Vivo en un barrio de monoblocks, entonces yo tenía 19 años, era virgen y venía de mi primer rechazo amoroso, tenía ganas de olvidar y fue entonces que Florencia se mudó a mi edificio. Florencia tenía 18 años, era bajita, morocha de pelo largo, y por sobre todo dueña de las tetas más descomunales que había visto. Era verano así que constantemente la veía en ropa insinuante, remeras sin mangas con la palabra Sexy escrita en el escote, shortcitos ajustados y polleras sensuales. Incluso una tarde de mucho calor la vi volver a su departamento en pollera y corpiño de bikini, ni ella ni las primas con las que vive tienen mucho pudor.

Cada vez que nos veíamos, en el palier, en la escalera, en la calle, nos saludábamos, ella me saludó por primera vez. Al poco tiempo de llegar al barrio todos los pibes de mi manzana estaban como locos, obsesionados con poseerla, sin embargo Florencia tenía una pose de inalcanzable. Me calentaba muchísimo, desde el primer momento que la vi quería agarrarla para partirla en ocho, pero no se daba la ocasión. Una tarde salí de mi departamento, a caminar sin rumbo, cuando al llegar al pie de la escalera la encontré y empezamos a hablar. En un momento me dijo:

–¿Te gusta mi pollera? –al tiempo que giraba para mostrármela.

A mí lo que me calentaba eran sus piernas fuertes, su culo superpoderoso y esas tetas descomunales. Florencia creyó que podía dejarme con las ganas como a los otros pibes, inmediatamente me abalancé sobre ella y le comí la boca. No lo esperaba, trató de resistirse y quería separarse. Aunque no soy alto sí le llevo algo más de una cabeza de diferencia, la sometí por la fuerza y me la llevé a la rastra al descanso de abajo de la escalera. Sin dejar de besarla pasé una mano por detrás de su espalda para apretarla contra mí, sentía la presión de esas tetotas contra mi cuerpo y quería hacerla mía; con la otra mano, totalmente abierta, le daba fuertes palmadas en su culo, para sentirlo en todo su esplendor y su gloria. Florencia me sacó la remera y comenzó a acariciarme la espalda. Metí esa mano en su concha y pude sentir cómo se iba poniendo húmeda. Al separarnos Florencia me miró con cara de viciosa y supe que estaba entregada, el momento que tanto esperaba había llegado. Se levantó la remera, no podía sacar mi mirada de sus tetotas, pesaban cinco kilos cada una y eran algo de no creer. Tenía un corpiño blanco, enorme y precioso, a medida que se levantaba la remera Florencia también levantaba las tetas, cuando terminó de levantarse la remera las soltó, se bambolearon dentro del corpiño de tan pesadas y movedizas, la sacudida me puso a mil. Volvió a acomodarse la remera, se desprendió los broches del corpiño, luego se sacó los breteles por los brazos y sin sacarse la remera se quitó el corpiño deslizándolo por una manga de su remera, con eso terminó de seducirme, me derretí.

Por debajo de la remera pasé mis manos para sentir esas tetas, no me alcanzaban para abarcarlas, eran muchísimo más enormes de lo que había pensado al verla vestida. De un tirón Florencia se sacó la remera y pasó al frente, tomó mi cara y la hundió entre sus tetas, me puso contra la pared y comenzó a asfixiarme, yo quería quedarme a vivir ahí para mandarme unas turcas infernales por toda la eternidad. Conseguí zafarme de sus manos y empecé a chupárselas, la abracé y la tiré al piso.

–No voy a parar hasta que te salga yogur –dije, sintiéndola bajo mi cuerpo.

Para entonces hacía rato que sentía algo descomunal molestándome en la entrepierna. Nos levantamos y Florencia me tomó de los huevos, quiso bajarme el cierre del pantalón pero la alejé. Comencé por sacarme las zapatillas y las medias, me saqué el pantalón y en mi boxer se vio sobresalir un mástil que pedía entrar. Florencia se pasó la lengua por los labios, no veía la hora de que le entrara. Pelé la verga, nunca antes me la había visto tan erecta, en cualquier momento me caía de boca por el peso. Florencia retrocedió asustada, pero al verse en ridículo se obligó a mantener la compostura, entonces tomó mi poronga con sus manos y la metió en su boca, la vi atragantarse, a duras penas logró meterla toda. La separé, era el momento de penetrarla. Entonces supe que tenía un problema, no tenía forros encima y no quería dejarla embarazada. Sólo tenía una solución, agarré a Florencia por la cintura y de un zarpazo la tiré boca abajo contra un escalón. Le levanté la pollera y me dejé deslumbrar, esas piernas potentes y ese culo increíble iban a ser míos. Llevaba un culotte blanco, de satén, que hacía juego con el corpiño. Sólo ese culotte separaba su agujero de mi pedazo, se lo bajé de un tirón. La lubriqué con la mielcita que tenía en la cabeza de la verga.

–Abrite un poco, negra, que te voy a entrar –le dije al oído y Florencia se abrió los cachetes del culo con sus manos.

Le entré de una. Ella pegó un rugido de dolor y de placer que debe haberse escuchado en todo el edificio, todavía no entiendo por qué ningún vecino salió a ver qué estaba pasando. A mí ya no me importaba nada, incluso quería que alguien me viera cogiéndome a la chica más descomunal del edificio. Su agujero era muy estrecho, podía sentir cómo me iba apretando la verga a medida que iba entrando. La sentí estremecerse bajo mi fuerza, a cada segundo todo el cuerpo de Florencia temblaba de dolor, la oía quejarse y más me alentaba. La vi aferrarse fuerte a las barandas de hierro de las escaleras, apretaba fuerte por el dolor que sentía, y entonces comenzó a llorar. Su llanto me puso como loco, todavía no se la había puesto toda, entonces se la mandé hasta el fondo, toda entera. Al hacerlo empezó a golpear las barandas, desesperada.

–¡Sacala, me duele muchísimo! –gritó.

Pero yo ya no oía nada, empecé a darle bomba sin piedad, quería perforarle un pulmón con mi pija, dejarla con dolor de costillas por una semana, inundarla de leche por dentro. Le amasaba las tetas, buscaba su boca para besarla sin dejar de bombearla, ella no dejaba de llorar y hasta me bebí una de sus lágrimas. La oía gemir y yo quería que no se terminara más, acabé con un rugido todavía más fuerte que el de ella, estaba por las nubes.

–Fue como un choque de trenes, ¿no? –le pregunté.

–Vos sí que podés dártelas de burro, me mataste, quiero más –dijo.

Si Florencia seguía en pie era sólo porque no había dejado de aferrarse a las barandas, pero la había destrozado por dentro. Intentó incorporarse como pudo pero no tardó en caer desmayada, con la pollera levantada y el culotte enredado en sus tobillos. Busqué las llaves de su departamento entre su ropa, y sólo con el boxer puesto la cargué en mi hombro, su cara contra mi espalda y su culo destruido al aire. Cuando despertó había pasado más de una hora, me encontró acostado junto a ella, en su cama. Se levantó y la acompañé a la ducha, la había dejado renga. Volví a cargarla en mi hombro al terminar de bañarse, la llevé a su cama y la dejé descansar. Antes de irme tomé su corpiño blanco y me lo llevé de recuerdo de mi primera vez, mientras escribo esta historia lo tengo sobre mi escritorio, lo veo y quisiera volver a repetir esa tarde.

Fuente: M