Vacaciones con mis primos, final

Día 22. Sábado.

Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de mi esposo, que estaba despierto, acostado a mi lado.

—¿Cómo te encuentras? —me sonrió, aparentemente entusiasmado.

—Bien —respondí un tanto desconcertada.

—Perfecto —se alzó—. He pensado que mientras el peque hace los deberes en el salón, yo puedo irme a la piscina con los otros dos —me miró y sonrió—. Tú te quedarás a solas con él.

Estaba alucinando con Alejandro. Para nada me esperaba que reaccionara como lo estaba haciendo. Aunque le quería justo por tal y como era, a veces le había echado en falta el punto de maldad que ahora estaba demostrando al maquinar tal fechoría con total serenidad.

—¿Y qué quieres que haga exactamente? —pregunté, imaginándome que, después de haberle hecho una paja al crío, poco le iba a impresionar.

—No sé. Estará haciendo cosas del cole. Dale una lección que jamás olvidará —rio, alejándose hacia el lavabo, totalmente ilusionado.

La mañana transcurrió tal y como mi esposo había organizado. Él estaba en la piscina con Fer y Dilan mientras yo ayudaba a Siscu con unos ejercicios en el salón.

—Espero que las mujeres se te den mejor que la escuela —le chinché, intentando encauzar el tema y sintiéndome ligeramente fuera de lugar.

—No sé. Eso dímelo tú —puso una cara divertida, haciéndome reír como siempre.

—A ver, tampoco te vengas arriba porque que yo recuerde el día que te duché te daba vergüenza enseñarme tu cosita —sonreí con malicia—. Y la primera vez que me viste desnuda casi te desmayas —me burlé—. Y las veces que me has metido mano en la piscina y la playa, lo hiciste a traición —gesticulé con el brazo como si le estuviera regañando—. Y la noche de la paja… —bajé el tono de voz— no es que me duraras demasiado.

—¡Jo! —puso cara de pena, volviendo a hacerme reír.

—Pero no te preocupes, son cosas de la edad. Ya irás aprendiendo.

—¿Y por qué no me enseñas tú?

Ya lo tenía justo dónde quería.

—¿Qué quieres saber? —cerré el cuadernillo del colegio.

—No —sonrió—. Necesito clases prácticas.

¡Madre mía! El niño no se cortaba ni un pelo y eso que mi marido estaba tan solo a unos metros, al otro lado de la puerta corredera de cristal.

—Vale —acepté—. ¿Qué tal si empezamos con un beso?

Mi primo no contestó, solo me demostró su entusiasmo con una exagerada mueca de alegría. Su actitud me divertida, haciendo que empezara a disfrutar de la situación.

—Pero lo hacemos con cuidado —le advertí—, que como nos vea el primo Alejandro se va a pillar un buen mosqueo.

—Sí, sí, tú vigilas, ¿vale? —parecía ansioso.

Me acerqué al rostro del mocoso, juntando su boca con la mía para darle un pico, pero el niño se apartó antes de que hubiera ningún tipo de contacto.

—¿Qué pasa? —pregunté extrañada.

—Es raro —puso una mueca de desconcierto.

—Si no te gusta lo dejamos.

—No, no. Es que… es como si me hiciera cosquillas —me hizo reír.

—Eso es mi aliento —mantuve la sonrisa—. Anda, saca la lengua y no la escondas —le ordené.

El peque me hizo caso. Volví a acercarme a su cara, observando cómo cerraba los ojos. Abrí la boca y le chupé la lengua. Sentí el leve gemido de mi primo y eso me animó a seguir, ahora lamiéndosela.

—¡Las manos quietas! —le recriminé al ver que comenzaba a sobarse el paquete—. ¿Te ha gustado?

—Sí —sonrió con cara de tonto, consiguiendo que me sintiera bien.

—Vale. Pues ahora vamos a hacer lo mismo, pero quiero que cuando te esté chupando la lengua, abras la boca.

—Vale.

Repetimos la secuencia para acabar dándonos un morreo de campeonato. Se notaba la inexperiencia del crío, pero lo suplía con total entusiasmo. Mi primo pequeño me comió los morros como si no hubiera mañana.

—¿Qué hacéis? —nos sorprendió Alejandro.

Yo me aparté de Siscu de inmediato, completamente alterada por la pillada. Me había metido completamente en el papel y mi corazón palpitaba a mil por hora cuando recordé que había sido todo una estratagema por parte de mi propio esposo. Me calmé, no así mi entrepierna, que comenzaba a humedecerse.

—Nada, ya hemos acabado. ¿Verdad, peque? Tira para la piscina —le animé.

El chico se marchó corriendo, supuse que asustado por si Alejandro había visto algo y ligeramente encorvado para disimular la empalmada. Mi pareja y yo nos miramos y no pudimos evitar reír.

—Cariño, no sabes cómo me has puesto… —confesó.

—¿Pero lo has visto?

—Solo os he pillado ahora, besándoos. ¡Joder, vamos a la cama!

—Espera un poco, torete —bromeé—. Mejor lo hacemos esta noche, que aún te queda mucho por disfrutar, ¿no crees?

—¡Uf! —resopló—. No sé si podré aguantarlo. Cuéntame lo que ha pasado…

A mí también me habían entrado ganas de hacer el amor con mi pareja, pero lo del peque me había hecho gracia y temía que si le quitaba el calentón a Alejandro se apaciguaran sus ánimos, concluyendo la travesura que nos habíamos inventado. Estaba intrigada por lo que mi marido tendría preparado para mis otros dos primos.

Después de comer decidimos ir a la playa como siempre. Pero antes de salir de casa recibí las instrucciones pertinentes para la segunda fase de nuestro juego.

—Le he dejado una revista porno a Fer y le he dicho que si quiere ponga una excusa para no venir a la playa, que yo me encargo de que se quede solo en el apartamento.

—Pero…

—Tranquila, tú volverás antes que nosotros —me guiñó un ojo.

¡Joder con mi maridito! Me estaba sorprendiendo cada vez más. Reí para mis adentros, divertida con la nueva propuesta. Si lo que Alejandro pretendía era que pillara a mi primo haciéndose una paja, me hacía gracia pensar que no tenía ni idea de que era algo que casi ocurre la primera semana de las vacaciones.

Nuevamente el plan urdido estaba funcionando a la perfección. En el último momento Fer dijo encontrarse mal y que prefería permanecer en el apartamento. Mi marido se quedó con él con la perfecta excusa de que no le gustaba la playa. No tardó en dejarlo solo para que yo pudiera regresar.

Entré al adosado sigilosamente, procurando no hacer ningún tipo de ruido. Si no hubiera sabido que estaba mi primo, habría jurado que estaba vacío. Me dirigí a la primera puerta y la abrí despacio, pero en el cuarto de baño no había nadie. Tampoco en la habitación doble. Eché un vistazo hacia fuera y vi la piscina en calma. Comencé a extrañarme. Solo me faltaba revisar la habitación de matrimonio.

El quinceañero no estaba en el cuarto, pero divisé el cajón de la cómoda abierto. Sonreí. Ya tenía claro dónde estaba y lo que estaría haciendo. Me dirigí al lavabo de la habitación. Empujé la puerta con suma suavidad, haciendo que se abriera levemente, ampliando mi zona de visión. Fernando estaba sentado en la taza del wáter. Con una mano aguantaba la revista de mi marido y con la otra se restregaba lo que supuse era una de mis prendas íntimas a lo largo de su fantástico pollón.

—¡Fer!

El chico apartó la mano para ocultar la tela, dejando su miembro completamente erecto tambaleándose. Balbuceó algo incomprensible y comenzó a ponerse rojo.

—¿En qué habíamos quedado? —le recriminé.

—Yo… Alejandro… él… —intentó excusarse.

—¿Y qué escondes ahí?

—Nada.

Me acerqué a él con parsimonia, sin dejar de mirarle la enorme verga que no paraba de respingar, la misma que hacía tan solo un par de días había tenido entre mis labios. Poco a poco comenzaba a calentarme.

—¿Se puede saber qué es eso? —le agarré del brazo que sujetaba la ropa interior.

El chico parecía asustado y no contestó. Le quité la prenda y comprobé que era uno de mis tangas.

—No me digas que estabas pensando en mí… —le recriminé con cierta dulzura.

—No. Bueno… es que…

—No me mientas —le reprendí serenamente.

—Sí…

—Sí, ¿qué? —alcé la voz.

—Sí… estaba pensando en ti —reveló al fin, agachando la cabeza.

Su confesión me satisfizo. Sonreí con picardía y le devolví la tela.

—Anda, puedes continuar.

—¿De… delan… te de ti?

—Claro. Quiero verlo —sonreí—. Pero ya sabes que Alejandro no puede llegar a saberlo nunca. Si se entera, te mata a ti primero y a mí después —observé cómo la polla se le ensanchaba aún más tras mi coacción.

El chico se marcó un pajote de aúpa. No dejaba de mirarme, gimiendo y sudando como un cerdo. Cuando se pasaba mis bragas por el frenillo se volvía loco, con la mirada perdida, hasta que explotó, inundándome el tanguita de abundante semen.

—Quédatelo —le ofrecí cuando empezó a recuperar el resuello.

Dejándolo nuevamente a solas, salí del cuarto de baño con la incómoda sensación de que mi caminar era antinatural. A cada paso que daba sentía cómo mis sensibles labios vaginales se restregaban entre sí, reclamándome atenciones que en ese momento no les podía ofrecer. La entrepierna me escocía.

Volví a la playa para contarle a mi marido lo que había visto. El hombre se puso tremendamente cachondo y tuve que refrenarle las ganas de llevarme a un lavabo público para follarme. Yo ya tenía un buen nivel de excitación así que la idea no me desagradó precisamente, pero preferí aguantar para que Dilan también pudiera entrar en juego.

—Esta noche podrías ponerte algo sugerente y vemos una peli —me comentó en la arena de la playa.

—¿Y cómo convencerás a Dilan para que no salga?

—De eso me encargo yo —sonrió—. Tú encárgate de sentarte a su lado —su mueca se tornó levemente perversa.

—Parejita, ¿vamos tirando? —nos cortó la conversación precisamente el veinteañero, que acababa de regresar del agua junto a su hermano.

No sé si fue decisión de mi propio primo o cómo coño le convenció Alejandro, pero el caso es que Dilan esa noche no salió y se quedó a ver la tele en familia.

—¡Vamos, cariño, que la peli está a punto de empezar! —me llamó mi marido.

Salí de la habitación un tanto avergonzada. Me había puesto unas mallas claras sin nada debajo que dejaban entrever mi anatomía femenina. Arriba no me quedé corta. Vestía una fina camiseta ajustada de color blanco, sin sostén, donde se marcaban mis pezones y se apreciaba el contorno oscuro de mis areolas.

Me fijé en la disposición de los hombres. Siscu y Fer, sentados en un par de pufs, se estaban peleando por el mando del televisor. Supuse que gracias a eso no se fijaron en mis pintas. En el sofá cama estaban Dilan y Alejandro, pero este último se levantó con la excusa de ir a por algo de beber, dejándome el camino libre. Me senté al lado de mi primo, que me dedicó una descarada mirada acompañada de una ladina sonrisa. Cuando mi marido regresó, cogió una silla para sentarse aparte.

—¡Que empieza! —me sonrió, mirándome de reojo antes de apagar la luz del salón.

Completamente a oscuras, iluminados únicamente por las escenas de la televisión, alcé los pies, acercándoselos a Dilan. Poco a poco me fui acomodando, recostándome en el sofá y dejando el culo en pompa, cada vez más al alcance del veinteañero, que no tardó en entrar al trapo. Empezó apoyando una mano sobre mi muslo. Nada escandaloso. Pero en seguida comenzó a acariciármelo muy lentamente, haciendo que mi libido, que ya venía caldeada, se encendiera.

Estiré una de las piernas, apoyándola encima de mi primo, que no rechistó. Supuse el motivo, pues noté claramente la hinchazón de su paquete. A esas alturas ya no me sorprendí, así que no me aparté. Me quedé quieta, rozándome con la fuerza de la naturaleza que se escondía bajo el pantalón del niño.

Estaba lo suficientemente oscuro como para que no viera a mi marido, pero me lo imaginaba espiándonos de reojo y eso hacía que aún me gustara más todo lo que estaba pasando. Pensé si los dos pequeños también estarían pendientes de mí y una oleada de lascivia me envolvió, justo en el momento en el que sentí la mano que me palpaba el culo. Solté un leve suspiro que no supe contener.

—¿Estás bien, cariño? —se preocupó Alejandro.

—Sí, es solo que me estoy durmiendo —mentí como una perra.

—Si quieres te llevo a la cama —me susurró Dilan, insinuándose claramente.

—¿Qué cuchicheáis? —inquirió el peque.

—Cosas de la peli —le espetó su hermano con cierta brusquedad.

Uno de los dedos de mi primo comenzó a jugar con mi agujero trasero, masajeándomelo por encima de la tela.

—No te pases —le musité, agarrándole del brazo.

Una cosa era tontear y otra cosa era que acabáramos repitiendo lo que pasó la noche anterior, pero con mi marido y sus hermanos de testigos. Alejandro confiaba en mí y debía estar convencido de que yo ponía los límites de las insinuaciones.

De repente, mi primo tiró de mis mallas, bajándomelas hasta descubrir mis nalgas, descolocándome por completo. No sabía si estaba más asustada o excitada. ¿Qué pensaba hacer el niñato? Para empezar, me palpó la vulva. Recé para que el chapoteo que yo oía claramente no fuera perceptible por encima del volumen de la tele.

Dilan me agarró la pierna que aún tenía encima de él, doblándomela para que la palma de mi pie entrara en contacto con su paquete. No pude evitar palpárselo, cerrando mis pequeños dedos sobre su entrepierna, buscando la punta de su polla. Mientras, el chaval comenzó a adentrarse entre mis labios vaginales, sintiendo cómo mi chochito le abducía hasta acabar follándome con un dedo. La situación no podía ser más peligrosa. Estábamos a una sola pausa para que alguno fuera al baño y seríamos pillados con las manos en la masa. Y estaba claro que mi esposo no se esperaría algo como lo que estaba pasando.

—¿A qué huele? —preguntó Fer.

¡Mierda! Mi sexo debía estar emanando efluvios suficientes como para que el salón apestara a coño durante una semana. Asustada, retiré a mi primo, subiéndome las mallas para volver a vestirme.

—¿Se puede saber qué os pasa? —reaccionó mi marido, encendiendo la luz y mirando hacia el sofá cama.

Aún medio recostada, yo ya estaba recompuesta, aunque tuve que mirarme las tetas para asegurarme de que los pezones no habían roto la camiseta de lo mucho que me dolían. Me giré hacia Dilan con la esperanza de que su empalmada no fuera demasiado notoria. Por desgracia lo era. Alejandro, que no sabía nada de lo que realmente había pasado, me miró con un gesto de satisfacción. Fer se alzó de su asiento y se acomodó entre su hermano y yo. Seguramente estaría celoso. Sonreí para mis adentros.

—Te has pasado siete pueblos —le recriminé a Dilan, a solas, una vez acabada la película.

—Has venido provocando —me sonrió mientras me daba un nuevo repaso con la mirada.

Me ruboricé ligeramente, tapándome los senos.

—Lo que ha pasado…

No podía dejar que el veinteañero se llevara esa imagen de mí. Vale que no había sido precisamente una santa durante los días anteriores, pero mi primo pequeño sabía los motivos. Sin embargo, lo que había hecho esa noche no tenía justificación. Así que se la di. Le expliqué todo lo que había pasado con Alejandro y el estúpido juego que nos llevábamos entre manos.

Tras la confesión fui consciente de que no tenía secretos para Dilan, exactamente igual que con mi marido antes de las vacaciones. Se podría decir que en esos momentos estaba mucho más unida al pequeño macarra, tanto física como mentalmente, que a mi esposo.

Cuando nos fuimos todos a la cama llegó el momento que Alejandro había estado esperando. Se abalanzó sobre mí, besándome con desesperación mientras farfullaba lo mucho que me quería. Yo reaccioné animosa, pero sin poder quitarme el temor de que volviera a fallar, dejándome nuevamente a medias.

—¿Qué ha pasado con Dilan? —inquirió mientras comenzaba a sobarme.

—Nada… —quise evadir el tema.

—¿Cómo que nada, no me lo quieres contar o qué? —sonrió.

—No es eso…

Con la intención de evitar que siguiera preguntando, le comí la boca, concentrándome en las ganas que tenía de que consiguiera volver a satisfacerme. Y la cosa iba bien, pues poco a poco me iba calentando. Empecé a pensar en lo mucho que quería a Alejandro. Tenía claro que todo lo que había sucedido con mis primos había sido por culpa de su ausencia y las necesidades que eso me había generado. Esa idea me reconfortaba. Estábamos llegando al punto de cocción cuando alguien picó a la puerta del dormitorio, cortándonos el rollo.

—¿Vero?

Era Dilan.

—¿Qué pasa? —contesté, apartándome de mi pareja momentáneamente.

—¿Puedes salir un momento?

—¿Ahora? —pregunté, ligeramente molesta por su inoportuna interrupción.

—No sé lo que habrá pasado en el sofá, pero creo que te echa de menos —se burló Alejandro, hablando lo suficientemente bajo para que mi primo no le oyera.

—¿Qué hacéis? —se escuchó desde el otro lado de la puerta.

—Espera, ya salgo —acepté con resignación, pues sabía que Dilan se estaba haciendo el tonto.

—No lo dejes demasiado caliente —bromeó Alejandro.

Recompuse mi vestimenta, pues mi marido me había medio desnudado, y salí al salón.

—¿Qué quieres? —inquirí, más seca de lo de esperado.

—¿Cómo va ahí dentro? —sonrió con cierta malicia.

—¿Para eso me has hecho salir? —me mosqueé.

—No te enfades… que estás muy guapa cuando sonríes.

No lo pude evitar. Sonreí como una tonta, como siempre que Dilan me hacía reír.

—Va, duérmete —le pedí—, que mañana te cuento como ha ido, ¿vale?

Le di un beso en la mejilla, pero el chico me sorprendió, girando el rostro para darme un pico.

—Dilan… —le reprendí con parsimonia, apartándome de él en dirección al cuarto donde me esperaba mi marido.

Antes de alejarme lo suficiente, el chico me dio un manotazo en el culo. Giré el rostro para recriminarle con el ceño fruncido, pero sin dejar de sonreír. Me quemaba la nalga dolorida, pero no podía negar que el gesto me había gustado.

—¿Qué quería? —indagó Alejandro en cuanto entré al dormitorio.

—Nada. Tenías razón, creo que lo tengo a tope —sonreí.

Mis palabras encontraron la reacción que buscaba. Mi marido pareció encenderse, despojándose de las ropas para mostrarse completamente desnudo ante mí. Ya estaba empalmado.

Pasaron unos minutos hasta que volvimos a escuchar a Dilan.

—Vero…

—¿Qué quieres ahora? —contesté, de rodillas, dejando de chuparle el pito a mi esposo, que estaba sentado en el borde de la cama.

—¿Puedo pasar? —preguntó mientras abría la puerta e irrumpía en la habitación de matrimonio.

—¡Pero, qué coño! —Alejandro se alzó, intentando taparse con uno de los cojines.

—¡Dilan! —me quejé, completamente desconcertada.

—Perdón, perdón —se excusó, sin dejar de adentrarse más en la estancia.

—Tío, ¿se puede saber qué haces? —le preguntó mi esposo.

—Vengo por si necesitas ayuda —sonrió, vacilándole y provocando que mis pulsaciones se dispararan por temor a lo que pudiera decir.

—Dilan, no digas tonterías —reaccioné.

—Vamos, Vero, no finjas ahora.

Debí quedarme pálida ante las palabras de mi primo. Miré a mi esposo, que parecía cohibido.

—No eres más que un crío que no se entera de nada —replicó Alejandro tras unos segundos de indecisión.

Me fijé en las gotas de sudor que comenzaban a deslizarse por la frente de mi pareja. Parecía acobardado.

—Por lo que me ha parecido ver, un crío que la tiene bastante más grande que tú —contraatacó con una sonrisa burlesca.

No me podía creer lo que pasó a continuación. Dilan comenzó a abrirse la bragueta, sacándose el cipote ante la mirada desencajada de Alejandro, que estaba paralizado y parecía haberse quedado sin palabras. A mí me dio un vuelco el corazón. Inesperadamente, ver cómo mi primo pequeño comenzaba a humillar a mi marido me estaba poniendo a mil.

—Ya… pero eso hay que saber usarlo… —soltó finalmente, con voz temblorosa.

Alejandro me miró, como esperando mi confirmación. Dudé y, sin decir nada, comencé a gatear hacia los dos hombres. Mi marido se destapó, dejando caer el cojín al suelo para mostrar su pene flácido. Ambas falos estaban en completo reposo, pero el de mi primo era el doble de grande. Ya no tenía dudas. Alcé una mano, agarré uno de las dos y masajeé el relajado miembro. Me dio la impresión de que me iba a costar que se empinara. Me fijé en el desafortunado perdedor, procurando darle explicaciones con la mirada.

—No todo es el tamaño —sonrió Alejandro, aunque aún parecía nervioso.

Observé cómo Dilan se guardaba la verga, abrochándose los pantalones antes de marcharse, sin rechistar. Me puse triste.

—Déjame hablar con él —le rogué a mi pareja.

—Sí, será lo mejor —no puso impedimentos—. Pero no tardes —me sonrió, más sereno una vez que el veinteañero se había ido.

No sabía lo que me estaba ocurriendo. En ningún caso quería hacerle daño a mi marido y por eso le escogí a él, pero no podía obviar que me había dado muchísimo morbo verlo acomplejado.

—¿Se puede saber qué pretendías? —le eché la bronca a mi primo en cuanto salí al salón.

Me acerqué a él y, antes de que pudiera contestar, le sobé el paquete.

—Me has puesto cachondísima —confirmé.

Dilan me contestó con una sonrisa de suficiencia. Era evidente que pretendía justo lo que estaba pasando. Se deshizo de los pantalones y los calzoncillos, mostrándome nuevamente sus preciosos atributos masculinos.

Le palpé la flacidez. Era tremendamente más placentero el carnoso tacto de mi primo que la pequeña picha de mi marido. Casi como atraída por su magnetismo varonil, me arrodillé ante el veinteañero. La verga ya tenía una leve altivez cuando me la metí en la boca. Era la primera vez que se la chupaba y me encantó sentir el frío sabor del ampallang. Mi lengua jugó con la barra de metal, percibiendo cómo poco a poco el glande se iba hinchando en el interior de mi cavidad bucal, hasta que degusté la juvenil dureza del miembro.

—Cariño… —oí a Alejandro llamándome desde la habitación.

Me dio un subidón. De repente fui consciente de que mi marido estaba en la estancia contigua, a una sola puerta de que me pillara haciéndole una mamada a mi primo pequeño. La mezcla de temor y morbo era tremendamente placentera. Le di un último repaso a la polla de Dilan, lamiéndosela desde la base hasta el bálano, y me alcé.

—Lo siento. Me tengo que ir —le susurré.

El macarra se despidió estrujándome un pecho. Gemí. Reaccioné rápidamente tapándome la boca, sin poder evitar reír junto al hijo de mi tía. Volvíamos a ser cómplices, como siempre fuimos.

—Lo siento —se disculpó Alejandro cuando regresé junto a él.

—¿Por qué, amor mío? —me hizo sentir mal.

—Por haberte hecho pasar este mal trago. Ha sido culpa mía. Yo te he dicho que calentaras a los críos y mira lo que ha pasado. Se me ha ido de las manos…

—¡Eh! —me quejé—. Nada de lamentos —procuré sonreír—. Ya está todo aclarado con Dilan, así que no tienes de qué preocuparte —fui consciente de mi cinismo.

Lamentablemente a mi marido se le había bajado toda la libido y, por más que intenté provocarle una erección, no fui capaz.

—Déjalo, cariño —me perdonó el suplicio—. Es imposible.

Me sentí tan impotente como él. Y ligeramente enfadada. Que no se le levantara era incluso peor a que me dejara a medias. Llegué hasta a dudar de mis capacidades para atraerle. Resoplé, disgustada.

—¿Estás bien? —se preocupó.

—Sí —mentí.

—¿Quieres… acabar tú sola? —parecía avergonzado.

—No, gracias —forcé una sonrisa—. Voy a salir a ver un rato la tele con Dilan. ¿Te importa?

Negó con la cabeza. Le di un tierno beso en la mejilla y me fui. Fue una despedida fría.

—Pensé que no volverías —dijo mi primo, que ya estaba tumbado en el sofá cama.

—¿Puedo? —pregunté mientras me recostaba a su lado.

—Mal, ¿no?

—Sí.

No hicieron falta más palabras para que Dilan se aventurara a colar una mano bajo mi camiseta, comenzando a jugar con el volumen de mis pechos.

—Ya está aquí tu primito para arreglarlo —se vanaglorió.

Su pasión por mí me reconfortaba. El deseo con el que me tocaba me hacía olvidar que me sintiera culpable por no haber sido capaz de excitar a mi marido y, después de todo lo que ya había pasado, no me pareció tan mal concluir lo que había dejado a medias. Me dejé llevar, rezando para que a Alejandro no le diera por salir de la habitación.

Me puse de rodillas sobre la cama, entre las piernas de Dilan. Le saqué la verga y se la meneé para ponérsela bien dura antes de comérsela. Totalmente descontrolada, no podía evitar los gemidos guturales de suma satisfacción cada vez que me metía en la boca la enorme polla de mi primo pequeño.

—Nos van a oír… —advirtió el veinteañero, aunque la situación parecía divertirle más que otra cosa.

—No, si ya os hemos oído hace rato —susurró el peque, asustándome.

Dilan comenzó a reír. Yo giré la cabeza y, avergonzada, me tapé la entrepierna. Aún tenía las mallas puestas, pero estaba con el culo en pompa y el rechoncho bulto que se adhería a la tela debía haber estado todo el rato a la vista de los dos menores.

—¡Madre de dios! —me quedé paralizada.

Siscu y Fer estaban de pie en la entrada del salón, completamente desnudos, con sus vergas completamente tiesas. Dudé un instante, tiempo que ellos aprovecharon para acercarse al sofá cama.

De repente me vi rodeada por mis tres primos pequeños y sus grandes pollas. No era una situación desconocida para mí, pero esta vez era distinto. Ya había tenido relaciones con cada uno de ellos por separado y, muy a mi pesar, mi marido estaba en la habitación de al lado incapaz de darme lo que los niños me ofrecían.

Completamente desatada, sin pensar, alcé ambas manos, agarrando sendos nuevos falos, y comencé a acariciarlos, escuchando el adulador sonido de los gemidos de los dos hermanos menores. Me detuve.

—¡Chis! —me quejé—. No podéis ser tan escandalosos —bajé el tono de voz—, que el primo se va a enterar.

—¿Pasa algo? —gritó mi marido desde la habitación.

—Mierda, mierda —susurré, alterada, al mismo tiempo que empujaba a los niños, echándolos de la cama.

—¿Estáis bien? —Alejandro asomó la cabeza por la puerta—. Me ha parecido oír un grito.

A Fer le había dado tiempo a ocultarse tras la barra americana de la cocina. Siscu estaba tumbado en el suelo, al otro lado del sofá cama. Dilan, con una pierna recogida para disimular la empalmada, había cubierto su desnudez con la sábana. Y yo, con el corazón a punto de explotar, tumbada en la cama al lado de mi primo, me puse de costado, dándole la espalda a mi esposo para que no se percatara de que tenía la camiseta medio subida.

—Ha sido la peli —afirmó Dilan.

—¿Vienes a la cama, cariño?

Sentí cómo el mayor de mis primos me agarraba la muñeca y tiraba de mi brazo, introduciéndolo cautelosamente bajo la sábana en dirección a su entrepierna. Mi corazón retumbaba en mi pecho.

—Aún tardaré un poco —contesté, comenzando a sentir los roces con el miembro de Dilan.

—¿Qué veis?

No tenía ni idea de lo que estaban dando en la tele. Miré disimuladamente y me fijé que en ese momento emitían anuncios. Me puse nerviosa y no supe qué decir.

—Agárralo como puedas —aseguró el macarra, haciéndome sonreír.

No lo pude evitar. Le agarré la polla y comencé a masturbarlo clandestinamente.

—Esas te gustan, cariño —concluyó Alejandro, intuí que sonriendo.

—Sí, me encantan —bromeé con un doble sentido que mi marido no pudo entender mientras estrujaba la durísima verga del veinteañero.

—Buenas noches, parejita —se despidió al fin.

—Buenas noches —contestamos al unísono Dilan, yo y… ¡el peque!

Por suerte Alejandro no se percató de la tercera voz. A mí me entró un ataque de risa, supuse que debido a la liberación del tenso momento vivido.

—¡Pasadlo bien! —se oyó desde la habitación de matrimonio, supuse que al percibir mis carcajadas.

—Venid —indicó Dilan en voz baja, alzándose de la cama.

El resto, cuchicheando entre risas, le seguimos sin rechistar, en dirección a la habitación doble. Los tres hermanos se sentaron en una de las camas mientras yo me aseguraba de cerrar las puertas, tanto del salón como del dormitorio para insonorizarlo lo máximo posible. Los chicos comenzaron a bromear sobre lo que acababa de suceder. Yo, sentada en la otra cama, los observaba.

Recordé lo bien que lo había pasado con mis primos pequeños durante todos los días de verano, pero especialmente la última semana en la que había intimado con ellos mucho más de lo que jamás me hubiera imaginado. A mi mente vinieron los últimos lamentos de mi marido. ¡Joder, si es que tenía razón! Si ahora estaba ahí, en esa habitación, era culpa suya. Dilan me dejó completamente satisfecha y si no hubiera sido por la maldita ocurrencia de Alejandro de obligarme a tontear con los chicos seguro que no estaría nuevamente necesitada. Y si encima él no podía cumplir como un hombre…

—Quiero que a mí también me la chupes —el peque me abstrajo de mis pensamientos.

—¿Estás seguro? —sonreí melosamente, desafiándolo, mientras me alzaba y, con parsimonia, me acercaba a los niños.

Nunca había estado con más de un hombre al mismo tiempo y, aunque jamás había formado parte de mis fantasías, lo cierto es que me resultaba muy apetecible. Así que, deleitándome la vista con las tres jóvenes vergas que me esperaban, lo tuve claro. Esa noche pensaba divertirme.

El mayor de edad, que tenía el falo a media asta, estaba sentado entre los dos menores. Me arrodillé ante ellos. Alargué los brazos para masturbar a Siscu y Fer, que estaban totalmente empalmados, y abrí la boca para volver a chupársela a Dilan.

La habitación se llenó de gemidos de placer. No tardé mucho en alternar, pasando a hacerle la mamada al quinceañero mientras no dejaba de pajear a los otros dos. Cuando le tocó el turno de recibir mi experimentado sexo oral al peque, acercando mi rostro a su entrepierna, contemplé cómo el enano se puso a temblar y, sin ni siquiera tocarlo, comenzó a balbucear escupiendo cuantiosos chorros de semen.

Me pilló por sorpresa, dándome un inesperado baño de lefa. El primer lechazo me alcanzó el rostro. Mientras sentía el caliente líquido deslizándose por mi mejilla, me dio tiempo a apartarme ligeramente para que el resto de la corrida me manchara la camiseta ajustada sin nada debajo que aún llevaba puesta.

—¡Joder, peque! —me quejé.

El esperma me caló. Pude apreciar la viscosidad empapándome las tetas, que ya empezaban a transparentarse claramente a través de la tela. Me deshice de la prenda. Aún no me la había sacado del todo cuando noté la mano de Dilan masajeándome los pechos una vez más. Fer le imitó. Me derretí de gusto.

Usé la camiseta para limpiarme los restos de la corrida del peque, que aún jadeaba con la polla casi totalmente empalmada, pues prácticamente no se le había bajado la hinchazón. Acababa de tener un orgasmo con lo que supuse que tardaría en volver a eyacular, así que aproveché para cumplir lo que me había pedido. Me acerqué nuevamente a su sexo, abrí la boca todo lo que pude y, con cierta dificultad, me tragué la rechoncha verga, que me rasgaba la comisura de los labios.

Escuchando cómo aumentaban los gemidos de mi primo, que se revolvía de placer, me fui introduciendo poco a poco mayor cantidad de carne en la boca, hasta que mi nariz chocó contra el barbilampiño pubis. Tenía poco margen de maniobra, pero procuré sacar la lengua para alcanzar los testículos del mocoso. Tosí, con ciertas dificultades para respirar, pero logré el objetivo, lamiéndole los huevos.

Con la boca totalmente colmada, no pude rechistar cuando Fer, siguiendo las instrucciones de su hermano mayor, me introdujo una mano dentro de las mallas para palparme las nalgas. No tardó en bajarme la prenda, comenzando a acariciarme muy cerca de mi ano. La excitación me hacía estar muy sensible con lo que casi instintivamente mi cuerpo se movió para facilitarle las maniobras. Me alcé, poniendo el culo en pompa y abriendo las piernas ligeramente.

Estaba convencida de que el niño de 13 años aguantaría más, pero no dejaba de ser un crío viviendo sus primeras relaciones sexuales. ¡Y no con cualquiera! Tenía la suerte de hacerlo con una experimentada treintañera que le estaba ofreciendo un curso intensivo en la materia. Empecé a sentir las convulsiones del volcán y la lava blanca deslizándose por mi paladar. Retiré la lengua y, separándome ligeramente de la verga, esperé a que la erupción concluyera sin dejar de succionarle el glande, recibiendo todo el magma en el interior de mi boca.

Con mi marido durmiendo en la otra habitación del apartamento, no me apetecía manchar nada que luego hubiera que limpiar ni estar saliendo y entrando cada dos por tres en dirección al cuarto de baño, así que decidí tragarme la lefa del peque. A pesar de ser su segunda eyaculación casi seguida había soltado una cantidad abundante y tuve que emplear tres buenos sorbos para engullir toda la leche. Tenía un sabor relativamente dulzón. Siscu se dejó caer sobre la cama, sollozando, exhausto.

—¿Dónde has aprendido eso? —giré el rostro, sorprendida por el buen hacer de Fernando, que me estaba masturbando, follándome con el pulgar mientras me masajeaba el clítoris con otro par de dedos.

—Me lo ha enseñado Dilan.

Miré al macarra. Le sonreí y él me regaló un morreo. Mientras nos comíamos la boca, arqueé la espalda, buscando facilitar que el quinceañero me tocara justo en el sitio exacto. No lo logró. El niño aún tenía mucho que aprender.

Dilan debió percibir mis necesidades, así que se separó de mí para apartar a su hermano y, sin darme tiempo a rechistar, me agarró de las caderas. Sentí cómo encaraba su verga, restregándome el glande a lo largo de la vulva, provocándome un escalofrío al sentir el frío metal del piercing rozándome los labios vaginales. Sin previo aviso, me partió el coño. La brutal penetración, acompañada de los suspiros de admiración de los dos menores, aumentó mi libido más allá de lo que creí que fuera posible. Comencé a moverme, procurando acompasarme a las acometidas de mi primo. Su pubis y mis nalgas chocaban con fiereza, provocando un sonido pegajoso, el de nuestros cuerpos sudorosos entrando en contacto una y otra vez.

Empujando a Siscu, Fer se sentó en la cama, dejando a mi alcance su exultante pollón, que parecía palpitar esperando mis atenciones. Por supuesto, no decliné la oferta. Se la chupé. Colmada de expectativas, salvajemente follada y con la boca llena de carne, no tardé en explotar de éxtasis, logrando un orgasmo tras otro, prácticamente seguidos, que me hicieron incluso perder la noción del tiempo, llegando a sufrir un ligero vahído debido al desbordante gusto que estaba experimentando.

—¿Estás bien? —oí al peque cuando comencé a recuperar el resuello.

—Uf… —suspiré, levitando aún en la esponjosa nube del placer.

Tirada en el suelo, me llevé una mano a la entrepierna. Una mezcla viscosa de mis fluidos y los de Dilan se adhirió a mis dedos. El chico se había corrido en mi interior. La otra vez no se lo permití. Desconcertada, miré al peque, que volvía a tenerla empinada.

—¿Estás bien? —insistió—. Fer y yo queremos que esta sea nuestra primera vez.

—Eres un cielo —sonreí.

Me incorporé, buscando con la mirada a Dilan. Estaba sentado en una de las camas, con la humeante polla en estado morcillón.

—¡Ya te vale! —le recriminé—. ¿Es que no tienes preservativos?

—Paso de gomas.

—Así vas dejándolas embarazadas por ahí —me enfadé.

—¿No te estás tomando la pastillita?

—Sí, pero… ¡es igual! —gruñí, dejándolo por imposible.

—¿Qué dices de lo nuestro? —preguntó Fer, ruborizándose.

—Cielo, ¿a estas alturas aún tienes vergüenza? —le hice una cariñosa carantoña.

—¡Pero di! —insistió Siscu.

—No condón, no party —bromeé.

—¡Jo! —se quejó el peque.

—¿Y los que hay en el cajón de la mesita de tu habitación? —preguntó Fer, descolocándome.

No era consciente de que mi marido tuviera profilácticos guardados, pero nadie mejor que el adolescente para saberlo después de haber estado rebuscando por nuestro cuarto en más de una ocasión.

—Lo siento, Alejandro está durmiendo —solté, convencida de que eso sería suficientemente disuasorio.

—Voy a buscarlos —soltó con entusiasmo el más pequeño de mis primos.

—¡Eh, alto ahí! ¿Dónde crees que vas? —le detuve.

Los chicos parecían dispuestos a arriesgarse a que mi marido nos pillara con tal de perder la virginidad conmigo. Era algo que me adulada sobremanera. Pero en ningún caso iba a permitir que el futuro de mi relación quedara en manos de unos críos, así que finalmente me ofrecí yo misma a cogerlos. Sospeché que eso implicaba aceptar el acostarme con los dos menores. Me sentí responsabilizada y eso me revolvió el estómago, pero era más por una placentera incertidumbre que por otra cosa. No tardé en asumir con gusto que iba hacerlos unos hombres.

A pesar de que mis mallas no estaban precisamente limpias, me las volví a poner junto a una camiseta que Dilan me dejó para no entrar con las tetas al aire a la habitación de matrimonio. Abrí la puerta con sumo cuidado mientras mis primos observaban mis maniobras desde el salón, completamente desnudos. Gesticulé para que se marcharan, pero me ignoraron. Escuché los ronquidos de Alejandro y, procurando ser lo más sigilosa posible, me adentré completamente a oscuras.

Había recorrido prácticamente la mitad del camino cuando trastabillé con uno de los cojines, golpeándome con la mesita de noche y soltando un pequeño quejido de dolor. Oí las risas de mis primos y las pulsaciones se me dispararon debido a la tensión.

—¿Qué pasa? —sollozó Alejandro.

—Nada. Sigue durmiendo, amor mío.

—¿Ha acabado ya la peli? —balbuceó, medio dormido.

—Sí —contesté sin pensar.

—Ven aquí —me agarró de la cintura, obligándome a caer sobre la cama.

Mi marido me rodeó con uno de los brazos, inmovilizándome. ¡No me lo podía creer!

—Se nos acaban las vacaciones, cariño… —balbuceó antes de volver a roncar.

Intenté zafarme, pero Alejandro me retenía con fuerza.

—Tata… —susurró el peque desde la entrada de la habitación.

—¡Largo! —murmuré, viendo cómo el niño se adentraba en la estancia.

—¿Dónde están?

—¡Mierda, peque! —me quejé.

De repente me llegó un ligero tufillo sospechoso. Me concentré en el hedor mientras oía la respiración desarmonizada de mi esposo, que se rascó la nariz con el antebrazo que no me retenía. Temí que el inusitado picor se debiera al sucio aroma que comenzaba a identificar claramente. La habitación apestaba a polla.

—¡Ahí, ahí! —musité, más que alterada, indicándole a mi primo el cajón de la mesita para que se marchara lo más rápido posible.

—¡Los tengo! —gritó, exaltado.

—¿Qué dices? —masculló Alejandro, dándome un susto de muerte, pero por suerte volvió a dormirse al instante mientras el peque se alejaba con las risas de fondo de sus dos hermanos.

Después del tenso momento vivido con pavor, cuando conseguí zafarme de mi marido, fui al otro cuarto con intención de abroncar a Siscu por la temeridad que había cometido.

—¡Mira lo que tengo! —me recibió el peque con entusiasmo, sonriendo con satisfacción mientras mostraba y agitaba los preservativos que había conseguido sustraer de la habitación de matrimonio.

Lo vi tan alegre que fui incapaz de enfadarme con él.

—A ver, entonces… ¿a quién desvirgo primero? —sonreí, divertida, decidiendo bromear para quitarle hierro al asunto.

—¡Yo, yo, yo!

—¡A mí, a mí!

—Tú —señalé al peque—, túmbate ahí.

—¡Bien!

—¡Jo!

De camino a la cama donde el niño se estaba estirando comencé a desvestirme. Dejándome la parte de arriba, me deshice de las mallas. Me fijé que la zona que había estado en pleno contacto con mi entrepierna estaba especialmente sucia. Abrí el envoltorio del profiláctico y puse la goma sobre la punta de la inhiesta polla.

—Huy, huy, huy…

—¿Qué pasa? —se preocupó mi pequeño primo.

—Pues que la tienes muy gorda, hijo mío, eso es lo que pasa.

No había pensado que los condones de mi marido no eran para penes precisamente grandes. Intenté ponerle la goma, pero no hubo manera, el peque se quejaba de lo mucho que le apretaba. No me podía creer que, después de todo, fuera a quedarme con las ganas de estrenar a mis primitos.

Lo volví a probar, pero tampoco ayudaban los lamentos de Siscu, que me estaba poniendo de los nervios. Hastiada de escucharle, deseché el preservativo, me subí sobre el colchón y me puse a horcajadas sobre el niño.

—¡Cállate ya, joder! —le recriminé mientras le agarraba la verga, encarándola.

Bajé mi cuerpo hasta entrar en contacto con la punta del cipote. Escuché los sollozos del peque al mismo tiempo que comenzaba a apreciar cómo mis carnes se abrían para hacer hueco al inconmensurable grosor. Me deslicé poco a poco, dejando que mis labios vaginales succionaran el tronco, hasta sentarme sobre los subdesarrollados testículos. Me removí, sintiendo cómo se desgarraban las paredes internas de mi vagina. Siscu, inquieto, balbuceó y comenzó a moverse compulsivamente, supuse que instintivamente, follándome con demasiado frenesí. Llené la habitación de gemidos de placer antes de que el pequeñín me rellenara el chocho de crema. Estuve a puntito de correrme, pero no lo logré por muy poco. Sin duda el chico tenía poco aguante debido a su juventud e inexperiencia.

—Siguiente —miré a Fer mientras me separaba de su hermano, dejando caer sobre el vientre masculino, con un ruido sordo, la flácida verga acompañada de los grumos de semen mezclados con mi propia lubricación.

De camino a la otra cama, me quité la camiseta de Dilan mientras me fijaba en el pollón del quinceañero. Definitivamente, descarté la posibilidad de volver a intentar usar preservativo. Una simple cuestión de tamaño. Empuñé la verga para atraerlo conmigo. Me tumbé en el colchón, abriéndome completamente de piernas, y me palpé el coño. Estaba más dilatado que nunca. El muchacho parecía indeciso, así que se la volví a agarrar, guiándole.

—Disfrútalo, cielo —se la sacudí para después masajearle los huevos.

Mi primo farfulló algo que no conseguí entender mientras comenzaba a penetrarme lentamente. Gocé de la sensación de cómo mis labios menores intimaban con las grandilocuentes venas del cipote que me empalaba. Gemí, momento en el que el chico comenzó las descontroladas embestidas.

—Calma, chis… —intenté refrenarlo, sabedora de que no aguantaría mucho a ese ritmo, pero no lo conseguí.

En una de esas, el pollón salió de mi interior, provocándome un estallido de placer. Tuve un nuevo orgasmo al mismo tiempo que mi primo comenzaba a eyacular sobre mi cuerpo. Escuché los sonoros lamentos del muchacho mientras enérgicos chorros de semen aterrizaban sobre mi cuello primero, mis pechos después y, finalmente, sobre mi abdomen.

Tras varios segundos despatarrada sobre la cama con el cuerpo lleno de ardiente leche, disfrutando del gusto del reciente éxtasis, lentamente recogí las piernas. Me alcé de la cama, buscando mi pringosa camiseta para limpiarme los nuevos restos. Observé a los chicos. Siscu seguía medio muerto en una cama. Debía estar bien sequito por dentro. ¡Se había corrido tres veces en muy poco tiempo! Fer, recién exprimido, tampoco estaba para más batallas. Sin embargo, Dilan se acercó a mí para cuchichearme.

—Aún me queda una bala en la recámara.

Pero le ignoré, dando la orgía por concluida. Adquiriendo nuevamente mi posición de adulta responsable, mandé a mis primos pequeños que arreglaran la habitación y, sobre todo, que abrieran la ventana para que se ventilara mientras yo me daba una ducha en el cuarto de baño común. Cuando salí del lavabo ya era tarde, así que me fui a dormir directamente, pero antes les pedí a los niños que no se acostaran sin lavarse.

Una vez en la cama junto a mi marido, llegó el turno de darle vueltas a lo sucedido. Había dado por hecho que me sentiría culpable, pero extrañamente estaba en paz conmigo misma. Amaba a Alejandro y eso nada ni nadie lo podría cambiar. Era el hombre de mi vida. Sin embargo, estaba claro que no podía estar sin sexo. Tal vez podía asumir estar mal follada, pero necesitaba unos mínimos. ¿Y qué decir de los chicos? Mis primos pequeños eran más que adorables. Los había visto crecer y ahora acababan de regalarme un verano que jamás olvidaría. Al fin y al cabo, todo quedaba en familia, concluí. Sonreí pensado en ellos, notando cómo se me generaba un nudo en el estómago.

—Mira cómo estoy, tenemos que hacer algo con esto —susurró Dilan.

Los ojos se me salieron de las cuencas. La enorme polla del niño, que había entrado en la habitación de matrimonio tan silenciosamente que no me había percatado, estaba completamente tiesa a escasos centímetros de mi rostro, con Alejandro durmiendo a mi lado.

—¡Largo! —grité silenciosamente.

Dilan me sorprendió, agarrándome del pelo para acercarme el rostro a su entrepierna. Pero yo sellé mis labios, molesta, sin dejar de aspirar el tentador aroma que su polla desprendía.

—Abre la boca, que se va a despertar… —advirtió.

Tenía razón. Estábamos siendo demasiado escandalosos debido al forcejeo. Noté cómo mi marido se removía y me asusté. Miré a mi primo con rabia y le hice caso. Sentí cómo me la metía hasta el fondo de la garganta, engulléndomela. Se la volví a mamar.

Aunque quisiéramos ser discretos, los vaivenes y los sonidos guturales eran inevitables. Mi marido nos iba a pillar en cualquier momento, pero la tensión me estaba poniendo cachonda una vez más. ¡Madre mía, era un no parar!

—¿Cariño…? —escuché a Alejandro.

El tiempo pareció detenerse, avanzando a cámara lenta. El corazón me latía tan fuerte que me retumbaba en el cerebro. Sentí el sabor de la polla de Dilan a medida que se deslizaba por mi paladar para acabar saliendo de mi boca, llenándome la barbilla de mis propias babas.

—¿Qué? —contesté con simpleza.

—¿A dónde vas? —preguntó, desperezándose, supuse que pensando que me estaba levantando.

Observé a mi primo alejándose sigilosamente en dirección al cuarto de baño, adentrándose en la penumbra.

—Al lavabo —mentí.

Alejandro pareció desistir del interrogatorio, quedándose dormido una vez más. Me acerqué a Dilan y, susurrando, comenzamos una disputa dialéctica. Me negaba rotundamente a practicarle el sexo oral que me reclamaba en la misma habitaci

12 comentarios - Vacaciones con mis primos, final

reivaj75
No puedes subir de nuevo ?
jotag88
el mejor de todos los relatos leidos hasta ahora
ragazzo2979
No hay la continuacion del relato
PasarelaK
No se ve.. ya quiero saber como continua!
el_cabesaurio
Vacaciones con mis primos, final tu post sale como tal pero al.ingresar figura vacio
Elsebastiann
La pucha leí hasta el episodio 8 nose cual es el que sigue y este no lo puedo ver y quiero saber cómo termina la historia
davis66
No está el relato vuelve a subirlo porfa
davis66
Pero esa parte no es la que va después de la 8 o si?