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La Mudanza... Celos... (parte 9)

Antonio y yo nos quedamos en la piscina, el agua ya calmada y el cloro picándome en los ojos. Ana había subido hace un rato, diciendo que necesitaba una ducha para quitarse el sudor y el vino. Yo flotaba en el borde, fumando un cigarro para calmar los nervios, pero el humo no ayudaba mucho con esa excitación que no se iba.

Antonio se acercó, con esa mirada suplicante que ya conocía.

—Alfredo, déjame subir, hombre. Ana está sola, borracha... igual necesita ayuda con la ducha. Solo para que no se resbale.

El nudo en el estómago se apretó. Celos, joder, pero también esa calentura que me hace dudar de todo. ¿Lo quería ella de verdad, o era solo la borrachera hablando? Me repetía lo de siempre: mañana se arrepiente, es morbo del momento, no va en serio. Pero imaginarlo ahí arriba con ella me ponía como una moto. Me odié por eso, como un pringado que no sabe parar.

—No, Antonio. No es buena idea. Subo yo.

Puso cara de perrito abandonado, bajando la voz.

—Venga, por favor... te juro que toda la noche me ha estado calentando. Me ha dejado mirarle las tetas sin disimulo, con ese bikini que se transparentaba. Quiere que la folle, Alfredo. Y tú también quieres, me enseñaste la foto de sus tetas y luego la quitaste el bikini para que la viera en vivo.

—Una cosa es enseñar y otra follar, coño. No estoy preparado. Además, es tarde, vete a casa.

—Joder, mira cómo estoy —dijo saliendo del agua, señalando el bulto en su bañador—. Y tú igual.

Era verdad, pero no cedí.

—Hablaré con ella. Si quiere de verdad, te aviso por mensaje.

—Si entro en casa, no puedo salir. Es ahora o nunca.

—No puedo, Antonio. Vete.

Cogí la toalla y subí, viéndolo marchar con sus cosas. Esperaba que no hubiera problemas en su casa con esa tienda de campaña.

Arriba, me quité el bañador y lo colgué, subiendo desnudo. La puerta del baño estaba entreabierta. Me acerqué sigiloso y miré. Ana estaba desnuda, secándose el pelo con una toalla. Se giró un poco y... joder, empezó a mear ahí de pie, el chorrito cayendo al suelo de la ducha, brillante bajo la luz. Ese morbo sucio me mató, me puse durísimo viéndola tan natural, vulnerable.

Entré al dormitorio, pero ella salió del baño, viéndome la polla tiesa.

—Joder, cómo vienes —dijo con una sonrisa viciosa.

No contesté, me lancé sobre ella, morreándola fuerte, sobando tetas, coño, culo. Estaba chorreando fluidos. La senté en la encimera del baño, abrí sus piernas. Su coño depilado brillaba, labios hinchados por la excitación de la noche.

Me arrodillé, acerqué la cara, inhalé su olor a cachonda. Saqué la lengua y lamí de abajo arriba, recogiendo sus jugos. Gimió fuerte, echando la cabeza atrás. Lamí con ganas, jugando con el clítoris, bajando a la entrada, incluso rozando el culo. Metí dos dedos dentro, lamiendo más rápido. Ella se abría todo lo que podía, gimiendo como loca.

Sus dedos se movieron más rápido dentro, y empezó a correrse, apretando mi cabeza con las piernas. Saqué los dedos y un chorrito caliente salió disparado, salpicándome el pecho. Seguí lamiendo los restos, notando sus contracciones.

Me incorporé, las rodillas doliéndome, pero daba igual. Nos miramos, ella espatarrada.

—Fóllame —dijo directo, como una orden.

Puse la polla en su entrada, la restregué en sus fluidos y se la metí de una. Caliente como el infierno, contrastando con mi piel fría de la piscina. Bombeé rápido, imposible ir despacio con sus movimientos.

—Me encanta que seas tan zorra —le dije, besándola sucio, con el sabor de su coño en la boca.

Ella aceptó, lenguas enredadas. Bajé el ritmo para no correrme ya.

—Le has enseñado mis tetas a Antonio —dijo mirándome fijo.

—Sí... era lo que querías, ¿no? —contesté, penetrándola profundo.

—Eras tú el que quería. Reconócelo, querías que me viera las tetas.

—Sí, joder, sí. Le han encantado. ¿Te ha gustado que te las vea?

—Mmmm, me da morbo que a ti te dé morbo.

—Pero le has enseñado más... y eso no te lo pedí yo.

—Ya... joder... estaba cachonda... ¿se me ha visto mucho?

—Se te ha visto todo el coño, Ana. Antonio ha visto tu coñito, las tetas y el coñito —repetí, cachondo perdido.

—Joder, Alfredo... ufff... que es el vecino.

—Siii, le has enseñado el chochito al vecino, zorra. Y has dicho que subiera a follarte, puta... ¿te lo querías follar?

—Noo, sería una locura —decía con ojos cerrados, disfrutando—. Es el vecino.

—Él te quería follar.

—Mmmm... ¿y tú querías que me follase?

—No sé... sería morboso verte con él... mmm... ¿pero a ti te gustaría follártelo?

—Alfredo, no me hagas esto...

—Contéstame, ¿te gustaría follártelo?

—Sí, joder, sí me gustaría follarme a Antonio —confesó—. Pero es el vecino, bastante ha visto ya.

Eso me volvió loco. Saqué la polla pringosa, la bajé, la giré frente al espejo, piernas flexionadas. Metí la polla desde atrás, viéndonos reflejados. Sus tetas rebotaban con cada embestida fuerte.

—Seguro que se está pajeando pensando en ti... en tus tetas —y se las apreté—. Nos tenías a los dos empalmados.

—Mmm, ¿tú crees que se estará pajeando?

—Siii... pensando en tus tetas y coño... y tú aquí deseando follártelo, ¿verdad?

—Alfredo... no puede ser... es una locura...

—Te lo quieres follar, zorra.

—Si no fuera el vecino, tal vez... pero no insistas.

—Si le llamo ahora, ¿te lo follarías?

—Eso es lo que quieres, ¿verdad? —dijo seria—. Llámale, que se folle a tu novia... te encantaría verme con su polla dentro, confiésalo...

Oírla así me hizo correrme. Saqué la polla, la apunté a su culo y eyaculé chorros potentes en su espalda y culo, escurriendo entre sus cachetes. La mejor corrida de mi vida.

Nos incorporamos. Ella se miró en el espejo, riendo.

—Joder, cómo me has puesto... cada vez se nos va más la cabeza.

La besé.

—Lo de la piscina... mejor no mañana, ¿vale? Estaba muy borracha.

Asentí, racionalizando: era el alcohol, no en serio. Pero added:

—Pero la playa... eso lo mantengo. Algún día, con Antonio mirando desde lejos.

Sonreí como un idiota. Antonio esperaría mañana. Cada día me gustan más los nuevos vecinos 😉

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