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📑La Esposa Del Vecino

📑La Esposa Del Vecino

Julián siempre había pensado que su vecino era un tipo afortunado. No por su coche nuevo, ni por la casa con jardín, sino por la mujer que lo acompañaba: Claudia, una morena de curvas irresistibles, labios carnosos y mirada traviesa que parecía saber el efecto que causaba en los hombres.

Una noche de verano, Julián salió al balcón a fumar, y al levantar la vista se quedó sin aire: Claudia estaba en la terraza de al lado, completamente desnuda, bebiendo vino y dejando que la brisa acariciara su piel.

Ella lo vio enseguida. No se tapó; al contrario, sonrió con malicia y cruzó las piernas lentamente, mostrando apenas el brillo húmedo de su vagina.
—¿No puedes dormir, vecino? —preguntó con voz seductora.

Julián tragó saliva.
—Con esa vista… imposible.

Claudia rio suave y bebió otro sorbo. Luego, sin previo aviso, llevó una mano entre sus muslos y empezó a acariciarse despacio, con los ojos clavados en él.
—Entonces mira… pero no te acerques.

Julián sintió la erección crecerle al instante. Se apoyó en la baranda, mirando como un condenado, mientras Claudia se abría de piernas y jugaba con su clítoris, húmeda, excitada por tener un espectador prohibido. Sus gemidos eran bajos, contenidos, lo suficiente para volverlo loco.

Él no pudo más y se sacó el pantalón, pajeándose frente a ella.
—Dios, Claudia… me matas —jadeaba, con la mano recorriendo su pija erecta.

Ella se estremeció, más excitada al verlo perder el control.
—Mmm… sí, así, vecinito… córrete para mí.

Su dedo entró en ella, rápido, húmedo, mientras lo miraba con la boca entreabierta. Julián bombeaba con furia, incapaz de resistir. Claudia tembló, el orgasmo explotó en su cuerpo, y al mismo tiempo él se derramó con un gemido, manchando el suelo del balcón.

Ella rió, lamiéndose un dedo húmedo.
—Eso es lo que te doy, vecino. Solo me miras… solo me deseas.

Julián se quedó temblando, sabiendo que estaba perdido: Claudia lo había atrapado, y esa primera noche no sería la última.

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Desde aquella noche en la terraza, Julián no podía sacarse de la cabeza la imagen de Claudia corriéndose frente a él. Dormía mal, se levantaba excitado, y cada vez que veía al marido de ella salir a trabajar sentía una mezcla de culpa y deseo imposible de controlar.

Hasta que un viernes por la tarde, con el vecino fuera, Claudia le envió un mensaje que lo dejó temblando:

"Pasa por mi casa si te animas. La puerta está entreabierta."

El corazón de Julián se disparó. Cruzó como un ladrón y entró. Adentro olía a vino y a perfume dulce. La casa estaba en penumbra, y al fondo, en el living, Claudia lo esperaba en ropa interior negra, de encaje, con una copa en la mano.

—Sabía que vendrías, vecino… —dijo con una sonrisa pícara, caminando hacia él—. Desde esa noche, tus ojos me pertenecen.

Julián tragó saliva, pero no pudo responder. Ella le tomó la mano, la guió hacia su propio pecho y le obligó a apretarlo. Su pezón estaba duro, palpitante. Julián explotó, la besó con hambre, devorando su boca, apretándola contra la pared.

—Shhh… —Claudia lo detuvo, rozándole los labios—. No podés cogerme aún… primero tienes que ganártelo.

Se giró lentamente, bajándose la tanga frente a él, dejando su vagina brillante a la vista. Luego se inclinó sobre el sofá, arqueando la espalda, y miró sobre el hombro.
—Pon tu lengua aquí… quiero sentir cómo me suplicas.

Julián cayó de rodillas, desesperado, y enterró la cara entre sus nalgas firmes, lamiendo cada pliegue, hundiendo la lengua en su concha empapada. Claudia gemía fuerte, acariciándose las tetas, mientras lo usaba como si fuera su juguete personal.

—Así, vecino… más profundo… ¡hazme gritar!

Julián obedecía sin control, devorándola, sintiendo su sabor húmedo correrle por la boca. Cuando ella llegó al orgasmo, sus piernas temblaron y apretaron su cabeza con fuerza. Luego, jadeante, se giró para mirarlo, todavía de rodillas.

—Muy bien… —sonrió con malicia, acariciándole el pelo—. Ahora ya probaste lo que tanto querías.

Él estaba a punto de explotar, la erección reventándole el pantalón.
—Claudia, por favor… déjame cogerte ya.

Ella rio suave, cruel.
—Aún no, vecino. Por ahora, tendrás que conformarte con lamerme. La próxima… veremos si te lo mereces.

Julián quedó ardiendo, con la boca impregnada en su sabor y el cuerpo a punto de estallar. Sabía que había caído en su juego, y que no había vuelta atrás.

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El deseo se había vuelto insoportable. Julián apenas podía concentrarse en nada; trabajaba, comía y dormía con una sola imagen fija en la cabeza: Claudia, desnuda, gimiendo en sus rodillas.

Esa noche, ella lo llamó de nuevo.
—Ven, vecino… hoy te dejaré más cerca de lo que sueñas.

Cuando Julián entró, la encontró esperándolo en el dormitorio matrimonial. Claudia estaba sobre la cama, vestida solo con medias negras y tacones altos, las piernas abiertas y una sonrisa de puro pecado.

—Desnúdate —ordenó con voz baja, pero firme.

Julián obedeció al instante, mostrando su pija palpitante, tan dura que dolía. Ella lo recorrió con la mirada como una reina evaluando a su sirviente.

—Hoy te dejaré cogerme… pero bajo mis reglas. No acabarás hasta que yo te lo permita. ¿Entendido?

—Sí… lo que quieras —jadeó él.

Claudia lo hizo acercarse, tomó su pija con la mano y la frotó lentamente contra su concha empapada. Ambos gemían con el simple roce. Finalmente, con un movimiento firme, lo guió dentro.

—¡Dios! —Claudia arqueó la espalda, recibiéndolo hasta el fondo.

Julián embistió con toda la furia acumulada de semanas, sujetándola por las caderas, entrando y saliendo con un ritmo frenético. Ella gritaba, clavando las uñas en su espalda, pidiéndole más.

—¡Así, vecino, más duro! ¡Rómpeme!

Él la puso boca abajo, sujetándola del cabello, y la cogió con fuerza, las nalgas rebotando contra su pelvis. Claudia se mordía las sábanas, delirando de placer.
—¡Soy tuya, Julián! —gritaba—. Hazme lo que quieras…

La volteó boca arriba y la montó con furia, sus tetas rebotando sus gemidos llenando la habitación. Julián estaba al borde, pero recordó la regla. Se detuvo un segundo, jadeando.
—Claudia… no aguanto más.

Ella sonrió sudorosa, acariciándole la cara.
—Córrete dentro de mí, vecino… quiero sentirte todo.

Con esas palabras, Julián perdió el control. La agarró de las tetas y embistió con fuerza brutal hasta explotar dentro de ella, un orgasmo largo, ardiente, que lo dejó temblando contra su cuerpo. Claudia se arqueó con él, alcanzando un clímax salvaje que la sacudió entera.

Ambos quedaron exhaustos, empapados en sudor, respirando agitados. Claudia lo abrazó, sonriendo con malicia.
—Ahora sí, vecino… ya eres mi amante. Y créeme… esto recién empieza.

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Los cuerpos de Claudia y Julián aún chocaban con fuerza, el cuarto inundado por gemidos, olor a sexo y sudor. Julián la cogía con furia, hundiéndole la pija en la concha una y otra vez, mientras ella lo incitaba con voz jadeante:
—¡Más duro, vecino! ¡Hazme gritar!

De repente, el sonido inconfundible de una llave girando en la puerta los congeló. El marido.

—¡Mierda! —susurró Julián, frenando en seco, todavía dentro de ella.

Claudia, en lugar de asustarse, sonrió con un brillo perverso en los ojos.
—No pares. —le mordió el labio—. Cogeme mientras entra.

Él dudó, pero el miedo y el morbo se mezclaron. Siguió embistiéndola, sofocando los gemidos en su cuello. El ruido de pasos en el pasillo se acercaba.

—Claudia, nos va a descubrir… —gimió él, temblando.

Ella lo apretó más fuerte contra su cuerpo, susurrándole al oído:
—Eso me excita más…

El marido llamó desde la cocina.
—¡Claudia! ¿Estás en casa?

Ella rio ahogada, arqueando la espalda, disfrutando del riesgo como nunca. En un susurro urgente, le dijo a Julián:
—Levántate. Rápido.

Confundido, él se apartó, jadeando, su erección aún palpitante y brillante de sus jugos. Buscó su ropa desesperado, pero Claudia la arrebató de sus manos y la escondió bajo la cama.

—¿Qué haces? ¡Dámela! —exclamó en un murmullo histérico.

Ella lo empujó hacia el balcón, completamente desnudo.
—No, vecino… hoy sales así. —sonrió diabólica—. Quiero verte arrastrándote por mi balcón, desnudo, temblando, sabiendo que mi marido está a unos metros.

Los pasos ya estaban en el pasillo. Julián sudaba frío, pero no tuvo opción: Claudia lo empujó y cerró la puerta del balcón, dejándolo expuesto, encogido, con la pija aún dura, mientras ella se acomodaba la bata y salía a recibir al esposo como si nada.

Desde fuera, Julián escuchaba la voz tranquila de Claudia:
—Hola, amor. Llegaste antes… estaba a punto de darme una ducha.

El corazón de Julián golpeaba como loco. Estaba desnudo, atrapado, el cuerpo aún oliendo a sexo. Pero lo peor era la sonrisa que Claudia le dedicó antes de cerrarle la cortina del balcón: una sonrisa de pura perversión.

Él supo que ella lo tenía atrapado… y que volvería a buscarla, aunque lo arriesgara todo.

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Julián pasó dos noches sin dormir, recordando la humillación de haber tenido que escapar desnudo por el balcón. Nadie lo vio, por suerte, pero la vergüenza ardía… mezclada con un deseo enfermizo por volver a tener a Claudia.

Golpeó la puerta de su casa un lunes por la tarde, con la mirada dura. Ella abrió envuelta en una bata ligera, y al verlo sonrió como si esperara ese momento.
—Vecino… qué serio. ¿Vienes a reclamar?

Él entró sin pedir permiso, cerró la puerta de un portazo y la arrinconó contra la pared.
—¿Te parece gracioso lo que me hiciste? —le gruñó, apretando su cintura.

Claudia mordió su labio, excitada por el tono dominante.
—Te veías delicioso arrastrándote desnudo… —susurró provocadora.

Julián fingió rabia, la tomó del pelo y la obligó a arrodillarse.
—Pues ahora te vas a disculpar como corresponde.

Ella rió, pero no dudó en abrirle el pantalón y liberar su pija dura. Sin esperar, se la metió en la boca con ansia, chupando profundo, dejando que la cabeza se deslizara por su garganta. Julián jadeaba, sujetándole el cabello con fuerza, moviendo las caderas, usando su boca como castigo y recompensa.

—Eso… trágatela toda, puta —gimió, golpeando suave su lengua con la punta hinchada—. Así aprendes a no jugar conmigo.

Los ojos de Claudia brillaban de lujuria mientras lo mamaba ruidosamente, babosa, tragando cada embestida. Pero Julián no se detuvo allí. Cuando estuvo a punto de correrse, la levantó bruscamente y la inclinó sobre el sofá, con el trasero redondo expuesto.

—Ahora me toca a mí desquitarme.

Escupió sobre su culo y empezó a frotar la punta de su pija contra la entrada estrecha. Claudia abrió la boca sorprendida, temblando de excitación y miedo.
—¡Vecino… espera…!

—No. —gruñó él, empujando con fuerza hasta hundirse lentamente en ese lugar prohibido.

Ella gritó, arqueando la espalda, pero pronto sus gemidos se volvieron gemidos de placer intenso. Julián la sujetaba de la cintura, cogiendola con furia por el culo, cada estocada profunda haciéndola estremecer.

—¡Dios, sí! —chilló ella, con la cara hundida en el cojín—. Cogeme por ahí… rómpeme… ¡así, Julián!

Él estaba fuera de control, desquitándose en cada embestida, clavando sus uñas en sus caderas. Y cuando sintió que se venía, la empujó más fuerte, derramándose en su interior con un rugido salvaje.

Claudia se dejó caer agotada, temblando, con una sonrisa perversa en los labios.
—Si así es cuando te enojas, vecino… creo que voy a provocarte más seguido.

Julián, aún jadeando, supo que estaba perdido: esa mujer no solo lo había atrapado… ahora lo tenía completamente dominado.

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Esa tarde, Julián vio un camión de mudanza frente a la casa del vecino. El corazón se le heló al instante: cajas, muebles, y entre ellas, Claudia, supervisando todo con un vestido ligero que se pegaba a su piel como una segunda piel.

Más tarde, cuando el marido salió a hacer trámites, ella lo llamó con un gesto desde la puerta trasera. Julián entró con el pecho oprimido, sabiendo que era la última vez.

—Así que es verdad… te vas —murmuró él, tratando de sonar frío.

Claudia cerró la puerta con llave, lo miró con esos ojos perversos y, sin más, dejó caer el vestido. Quedó desnuda, perfecta, con el cuerpo aún más deseable bajo la luz de la tarde.
—Sí, vecino. Me voy con mi marido a otra ciudad… Pero no pienso irme sin que me cojas una última vez.

Él no esperó más. La tomó con hambre, la levantó en brazos y la tiró sobre el colchón ya desnudo en el suelo. La penetró de golpe, entrando con toda la furia contenida. Claudia gritó de placer, enredando las piernas en su cintura.

—¡Eso, Julián! ¡Hazme tuya una última vez!

El sexo fue brutal, desesperado, como si ambos quisieran grabar en la piel cada estocada, cada gemido. Julián la tomó en todas las posiciones: contra la pared, de rodillas, encima de ella con las tetas rebotando bajo sus embestidas. Sus cuerpos chocaban con sudor, saliva y jadeos mezclados, hasta que finalmente él la puso boca abajo y la penetró por el culo, haciéndola gritar de placer y dolor al mismo tiempo.

—¡Dios, sí! ¡Rómpeme, vecino! —chillaba ella, delirando, hasta alcanzar un orgasmo que la sacudió entera.

Él se corrió con fuerza dentro de ella, rugiendo su nombre, derramándose hasta quedar exhausto, los dos sudorosos, tendidos en el suelo, abrazados.

El sonido del motor del camión afuera los obligó a reaccionar. Claudia se levantó, se vistió a toda prisa y le dio un último beso ardiente, mordiéndole el labio.

—Vecino… espero que me recuerdes.

Julián la miraba sin poder hablar, con el corazón ardiendo. Ella sonrió, maliciosa, y le susurró al oído:
—Cuando me establezca… te paso mi ubicación.

Y salió de su vida como un huracán, dejándolo temblando, marcado para siempre.

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