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El premio es el incesto

Nota del autor
¡Espero que se encuentren muy bien!
Soy JJQUILMES —aunque muchos me conocerán por mis otros alias: José, JJQuilmes, Sexcritor o Exxxcritor. Durante los últimos 18 años he publicado bajo distintos nombres, y hoy quiero comenzar una nueva etapa junto a ustedes y con el apoyo de la comunidad de Poringa.
Me encantaría que me agreguen en Facebook, que me escriban, me cuenten qué les gusta, qué no, y también qué les gustaría leer en el futuro.
Mi intención es seguir publicando de forma gratuita, pero también ofrecer contenido especial a bajo costo, como historietas en formato de pasta blanda.
Por ahora, estaré retomando muchos de mis relatos clásicos, dándoles nuevas versiones y una mirada más actual.
Un verdadero gusto volver a compartir este espacio con ustedes en esta nueva etapa.
— JJQUILMES


El premio es el incesto



Bajo los deslumbrantesreflectores del centro acuático más grande del occidente mexicano —unaestructura monumental donde el eco multiplicaba cada grito—, el aguacentelleaba como líquida obsidiana. En las gradas, una marea humana ondeababanderas de Centroamérica: hondureños gritando hasta desgañitarse, salvadoreñoscon tambores, mexicanos alentando a su representante local. Pero para IvánChávez, aferrado al borde de la piscina con los músculos temblando deadrenalina, solo existía una palabra grabada a fuego en su mente: Campeón.Lo deseaba con una furia que lo asustaba; estaba dispuesto a destrozar, asangrar, a matar si era necesario por esa medalla de oro. Noera solo una competencia regional: era la prueba definitiva donde los mejoresnadadores de Centroamérica habían llegado para enfrentársele en su propiatierra.
Y entre la multitud, como un faroen la tormenta, estaba Ethel.
Morena clara, de piel luminosaque parecía absorber la luz del estadio, su rostro era una escultura vivientede serena determinación. Ojos almendrados —una mezcla de miel y ébano— quecombinaban una dulzura maternal con una firmeza inquebrantable. Labioscarnosos, siempre al borde de una sonrisa segura, y una postura que transmitíauna confianza tan natural como el latir de su corazón. Su cabello oscuro,recogido en una coleta desenfadada, acentuaba la gracia de su cuello esbelto.No era una belleza explosiva, sino armoniosa: una figura de reloj de arenadonde cada curva —los senos modestos pero perfectos, la cintura cincelada, lascaderas suaves que se fundían en piernas esbeltas— parecía calculada por losdioses para enloquecer a quien la mirara. Su encanto radicaba en una quietudpoderosa, una energía que no necesitaba alardear, pero que atraía miradas comoun imán.
Vestía jeans ajustados y unacamiseta blanca del equipo de Iván, saltando y aplaudiendo cada vez que suhermano se acercaba a la meta. "¡Chávez! ¡Chávez!", coreaba lamultitud, pero ella, en un arranque de emoción, gritaba: "¡Vamos, Iván!".Sus uñas, pintadas de un rojo carmesí, brillaban como gotas de sangre contra supiel dorada.
La competencia era feroz. Eran400 metros estilos —mariposa, espalda, pecho y libre—, y el hondureño en elcarril 3 no le quitaba ojo, manteniéndose a solo medio cuerpo de distancia. Ala izquierda, el salvadoreño, un toro compacto de músculos, respiraba con furiaen cada viraje. En el último giro, Iván sintió el agotamiento morderle lostendones; el agua, antes su aliada, ahora parecía espesa como alquitrán.
Ethel, al borde del pasillotécnico, no pudo contenerse. Con el corazón en la garganta, se abrió paso entreentrenadores y jueces. Un guardia extendió el brazo para detenerla, pero otro—un hombre mayor que había visto su devoción en entrenamientos— murmuró:"Déjala, es parte del equipo". Avanzó hasta quedar a metros de Iván, losuficientemente cerca para que él percibiera su perfume entre el cloro y elsudor.
"¡VAMOS, IVÁN!", gritó,y luego, en un arrebato involuntario que brotó desde lo más profundo de su ser:"¡TÚ PUEDES, MI AMOR!".
La palabra amor resonóen el aire como un trueno. Iván, que ya preparaba el último viraje, escuchó esavoz dulce y tentadora que le atravesó el cansancio. Sus músculos, antespesados, estallaron en una potencia salvaje. Brazadas largas, explosivas, comosi Poseidón mismo le hubiera concedido una fuerza nueva. El agua se abría anteél como si reconociera a su dueño.
Ethel lo vio avanzar —un dios delOlimpo surcando su elemento— y una ola de sensaciones la inundó: las manos letemblaron, un calor le subió por las pantorrillas hasta anudársele en elvientre, y entre sus piernas, una contracción dulce y eléctrica —como un latidosecreto— la hizo arquearse levemente. Ahí, rodeada de miles de personas, sintiócómo la emoción y el deseo se fundían en un solo fuego que le quemaba lasentrañas.
Algo se había roto entre ellos,algo que ya nunca podría esconderse bajo la superficie.
Pero ¿qué había sucedidoprevio a todo esto?
La historia de Iván y EthelChávez estaba tejida con hilos de sudor, ambición y un vínculo que traspasabatoda frontera permitida. Desde niños, sus padres —ambos exatletas— lesinculcaron el valor del esfuerzo físico. Mientras Iván soñaba con subir a podiosinternacionales, Ethel aspiraba a las pasarelas, cuidando cada detalle de sucuerpo con una disciplina que hacía que todas las miradas se volvieran haciaella —morena clara, de rostro esculpido entre la dulzura y la firmeza, con uncuerpo esbelto pero con curvas perfectamente distribuidas: senos modestos perotorneados, caderas suaves que se movían con natural elegancia, y un traseroque, aunque discreto, tenía la redondez justa para volver loco a cualquiera.
Iván era el atleta nato: ganabaen lucha olímpica, destrozaba rivales en tenis, vencía en concursos de fuerza yera el goleador imbatible del equipo de futbol. Pero en el agua… en el agua seconvertía en un ser mitológico. Nadie, absolutamente nadie, podía seguirlo.Ethel, por su parte, se acostumbró desde temprano a recibir medallas junto aél, a sostener trofeos que brillaban bajo los flashes. Aprendió que a su ladoganaba exposición, y le encantaba cuando en las competencias estatales onacionales la confundían con su novia. Al principio ambos se esforzaban poraclararlo, pero con el tiempo… dejó de importarles. ¿Por qué negar algo que, enel fondo, los llenaba de un extraño placer?
Pero todo cambió con esacompetencia.
Las semanas previas fueron uninfierno purgante.
—Tienes que guardar energía,concentrarte —le dijo el entrenador, con una palmada que pretendía sermotivadora—. Nada de distracciones. Nada de… gastarte. Esta es lacompetencia más importante de tu vida. Si sales campeón, te esperan contratoscon marcas internacionales y viajarás a Barbados —esa joya delCaribe de aguas turquesas y arenas blancas, donde las palmeras se mecen sobreplayas que parecen diseñadas para lunas de miel prohibidas.
Al principio, Iván asumió el retocon determinación. Lo llevaron a un campo de entrenamiento aislado, lejos detoda influencia externa… lejos de ella. Pero tras tres días, cadabrazada en la piscina se le hizo insufrible. Cada flexión de sus músculos, cadarespiración entrecortada, lo llevaban a imaginarse cosas que no debía… aella. Sus curvas bajo el agua, su risa, su mirada que lo desnudaba ensecreto.
Ethel siempre había estado ahí…pero esta vez no.
Al salir de un entrenamientoexhausto, no pudo más y la llamó.
—¿Otro récord personal hoy,hermanito? —preguntó ella con esa voz que le erizaba la piel.
—Nada de eso… —Él tragó saliva,sintiendo cómo el deseo le nublaba la razón—. Pediré que te traigan… no puedoestar sin ti…
Ethel sintió un nudo en lagarganta y un calor repentino entrepiernas.
—Pidieron que nos alejáramostodos… no quieren distracciones…
—Tú no eres una distracción,Ethel… eres una necesidad para mí.
Ella guardó silencio, conscientedel peligro que latía en esas palabras.
—Tienes que aguantar, campeón.Solo unas semanas más…
—Es fácil para ti decirlo —gruñóél—… no tienes idea de cómo se siente estar sin ti…
Ella rio nerviosa.
—Iván… —murmuró, conteniendo larespiración—. Sabes que somos hermanos, ¿cierto?
—Oh, lo sé perfectamente —cerrólos ojos, maldiciendo su suerte— Maldita sea… Sabes que mi vida gira alrededortuyo, ¿no es así?
Ella asintió con un gemido casiimperceptible.
—Sabes que cada victoria es tuyay mía, ¿no es así?
—Sí, Iván, pero… mis padres jamásentenderían… la sociedad tampoco…
—El éxito acompañado de dinero ypoder lo puede todo —sentenció él con una convicción que la estremeció.
Ethel se quedó reflexiva. ¿Ypor qué no?, pensó. Su hermano era fuerte, dedicado, guapo… ¿qué hombrepodría amarla y protegerla como él? Se imaginó a su lado, no como hermana, sinocomo esposa. Despertando cada mañana junto a él, sintiendo sus brazos alrededorde su cintura, llevando dentro de sí a sus hijos… sus hijos. Laidea la electrizó por completo.
—Entonces por eso debes ganar…—acentuó ella, con un tono que ya no ocultaba su complicidad.
—Tienes razón… —respondió Iván,decidido—. Ganaré por ti y por nuestro futuro.
La abstinencia se volvió unatortura sublime.
Esa noche, después de colgar,Iván volvió a la piscina y entrenó como un poseído. Luego, en su habitación,hizo flexiones hasta que sus músculos ardieron. Finalmente, desnudo frente alespejo, contempló su reflejo: no solo los abdominales marcados o los bícepspoderosos, sino eso que siempre lo había llenado de orgullo—un miembro grueso y largo, que ya palpitaba de solo imaginársela.
—Juro por mi vida —murmuró,tomándosela con la mano— que cada centímetro de esta verga va a estar adentrode ti muy pronto, Ethel… Con esta verga te voy a hacer mi mujer, y me darás lostres hijos que siempre he soñado…
Las noches se volvieron unaagonía húmeda. Acostado en la cama, con cada músculo dolorido, las sábanas lequemaban la piel. Cada roce de la tela era una caricia fantasma que loenloquecía. Y entonces, llegaba el mensaje:
—¿Durmiendo, campeón? —el tono deEthel era demasiado inocente para lo que él sabía que estaba haciendo.
—No —respondió secamente, con losdientes apretados.
—¿Necesitas… ayuda pararelajarte? —seguido de una foto: su hombro desnudo, el rastro de un sostén deencaje negro asomando.
—¡SABES CÓMO ENLOQUECERME! —gritóhacia las paredes, tirando el teléfono.
Pero cuando cerraba los ojos, yaera demasiado tarde. La imaginaba detrás de él, sus manos recorriendo suespalda, susurrándole al oído: "Gana primero… después, te daréalgo mejor que tus propias manos."
Al día siguiente, rompió todossus récords. El coach lo felicitó, e Iván, con una seguridad renovada, loencaró:
—Manda traer a Ethel conmigo, ote juro que mañana mismo cambio de coach.
El reencuentro fue un juego demiradas y promesas carnales.
Ethel llegó al campamento al díasiguiente. Iván la recibió con un abrazo que duró demasiado, sus cuerpospegados, sus miradas cruzándose con una intensidad que delataba el pactosecreto que ahora los unía —te deseo, te necesito, serás mía pronto...más pronto de lo que imaginas.
El coach se acercó, incómodo.
—Estamos preparando unahabitación extra, señorita…
—¡ESFÚMATE! —le sentenció Iváncon una voz tan cortante que hasta Ethel se sorprendió—Vendrás a dormirconmigo… hay suficiente espacio y tengo dos camas tamaño matrimonial —bajó lavoz, acercando los labios a su oído—. A menos que quieras que las hagamos unasola…
Ethel le sonrió, coqueta, ysusurró:
—Habrá que esperar a esa medallade oro…
Iván tomó su maleta y la llevóhasta su habitación. A partir de entonces, cada entrenamiento fue acompañadopor la presencia magnética de Ethel, que aplaudía cada récord roto y legritaba, llena de un éxtasis que ya no podía disimular:
—¡Eres el mejor, Iván! ¡Vamos,campeón! ¡Tú puedes, mi amor!
El coach, por indicaciones deIván, dejó de asistir a los entrenamientos. Y así, cuando Iván terminaba denadar, con la piscina vacía y el eco como único testigo, Ethel se metía al aguay jugueteaba con él. Hablaban del triunfo, de cómo marcaría sus rumbos y sudestino… hasta que, una tarde antes de la competencia, ocurrió lo inevitable.
Ethel se acercó a Iván y,rodeando su cuello con los brazos, lo miró fijamente: —Gana mañana, y en elCaribe tendremos nuestra luna de miel…
Y entonces, le dio su primerbeso. No fue un beso de hermanos, sino un beso lentohúmedonecesitado.Un beso que sabía a cloro y a promesas rotas, a deseo acumulado durante años.Iván enloqueció, sus manos recorrieron su espalda mojada, bajaron hasta susglúteos… pero ella, con suavidad, detuvo sus avances.
—Solo besos… por ahora —murmuróentre sus labios, permitiéndole saborearla una y otra vez, enredando su lenguacon la de él como si quisiera memorizar su sabor para siempre.
Esa noche, Iván no podía dormir.Ethel, con ese cariño tierno que la caracterizaba, cruzó hasta su cama y, consu pijama de seda puesta, se deslizó bajo las sábanas. Mientras acariciaba supecho con las yemas de los dedos, se besaban —lentosprofundosllenosde futuros imaginados— hasta que él, por fin, se rindió al sueño.
La mañana de la competencia,Ethel lo esperó en el vestuario.
Mientras Iván se cambiaba,nervioso, ella entró sin hacer ruido y lo sorprendió por la espalda.
—Mi león —susurró, girándolohacia ella.
Y le dio un beso con lenguahondomaestro —unbeso que le robó el aire y le inyectó fuego en las venas.
—¡Tú puedes, mi león!—le gritó, mientras él salía hacia la piscina con una determinación animal.
Iván Chávez no solo ganaría.
Conquistaría.
Pero volviendo al final de lacompetencia…
El grito de Ethel —"¡Túpuedes, mi amor!"— atravesó el estruendo del estadio como un rayo,clavándose en lo más profundo de Iván. Fue como si le inyectaran puro nitro enlas venas. Sus brazadas, ya poderosas, se volvieron demoledoras. Cada brazadaera un latigazo de músculo puro, abriendo una brecha insalvable entre él y elhondureño que jadeaba a su lado. El salvadoreño, por su parte, ya se rendíamoralmente, comprendiendo que competía contra una fuerza sobrehumana.
Los últimos cincuenta metrosfueron una exhibición de poderío. Iván no nadaba, volaba sobre el agua, un diostritón reclamando lo que era suyo. Cuando su mano golpeó la pared final, elmarcador electrónico estalló en luces verdes: ¡NUEVO RÉCOR! ¡CAMPEÓN!
El estadio estalló. Una ovaciónensordecedora se apoderó del aire húmedo. Pero para Ethel, el mundo entero sedesdibujó. Brincaba y aplaudía, las lágrimas resbalando por sus mejillas, sinpoder contener una sonrisa que le dolía de tan grande. Su mente era untorbellino de una sola idea, un solo futuro: Barbados. La arenablanca, el mar color turquesa, la cama de hotel... Su luna de miel.Él ya no sería su hermano; sería su hombre. La emoción era tanintensa que le provocó un espasmo dulce y húmedo en el vientre.
Llegó el momento del podio. Ivánsubió al escalón más alto, su cuerpo era una escultura viva de la victoria. Lapiel blanca brillaba bajo los focos, marcada por gotas que resbalaban por untorso cincelado, por unos abdominales que parecían tallados en granito y unosbrazos donde cada fibra muscular se delineaba con insolente perfección. Lecolgaron la medalla de oro, un disco brillante que palidecía ante el fuego desu mirada, que buscó y encontró la de ella.
Y fue entonces cuando Ethel, enun acto de puro morbo, dejó de mirar sus ojos. Su mirada descendió,deslizándose por su torso sudoroso, hasta detenerse en la entrepierna de suajustado traje de baño. Allí, en reposo, se insinuaba un bultogrueso, largo, poderoso. Un volumen que prometía... y que amenazaba con unplacer que ella apenas podía concebir. Un escalofrío le recorrió la espinadorsal. Comparó, con una rápida mirada furtiva, con los otros nadadores en elpodio y no hubo punto de comparación. Él era un hombre entre niños,pensó, y tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo se le encogía el estómagoy cómo un nuevo calor se encendía entre sus muslos.
La ceremonia terminó. Las cámarasprincipales dejaron de grabar, aunque el público seguía vitoreando. Fueentonces cuando Iván, con una sonrisa de lobo satisfecho, bajó del podio sinapartar los ojos de ella. Caminó directamente hacia donde Ethel estaba, con lamedalla colgándole del cuello.
Sin mediar palabra, la tomó porla cintura y la levantó en vilo como si pesara nada. La hizo girar en el aire,una vuelta completa, mientras una risa de pura felicidad escapaba de ambos. Albajarla, no la soltó. La atrajo hacia su cuerpo húmedo y, allí, delante de losojos atónitos y luego complacidos de la multitud, le dio un beso.
No fue un pico casto. Fue un besode novela, apasionadoposesivo, de esos que duraneternidades. Sus labios se sellaron con una urgencia que no pretendía disimularnada. Él le mordió suavemente el labio inferior y ella respondió abriendo laboca, permitiéndole el acceso en una rendición total. El público, lejos de escandalizarse,rompió en nuevos aplausos y vítores, creyendo ser testigos del épico romance deuna pareja de novela.
Cuando por fin separaron suslabios, jadeantes, Iván deslizó la cinta azul y dorada de su cuello y, conmovimientos lentos y deliberados, la colgó del cuello de Ethel. El metal fríodel oro le rozó la clavícula.
—Es tuya —susurró él, solo parasus oídos—. Tú me diste la fuerza. Y esto... —su mirada bajó hacia donde sucuerpo prometía el verdadero premio— ...es solo el principio. La medalla estuya, Ethel. Pero tú... tú serás mía por completo en esa playa.
El aliento de él le acarició lamejilla, caliente y cargado de intenciones. Ethel sintió que las piernas leflaqueaban.
—Tú eres mi verdadero premio—continuó Iván, bajando aún más la voz hasta convertirla en un roce sensual—. Ypienso reclamarte tan pronto aterricemos en Barbados. En el avión, en eltaxi... no voy a poder esperar hasta el hotel.
Las palabras la atravesaron comouna descarga eléctrica. Ethel pudo visualizarlo de inmediato: sus cuerposentrelazados en el asiento del avión, sus manos explorándola bajo una mantamientras el mundo dormía, la urgencia de sus bocas buscándose en la penumbra.Un calor húmedo y familiar se encendió en su vientre.
—Iván... —logró articular, peroél puso un dedo sobre sus labios.
—No digas nada —murmuró— Soloprepárate. Porque esa medalla —señaló el disco dorado que ahora colgaba sobreel escote de ella— es solo el aperitivo de lo que te voy a dar.
La multitud seguía aplaudiendo asu alrededor, pero para ellos el mundo se había reducido a ese círculo íntimodonde solo existían sus miradas encendidas y las promesas carnales que flotabanen el aire entre ambos.
El entrenador observaba la escenacon una mezcla de incredulidad y temor. Sí, sabía que eran hermanos,pero también sabía que Iván, en su nuevo estatus de campeón, no toleraríaninguna objeción. Él, que siempre había anhelado la fama y el reconocimientoque ahora llegaban gracias a su pupilo, decidió callar. El miedo aser desplazado era más fuerte que cualquier escrúpulo.
Las siguientes dossemanas de descanso antes del viaje a Barbados fueron un torbellino delujos y preparativos. Con un premio en efectivo de 50,000 dólares reciéndepositados, Iván tomó 15,000 y se llevó a Ethel decompras. La transformó por completo.
Atuendos: Le compró vestidos fluidos de diseñador que se adherían a su figura de reloj de arena, trajes de baño elegantes que realzaban sus curvas sin ser vulgares, y ropa interior de encaje que era una promesa constante bajo su ropa. Accesorios: Joyas finas que brillaban en su cuello y muñecas, gafas de sol de marcas exclusivas y bolsos que costaban más que lo que muchos ganaban en meses. Estética: La llevó a un salón de lujo donde le realizaron un cambio de look radical. Le cortaron el cabello en capas que enmarcaban su rostro, le añadieron reflejos dorados y le aplicaron tratamientos que hacían su piel lucir radiante. El resultado fue una Ethel que parecía más mujer, más madura, más dueña de su sensualidad y perfectamente acorde a su nuevo papel como la pareja pública de un campeón.Ethel estaba enloquecidade felicidad. Se dejaba llevar por la corriente de mimos y atenciones, peronotó un cambio peculiar en su hermano. Iván comenzó a modificar sudieta con una precisión clínica:
Para ella: Su menú se llenó de aguacates, salmón, espinacas, frutos rojos y nueces. Él le preparaba batidos verdes y le insistía en que tomara ácido fólico y vitaminas prenatales, argumentando que eran para "elevar sus niveles de energía y prepararla para la alta competencia en Barbados". Ella, confiada y feliz, no cuestionaba nada. Para él: Junto a su proteína habitual, Iván incorporó suplementos de zinc, selenio y coenzima Q10, además de cápsulas de maca y L-carnitina. Cuando Ethel le preguntó, él respondió con evasivas sobre "optimizar su rendimiento y su salud reproductiva para mantener la condición de campeón".Días antes del viaje, Iváncomenzó a firmar contratos con marcas de ropa deportiva y bebidas energéticas.Todos eran jugosos, pero uno en particular prometía ser millonario siconseguía el primer lugar en Barbados.
Fue entonces que el entrenador,viendo su inversión en riesgo, se acercó con cautela:
—Iván, perdona que me meta,pero... ¿una pareja en un viaje así no podría... reducir tu condición?—Ethel lo miró, preocupada. Ella quería que él siguiera triunfando tanto comoél mismo lo deseaba.
Iván lo miró con una frialdad queheló la sangre del coach.
—Escúchame bien. Tanpronto aterricemos en Barbados, no quiero que te metas de nuevo con mientrenamiento. Mi mujer, Ethel, estará a mi lado en todo momento y nadaintervendrá en mi triunfo —su tono era cortante, definitivo— Ellaes mi motor, ella es mi motivación. Sin ella, me pierdo, y eso ya deberíashaberlo entendido.
El entrenador asintió ensilencio, sin atreverse a replicar.
El día del viaje llegó. Ethelviajó junto a Iván desde el primer momento. Sus padres no sospechabannada. Aunque algunos conocidos les habían advertido sobre esa "extrañarelación", nadie se atrevía a abordar el tema directamente. Lo que no habíanvisto en televisión—ese beso apasionado— permitía que lo que veían en casa —esacercanía intensa— no les resultaba tan extraño. "Siempre han sido así,muy unidos", pensaban. Lo que ignoraban era que, en la intimidad de suhogar, Ethel había mudado su dormitorio y, a escondidas, dormía todaslas noches en la cama de su hermano. Aún no habían consumado completamentesu relación, pero sus noches eran un torbellino de besos y cariciasfebriles que los dejaban a ambos al borde del delirio, convencidos deque poco les faltaba para dar el paso final.
Al aterrizar el avión en Barbados,Iván bajó tomando firmemente de la mano a Ethel, caminando con una posesividadque no dejaba lugar a dudas. Ella se mostraba orgullosa, radiante,su nuevo look y su actitud gritando al mundo que pertenecía al campeón. Algunosreporteros locales, alertados por su llegada, se abalanzaron con sus cámaras,pero la seguridad privada que Iván había contratado seinterpuso con eficiencia, creando un cerco protector alrededor de la parejamientras se dirigían hacia la salida. La luna de miel prohibida y la búsquedade otra corona habían comenzado.
Esa primera noche en Barbadosfue una perfecta orquesta dirigida por Iván.
La cena transcurrió en unrestaurante privado sobre la playa, con la luna plateando las olas y una brisacálida acariciando sus rostros. Meseros impecables sirvieron platillosexquisitos y vinos finos, atendiendo su cada deseo con discreta eficiencia. Ethel,deslumbrante con un vestido vaporoso color zafiro, solo tenía ojos para elhombre que la miraba como si fuera el centro de su universo.
Entonces, tras el postre, Ivántomó su mano. Su mirada era intensa, solemne.
—Ethel —comenzó, su voz un pocomás grave de lo usual— Toda mi vida, cada brazada, cada victoria, ha tenido unsolo propósito real: merecerte.
De su bolsillo sacó una cajita deterciopelo azul. Al abrirla, un anillo de compromiso centelleó bajo la luz delas velas: un diamante solitario, perfecto y deslumbrante, montado sobre unfino aro de platino.
—¿Quieres ser mi mujer? No soloaquí, en este paraíso, sino para siempre.
Las lágrimas brotaron deinmediato de los ojos de Ethel, recorriendo sus mejillas en un río de emociónpura.
—Sí, Iván —logró decir entresollozos de felicidad— ¡Sí, por supuesto que sí!
Se levantó y se sellaron con unbeso que sabía a futuro, a promesas eternas y a un amor que había traspasadotodos los límites.
El ascensor hacia la suitenupcial fue un viaje cargado de electricidad. Sus cuerpos se pegaban,sus bocas no se separaban, las manos recorrían espaldas y cinturas con ansiacontenida. Al cruzar la puerta, se encontraron con un escenario de ensueño:pétalos de rosas blancas formando un camino hacia la cama king size, velasparpadeantes por doquier y las puertas abiertas de par en par a un balcónprivado donde solo se escuchaba el rumor del mar.
Iván la tomó en brazos y la llevóhasta el centro de la habitación. Allí, con una devoción casi ritualista,comenzó a desvestirla lentamente, besando cada centímetro de pielque iba descubriendo: el hueco de su clavícula, la curva de sus senos, la suaveplanicie de su vientre. Ethel, embriagada de placer y nerviosismo, dejabaescapar gemidos entrecortados.
Cuando él también quedó desnudo,Ethel no pudo evitar que su mirada se clavara, aterrorizada y fascinada,en el miembro de Iván. Era grueso, largo y palpitante, unaafirmación de virilidad que se erguía hacia ella con una intensidad que la hizodudar por un segundo.
—Es tuya, mi amor —murmuró él,notando su temor— Y hoy aprenderás a gozarla.
Tomándola de la mano, la guiópara que se arrodillara frente a él. Con un rubor inicial, Ethel llevósus labios a la punta, probando su sabor salado. Al principio torpe,insegura, pero guiada por los susurros de aliento de él, pronto encontróel ritmo. Tomó más longitud, usó su lengua con creciente destreza, y lochupó con una devoción y maestría que nacía del más profundodeseo de complacerlo. Los gemidos guturales de Iván fueron su mayor recompensa.
—Ya es suficiente —jadeó él,separándose con suavidad antes de perder el control.
La llevó a la cama y se posicionóentre sus piernas, que temblaban levemente. Él se impregnó de su esencia,abriéndola con una paciencia que contrastaba con la fiera tensión de su cuerpo.
—Por favor… despacio, Iván—suplicó ella, clavando las uñas en sus brazos.
Él asintió, con los músculos dela mandíbula contraídos. La punta de su miembro empujó contra suvirginidad, un obstáculo tierno y definitivo.
—Eres mía —gruñó, y con un empujeprofundo e irrevocable, la desfloró.
Ethel gritó, un sonido agudo quese mezcló con el rugido del mar. Un dolor intenso y breve la atravesó, seguidode una sensación de plenitud abrumadora.
—Duele… —lloriqueó.
—Ya pasará, mi amor —murmuró él,deteniéndose para besarla con ternura—. Ahora… prepárate.
Y entonces comenzó amoverse. Al principio con lentitud, permitiendo que su cuerpo seadaptara. Pero pronto, la bestia competitiva en él despertó. Sus caderasadquirieron un ritmo potente, animal, implacable. Ya no podíaceder. La poseía con la fuerza de un semental, cada embestida más profunda quela anterior, haciendo gemir los resortes de la cama. Ethel, atrapada entre eldolor residual y un placer que crecía como un tsunami, se abandonó. Sus gemidosse volvieron más urgentes, sus caderas comenzaron a responder con un ritmoinstintivo.
—¡Iván! —gritó, cuando una ola declimax brutal la estremeció por completo, haciendo que su interior seconvulsionara alrededor de él.
Eso fue la gota que derramó elvaso. Con un rugido ronco, Iván se hundió hasta el fondo y explotódentro de ella. Oleadas calientes de su semen llenaron su matriz, untorrente simbólico de fertilidad y posesión total.
Jadeantes, sudorosos yentrelazados, permanecieron así durante largos minutos. La medalla de orocolgaba de la mesita de noche, testigo silencioso. Pero la verdadera victoria,ambos lo sabían, se había consumado en esa cama, sellando un pacto de sangre, pasióny un futuro que, desde esa noche, sería irrevocable.
El amanecer en Barbados tiñó elcielo de su suite con tonos de melocotón y oro. Ethel se deslizó fuera de lacama, su cuerpo adolorido pero vibrante de una felicidad nueva. Se vistió conuna bata de seda y, con una sonrisa llena de ternura posesiva, preparó unabandeja con café, fruta tropical y tostadas.
Regresó a la habitación y lacolocó suavemente sobre la cama. Iván dormía profundamente, el rostro relajado,las sábanas cayendo justo por debajo de su cintura. Ethel se inclinó y susurrójunto a su oído:
—Buenos días, campeón.
Él abrió los ojos lentamente, unasonrisa instantánea iluminando su rostro al verla. La tomó de la muñeca y laatrajo hacia un beso suave y perezoso.
—Mi mujer —murmuró contra suslabios, como saboreando las palabras.
Ella le sirvió café y le ofrecióun batido de proteína que había preparado. Él lo bebió obedientemente, pero sumirada, que recorría el cuerpo de Ethel a través de la seda fina, se volvía másoscura, más intensa con cada trago. Una vez vacío el vaso, apartó la mesita dedesayuno con un movimiento deliberado y cuidadoso, sin apartar los ojos deella.
—El desayuno está delicioso—dijo, su voz ya un susurro ronco— Pero tengo hambre de otra cosa.
Sin darle tiempo a reaccionar, latomó por la cintura y la puso debajo de él. La bata de seda cedió fácilmente.No hubo preámbulos lentos esta vez. La urgencia de la noche anterior se habíatransformado en una certeza voraz. La posesión fue rápida, profunda, unrecordatorio animal de a quién pertenecía ese cuerpo. Ethel, ya sin el dolorinicial, recibió cada embestida con un gemido que era a la vez entrega ytriunfo, sus uñas marcando su espalda mientras el mundo fuera de su habitacióndejaba de existir.
Y así comenzó su encierro.Con diez días restantes para la gran competencia, Iván Chávez, elatleta disciplinado, no pisó la piscina ni un solo minuto. Suentrenamiento consistió en el ritmo de sus caderas contra las de Ethel, en laresistencia que demostraba al amanecer, al mediodía y profundamente en lanoche. La suite nupcial se convirtió en su estadio privado, el jadeosincronizado su música de fondo, y el cuerpo de su hermana —su mujer— en elúnico podio que anhelaba conquistar una y otra vez. El mundo podía esperar. Lacompetencia también. Él estaba ocupado reclamando, en cuerpo y alma, el premioque siempre había deseado.
El coach, nervioso, quería hablarcon Iván pero no se atrevía. Un día antes de la competencia, Ethel convenció aIván de que debía entrenar. Él accedió, pero fue una sesión breve, distante.
La mañana de la competencia, Ivánllegó al recinto con cuatro horas de sueño y cinco sesiones de sexointenso a cuestas. Habían follado en el mar, en el jacuzzi, en lapiscina de entrenamiento, en cada rincón de la suite, en todas las posicionesimaginables. Ethel, ahora acostumbrada a su tamaño y grosor, lo recibía cadavez con mayor voracidad.
En las gradas, Ethel era unespectáculo aparte. Vestía un ajustado vestido blanco que celebraba cada una desus curvas. Las cámaras y miradas se posaban en ella, y ella, orgullosa, semostraba dueña de toda esa atención. Iván, por su parte, lucía sorprendentementefresco, como si hubiera estado en concentración todo el tiempo. El coach,aliviado, les señaló al único rival que representaba peligro: un brasileñoalto, moreno y musculoso.
—Ese es el que puede arruinarlotodo —advirtió el coach.
Ethel miró al brasileño. Él ya lahabía estado devorando con la mirada desde su llegada. Sus ojos oscurosrecorrían su cuerpo con una insolencia que, en lugar de molestarla, la excitó.
—Buena suerte, mi amor —le dijoEthel a Iván, sellando sus palabras con un beso profundo— Ve a prepararte, yoiré a mi asiento.
Pero en lugar de dirigirse a lasgradas, Ethel se escabulló hacia el vestuario del brasileño. Él, al verla, ladejó pasar sin dudar. Su mirada era un fuego que quería consumirla.
—Veo que deseas algo —comenzóEthel, cerrando la puerta tras de sí— que solo el campeón puede tener.
Su voz era un hilo de sedaenvenenada. Se acercó, dejando que su perfume lo envolviera.
—Tal vez —respondió el brasileño,con un acento que raspaba cada palabra— Pero los campeones caen.
—¿A cambio de qué? —preguntóEthel, deslizando un dedo por su pectoral.
—De una noche contigo.
Ethel sonrió, maliciosa.
—Una noche no. Pero te daré algoahora, y tú… perderás hoy. ¿Trato?
El brasileño, hechizado, asintió.Estrecharon manos. Pero Ethel no se detuvo ahí.
—Un adelanto —susurró, y searrodilló.
Con una habilidad que solo eldeseo y la perversión pueden enseñar, lo liberó de su traje de baño y se lotomó completo. Fue una mamada de los mil demonios, profunda, húmeda, sinpiedad. Usó lengua, garganta, manos. Jugó con él hasta el borde, lo retuvo, losoltó, hasta que él, entre gemidos roncos, se vació por completo en sugarganta. Ethel se atragantó, tragando cada gota, dejándolo seco, débil,tembloroso.
Al salir del vestuario, seencontró con el coach de Iván. Él la miró, sorprendido.
Ethel se limpió los labios con eldorso de la mano y sonrió, malévola.
—El triunfo está asegurado,coach.
El coach, comprendiendo, asintiósatisfecho. Tal vez, después de todo, tener a esa mujer cerca era un armainvaluable. Siempre y cuando Iván no se enterara de lo que acababa de ocurrir.
La victoria de Iván fue tancontundente como predecible. Mientras él ascendía al podio con una sonrisatriunfal, el brasileño ni siquiera se presentó a la ceremonia, derrotado nosolo en la piscina, sino en algo más profundo.
Mientras Iván daba sus primerasentrevistas, radiante y rodeado de flashes, Ethel se deslizó una vez más haciael vestuario vacío del rival. Él estaba allí, apoyado contra los lockers, lamirada oscura entre la furia y la lujuria.
—Cumpliste tu parte —dijo él, conla voz áspera— Ahora yo cumplo la mía.
La empujó contra la pared fría,sin preámbulos, desabrochando su vestido blanco con manos urgentes. “Ivánestá ahí fuera, coronándose... y yo aquí”, pensó Ethel, un escalofríode culpa y excitación recorriéndole la espina dorsal. Pero la imagen delbrasileño, musculoso y sudoroso, devorándola con la mirada, la enciende más.
—Tranquilo, amor —susurró Ethel,irónica— Hay tiempo, al campeón le gusta dar show a las cámaras.
Pero él no quería ternura. Lagiró bruscamente, bajó su tanga y la tomó por detrás, un primer embate rudo quela hizo gemir. “Es distinto... más brutal...”, pensó,aferrándose al locker. Cada empujón era una afirmación de poder, una conquista.Y ella, para su propia sorpresa, respondía con una entrega animal.
—Así... así... —jadeaba,sintiendo cómo la posesión de este hombre, este extraño, la llenaba de un modoque era a la vez vulgar y profundamente excitante.
De pronto, sin aviso, sintió susdedos untados con algo frío —un lubricante de emergencia que tomó de su bolso—Un presentimiento recorrió su cuerpo.
—No... espera... —suplicó Ethel,pero su voz sonó débil, incluso para sus propios oídos.
—Sí —fue su única respuesta, unsusurro cargado de intención.
La presión fue inicialmentedolorosa, una quemazón intensa que la hizo gritar. “¡Iván...!”,pensó, en un arranque de pánico. Pero luego, la resistencia cedió, y unasensación de placer prohibido, vasto y desconocido, comenzó a extenderse porsus venas. El brasileño, sintiéndola ceder, gruñó satisfecho.
—Agora... agora sim essa bunda éminha… —murmuró contra su nuca, acelerando el ritmo mientras sus manosapretaban sus caderas—. Sou o primeiro a romper isso, posso sentir pelo quãoapertado está… sabroso…
El dolor se transformó en unadolorosa exquisitez. Ethel ya no suplicaba que parara, sino todo lo contrario.
—No pares... —gimió, volviendo lacabeza hacia él, los ojos vidriosos—. ¡Destrózame el culo! ¡Lléname!
Era una entrega total, un acto detraición que la excitaba hasta la locura. Amaba a Iván, lo amaba con ferocidad,pero esto... esto de entregar su intimidad más recóndita al enemigo, de sentircómo la poseía en el lugar más prohibido, la electrizaba.
El brasileño, alcanzando elclímax, la sujetó con fuerza de las caderas.
—Toma... —rugió—. ¡Toma todo,puta!
Un chorro caliente y espesoinundó sus entrañas. Ethel gritó, un grito ahogado y largo, mientras su cuerpose estremecía con violentas contracciones. Era la primera vez que alguien laposeía así, que la llenaban de esa manera. Sintió el semen del extraño correrdentro de ella, una marca íntima y secreta de su infidelidad.
Cuando él se separó, Ethel sedesplomó contra los lockers, jadeando, las piernas temblorosas. Se sintió vacíay a la vez llena, mancillada y extrañamente poderosa.
El brasileño se ajustó la ropa,mirándola con desprecio y satisfacción.
—Tu campeón no tiene idea de conqué clase de mujer está, ¿verdad?
Ethel, recuperando el aliento, seenderezó. Con un movimiento deliberado, se subió el vestido. Una sonrisa fría ytriunfal se dibujó en sus labios.
—Mi campeón —dijo, limpiándose unhilo de semen de su muslo con un dedo— ganó hoy dos veces. Y yo... yo gané mipropio juego.
Salió del vestuario, caminandocon dificultad pero con la cabeza alta, dejando atrás al hombre al que habíausado y que la había usado, sintiendo el calor de la traición y el semen ajenoaún latiendo dentro de ella, mientras se dirigía a reunirse con su hermano, suamante, su verdadero dueño.
La luna de miel en Barbados seextendió diez días más de lo planeado. Iván, nadando en dinero de sus contratosdeportivos, comenzó a conversar con agentes inmobiliarios para comprar unavilla frente al mar. Soñaba con regresar no a la casa familiar, sino a un hogardonde Ethel fuera oficialmente su mujer.
Pero Ethel había descubierto algopeligroso en sí misma: un lado salvaje que la embriagaba. En una fiesta deinversionistas, conocieron a Marcus Holloway, un australiano de cuarenta añoscuyo atractivo maduro y sonrisa fácil capturaron su atención.
Mientras Iván celebraba con otrosatletas, Ethel tejió su red con precisión calculada. Se deslizó junto a Marcus,su vestido blanco moviéndose como una bandera de rendición que él aceptóencantado.
—Tu esposo es un talentoextraordinario —comentó Marcus, sirviéndole champagne.
—Y yo soy quien lo impulsa —respondió Ethel, dejando su mano sobre su brazo unsegundo más de lo necesario.
La noche avanzó entre risascómplices y miradas que prometían lo que las palabras no decían. Cuando Iván,ebrio de alcohol y triunfos, fue ayudado a su suite, Ethel murmuró: "Tengoque agradecer personalmente a Marcus por su interés en tu carrera".
Las puertas del ascensor secerraron. En la suite penthouse de Marcus, el contrato de patrocinio millonarioya esperaba sobre la mesa. Ethel lo firmó con una mano mientras con la otradesabrochaba su vestido.
—Un talento como el de tu esposomerece esto y más —dijo Marcus, acercándose.
—Y yo merezco más que ser solo la esposa del campeón —respondió ella, dejandocaer el vestido al suelo.
Mientras Iván dormía suborrachera victoriosa, soñando con su futuro junto a Ethel, ella sellaba esefuturo acostada con el hombre que lo haría posible. Al amanecer, regresaría conel contrato en la mano y el sabor a traición en los labios, sabiendo que suluna de miel había terminado y que un nuevo juego de ambiciones comenzaba.
 
Reflexión del autor:
La transformación de Ethel noshabla de una verdad incómoda: el amor y la atracción rara vez son lineales,especialmente cuando se entrelazan con la ambición y la búsqueda de identidad.Su evolución no es una simple traición, sino el resultado de varias fuerzas enconflicto:
Una relación que nacetransgrediendo límites sociales puede normalizar la transgresión. Para Ethel,el tabú inicial —su relación con Iván— quizás debilitó otros límites morales,haciendo que nuevas fronteras fueran más fáciles de cruzar.
Históricamente, las mujeres hanusado su atractivo como moneda de cambio en un mundo dominado por hombres.Ethel, al descubrir que podía negociar con su sexualidad, repite un patrónancestral —pero desde una posición de aparente empoderamiento.
Cuando tu valor está demasiadovinculado al éxito de otro —"la hermana del campeón", "la mujerdel triunfador"—, surge un vacío existencial. Ethel no solo queríacompartir el triunfo de Iván; quería tener poder propio, aunque fuera a través demedios cuestionables.
Creemos que el amor verdadero nossalvará de nuestras sombras, pero a veces ocurre lo contrario: el amor intensopuede despertar aspectos ocultos de nuestra personalidad. La pasión que Ethel yIván compartían no era un escudo contra sus demonios internos, sino un espejoque los reflejaba.
Culturalmente esperamos que lasmujeres sean guardianas de la moral, árbitras del comportamiento ético en larelación. Cuando una mujer "cae" en este sentido, la decepción esmayor precisamente porque contradice esos estereotipos.
La verdadera tragedia no está enque Ethel se haya "convertido" en algo, sino en que nunca tuvo laoportunidad de descubrir quién era fuera de los roles que otros le asignaban:la hermana que apoya, la novia clandestina, la esposa del campeón. Sutransformación es, en el fondo, el grito de alguien que busca desesperadamenteuna identidad propia en un mundo que solo la valora por su relación con hombrespoderosos.

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