Estoy tirada en el suelo frío de la cocina, los ojos cerrados apretados hasta sentir el dolor detrás de las párpados, mientras mi pecho sube y baja con fuerza – cada inhalación rasga mi garganta seca, cada exhalación sale en un suspiro caliente que condensa brevemente en el aire filtrado de la nave. Mi mente, que antes estaba tan nublada como la nebulosa de Orion vista sin telescopio, ahora se siente clara como el cristal de un escáner de alta precisión. Ya no siento ese impulso salvaje que me hacía moverme como una bestia ciega, que me obligaba a buscar contacto a toda costa – el fuego que consumió mi voluntad se ha transformado en un calor suave que aún late bajo mi piel: en los pezones endurecidos que pican con cada rozamiento de mi cuerpo contra el metal, en la humedad que aún brilla en mi miembro ahora flácido, pero es un calor que ya puedo dominar, que responde a mi voluntad y no al revés.
Un ligero tirón en mi cabellera me saca de ese instante de paz – sus dedos se enreden en los mechones oscuros como el espacio profundo, firme pero no doloroso al principio, como si estuviera sujetando una cuerda que amarra una nave a su plataforma. Abro los ojos despacio, y la luz cálida de la cocina me ciega por un instante antes de enfocarme en él: Nomad está sobre mí, su cuerpo desnudo apenas a unos centímetros del mío, sus hombros anchos y su abdomen marcado destellando con sudor bajo las luces LED. Sus manos fuertes sostienen mi cabeza como si fuera un ancla que evita que me arrastre hacia algún lugar desconocido. Pero cuando mi mirada se encuentra con la suya, mi corazón da un salto tan fuerte que hace temblar mis costillas: en sus ojos oscuros, que siempre han sido tan serenos y calmados como un planeta sin atmósfera, ahora brilla una lujuria desenfrenada, un fuego azul intenso que parece haberse acumulado durante años en las profundidades de su ser y ahora está a punto de estallar contra mí. Antes de que pueda articular una sola palabra, aprieta su mano en mi cabellera con más fuerza, tirándome hacia arriba para que me siente – el movimiento es rápido, preciso, y el tirón en las raíces me hace soltar un grito gutural que se pierde en el aire cálido y cargado de aromas de salsa y carne sintética de la cocina.
“Nomad… ¿Qué te pasa?” murmuro, pero mis palabras se atascan en la garganta como polvo estelar en un filtro de oxígeno cuando veo su rostro – es la primera vez en todos estos años que no encuentro su expresión característica de compostura. Sus cejas están fruncidas hasta formar una línea profunda entre ellas, sus labios gruesos y entreabiertos, y su respiración jadea sobre mi cara caliente, cargada de un deseo desesperado que nunca imaginé en él.
“No aguanto más, Fiona”, dice, su voz profunda y ronca, rasposa como si hubiera estado respirando en un planeta con atmósfera densa, nada que ver con su tono habitual tranquilo y meditado. “He resistido el efecto del cristal verde todo el tiempo que he podido… lo he contenido como contenemos una falla en el reactor, pero ya no puedo. No resisto más tiempo… y ahora quiero correrme. Quiero hacerlo en tu boca. Solo en tu boca.”
Aún no logro asimilar las palabras que acaba de decirme, mi mente sigue tratando de procesar cómo todo ha cambiado en cuestión de segundos – el hombre que me enseñó a mantener la calma en medio de tormentas de meteoritos ahora está a punto de desbordarse – cuando de repente siento un golpe seco y caliente en mi mejilla derecha. La bofetada es rápida y contundente, hace que mi rostro gire violentamente hacia un lado, y un grito se escapa de mi boca antes de que pueda contenerme, mezclándose con el crujido de una cacerola que se mueve ligeramente sobre la encimera. Nomad sostiene mi cabeza firme con su mano izquierda, sus dedos apretados contra mi sien como un dispositivo de sujeción, mientras su derecha vuelve a caer sobre mi otra mejilla – luego sobre la derecha de nuevo, y así sucesivamente, golpeando ambas mejillas en secuencia rítmica, desesperada e intensa. Cada bofetada hace que mis ojos se llenen de lágrimas que descienden por mis mejillas ardientes, mezcladas con gemidos que brotan de lo más profundo de mi ser. Mi piel arde como si hubiera estado expuesta a la radiación de una estrella joven, brillante y voraz, pero en medio del dolor y la sorpresa, siento cómo un nuevo estallido de excitación comienza a moverse bajo mi piel, calentando mis entrañas y haciendo que mi miembro comience a tensarse de nuevo.
Trato de adaptar mi mente a lo que está sucediendo, de encontrar un hilo de sentido en esta nueva faceta de Nomad que nunca imaginé ver – el hombre de las reglas y la precisión ahora dominado por una pasión primitiva – cuando la secuencia de bofetadas se detiene de golpe. Su mano derecha se queda suspendida en el aire por un instante antes de deslizarse suavemente sobre mi mejilla derecha, acariciándola con los nudillos como si quisiera calmar el ardor que él mismo provocó. Y antes de que pueda respirar hondo o preguntarle qué sucede, siento cómo algo caliente y duro invade mi boca abierta – la erección de Nomad se cuela entre mis labios con una rapidez que me deja sin aliento, llenando mi boca con su presencia, su olor a sudor y metal caliente invadiendo mis sentidos.
“¿Ves cómo se adapta tu boca a mi miembro, tonta traviesa?” murmura con un tono sarcástico y lacivo que me hace estremecer desde la cabeza hasta los pies. “Después de meterte donde no te llamaban, después de desobedecer mi única regla, ahora te toca aceptar la responsabilidad de tus actos… a ver si sabes usar bien esa boca tan traviesa que tanto sabe hablar de rutas y estrategias.”
Sus palabras recorren mi cuerpo como una descarga eléctrica por los cables de la nave, haciendo que mis músculos se tensen y mi respiración se acelere. Y sin darme cuenta, empiezo a mover mi cabeza al compás de sus movimientos, inclinándome hacia adelante y hacia atrás con la misma coordinación que uso para operar los controles de navegación. Apretó mis labios suavemente contra su piel caliente y tersa, sintiendo la textura de sus venas azules que se destacan como ríos de energía bajo la superficie mientras mi lengua se desliza por toda su longitud, desde la base hasta la punta sensible. No estoy segura de si lo estoy haciendo bien – nunca he hecho algo así antes, nunca he tenido esta cercanía con él – pero el sonido gutural que escapa de su garganta, un gemido profundo y cargado de placer, me hace saber que funciona, que estoy haciendo las cosas bien, que estoy dándole lo que necesita.
Nomad sigue moviéndose, sus caderas trabajando con un ritmo que es a la vez salvaje y controlado, mostrándome una parte de sí mismo que nunca imaginé existir – exigente pero atento a mis reacciones, lleno de una pasión cruda y verdadera que hace que mi propio cuerpo responda con fuerza, que mi miembro se endurezca de nuevo y mi piel se erice de placer. “No te dejaré ir hasta que haya expulsado la última gota de semen en tu garganta”, dice entre jadeos, y sus manos se colocan a ambos lados de mi cabeza, sujetándome con fuerza pero sin hacer daño, mientras su ritmo se vuelve más rápido, más furioso y desesperado, buscando su orgasmo con la misma determinación que usa para encontrar un camino a través de campos de asteroides. Sus caderas chocan contra mi rostro con cada movimiento, ahora él mueve mi cabeza a su antojo, un mete y saca profundo que hace que mis ojos se cierren por completo, perdida en el placer y la intensidad del momento. Siento cómo sus bolas se chocan contra mi barbilla con cada empuje, cada vez con más fuerza, mientras su respiración se hace más agitada e irregular, sus jadeos llenando el pequeño espacio de la cocina.
De repente, Nomad arquea su espalda hasta que su torso está casi perpendicular al suelo, pegando furiosamente mi cabeza a su entrepierna con una fuerza que me hace sentir su calor en toda mi cara, y da un gran grito que parece descargar toda la energía reprimida de su cuerpo – un sonido profundo y potente que hace temblar mis tímpanos y hace que el metal del suelo vibre bajo mí. En ese instante, siento cómo su semen caliente e espeso invade mi boca y mi garganta, una oleada constante y poderosa que no me deja más remedio que tragar rápidamente para no atragantarme, sintiendo cómo llena cada rincón de mi boca con su sabor salado y masculino. Nomad sostiene mi cabeza contra su entrepierna con una fuerza casi desmedida, sus dedos apretados en mi cabellera como si temiera perder el contacto, impidiéndome moverme hasta que haya vaciado todo lo que llevaba dentro, hasta que su cuerpo deje de contraerse con cada oleada de placer.
Después de unos segundos interminables que se sienten como horas estelares, su agarre empieza a perder fuerza, sus dedos se relajan poco a poco en mi cabellera, y finalmente me suelta. Nomad saca su pene de mi boca con un sonido húmedo y pierde el equilibrio, cayendo de lado al suelo con la respiración agitada y jadeante, su pecho subiendo y bajando con cada respiración profunda que toma. Su cuerpo está cubierto de sudor, que brilla como rocío en un planeta selvático bajo las luces de la cocina, y se deja caer sobre el metal frío como si toda su fuerza se hubiera ido con su corrida, como si el reactor de su cuerpo se hubiera apagado momentáneamente.
Yo me quedo ahí un instante, sentada en el suelo, viéndolo mientras parte de su semen se escurre por mi boca hasta mi barbilla, formando hilos viscosos que brillan bajo la luz. Un deseo fuerte y súbito me recorre – quiero besarlo, sentir sus labios contra los míos, mezclar nuestro sabor con el de él, que él sienta su propio sabor en mi boca para que sepa que lo he aceptado por completo. Me muevo hasta donde está con movimientos lentos y cuidadosos, apoyando mi cuerpo sobre el suyo con suavidad, presionando mis senos contra sus pectorales firmes, sintiendo cómo su calor se transmite a mí cuerpo. Mis manos se colocan a ambos lados de su cabeza, mis dedos acariciando su cabello corto y húmedo, y lentamente, llevo mis labios con semen a los suyos, uniéndolos en un beso lento y profundo que hace que ambos tiemblemos de placer.
Lo besé. Un beso lento, sucio y real. Por primera vez, el sabor no era de metal o aceite de nave. Era sabor a nosotros.
Sus labios se abren bajo los míos, permitiendo que mi lengua entre y mezcle nuestros sabores, mientras sus manos se colocan suavemente en mi espalda, sujetándome como si fuera el tesoro más preciado que ha encontrado en todo el universo.
Empiezo a mover la lengua lentamente, explorando cada 1
Mis labios siguen pegados a los suyos, y mi lengua se mueve con una voracidad que no conocía en mí misma, entrelazándose con la suya, mezclando el sabor salado de su semen que aún queda en mi boca con nuestra saliva caliente. Es un cóctel que me hace sentir mareada, como si hubiera inhalado el humo de alguna nebulosa prohibida – cada roce, cada movimiento, me hace sentir más conectada a él que nunca.
Siento cómo sus manos se mueven: una se posa en mi trasero, los dedos firmes y cálidos que se hunden en la carne de mis nalgas, estrujándolas con una fuerza que hace que mi cuerpo tiemble de placer. La otra se aclaustró en mi cintura, presionándome contra él con tanta firmeza que siento cómo nuestros cuerpos se funden en uno solo, el calor de su piel quemando la mía. El beso se hace cada vez más intenso, más profundo – restos de esa mezcla viscosa se deslizan por nuestras comisuras, cayendo lentamente sobre su mandíbula, brillando bajo la luz cálida de la cocina.
¿Cómo es posible que algo que nunca imaginara se sienta tan natural? Me pregunto entre gemidos ahogados en su boca. Mi pecho late con tanta fuerza que siento que va a salir de mi pecho, y el aire se me acaba cada vez más rápido. Finalmente, no puedo más – me separo un centímetro de sus labios, abro la boca para tomar un suspiro profundo, mis pulmones clamando por oxígeno. Pero antes de que el aire pueda llenarlos completamente, siento cómo su mano se coloca sobre mi cabeza, presionándome suavemente pero con determinación hacia él, obligándome a volver a unirme a sus labios.
La falta de aire se mezcla con el placer en una nueva sensación que me ahoga y me eleva al mismo tiempo. Mis ojos se cierran de golpe, y toda mi mente se concentra solo en él – en su tacto, en su sabor, en la forma en que su cuerpo se ajusta al mío como si fueramos piezas de un rompecabezas que solo ahora encuentran su lugar.
2
Después de lo que parece una eternidad, Nomad suelta mi cabeza lentamente. Su mano vuelve a reposar en mi cintura, y yo tomo una bocanada de aire que rasga mi garganta seca, pero que me hace volver a la realidad un poco más.
“Parece que ya te has recuperado”, dice con un tono divertido y sarcástico que nunca imaginé escuchar en esta situación, sus ojos oscuros brillando con una luz nueva. “Tu pene recuperó sus fuerzas”.
Es entonces cuando me doy cuenta – mi miembro está completamente erecto de nuevo, y he estado moviéndolo contra su muslo izquierdo sin darme cuenta, buscando ese roce cálido que me hace sentir viva. Mi rostro se calienta hasta quemar, y mi respiración sale entre jadeos: “No… no me di cuenta… solo… solo quería sentirte cerca”.
Nomad sonríe, una sonrisa ligeramente torcida que hace que mi vientre se contraiga. Agarra la espalda de mi cuerpo con firmeza, y en un movimiento rápido y preciso que recuerda a sus maniobras en la nave, gira sobre nosotros. Me dejo caer sobre el suelo frío de metal, boca arriba, mientras él se acomoda al costado de mí cuerpo, su presencia caliente a mi lado.
“Entonces”, pregunta, pasando una mano por mi abdomen hasta llegar a mi miembro, sus dedos empezando a masajearlo con suavidad pero con una presión que hace que un gemido se escape de mi boca, “¿este es el premio por tu buena conducta… o el castigo por meterte donde no te llamaban?”
Sus dedos trabajan con la misma precisión que usa para desarmar sistemas – rozan la punta sensible, luego se mueven hacia abajo por toda la longitud, presionando suavemente los lados. Mi cuerpo se arquea hacia él de instinto, mis muslos tiemblan y siento cómo el líquido preseminal empieza a brotar de la punta. “Castigo… premio… no importa”, respondo entre jadeos, agarrándome de su brazo con las manos temblorosas. “Solo… solo quiero que sigas… que no te detengas”.
Nomad ríe suavemente, un sonido bajo que hace vibrar el aire entre nosotros. “¿Tan ansiosa estás, eh? Después de todo lo que hiciste… robarte al cargamento, intentar hacer cosas sin pensar… parece que necesitas que te recuerden quién está a cargo aquí”, dice, sus dedos aumentando ligeramente la intensidad de sus movimientos, encontrando un punto sensible que hace que mis ojos se llenen de lágrimas de placer.
“Sí… sí… lo sé”, grito entre jadeos, mi espalda se arquea más, sintiendo cómo la tensión se acumula en mi interior como una carga de energía lista para explotar. “Pero tú también… tú también no pudiste resistirlo… lo sé”.
Sus ojos se clavan en los míos, y en ellos veo una mezcla de ternura y pasión que me hace temblar. “Tienes razón”, admite, sus dedos moviéndose ahora con un ritmo más rápido, más intenso. “No pude resistirme. Nunca pude resistirme a ti, Fiona”.
Cada toque, cada palabra, envía ráfagas de calor por todo mi cuerpo. Mis pezones se endurecen hasta hacer daño, mis nalgas se contraen sin que yo pueda controlarlo, y siento cómo el placer se propaga desde mi centro hasta cada extremidad, haciendo que vea estrellas detrás de mis párpados. Mi mente está completamente vacía de todo excepto de él – de sus manos, de su voz, de la forma en que me hace sentir más viva que nunca.
De repente sus dedos se detienen. Justo en el punto donde la tensión estaba a punto de explotar, donde cada fibra de mi cuerpo rugía por más. Mi mirada se clava en la suya, los ojos abiertos de par en par, la boca entreabierta en una súplica que no puedo contener.
“Nomad, por favor… no te detengas ahora, por Dios”, digo entre jadeos, moviendo mi cadera buscando su tacto de nuevo. “Estaba tan cerca…”
Él sonríe con esa mueca sarcástica que ahora me vuelve loca, llevando la mano que acababa de tocarme a mis labios, presionándola suavemente pero con fuerza suficiente para que no pueda rechazarla.
“Ese es tu castigo, traviesa”, dice con tono juguetón, mientras siento el sabor viscoso y salado de mi propio pre-semen en mi lengua. Me obliga a limpiar cada rincón de sus dedos, y aunque mi mente grita por más placer, cada lamida me hace sentir más caliente, más entregada a él.
Maldito, sabe exactamente cómo hacerme sentir así, pienso, mientras mi cuerpo tiembla bajo él. Luego se mueve, deslizando su entrepierna sobre mi panza – siento su erección dura como el metal de la nave, presionándose contra mi piel caliente. Sus manos se colocan en mis senos, cubriéndolos completamente, y el contacto hace que un estremecimiento recorra todo mi ser.
“Joder, Fiona… ¿cómo hacen para estar tan suaves?” pregunta, su voz un poco más grave, con una nota de asombro que nunca escuché en él antes. Sus dedos exploran la superficie, presionando suavemente, como si no pudiera creer lo que siente.
“Son… son reales”, respondo, mi respiración aún agitada. “Hace unos cuatro años, en una estación científica del sector Epsilon-2, me sometí a un procedimiento con células madre estelares. Tomaron tejido de mi propio cuerpo y lo modificaron para que generara tejido mamario natural – sin implantes, sin nada artificial. Solo inyectaron un compuesto que estimuló la producción de grasas y glándulas como si fuera un desarrollo hormonal acelerado, adaptado a las condiciones de gravedad cero. Duró tres meses de tratamientos, pero valió la pena”.
Nomad no dice nada, pero sus manos comienzan a jugar con ellos – pellizca suavemente los pezones, que se endurecen como cristales en su tacto, y luego los estruja con una fuerza que mezcla placer y un cosquilleo ligero. Mi cuerpo se arquea hacia él, un gemido profundo saliendo de mi garganta. Después, desliza su erección entre mis senos, ajustándola con cuidado, y pone sus manos a cada lado de mis hombros para sostenerse.
“Entonces a ver si esos senos tan suaves saben hacer bien su trabajo”, murmura, y empieza a mover sus caderas. Siento cómo su piel caliente se frota contra mis pechos, cómo su erección palpite con cada movimiento, rozando la zona sensible entre ellos. Mis manos se colocan instintivamente en sus muslos, ayudándolo a mantener el ritmo, mientras cada empuje hace que mi mente se nube y mi propio miembro se tensé de nuevo. La suavidad de mis senos contra su dureza crea una sensación tan intensa que me hace cerrar los ojos y perder la noción del tiempo.
3
Esto es demasiado… cada movimiento de sus caderas contra mis pechos envía corrientes eléctricas por todo mi cuerpo, pienso, mientras Nomad acelera el ritmo, moviéndose bruscamente, buscando su propio placer con una determinación que me hace temblar. Siento su erección palpitante entre mis senos, caliente y dura, y escucho sus gemidos entrecortados, su respiración jadeante sobre mi rostro.
Se detiene un instante, su cuerpo tenso como un cable listo para romperse, y luego siento cómo un hilo de pre-semen se desliza por mi piel antes de que se levante y se acomode entre mis piernas. Su entrepierna se junta a la mía, nuestras erecciones chocan y se rozan, y sus manos las juntan con firmeza.
La fricción es inmediata y brutalmente placentera – siento cómo nuestros miembros se deslizan el uno contra el otro, nuestras bolas chocando suavemente, creando un calor que se propaga desde mi centro hasta mis dedos de los pies. Mi piel se eriza, mis músculos se tensan hasta el límite, y cada roce hace que mi mente se vacíe de todo excepto de esa sensación. Estoy a punto de explotar, pienso, justo cuando siento cómo su mano aprieta un poco más, cómo sus movimientos se vuelven más rápidos, más desesperados.
Luego llega el clímax – una oleada de placer tan intensa que hace que vea estrellas blancas detrás de mis párpados. Siento cómo mi semen se mezcla con el de él, caliente y espeso, cubriendo nuestros cuerpos. Nomad apunta nuestras erecciones hacia mi abdomen, dejando una mancha húmeda y cálida que hace que mi cuerpo tiemble con cada contracción. Después, su peso cae sobre mí por un instante antes de rodar a mi lado, pegándose a mí cuerpo como si temiera separarse.
Pasaron varios minutos en los que ninguno dijo nada. Solo respiraciones acompasadas, el zumbido lejano de los ventiladores de reciclaje de aire y el latido compartido que parecía resonar en el metal del suelo. El semen se enfriaba lentamente sobre mi abdomen y el suyo, pegajoso, real, innegable. Nomad fue el primero en moverse. Se incorporó apoyándose en un codo, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente sudorosa, y me miró con esa intensidad tranquila que siempre había tenido… pero ahora teñida de algo nuevo, más crudo, más intenso.
“¿Cómo te encuentras?” preguntó en voz baja, casi como si temiera haberse pasado en ese momento de excitación extrema. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en las marcas rosadas de mis mejillas, y noté un destello de arrepentimiento en su mirada.
Asentí despacio, sintiendo cómo mis mejillas aún ardían por las bofetadas, por el llanto de placer, por todo. “Más aquí que nunca”, respondí, y era verdad. Pero en mi mente, un torbellino de pensamientos se agitaba: ¿cómo habíamos llegado a esto? ¿Era solo el cristal, o algo que siempre había estado latente entre nosotros? No, no quería culpar al cristal por completo; esto era nuestro, crudo y real.
Extendió la mano y, con el pulgar, recogió un hilo de semen que había llegado hasta la curva de mi clavícula. Lo llevó a sus propios labios, lo probó con calma deliberada, sin apartar la mirada de la mía. El gesto fue tan inesperado, tan íntimo, que un escalofrío me recorrió la columna. Se movió su lengua por los labios, cerrándolos con satisfacción antes de hablar.
“Sabe a ti”, murmuró, su voz cargada de una ternura que contrastaba con la crudeza del momento. “A nada más que a ti. Como si llevaras tu esencia impresa en cada partícula.”
Esa frase fue el último disparador que necesité. Mi naturaleza extrovertida y agresiva saltó a la superficie de golpe; no pude contenerme ni un segundo más. Me lancé sobre él con la valentía que siempre caracterizó mis actitudes, mis labios chocando contra los suyos con fuerza brutal mientras mi risa juguetona se perdía en el beso. Mis dientes rozaron su labio inferior, mordiéndolo ligeramente mientras mi lengua invadía su boca, reclamando el sabor que él acababa de describir como mío. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando con urgencia, y sentí cómo mi cuerpo se presionaba contra el suyo con toda la cariñosa intensidad que siempre tenía para él, buscando más fricción, más control.
“¿Ves lo que me haces cuando me hablas así?”, murmuré contra su boca entre besos voraces, mi aliento entrecortado y mi tono coqueto como siempre. “No puedes decirme que soy el sabor que buscas y esperar que me quede quieta.”
Nomad respondió al beso con la misma intensidad, sus manos subiendo por mi espalda para sujetarme con firmeza, pero luego se separó un poco, jadeando. “Fiona… detente un segundo”, dijo, su voz ronca pero controlada. “Lamento mi agresividad de hace un momento. No quería hacerte daño.”
Yo lo miré fijamente, mi pecho aún agitado por el beso, con esa sonrisa juguetona que él conocía tan bien. “Yo tampoco quería hacerte daño”, respondí, tocando el hematoma en su sien con un dedo suave antes de acariciarle la mejilla con cariño. “Pero admitámoslo, Nomad: nos gustó. Y si volvemos a cruzar esa línea, al menos hagámoslo porque queremos, no porque algo nos empuje. Eso sí que es vivir de verdad.”
Él asintió, una sonrisa torcida apareciendo en sus labios. “Tienes razón. Somos mejores cuando controlamos el caos nosotros mismos.”
Me ayudó a levantarme. Mis piernas seguían temblorosas; las suyas tampoco estaban mucho mejor. Nos apoyamos el uno en el otro mientras caminábamos por el pasillo estrecho, descalzos, desnudos, dejando huellas húmedas en el suelo pulido. Nadie nos vio —la nave era solo nuestra—, pero de alguna forma sentí que el universo entero nos estaba mirando y, por primera vez, no me importaba. Mi espíritu sociable y alegre se sintió más vivo que nunca, pensando en cómo su cuerpo se sentía contra el mío, sólido y cálido, y en cómo esa vulnerabilidad post-sexo nos hacía sentir más unidos que nunca. “¿Crees que esto cambie algo en nuestras misiones?”, pregunté en voz baja, mientras doblábamos la esquina hacia el baño, con la misma franqueza que siempre caracterizó mis preguntas.
“Cambiará todo”, respondió él, su mano apretando ligeramente mi cadera. “Pero para mejor. Siempre hemos sido un equipo invencible; ahora lo seremos en todos los sentidos.”
Llegamos al baño. Nomad abrió el grifo de la bañera con un movimiento automático; el agua empezó a caer con ese sonido grueso y reconfortante que siempre me había calmado después de una misión. Mientras la bañera se llenaba, él se colocó detrás de mí frente al espejo empañado. Nuestros reflejos se veían borrosos, pero aun así pude distinguir las marcas rosadas en mis mejillas, el leve hematoma que empezaba a formarse en su sien izquierda (cortesía de mi empujón contra la encimera), el desastre de cabello de ambos.
Apoyó la barbilla en mi hombro, sus manos descansando suavemente en mis caderas. “Después vamos a meter ese maldito cristal en un contenedor de plomo reforzado con campos de contención psi”, dijo con voz serena, casi burocrática. “Y luego lo entregamos tal cual nos lo dieron. Sin abrirlo. Sin tocarlo. Sin volver a mirarlo. La entrega es en dos horas, así que no hay tiempo que perder.”
“De acuerdo”, contesté. Hice una pausa, recordando el vacío en mi mente después de abrir el contenedor. “Pero lo que sea que me hizo a mí… dejó una energía que te invadió a ti también, ¿verdad? Como si hubiera transferido algo cuando yo… cuando intenté forzar las cosas.”
Nomad suspiró, su aliento cálido contra mi oreja. “Sí, fue como una onda residual. Me golpeó fuerte, más de lo que me gustaría admitir. La influencia del cristal es aterradora, verte así, fuera de ti misma, y cuando te abalanzaste sobre mí… admito que me preocupé, Fiona. No quería hacerte daño.”
Giré la cabeza lo justo para rozar su mejilla con la mía, con todo el cariño que sentía por él. “Yo tampoco quería hacerte daño”, susurré, sintiendo un nudo en la garganta al recordar el momento de su grito en la cocina. “Pero ahora estamos aquí, enteros. ¿Verdad?”
“Enteros y más fuertes”, murmuró él, besando ligeramente mi cuello. “Aunque admito que verte así, vulnerable pero feroz, me hace querer protegerte… y poseerte al mismo tiempo.”
El vapor ya empezaba a llenar el pequeño espacio. Nomad estiró el brazo y reguló la temperatura del agua hasta dejarla fría —para apagar el fuego que hervía en el interior de nuestros cuerpos—. Me ayudó a entrar primero; el frío me arrancó un suspiro largo, casi animal. Luego entró él, sentándose detrás de mí. Sus piernas se colocaron a ambos lados de las mías, su pecho pegado a mi espalda, sus brazos rodeándome por debajo del agua. Sentí su calor contrastando con el frío del agua, y un pensamiento travieso cruzó mi mente: ¿y si prolongamos esto un poco más, a pesar de la entrega inminente?
Por un rato solo nos quedamos así: piel contra piel, respirando al mismo ritmo, dejando que el agua disolviera el sudor, el semen seco, la tensión residual. “Esto se siente bien”, dije en voz baja, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro, con mi tono alegre y relajado. “Demasiado bien para ser solo un descanso rápido.”
“Demasiado bien para ignorarlo”, respondió él, sus dedos trazando círculos suaves en mi abdomen. “Pero tenemos que movernos pronto. El cliente no esperará.”
“¿Sabes qué es lo más extraño?” dijo al cabo de un rato, su voz reverberando contra mi espalda. “Que después de tres años calculando cada salto hiperespacial, cada consumo de combustible, cada probabilidad de interceptación… resulta que lo que menos pude predecir fue nuestro primer encuentro así. ¿Cómo no lo vi venir?”
Solté una risa suave, el sonido rebotando en las paredes húmedas. “Porque eres un genio en mapas estelares, pero un desastre en leer señales humanas. O quizás yo también lo escondí bien. ¿Te imaginas si hubiera pasado antes? ¿En medio de una persecución?”
“Hubiéramos chocado contra un asteroide”, bromeó él, su risa baja vibrando contra mi piel. “O peor: el cliente nos habría cancelado el contrato por 'retrasos inexplicables'.”
Sus labios rozaron la piel detrás de mi oreja. “Si el caos se parece a ti… creo que podré acostumbrarme. Pero dime, Fiona: ¿esto es solo el comienzo, o un desliz que repetiremos?”
Metí la mano bajo el agua, encontré su mano y entrelacé mis dedos con los suyos. “El comienzo”, respondí con convicción y la valentía que siempre me caracterizó. No hizo falta decir nada más por un momento, pero entonces recordé la chica en Zorath, y una idea traviesa se coló en mi mente, con ese toque coqueto que me gustaba usar con él.
“Oye, después de entregar el encargo”, dije con una sonrisa juguetona que él no podía ver pero seguramente sentía en mi voz, “quiero que me acompañes a disfrutar de una zorra que tengo en la mira. Esa rubia de ojos azules en el bar del enclave comercial. Quiero disfrutar de ella contigo, Nomad. Ver cómo se mueve, cómo responde… y que tú y yo la hagamos nuestra hasta quedar satisfechos. ¿Qué dices? ¿Te animas a un trío para celebrar?”
Nomad se quedó quieto un segundo, y luego sentí su pecho vibrar con una risa baja, ronca. “Te acompañaré, Fiona”, dijo, llevando sus brazos y manos entrelazadas con las mías a mi abdomen. “Pero no me interesa esa puta. La única puta que quiero tocar eres tú. Mientras tú te diviertes con ella, yo experimentaré tu interior. Te tendré a ti toda para mí, justo como ahora.”
Mis mejillas se calentaron bajo el vapor, y un escalofrío de anticipación me recorrió la espalda. “¿Sabes? Todavía soy virgen de ahí atrás”, murmuré, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba al decirlo en voz alta, con la franqueza que siempre tuve. “Nunca he dejado que nadie entre, ni mujeres… pero tú tienes un pase premium.”
Noté cómo su cuerpo se tensaba contra el mío, su respiración haciéndose más profunda, más excitada. Sus manos apretaron suavemente mi abdomen bajo el torrente de agua, y sentí el roce sutil de su miembro endureciéndose contra mi espalda. “¿En serio?”, preguntó, su voz ahora ronca, cargada de un deseo crudo que me hizo temblar. “Eso… eso me emociona más de lo que imaginas. Pero si me dices cosas así, podría violarte aquí mismo.”
Solté una risa divertida, girándome un poco para mirarlo de reojo con mi estilo coqueto y alegre. “Si me harás eso, al menos lleva lubricante”, respondí con tono juguetón, sintiendo un calor renovado en mi interior. “No querrás que nuestra primera vez de ese tipo sea un desastre, ¿verdad? Somos un equipo, ¿recuerdas? Planeémoslo bien.”
Él rió de nuevo, besando mi hombro. “Planeado o no, contigo siempre termina en caos. Pero sí, lubricante anotado. Y ahora, salgamos de aquí antes de que perdamos el tiempo que nos queda para sellar ese cristal.”
El cristal verde seguía en el compartimento de carga, sellado, silencioso, esperando a ser entregado en apenas dos horas. Teníamos que movernos rápido, preparar todo para la entrega sin contratiempos. Pero aquí dentro, en esta bañera estrecha de una nave que había cruzado medio sector, nos permitimos unos minutos más de intimidad robada, sabiendo que el peligro y el placer nos esperaban justo después de la entrega. Solo queríamos estirar este momento un poco más… antes de volver al vacío del espacio, donde todo volvería a ser impredecible.
Un ligero tirón en mi cabellera me saca de ese instante de paz – sus dedos se enreden en los mechones oscuros como el espacio profundo, firme pero no doloroso al principio, como si estuviera sujetando una cuerda que amarra una nave a su plataforma. Abro los ojos despacio, y la luz cálida de la cocina me ciega por un instante antes de enfocarme en él: Nomad está sobre mí, su cuerpo desnudo apenas a unos centímetros del mío, sus hombros anchos y su abdomen marcado destellando con sudor bajo las luces LED. Sus manos fuertes sostienen mi cabeza como si fuera un ancla que evita que me arrastre hacia algún lugar desconocido. Pero cuando mi mirada se encuentra con la suya, mi corazón da un salto tan fuerte que hace temblar mis costillas: en sus ojos oscuros, que siempre han sido tan serenos y calmados como un planeta sin atmósfera, ahora brilla una lujuria desenfrenada, un fuego azul intenso que parece haberse acumulado durante años en las profundidades de su ser y ahora está a punto de estallar contra mí. Antes de que pueda articular una sola palabra, aprieta su mano en mi cabellera con más fuerza, tirándome hacia arriba para que me siente – el movimiento es rápido, preciso, y el tirón en las raíces me hace soltar un grito gutural que se pierde en el aire cálido y cargado de aromas de salsa y carne sintética de la cocina.
“Nomad… ¿Qué te pasa?” murmuro, pero mis palabras se atascan en la garganta como polvo estelar en un filtro de oxígeno cuando veo su rostro – es la primera vez en todos estos años que no encuentro su expresión característica de compostura. Sus cejas están fruncidas hasta formar una línea profunda entre ellas, sus labios gruesos y entreabiertos, y su respiración jadea sobre mi cara caliente, cargada de un deseo desesperado que nunca imaginé en él.
“No aguanto más, Fiona”, dice, su voz profunda y ronca, rasposa como si hubiera estado respirando en un planeta con atmósfera densa, nada que ver con su tono habitual tranquilo y meditado. “He resistido el efecto del cristal verde todo el tiempo que he podido… lo he contenido como contenemos una falla en el reactor, pero ya no puedo. No resisto más tiempo… y ahora quiero correrme. Quiero hacerlo en tu boca. Solo en tu boca.”
Aún no logro asimilar las palabras que acaba de decirme, mi mente sigue tratando de procesar cómo todo ha cambiado en cuestión de segundos – el hombre que me enseñó a mantener la calma en medio de tormentas de meteoritos ahora está a punto de desbordarse – cuando de repente siento un golpe seco y caliente en mi mejilla derecha. La bofetada es rápida y contundente, hace que mi rostro gire violentamente hacia un lado, y un grito se escapa de mi boca antes de que pueda contenerme, mezclándose con el crujido de una cacerola que se mueve ligeramente sobre la encimera. Nomad sostiene mi cabeza firme con su mano izquierda, sus dedos apretados contra mi sien como un dispositivo de sujeción, mientras su derecha vuelve a caer sobre mi otra mejilla – luego sobre la derecha de nuevo, y así sucesivamente, golpeando ambas mejillas en secuencia rítmica, desesperada e intensa. Cada bofetada hace que mis ojos se llenen de lágrimas que descienden por mis mejillas ardientes, mezcladas con gemidos que brotan de lo más profundo de mi ser. Mi piel arde como si hubiera estado expuesta a la radiación de una estrella joven, brillante y voraz, pero en medio del dolor y la sorpresa, siento cómo un nuevo estallido de excitación comienza a moverse bajo mi piel, calentando mis entrañas y haciendo que mi miembro comience a tensarse de nuevo.
Trato de adaptar mi mente a lo que está sucediendo, de encontrar un hilo de sentido en esta nueva faceta de Nomad que nunca imaginé ver – el hombre de las reglas y la precisión ahora dominado por una pasión primitiva – cuando la secuencia de bofetadas se detiene de golpe. Su mano derecha se queda suspendida en el aire por un instante antes de deslizarse suavemente sobre mi mejilla derecha, acariciándola con los nudillos como si quisiera calmar el ardor que él mismo provocó. Y antes de que pueda respirar hondo o preguntarle qué sucede, siento cómo algo caliente y duro invade mi boca abierta – la erección de Nomad se cuela entre mis labios con una rapidez que me deja sin aliento, llenando mi boca con su presencia, su olor a sudor y metal caliente invadiendo mis sentidos.
“¿Ves cómo se adapta tu boca a mi miembro, tonta traviesa?” murmura con un tono sarcástico y lacivo que me hace estremecer desde la cabeza hasta los pies. “Después de meterte donde no te llamaban, después de desobedecer mi única regla, ahora te toca aceptar la responsabilidad de tus actos… a ver si sabes usar bien esa boca tan traviesa que tanto sabe hablar de rutas y estrategias.”
Sus palabras recorren mi cuerpo como una descarga eléctrica por los cables de la nave, haciendo que mis músculos se tensen y mi respiración se acelere. Y sin darme cuenta, empiezo a mover mi cabeza al compás de sus movimientos, inclinándome hacia adelante y hacia atrás con la misma coordinación que uso para operar los controles de navegación. Apretó mis labios suavemente contra su piel caliente y tersa, sintiendo la textura de sus venas azules que se destacan como ríos de energía bajo la superficie mientras mi lengua se desliza por toda su longitud, desde la base hasta la punta sensible. No estoy segura de si lo estoy haciendo bien – nunca he hecho algo así antes, nunca he tenido esta cercanía con él – pero el sonido gutural que escapa de su garganta, un gemido profundo y cargado de placer, me hace saber que funciona, que estoy haciendo las cosas bien, que estoy dándole lo que necesita.
Nomad sigue moviéndose, sus caderas trabajando con un ritmo que es a la vez salvaje y controlado, mostrándome una parte de sí mismo que nunca imaginé existir – exigente pero atento a mis reacciones, lleno de una pasión cruda y verdadera que hace que mi propio cuerpo responda con fuerza, que mi miembro se endurezca de nuevo y mi piel se erice de placer. “No te dejaré ir hasta que haya expulsado la última gota de semen en tu garganta”, dice entre jadeos, y sus manos se colocan a ambos lados de mi cabeza, sujetándome con fuerza pero sin hacer daño, mientras su ritmo se vuelve más rápido, más furioso y desesperado, buscando su orgasmo con la misma determinación que usa para encontrar un camino a través de campos de asteroides. Sus caderas chocan contra mi rostro con cada movimiento, ahora él mueve mi cabeza a su antojo, un mete y saca profundo que hace que mis ojos se cierren por completo, perdida en el placer y la intensidad del momento. Siento cómo sus bolas se chocan contra mi barbilla con cada empuje, cada vez con más fuerza, mientras su respiración se hace más agitada e irregular, sus jadeos llenando el pequeño espacio de la cocina.
De repente, Nomad arquea su espalda hasta que su torso está casi perpendicular al suelo, pegando furiosamente mi cabeza a su entrepierna con una fuerza que me hace sentir su calor en toda mi cara, y da un gran grito que parece descargar toda la energía reprimida de su cuerpo – un sonido profundo y potente que hace temblar mis tímpanos y hace que el metal del suelo vibre bajo mí. En ese instante, siento cómo su semen caliente e espeso invade mi boca y mi garganta, una oleada constante y poderosa que no me deja más remedio que tragar rápidamente para no atragantarme, sintiendo cómo llena cada rincón de mi boca con su sabor salado y masculino. Nomad sostiene mi cabeza contra su entrepierna con una fuerza casi desmedida, sus dedos apretados en mi cabellera como si temiera perder el contacto, impidiéndome moverme hasta que haya vaciado todo lo que llevaba dentro, hasta que su cuerpo deje de contraerse con cada oleada de placer.
Después de unos segundos interminables que se sienten como horas estelares, su agarre empieza a perder fuerza, sus dedos se relajan poco a poco en mi cabellera, y finalmente me suelta. Nomad saca su pene de mi boca con un sonido húmedo y pierde el equilibrio, cayendo de lado al suelo con la respiración agitada y jadeante, su pecho subiendo y bajando con cada respiración profunda que toma. Su cuerpo está cubierto de sudor, que brilla como rocío en un planeta selvático bajo las luces de la cocina, y se deja caer sobre el metal frío como si toda su fuerza se hubiera ido con su corrida, como si el reactor de su cuerpo se hubiera apagado momentáneamente.
Yo me quedo ahí un instante, sentada en el suelo, viéndolo mientras parte de su semen se escurre por mi boca hasta mi barbilla, formando hilos viscosos que brillan bajo la luz. Un deseo fuerte y súbito me recorre – quiero besarlo, sentir sus labios contra los míos, mezclar nuestro sabor con el de él, que él sienta su propio sabor en mi boca para que sepa que lo he aceptado por completo. Me muevo hasta donde está con movimientos lentos y cuidadosos, apoyando mi cuerpo sobre el suyo con suavidad, presionando mis senos contra sus pectorales firmes, sintiendo cómo su calor se transmite a mí cuerpo. Mis manos se colocan a ambos lados de su cabeza, mis dedos acariciando su cabello corto y húmedo, y lentamente, llevo mis labios con semen a los suyos, uniéndolos en un beso lento y profundo que hace que ambos tiemblemos de placer.
Lo besé. Un beso lento, sucio y real. Por primera vez, el sabor no era de metal o aceite de nave. Era sabor a nosotros.
Sus labios se abren bajo los míos, permitiendo que mi lengua entre y mezcle nuestros sabores, mientras sus manos se colocan suavemente en mi espalda, sujetándome como si fuera el tesoro más preciado que ha encontrado en todo el universo.
Empiezo a mover la lengua lentamente, explorando cada 1
Mis labios siguen pegados a los suyos, y mi lengua se mueve con una voracidad que no conocía en mí misma, entrelazándose con la suya, mezclando el sabor salado de su semen que aún queda en mi boca con nuestra saliva caliente. Es un cóctel que me hace sentir mareada, como si hubiera inhalado el humo de alguna nebulosa prohibida – cada roce, cada movimiento, me hace sentir más conectada a él que nunca.
Siento cómo sus manos se mueven: una se posa en mi trasero, los dedos firmes y cálidos que se hunden en la carne de mis nalgas, estrujándolas con una fuerza que hace que mi cuerpo tiemble de placer. La otra se aclaustró en mi cintura, presionándome contra él con tanta firmeza que siento cómo nuestros cuerpos se funden en uno solo, el calor de su piel quemando la mía. El beso se hace cada vez más intenso, más profundo – restos de esa mezcla viscosa se deslizan por nuestras comisuras, cayendo lentamente sobre su mandíbula, brillando bajo la luz cálida de la cocina.
¿Cómo es posible que algo que nunca imaginara se sienta tan natural? Me pregunto entre gemidos ahogados en su boca. Mi pecho late con tanta fuerza que siento que va a salir de mi pecho, y el aire se me acaba cada vez más rápido. Finalmente, no puedo más – me separo un centímetro de sus labios, abro la boca para tomar un suspiro profundo, mis pulmones clamando por oxígeno. Pero antes de que el aire pueda llenarlos completamente, siento cómo su mano se coloca sobre mi cabeza, presionándome suavemente pero con determinación hacia él, obligándome a volver a unirme a sus labios.
La falta de aire se mezcla con el placer en una nueva sensación que me ahoga y me eleva al mismo tiempo. Mis ojos se cierran de golpe, y toda mi mente se concentra solo en él – en su tacto, en su sabor, en la forma en que su cuerpo se ajusta al mío como si fueramos piezas de un rompecabezas que solo ahora encuentran su lugar.
2
Después de lo que parece una eternidad, Nomad suelta mi cabeza lentamente. Su mano vuelve a reposar en mi cintura, y yo tomo una bocanada de aire que rasga mi garganta seca, pero que me hace volver a la realidad un poco más.
“Parece que ya te has recuperado”, dice con un tono divertido y sarcástico que nunca imaginé escuchar en esta situación, sus ojos oscuros brillando con una luz nueva. “Tu pene recuperó sus fuerzas”.
Es entonces cuando me doy cuenta – mi miembro está completamente erecto de nuevo, y he estado moviéndolo contra su muslo izquierdo sin darme cuenta, buscando ese roce cálido que me hace sentir viva. Mi rostro se calienta hasta quemar, y mi respiración sale entre jadeos: “No… no me di cuenta… solo… solo quería sentirte cerca”.
Nomad sonríe, una sonrisa ligeramente torcida que hace que mi vientre se contraiga. Agarra la espalda de mi cuerpo con firmeza, y en un movimiento rápido y preciso que recuerda a sus maniobras en la nave, gira sobre nosotros. Me dejo caer sobre el suelo frío de metal, boca arriba, mientras él se acomoda al costado de mí cuerpo, su presencia caliente a mi lado.
“Entonces”, pregunta, pasando una mano por mi abdomen hasta llegar a mi miembro, sus dedos empezando a masajearlo con suavidad pero con una presión que hace que un gemido se escape de mi boca, “¿este es el premio por tu buena conducta… o el castigo por meterte donde no te llamaban?”
Sus dedos trabajan con la misma precisión que usa para desarmar sistemas – rozan la punta sensible, luego se mueven hacia abajo por toda la longitud, presionando suavemente los lados. Mi cuerpo se arquea hacia él de instinto, mis muslos tiemblan y siento cómo el líquido preseminal empieza a brotar de la punta. “Castigo… premio… no importa”, respondo entre jadeos, agarrándome de su brazo con las manos temblorosas. “Solo… solo quiero que sigas… que no te detengas”.
Nomad ríe suavemente, un sonido bajo que hace vibrar el aire entre nosotros. “¿Tan ansiosa estás, eh? Después de todo lo que hiciste… robarte al cargamento, intentar hacer cosas sin pensar… parece que necesitas que te recuerden quién está a cargo aquí”, dice, sus dedos aumentando ligeramente la intensidad de sus movimientos, encontrando un punto sensible que hace que mis ojos se llenen de lágrimas de placer.
“Sí… sí… lo sé”, grito entre jadeos, mi espalda se arquea más, sintiendo cómo la tensión se acumula en mi interior como una carga de energía lista para explotar. “Pero tú también… tú también no pudiste resistirlo… lo sé”.
Sus ojos se clavan en los míos, y en ellos veo una mezcla de ternura y pasión que me hace temblar. “Tienes razón”, admite, sus dedos moviéndose ahora con un ritmo más rápido, más intenso. “No pude resistirme. Nunca pude resistirme a ti, Fiona”.
Cada toque, cada palabra, envía ráfagas de calor por todo mi cuerpo. Mis pezones se endurecen hasta hacer daño, mis nalgas se contraen sin que yo pueda controlarlo, y siento cómo el placer se propaga desde mi centro hasta cada extremidad, haciendo que vea estrellas detrás de mis párpados. Mi mente está completamente vacía de todo excepto de él – de sus manos, de su voz, de la forma en que me hace sentir más viva que nunca.
De repente sus dedos se detienen. Justo en el punto donde la tensión estaba a punto de explotar, donde cada fibra de mi cuerpo rugía por más. Mi mirada se clava en la suya, los ojos abiertos de par en par, la boca entreabierta en una súplica que no puedo contener.
“Nomad, por favor… no te detengas ahora, por Dios”, digo entre jadeos, moviendo mi cadera buscando su tacto de nuevo. “Estaba tan cerca…”
Él sonríe con esa mueca sarcástica que ahora me vuelve loca, llevando la mano que acababa de tocarme a mis labios, presionándola suavemente pero con fuerza suficiente para que no pueda rechazarla.
“Ese es tu castigo, traviesa”, dice con tono juguetón, mientras siento el sabor viscoso y salado de mi propio pre-semen en mi lengua. Me obliga a limpiar cada rincón de sus dedos, y aunque mi mente grita por más placer, cada lamida me hace sentir más caliente, más entregada a él.
Maldito, sabe exactamente cómo hacerme sentir así, pienso, mientras mi cuerpo tiembla bajo él. Luego se mueve, deslizando su entrepierna sobre mi panza – siento su erección dura como el metal de la nave, presionándose contra mi piel caliente. Sus manos se colocan en mis senos, cubriéndolos completamente, y el contacto hace que un estremecimiento recorra todo mi ser.
“Joder, Fiona… ¿cómo hacen para estar tan suaves?” pregunta, su voz un poco más grave, con una nota de asombro que nunca escuché en él antes. Sus dedos exploran la superficie, presionando suavemente, como si no pudiera creer lo que siente.
“Son… son reales”, respondo, mi respiración aún agitada. “Hace unos cuatro años, en una estación científica del sector Epsilon-2, me sometí a un procedimiento con células madre estelares. Tomaron tejido de mi propio cuerpo y lo modificaron para que generara tejido mamario natural – sin implantes, sin nada artificial. Solo inyectaron un compuesto que estimuló la producción de grasas y glándulas como si fuera un desarrollo hormonal acelerado, adaptado a las condiciones de gravedad cero. Duró tres meses de tratamientos, pero valió la pena”.
Nomad no dice nada, pero sus manos comienzan a jugar con ellos – pellizca suavemente los pezones, que se endurecen como cristales en su tacto, y luego los estruja con una fuerza que mezcla placer y un cosquilleo ligero. Mi cuerpo se arquea hacia él, un gemido profundo saliendo de mi garganta. Después, desliza su erección entre mis senos, ajustándola con cuidado, y pone sus manos a cada lado de mis hombros para sostenerse.
“Entonces a ver si esos senos tan suaves saben hacer bien su trabajo”, murmura, y empieza a mover sus caderas. Siento cómo su piel caliente se frota contra mis pechos, cómo su erección palpite con cada movimiento, rozando la zona sensible entre ellos. Mis manos se colocan instintivamente en sus muslos, ayudándolo a mantener el ritmo, mientras cada empuje hace que mi mente se nube y mi propio miembro se tensé de nuevo. La suavidad de mis senos contra su dureza crea una sensación tan intensa que me hace cerrar los ojos y perder la noción del tiempo.
3
Esto es demasiado… cada movimiento de sus caderas contra mis pechos envía corrientes eléctricas por todo mi cuerpo, pienso, mientras Nomad acelera el ritmo, moviéndose bruscamente, buscando su propio placer con una determinación que me hace temblar. Siento su erección palpitante entre mis senos, caliente y dura, y escucho sus gemidos entrecortados, su respiración jadeante sobre mi rostro.
Se detiene un instante, su cuerpo tenso como un cable listo para romperse, y luego siento cómo un hilo de pre-semen se desliza por mi piel antes de que se levante y se acomode entre mis piernas. Su entrepierna se junta a la mía, nuestras erecciones chocan y se rozan, y sus manos las juntan con firmeza.
La fricción es inmediata y brutalmente placentera – siento cómo nuestros miembros se deslizan el uno contra el otro, nuestras bolas chocando suavemente, creando un calor que se propaga desde mi centro hasta mis dedos de los pies. Mi piel se eriza, mis músculos se tensan hasta el límite, y cada roce hace que mi mente se vacíe de todo excepto de esa sensación. Estoy a punto de explotar, pienso, justo cuando siento cómo su mano aprieta un poco más, cómo sus movimientos se vuelven más rápidos, más desesperados.
Luego llega el clímax – una oleada de placer tan intensa que hace que vea estrellas blancas detrás de mis párpados. Siento cómo mi semen se mezcla con el de él, caliente y espeso, cubriendo nuestros cuerpos. Nomad apunta nuestras erecciones hacia mi abdomen, dejando una mancha húmeda y cálida que hace que mi cuerpo tiemble con cada contracción. Después, su peso cae sobre mí por un instante antes de rodar a mi lado, pegándose a mí cuerpo como si temiera separarse.
Pasaron varios minutos en los que ninguno dijo nada. Solo respiraciones acompasadas, el zumbido lejano de los ventiladores de reciclaje de aire y el latido compartido que parecía resonar en el metal del suelo. El semen se enfriaba lentamente sobre mi abdomen y el suyo, pegajoso, real, innegable. Nomad fue el primero en moverse. Se incorporó apoyándose en un codo, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente sudorosa, y me miró con esa intensidad tranquila que siempre había tenido… pero ahora teñida de algo nuevo, más crudo, más intenso.
“¿Cómo te encuentras?” preguntó en voz baja, casi como si temiera haberse pasado en ese momento de excitación extrema. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en las marcas rosadas de mis mejillas, y noté un destello de arrepentimiento en su mirada.
Asentí despacio, sintiendo cómo mis mejillas aún ardían por las bofetadas, por el llanto de placer, por todo. “Más aquí que nunca”, respondí, y era verdad. Pero en mi mente, un torbellino de pensamientos se agitaba: ¿cómo habíamos llegado a esto? ¿Era solo el cristal, o algo que siempre había estado latente entre nosotros? No, no quería culpar al cristal por completo; esto era nuestro, crudo y real.
Extendió la mano y, con el pulgar, recogió un hilo de semen que había llegado hasta la curva de mi clavícula. Lo llevó a sus propios labios, lo probó con calma deliberada, sin apartar la mirada de la mía. El gesto fue tan inesperado, tan íntimo, que un escalofrío me recorrió la columna. Se movió su lengua por los labios, cerrándolos con satisfacción antes de hablar.
“Sabe a ti”, murmuró, su voz cargada de una ternura que contrastaba con la crudeza del momento. “A nada más que a ti. Como si llevaras tu esencia impresa en cada partícula.”
Esa frase fue el último disparador que necesité. Mi naturaleza extrovertida y agresiva saltó a la superficie de golpe; no pude contenerme ni un segundo más. Me lancé sobre él con la valentía que siempre caracterizó mis actitudes, mis labios chocando contra los suyos con fuerza brutal mientras mi risa juguetona se perdía en el beso. Mis dientes rozaron su labio inferior, mordiéndolo ligeramente mientras mi lengua invadía su boca, reclamando el sabor que él acababa de describir como mío. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando con urgencia, y sentí cómo mi cuerpo se presionaba contra el suyo con toda la cariñosa intensidad que siempre tenía para él, buscando más fricción, más control.
“¿Ves lo que me haces cuando me hablas así?”, murmuré contra su boca entre besos voraces, mi aliento entrecortado y mi tono coqueto como siempre. “No puedes decirme que soy el sabor que buscas y esperar que me quede quieta.”
Nomad respondió al beso con la misma intensidad, sus manos subiendo por mi espalda para sujetarme con firmeza, pero luego se separó un poco, jadeando. “Fiona… detente un segundo”, dijo, su voz ronca pero controlada. “Lamento mi agresividad de hace un momento. No quería hacerte daño.”
Yo lo miré fijamente, mi pecho aún agitado por el beso, con esa sonrisa juguetona que él conocía tan bien. “Yo tampoco quería hacerte daño”, respondí, tocando el hematoma en su sien con un dedo suave antes de acariciarle la mejilla con cariño. “Pero admitámoslo, Nomad: nos gustó. Y si volvemos a cruzar esa línea, al menos hagámoslo porque queremos, no porque algo nos empuje. Eso sí que es vivir de verdad.”
Él asintió, una sonrisa torcida apareciendo en sus labios. “Tienes razón. Somos mejores cuando controlamos el caos nosotros mismos.”
Me ayudó a levantarme. Mis piernas seguían temblorosas; las suyas tampoco estaban mucho mejor. Nos apoyamos el uno en el otro mientras caminábamos por el pasillo estrecho, descalzos, desnudos, dejando huellas húmedas en el suelo pulido. Nadie nos vio —la nave era solo nuestra—, pero de alguna forma sentí que el universo entero nos estaba mirando y, por primera vez, no me importaba. Mi espíritu sociable y alegre se sintió más vivo que nunca, pensando en cómo su cuerpo se sentía contra el mío, sólido y cálido, y en cómo esa vulnerabilidad post-sexo nos hacía sentir más unidos que nunca. “¿Crees que esto cambie algo en nuestras misiones?”, pregunté en voz baja, mientras doblábamos la esquina hacia el baño, con la misma franqueza que siempre caracterizó mis preguntas.
“Cambiará todo”, respondió él, su mano apretando ligeramente mi cadera. “Pero para mejor. Siempre hemos sido un equipo invencible; ahora lo seremos en todos los sentidos.”
Llegamos al baño. Nomad abrió el grifo de la bañera con un movimiento automático; el agua empezó a caer con ese sonido grueso y reconfortante que siempre me había calmado después de una misión. Mientras la bañera se llenaba, él se colocó detrás de mí frente al espejo empañado. Nuestros reflejos se veían borrosos, pero aun así pude distinguir las marcas rosadas en mis mejillas, el leve hematoma que empezaba a formarse en su sien izquierda (cortesía de mi empujón contra la encimera), el desastre de cabello de ambos.
Apoyó la barbilla en mi hombro, sus manos descansando suavemente en mis caderas. “Después vamos a meter ese maldito cristal en un contenedor de plomo reforzado con campos de contención psi”, dijo con voz serena, casi burocrática. “Y luego lo entregamos tal cual nos lo dieron. Sin abrirlo. Sin tocarlo. Sin volver a mirarlo. La entrega es en dos horas, así que no hay tiempo que perder.”
“De acuerdo”, contesté. Hice una pausa, recordando el vacío en mi mente después de abrir el contenedor. “Pero lo que sea que me hizo a mí… dejó una energía que te invadió a ti también, ¿verdad? Como si hubiera transferido algo cuando yo… cuando intenté forzar las cosas.”
Nomad suspiró, su aliento cálido contra mi oreja. “Sí, fue como una onda residual. Me golpeó fuerte, más de lo que me gustaría admitir. La influencia del cristal es aterradora, verte así, fuera de ti misma, y cuando te abalanzaste sobre mí… admito que me preocupé, Fiona. No quería hacerte daño.”
Giré la cabeza lo justo para rozar su mejilla con la mía, con todo el cariño que sentía por él. “Yo tampoco quería hacerte daño”, susurré, sintiendo un nudo en la garganta al recordar el momento de su grito en la cocina. “Pero ahora estamos aquí, enteros. ¿Verdad?”
“Enteros y más fuertes”, murmuró él, besando ligeramente mi cuello. “Aunque admito que verte así, vulnerable pero feroz, me hace querer protegerte… y poseerte al mismo tiempo.”
El vapor ya empezaba a llenar el pequeño espacio. Nomad estiró el brazo y reguló la temperatura del agua hasta dejarla fría —para apagar el fuego que hervía en el interior de nuestros cuerpos—. Me ayudó a entrar primero; el frío me arrancó un suspiro largo, casi animal. Luego entró él, sentándose detrás de mí. Sus piernas se colocaron a ambos lados de las mías, su pecho pegado a mi espalda, sus brazos rodeándome por debajo del agua. Sentí su calor contrastando con el frío del agua, y un pensamiento travieso cruzó mi mente: ¿y si prolongamos esto un poco más, a pesar de la entrega inminente?
Por un rato solo nos quedamos así: piel contra piel, respirando al mismo ritmo, dejando que el agua disolviera el sudor, el semen seco, la tensión residual. “Esto se siente bien”, dije en voz baja, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro, con mi tono alegre y relajado. “Demasiado bien para ser solo un descanso rápido.”
“Demasiado bien para ignorarlo”, respondió él, sus dedos trazando círculos suaves en mi abdomen. “Pero tenemos que movernos pronto. El cliente no esperará.”
“¿Sabes qué es lo más extraño?” dijo al cabo de un rato, su voz reverberando contra mi espalda. “Que después de tres años calculando cada salto hiperespacial, cada consumo de combustible, cada probabilidad de interceptación… resulta que lo que menos pude predecir fue nuestro primer encuentro así. ¿Cómo no lo vi venir?”
Solté una risa suave, el sonido rebotando en las paredes húmedas. “Porque eres un genio en mapas estelares, pero un desastre en leer señales humanas. O quizás yo también lo escondí bien. ¿Te imaginas si hubiera pasado antes? ¿En medio de una persecución?”
“Hubiéramos chocado contra un asteroide”, bromeó él, su risa baja vibrando contra mi piel. “O peor: el cliente nos habría cancelado el contrato por 'retrasos inexplicables'.”
Sus labios rozaron la piel detrás de mi oreja. “Si el caos se parece a ti… creo que podré acostumbrarme. Pero dime, Fiona: ¿esto es solo el comienzo, o un desliz que repetiremos?”
Metí la mano bajo el agua, encontré su mano y entrelacé mis dedos con los suyos. “El comienzo”, respondí con convicción y la valentía que siempre me caracterizó. No hizo falta decir nada más por un momento, pero entonces recordé la chica en Zorath, y una idea traviesa se coló en mi mente, con ese toque coqueto que me gustaba usar con él.
“Oye, después de entregar el encargo”, dije con una sonrisa juguetona que él no podía ver pero seguramente sentía en mi voz, “quiero que me acompañes a disfrutar de una zorra que tengo en la mira. Esa rubia de ojos azules en el bar del enclave comercial. Quiero disfrutar de ella contigo, Nomad. Ver cómo se mueve, cómo responde… y que tú y yo la hagamos nuestra hasta quedar satisfechos. ¿Qué dices? ¿Te animas a un trío para celebrar?”
Nomad se quedó quieto un segundo, y luego sentí su pecho vibrar con una risa baja, ronca. “Te acompañaré, Fiona”, dijo, llevando sus brazos y manos entrelazadas con las mías a mi abdomen. “Pero no me interesa esa puta. La única puta que quiero tocar eres tú. Mientras tú te diviertes con ella, yo experimentaré tu interior. Te tendré a ti toda para mí, justo como ahora.”
Mis mejillas se calentaron bajo el vapor, y un escalofrío de anticipación me recorrió la espalda. “¿Sabes? Todavía soy virgen de ahí atrás”, murmuré, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba al decirlo en voz alta, con la franqueza que siempre tuve. “Nunca he dejado que nadie entre, ni mujeres… pero tú tienes un pase premium.”
Noté cómo su cuerpo se tensaba contra el mío, su respiración haciéndose más profunda, más excitada. Sus manos apretaron suavemente mi abdomen bajo el torrente de agua, y sentí el roce sutil de su miembro endureciéndose contra mi espalda. “¿En serio?”, preguntó, su voz ahora ronca, cargada de un deseo crudo que me hizo temblar. “Eso… eso me emociona más de lo que imaginas. Pero si me dices cosas así, podría violarte aquí mismo.”
Solté una risa divertida, girándome un poco para mirarlo de reojo con mi estilo coqueto y alegre. “Si me harás eso, al menos lleva lubricante”, respondí con tono juguetón, sintiendo un calor renovado en mi interior. “No querrás que nuestra primera vez de ese tipo sea un desastre, ¿verdad? Somos un equipo, ¿recuerdas? Planeémoslo bien.”
Él rió de nuevo, besando mi hombro. “Planeado o no, contigo siempre termina en caos. Pero sí, lubricante anotado. Y ahora, salgamos de aquí antes de que perdamos el tiempo que nos queda para sellar ese cristal.”
El cristal verde seguía en el compartimento de carga, sellado, silencioso, esperando a ser entregado en apenas dos horas. Teníamos que movernos rápido, preparar todo para la entrega sin contratiempos. Pero aquí dentro, en esta bañera estrecha de una nave que había cruzado medio sector, nos permitimos unos minutos más de intimidad robada, sabiendo que el peligro y el placer nos esperaban justo después de la entrega. Solo queríamos estirar este momento un poco más… antes de volver al vacío del espacio, donde todo volvería a ser impredecible.
0 comentarios - Dos Almas en el Cosmos: Entre Tentación y Lujuria Parte 2