Arroz con leche (IX)

Lo que más recuerdo de esa tarde de viernes de enero eran esas aceitunas furiosas y vivaces, sus sensuales labios contraídos y ese sonsonete cantarín…

*¡Guarro!- exclamó y se fue, dejándome completamente confundido en la puerta de mi hogar.

Al instante, la voz de mi esposa intentaba enmendar la situación…

+¡No!- exclamó y fue siguiendo a la exacerbada madrileña, dándome una mirada complicada.

Esa tarde, me sentía exhausto. Aunque el último día de trabajo en sí no fue muy agitado (Gloria me dio una decente mamada en la oficina por la mañana), teníaque entregar a mi jefa Sonia los últimos proyectos antes de salir de vacaciones,los cuales había dejado pendientes porque nunca recibí la información completa desde sus fuentes y debía maquillarlos según mis propias interpretaciones para llenar los vacíos.

Como fuese, Marisol convenció a Pamela para que se sentara a la mesa y se calmara, mientras bebíamos café.

Las 2 vestían preciosas, en sus estilos tan particulares: Pamela, con una falda de mezclilla hasta la mitad de los muslos y un tank-top negro, con un escote no muy notorio, pero que encapsulaba su voluminoso busto de una forma inigualable y Marisol, con una falda corta de tubo y una blusa veraniega sin hombros, ambas de color blanco.

+Mira… no ha sido idea de él, ¡Te lo prometo!- empezó Marisol, mirándome con cautela.

La mirada de Pamela parecía tan afilada como una guadaña…

+ La verdad es que…- se pausó un poco, midiendo sus palabras con precaución.- no hemos estado con otra mujer por casi un año.

*¡Ostias, Mari!- exclamó Pamela, sobreseída por las palabras de su prima.

+¡Noo! ¡No es como tú piensas!- prosiguió Marisol, tratando de bajarle el perfil.- Tú sabes cómo es él… es dulce… y se siente rico.

Ahora, la mirada de Pamela no era tan hostil como al principio. De hecho, parecía reconocer parte de razón en las palabras de Marisol, pero no por eso, se dejaba convencer.

Sin embargo, mi esposa todavía mantiene un aura de niña inocente, con esos enormes y compasivos ojos verdes, su cabello alisado hasta el hombro y sus tímidos y delgados labios color frutilla, que inspira cierta simpatía, en especial, cuando va a pedir cosas que se salen de la norma.

+Pero tú ahora sabes lo que él me hace sentir…y bueno, yo… siempre tuve un poco de envidia de tu vida…

*¡Carajos, Mari!- respondió, colorada y mirando sus manos en torno a su taza.

En realidad, Marisol y Pamela vivieron experiencias similares: ambas experimentaron el acoso de los hombres desde una temprana edad.

Pero mientras que Pamela floreció en el ámbito sexual y aprendió el arte de manipular a los hombres con sus encantos, mi esposa buscó mantener la pureza de la niñez y los valores, creyendo que algún día, encontraría al verdadero amor y formaría una familia, hasta que nos terminamos conociendo.

+¡Tú te acuerdas lo que te decía de él!- continuó mi mujer, dejando aflorar sus primeras lágrimas.- De lo rico que me sentía y de las cosas que él me hacía…pero nunca me creíste.

*¡Carajos, Mari, ya no sigas!- Le imploraba la“Amazona española”, cuyo mentón también empezaba a perder la compostura.

+¡Tú no me creías! ¡Tú no me creías!- insistía recriminándole con más fuerza.- Y yo quería que lo sintieras… para que vieras que yo no te mentía.

*¡Joder, Mari, por favor!- para estas alturas, las lágrimas también trotaban por sus mejillas.

+ ¡Y por eso, quería verte, disfrutando tanto como yo!-insistió mi Ruiseñor, tomándole las manos.

En realidad, ese ha sido el catalizador del estilo de vida que llevo ahora y por el que terminé desfilando por la cama con mi suegra, mi cuñada, la prima de mi esposa y por la que hoy en día es mi jefa: que nadie creyese o estimase lo que Marisol sentía cuando estaba conmigo.

* Pero… ¡Ostias, Mari!... que lo que me pedís, no es fácil…- reprochó Pamela.- Que todavía me jode que este tío sea tu esposo y que lo dejes coger con zorras…

Nuevamente, los afilados ojos de la “Amazona Española” se clavaban en mí de forma desafiante y severa.

+¡No! ¡No! ¡Si él ya no es así!- medio mintió mi cónyuge.- Pero a ti, yo siempre te he considerado linda… y bueno… también tienes el cuerpo más bonito que he visto.

La mirada de Pamela era un verdadero coctel de emociones: por una parte, vergüenza, porque mi cónyuge la contemplaba con ojos de enamorada.

Por otra, indignación, dado que a Pamela le gustan los hombres y sus pocos “escarceos lésbicos” han venido de la mano de mi esposa, de mi cuñada, o bien,de mi actual jefa.

Y por último, sorpresa, al reconocerse que estaba considerando la idea.

Claramente abochornada y sin saber dónde mirar, me preguntó:

* ¿Y tú? ¿Qué dices?

- Yo… no sé.- Le respondí, tan pasmado como ella. Eso le dio confianza y nuestros ojos se encontraron de nuevo.-  Yo quiero estar con Marisol… pero la decisión es tuya. Yo no te voy a obligar.

Eso hizo reaccionar a mi esposa.

+ ¡No, pero tú me lo debes! ¡Te lo he prestado por varios días!

- ¡Marisol, eso no se hace!- le reproché indignado.-Si tú me quisiste prestar, fue porque tú querías hacerlo. No puedes obligarla a hacer cosas por sentimiento de culpa.

+Pero… pero… pero…- tartamudeaba, llorando otra vez.- Ella me gusta… y quiero ver de nuevo cómo disfruta contigo.

Una vez más, eso hizo enrojecer a Pamela, aunque yo intuía el verdadero trasfondo de mi Ruiseñor.

En el dormitorio, es otra cosa hablar de Pamela. Cuando Marisol pretende que es su hermana o su madre, se desboca y se enciende en sobremanera.

Que yo le cuente y muestre las cosas que hacía con ellas le excita a tal punto, que casi siempre acaba con gemidos tiernos y ahogados.

Aun así, cuando ella pretende que es Pamela, alcanza otra categoría, dado que su prima fue bastante promiscua desde la adolescencia y mi esposa se desinhibe por completo, llegando al punto en que ella misma me pide que la penetre más, que“la trate como puta” y que “le haga lo que me dé en gana”.

Pero también hay parte de amor lésbico y tabú. Es su prima, después de todo, y tal vez, la más cercana de sus amigas y por varios años, Pamela tenía el cuerpo que Marisol misma (y seguramente, muchas mujeres) deseaba tener para poder complacerme y esa actitud tan arrogante y exótica de su prima española, la terminó cautivando.

Luego de cenar y jugar un poco con las pequeñas, nos decidimos encontrar en el dormitorio, aunque las chicas decidieron vestirse por separado.

Pamela, con su sensacional camisón rosado, que resaltaba todo su soberbio pecho y ese trasero de infarto y desafiante, escondido apenas por la falda de su erótica prenda.

Y mi esposa, con el camisón blanco de seda, cuyas delgadas tiras se camuflan con su piel blanquecina y con un coqueto bermuda, que exacerba la amplia retaguardia de mi mujer y mejor amiga.

Demás está decir que me puse de pie al verlas llegar y me “terminé de parar”, al incorporarme al lado de ellas. A las 2 se les fueron los ojos a mi entrepierna cuando lo hice.

- ¿Y qué quieres que hagamos?- le pregunté a mi esposa, indeciso de cuál cuerpo devorar con la mirada.

+¿Cómo que “qué quieres que hagamos”? ¿No se te ocurre?- me reprochó Marisol.

Pamela y yo nos miramos incómodos…

* ¡Joder, Mari!... que contigo viéndonos, también me da corte.- respondió Pamela en su acento cantarín.

Marisol me miró y comprendió que también me pasaba igual.

+¡No sé! ¡Pretendan que yo no estoy!

Una vez más, la mirada complicada de Pamela se encontró con la mía. Sin embargo, habiendo vivido situaciones parecidas en varias ocasiones, di un profundo suspiro y dije:

- ¿Estás segura? Porque te voy a ignorar completamente…

Mis ojos estaban enfocados en el rostro vacilante de Pamela y sus labios temblaban en nerviosismo.

Y aun así, había un aire de solemnidad en la habitación.

+¡Sí… por favor!- respondió titubeante.- De verdad… que quiero verte con ella.

Lo último lo dijo como si se le fuese la voluntad.

Y afirmé a Pamela de la cintura y le di un profundo beso.

Todavía recuerdo ese aroma tan delicioso de Pamela. Esa combinación perfecta, a la crema de coco, entremezclado con el sutil perfume de esa belleza, tintineaba en mi nariz.

El beso le vino en sorpresa y durante un par de segundos, intentó apartarme. Pero a medida que mi lengua revoloteaba dentro de su boca y mis manos bajaban de su cintura a su trasero, aquella resistencia se transformó en un abrazo sobre mis hombros.

Lo que más me acuerdo es la viveza de sus ojos al momento de sorprenderse con la cama. Es decir, seguramente se habría besado con cientos de hombres y habría hecho lo mismo con un sinnúmero de ellos, con ella siempre dominando la situación.

Sin embargo, conmigo, parecía que sus ojos eran la máxima expresión de la incredulidad. Pero lo que siguió, fue combustible para varias noches con mi mujer, durante su embarazo.

Recuerdo que nos besábamos sin parar, todavía intentando Pamela de resistirse sin mucho éxito. Pero ella estaba de piernas abiertas, su falda levantada y mi falo asomaba la punta, por fuera de la cintura del pijama.

* ¡No, Marco!... ¡Cariño!... ¡Que Mari nos ve!- se quejaba, pero a pesar de todo, no apartaba sus manos de mi rostro, ni impedía que mis besos le bombardearan las mejillas y el cuello.

Recuerdo que le levanté las piernas y que para Pamela, eso fue una tortura infinita, porque tuve que apartarme de ella y descubrir lo que ocultaba mi pantalón.

Pamela estaba atónita y cuando inserté la punta, Pamela me tomó de un poderoso abrazo y me acercó.

* ¡Ostias! ¡Ostias! ¡Qué polla tienes, cariño!¡Joder, que eres un cabronazo!

Mis movimientos eran profundos y lentos y no tardaron mucho en recibir los primeros orgasmos de Pamela.

* ¡Ostias, Mari! ¡Ostias, niña! ¡Que no te metas dedo… mientras me coge tu marido!... ¡Joder!

Pamela alzaba la voz, pero ni a mí ni a mi esposa nos importaba (era la noche del viernes, después de todo), y aunque yo escuchaba parte del bombeo líquido de la mano de Marisol, no podía mirarla, ya que estaba a mis espaldas.

Pero eso excitaba muchísimo más a Pamela, incluso sintiéndola más estrecha, al punto que sus gemidos comenzaron a transformarse en verdaderos berreos.

* ¡Dale más, cariño! ¡Sigue así, pichón!… ¡Que hace tiempo que no me daban una buena cogida como esta!

Por poco y eso me hace parar en seco. Tomé conciencia que Pamela estaba comprometida para casarse con Juan y ahí la teníamos, revolcándose a gusto con el marido de su prima.

* ¡Ostias, que no pares, tío! ¡Cógeme! ¡Cógeme más, cariño!- protestó la “Amazona española”, al percibir mi vacilación.

Su boca era un verdadero huracán y a pesar de estar apresada bajo mi cuerpo, se seguía meneando para que el vaivén prosiguiera.

* ¡Anda, cariño! ¡Métela entera! ¡Métela toda!¡Acábame adentro, cabrón!

Y era esa entonación española, tan autoritaria, la que me hacía menearme más y más. Sentía en esos momentos que sus pliegues internos eran más suaves que la seda, la firmeza de sus piernas en torno a mi cintura y sus labios suculentos, más húmedos y dulces que los chocolates.

Y entonces, escuché un repentino…

+¡Mmgh!¡Mmgh! ¡Mmm! ¡Mmm! ¡Mmmm!- que anunciaba el orgasmo de Marisol.

Y posteriormente, sentí un peso en la cama y vi la figura de mi mujer, siguiendo decidida hacia los labios de su prima, quien recibía el beso más que golosa y con una sed y deseo tan excitante, que no aguanté mucho tiempo antes de soltar mi carga.

2 comentarios - Arroz con leche (IX)

Omar896 +1
Muy bueno Marco
Me intriga el final de esta serie
Espero leerte pronto
metalchono +1
Gracias, amigo. Recién he empezado a retomar el ritmo, ya que como puedes imaginar, es toda una revolución tener una bebita nuevamente en casa. Es bueno ver que, aun pasando algunos meses sin hablarnos, no perdemos el contacto. Espero que todo esté bien en tu vida. Un abrazo y como siempre, gracias por tu apoyo.