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Mi Novia Sol Parte 3

Buenas amigos de P!, prometo ser mas constante ya que ahora tengo mas tiempo...No olviden dejar sus puntos y comentar, ahora disfruten la parte 3


El desayuno se estiró más de lo normal. Ninguno de los dos tenía realmente hambre, pero nos quedamos ahí, sentados a la mesa de la cocina, fingiendo normalidad mientras el aire entre nosotros vibraba como cable de alta tensión. Solange mordía la medialuna en pedacitos diminutos, casi sin tragar, los ojos bajos, las mejillas todavía con ese rubor persistente que le llegaba hasta el cuello. Yo tomaba sorbos de café negro sin saborearlo, la mirada fija en ella, en cómo se le movía la garganta al tragar, en cómo cruzaba y descruzaba las piernas debajo de la mesa como si intentara calmar un cosquilleo que no paraba.
Dejé el celular sobre la mesa, pantalla arriba. Abrí la app de citas —esa que bajamos hace meses “por curiosidad” y que nunca habíamos tocado en serio— y la puse frente a ella. El ícono rojo con la llama parpadeaba como un corazón acelerado.
—Abrila vos —le dije en voz baja, casi un susurro—. Quiero verte hacerlo con tus propios dedos.
Ella levantó la vista. Los ojos azules brillaban con una mezcla de vergüenza y excitación tan pura que casi dolía mirarla. Extendió la mano despacio, como si el teléfono quemara. Tocó la pantalla. La app se abrió. El feed empezó a cargar perfiles uno tras otro: fotos de caras, torsos, piernas abiertas, captions guarros, medidas en centímetros que sonaban a desafío.
Sol se mordió el labio inferior. Se acomodó mejor en la silla, abriendo apenas los muslos. El short de pijama de algodón gris se le subió un poco, dejando ver la piel tersa del interior de los muslos. No llevaba nada debajo; lo sabía porque anoche, después de la tercera vez, le había arrancado la tanga y no se la puso de nuevo.
—¿Qué buscamos? —preguntó con voz chiquita, pero ya ronca de deseo.
—Buscamos lo que te va a romper, bebé. Alguien que te haga gritar más fuerte que yo. Alguien que te deje marcada por dentro y por fuera. Grande. Grueso. Sin piedad. Pero que entienda las reglas: filma, se va cuando terminamos, no te besa en la boca, no te abraza después. Solo te usa. Y yo miro todo.
Ella tragó audiblemente. Deslizó el dedo hacia arriba. El primer perfil: un tipo de gimnasio, treinta y pico, pelo corto, tatuajes en el pecho. “1.90, 19 cm, versátil pero dominante. Me gusta dejar a las nenas temblando.” Foto de primer plano: pija semi-dura apoyada en el muslo, venosa, gruesa, la cabeza morada y brillante.
Sol dejó escapar un suspiro corto. Se movió en la silla. Sentí el olor sutil que empezó a subir desde entre sus piernas: ese aroma dulce y crudo que me vuelve loco.
—¿Te gusta? —pregunté, inclinándome un poco hacia ella.
—Es… grande —susurró—. Mirá cómo se le marcan las venas. Imagínate eso entrando despacio… abriéndome los labios hasta que queden blancos de la presión.
Le puse una mano en el muslo, subiendo despacio por dentro. Llegué al borde del short. Estaba empapada. Los jugos ya le habían hecho un manchón oscuro en la tela. Metí dos dedos por debajo del elástico, rozándole el clítoris hinchado. Ella se estremeció, soltó un gemidito ahogado y apretó las piernas alrededor de mi mano.
—Seguí mirando —le ordené—. No pares.
Deslizó otro perfil. Este más moreno, barba recortada, ojos negros intensos. “Busco parejas que sepan jugar sin dramas. Discreto. Limpio. Me encanta ver cómo se les nubla la mirada cuando les meto hasta el fondo.” Foto en espejo: torso definido, pija dura apuntando al cielo, gruesa en la base, curvada ligeramente hacia arriba. Debajo, una foto secundaria: la misma pija enterrada hasta los huevos en una concha depilada, los labios abiertos al máximo, brillando de baba y lubricante.
Solcito jadeó fuerte esta vez. Se le escapó un “ay, mierda…” bajito. Movió las caderas contra mis dedos, que ahora entraban y salían despacio, haciendo un ruido húmedo que se escuchaba clarito en la cocina silenciosa.
—Este… este me da miedo —confesó, voz temblorosa—. Pero también ganas. Mirá cómo la tiene curvada… me imagino esa curva rozándome justo en el punto G, una y otra vez, hasta que no pueda más.
Le metí un tercer dedo. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia. Las paredes internas se contrajeron alrededor de mí, calientes, pulsantes. Ella apoyó la frente en mi hombro un segundo, respirando agitada.
—Mandale mensaje —le dije al oído—. Decile exactamente lo que querés. Sin filtro. Quiero leerlo antes de que lo envíes.
Ella asintió, temblando. Tecleó con dedos torpes mientras yo seguía moviendo la mano dentro de ella, lento, profundo.
“Hola… mi novio y yo estamos buscando alguien para mañana a la noche. Quiero sentir una pija más grande que la de él. Quiero que me abras entera mientras él mira sentado en la silla del rincón. Que me pongas en cuatro, que me escupas, que me des cachetadas en la cola hasta dejarla roja. Quiero chupártela hasta que me lagrimeen los ojos y después montarte hasta acabar gritando. Y si me porto bien… quizás me des por el culo. Filmamos todo. Él se masturba viéndome ser tu puta. ¿Te interesa?”
Presionó enviar antes de que pudiera arrepentirse. El mensaje se fue con un “whoosh” característico.
Se quedó mirando la pantalla como hipnotizada. Yo saqué los dedos despacio, los llevé a su boca. Ella los chupó sin que se lo pidiera, lengua enrollándose alrededor, saboreándose a sí misma con gemiditos suaves.
Pasaron tres minutos eternos.
La app vibró.
Respuesta del tipo:
“Hola Solcito… sí. Mañana a las 22 en su casa. Mándenme la dirección. Llego limpio, duro y con ganas de romper esa conchita que se muere por ser usada. ¿Algo que no pueda hacer? ¿Límites duros?”
Sol me miró. Los ojos vidriosos, las pupilas enormes.
—¿Le digo que sí? —susurró.
Le agarré la nuca con una mano, la besé fuerte, metiéndole la lengua hasta el fondo, saboreando el gusto salado de sus propios jugos en su boca.
—Decile que sí, bebé. Decile que venga preparado para dejarte temblando toda la noche. Y después… después te preparo yo. Te depilo hasta dejarte como nena, te pongo lencería que apenas te cubra, te hago probar plugs de diferentes tamaños para que estés lista si se pone jodido. Y cuando llegue… te vas a arrodillar frente a él con mi permiso, mirándome a los ojos todo el tiempo mientras se la metés hasta la garganta.
Ella tecleó la respuesta con la mano temblorosa:
“Sin límites duros mientras sea consensuado y seguro. Vení con ganas. Quiero salir lastimada de placer. Dirección en DM. Nos vemos mañana.”
Envió.
Se levantó de la silla de golpe, me miró con una sonrisa culpable y traviesa que me hizo palpitar la pija otra vez.
—Voy a ducharme… —dijo, voz ronca—. Pero antes…
Se bajó el short de pijama hasta los tobillos, se dio vuelta, apoyó las manos en la mesa de la cocina y arqueó la espalda, ofreciéndome la cola redonda, la conchita hinchada y brillante asomando entre los muslos.
—Úsame una última vez como tuya sola… antes de que mañana sea de los dos.
No hizo falta que me lo pidiera dos veces.
La penetré ahí mismo, de pie, agarrándola de las caderas con fuerza. Entré hasta el fondo de una embestida seca. Ella gritó mi nombre, las uñas raspando la madera de la mesa. Empecé a bombear con furia, mis huevos golpeando contra su clítoris, el sonido húmedo y obsceno rebotando en las paredes de la cocina.
—Decime que mañana vas a ser la puta más sucia que haya visto ese tipo —le gruñí al oído, mordiéndole el lóbulo.
—Voy a serlo… voy a chupársela mirándote… voy a pedirle que me dé por el culo mientras vos te hacés la paja viéndome acabar como loca… voy a dejar que me llene de leche y después te la haga limpiar con la lengua… porque soy tuya… pero mañana voy a ser de los dos…
Me corrí dentro de ella con un rugido, leche caliente desbordando, chorreándole por los muslos mientras ella se convulsionaba, corriéndose al mismo tiempo, las piernas temblando tanto que casi se cae.
Nos quedamos jadeando, pegados.
Ella giró la cabeza, me miró con ojos brillantes.
—Mañana… —susurró—. Mañana empieza de verdad.
Le besé la nuca, todavía enterrado dentro.
—Mañana te convierto en la puta que siempre quisiste ser, bebé.
Y los dos supimos que ya no había marcha atrás.




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