traviesa. Sus dedos se aferraron a mis hombros cuando la levanté, y sus muslos se apretaron contra mi cintura con una urgencia experta. - Quiero probar qué tan estrecho se siente tu sexo encima de él.

El cuero crujió bajo nosotros, todavía rígido e inflexible, como Maddie fingía ser cuando Edith estaba cerca. ¿Pero aquí? ¿Con la blusa desabrochada hasta el ombligo y esas ridículas tetas desbordando su sujetador de encaje? Se derritió como mantequilla en una sartén caliente.

companera de trabajo

• ¡Mierda! - jadeó, moviendo las caderas instintivamente mientras la llenaba. Echó la cabeza hacia atrás y sus rizos rubios rebotaron contra el respaldo acolchado del sofá. - Sabes... ¡Ah! Sabes que no puedo pensar cuando estás tan dentro...

Me había quitado los calzoncillos y los dos estábamos en el cielo. Todavía no me acostumbro a la idea de que puedo hacer gemir así a una diosa como Maddie. Solía pensar que mi verga era bastante normal cuando Marisol y yo solo salíamos juntos. Por supuesto, no teníamos ningún punto de referencia, ya que nos habíamos quitado la virginidad el uno al otro. Pero cuando empecé a follar con otras mujeres, comencé a darme cuenta de mi dotación. Para mí, la mayoría de las mujeres con las que he estado se han sentido bastante estrechas y Maddie, a pesar de haber sido en su día la “zorra de la oficina” de Recursos Humanos, todavía le encanta cómo la estiro.

• ¡Mierda, Marco!... - jadeó Maddie, clavando las uñas en el cuero mientras yo le levantaba las caderas más alto, inclinándola para que cada embestida golpeara ese punto esponjoso en lo más profundo de ella que le hacía curvar los dedos de los pies.

Sus gemidos se hicieron más agudos, desesperados y sin aliento, mientras su cuerpo se apretaba contra mí, con un calor húmedo que latía al ritmo del golpe de la piel contra el cuero.

• ¡Qué bien se siente! ¡Ahh! ¡Qué bien se siente! - jadeó Maddie, arqueando la espalda hasta que sus tetas rebotaban con cada golpe de mis caderas.

(It feels good! Ahh! It feels good!)

El nuevo sofá crujía debajo de nosotros, todavía rígido por el almidón de fábrica, pero la forma en que ella se retorcía, con el culo medio fuera del cojín y los muslos temblando, era todo menos contenida.

26: Remodelación de oficina

• No es tan duro como tu escritorio... y tu verga sigue siendo increíble... así que me gusta tu nuevo sofá. - Su voz se entrecortó en la última palabra, sin aliento y melosa.

- Bueno, todavía no estoy tan convencido. - gruñí, agarrándola con más fuerza por las caderas y empujando dentro de ella como si intentara romper esa maldita cosa.

El cuero chirriaba en señal de protesta, todavía inflexible, pero el calor húmedo de Maddie me envolvía por completo, pulsando alrededor de mi miembro como si intentara ordeñarme hasta dejarme seco.

- Tendré que follarte en varias posiciones para asegurarme de que quedo satisfecho. - Mis palabras la hicieron estremecerse visiblemente: apretó los muslos a mi alrededor y se corrió con un grito ahogado, arañando con los dedos el respaldo acolchado.

Las tetas de Maddie rebotaban salvajemente con cada embestida, sus pezones se endurecían contra mi lengua mientras chupaba uno y amasaba el otro. El sabor de su sudor y su perfume de vainilla mezclado con el olor a cuero nuevo era embriagadora. Ella se arqueó hacia mi boca, jadeando, con las manos agarrándome el pelo para mantenerme allí.

• ¡Sí! ¡Dios mío! ¡Marco, así!... - Su voz se quebró cuando la mordí ligeramente, y sus caderas se sacudieron contra las mías.

Cambié mi agarre, atrayéndola hacia mí para poder reclamar sus labios, besos desordenados y con la boca abierta en los que nuestras lenguas se entrelazaban y ella gemía en mi boca. Sabía a café y a brillo de cereza, y podía sentir su sonrisa contra mis labios cuando gemía. Sus piernas se cerraron alrededor de mis muslos, clavándome los talones en la parte posterior de las piernas como si pudiera fusionarnos. El sofá crujía siniestramente debajo de nosotros, todavía rígido, pero a ninguno de los dos nos importaba, no cuando ella estaba tan apretada, tan húmeda. Sus uñas me arañaron la espalda, dejando rastros calientes que me hicieron silbar y empujar más profundo.

• ¡Dios, Marco!... - jadeó, echando la cabeza hacia atrás mientras yo deslizaba mis labios por su cuello, mordisqueando la delicada piel justo debajo de su oreja.

Su pulso latía con fuerza bajo mi lengua, errático y frenético.

• Vas a ... ¡Mierda!... ¡Vas a hacer que me corra otra vez! —Su voz se quebró, entrecortada y aguda, y se apretó contra mí como un guante, con sus paredes palpitando en señal de advertencia.

Sonreí contra su piel, mordiéndola lo suficiente como para hacerla gritar, y todo su cuerpo se sacudió cuando otro orgasmo la atravesó: sus muslos temblaron, sus pechos se agitaron y prácticamente sollozó contra mi hombro.

El cuero chirrió en señal de protesta debajo de nosotros, todavía rígido e inflexible, pero Maddie era todo lo contrario: se derritió contra mí, sin fuerzas y flexible, enredando sus dedos en mi cabello mientras gemía mi nombre. Me reí entre dientes, besándola con la boca abierta a lo largo de su clavícula, sintiendo cómo se estremecía debajo de mí.

• Ese fue... -jadeó, con la voz temblorosa y destrozada. - Eso fue el tercero. ¡Tres, Marco! - Sonaba casi acusatoria, como si yo la hubiera engañado, y yo sonreí, moviendo las caderas lo justo para hacerla jadear de nuevo, con sus piernas apretándose alrededor de mi cintura.

- ¿Tres? -susurré, mordisqueándole la oreja. - Creo que he perdido la cuenta.

Deslicé una mano por su muslo, separándole las piernas, y ella contuvo el aliento, brusca y repentinamente, cuando mis dedos se hundieron entre sus húmedos pliegues, rozando su clítoris con un toque ligero como una pluma. Maddie se estremeció como si le hubiera dado una descarga, moviendo las caderas instintivamente, buscando la presión.

• ¡Oh, mierda! – jadeó agitada, clavándome los dedos en los hombros. - ¡Me vas a matar!...

Su voz se quebró en la última palabra, aguda y sin aliento, y yo me reí, besándole los labios entreabiertos mientras mis dedos la acariciaban, con círculos lentos y provocadores que la hacían retorcerse y gemir debajo de mí.

• ¡Oh, Dios! ¡Estás tan profundo otra vez! ¡Estás dando en el clavo! - Jadeó de repente, arqueándose en el sofá mientras yo la penetraba más rápido, más fuerte...

Sus manos volaron por encima de su cabeza, sus dedos buscando apoyo en el reposabrazos antes de derretirse contra mis labios con un gemido que vibró en mi pecho. Sus enormes tetas rebotaban salvajemente con cada embestida, balanceándose como péndulos en un terremoto, sus pezones rígidos contra mi lengua mientras la arrastraban sobre uno y luego, sobre el otro. Sus piernas se apretaron más alrededor de mi cintura, sus talones se clavaron en mi espalda, instándome a profundizar más, y yo obedeció, con mis manos agarrando su cintura, su culo, amasando la suave carne mientras la penetraba con un ritmo que la hacía ver las estrellas.

Ella lo sabía. Sabía exactamente dónde estaban mis manos, dónde quería que estuvieran, y su respiración se entrecortó por la anticipación, su cuerpo ya se rendía, ya estaba más húmedo, como si su sexo palpitara en señal de acuerdo.

• Tú... ¡Ah! Quieres follarme el culo. - jadeó, con la voz destrozada, moviendo las caderas instintivamente para recibir mis embestidas.

Rubia Tetona

No era una pregunta. Era una confesión, una rendición, y la forma en que sus muslos temblaban a mi alrededor me decía que ya estaba a medio camino, ya estaba dispuesta, ya lo deseaba con ansia. Gruñí contra su garganta, mordiéndola lo suficiente como para hacerla gemir, mis dedos agarrándole las caderas con más fuerza, clavándose en la suave carne de su culo.

- ¡Sí! - dije con voz ronca, mi voz áspera por el deseo. - Pero aún no.

Deslicé mis labios por su clavícula, mordisqueando su delicada piel, sintiendo cómo se estremecía debajo de mí.

- ¡Quiero que te corras otra vez primero! - Su gemido de respuesta fue mitad protesta, mitad súplica, sus uñas arañándome la espalda mientras la penetraba, mi verga golpeando ese punto esponjoso en lo más profundo de ella que le hacía curvar los dedos de los pies.

Maddie contuvo el aliento, sus muslos temblaban alrededor de mí, su sexo se agitaba alrededor de mi miembro como si intentara ordeñarme hasta dejarme seco.

• ¡M-mierda! - jadeó, con la voz quebrada mientras otro orgasmo la sacudía: su cuerpo se estremecía, sus tetas rebotaban salvajemente, sus dedos se enredaban en mi pelo mientras prácticamente sollozaba sobre mi hombro.

El cuero bajo nosotros crujió de nuevo en señal de protesta, aún rígido e inflexible, pero Maddie era todo lo contrario: se derritió contra mí, sin fuerzas y flexible, con su aliento caliente contra mi piel mientras jadeaba mi nombre como una plegaria.

Puede que seamos amantes y compañeros de trabajo, pero siento que Maddie ahora me pertenece. La forma en que se le corta la respiración cuando le agarro las caderas, no con rudeza, solo con firmeza, con posesividad, me dice que ella también lo sabe. Sus pupilas se dilatan como tinta derramándose sobre piscinas azules cada vez que la pillo mirando mi entrepierna durante las reuniones de la junta, con los dientes mordisqueando ese labio inferior carnoso hasta dejarlo en carne viva. Las otras veces, cuando no estamos solos, parece que está pensando en cómo deshacerse de todos los demás para que podamos follar libremente. Incluso ahora, mientras la penetro hasta el fondo, con su útero palpitando contra mí como un pájaro atrapado, sé que diría “¡Sí!” si le susurrara “¡Ten mi hijo!” al oído, contra su cuello sudoroso. Sin dudarlo. Solo con esa risita mareada y sumisa antes de abrirse más.

sexo en la oficina

El beso que compartimos no fue solo lujuria, fue una reivindicación. Su lengua se rindió a la mía como si estuviera memorizando el sabor de mi propiedad, sus dedos se aferraban a mi cabello con tanta fuerza que me dolía. El tiempo se distorsionó a nuestro alrededor; el tictac del reloj de mi escritorio se ralentizó, el zumbido lejano del aire acondicionado de la oficina se desvaneció. Solo se oía el crujir del cuero, el golpe de la piel y los gemidos de Maddie disolviéndose en mi boca. Le mordí la clavícula solo para oír su grito, ese sonido agudo y dulce que ella intentaba sofocar presionando su cara contra mi hombro. Sus uñas arañaban mi espalda, marcándome con líneas paralelas de color carmesí.

Era dócil, ansiosa, ya inclinaba las caderas para pedir más antes incluso de que le subiera más la falda.

- Me dejarías hacer cualquier cosa, ¿Verdad? - le susurré al oído, empujando más profundo solo para sentir cómo se estremecía.

Su “¡Sí!” entrecortado no era solo un consentimiento, era adoración. Sonrío contra su piel, agarrándole el culo con más fuerza.

- ¿Incluso si llamara a Marisol ahora mismo? ¿Si las tuviera a las dos de rodillas?

Maddie gimió como si hubiera pulsado un interruptor, su sexo apretándome con un repentino y húmedo pulso. Su voz se quebró cuando susurró:

• ¡Sabes que te lo suplicaría!

Me puse más duro dentro de ella y a Maddie le encantó. Recordé el trío que tuvimos con Cristina. Cómo la jefa de informática se masturbaba mientras nos veía follar en mi escritorio. Maddie descubrió su fetiche de que la observaran mientras follaba, igual que mi mujer. No obstante, fue gratificante ver que mi verga les ayudó de alguna manera a reparar su olvidada amistad.

infidelidad consentida

Maddie jadeó contra mis labios mientras yo movía las caderas, penetrándola más a fondo; su sexo se apretaba a mi alrededor con pulsaciones rítmicas, sus muslos temblaban contra los míos.

• Estás pensando en Cristina, ¿Verdad? – Leyó mis pensamientos, con su aliento caliente contra mi oreja.

Sus dedos trazaron el contorno de mi mandíbula, su tacto era ligero como una pluma, pero deliberado.

• La forma en que nos miraba... lo mojada que se ponía solo con verte arruinarme. - Sus dientes rozaron mi lóbulo de la oreja, su voz se redujo a un murmullo ronco. - Podrías llamarla ahora mismo. Haz que se arrodille junto al sofá mientras me follas. ¿No sería divertido?

Le sonreí cálidamente. Maddie era ahora mi mascota y, por desgracia, se nos acababa el tiempo. La besé suavemente, como a una amante, sabiendo que me chuparía la verga con entusiasmo mientras yo rellenaba sus formularios de recursos humanos y que Maddie se tragaría mi corrida como si fuera un buen vino. Así que empujé más fuerte, más profundo, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera y se retorciera.

• ¡Dios mío! ¡Marco! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! - gritó mientras le daba una palmada en el culo, viendo cómo sus cremosos muslos temblaban en el aire.

Estaba tan cerca (su sexo se retorcía a mi alrededor con espasmos erráticos, su respiración era entrecortada) que supe que se correría en cuanto empujara con todas mis fuerzas. Así que lo hice. Su grito fue mitad protesta, mitad alivio cuando me agarré al sofá, con sus tetas presionando contra el cuero mantecoso mientras mi mano se enredaba en sus rizos, inclinando su cabeza hacia atrás lo suficiente como para ver su expresión aturdida.

companera de trabajo

- ¿Qué decías? - gruñí, empujando mi verga profundamente dentro de ella hasta que no pude moverme más.

Todo el cuerpo de Maddie se tensó, arqueando la espalda en el sofá como si la hubieran electrocutado.

• ¡Llena! —jadeó, clavando las uñas en el reposabrazos mientras mi primera y espesa descarga de semen la inundaba, con su sexo ordeñándome con avidez y sus muslos temblando contra los míos.

Nuestro beso fue desordenado, desesperado, su lengua entrelazándose con la mía mientras llegaba mi segunda descarga, luego la tercera, cada ola más profunda que la anterior. Ella gimió contra mis labios, su cuerpo sacudiéndose con cada nueva descarga, sus dedos agarrándose a mis hombros como si temiera que desapareciera si me soltaba. El cuero debajo de nosotros estaba resbaladizo por el sudor, el aire espeso con el aroma del sexo y su perfume de vainilla.

• ¡Mhm! - murmuró Maddie perezosamente cuando finalmente nos separamos, mientras reposaba sobre mi pecho. - Así que... “así” es como se estrena un sofá.

26: Remodelación de oficina

Su sonrisa era presumida, pero sus piernas aún temblaban, con los muslos brillantes por la mezcla de nuestros fluidos.

- ¿Te duele la espalda? - le pregunté suavemente, con la preocupación de un amante, mientras mi pene hinchado permanecía atrapado profundamente dentro de ella.

Maddie soltó un suspiro y una risita, y su aliento me hizo cosquillas en el cuello, donde había enterrado la cara.

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• ¡No más que mi sexo estirado y desbordado, amable señor! - bromeó, moviendo las caderas perezosamente contra las mías.

El movimiento hizo que un nuevo chorrito de semen resbalara por su muslo interior; el cuero que teníamos debajo ya estaba arruinado, marcado por el sudor y el sexo y la prueba innegable de lo que habíamos hecho. Estábamos tan cerca, tan cálidos e íntimos juntos…

- ¡Eres increíble, Maddie! Lo sabes, ¿Verdad? - le susurré al oído, inhalando los restos de su perfume mezclados con almizcle.

Ella se retorció, no para escapar, sino para acercarse más, con el rubor extendiéndose por su pecho en ondas rosadas.

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• ¡Tú también eres especial, Marco!... - Sus dedos recorrieron mi clavícula, vacilantes pero ansiosos. - Y no me refiero solo a tu verga. (Una risa nerviosa se escapó de sus labios, cálida contra mi garganta.) Tu forma de actuar, como si fueras el dueño de cada habitación. Tu forma de hablar, como si supieras lo que estoy pensando antes que yo misma. (Sus dientes rozaron mi hombro, una amenaza juguetona.) ¡Es exasperante! Y embriagador.

Me reí despacio y nos giré hasta que quedó debajo de mí, con sus rizos esparcidos sobre el cuero como champán derramado.

- ¿Y tú? - Mi pulgar rozó su hinchado labio inferior. - Actúas como la princesa perfecta de Recursos Humanos en las reuniones, tomando notas de forma tan “correcta”. (Sonreí cuando sus muslos se apretaron alrededor de mis caderas.) ¿Pero aquí? ¡Dios, Maddie! Suplicas como si hubieras nacido para ello.

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Ella hizo un puchero suavemente.

- ¡Además, eres sexy como un demonio! - Respondí con una sonrisa, sintiendo una ligera sacudida de su sexo sobre mi verga mientras le acariciaba las nalgas rosadas con los dedos. - ¡Déjame a solas contigo en una habitación y empezaré a pensar en mil formas de follarte como es debido!

Arqueó una ceja, aunque sus ojos bailaban con un desafío juguetón.

• ¿Ah, sí? ¿Y cómo lo harías, eh? - Su dedo trazó un círculo juguetón en mi pecho, y su voz bajó a ese murmullo ronco que sabía que me volvía loco. - ¿Me agarrarías?... No sé... ¿Me agarrarías por las tetas y obligarme a arrodillar para adorar tu verga? O tal vez... (Sus caderas se movieron sutilmente, frotándose contra mí de una manera que nos hizo gemir a los dos.) ¿Me agarrarías por la cintura, me inclinarías contra algún mueble y empezarías a follarme el culo hasta dejarlo en carne viva? ¿Cómo sería esa follada, Marco?

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Sonrió, hundiendo los dientes en el labio inferior, una invitación, un desafío.

- Bueno, parece que alguien ya lo ha pensado. - bromeé, viendo cómo su rubor se intensificaba hasta alcanzar un satisfactorio tono rosado.

Su risa fue insegura, sus dedos se aferraron a mi cabello mientras yo movía las caderas perezosamente, aún dentro de ella.

- Depende del mueble. - exclamé, mordisqueándole la oreja. - ¿El escritorio? Te inclinaría sobre él, te abriría de piernas y te saborearía primero, haciéndote sollozar sobre los papeles. (Su respiración se agitó y sus muslos se tensaron a mi alrededor.) ¿La silla? Te haría cabalgarme lentamente, con esas tetas rebotando en mi cara mientras gimes por lo llena que te sientes.

- Pero si alguna vez tienes alguna fantasía, dímelo, Maddy. - le pedí, rizando su cabello mientras su rostro se sonrojaba. - Me gusta tener sexo contigo e incluso aquella vez que me hiciste follar contra la ventana de mi oficina, también me divertí. No es lo mío exhibir tu espectacular cuerpo desnudo para que todos lo vean, pero si te gusta, puedo ser flexible al respecto. ¡Carajos! Incluso estaría dispuesto a compartirte con otro chico si quisieras hacer un trío con otro hombre.

26: Remodelación de oficina

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros, tan densas como el aroma del sexo que aún se aferraba al cuero. Maddie se quedó paralizada, solo por un segundo, y sus dedos dejaron de recorrer mi clavícula. Luego resopló y me dio una palmada en el pecho con la palma húmeda.

• ¡Sí, claro, Marco! - Su risa fue demasiado aguda, y su rubor se extendió hasta su escote. - Después de todo, he encontrado a muchos chicos como tú que pueden satisfacerme tan bien.

En cuanto las palabras salieron de sus labios, sus ojos se abrieron como platos, como si se le hubieran caído accidentalmente las bragas en la sala de juntas. Sonreí con aire burlón, fingiendo no haber oído nada, y enrollé un rizo dorado alrededor de mi dedo.

- De todos modos... -Tiré suavemente, haciéndola jadear. - Si tienes algún deseo, házmelo saber. (Mi pulgar rozó sus labios entreabiertos, manchándolos de brillo de cereza.) Es lo único que puedo prometerte.

Nos vestimos... y mi sofá nuevo tenía un aspecto horrible. Las manchas de sudor y la humedad brillaban en el cuero bajo las luces fluorescentes de la oficina, y los cojines estaban abollados por donde Maddie había apoyado las rodillas. Se abrochó la blusa con facilidad, aunque sus manos temblaban lo suficiente como para que yo lo notara, consecuencia de nuestro pequeño bautizo. Mientras abrochaba los dos últimos botones sobre su enorme escote, cogió un pañuelo del cajón de mi escritorio con un gesto de mago.

• ¿Ves? - Limpió una mancha perlada cerca del reposabrazos con una sonrisa triunfante. -Este cuero se limpia fácilmente. Es resistente a las manchas, tal y como prometió el vendedor.

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Me reí mientras me enderezaba la corbata.

- El único problema es que necesito ventilar bien. Mi oficina apesta a sexo. - El aroma almizclado era intenso: su perfume de vainilla se mezclaba ahora con el sudor, la sal y el inconfundible olor de nosotros dos.

Maddie giró sobre sus tacones de aguja, elevándose sobre mí con las manos en las caderas, la falda aun ligeramente torcida.

• ¿Así que ahora te quejas, señor “No necesito una gran oficina en esquina, solo una más pequeña con insonorización”? - Su sonrisa burlona acentuó el hoyuelo de su mejilla izquierda. - ¿Qué tal te está yendo con eso?

Mis dedos encontraron la curva de su cintura antes de que pudiera retroceder. Ella jadeó cuando la atraje hacia mí, con la blusa tensándose sobre esas tetas del tamaño de melones que acababa de marcar con mis dientes.

- Como te dije, - le susurré contra los labios, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo mi pulgar. -no me gusta que otros hombres te miren mientras follamos.

El beso que le di fue lento, deliberado, con la lengua recorriendo el contorno de su boca hasta que gimió.

- Esta oficina puede ser pequeña. Puede que tenga una ventilación malísima… - Otro mordisco en su hinchado labio inferior. - Pero estoy satisfecho, señorita jefa de Recursos Humanos.

Su rubor se intensificó hasta convertirse en rosa carmesí, y sus dedos se agitaron contra mi muñeca, que le sujetaba la cintura.

• Bueno... - Tragó saliva con dificultad, moviendo la garganta, como si aún pudiera saborearme allí. - Podríamos... eh... ¿Pedir aromatizadores?

El tartamudeo arruinó su tono profesional. Sus caderas se estremecieron cuando me reí, y el movimiento presionó sus bragas húmedas contra mi muslo.

- Gracias, Maddie. ¡Eres la mejor! - respondí.

Pero ella se sonrojó, sabiendo que no solo me refería a la calidad de su trabajo.

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