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Unas vacaciones fuera de lo común 7

Día 21. Viernes.
Me desperté ligeramente aturdida, adolorida y bastante satisfecha. A mi mente comenzaron a llegar imágenes de sexo. De sexo con Dilan, lo había disfrutado mucho. Por un momento pensé que lo había soñado, pero pronto comencé a recordar. Mi primo pequeño me había regalado una cogida como ninguno de los que había echado con Jesús. No solo era su juvenil fogosidad, también era su espectacular miembro viril y su tremenda experiencia a pesar de sus escasos 20 años. No pude evitar sonreír rememorando alguno de los pasajes del maravilloso encuentro de la pasada noche.
Pero poco me duró la alegría. En seguida fui consciente de que en tan solo unas horas llegaría mi marido, el hombre al que amaba y al que, por segunda vez, le había sido infiel. Además, le había puesto los cuernos con un escuincle, que encima era mi primo. De repente me invadió un tremendo malestar y deseé dar por concluidas las vacaciones que comenzaban a convertirse en una auténtica pesadilla. Y eso pensaba hacer en cuanto llegara Jesús. Lo peor era que aún debía pasar casi todo el viernes.
Estaba en la cama que compartia con mi esposo, recién cogida con mi primo a mi lado con su vergón aún de fuera flácido abrazándome la cama con restos de nuestros fluidos pero ya ni que decir le había dado las nalgas a mi primo y al parecer ambos lo disfrutamos bastante.
Tal y como solía hacer el peque cuando quería faltar a la escuela, fingí encontrarme mal como excusa para no salir de mi habitación en todo el día. Esa misma mentira me serviría para convencer a mi esposo de que nos fuéramos del apartamento antes de tiempo. Me sentí orgullosa de mi estratagema.

Mis primos me atendieron como a una reina. No era para menos, pues gracias a mí se iban a llevar un inolvidable recuerdo de sin duda las mejores vacaciones de sus cortas vidas. Al mediodía, Jorge me trajo la comida a la cama y me hizo gracia ver que, para disimular la mordedura que le había dado, llevaba puesta la muñequera que le compramos a Ale en el mercado.
—Se la he pedido al peque —confesó al ver que me fijaba.

—Supongo que eso significa pacto de silencio —le interrogué con total seriedad.

—Siempre le puedo decir que ha sido una que me cogí anoche y que disfrutó más de lo que la muy puta se podía imaginar que me mordió cuando se corrió y me venía dentro de ella, se movía delicioso y ese culito tan apretado—me vaciló.

Guardé silencio, avergonzada de lo que había pasado.

Lo peor de estar en la habitación sin hacer nada es que no paraba de pensar. Intenté leer, pero no me concentraba y acabé practicando en mi cabeza todas las posibles conversaciones con Jesús que se me ocurrían. Tras pasar por multitud de estados de ánimo, mi marido llegó al fin.
—¿Cómo estás? Ya me han dicho los chicos que llevas todo el día en la cama.

—Mejor —forcé una sonrisa—. Pero aún no me encuentro muy bien.

Procuré hacerle ver que estaba lo suficientemente mal como para querer irme, pero sin pasarme demasiado pues no tenía nada y tampoco podía acabar alarmándole como para que decidiera ir de urgencias al hospital.

—Esto no tendrá nada que ver con tus primos, ¿no? —me sorprendió.

—¿Por? —pregunté cautelosamente.

—Por lo que me contaste la semana pasada. ¿Han estado muy pesados esta semana o qué?
—La verdad es que un poco sí —afirmé sin querer dar muchas más explicaciones, pensando que podía ser una buena excusa para que Jesús aceptara que nos marcháramos.

—Vaya… ¿qué ha ocurrido?

Mi marido parecía más que interesado, lo que hizo que me arrepintiera aún más de todo lo que había pasado.

—Nada. Tampoco tiene mayor importancia —mentí.

—Vamos, cariño, ¿por qué no me lo cuentas? —insistió, descolocándome ligeramente.

—Pero ¿por qué tanto interés?

—Te lo digo, pero…

—Pero, ¿qué? —me estaba poniendo de los nervios.

—Pues… me pone un poco la situación —sonrió con cierto rubor.
—Que te pone… ¿el qué, que los chicos se me insinúen? —me extrañé.

—Sí. No sé… imaginarme que los tienes todo el día detrás de ti, cachondos perdidos y que sólo puedes ser mía…

No me lo podía creer. Por un lado esa confesión me quitó parte del peso que tenía encima por lo ocurrido, pero por otro lado no me gustó que a mi pareja le diera morbo ese tipo de cosas. Era como descubrir una parte desconocida del hombre con el que llevaba años compartiendo mi vida y que le excitara que me morbosearan y se me insinuaran.

—Oye —prosiguió—, ¿a ti te importaría…? —Le miré con el ceño fruncido—. ¿Qué te parece si fuerzas un poco la situación con los chicos? —me propuso con un entusiasmo más desmedido del que me habría esperado, los calientas un poco y ya sólo como jugo.
No supe cómo reaccionar. Si mi marido supiera todo lo que había pasado con mis primos…

—¿Pero qué dices, Jesús? —me hice finalmente la ofendida.

—No te digo que los vayas a desvirgar, mujer —sonrió nerviosamente—, pero un poco de tonteo, insinuarte un poquito… ¡No sabes lo que me pone!

—Estás fatal hacer eso…

—Ann, creo que esto le puede venir muy bien a nuestra vida sexual… obviamente no te van a coger sólo algo inofensivo
A la mía sobre todo, pensé con cierta malicia. Decidí no darle más vueltas. A pesar de que mi libido había desaparecido completamente después de la sesión multiorgásmica que me regaló Jorge la noche anterior, mi marido me estaba poniendo en bandeja la posibilidad de seguir divirtiéndome con mis primos, así que no me hice más la estrecha. Acepté.

—Pero que conste que esto lo hago por ti —me puse digna.

—Muchas gracias, cariño. Y, por favor, procura que no se enteren de que está todo premeditado —sonrió—. Me gusta la idea de que los mocosos se piensen que pueden ser capaces de llegar a atraer a toda una mujer como tú —concluyó, sonriente, antes de besarme y dirigirse al cuarto de baño—. Ingenuos…

—Son capaces, lo son —afirmé por lo bajo, cuando ya no podía escucharme.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Estaba intranquila por el acuerdo al que había llegado con Jesús y todo lo que le rodeaba. En primer lugar me desconcertaba descubrir a estas alturas ciertos gustos de mi pareja, sobre todo si era algo tan significante como para provocarle morbo. Aunque, por otro lado, me reconfortaba la remota posibilidad de que tal vez no le molestara tanto si alguna vez llegaba a enterarse de lo que había hecho con mis primos. Por último, me preocupaba si realmente iba a disfrutar tonteando con los chicos. No solo ya no me sentía necesitada sexualmente hablando, sino que además una cosa era lo que había pasado los días anteriores de forma natural y otra muy distinta el forzar la situación haciendo ver que mi marido no era consciente de nada. No tenía del todo claro si me gustaba lo que había aceptado.
Día 22. Sábado.
Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de mi esposo, que estaba despierto, acostado a mi lado.

—¿Cómo te encuentras? —me sonrió, aparentemente entusiasmado.

—Bien —respondí un tanto desconcertada.

—Perfecto —se alzó—. He pensado que mientras el peque hace los deberes en el salón, yo puedo irme a la piscina con los otros dos —me miró y sonrió—. Tú te quedarás a solas con él.
Estaba alucinando con Jesús. Para nada me esperaba que reaccionara como lo estaba haciendo. Aunque le quería justo por tal y como era, a veces le había echado en falta el punto de maldad que ahora estaba demostrando al maquinar tal fechoría con total serenidad.

—¿Y qué quieres que haga exactamente? —pregunté, imaginándome que, después de haberle hecho una paja al chico, poco le iba a impresionar.

—No sé. Estará haciendo cosas del cole. Dale una lección que jamás olvidará —rio, alejándose hacia el lavabo, totalmente ilusionado.

La mañana transcurrió tal y como mi esposo había organizado. Él estaba en la piscina con Ale y Jorge mientras yo ayudaba a Raúl con unos ejercicios en el salón.
—Espero que las mujeres se te den mejor que la escuela —le chinché, intentando encauzar el tema y sintiéndome ligeramente fuera de lugar.

—No sé. Eso dímelo tú —puso una cara divertida, haciéndome reír como siempre.

—A ver, tampoco te vengas arriba porque que yo recuerde el día que te duché te daba vergüenza enseñarme tu cosita —sonreí con malicia—. Y la primera vez que me viste desnuda casi te desmayas —me burlé—. Y las veces que me has metido mano en la piscina y la playa, lo hiciste a traición —gesticulé con el brazo como si le estuviera regañando—. Y la noche de la paja… —bajé el tono de voz— no es que me duraras demasiado eh.

—¡Jo! —puso cara de pena, volviendo a hacerme reír.

—Pero no te preocupes, son cosas de la edad. Ya irás aprendiendo y después aguantas más.

—¿Y por qué no me enseñas tú?

Ya lo tenía justo dónde quería.
—¿Qué quieres saber? —cerré el cuadernillo del colegio.

—No —sonrió—. Necesito clases prácticas.

¡Chin! El niño no se cortaba ni un pelo y eso que mi marido estaba tan solo a unos metros, al otro lado de la puerta corredera de cristal.

—Vale —acepté—. ¿Qué tal si empezamos con un beso?

Mi primo no contestó, solo me demostró su entusiasmo con una exagerada mueca de alegría. Su actitud me divertida, haciendo que empezara a disfrutar de la situación.

—Pero lo hacemos con cuidado —le advertí—, que como nos vea el primo Jesús se va a enojar.
—Sí, sí, tú vigilas, ¿vale? —parecía ansioso.

Me acerqué al rostro del mocoso, juntando su boca con la mía para darle un pico, pero el niño se apartó antes de que hubiera ningún tipo de contacto.

—¿Qué pasa? —pregunté extrañada.

—Es raro —puso una mueca de desconcierto.

—Si no te gusta lo dejamos.

—No, no. Es que… es como si me hiciera cosquillas —me hizo reír.

—Eso es mi aliento —mantuve la sonrisa—. Anda, saca la lengua y no la escondas —le ordené.
El peque me hizo caso. Volví a acercarme a su cara, observando cómo cerraba los ojos. Abrí la boca y le chupé la lengua. Sentí el leve gemido de mi primo y eso me animó a seguir, ahora lamiéndosela.

—¡Las manos quietas! —le recriminé al ver que comenzaba a sobarse el paquete—. ¿Te ha gustado?

—Sí —sonrió con cara de tonto, consiguiendo que me sintiera bien.

—Vale. Pues ahora vamos a hacer lo mismo, pero quiero que cuando te esté chupando la lengua, abras la boca.

—Vale.
Repetimos la secuencia pero ahora me subí en el, quedando sentada sobre el, tomé sus manos y las puse en mis pompis y le dije mientras me besas acariciame. Se notaba la inexperiencia del crío, pero lo suplía con total entusiasmo. Mi primo pequeño me comió los labios como si no hubiera mañana y aoreta a mis pompis con mucha fuerza.

—¿Qué hacen? —nos sorprendió Alejandro.

Yo me aparté de Raúl de inmediato, completamente alterada por la sorpresa. Me había metido completamente en el papel y mi corazón palpitaba a mil por hora cuando recordé que había sido todo una estratagema por parte de mi propio esposo. Me calmé, no así mi entrepierna, que comenzaba a humedecerse.

—Nada, ya hemos acabado. ¿Verdad, peque? Tira para la piscina —le animé.
El chico se marchó corriendo, supuse que asustado por si Jesús había visto algo y ligeramente encorvado para disimular la empalmada. Mi pareja y yo nos miramos y no pudimos evitar reír.

—Cariño, no sabes cómo me has puesto… —confesó.

—¿Pero lo has visto?

—Solo los he visto ahora, besándose. ¡Madres, vamos a la cama!

—Espera un poco, torete —bromeé—. Mejor lo hacemos esta noche, que aún te queda mucho por disfrutar, ¿no crees? Me estaba gustando esto

—¡Uf! —resopló—. No sé si podré aguantarlo. Cuéntame lo que ha pasado…
A mí también me habían entrado ganas de hacer el amor con mi pareja, pero lo del peque me había hecho gracia y temía que si le quitaba el calentón a Jesús se apaciguaran sus ánimos, concluyendo la travesura que nos habíamos inventado. Estaba intrigada por lo que mi marido tendría preparado para mis otros dos primos.

Después de comer decidimos ir a la playa como siempre. Pero antes de salir de casa recibí las instrucciones pertinentes para la segunda fase de nuestro juego.

—Le he dejado una revista porno a Ale y le he dicho que si quiere ponga una excusa para no venir a la playa, que yo me encargo de que se quede solo en el apartamento.

—Pero…

—Tranquila, tú volverás antes que nosotros —me guiñó un ojo.
¡Joder con mi maridito! Me estaba sorprendiendo cada vez más. Reí para mis adentros, divertida con la nueva propuesta. Si lo que Jesús pretendía era que pillara a mi primo haciéndose una paja, me hacía gracia pensar que no tenía ni idea de que era algo que casi ocurre la primera semana de las vacaciones.

Nuevamente el plan urdido estaba funcionando a la perfección. En el último momento Ale dijo encontrarse mal y que prefería permanecer en el apartamento. Mi marido se quedó con él con la perfecta excusa de que no le gustaba la playa. No tardó en dejarlo solo para que yo pudiera regresar.

Entré al adosado sigilosamente, procurando no hacer ningún tipo de ruido. Si no hubiera sabido que estaba mi primo, habría jurado que estaba vacío. Me dirigí a la primera puerta y la abrí despacio, pero en el cuarto de baño no había nadie. Tampoco en la habitación doble. Eché un vistazo hacia fuera y vi la piscina en calma. Comencé a extrañarme. Solo me faltaba revisar la habitación de matrimonio.
El chico no estaba en el cuarto, pero divisé el cajón de mis cal abierto. Sonreí. Ya tenía claro dónde estaba y lo que estaría haciendo. Me dirigí al lavabo de la habitación. Empujé la puerta con suma suavidad, haciendo que se abriera levemente, ampliando mi zona de visión. Ale estaba sentado en la taza. Con una mano aguantaba la revista de mi marido y con la otra se restregaba lo que supuse era una de mis tangas a lo largo de su fantástico pollón y a un lado mi jabón íntimo con el que lavo mi vagina, no se pero supongo que plsneaba correrse dentro del frasco para que yo me pusiera su semen en mi vagina.

—¡Ale!
El chico apartó la mano para ocultar la tela, dejando su miembro completamente erecto tambaleándose. Balbuceó algo incomprensible y comenzó a ponerse rojo.

—¿En qué habíamos quedado? —le recriminé.

—Yo… Jesús… él… —intentó excusarse.

—¿Y qué escondes ahí?

—Nada.

Me acerqué a él con parsimonia, sin dejar de mirarle la enorme verga que no paraba de respingar, la misma que hacía tan solo un par de días había tenido entre mis labios. Poco a poco comenzaba a calentarme.
—¿Se puede saber qué es eso? —le agarré del brazo que sujetaba la ropa interior.

El chico parecía asustado y no contestó. Le quité la prenda y comprobé que era uno de mis tangas.

—No me digas que estabas pensando en mí… —le recriminé con cierta dulzura.

—No. Bueno… es que…

—No me mientas —le reprendí serenamente.

—Sí…

—Sí, ¿qué? —alcé la voz.

—Sí… estaba pensando en ti —reveló al fin, agachando la cabeza.

Su confesión me satisfizo. Sonreí con picardía y le devolví la tela, pero espera, salí del baño y fui al cesto de la ropa sucia y agarre una de mis tangas con las que dormía que tenía olor a mi y se la dí, le dije está huele y sabe a mi vagina y a mi lo puedes hacer con esta, oler la, lamer la lo que tú quieres.

—Anda, puedes continuar pero no te corras en mi jabón se lo quite y mejor le dije si quieres correte aquí le di un frasco de mi mascarilla.

—¿De… delan… te de ti?

—Claro. Quiero verlo —sonreí—. Pero ya sabes que Jesús no puede llegar a saberlo nunca. Si se entera, te mata a ti primero y a mí después —observé cómo la polla se le ensanchaba aún más tras mi coacción.

El chico se marcó un pajote de aúpa. No dejaba de mirarme, gimiendo y sudando como un cerdo. Cuando se pasaba mis bragas limpias por el frenillo se volvía loco mientras mi tanga sucia la tenía en su boca, con la mirada perdida, hasta que explotó, inundándome el tanguita de abundante semen y lo demás en el frasco de mi mascarilla.

—Quédatelo son tuyas —le ofrecí cuando empezó a recuperar el resuello.
Dejándolo nuevamente a solas, salí del cuarto de baño con la incómoda sensación de que mi caminar era antinatural. A cada paso que daba sentía cómo mis sensibles labios vaginales se restregaban entre sí, reclamándome atenciones que en ese momento no les podía ofrecer. La entrepierna me escocía.

Volví a la playa para contarle a mi marido lo que había visto. El hombre se puso tremendamente cachondo y tuve que refrenarle las ganas de llevarme a un lavabo público para follarme. Yo ya tenía un buen nivel de excitación así que la idea no me desagradó precisamente, pero preferí aguantar para que Jorge también pudiera entrar en juego.

—Esta noche podrías ponerte algo sugerente y vemos una peli —me comentó en la arena de la playa.
—¿Y cómo convencerás a Dilan para que no salga?

—De eso me encargo yo —sonrió—. Tú encárgate de sentarte a su lado —su mueca se tornó levemente perversa.

—Parejita, ¿vamos tirando? —nos cortó la conversación precisamente el veinteañero, que acababa de regresar del agua junto a su hermano.

No sé si fue decisión de mi propio primo o cómo coño le convenció Jesús, pero el caso es que Jorge esa noche no salió y se quedó a ver la tele en familia.

—¡Vamos, cariño, que la peli está a punto de empezar! —me llamó mi marido.
Salí de la habitación un tanto avergonzada. Me había puesto unos shorts bastante cortos y ajustados claros sin nada debajo que dejaban entrever mi anatomía femenina. Arriba no me quedé corta. Vestía una fina camiseta ajustada de color blanco, sin sostén, donde se marcaban mis pezones y se apreciaba el contorno de mis areolas.

Me fijé en la disposición de los hombres. Raúl y Ale, sentados en un par de pufs, se estaban peleando por el mando del televisor. Supuse que gracias a eso no se fijaron en mis pintas. En el sofá cama estaban Jorge y Jesús, pero este último se levantó con la excusa de ir a por algo de beber, dejándome el camino libre. Me senté al lado de mi primo, que me dedicó una descarada mirada acompañada de una ladina sonrisa. Cuando mi marido regresó, cogió una silla para sentarse aparte.
—¡Que empieza! —me sonrió, mirándome de reojo antes de apagar la luz del salón.

Completamente a oscuras, iluminados únicamente por las escenas de la televisión, alcé los pies, acercándoselos a Jorge. Poco a poco me fui acomodando, recostándome en el sofá y dejando el culo en pompa, cada vez más al alcance del veinteañero, que no tardó en entrar al juego. Empezó apoyando una mano sobre mi muslo. Nada escandaloso. Pero en seguida comenzó a acariciármelo muy lentamente, haciendo que mi libido, que ya venía caldeada, se encendiera.

Estiré una de las piernas, apoyándola encima de mi primo, que no rechistó. Supuse el motivo, pues noté claramente la hinchazón de su paquete. A esas alturas ya no me sorprendí, así que no me aparté. Me quedé quieta, rozándome con la fuerza de la naturaleza que se escondía bajo el pantalón del chico.
Estaba lo suficientemente oscuro como para que no viera a mi marido, pero me lo imaginaba espiándonos de reojo y eso hacía que aún me gustara más todo lo que estaba pasando. Pensé si los dos pequeños también estarían pendientes de mí y una oleada de lascivia me envolvió, justo en el momento en el que sentí la mano que me palpaba el culo. Solté un leve suspiro que no supe contener.

—¿Estás bien, cariño? —se preocupó Jesús.

—Sí, es solo que me estoy durmiendo —mentí como una perra.

—Si quieres te llevo a la cama —me susurró Jorge, insinuándose claramente.

—¿Qué dicen? —inquirió el peque.

—Cosas de la peli —le espetó su hermano con cierta brusquedad.
Uno de los dedos de mi primo comenzó a jugar con mi agujero trasero, masajeándomelo por encima de la tela.

—No te pases —le musité, agarrándole del brazo.

Una cosa era tontear y otra cosa era que acabáramos repitiendo lo que pasó la noche anterior, pero con mi marido y sus hermanos de testigos. Jesús confiaba en mí y debía estar convencido de que yo ponía los límites de las insinuaciones.
De repente, mi primo tiró de mis shorts un poco, bajándomelas hasta descubrir mis nalgas, descolocándome por completo. No sabía si estaba más asustada o excitada. ¿Qué pensaba hacer el chico? Para empezar, me palpó la vulva. Recé para que el chapoteo que yo oía claramente no fuera perceptible por encima del volumen de la tele.

Jorge me agarró la pierna que aún tenía encima de él, doblándomela para que la palma de mi pie entrara en contacto con su paquete. No pude evitar palpárselo, cerrando mis pequeños dedos sobre su entrepierna, buscando la punta de su polla. Mientras, el chaval comenzó a adentrarse entre mis labios vaginales, sintiendo cómo mi chochito le abducía hasta acabar follándome con un dedo. La situación no podía ser más peligrosa. Estábamos a una sola pausa para que alguno fuera al baño y seríamos pillados con las manos en la masa. Y estaba claro que mi esposo no se esperaría algo como lo que estaba pasando que me estuviera metiendo su dedo en mi vagina.
—¿A qué huele? —preguntó Ale.

¡Mierda! Mi sexo debía estar emanando efluvios suficientes como para que el salón apestara a vagina excitada durante una semana. Asustada, retiré a mi primo, subiéndome los shorts para volver a vestirme.

—¿Se puede saber qué les pasa? —reaccionó mi marido, encendiendo la luz y mirando hacia el sofá cama.
Aún medio recostada, yo ya estaba recompuesta, aunque tuve que mirarme las tetas para asegurarme de que los pezones no habían roto la camiseta de lo mucho que me dolían. Me giré hacia Jorge con la esperanza de que su empalmada no fuera demasiado notoria. Por desgracia lo era. Jesús, que no sabía nada de lo que realmente había pasado, me miró con un gesto de satisfacción. Ale se alzó de su asiento y se acomodó entre su hermano y yo. Seguramente estaría celoso. Sonreí para mis adentros.

—Te has pasado —le recriminé a Jorge a solas, una vez acabada la película.

—Has venido provocando —me sonrió mientras me daba un nuevo repaso con la mirada.

Me ruboricé ligeramente, tapándome los senos.

—Lo que ha pasado…
No podía dejar que el veinteañero se llevara esa imagen de mí. Vale que no había sido precisamente una santa durante los días anteriores, pero mi primo pequeño sabía los motivos. Sin embargo, lo que había hecho esa noche no tenía justificación. Así que se la di. Le expliqué todo lo que había pasado con Jesús y el estúpido juego que nos llevábamos entre manos.

Tras la confesión fui consciente de que no tenía secretos para Jorge, exactamente igual que con mi marido antes de las vacaciones. Se podría decir que en esos momentos estaba mucho más unida al pequeño, tanto física como mentalmente, que a mi esposo.

Cuando nos fuimos todos a la cama llegó el momento que Jesús había estado esperando. Se abalanzó sobre mí, besándome con desesperación mientras farfullaba lo mucho que me quería. Yo reaccioné animosa, pero sin poder quitarme el temor de que volviera a fallar, dejándome nuevamente a medias.
—¿Qué ha pasado con Jorge? —inquirió mientras comenzaba a sobarme.

—Nada… —quise evadir el tema.

—¿Cómo que nada, no me lo quieres contar o qué? —sonrió.

—No es eso…

Con la intención de evitar que siguiera preguntando, le comí la boca, concentrándome en las ganas que tenía de que consiguiera volver a satisfacerme. Y la cosa iba bien, pues poco a poco me iba calentando. Empecé a pensar en lo mucho que quería a Jesús. Tenía claro que todo lo que había sucedido con mis primos había sido por culpa de su ausencia y las necesidades que eso me había generado. Esa idea me reconfortaba. Estábamos llegando al punto de cocción cuando alguien picó a la puerta del dormitorio, cortándonos el camino.
—¿Ann?

Era Jorge.

—¿Qué pasa? —contesté, apartándome de mi pareja momentáneamente.

—¿Puedes salir un momento?

—¿Ahora? —pregunté, ligeramente molesta por su inoportuna interrupción.

—No sé lo que habrá pasado en el sofá, pero creo que te echa de menos —se burló Jesús, hablando lo suficientemente bajo para que mi primo no le oyera.

—¿Qué haces? —se escuchó desde el otro lado de la puerta.

—Espera, ya salgo —acepté con resignación, pues sabía que Jorge se estaba haciendo el tonto.

—No lo dejes demasiado caliente —bromeó Jesús.
Recompuse mi vestimenta, pues mi marido me había medio desnudado, y salí al salón.

—¿Qué quieres? —inquirí, más seca de lo de esperado.

—¿Cómo va ahí dentro? —sonrió con cierta malicia.

—¿Para eso me has hecho salir? —me molesté.

—No te enfades… que estás muy guapa cuando sonríes y más cuando la chupas jajaja.

No lo pude evitar. Sonreí como una tonta, como siempre que Jorge me hacía reír.

—Va, duérmete —le pedí—, que mañana te cuento como ha ido, ¿vale?

Le di un beso en la mejilla, pero el chico me sorprendió, girando el rostro para darme un pico.

—Jorge… —le reprendí con parsimonia, apartándome de él en dirección al cuarto donde me esperaba mi marido.
Antes de alejarme lo suficiente, el chico me dio una nalgada en mi pompi. Giré el rostro para recriminarle con el ceño fruncido, pero sin dejar de sonreír. Me quemaba la nalga dolorida, pero no podía negar que el gesto me había gustado.

—¿Qué quería? —indagó Jesús en cuanto entré al dormitorio.

—Nada. Tenías razón, creo que lo tengo a tope —sonreí.
Mis palabras encontraron la reacción que buscaba. Mi marido pareció encenderse, despojándose de las ropas para mostrarse completamente desnudo ante mí. Ya estaba empalmado.

Pasaron unos minutos hasta que volvimos a escuchar a Jorge.

—Anm…

—¿Qué quieres ahora? —contesté, de rodillas, dejando de chuparle el pito a mi esposo, que estaba sentado en el borde de la cama.
Unas vacaciones fuera de lo común 7

—¿Puedo pasar? —preguntó mientras abría la puerta e irrumpía en la habitación de matrimonio.

—¡Pero, qué mierda! —Jesus se alzó, intentando taparse con uno de los cojines.

—¡Jorge! —me quejé, completamente desconcertada.

—Perdón, perdón —se excusó, sin dejar de adentrarse más en la estancia.

—jorge, ¿se puede saber qué haces? —le preguntó mi esposo.

—Vengo por si necesitas ayuda —sonrió, vacilándole y provocando que mis pulsaciones se dispararan por temor a lo que pudiera decir.

—jorge, no digas tonterías —reaccioné.

—Vamos, Ann, no finjas ahora.

Debí quedarme pálida ante las palabras de mi primo. Miré a mi esposo, que parecía cohibido.

—No eres más que un cnilo que no se entera de nada —replicó Jesús tras unos segundos de indecisión.

Me fijé en las gotas de sudor que comenzaban a deslizarse por la frente de mi pareja. Parecía acobardado.
—Por lo que me ha parecido ver, un chico que la tiene bastante más grande que tú —contraatacó con una sonrisa burlesca.

No me podía creer lo que pasó a continuación. Jorge comenzó a abrirse la bragueta, sacándose el pene ante la mirada desencajada de Jesús, que estaba paralizado y parecía haberse quedado sin palabras. A mí me dio un vuelco el corazón. Inesperadamente, ver cómo mi primo pequeño comenzaba a humillar a mi marido me estaba poniendo a mil.

—Ya… pero eso hay que saber usarlo… —soltó finalmente, con voz temblorosa.
Jesús me miró, como esperando mi confirmación. Dudé y, sin decir nada, comencé a gatear hacia los dos hombres. Mi marido se destapó, dejando caer el cojín al suelo para mostrar su pene flácido. Ambas falos estaban en completo reposo, pero el de mi primo era el doble de grande. Ya no tenía dudas. Alcé una mano, agarré uno de las dos y masajeé el relajado miembro. Me dio la impresión de que me iba a costar que se empinara. Me fijé en el desafortunado perdedor, procurando darle explicaciones con la mirada.

—No todo es el tamaño —sonrió Jesús, aunque aún parecía nervioso.

Observé cómo Jorge se guardaba la verga, abrochándose los pantalones antes de marcharse, sin rechistar. Me puse triste.

—Déjame hablar con él —le rogué a mi pareja.

—Sí, será lo mejor —no puso impedimentos—. Pero no tardes —me sonrió, más sereno una vez que el veinteañero se había ido.
No sabía lo que me estaba ocurriendo. En ningún caso quería hacerle daño a mi marido y por eso le escogí a él, pero no podía obviar que me había dado muchísimo morbo verlo acomplejado.

—¿Se puede saber qué pretendías? —le eché la bronca a mi primo en cuanto salí al salón.

Me acerqué a él y, antes de que pudiera contestar, le sobé el paquete.

—Me has puesto cachondísima —confirmé.

Jorge me contestó con una sonrisa de suficiencia. Era evidente que pretendía justo lo que estaba pasando. Se deshizo de los pantalones y los calzoncillos, mostrándome nuevamente sus preciosos atributos masculinos.

Le palpé la flacidez. Era tremendamente más placentero el carnoso tacto de mi primo que la pequeña verga de mi marido. Casi como atraída por su magnetismo varonil, me arrodillé ante el veinteañero. La verga ya tenía una leve altivez cuando me la metí en la boca. Mi lengua jugó con la barra de metal, percibiendo cómo poco a poco el glande se iba hinchando en el interior de mi cavidad bucal, hasta que degusté la juvenil dureza del miembro.

—Cariño… —oí a Jesús llamándome desde la habitación.

Me dio un subidón. De repente fui consciente de que mi marido estaba en la estancia contigua, a una sola puerta de que me pillara haciéndole una mamada a mi primo pequeño. La mezcla de temor y morbo era tremendamente placentera. Le di un último repaso a la polla de Jorge, lamiéndosela desde la base hasta el bálano, y me alcé.

—Lo siento. Me tengo que ir —le susurré.
El descarado se despidió estrujándome un pecho. Gemí. Reaccioné rápidamente tapándome la boca, sin poder evitar reír junto al hijo de mi tía. Volvíamos a ser cómplices, como siempre fuimos.

—Lo siento —se disculpó Jesús cuando regresé junto a él.

—¿Por qué, amor mío? —me hizo sentir mal.

—Por haberte hecho pasar este mal trago. Ha sido culpa mía. Yo te he dicho que calentaras a los chicos y mira lo que ha pasado. Se me ha ido de las manos…

—¡Eh! —me quejé—. Nada de lamentos —procuré sonreír—. Ya está todo aclarado con Jorge, así que no tienes de qué preocuparte —fui consciente de mi cinismo.
Lamentablemente a mi marido se le había bajado toda la libido y, por más que intenté provocarle una erección, no fui capaz.

—Déjalo, cariño —me perdonó el suplicio—. Es imposible.

Me sentí tan impotente como él. Y ligeramente enfadada. Que no se le levantara era incluso peor a que me dejara a medias. Llegué hasta a dudar de mis capacidades para atraerle. Resoplé, disgustada.

—¿Estás bien? —se preocupó.

—Sí —mentí.

—¿Quieres… acabar tú sola? —parecía avergonzado.

—No, gracias —forcé una sonrisa—. Voy a salir a ver un rato la tele con Jorge. ¿Te importa?

Negó con la cabeza. Le di un tierno beso en la mejilla y me fui. Fue una despedida fría.

—Pensé que no volverías —dijo mi primo, que ya estaba tumbado en el sofá cama.

—¿Puedo? —pregunté mientras me recostaba a su lado.
—Mal, ¿no?

—Sí.

No hicieron falta más palabras para que Jorge se aventurara a colar una mano bajo mi camiseta, comenzando a jugar con el volumen de mis pechos.

—Ya está aquí tu primito para arreglarlo —se vanaglorió.

Su pasión por mí me reconfortaba. El deseo con el que me tocaba me hacía olvidar que me sintiera culpable por no haber sido capaz de excitar a mi marido y, después de todo lo que ya había pasado, no me pareció tan mal concluir lo que había dejado a medias. Me dejé llevar, rezando para que a Jesús no le diera por salir de la habitación.
Me puse de rodillas sobre el sofá, entre las piernas de Jorge. Le saqué la verga y se la meneé para ponérsela bien dura antes de comérsela. Totalmente descontrolada, no podía evitar los gemidos guturales de suma satisfacción cada vez que me metía en la boca la enorme polla de mi primo pequeño.

—Nos van a oír… —advirtió el veinteañero, aunque la situación parecía divertirle más que otra cosa.

—No, si ya hemos oído hace rato —susurró el peque, asustándome.

Jorge comenzó a reír. Yo giré la cabeza y, avergonzada, me tapé la entrepierna. Aún tenía los shorts puesto s, pero estaba con el culo en pompa y el rechoncho bulto que se adhería a la tela debía haber estado todo el rato a la vista de los dos menores.
—¡Madre de dios! —me quedé paralizada.

Ale y Raúl estaban de pie en la entrada del salón, completamente desnudos, con sus vergas completamente tiesas. Dudé un instante, tiempo que ellos aprovecharon para acercarse al sofá cama.

De repente me vi rodeada por mis tres primos pequeños y sus grandes pollas. No era una situación desconocida para mí, pero esta vez era distinto. Ya había tenido relaciones con cada uno de ellos por separado y, muy a mi pesar, mi marido estaba en la habitación de al lado incapaz de darme lo que los niños me ofrecían.

Completamente desatada, sin pensar, alcé ambas manos, agarrando sendos nuevos falos, y comencé a acariciarlos, escuchando el adulador sonido de los gemidos de los dos hermanos menores. Me detuve.

—¡Chis! —me quejé—. No podéis ser tan escandalosos —bajé el tono de voz—, que el primo se va a enterar.

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