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67: Entrenamiento corporativo IV




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Compendio III

67: ENTRENAMIENTO CORPORATIVO IV

67: Entrenamiento corporativo IV

• ¡Ahh, Marco! ¡Ahh, Marco! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Justo ahí! ¡Ah, maldición! - gritó Letty frenéticamente mientras se sentaba a horcajadas sobre mí en el sofá.

Yo también gemí, dejándome llevar y llenándola. Mientras eyaculaba dentro de ella, Letty se acercó a mi rostro y me besó, una señal clara de nuestros casi tres meses de abstinencia.

Era principios de septiembre; los días se estaban volviendo más cálidos y Melbourne se preparaba lentamente para dar la bienvenida a la primavera.

• ¡Oh, Dios! ¡Realmente necesitaba esto! - jadeó Letty, apartándose del beso, con el pecho todavía agitándose en una cadencia rítmica y errática.

- ¡Sí! Sorprendentemente, yo también. - respondí con una sonrisa, con el corazón todavía martilleando contra mis costillas.

Aunque suelo acostarme regularmente con mis compañeras de trabajo, Letty tiene una cualidad especial. No es solo la atracción física; es su condición atlética y ese impulso sexual crudo e implacable. Cada vez que chocamos, me deja agotado. No me refiero al tipo de cansancio en el que estoy demasiado fatigado para moverme, sino a una fatiga sistémica y profunda, la que surge al intentar seguir el ritmo de un motor de alto rendimiento. Ella no se limita a participar en el sexo; domina el ritmo, empujándome hasta el punto de sudar solo para mantener el impulso.

• ¡Dios, me siento incluso más agotada que después de mi clase de spinning! - notó Letty mientras estiraba los brazos, arqueando la espalda en una curva larga y felina que resaltaba las líneas tonificadas de su físico. - Probablemente también esté más estirada.

Solté una risita, el sonido vibrando en mi pecho mientras la adrenalina empezaba a remitir.

- Bueno, ciertamente te ayudé a estirar tus entrañas. - bromeé, deslizando la mano hacia abajo para darle un azote juguetón en una de sus nalgas firmes y redondeadas.

Letty entornó los ojos con picardía y puso un puchero.

• ¡Imbécil! - se quejó, aunque el tono agresivo había desaparecido, siendo reemplazado por un beso suave y prolongado. - Aunque debo admitir que hay algo singularmente satisfactorio en tener sexo en tu sofá.

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Estaba de acuerdo con ella, aunque el cuero del sofá proporcionaba un tipo de fricción diferente al agarre gomoso de su esterilla de yoga. Mientras que la esterilla solía mezclar el dolor y el placer en un borrón sudoroso y de alta intensidad, el sofá ofrecía un nivel de lujo que suavizaba los bordes de nuestro encuentro. Fue una comprensión extraña; no estábamos enamorados y nuestro acuerdo se basaba estrictamente en el beneficio mutuo, pero el soporte lumbar superior del mueble, de alguna manera, me hacía sentir una fugaz y errónea sensación de intimidad con ella.

• Así que... - dijo ella, su voz desvaneciéndose en un tarareo juguetón mientras apoyaba su peso sobre mí, con su pecho rozando el mío. - ¿Con quién más has estado follando?

Su pregunta me tomó por sorpresa, golpeándome con la fuerza de una bofetada física en la cara. Por un momento, el silencio de la oficina insonorizada se sintió pesado, puntuado únicamente por el latido rítmico de nuestros corazones.

- ¿Qué? - casi tartamudeé, descolocado por el cambio repentino de la plenitud poscoital a un interrogatorio. - ¿A qué viene esto?

Letty se limitó a reír entre dientes, un sonido que vibró contra mi pecho.

• ¡Vamos, Marco! – comentó con un brillo juguetón en los ojos que carecía por completo de cualquier rastro de celos. - No puedes ser así de bueno en la cama y no tener a alguien más aparte de tu esposa. ¡No soy ingenua, sabes!

Su cálida vagina se movió contra mi virilidad, una contracción sutil y rítmica que señalaba que no planeaba dejarme escapar. Incluso cuando la descarga inicial de mi clímax empezó a remitir, la fricción de ella apretándose a mi alrededor envió una nueva chispa de electricidad a través de mis nervios. Sabía exactamente cómo mantenerme atado, usando su cuerpo para suavizar el golpe de un interrogatorio.

• Además... - añadió, con una sonrisa presumida y cómplice jugando en sus labios. - Todos notamos la forma de caminar de la esposa de Reginald en la fiesta de bienvenida de Edith. Y habiendo experimentado yo misma tu... entusiasmo... no fue difícil rastrear el origen de aquello.

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Sus palabras me dejaron helado en el sitio. En efecto, el día anterior a la fiesta, Celeste y yo habíamos pasado horas entrelazados en una despedida frenética y desesperada antes de su regreso a Inglaterra. La había convencido de entregarme su virginidad anal en un torbellino de calor y urgencia. Aunque había intentado ser suave y me tomé mi tiempo, la pura intensidad de nuestra sesión había dejado a Celeste dolorida al día siguiente. Había pasado la fiesta caminando con un paso cauteloso y medido, excusándose con su marido diciendo que se había tropezado de alguna manera; y siendo un idiota, Reginald era tan ingenuo como cualquiera.

• Y no fui la única que se dio cuenta. ¡Así que suéltalo ya! - exigió Letty, con la voz transformándose en un ronroneo burlón y autoritario.

Me sentía literalmente atrapado entre la espada y la pared. Aunque, en mi caso, la «espada» era la inamovible y juguetona curiosidad de la sexy jefa de relaciones públicas de nuestra empresa, y la «pared» era el calor sudoroso de mi sofá de cuero. Letty estaba anclada a mí, su cuerpo era un peso cálido e insistente que hacía que cualquier intento de evasión pareciera un ejercicio de gimnasia fútil.

-¡Está bien! ¡Está bien! - finalmente me rendí, y la confesión se me escapó al darme cuenta de que no existía maniobra táctica que pudiera sacarme de esa posición. - También he estado acostando con Maddie.

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Los ojos de Letty se abrieron de par en par; un destello de sorpresa genuina evolucionó rápidamente hacia una mirada de admiración maliciosa.

• ¿Madeleine? ¿En serio? ¡Vaya, Marco! ¡Eso es impresionante! - Entornó la mirada, mientras su mente repasaba claramente un fichero mental de interacciones en la oficina. - Con razón parecía dispuesta a abalanzarse a golpes sobre la esposa de Reginald en la fiesta. Tenía ese... brillo.

- Y Cristina. - añadí, las palabras atropellándose en un arrebato de pánico. Pensé que, si ya estaba comprometiendo mi posición, mejor ponía todas las cartas de los miembros de la junta sobre la mesa de una vez.

Dejé fuera a las demás por ahora: Gloria, mi antigua asistente personal y asesora ambiental de la empresa, que casualmente era la novia de mi mejor amigo Nelson, y Cassidy, la programadora jefa, una texana de pechos exuberantes. Luego estaba Ginny, de finanzas. Si empezaba a enumerarlas a todas, nos quedaríamos aquí un buen rato, y no estaba seguro de si la curiosidad de Letty tenía techo.

• ¿Cristina? ¿De verdad? - preguntó Letty, con voz de genuina admiración. - ¡Eso sí que es sorprendente!

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Estuve de acuerdo nuevamente. Cristina tiene unos de los pares de pechos más impresionantes que he visto jamás; son maravillas arquitectónicas que parecen desafiar la gravedad y las restricciones de la vestimenta profesional. De vez en cuando, la jefa de TI se escapa de su oficina a la mía o al hotel de Grayson, donde paso la mayor parte del tiempo dedicado a succionar esas enormes tetas. El contraste entre su personalidad implacable y de alta eficiencia en la sala de juntas y la forma en que se derrite bajo mi tacto es una adicción que aún no he descubierto cómo superar.

• Entonces... ¿Quién es la mejor en la cama? - preguntó Letty, deslizando la mano alrededor de mis abdominales, con un toque ligero pero posesivo.

- ¿A qué te refieres con "la mejor"? - logré articular, con la voz tensa mientras su palma presionaba firmemente contra mi diafragma. - No es como si hubiera una tabla de clasificación con un sistema de puntuación, Letty.

• ¡Vamos, sé sincero! - ronroneó Letty, mientras sus dedos recorrían las costillas de mi torso con una ligereza que contrastaba con la presión pesada e insistente de sus caderas contra las mías. - He visto la forma en que analizas los problemas durante las reuniones de junta, Marco. Y si hay alguien en esta empresa capaz de proporcionar una calificación objetiva y basada en datos sobre el desempeño de una mujer en la cama, eres tú.

Sus palabras me robaron el aire, o tal vez era simplemente la forma en que su palma presionaba firmemente contra mi diafragma. Sentí una extraña tensión en la habitación; no la tensión de un conflicto, sino el zumbido eléctrico de un secreto compartido. Dado que mi erección estaba solo a medio camino y yo seguía físicamente anclado a ella, me di cuenta de que no tenía sentido jugar al marido modesto. Si iba a ser el "analista objetivo" de la sala de juntas, bien podría aplicar ese mismo rigor a nuestras actividades extracurriculares.

- No lo sé. Me resulta muy difícil calificar. - respondí, sintiendo el peso de su mirada mientras fruncía ligeramente el ceño. - Todas tienen atributos diferentes. Es como comparar un Ferrari con un Porsche; ambos van rápido, pero la experiencia es completamente distinta.

• ¿De verdad? - preguntó ella, con la voz adquiriendo un tono escéptico.

No estaba acostumbrada a que yo fuera tan impreciso; en las reuniones de junta, mi palabra era ley y mis informes eran exactos. El hecho de que estuviera evadiendo una clasificación sexual parecía despertar genuinamente su curiosidad.

- Sí. - insistí, mi voz ganando confianza mientras me sumergía en el papel de analista. - Toma tú, por ejemplo. Cada vez que nos vemos, lo tratas como una sesión de entrenamiento de alta intensidad. Eres más brusca, más ruidosa, y siempre se siente como si estuviéramos esprintando hacia una meta. No quieres solo el clímax; quieres el esfuerzo. Haces que realmente sude, Letty.

67: Entrenamiento corporativo IV

Ella desvió la mirada por un momento, y el escepticismo juguetón de sus ojos se suavizó al darse cuenta de algo. Sabía que no estaba exagerando; yo no hacía nada a medias, especialmente cuando se trataba de la logística del placer. Una pequeña sonrisa de complicidad bailó en sus labios mientras procesaba la imagen mental de ella misma como la opción de "alta intensidad" en mi rotación.

- Luego está Maddie. - continué, con una risa suave vibrando en mi garganta al recordar el entusiasmo de la ejecutiva rubia. - Solemos vernos al menos dos veces al mes. Está prácticamente adicta a la adrenalina. Entra en mi oficina con una pila de encuestas de satisfacción laboral y una expresión profesional, pero en el momento en que la puerta hace clic al cerrarse, la jefa de Recursos Humanos no desea nada más que arrodillarse, darme el mejor sexo oral de mi vida y luego cabalgarme hasta que cree que realmente me ha roto.

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Letty sonrió, y su entretenimiento se manifestó como un ronroneo bajo y vibrante que pude sentir contra mi pecho. Sin embargo, fueron sus manos las que contaron la verdadera historia; se deslizaban sobre mis músculos abdominales con una intensidad renovada y hambrienta, sus dedos trazando los contornos de mi piel como si estuviera mapeando un territorio que pretendía reclamar. La revelación de mi diverso portafolio no estaba provocando una crisis de celos; al contrario, estaba alimentando un fuego competitivo. No se limitaba a escuchar mis descripciones; se estaba calibrando a sí misma frente a ellas.

- Con Cristina solo hemos dormido juntos dos veces, aunque nos hemos visto cuatro. - añadí, un detalle que hizo que Letty se detuviera, frunciendo el ceño en una mezcla de confusión y genuina diversión. - Sí, con ella todo va a fuego lento. Le interesa mucho la parte psicológica: ser sumisa, el intercambio de poder. Y aunque durante las reuniones de junta la jefa de TI actúe como si me detestara profundamente, en el momento en que se cierra la puerta, Cristina no puede dejar de gemir mi nombre como si le estuviera rezando a un dios pagano.

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Letty soltó una carcajada genuina y sonora, un sonido que vibró en su pecho y se trasladó directamente al mío. No era una risa de burla, sino de puro deleite ante lo absurdo de nuestro ecosistema corporativo. La idea de la férrea Cristina, una mujer capaz de silenciar una habitación con un solo arco de ceja, reducida a un montón de sollozos en la privacidad de una habitación de hotel, era aparentemente el chisme más entretenido que Letty hubiera encontrado jamás.

• ¿Y a quién le gusta más el sexo anal? - bromeó Letty, rozando con los dientes su labio inferior de una manera que señalaba un nivel peligroso de curiosidad. - Sé que Madeleine debe haberlo intentado; es demasiado impulsiva para no hacerlo y, francamente, parecía que quería darle una bofetada a la esposa de Reginald que la dejara fuera de combate por una semana durante la fiesta.

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Solté un suspiro profundo, cuyo sonido resonó en el silencio de la oficina. Letty tenía razón; la impulsividad de Madeleine era legendaria, y su espíritu competitivo solía extenderse a todo orificio imaginable. Pero, al pensar en ese anhelo específico y especial por ese tipo de intimidad, solo un nombre escalaba realmente hasta la cima de la lista.

- Bueno, si ese es el caso… - respondí, con voz reflexiva y honesta. - tendría que decir que Izzie.

• ¿Quién? - preguntó Letty, frunciendo el ceño con genuina confusión.

- Isabella, nuestra portavoz. - aclaré, y el nombre quedó suspendido en el aire como un trueno repentino.

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Esto claramente superó todas las expectativas. La expresión de Letty pasó de una curiosidad juguetona a una mirada de shock absoluto y puro.

• ¡Espera! ¿Me estás diciendo que ya te has follado el culo de nuestra portavoz? - exclamó Letty, con una voz que alcanzó un tono que hacía parecer que acababa de informarle que el cielo se estaba cayendo.

Entendía por qué Letty estaba tan descolocada; en su mente, ella ostentaba el título indiscutible de tener los mejores atributos de la oficina. Sus glúteos eran un testimonio de horas de sentadillas disciplinadas y clases de spinning, firmes y perfectamente esculpidos. Pero mientras la anatomía de Letty era una obra maestra del fitness, aquello no equivalía al ansia cruda y desesperada que poseía Isabella. Letty veía el sexo como un deporte de alto rendimiento; Isabella lo veía como una reclamación espiritual.

- Tienes que entender que Izzie y yo compartimos mucha historia. - expliqué, moviéndome ligeramente mientras el peso de Letty me presionaba. - La conocí mucho antes de que pusiera un pie en esta empresa como nuestra portavoz. En aquel entonces, ella todavía estaba casada a ese imbécil corrupto de Victor... y a cambio... bueno, simplemente me follé su culo.

67: Entrenamiento corporativo IV

• ¿Hiciste qué? - jadeó Letty, con una voz que era una mezcla de incredulidad y una extraña y creciente excitación.

Intenté estabilizar mi respiración, con el peso de Letty todavía anclándome al sofá, mientras rellenaba los huecos de la historia de Isabella.

- Entiende que, en aquel entonces, Izzie era una esposa frustrada. - expliqué, bajando la voz. - Ese imbécil corrupto de Victor no solo estaba malversando fondos de la oficina del alcalde e intentando lavar su dinero sucio a través de nuestras cuentas; se acostaba con todo el mundo. Incluso Maddie formaba parte de su rotación. Cuando Izzie se cruzó conmigo por primera vez, no me vio más que una distracción temporal: un nuevo «juguete» para divertirse un rato.

Aunque esto resultaba impactante, no era del todo inesperado, ya que Izzie aún conserva esa actitud de diva de la época en que era la esposa del concejal corrupto.

- Sin embargo, hice que se lo ganara. - añadí, con una sonrisa burlona dibujándose en mis labios al recordar aquel juego del gato y el ratón. - No me lancé así sin más. Hice que saltara a través de varios aprietos, tratándola como un premio que debía ser ganado. Le dije que, si quería el tipo de placer que había estado anhelando, tenía que entregarme su trasero por completo. Fue un asedio psicológico y, una vez que finalmente logré entrar, Isabella no solo lo disfrutó, sino que se obsesionó con ello.

Letty soltó una carcajada, y el sonido resonó nítidamente contra las paredes insonorizadas de la oficina. Sacudió la cabeza, mientras su cabello castaño se soltaba del moño en mechones desordenados y elegantes, con los ojos brillando por una mezcla de diversión e incredulidad. Una vez que recuperó la compostura, cambió el peso de su cuerpo, estrechando la mirada con una nueva curiosidad depredadora.

• Entonces... entre ella y yo. ¿Quién es la mejor? - preguntó Letty, con la voz bajando a un zumbido bajo y concentrado.

Ya no estaba preguntando simplemente por una clasificación; buscaba un punto de referencia.

- Bueno, ahí está el detalle. - respondí, con la voz cuidadosamente neutral mientras navegaba por el campo minado de su ego. - No es cuestión de quién es «mejor», sino de lo que aporta la experiencia. Con Izzie, el atractivo es la fricción entre su insolencia y su sumisión. Ella trae esa energía de diva al dormitorio, y romper esa arrogancia para encontrar su desesperación es una descarga especial. Pero contigo... (Hice una pausa, deslizando mi mano hacia arriba para apretar su cadera, sintiendo el músculo duro como una roca bajo la piel) ¡Tu cuerpo es una máquina, Letty! Follar tu culo es como conducir un coche de ingeniería de precisión; es más ajustado, más atlético, y la resistencia es simplemente... diferente. Es un empate, sinceramente. Dos obras maestras distintas.

• Pues es una lástima. - suspiró Letty, aunque la frustración era una máscara cuidadosamente elaborada y sus ojos bailaban con un desafío. - Porque la última vez que me cogiste por el culo, me dejó... pensando. Fue duro, brusco; hubo una sensación de ardor persistente que me acompañó durante horas. He estado debatiéndolo desde entonces. (Hizo una pausa y su voz bajó a un susurro conspirador que vibró contra mi piel.) Ahora que acabamos de terminar la rutina habitual, no puedo decidir cuál gana realmente. La forma tradicional, o la que me hace sentir que me están desgarrando. Creo que necesito una opinión profesional que me ayude a decidirme.

Acto seguido, decidió apartarse de mí, y la repentina ausencia de su calor dejó un vacío frío contra mi piel. Pero la vista que lo reemplazó era mucho más embriagadora. Letty se movió con una gracia fluida y atlética, girando sobre el sofá de cuero hasta quedar a cuatro patas. Arqueó la espalda profundamente, un movimiento que empujó su pecho hacia los cojines y lanzó sus legendarios atributos hacia el aire. Desde mi posición, sus glúteos eran dos globos perfectamente esculpidos de músculo tonificado, brillando ligeramente con una fina capa de sudor. La vista era un triunfo arquitectónico de aptitud física y deseo, y mientras la veía mirarme por encima del hombro con una mirada desafiante y pesada, sentí que mi polla recuperaba el aliento, creciendo tres tallas mientras pulsaba con una urgencia renovada.

- Puedo ayudarte a descubrirlo. - dije, listo para profundizar.

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Escupí una gota espesa de saliva sobre el anillo apretado y fruncido de su ano y otra sobre la corona de mi miembro, improvisando un lubricante con lo que tenía a mano. Con Isabella, el proceso solía ser fluido; su cuerpo era una invitación abierta que producía humedad natural más que suficiente para acogerme. Letty, sin embargo, estaba construida como una fortaleza de músculo disciplinado, y la entrada requería un poco más de preparación.

Cuando presioné la corona de mi miembro contra aquel anillo apretado y fruncido, la resistencia fue inmediata y formidable. Letty soltó un jadeo suave, felino, mientras sus dedos se clavaban en el cuero del sofá al arquear la espalda, creando una línea tensa y temblorosa desde los hombros hasta los talones.

Empujé hacia adelante con una presión lenta, pausada, sintiendo la formidable resistencia de su esfínter luchando contra la intrusión. Era un choque de voluntades; mi persistencia contra la pura y disciplinada densidad de su anatomía. El aliento de Letty se cortó, una inhalación brusca que sonó como una ruptura física, y sus dedos se contrajeron, hundiéndose profundamente en el cuero del sofá. Arquearon su columna en una línea tensa y temblorosa desde los hombros hasta los talones, convirtiendo su cuerpo en un arco vivo de tensión.

• Dios, Marco... está mucho más apretado que por el otro lado. -gimió Letty, con la voz vibrando en una mezcla de shock y placer.

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No apresuré la entrada; quería que ella sintiera cada milímetro de la tensión, sabiendo que la fricción era precisamente lo que impulsaba su naturaleza competitiva. Ella no solo me recibía; estaba intentando conquistar la sensación, tratando la intensidad como otra meta de alto riesgo por alcanzar.

Cuando finalmente llegué al fondo, Letty soltó un grito agudo y estrangulado que resonó en la habitación insonorizada, un sonido que era menos un grito y más una rendición. No se alejó; al contrario, empujó contra mí con urgencia, apretando sus glúteos en un intento rítmico y desesperado de anclarme más profundamente. Me instaba a encontrar un ritmo que coincidiera con el paso frenético de los latidos de su corazón, transformando el encuentro de una exploración lenta en una colisión de alta velocidad.

La fricción era un asalto absoluto, un guante de terciopelo aplastante que amenazaba con arrancarme el aliento de los pulmones. Cada embestida se sentía menos como un deslizamiento y más como una conquista, como si sus músculos disciplinados intentaran reclamar la propiedad de mi propia alma. Podía sentir la potencia pura de sus glúteos contrayéndose en ondas rítmicas, apretándome con una precisión que solo años de obsesión atlética podrían producir. Ya no éramos simplemente dos personas en un sofá de cuero; éramos un circuito cerrado de electricidad y calor, y las paredes insonorizadas de la oficina atrapaban el ruido crudo y gutural de nuestra colisión.

- ¡Dímelo! - gemí, con la voz tensa mientras sujetaba sus caderas, y el cuero del sofá crujía bajo el peso combinado de nuestro esfuerzo. - ¡Dime quién está ganando ahora!

• ¡Yo! - jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás, con su cabello castaño extendiéndose sobre el cuero como un tintero derramado. - ¡Soy... soy yo! ¡Soy la mejor!

Seguí presionando con más fuerza, y los datos físicos confirmaban lo que yo sospechaba: había una diferencia fundamental y estructural entre las dos. Isabella poseía una belleza natural y sin esfuerzo; un trasero que era una obra maestra de la genética y el mantenimiento ocasional. Pero Letty era un producto de la ingeniería. Su firmeza no era simplemente un golpe de suerte anatómica; era el resultado de entrenamientos disciplinados de sentadillas y zancadas semanales, y un compromiso implacable con el fitness. Cada embestida se sentía como empujar a través de una prensa muscular viviente.

- ¡Oh, Dios mío, Letty! ¡Estás mucho más apretada! - jadeé, y las palabras apenas escapaban de mi garganta mientras la pura densidad de sus músculos luchaba contra cada centímetro de mi progreso.

• ¡Sí! ¡Sí!... ¡Y me encanta el ardor! -gritó ella, con la voz tensándose contra la pura presión física del acto. - ¡Sigue empujando dentro de mí!

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La fricción se intensificó cuando cambié mi agarre de sus caderas a su cintura, tirando de ella firmemente contra mi pelvis. El cuero del sofá crujía bajo nuestro peso combinado, y el aroma a piel costosa se mezclaba con el toque salino de nuestro sudor. La respiración de Letty se había convertido en jadeos rítmicos y entrecortados, con el pecho agitándose mientras luchaba por mantener el equilibrio a cuatro patas.

• Puedo sentir... tu corazón... latiendo contra mi piel. - gimió ella, con la voz quebrándose bajo el peso absoluto de la sensación.

No respondí con palabras; respondí con una estocada profunda y punzante que forzó un grito agudo y estridente de su garganta. El sonido fue amortiguado por la tapicería de felpa, pero la vibración atravesó mi propio pecho. Pude sentir el momento exacto en que sus músculos internos sufrieron un espasmo, apretándome con una fuerza que casi me deja sin aliento.

- ¡Dios, Letty, me estás aplastando! - gruñí, mientras mis dedos se clavaban en la carne blanda de su cintura.

Ella soltó una risita maníaca, a pesar de la intensidad de la fricción.

• ¡Bien! ¡Quiero que... recuerdes... exactamente cómo se siente esto!

Comenzó a arquear y hundir la espalda, creando un movimiento ondular que cambió el ángulo de entrada. El cambio en la geometría hizo que la sensación fuera más nítida, más aguda. Sentí que una gota de sudor caía de mi frente y aterrizaba en la zona lumbar de su espalda, una pequeña salpicadura de humedad en el calor del momento.

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Durante varios minutos, nos mantuvimos en ese ritmo agotador; los únicos sonidos eran el golpe húmedo de la piel y la respiración pesada y fatigada de dos personas llevando sus límites físicos al máximo. Mis piernas empezaban a temblar por el esfuerzo de apoyarme contra el sofá. El cuero estaba resbaladizo ahora, una mezcla de sudor y la lubricación improvisada, convirtiendo cada movimiento en una precaria danza de equilibrio.

• Marco... espera... - jadeó Letty, y su voz cayó repentinamente a un susurro. - Espera, justo ahí. No te muevas.

Me quedé congelado, con el pecho agitado, suspendido apenas a una pulgada de ella. Podía sentirla temblar debajo de mí, una vibración fina que sugería que estaba al borde de algo. El silencio de la habitación se sentía pesado, amplificado por el zumbido distante del aire acondicionado de la oficina, del cual nos habíamos olvidado por completo.

- ¿Qué pasa? - rasgueé, con la voz sonando como papel de lija.

• Solo... quédate ahí. - susurró, con un hilo de voz. - Puedo sentir... todo.

Lentamente empezó a pulsar alrededor de mí, una contracción consciente y rítmica que se sentía como una serie de anillos apretándose uno por uno. La sensación era eléctrica, enviando sacudidas de placer directamente a mi columna vertebral. Cerré los ojos, concentrándome enteramente en los datos táctiles: la calidez de su piel, el aroma de su champú y la increíble presión de su anatomía. Era un nivel de compromiso físico que iba más allá de la simple lujuria; era una conquista estructural.

A medida que pasaban los segundos, la tensión se volvió insoportable. Sentí mi propio clímax gestándose, una marea que comenzó en mis pies y surgió hacia arriba. Letty también lo sintió; soltó un gemido largo y tembloroso y se desplomó hacia adelante, con la frente apoyada en el cojín de cuero y el trasero aún elevado en el aire.

• ¡Ahora! - gritó, una orden desesperada que resonó en el silencio insonorizado de la oficina. - ¡Ahora, Marco!

Me dejé llevar por el impulso, propinando tres estocadas finales y potentes que sentí que llegaban hasta lo más profundo de ella. Todo el cuerpo de Letty se tensó, con los dedos de los pies hundiéndose en la tela del sofá. Soltó un grito gutural que resonó en las paredes mientras finalmente alcanzaba el clímax, y sus músculos se contrajeron a mi alrededor en un ritmo frenético e irregular.

67: Entrenamiento corporativo IV

La seguí un segundo después, dejando escapar un fuerte gemido mientras colapsaba sobre su espalda, fundiendo nuestros cuerpos en un montón sudoroso y exhausto. Durante un minuto entero, ninguno de los dos habló. El único sonido era la sincronización de nuestra respiración, dos pares de pulmones luchando por recuperar el oxígeno que habían gastado. El silencio de la oficina regresó, pero ya no era el silencio de la esterilidad corporativa; era la quietud pesada y húmeda de un campo de batalla después del alto al fuego.

Lentamente, me aparté de ella, y el sonido de la piel despegándose del cuero resonó en la habitación silenciosa con un chasquido húmedo de succión. Letty permaneció en el sofá durante un largo momento, con las extremidades extendidas como una estrella de mar y el pecho subiendo y bajando aún en esos ritmos irregulares y desesperados de un corredor de maratón que cruza la meta. Giró la cabeza hacia mí, con los ojos nublados por la bruma del poscoito y las mejillas encendidas en un carmesí profundo y triunfante.

• Entonces… - susurró, con un sonido que apenas atravesaba el aire pesado y húmedo de la oficina. - ¿Quién ganó?

- ¡Sinceramente, no estoy tan seguro! - respondí, con la voz todavía ronca y acompañada de una risa genuina que sacudió mi cuerpo exhausto.

La miré, observando realmente los restos de nuestro encuentro: los cojines desplazados, el brillo del sudor en su piel y el resplandor triunfal en sus ojos.

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- Ahora mismo, en este momento, tendría que decir que ganaste. Tu nivel de condición física es simplemente injusto. Pero, para ser un analista verdaderamente objetivo, creo que necesitaría follar el culo de Izzie para confirmarlo. Una comparativa paralela, por así decirlo.

Sabía que mi idea era una tontería, pero ella dejó escapar una risa suave y satisfecha, con los ojos brillando con una mezcla de picardía y curiosidad genuina. No me miró con los celos de una mujer que acababa de ser comparada con otra; al contrario, me miró como una estratega contemplando una nueva y audaz empresa.

• Bueno, Marco. Quizás podrías organizarlo - murmuró Letty, con la voz todavía espesa por los restos de su clímax. Se movió ligeramente, y el cuero del sofá se pegaba a su piel húmeda con un sonido rítmico y suave de desprendimiento. Un brillo burlón regresó a sus ojos, reemplazando la bruma del agotamiento. - Ya que sigo siendo tan novata en esto, tal vez podríamos compartir... un consejo o dos. Además, me encantaría verla. Puramente por el bien de mejorar mi técnica, por supuesto.

La idea de follar los culos de Letty e Izzie me dejó en las nubes el resto del día.

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Pero mientras nos vestíamos y ella se deslizaba de nuevo dentro de aquella ridícula gabardina (una prenda que, con la calidez creciente de la primavera, no servía para ningún propósito práctico más que ocultar el rubor de su piel), tuve que ser honesto conmigo mismo. Hay alguien que es, inequívocamente, la mejor, y esa es mi esposa, Marisol.

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Y no se trata de una visión romántica o sentimental. Lejos de ello. Puede que Marisol no posea las curvas mejoradas quirúrgicamente de Cristina ni la arquitectura forjada en el gimnasio de Letty, y ciertamente no tiene los pechos más explosivos de la ciudad. Pero hay una cualidad específica y visceral en mi esposa que trasciende las especificaciones técnicas de un "cuerpo perfecto". Cada vez que me pierdo dentro de ella, termino tan mareado como un niño que acaba de bajar de una montaña rusa de clase mundial: el corazón acelerado, los pulmones ardiendo y una sensación vertiginosa de euforia que perdura mucho tiempo después de que el viaje haya terminado. Excepto que, en nuestro caso, Marisol es el viaje, haciéndome girar a través de olas de intensidad una y otra vez, hasta que es ella quien me suplica piedad.

Pero para mí, Marisol es el estándar de oro de la perfección absoluta: las mejores mamadas, el mejor sexo anal, las mejores cogidas. Y el simple hecho de que mi esposa, bajo esa apariencia modesta y pura, sea una ninfómana secreta reservada únicamente para mí... bueno, eso nos convierte en una pareja hecha en el cielo.

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