Después de que las fotos que Rodri le sacó a Sofía, mi mujer (y las que hizo con Leo) empezaran a circular en grupos de fotografía y portafolios, el teléfono no tardó en sonar. No eran solo aficionados buscando intercambios; eran fotógrafos y modelos del ambiente que veían en Sofía un potencial comercial enorme. Varias personas le escribieron ofreciéndole sesiones pagas, algo que al principio nos tomó por sorpresa. Ella, tras analizar un par de propuestas, terminó convenciéndome de aceptar una en particular. "Es dinero fácil, amor, y vos vas a estar ahí conmigo como siempre", me dijo. La idea de que otros estuvieran dispuestos a pagar por ver y tocar lo que era mío, sumado a la adrenalina de la situación, me hizo dar el visto bueno.
El que más insistió fue Héctor. Él no era un improvisado ni un millonario de película; era un tipo que había sido fotógrafo durante años y conocía los códigos del ambiente. Tenía un portfolio muy cuidado con otras modelos y buscaba una estética de alta tensión. El trato fue directo: una sesión de lencería y desnudo artístico en un estudio que él mismo alquiló, y el pago se realizaría apenas termináramos.
La Sesión: Luces y Roce Profesional
Llegamos al estudio y Héctor nos recibió con la naturalidad de quien alquila una cancha de fútbol. Tras una charla rápida sobre los ángulos, Sofía se cambió y salió con un conjunto de encaje negro, muy pequeño, que resaltaba cada músculo que tanto trabajaba en el gimnasio. Héctor, que también iba a posar, se quedó en unos pantalones de vestir, sin camisa, mostrando un físico maduro pero muy bien mantenido.
La sesión empezó con poses de pie. Héctor guiaba a Sofía con una seguridad técnica impresionante. Se acercaba para acomodarle el pelo o ajustarle la lencería con sus propios dedos, rozándole la piel con una frialdad profesional que solo aumentaba la carga eléctrica del lugar. Cuando pasaron a la cama del estudio, la atmósfera se volvió mucho más densa. Héctor se colocó detrás de ella, rodeándola; el contraste de la piel curtida de él contra la suavidad de Sofía bajo las luces del flash era brutal.
El momento del desnudo total fue donde todo se descontroló. Héctor se desvistió por completo y empezaron las tomas de contacto íntimo. De pie, frente a frente, se abrazaron para que el fotógrafo capturara la línea de sus cuerpos. Al estar los dos desnudos, el contacto era inevitable y constante. Héctor estaba visiblemente excitado, y en cada movimiento para buscar el perfil adecuado, su miembro rozaba el vientre y el pubis de Sofía. Ella, lejos de achicarse, se arqueaba y se acomodaba contra él, permitiendo que la cámara registrara esa proximidad carnal sin filtros.
Para la toma final, realizaron la pose del misionero artístico: Héctor se recostó en el suelo y Sofía se posicionó sobre él, boca abajo, de manera que sus cuerpos quedaran totalmente alineados de frente, pecho contra pecho y pelvis contra pelvis. Era una imagen de una intimidad absoluta; el sexo de Sofía apoyado y frotándose contra el de Héctor mientras se miraban fijo a los ojos bajo los flashes. Héctor mantenía sus manos firmes en la cintura de ella, presionándola contra él para eliminar cualquier espacio entre los dos. Yo estaba ahí, a pocos metros, sintiendo cómo la adrenalina me recorría el cuerpo al ver a mi novia entregada a esa coreografía con un desconocido.
Al terminar, la tensión se disipó apenas se apagaron los focos. Se vistieron con total normalidad mientras Héctor chequeaba el material. "Quedaron tremendas, Sofía tiene un ángel único para esto", comentó. Sacó su teléfono y, en un par de segundos, me llegó la notificación al mío: la transferencia por Mercado Pago ya estaba acreditada.
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