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Marta y Gustavo y su vecino parte 3

Marta seguía arrodillada en el piso de la cocina, con la boca brillante de saliva y leche, mirándome fijo mientras se lamía los labios despacito. Cacho todavía jadeaba, con la pija semi dura colgando, goteando los últimos restos. Ella se levantó despacio, se limpió la comisura con el dorso de la mano y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que me vuelve loco.

—Vení, Gustavo, no te quedes ahí mirando como un boludo —me dijo, con la voz ronca de tanto chupar—. Tu vecino me dejó la garganta llena, pero a mí me falta que me cojan como se debe. Y vos sabés cómo me gusta.

Me acerqué, me bajé el cierre y saqué la pija que ya me dolía de lo dura que estaba. Marta se dio vuelta, apoyó las manos en la mesada, levantó el vestido floreado hasta la cintura y me mostró el culo perfecto, ese culo que yo le había entrenado a fuerza de metérsela por el orto todas las noches. No llevaba tanga, claro. La concha le brillaba de lo mojada que estaba, y el ojete ya se contraía solo de anticipación.

Cacho se acercó por el otro lado, todavía con la verga medio parada, y le agarró una teta por encima del vestido. Marta soltó un gemidito y le dijo:

—Dale, Cacho, no seas tímido ahora. Agarrame fuerte, que a mí me gusta que me traten como la puta que soy.

Yo le escupí directo en el culo, le separé las nalgas con las dos manos y le metí la punta de la pija despacio. Entró fácil, porque Marta sabe abrirse cuando quiere. Se le escapó un “¡aaahhh, puto, qué rico!” mientras yo empezaba a bombear, primero lento, después más fuerte, clavándosela hasta los huevos.

Cacho no se quedó atrás. Se paró enfrente de ella, le agarró el pelo y le metió la pija otra vez en la boca. Marta la chupó con ganas, gimiendo alrededor de la verga mientras yo la cogía por el orto. El sonido era una locura: el plaf plaf de mis caderas contra su culo, los gemidos ahogados de ella con la boca llena, y los gruñidos de Cacho que le decía:

—Chupala bien, putita, que te voy a llenar la garganta otra vez. Mirá qué bien la tragás, carajo.

Marta se separó un segundo, con hilos de saliva colgando de la boca, y nos miró a los dos.

—Quiero las dos adentro al mismo tiempo. Quiero que me llenen los dos agujeros, hijos de puta. ¡Vengan!

Cacho se tiró al piso, boca arriba, y Marta se subió encima de él sin dudar. Se la metió en la concha de una sentada, soltando un grito largo. Después se inclinó hacia adelante, apoyó las tetas en el pecho de Cacho y me miró por encima del hombro.

—Metémela por el orto, Gustavo. Quiero sentir las dos vergas rozándose adentro mío.

Le escupí otra vez, le metí dos dedos primero para abrirla más y después empujé. Entré despacio, pero ella empujó para atrás, tragándosela entera. Los dos la llenábamos: Cacho en la concha, yo en el orto. Marta empezó a moverse sola, arriba y abajo, gimiendo sin parar.

—¡Así, carajo! ¡Cójanme fuerte! ¡Me encanta tener dos pijas gordas adentro! ¡Dame más, putos!

Cacho le agarraba las caderas y la embestía desde abajo, mientras yo la cogía por atrás con todo. Sentía la pija de Cacho rozándome a través de la pared finita, y eso me ponía más loco todavía. Marta se corrió primero, temblando entera, apretándonos tan fuerte que casi nos hace acabar a los dos.

—¡Me vengo, me vengo, hijos de puta! ¡Llenenme, llenenme toda!

Cacho no aguantó más. Gruñó fuerte y se vació adentro de la concha, chorros calientes que yo sentía palpitar. Eso me terminó de romper: me salí del orto, le apunté a la espalda y le tiré toda la leche encima, pintándole el vestido floreado de blanco. Chorros largos, espesos, que le corrían por la columna hasta el culo.

Marta se quedó ahí, jadeando, con la concha goteando la leche de Cacho y la espalda toda manchada con la mía. Se dio vuelta despacio, se arrodilló entre los dos y nos limpió las pijas con la lengua, una por una, mirándonos fijo.

—Mmm, qué rico saben juntos… —dijo, con una sonrisa sucia—. ¿Y ahora qué? El almuerzo se enfrío, pero yo sigo con hambre.

Cacho y yo nos miramos, todavía agitados.

—Traé la mesa al living —le dije a Marta—. Vamos a seguir comiendo… pero vos vas a ser el postre.

Ella se rió bajito, se levantó y se fue a buscar la mesa, con el vestido subido y la leche chorreando por las piernas.

La tarde recién empezaba, Gustavo. Y Marta todavía no había terminado de pedir.

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