
La Navidad habÃa terminado en casa de los padres de Marcos. La mesa seguÃa llena de platos, copas y risas atrasadas. Entre todos los primos, cuñados e invitados, estaba LÃa, su prima. TenÃa ese cuerpo pequeño, curvas apretadas debajo del shortcito y mejillas sonrojadas por las copas de vino.
Cuando todos empezaron a irse, LÃa tambaleó un poco.
—Marcos… ¿puedo dormir aquÃ? —preguntó con voz dulce—. No quiero manejar asÃ…
—Claro. Te dejo mi cuarto. Yo duermo en el sofá.
Ella sonrió, esa sonrisa que derritÃa a cualquiera, y se fue a la habitación. El shortcito se movÃa tentador con cada paso. Marcos intentó dormirse en el sillón, pero no podÃa sacarla de la cabeza. La forma en que se habÃa recostado sobre él durante la cena, el aroma dulce de su piel, el modo en que lo miró cuando brindaron…
Y el hecho de que andaba sin sostén, porque él lo habÃa notado. Y de que su shortcito estaba tan, pero tan corto.
La tentación lo devoraba.
Después de más de una hora sin poder dormir, se levantó. La casa estaba silenciosa. La puerta del cuarto de Marcos estaba apenas entreabierta.
LÃa dormÃa boca abajo, respiración suave, piernas tibias, el shortcito subido por el movimiento. Su retaguardia redonda quedaba casi expuesta. Marcos sintió cómo su pene latÃa en su pantalón.
Se acercó…
Muy despacio…
Como guiado por algo más fuerte que él.

Se arrodilló a su lado y, sin que ella se moviera, bajó con cuidado el shortcito. La tela cedió. Sus pliegues quedaron a la vista, brillantes por el calor de la noche.
Marcos se mordió los labios. Y se bajó el pantalón. La tomó de la cintura. Y la deslizó hacia él.
Su pija rozó la entrada tibia de la concha de LÃa… y ella gimió, aún medio dormida.
Un gemido suave.
Un permiso inconsciente.
Marcos la penetró de a poco, sintiendo cómo lo recibÃa, ajustándolo con un calor delicioso.
En ese instante, LÃa abrió los ojos.
Lo miró sobre su hombro.
—Pero que hacés!?
No gritó. No se apartó.
—Perdon Prima, no me pude resistir.
—Qué rico despertar asÃ… —susurró mientras empujaba su cadera hacia él—. Dámelo todo primo, que esta Navidad quiero un regalito diferente.
La cogio con fuerza, moviéndose profundo, marcando el ritmo mientras ella jadeaba contra la almohada. LÃa empezó a retroceder con más intensidad, chocando contra él, buscando más, pidiendo con su cuerpo todo lo que él podÃa darle.
—Más… asÃ… asÃ, Marcos… —susurraba.
Él la levantó de la cintura, la hizo arquearse. Su pija la llenaba por completo. Los gemidos se mezclaban con el sonido húmedo de la piel contra piel.
Ella llevó una mano hacia atrás y lo apretó contra sÃ.
—Dame tu leche… quiero sentir que este es nuestro secreto de Navidad…

Marcos explotó dentro de ella con un gruñido bajo.
Ella alcanzó su propio estallido segundos después, temblando, aferrada a las sábanas.
Él cayó sobre su espalda, agotado.
Ella rió suave, aún jadeando.
—Creo que esta Navidad fue mejor de lo que imaginé…
Se acomodó en sus brazos y cerró los ojos con una sonrisa satisfecha.
Ella abrió los ojos con una sonrisa traviesa, todavÃa medio mareada por la mezcla de sueño y deseo que le recorrÃa el cuerpo. Sintió el calor de su primo a su lado, y sin pensarlo dos veces deslizó la mano debajo de la manta hasta encontrar su pija, que ya comenzaba a reaccionar al simple roce.
—¿Listo para el segundo round? —susurró con voz ronca, rozándole la oreja.
Él respiró hondo, sorprendido, aún aturdido—. DeberÃa descansar… —murmuró, aunque su cuerpo lo traicionaba, despierto y encendido.
—No,… —respondió ella, apretando suavemente aquella dureza tensa—. Estoy más que despierta. Y tú también.
Se inclinó sobre él, dejando que su cabello le acariciara el abdomen mientras su boca bajaba lentamente a su pija. Lo rodeó con los labios, trabajándolo con una mezcla de suavidad y hambre que lo hizo gruñir entre dientes. Sus manos lo sostenÃan, mimándolo, mientras ella jugaba con movimientos lentos, luego rápidos, luego lentos otra vez, llevándolo al borde solo para apartarse y sonreÃr como una diablita.
—Asà me gusta primo… —dijo—. Que te pongas bien duro para mÃ.
Cuando él estuvo completamente preparado, ella subió, lo tomó de los hombros y se sentó sobre su cintura, guiándolo con un suave movimiento de cadera hasta hacerlo entrar en su concha. Un suspiro profundo escapó de ambos.
—Dios… —murmuró él, aferrándose a sus tetas, chupandoselas, mientras ella comenzaba a cabalgarlo con una intensidad deliciosa.
Ella subÃa y bajaba con ritmo, más rápido, más fuerte, apoyando las manos en su pecho, inclinándose hacia él, mordiéndole el labio mientras su cintura danzaba sin descanso. El intentó seguir el ritmo, pero ella era una tormenta encima de él, llevándolo al lÃmite, moviéndose con una pasión feroz, disfrutándolo como si fuese un regalo exclusivo.

—AsÃ… asà me gusta… —decÃa ella, jadeando cerca de su boca.
Él no pudo resistir mucho más. La abrazó fuerte, acompañando sus movimientos hasta que ambos quedaron tensos, temblorosos, perdiéndose en la misma explosión cálida.
Ella se dejó caer sobre su pecho, respirando agitada, con una sonrisa satisfecha.
—Feliz Navidad, primo… —susurró, dándole un beso lento —. Ojalá todos mis despertares sean asÃ.
Él no pudo responder. Solo abrazarla. Y sentir cómo ella, todavÃa encendida, le acariciaba suavemente la pija… insinuando que quizá no serÃa el último round.
Lo tomó de la mano y le dijo —Ven. La ducha nos espera.
El agua tibia caÃa sobre sus cuerpos cuando ella se pegó a él, deslizándose contra su piel mojada, besándolo sin prisa, recorriéndolo con la lengua como si lo probara por primera vez.
—Asà querÃa despertarme… mojada y sobre ti —le susurró.
Él la levantó por las caderas, pegándola contra la pared húmeda, mientras le metia la pija en la concha, ella arqueaba la espalda, entregándose completamente a su impulso.
Su cuerpo se movÃa con un deseo crudo, urgente, devorador.
Ella jadeaba contra su cuello, mordiéndolo suavemente.
—Eso… asà primo… sigue… —le susurraba con voz rota.
Apenas salieron de la ducha, ella se subió sobre la cama, se puso en cuatro y presentó su trasero, moviendo las caderas provocadoramente.

—Quiero sentirte… asÃ… fuerte...
Él no lo pensó. La tomó sujetándola por la cintura y penetró su concha de una sola embestida, cogiendola con furia mientras ella gemÃa de placer, apoyada en los codos, el cabello mojado pegado a su espalda.
—Más… asÃ… asà —repetÃa entre jadeos.
Luego ella se giró y se subió sobre él, cabalgando su pija con un ritmo intenso, profundo, marcando su dominio, con las tetas rebotando frente a él mientras lo miraba con fuego en los ojos.
Lo llevaba al lÃmite. Lo apretaba fuerte contra ella.
Era como si quisiera grabarle el recuerdo en la piel.
Cuando él le llenó la concha, ella se dejo caer sobre su pecho. Se deslizó lentamente y bajó de la cama.

Aún desnuda, comenzó a vestirse sin prisa, lanzándole miradas traviesas.
Se puso el shortcito, ajustó la blusa… y mientras se acomodaba el cabello húmedo, dijo:
—Lo mejor de esta Navidad… fuiste tú primo.
Se inclinó, le dio un beso lento en los labios y el le respondió:
—En Año Nuevo repetimos, prima. Prepárate.


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