You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Confesión de una Puta: Los Dos de Caracas

Viernes de quincena, Concepción centro. Me metí al “Rincón del Sabor” en Paicaví a tragar un shop de 2 lucas pa’ calentarme la guata. Ahí estaban Jeferson y Maikel, dos venezolanos de obra, morenos, brazos tatuados, ojos rojos de polvo y micro. Tres meses en la ciudad, pieza de 180 lucas en Pedro de Valdivia, cuatro en una cama.

Se acercaron sin pendejadas. —¿Cuánto por los dos, mamita? —preguntó Jeferson.
—Ochenta lucas cada uno, poh, pero si quieren algo más… negociamos, hueón —dije, oliendo a cerveza barata.
—Ochenta cada uno, chévere —respondió Maikel, sacando cuatro billetes de veinte arrugados y sudados—.

Motel “La Cueva”, pieza 12. Paredes verdes con manchas de humedad, olor a cloro y pichí . Apenas cerré la puerta, Jeferson me empujó contra la cama rota.

—Quítate todo, rápido, perra chilena —ladró.
—Ya, ya, no seai bruto, conchetumadre —le dije, pero me quedé en medias de red rotas y botas llenas de lodo.

Maikel me ató las muñecas al respaldo con su cinturón de herramientas, oliendo a sudor y cemento.
Jeferson se bajó los jeans: verga gruesa, venosa, cabeza morada, oliendo a orina vieja. Maikel no se quedó atrás: más larga, curvada, con costras de mugre en la base.

—Abre la boquita, puta barata —ordenó Maikel, metiéndomela hasta la garganta sin aviso.
—¡Puta la hueá, me ahogo, weón! ¡Sácamela, conchetumare!** —intenté gritar, pero solo salió baba y arcadas. Jeferson escupió un gargajo verde en mi culo y empujó de una: sin condón, sin lubricante, solo olor a obra y rabia. Los dos al mismo ritmo, uno en la boca, otro en el culo, como si me estuvieran taladrando.

Y ahí empezó el desquite, crudo y sin anestesia.
—¡Toma, muñeca de mierda, por cada “veneco ladrón” que nos han echado! —gruñó Jeferson, embistiendo hasta que sentí que me partía.
—¡Traga, coño e’ tu madre, que aquí no hay pañitos tibios! —añadió Maikel, agarrándome el pelo y dándome cabezazos contra la pared.
—¡Esto es por cada jefe que nos paga la mitad, pendeja culia! —siguió Jeferson, dándome nalgadas que me dejaron marcas rojas y ardientes.
—¡Y por cada chilena que nos mira por encima del hombro, zorra culona, te vamos a romper el orto! —remató Maikel, escupiendo un gargajo en mi cara que me tapó un ojo.

—¡Me duele el culo, hueones! ¡Bajen la intensidad, poh, la chucha! —grité entre arcadas, con la boca llena de baba y semen. Pero no pararon. No era sexo. Era descarga. Me dolía todo: el culo rojo, la garganta rota, las muñecas marcadas.

Jeferson se corrió primero, adentro, caliente, abundante, oliendo a orina y sudor.
—¡Ahí te vai, perra chilena, te lleno el culo de leche venezolana!

Maikel me sacó de la boca, me dio la vuelta y me llenó la cara: chorros gruesos, amarillos, que me taparon los ojos, la nariz, la boca, y me entraron hasta la garganta.—¡Toma tu leche, zorra, tragátela toda!

Me dejaron ahí, atada, chorreando semen y lágrimas, temblando como perra mojada. Desataron el cinturón. Me limpié con la sábana rota, llena de manchas viejas. Jeferson sacó los ochenta mil, los dobló y los metió entre mis tetas, que todavía temblaban.

—Mírate, mamita, pareces una burra recién parida —se burló Jeferson, riéndose en mi cara—. Vete a lavarte esa cara de pana antes que te confundan con una changa de la calle.

—Ya, weones, váyanse no más… pero no me jodan más la próxima, conchetumare —dije, con la voz rota y la cara pegajosa.

Salí del motel con el culo rojo, la cara llena de semen seco, las piernas temblando. En la calle, el viento del Biobío me secó las lágrimas que no sabía que tenía. Y pensé: A veces, pa’ que otro sane, tenís que ser la herida, poh.

0 comentarios - Confesión de una Puta: Los Dos de Caracas