Al día siguiente, domingo al mediodía, el timbre sonó justo cuando el sol pegaba fuerte en el patio. Marta estaba en shortcito de jean y remerita blanca sin corpiño, preparando mate en la cocina. Yo ya sabía quién era: Cacho, con la misma sonrisa de hijo de puta del día anterior.
Abrí la puerta y lo hice pasar sin decir mucho. Él entró con una botella de fernet bajo el brazo, como si viniera a un asado familiar.
—Che, Gustavo, ¿todo bien? —me preguntó, pero los ojos ya se le iban para Marta, que se había asomado desde la cocina y le guiñó un ojo.
—Todo joya, Cacho. Pero hoy… hoy quiero ser solo espectador, ¿entendés? Me voy a tirar en la cama y los voy a mirar. Nada de que me meta. Solo quiero ver cómo la hacés gemir a mi mujer.
Cacho se rió bajito, se pasó la mano por la barba y miró a Marta como si ya la estuviera desnudando.
—Vos mandás, Gustavo. Pero si cambio de idea, avisame.
—No va a pasar —le dije, y me fui directo al dormitorio.
Me tiré en la cama, de espaldas contra el cabecero, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La puerta quedó entreabierta para que entrara la luz del living. Marta entró primero, descalza, moviendo las caderas adrede. Se paró frente a Cacho, que todavía estaba de pie en el umbral, y le clavó la mirada.
—Vení, Cacho. Ayer me dejaste con ganas de más —le dijo, con esa voz ronca que usa cuando está prendida fuego.
Cacho se acercó despacio, se paró justo enfrente de ella. Marta se arrodilló sin que se lo pidiera, despacito, mirándolo desde abajo con los ojos brillosos. Le bajó el cierre del jean con dos dedos, sacó la pija que ya estaba medio dura y se la agarró con las dos manos, como si fuera un tesoro.
Cacho le puso las dos manos en la cabeza, una en cada lado, agarrándole el pelo con fuerza pero sin lastimarla. La miró fijo y le dijo, con voz grave y lenta:
—Martita… prepárate que te voy a dar la bendición.
Marta soltó una risita sucia, abrió la boca y sacó la lengua. Cacho empujó despacio al principio, metiéndosela hasta la mitad. Ella cerró los labios alrededor y empezó a chupar, moviendo la cabeza adelante y atrás, mientras él le agarraba más fuerte el pelo y empezaba a marcarle el ritmo.
—Así, putita… tragala toda. Mirá qué bien la chupás, carajo. Ayer te la metí en la boca y hoy te la voy a meter hasta la garganta.
Marta gemía alrededor de la verga, con hilos de saliva empezando a chorrear por la barbilla. Cacho empujaba más profundo, cada vez más, hasta que la nariz de ella tocaba el pubis. Se quedaba ahí unos segundos, inmóvil, y después se la sacaba despacio para que ella respirara. Marta tosía un poco, pero enseguida volvía a abrir la boca, pidiendo más.
Yo desde la cama la miraba fijo, sintiendo cómo se me ponía dura solo de ver cómo se le hinchaban los labios, cómo se le llenaban los ojos de lágrimas de placer, cómo le temblaban las tetas bajo la remerita cada vez que Cacho la embestía en la boca.
—Dale, Martita, abrí más… quiero que me la tragues entera —gruñó Cacho, y le metió hasta el fondo otra vez.
Ella se agarró de los muslos de él para no perder el equilibrio, y empezó a mover la cabeza más rápido, chupando con ruido, gimiendo como desesperada. Cacho le soltó el pelo un segundo, le agarró las tetas por encima de la remera y las apretó fuerte.
—Sacate esa remerita, quiero verte las tetas mientras te cojo la boca.
Marta se la sacó en un movimiento rápido, tirándola al piso. Las tetas le quedaron libres, los pezones duros y oscuros. Cacho se los pellizcó, tironeó un poco, y ella soltó un gemido largo con la pija todavía adentro.
Después la levantó de un brazo, la puso en cuatro sobre la alfombra, justo al lado de la cama para que yo viera todo de cerca. Le bajó el shortcito de un tirón, le separó las nalgas y le escupió directo en el ojete.
—Hoy te voy a romper el culo, Martita. Y tu marido va a mirar cómo te lo lleno de leche.
Le metió dos dedos primero, abriéndola despacio, mientras ella gemía y empujaba para atrás. Después se escupió en la mano, se lubricó la pija y empujó. Entró de una, lenta pero sin parar, hasta que quedó clavado hasta los huevos.
Marta gritó un “¡aaahhh, puto, qué grande!” y empezó a mover el culo sola, pidiéndole más. Cacho la agarró de las caderas y empezó a bombear fuerte, el plaf plaf rebotando en las paredes. Cada embestida la hacía avanzar un poco, y las tetas le bailaban para adelante y para atrás.
—Mirá, Gustavo… mirá cómo le gusta a tu mujer que la cojan por el orto. Gritá, putita, decile a tu marido cuánto te gusta mi pija.
Marta giró la cabeza, me miró con los ojos vidriosos y jadeó:
—Gustavo… mirá cómo me rompe el culo este hijo de puta… me encanta… me encanta tenerla tan adentro… ¡dale, Cacho, más fuerte!
Cacho aceleró, le dio palmadas en el culo que dejaban marcas rojas, y ella se corrió así, temblando entera, apretándolo tan fuerte que él gruñó como animal.
—No aguanto más… te voy a llenar, Martita… tomá toda la bendición…
Se clavó hasta el fondo y se vació adentro, chorros calientes que yo veía palpitar en el culo de ella. Cuando terminó, se la sacó despacio, y un hilo de leche blanca le chorreó por el ojete hasta los muslos.
Marta se quedó en cuatro, jadeando, con el culo abierto y goteando. Me miró, todavía con la sonrisa sucia.
—¿Viste bien el espectáculo, amor? ¿Te gustó ver cómo me daban la bendición?
Yo me agarré la pija por encima del pantalón, dura como piedra.
—Mucho… pero ahora vení acá, putita. La función no terminó.
Ella se arrastró hasta la cama, se subió y se sentó a horcajadas sobre mí, con el culo todavía chorreando la leche de Cacho.
Cacho se quedó mirando desde el piso, con la pija otra vez medio parada.
—¿Seguimos, Gustavo? —preguntó.
Marta se rió bajito y me besó en la boca.
—Obvio que seguimos… ¿o no, amor?
Y ahí nomás empezó la segunda ronda.
Abrí la puerta y lo hice pasar sin decir mucho. Él entró con una botella de fernet bajo el brazo, como si viniera a un asado familiar.
—Che, Gustavo, ¿todo bien? —me preguntó, pero los ojos ya se le iban para Marta, que se había asomado desde la cocina y le guiñó un ojo.
—Todo joya, Cacho. Pero hoy… hoy quiero ser solo espectador, ¿entendés? Me voy a tirar en la cama y los voy a mirar. Nada de que me meta. Solo quiero ver cómo la hacés gemir a mi mujer.
Cacho se rió bajito, se pasó la mano por la barba y miró a Marta como si ya la estuviera desnudando.
—Vos mandás, Gustavo. Pero si cambio de idea, avisame.
—No va a pasar —le dije, y me fui directo al dormitorio.
Me tiré en la cama, de espaldas contra el cabecero, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La puerta quedó entreabierta para que entrara la luz del living. Marta entró primero, descalza, moviendo las caderas adrede. Se paró frente a Cacho, que todavía estaba de pie en el umbral, y le clavó la mirada.
—Vení, Cacho. Ayer me dejaste con ganas de más —le dijo, con esa voz ronca que usa cuando está prendida fuego.
Cacho se acercó despacio, se paró justo enfrente de ella. Marta se arrodilló sin que se lo pidiera, despacito, mirándolo desde abajo con los ojos brillosos. Le bajó el cierre del jean con dos dedos, sacó la pija que ya estaba medio dura y se la agarró con las dos manos, como si fuera un tesoro.
Cacho le puso las dos manos en la cabeza, una en cada lado, agarrándole el pelo con fuerza pero sin lastimarla. La miró fijo y le dijo, con voz grave y lenta:
—Martita… prepárate que te voy a dar la bendición.
Marta soltó una risita sucia, abrió la boca y sacó la lengua. Cacho empujó despacio al principio, metiéndosela hasta la mitad. Ella cerró los labios alrededor y empezó a chupar, moviendo la cabeza adelante y atrás, mientras él le agarraba más fuerte el pelo y empezaba a marcarle el ritmo.
—Así, putita… tragala toda. Mirá qué bien la chupás, carajo. Ayer te la metí en la boca y hoy te la voy a meter hasta la garganta.
Marta gemía alrededor de la verga, con hilos de saliva empezando a chorrear por la barbilla. Cacho empujaba más profundo, cada vez más, hasta que la nariz de ella tocaba el pubis. Se quedaba ahí unos segundos, inmóvil, y después se la sacaba despacio para que ella respirara. Marta tosía un poco, pero enseguida volvía a abrir la boca, pidiendo más.
Yo desde la cama la miraba fijo, sintiendo cómo se me ponía dura solo de ver cómo se le hinchaban los labios, cómo se le llenaban los ojos de lágrimas de placer, cómo le temblaban las tetas bajo la remerita cada vez que Cacho la embestía en la boca.
—Dale, Martita, abrí más… quiero que me la tragues entera —gruñó Cacho, y le metió hasta el fondo otra vez.
Ella se agarró de los muslos de él para no perder el equilibrio, y empezó a mover la cabeza más rápido, chupando con ruido, gimiendo como desesperada. Cacho le soltó el pelo un segundo, le agarró las tetas por encima de la remera y las apretó fuerte.
—Sacate esa remerita, quiero verte las tetas mientras te cojo la boca.
Marta se la sacó en un movimiento rápido, tirándola al piso. Las tetas le quedaron libres, los pezones duros y oscuros. Cacho se los pellizcó, tironeó un poco, y ella soltó un gemido largo con la pija todavía adentro.
Después la levantó de un brazo, la puso en cuatro sobre la alfombra, justo al lado de la cama para que yo viera todo de cerca. Le bajó el shortcito de un tirón, le separó las nalgas y le escupió directo en el ojete.
—Hoy te voy a romper el culo, Martita. Y tu marido va a mirar cómo te lo lleno de leche.
Le metió dos dedos primero, abriéndola despacio, mientras ella gemía y empujaba para atrás. Después se escupió en la mano, se lubricó la pija y empujó. Entró de una, lenta pero sin parar, hasta que quedó clavado hasta los huevos.
Marta gritó un “¡aaahhh, puto, qué grande!” y empezó a mover el culo sola, pidiéndole más. Cacho la agarró de las caderas y empezó a bombear fuerte, el plaf plaf rebotando en las paredes. Cada embestida la hacía avanzar un poco, y las tetas le bailaban para adelante y para atrás.
—Mirá, Gustavo… mirá cómo le gusta a tu mujer que la cojan por el orto. Gritá, putita, decile a tu marido cuánto te gusta mi pija.
Marta giró la cabeza, me miró con los ojos vidriosos y jadeó:
—Gustavo… mirá cómo me rompe el culo este hijo de puta… me encanta… me encanta tenerla tan adentro… ¡dale, Cacho, más fuerte!
Cacho aceleró, le dio palmadas en el culo que dejaban marcas rojas, y ella se corrió así, temblando entera, apretándolo tan fuerte que él gruñó como animal.
—No aguanto más… te voy a llenar, Martita… tomá toda la bendición…
Se clavó hasta el fondo y se vació adentro, chorros calientes que yo veía palpitar en el culo de ella. Cuando terminó, se la sacó despacio, y un hilo de leche blanca le chorreó por el ojete hasta los muslos.
Marta se quedó en cuatro, jadeando, con el culo abierto y goteando. Me miró, todavía con la sonrisa sucia.
—¿Viste bien el espectáculo, amor? ¿Te gustó ver cómo me daban la bendición?
Yo me agarré la pija por encima del pantalón, dura como piedra.
—Mucho… pero ahora vení acá, putita. La función no terminó.
Ella se arrastró hasta la cama, se subió y se sentó a horcajadas sobre mí, con el culo todavía chorreando la leche de Cacho.
Cacho se quedó mirando desde el piso, con la pija otra vez medio parada.
—¿Seguimos, Gustavo? —preguntó.
Marta se rió bajito y me besó en la boca.
—Obvio que seguimos… ¿o no, amor?
Y ahí nomás empezó la segunda ronda.
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