Cuando llegué a la habitación, Sergio ya estaba ahí. Al abrir la puerta, lo primero que vi fue que ya se había quitado la camisa negra y estaba sentado en la orilla de la cama, solo con esa camiseta blanca de tirantes. Se veía imponente, con sus 1.85 llenando el espacio y ese vello oscuro asomándose por el cuello de la prenda. En la mesita de noche había una cubeta con hielo y una botella de vino blanco.
—Llegas justo a tiempo, flaca —me dijo con esa sonrisa de medio lado que me ponía a temblar—. Pásale, cierra la puerta.
Entré y el sonido del seguro al cerrarse me dio un vuelco en el corazón. Me senté en la silla que estaba frente a la cama, tratando de mantener la compostura.
—Y bien... ¿de qué se supone que vamos a "platicar"? —le pregunté, usando sus mismas palabras.
Sergio soltó una carcajada ronca, se sirvió un poco de vino y me dio la copa. Luego, se levantó lentamente y caminó hacia mí. Se paró justo enfrente, obligándome a levantar la cabeza para verlo desde mis 1.50.
—Podemos platicar de muchas cosas, Caro —dijo, quitándome la copa de la mano y dejándola en la mesa—. De cómo me tienes loco en la pinturería, de cómo te quedan esos jeans... o de por qué tardamos tanto en estar así, a solas.
Me tomó de las manos y me hizo levantarme. Sin previo aviso, me jaló hacia él y me rodeó la cintura con sus brazos enormes. Sentí su pecho velludo contra mi cara y el olor de su loción mezclado con el vino.
—Ya no hay chalanes, Caro. Ya no hay clientes, ni está Lili. Solo estamos tú y yo —me susurró al oído, y sentí cómo sus labios empezaban a recorrer mi cuello con una lentitud desesperante.
Yo cerré los ojos y me pegué a él, sintiendo la firmeza de su cuerpo contra mis curvas. La "plática" se acabó en ese segundo, cuando Sergio me cargó para sentarme en la cama y empezó a desvestirme con una paciencia que me estaba volviendo loca.
Se puso entre mis piernas y, tal como lo había hecho en la oficina pero ahora con todo el tiempo del mundo, empezó a devorarme. Su boca recorrió mi abdomen, se detuvo en mis pechos y bajó por mis muslos con un hambre que me hacía arquear la espalda. Yo solo podía enterrar mis dedos en su cabello oscuro y dejarme llevar, disfrutando de cada caricia de ese hombre que, por fin, me tenía toda para él solo.
Sergio se levantó de la cama un momento para terminar de quitarse lo poco que le quedaba de ropa. Yo me quedé ahí, sentada entre las sábanas, con el corazón en la garganta y los ojos bien abiertos.
Neta, ninguna foto me había preparado para verlo así, al natural.
Cuando se quitó el bóxer y se quedó completamente desnudo frente a mí, me quedé sin habla. El vello oscuro que le nacía en el pecho bajaba por todo su abdomen en una línea gruesa y masculina que no se detenía en el ombligo, sino que seguía con más fuerza hacia abajo, rodeándole todo. Era un hombre de verdad, rudo, con ese cuerpo maduro de 1.85 que se sentía imponente en la penumbra del cuarto.
Y luego estaba eso. No era como los tipos de mi edad. Sergio tenía una verga que era una grosería: grande, muy gruesa y con las venas marcadas y la cabeza más gruesa que lo demás, de unos 23 centímetros aprox que se veían todavía más impresionantes porque él estaba de pie justo frente a mis ojos, muy muy grande que suertuda la mamá de Lili. Pero lo que más me impactó fueron sus huevos; grandes, pesados y colgando con esa masculinidad que solo tienen los señores. Todo ese conjunto, rodeado de ese vello espeso, me hizo sentir un calor que me bajó directo a las piernas.
—¿Qué pasa, Caro? ¿Te asustó mi pene? —me preguntó con esa voz ronca, dándose cuenta de que yo no podía dejar de mirar su enorme verga que colgaba semi erecta.
—No... es que... estás increíble, Sergio —alcancé a decir, tragando saliva. Me había impresionado el tamaño de su verga se veía enorme y muy rica y se me había antojado tanto que mi boca y mi vagina estaban hechas agua.
-que buena suerte tiene tu esposa Sergio
- ¿De verdad lo crees ?
- te lo aseguro que ella ha de estar encantada
Él sonrió con suficiencia, sabiendo perfectamente el efecto que estaba causando en mí. Se acercó de nuevo a la cama, y esa presencia suya me envolvió por completo. Mis 1.50 se sentían minúsculos ante semejante ejemplar. Cuando se arrodilló sobre el colchón y sentí el peso de su cuerpo acercándose, el olor a hombre y la visión de su anatomía tan cerca de mi cara me hicieron perder la cuenta de todas las razones por las que esto estaba "mal".
—Acércate, flaca. Todavía nos falta mucha plática —susurró, tomándome de la nuca para pegarme a él.
En ese momento, con esa verga gruesa y esos huevos grandes rozando mis muslos, se me olvidó Lili, se me olvidó la pinturería y se me olvidó el mundo entero. Solo existía Sergio y el hambre que me daba verlo así, tan completo y tan mío.
No pude evitarlo. Estiré las manos y, por fin, toqué lo que llevaba meses deseando. Empecé por sus hombros, que se sentían como piedra, y bajé mis dedos por todo ese vello oscuro de su pecho. Se sentía áspero y masculino, justo como me lo imaginaba. Seguí bajando por su abdomen, delineando esa línea de pelo que llegaba hasta su entrepierna, y cuando mis dedos rozaron su verga, sentí un brinco en todo el cuerpo.
Estaba tiesa, gruesa y caliente como un fierro. Al sentir mi contacto, Sergio soltó un gruñido profundo, de esos que te vibran en el estómago, y vi cómo sus huevos grandes se tensaban. Ya no hubo más "plática" ni más juegos.
Sergio se lanzó sobre mí con toda su fuerza de hombre de 1.85. Tumbandome de espaldas contra el colchón; mis 1.50 apenas alcanzaban a rodear su espalda ancha. Me agarró la cara con una mano y me plantó un beso que me supo a gloria y a pecado. Era un beso hambriento, con lengua, de esos que te dejan sin aire y te hacen olvidar hasta tu nombre.
Sentía su verga dura presionando contra mi muslo, quemándome la piel, mientras sus manos bajaban desesperadas a agarrar mi culo, apretándome contra él con una rabia deliciosa.
—Me vas a volver loco, Caro... —me dijo entre besos, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos
Yo solo podía enredar mis piernas en su cintura, sintiendo el roce del vello de sus piernas contra las mías, entregada por completo a ese señor que me estaba devorando el alma. El mundo afuera del hotel dejó de existir; pero po que más me sorprendió de esa noche no fue solo lo imponente que estaba Sergio, sino cómo me trató. Yo esperaba algo rudo, casi violento por las ganas que nos traíamos, pero él cambió el chip por completo. Se tomó su tiempo. No fue una cogida rápida de hotel; fue hacerme el amor con una calma que me desarmó.
Eso sí, cuando llegó el momento de la verdad, me di cuenta de que el señor tenía colmillo. Sacó el condón y, con una destreza que solo te dan los años, se lo puso en un abrir y cerrar de ojos. Ni una pausa, ni un error, nada de andar batallando como los chavos de mi edad que cortan toda la inspiración. Fue un movimiento rápido, maestro, y ya estaba listo para mí, pero yo quería sentirlo dentro de mi y esa vergota sería un pecado sentirla con un plástico así que le dije me encantaría sentirte dentro de mi al natural a lo que me dijo de verdad Caro y le comenté si tengo muchas ganas quítate eso.
- yo también quería sentirte sin condón, me gustaría estar dentro de ti y que mi pene sienta toda tu vagina pero no sabía si tú querías
- si si quiero que me lo hagas sin condón
- perfecto hermosa voy a sentir más rico 😋
Tomó el condón y se lo quitó de la vergota y me dijo y dónde me voy a correr y le dije quiero que te vengas adentro y sentirte todo y me respondió y si quedas embarazada a lo que yo contesté eso me encantaría así ya sería tu mujer. Al parecer eso le excitó mas porque me besó en la boca y me dijo tienes razón aparte a Lili le hace falta un hermanito y que más rico que yo te preñe a ti con ese cuerpo tan rico. Me abrió las piernas con una delicadeza que me hizo sentir de cristal. Me miró a los ojos, me dio un beso largo, de esos que te hacen suspirar, y empezó a entrar.
—¡Ay, Dios!... —gemí, enterrando las uñas en sus hombros.



Sentir esa verga de 23 centímetros, tan gruesa y caliente, llenándome por completo, fue una locura. Mi vagina se sentía estallada. Era una sensación de plenitud total; me llenaba cada rincón, estirándome y haciéndome sentir cada milímetro de su grosor. En la posición del misionero, con su pecho velludo rozando mis pechos y su cara a centímetros de la mía, el placer era casi insoportable.
Sergio no tenía prisa. Se movía con un ritmo constante, profundo, dándome besos lentos mientras me decía cosas al oído que me ponían la piel de gallina. Cada vez que empujaba, yo sentía el peso de sus huevos grandes golpeando contra mi culo, un rítmico paf-paf que me recordaba que este hombre era todo carne y músculo.
Lo que nunca voy a olvidar fue su cara en el momento final. Sergio siempre tiene esa expresión de tipo duro, de "aquí mando yo", pero cuando sintió que ya no podía aguantar más, se transformó. Estábamos en pleno posicion yo con las piernas bien abiertas abrazando su cintura, y él dándome las estocadas más profundas, llegando hasta el fondo de mi vagina con cada centímetro de su verga dentro de mi y sus huevos chocando con mi cuerpo.
De repente, apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza. Vi cómo se le marcaban las venas del cuello y cómo el sudor le brillaba en la frente. Se veía tan hombre, tan real. Se detuvo un segundo, enterrado completamente en mí, y soltó un gruñido ronco que me retumbó en el pecho mientras sentía cómo su verga palpitaba dentro de mi vagina.
-ayyy hermosa estoy a punto de correrme la voy a sacar para echarte los en el vientre para que no tengas problemas
- no, no la saques quiero que te vengas adentro como te dije por favor lléname
- en serio quieres mi leche adentro pero te puedo preñar
- si si quiero que te corras adentro y sentir que soy tuya y si me dejas embarazada a mi me encantaría tener un hijo tuyo
Pareció que escuchar eso le excitó más porque se agachó y me besó mientras apretaba con una mano mi cintura y con otra mi abdomen
- okey amor entonces te los echo dónde van y te lleno toda, si quedas preñada yo te mantengo a nuestro hijo y te hago mi mujer que rico que te cogería a diario uffff me vengo te voy a llenar para preñarte
Sentía su verga soltando todo dentro de mi sentía su semen caliente llenar mi vagina mientras yo gemia de placer y rasguñar a su espalda pidiéndole que me preñara. Me miró con una vulnerabilidad que me dejó helada; por un momento no era el jefe, era un hombre rendido a lo que sentía conmigo.
- qué rico, así amor preñame y hazme tuya
- si te voy a dejar embarazada y serás por siempre mía y esas nalgas tan ricas que me encantan sólo serán mías

—¡Caro... carajo! —susurró, y me dio un beso desesperado mientras se terminaba de vaciar.
Después de eso, lo que menos me esperaba fue lo que pasó. Pensé que se iba a levantar, a vestirse y a ponerse serio de nuevo. Pero no. Se levantó por papel de baño y me limpió el semen que iba escurriendo por mi vagina y mis muslos me hubiera encantado limpiarle la verga con la boca los residuos de su semen y de mis juguitos de princesa pero los limpió con papel y se volvió a acostar a mi lado. Me jaló hacia su pecho y me rodeó con sus brazos de 1.85, protegiéndome del frío del aire acondicionado. Ahí estábamos acostados ambos desnudos excitados y con fluidos del otro.
Nos quedamos ahí abrazados, como si fuéramos novios de toda la vida. Mi cabeza quedó justo sobre su pecho velludo; podía escuchar su corazón bajando el ritmo poco a poco y sentía el olor de su piel mezclado con el mio. Él me acariciaba el pelo con una suavidad que no le conocía, y de vez en cuando me daba un besito en la frente.
—¿Estás bien, flaca? —me preguntó bajito, con esa voz de señor que ahora me sonaba a pura protección.
—Sí, Sergio... estoy muy bien —le contesté, acomodándome en sus brazos, estoy más que bien.
Se sentía raro pero increíble, estar ahí acostada con ese hombre totalmente desnuda recién cogida por un pene enorme con mi vagina mojada y llena de semen. Estábamos en un hotel de paso, yo era la mejor amiga de su hija y él era mi jefe, pero en ese momento, abrazados bajo las sábanas, nada de eso importaba. Me sentía segura, querida y, sobre todo, deseada por el hombre que me traía loca. Nos quedamos así un buen rato, en silencio, disfrutando del post-polvo y de la paz que nos daba haber soltado por fin toda esa tensión de meses. Estaba satisfecha de haberlo tenido dentro, de darle acceso a mi vagina y entregar mis nalgas y hacerlo acabar me hubiera gustado más yo también acabar jajaja.
Esa noche fue un paréntesis perfecto, pero la realidad nos pegó en la cara en cuanto salimos del hotel. La verdad sólo cogimos una vez esa noche eso me decepcionó un poco porque yo me imaginaba que toda la noche íbamos a coger a tal punto de que mi vagina me quedara ardiendo de tanta fricción que me iba a correr múltiples veces y que hasta mi culito iba a quedar roto y adolorido pero no toda la noche dormimos desnudos abrazados. Al fin a mis papás les dije que me iba a quedar con una amiga. Al día siguiente Nos despedimos en el estacionamiento con un beso rápido, de esos que saben a "te veo luego", y cada quien agarró su camino. Yo llegué a mi casa sintiéndome otra, con el cuerpo todavía excitado de la mejor manera posible y el olor de Sergio pegado a la piel con restos de su semen dentro de mi vagina. Me dormí un poquito ya que todavía era temprano con una sonrisa, aunque sabía que el lunes iba a ser una prueba de fuego.
Ese lunes llegó con el sol a plomo y el ruido de siempre. Entré a la pinturería y ahí estaba él, con su camisa de botones impecable y su cara de "aquí no pasó nada".
—Buenos días, Caro. Hay que revisar el pedido de los esmaltes —me dijo frente a los chalanas, con una voz tan seca y profesional que por un segundo dudé de si lo del sábado había sido un sueño.
—Sí, don Sergio. Ahorita lo checo —le contesté, igual de seria, aunque por dentro me estaba muriendo de la risa y de las ganas de recordarle cómo se veía desnudo.
Pasamos todo el día así. Fue un día normal, aburrido, lleno de clientes quejumbrosos y botes de pintura. Lili hasta nos mandó un audio al grupo diciendo que ya venía de regreso y que nos traía dulces. Actuamos tan bien que nadie sospechó absolutamente nada; éramos el jefe exigente y la empleada eficiente.
Pero en cuanto dieron las seis y los chalanas terminaron de subir la última cortina metálica y se fueron gritando que ya era hora de la cerveza, el aire en el local cambió de golpe.
Me quedé en el mostrador terminando de cerrar la caja. Escuché los pasos pesados de Sergio acercándose por detrás. No dijo ni una palabra. En cuanto sentí su presencia de 1.85, me di la vuelta y ya lo tenía encima. Me agarró de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me pegó contra el mueble de las facturas.
—No sabes lo que me costó no saltarte encima en todo el día, flaca —gruñó contra mis labios.
Nos empezamos a comer la boca ahí mismo. Fue un beso desesperado, con lengua, con un hambre que parecía que no nos habíamos visto en años. Yo le enterré los dedos en el vello del pecho, jalándole la camisa, y él me apretó el culo con las dos manos, levantándome un poco para que sintiera que ya estaba tieso otra vez por mi culpa. El contraste de la luz mortecina del local cerrado y el calor de su boca era pura adrenalina.
—Lili me acaba de mandar mensaje, ya casi llega a su casa —alcancé a balbucear entre besos.
—Tenemos diez minutos —contestó él, bajando sus labios a mi cuello y mordiéndome suavemente—. Diez minutos para recordarte que eres mía, Caro.
Sergio me tenía acorralada contra el mostrador, devorándome el cuello, y yo sentía su verga tiesa golpeándome el muslo a través del pantalón.
Ese roce me terminó de encender. Me bajó una calentura de esas que no te dejan pensar.
—Espérate, Sergio... —le dije con la respiración cortada.
Me solté de su abrazo y, sin darle tiempo a reaccionar, me hinqué frente a él en el suelo de cemento de la pinturería. Mis 1.50 me dejaban justo a la altura perfecta. Sergio se quedó mudo, solo soltó un suspiro pesado cuando sintió mis manos en su cinturón. Le desabroché el pantalón con una agilidad que lo dejó frío y se lo bajé junto con la trusa.

Ahí estaba otra vez: esa verga, gruesa, venosa y apuntando directo a mi cara, rodeada de ese vello oscuro que tanto me gustaba. Con el poco de luz que entraba por las rendijas de la cortina metálica, se veía imponente. No me lo pensé dos veces. Me la metí a la boca de un solo golpe, como solía hacer con mis novios de antes, pero con la diferencia de que esto no era un juego de chavos; esto era un hombre de verdad.


—¡Agh... Caro! —gruñó Sergio, echando la cabeza hacia atrás y apoyando las manos en el mostrador para no caerse.
Me puse a trabajar con la lengua y los labios, dándole con todo el colmillo que tenía. Sabía exactamente cómo moverme para volverlo loco. Sentía sus huevos grandes y pesados rozándome la barbilla, y el olor de su masculinidad me llenaba la nariz. Sergio no paraba de gruñir, apretando el borde del mostrador con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Carajo, flaca... me vas a terminar aquí mismo! —soltó con la voz rota, enterrando sus dedos en mi pelo largo para guiarme el ritmo.
Yo le daba con ganas, disfrutando de tener el control total sobre ese hombre de 1.85 que todo el día se la pasaba dando órdenes. En ese momento, el jefe era mío. Los diez minutos se estaban pasando volando, y el riesgo de que alguien pasara por afuera o que Lili llegara le ponía un sabor a la situación que me hacía succionar todavía más fuerte.
Justo cuando estaba en lo mejor, con Sergio agarrado del mostrador y soltando unos gruñidos que retumbaban en todo el local, él de repente me puso la mano en la cabeza y me detuvo en seco.
—¡Shhh! ¡Espérate! —susurró con la voz todavía ronca por el placer, pero con el oído atento.
Me quedé congelada con su verga todavía rozándome los labios. Escuchamos un golpe afuera, como si alguien hubiera pateado un bote de basura o una lámina. El corazón me dio un vuelco. Sergio, con una calma de experto, se subió el pantalón y se abrochó el cinturón en tres segundos mientras yo me levantaba del suelo limpiándome la boca rápido con la mano.
—¡Javi! ¿Eres tú? —gritó Sergio hacia la cortina, recuperando su tono de jefe rudo.
Nadie contestó, solo se escuchó un gato correr por el techo de lámina. Sergio soltó un suspiro de alivio, pero la adrenalina ya nos había cortado el ritmo. Me miró con los ojos todavía encendidos, se acercó y me dio un beso rápido.
—No podemos seguir así, Caro. Estamos jugándole al vivo aquí en la bodega —me dijo, acomodándose la camisa—. Mañana tengo que ir a ver al proveedor de lacas industriales a la salida de la ciudad. Dile a Lili que me vas a acompañar para ayudarme con el inventario de las muestras. Nos desviamos en el camino.
Y asi lo hice, el miércoles fue el día. Salimos de la pinturería a las once de la mañana bajo el pretexto del "trabajo". Lili hasta me encargó que le trajera un café de la carretera. En cuanto perdimos de vista la zona de la bodega, Sergio metió la camioneta en el primer motel discreto que encontramos.
Ni bien cerramos la puerta de la habitación, el mundo explotó. Sergio no esperó ni a que dejara mi bolsa. Me aventó contra la pared y empezó a quitarse la ropa con una desesperación que no le había visto el sábado.
—Esta "reunión con el proveedor" va a ser la más larga de mi vida, flaca —
dijo, quedándose completamente desnudo.
Al verlo ahí, con su cuerpo de 1.85, su vello oscuro y esa verga tiesa buscándome, me olvidé de las facturas, de la pintura y de Lili. Me quité la blusa y me lancé a sus brazos, lista para que el "viaje de negocios" empezara de verdad.
Esta vez no hubo la ternura de la primera noche. Sergio era otro. Se quitó la ropa con una furia contenida y, antes de que yo pudiera decir algo, ya me tenía tirada en la cama.
—Esa boca tuya del otro día en la bodega me dejó a medias, Caro... ahora me toca a mí —gruñó.
Se metió entre mis piernas y me devoró la vagina con una desesperación salvaje. No eran caricias lentas; era su lengua trabajando con fuerza, succionando y mordisqueando mis labios de allá abajo mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas con fuerza. Yo sentía que me iba a deshacer ahí mismo; el contraste de su barba ruda contra mi suavidad me hacía gritar, y a él no le importaba que se escuchara en todo el motel.


Cuando ya me tenía temblando y empapada, Sergio sacó el condón, se lo iba a poner pero lo detuve diciéndole que quería sentir su verga directa y quería su semen adentro así que tiró el condón y me volteó como si yo no pesara nada.
-no quiero con condón
- está bien hermosa te vuelvo a llenar de leche me encantó sentir tu vagina calientita y apretadita directo con mi verga
- de verdad si quieres que te preñe
-si yo si quiero tu no ?
- no yo también quiero dejarte preñada pero te pregunto, digo yo te puedo mantener y al bebé pero nadie se puede enterar
- okey mientras me sigas cumpliendo con mis cogidas yo feliz amor
-entonces hay que ponerle ganas para que salga bonito
—¡Ponte así, flaca! —me ordenó.
Me puso de rodillas, con los codos enterrados en el colchón y el culo bien alzado. Sentí el frío del aire acondicionado en mis pompis descubiertas exponiendo mi vagina y mi culito a ese hombre estaba totalmente a su disposición con mis partes íntimas a plena vista de el un segundo antes de sentir su vergota entrando de un solo golpe seco.
—¡Ahhh! —el grito se me escapó contra la almohada.

Cada embestida sentia me llegaba hasta la garganta. Sentía cómo su grosor me estiraba la vagina hasta el límite, y el sonido de sus huevos grandes golpeando mis nalgas era como música prohibida. Era un animal; me agarraba de la cintura y me jalaba hacia él para entrarme todavía más profundo.
Despues y sin dejar de bombear, me giró y me puso boca arriba. Me agarró las piernas y me las subió hasta sus hombros, dejándome totalmente expuesta. En esa posición, la verga le entraba derecha, sin obstáculos. Yo veía su cara de actor porno: sudoroso, con las venas del cuello saltadas y los ojos fijos en cómo su cuerpo desaparecía dentro del mío. Sentía que me partía a la mitad, pero era un placer que me quemaba las entrañas. Cada vez que bajaba, sentía el roce de su vello púbico contra mi clítoris, electrizándome.

Asi estuvo hasta despues que para terminar de rematarme, me puso boca abajo pero me obligó a mantener la cadera arriba, apoyada solo en mis pechos y una almohada en mi vientre. Entró por detrás con un ángulo que me hacía ver estrellas, cerró mis piernas haciendo que mi vagina quedara muy estrecha. Yo sentía que mi vagina ya no podía más, estaba ardiendo, ensanchada por completo por ese fierro caliente que no se cansaba. Caro, la empleada perfecta, ya no existía; solo era una mujer recibiendo las embestidas de un hombre de 1.85 que sabía exactamente cómo dominarla.



Sergio no paró, era una máquina. Me sentía totalmente poseída, llena, con cada rincón de mi interior vibrando bajo el ritmo de ese señor que, bajo el pretexto de ver a un "proveedor", me estaba dando la mejor cogida de mi vida.
Pero aunque yo creia que iba a terminar pronto Sergio no tenía ninguna intención de parar. Parecía que esos meses de aguantarse las ganas frente al mostrador le habían dado una energía de chamaco, pero con la fuerza y el aguante de un hombre maduro.
Siguió embistiendo con un ritmo brutal, sin perder la potencia. Yo ya no sabía ni en qué posición estaba; solo sentía ese fierro entrando y saliendo de mi vagina, que a esas alturas ya estaba totalmente dilatada y ardiendo de puro placer. Sergio me agarraba de las caderas y de vez en cuando me daba una nalgada con tanta fuerza que sabía que mañana me iba a ver las marcas de sus dedos en mi cintura y en mis pompis al ser blanca se me marca mucho la piel.
—¡Sergio, ya... ya no puedo más! —le gritaba yo, con el pelo todo revuelto sobre la almohada y la respiración hecha un desastre.
Él no decía nada, solo soltaba unos gruñidos profundos que le salían desde el pecho. Me cambió de posición una última vez, regresándome al misionero pero jalándome las piernas hacia su pecho para entrarme hasta el fondo. Cada estocada era como un golpe eléctrico que me recorría la columna, me encantaba ver el contraste de mi piel blanca comiéndose su verga café y mi vagina rosa abrazando ese pedazo de chocolate.
Finalmente, sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo. Sergio dio tres embestidas finales, lentas y pesadas, enterrándose en mí con todo lo que tenía mientras soltaba un rugido que retumbó en las paredes del cuarto. Se quedó ahí, clavado en mi interior, temblando mientras se venía con una fuerza que sentí vibrar dentro de mis propias entrañas.
Cuando por fin se dejó caer a un lado, yo me quedé exhausta, con el cuerpo flojo y la mirada perdida en el techo. No podía ni mover un dedo. Giré la cabeza un poco y me quedé embobada viéndolo sudado con la verga aún dura mientras yo con las piernas abiertas mientras su semen dentro de mi escurriendo poco a poco hacia el exterior.
Sergio estaba bañado en sudor. El brillo del sudor hacía que su piel se viera todavía más morena y ruda. Lo que más me hipnotizó fue ver cómo todo ese vello oscuro de su pecho y su abdomen estaba empapado, pegado a su piel y peinado hacia abajo por el sudor y el roce de nuestros cuerpos. Se veía como un animal que acababa de ganar una pelea: imponente, con el pecho subiendo y bajando por el cansancio, y esa masculinidad que se le desbordaba por los poros.
Me quedé ahí tirada, con el techo del motel dándome vueltas y el corazón tratando de recuperar su ritmo. Estiré la mano hacia la mesita de noche para ver mi celular: había pasado una hora completa de puro sexo salvaje. No podía creerlo. Yo estaba acostumbrada a los chavos de mi edad que a los quince minutos ya estaban pidiendo esquina, pero Sergio, con sus años, me había dado una cátedra de aguante que me dejó el cuerpo molido.
Yo de ahi pensé que ya habíamos terminado, pero Sergio todavía tenía fuego en la mirada. Se acercó a mí, me tomó de la nuca y me plantó un beso con sabor a nosotros, un beso largo y profundo que me volvió a encender la sangre. Sus manos grandes recorrieron mis curvas, bajando por mi cintura hasta mis muslos, que todavía temblaban.
—¿Crees que con una hora tengo suficiente de ti, flaca? Si por mi fuera te tendría en mi casa y te hacía mi mujer para cogerte diario perra—me susurró al oído con esa voz ronca que me ponía a vibrar hasta el alma.
Se sentó en la orilla de la cama y me hizo una seña con la cabeza. Su verga, esa bestia , ya estaba recuperando terreno, poniéndose tiesa y venosa otra vez, brillando por la humedad de mis fluidos y su semen. Se veía impresionante, rodeada de sus huevos grandes y ese vello espeso que bajaba por sus piernas.
—Ven aquí —me ordenó con esa seguridad de jefe que tanto me prendía—.chúpamela otra vez. Quiero sentir esa boquita tuya sin que nadie nos interrumpa. Tenemos todo el tiempo del mundo antes de ir con el proveedor.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me deslicé por el colchón hasta quedar frente a él. Verlo ahí sentado, dominando la cama y esa mirada de hambre, me hizo olvidar el cansancio. Me agarré de sus muslos fuertes y velludos, y me entregué de nuevo a él, sabiendo que el "viaje de negocios" apenas estaba empezando su segunda ronda.
Incluso Sergio se puso de pie sobre el colchón, aprovechando su estatura para quedar todavía más imponente. Estando yo arrodillada frente a él, me sentía diminuta, pero con una conexión total hacia su cuerpo. Verlo desde ese ángulo era impresionante: sus piernas fuertes y velludas, sus huevos grandes colgando y esa vergota rosando mis labios.
—Dale, flaca... que no se te olvide quién es el que manda aquí —me dijo, agarrándose de la cabecera de la cama para mantener el equilibrio mientras yo me entregaba a su entrepierna con un hambre renovada
Me puse a trabajar con la lengua, recorriendo cada vena marcada y rodeando la base con mis manos, sintiendo el calor que emanaba de su piel sudada. Sergio soltaba unos gruñidos que parecían rugidos, enterrando sus dedos en mi pelo y apretando la mandíbula mientras veía desde arriba cómo mi boca desaparecía en su grosor. La imagen de ese hombre mayor, firme, velludo y poderoso, siendo dominado por mi lengua, me dio un subidón de adrenalina.


Pero de repente, la sumisión ya no me bastó. Quería sentirlo dentro de nuevo, pero esta vez bajo mis reglas.
Lo agarré de los muslos y, con un movimiento decidido, lo empujé hacia atrás. Sergio, sorprendido por mi fuerza, cayó de espaldas sobre las almohadas, soltando una carcajada ronca que se convirtió en un gemido cuando me monté sobre él.
—Ahora mando yo, Sergio —le susurré, mientras me subía encima de él.
Me acomodé encima de él, sintiendo la punta de su verga buscando mi entrada. Me hundí lentamente, sintiendo cómo cada centímetro me iban abriendo y llenando mi vagina por completo hasta que nuestras pelvis chocaron. El contacto de mi piel suave contra su abdomen velludo y sudado fue una explosión.
Comencé a cabalgarlo con fuerza, apoyando mis manos en su pecho ancho para darme impulso. Mis curvas subían y bajaban rítmicamente, y yo podía ver desde arriba cómo sus pectorales se tensaban con cada uno de mis movimientos. Sergio me agarro de las caderas, ayudándome a bajar con más fuerza, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una mezcla de orgullo y deseo puro, yo estaba subiendo y bajando sobre su pene comiéndome hasta el último centímetro de su verga mientras me movía en círculos .

—¡Eso, Caro! ¡Así, carajo! —gruñía él, mientras yo le demostraba que la "joven" de la pinturería sabía perfectamente cómo domar a un hombre de su tamaño.
Justo cuando sentía que mis piernas ya no daban más de tanto cabalgarlo y que estaba a punto de llegar al límite, Sergio soltó un gruñido autoritario y me agarró con fuerza de la cintura, deteniendo mi movimiento en seco.
—Ya estuvo bueno de juegos, flaca... me toca terminar esto —dijo con la voz entrecortada por el esfuerzo, pero antes volteate quiero ver cómo tú vagina se come mi verga.
Me voltee para seguir cabalgando lo pero está vez el tenía vista a mis pompis mientras seguía subiendo y bajando apretaba mis pompis para abrazar más su verga y el empezó a apretar mis nalgas mientras yo sabía y bajaba para luego empezar a nalguearme fuerte.


Que ricas se ven tus nalgotas y pensar que en jeans te ves bien buena y ahorita veo como esas nalgas tan ricas se comen mi verga.
Yo seguía cabalgando con bastante fuerza dándome sentones muy ricos cuando sentí como uno de sus dedos penetró mi ano.
-ahhh que rico, ufff metiste tu dedo
- si hermosa espero no te moleste pero se ve tan rico y apretado tu culito que no lo pude evitar
- está bien se sintió muy rico ummm me gusta, te gusta cómo te csbalgo?
- si así que rico se siente muy bien tu vagina aprieta muy bien
- a ti te gusta mi verga y como te pico el culo
- si me encanta tu verga está enorme y me llena y sigue picando mi culo

Con una agilidad que no parecía de un hombre de su edad, me giró en un movimiento rápido y me puso vuela boca abajo contra el colchón, con la cadera lo más alto posible,
hundiendo mi pecho en las sábanas. Desde ahí, sentí cómo se acomodaba detrás de mí; el calor de su cuerpo de 1.85 me cubrió por completo como una sombra pesada.
Sin previo aviso, Sergio se enterró en mí de un solo golpe profundo.
—¡Ay, Sergio! —el grito se me ahogó contra la almohada.
Esa vergota entró en un ángulo que me hizo sentir que me tocaba el alma. Empezó a dar estocadas rápidas y secas, sin piedad, mientras me agarraba del pelo con una mano para mantenerme en el lugar y con la otra me apretaba una pompi con una fuerza que me dejaba marcada. Yo sentía el golpeteo rítmico de sus huevos grandes contra mis muslos y el roce del vello de sus piernas contra las mías, una sensación tan ruda y masculina que me hizo perder el sentido de dónde estábamos.
Él no decía nada, solo se escuchaba su respiración pesada y el sonido de nuestros cuerpos chocando. Yo sentía que mi vagina iba a estallar; estaba tan llena, tan estirada por su grosor, que cada embestida me hacía ver chispas de colores detrás de mis párpados cerrados.
—¡Ya... ya corro, Caro! —rugió él, y sentí cómo sus manos se clavaban en mis caderas mientras daba sus últimos empujones brutales, enterrándose hasta donde ya no había más espacio.
Hasta que se quedó ahí, vibrando contra mí, mientras sentía el espasmo de su clímax recorriéndonos a los dos. Yo me desplomé totalmente sobre la cama, sin fuerzas ni para respirar, sintiendo cómo el calor de su cuerpo sudado me envolvía y lo caliente de su semen me llenaba.
Nos quedamos en silencio unos minutos, solo escuchando el zumbido del aire acondicionado. Sergio se separó lentamente, se limpió el semen y me dio un beso tierno en la espalda antes de levantarse.
—Órale, flaca. Hay que bañarse rápido, que el proveedor nos espera en media hora y no queremos que Lili empiece a preguntar por qué tardamos tanto —dijo, recuperando ese tono de jefe, aunque su mirada todavía brillaba con el recuerdo de lo que acabábamos de hacer.
Me levanté como pude, sintiendo las piernas como gelatina y un "caminar de pato" que me iba a delatar si no me esforzaba por disimular. Me vi en el espejo del baño: tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados y una sonrisa de satisfacción que ni con todo el maquillaje del mundo iba a poder esconder.
El trayecto a la oficina del proveedor fue un martirio silencioso. Yo iba en el asiento del copiloto de la camioneta, tratando de acomodarme, pero cada vez que el cuerpo se me hundía en el asiento, sentía un recordatorio físico de Sergio. Mi vagina estaba sensible, palpitando por las embestidas de ese fierro, y sentía un calorcito líquido que me recordaba que, aunque nos habíamos limpiado, mi cuerpo seguía reaccionando a él.
Sergio, en cambio, manejaba como si nada. Se había puesto una camisa limpia que traía en la parte de atrás, se había peinado con agua y venía con el aire acondicionado a todo lo que daba. Se veía impecable, un hombre de negocios de 1.80 serio y formal, pero yo sabía que debajo de ese pantalón de vestir, sus piernas velludas todavía debían de estar calientes por mi esfuerzo al cabalgarlo.
—Llegamos, Caro. Bájate con calma y no pongas esa cara de que te sacaste la lotería —me dijo con una sonrisita burlona antes de apagar el motor.
—¡Es que no puedo ni caminar bien, Sergio! Me dejaste desarmada y muy adolorida jajaja—le susurré, fulminándolo con la mirada, tremenda vergota y cogidota que me diste.
Entramos a la oficina del proveedor, un señor ya grande llamado Don Mario. Sergio saludó con un apretón de manos firme, como el jefe dominante que es, y yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para caminar derecha, controlando ese "pasito de pato" que sentía que me delataba a cada segundo.
—Mucho gusto, Don Mario. Ella es Caro, mi mano derecha en la bodega —me presentó Sergio con una seriedad que casi me hace soltar una carcajada.
Nos sentamos en unas sillas de madera frente al escritorio de Don Mario. Al sentarme, solté un respingo casi imperceptible; la superficie era dura y mis músculos protestaron de inmediato. Sergio, que estaba sentado a mi lado, estiró la pierna por debajo del escritorio y rozó mi rodilla con la suya, presionando un poco, como burlándose de mi incomodidad.
Pasamos la siguiente hora revisando catálogos de lacas y solventes. Yo trataba de concentrarme, pero solo podía pensar en que hace apenas cuarenta minutos tenía a ese hombre enterrado en mí vagina y hasta el fondo, gruñendo mi nombre. Cada vez que Don Mario explicaba algo técnico,
Sergio asentía con mucha propiedad, pero de vez en cuando me lanzaba una mirada de reojo que me hacía hervir la sangre.
—¿Te pasa algo, muchacha? Te ves un poco colorada, ¿no tendrás fiebre? —me preguntó Don Mario, notando mi cara encendida.
—No, no... es que el sol de la carretera está fuerte, Don Mario —mentí, mientras sentía cómo Sergio contenía la risa a mi lado.
Salimos de ahí con las muestras, y en cuanto cerramos la puerta del edificio y llegamos a la camioneta, me solté del brazo de Sergio.
—¡Casi me muero de los nervios! Sentía que Don Mario me veía el letrero de "recién cogida" en la frente —le reclamé, subiéndome al asiento.
—Tranquila, flaca. Lo hiciste muy bien. Ahora vámonos a la pinturería, que Lili ya debe estar esperándonos para cerrar.
A partir de ese "viaje de negocios", la pinturería se convirtió en nuestro patio de juegos privado. La tensión que antes nos quemaba ahora era una llama abierta que alimentábamos a diario. Lo mejor —y lo más peligroso— era que nos habíamos vuelto unos expertos en la doble vida: frente a los chalanas y a Lili, éramos el jefe serio y la empleada eficiente; pero en cuanto la cortina metálica caía, el local se transformaba.
Se volvió una rutina deliciosa. A veces, a media tarde, cuando el calor estaba más fuerte y los chalanas se iban a la parte de atrás a cargar los camiones, yo entraba a la oficina de Sergio "a que me firmara unas facturas". Me cerraba la puerta por dentro y, sin decir ni una palabra, me hincaba frente a él. Le bajaba el cierre y sacaba esa verga que ya conocía de memoria. Se la chupaba con una desesperación que lo hacía gruñir bajito, cuidando que sus ruidos no pasaran de la puerta de madera, mientras él me acariciaba el pelo y me decía: "Eres una diabla, Caro".
Otras veces, eran encuentros rápidos en el pasillo de los esmaltes, donde nos besábamos hasta quedarnos sin aliento, con él apretándome contra los estantes de metal y sus manos grandes perdiéndose debajo de mi falda.
Pero lo más intenso eran los cierres de local. Cuando ya no quedaba nadie, Sergio me llevaba a su oficina, me sentaba en su escritorio de madera y me hacía el amor ahí mismo, rodeados de papeles y catálogos de colores. Eran encuentros esporádicos pero salvajes. A veces era un misionero rápido porque "Lili ya venía en camino", y otras veces él se tomaba el tiempo de ponerme en cuatro sobre el escritorio, agarrándome de las caderas y dándome esas embestidas profundas que me hacían vibrar la chepa.
Me encantaba verlo así: con su camisa de trabajo medio desabotonada, el sudor brillando en su pecho velludo y esa mirada de hombre maduro que me decía que, sin importar quién entrara, en ese momento yo era su única dueña. Se volvió una adicción; el riesgo de que nos pescaran, el olor a solvente mezclado con el nuestro y la maestría con la que él me manejaba el cuerpo, me tenían completamente perdida.
Incluso aprendimos a comunicarnos con la mirada. Si él me veía desde su oficina y se tocaba el cinturón, yo ya sabía que en diez minutos tenía que inventar una excusa para entrar. Nos volvimos cómplices de un secreto que nos hacía caminar con una electricidad que solo nosotros entendíamos.
Pero la bomba estalló una tarde de un jueves, de la manera más inesperada. Sergio había salido a supervisar una obra y yo me quedé en el mostrador cuadrando la caja. Lili llegó con dos refrescos, se sentó en el banquito de madera junto a mí y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.
Continúa
—Llegas justo a tiempo, flaca —me dijo con esa sonrisa de medio lado que me ponía a temblar—. Pásale, cierra la puerta.
Entré y el sonido del seguro al cerrarse me dio un vuelco en el corazón. Me senté en la silla que estaba frente a la cama, tratando de mantener la compostura.
—Y bien... ¿de qué se supone que vamos a "platicar"? —le pregunté, usando sus mismas palabras.
Sergio soltó una carcajada ronca, se sirvió un poco de vino y me dio la copa. Luego, se levantó lentamente y caminó hacia mí. Se paró justo enfrente, obligándome a levantar la cabeza para verlo desde mis 1.50.
—Podemos platicar de muchas cosas, Caro —dijo, quitándome la copa de la mano y dejándola en la mesa—. De cómo me tienes loco en la pinturería, de cómo te quedan esos jeans... o de por qué tardamos tanto en estar así, a solas.
Me tomó de las manos y me hizo levantarme. Sin previo aviso, me jaló hacia él y me rodeó la cintura con sus brazos enormes. Sentí su pecho velludo contra mi cara y el olor de su loción mezclado con el vino.
—Ya no hay chalanes, Caro. Ya no hay clientes, ni está Lili. Solo estamos tú y yo —me susurró al oído, y sentí cómo sus labios empezaban a recorrer mi cuello con una lentitud desesperante.
Yo cerré los ojos y me pegué a él, sintiendo la firmeza de su cuerpo contra mis curvas. La "plática" se acabó en ese segundo, cuando Sergio me cargó para sentarme en la cama y empezó a desvestirme con una paciencia que me estaba volviendo loca.
Se puso entre mis piernas y, tal como lo había hecho en la oficina pero ahora con todo el tiempo del mundo, empezó a devorarme. Su boca recorrió mi abdomen, se detuvo en mis pechos y bajó por mis muslos con un hambre que me hacía arquear la espalda. Yo solo podía enterrar mis dedos en su cabello oscuro y dejarme llevar, disfrutando de cada caricia de ese hombre que, por fin, me tenía toda para él solo.
Sergio se levantó de la cama un momento para terminar de quitarse lo poco que le quedaba de ropa. Yo me quedé ahí, sentada entre las sábanas, con el corazón en la garganta y los ojos bien abiertos.
Neta, ninguna foto me había preparado para verlo así, al natural.
Cuando se quitó el bóxer y se quedó completamente desnudo frente a mí, me quedé sin habla. El vello oscuro que le nacía en el pecho bajaba por todo su abdomen en una línea gruesa y masculina que no se detenía en el ombligo, sino que seguía con más fuerza hacia abajo, rodeándole todo. Era un hombre de verdad, rudo, con ese cuerpo maduro de 1.85 que se sentía imponente en la penumbra del cuarto.
Y luego estaba eso. No era como los tipos de mi edad. Sergio tenía una verga que era una grosería: grande, muy gruesa y con las venas marcadas y la cabeza más gruesa que lo demás, de unos 23 centímetros aprox que se veían todavía más impresionantes porque él estaba de pie justo frente a mis ojos, muy muy grande que suertuda la mamá de Lili. Pero lo que más me impactó fueron sus huevos; grandes, pesados y colgando con esa masculinidad que solo tienen los señores. Todo ese conjunto, rodeado de ese vello espeso, me hizo sentir un calor que me bajó directo a las piernas.
—¿Qué pasa, Caro? ¿Te asustó mi pene? —me preguntó con esa voz ronca, dándose cuenta de que yo no podía dejar de mirar su enorme verga que colgaba semi erecta.
—No... es que... estás increíble, Sergio —alcancé a decir, tragando saliva. Me había impresionado el tamaño de su verga se veía enorme y muy rica y se me había antojado tanto que mi boca y mi vagina estaban hechas agua.
-que buena suerte tiene tu esposa Sergio
- ¿De verdad lo crees ?
- te lo aseguro que ella ha de estar encantada
Él sonrió con suficiencia, sabiendo perfectamente el efecto que estaba causando en mí. Se acercó de nuevo a la cama, y esa presencia suya me envolvió por completo. Mis 1.50 se sentían minúsculos ante semejante ejemplar. Cuando se arrodilló sobre el colchón y sentí el peso de su cuerpo acercándose, el olor a hombre y la visión de su anatomía tan cerca de mi cara me hicieron perder la cuenta de todas las razones por las que esto estaba "mal".
—Acércate, flaca. Todavía nos falta mucha plática —susurró, tomándome de la nuca para pegarme a él.
En ese momento, con esa verga gruesa y esos huevos grandes rozando mis muslos, se me olvidó Lili, se me olvidó la pinturería y se me olvidó el mundo entero. Solo existía Sergio y el hambre que me daba verlo así, tan completo y tan mío.
No pude evitarlo. Estiré las manos y, por fin, toqué lo que llevaba meses deseando. Empecé por sus hombros, que se sentían como piedra, y bajé mis dedos por todo ese vello oscuro de su pecho. Se sentía áspero y masculino, justo como me lo imaginaba. Seguí bajando por su abdomen, delineando esa línea de pelo que llegaba hasta su entrepierna, y cuando mis dedos rozaron su verga, sentí un brinco en todo el cuerpo.
Estaba tiesa, gruesa y caliente como un fierro. Al sentir mi contacto, Sergio soltó un gruñido profundo, de esos que te vibran en el estómago, y vi cómo sus huevos grandes se tensaban. Ya no hubo más "plática" ni más juegos.
Sergio se lanzó sobre mí con toda su fuerza de hombre de 1.85. Tumbandome de espaldas contra el colchón; mis 1.50 apenas alcanzaban a rodear su espalda ancha. Me agarró la cara con una mano y me plantó un beso que me supo a gloria y a pecado. Era un beso hambriento, con lengua, de esos que te dejan sin aire y te hacen olvidar hasta tu nombre.
Sentía su verga dura presionando contra mi muslo, quemándome la piel, mientras sus manos bajaban desesperadas a agarrar mi culo, apretándome contra él con una rabia deliciosa.
—Me vas a volver loco, Caro... —me dijo entre besos, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos
Yo solo podía enredar mis piernas en su cintura, sintiendo el roce del vello de sus piernas contra las mías, entregada por completo a ese señor que me estaba devorando el alma. El mundo afuera del hotel dejó de existir; pero po que más me sorprendió de esa noche no fue solo lo imponente que estaba Sergio, sino cómo me trató. Yo esperaba algo rudo, casi violento por las ganas que nos traíamos, pero él cambió el chip por completo. Se tomó su tiempo. No fue una cogida rápida de hotel; fue hacerme el amor con una calma que me desarmó.
Eso sí, cuando llegó el momento de la verdad, me di cuenta de que el señor tenía colmillo. Sacó el condón y, con una destreza que solo te dan los años, se lo puso en un abrir y cerrar de ojos. Ni una pausa, ni un error, nada de andar batallando como los chavos de mi edad que cortan toda la inspiración. Fue un movimiento rápido, maestro, y ya estaba listo para mí, pero yo quería sentirlo dentro de mi y esa vergota sería un pecado sentirla con un plástico así que le dije me encantaría sentirte dentro de mi al natural a lo que me dijo de verdad Caro y le comenté si tengo muchas ganas quítate eso.
- yo también quería sentirte sin condón, me gustaría estar dentro de ti y que mi pene sienta toda tu vagina pero no sabía si tú querías
- si si quiero que me lo hagas sin condón
- perfecto hermosa voy a sentir más rico 😋
Tomó el condón y se lo quitó de la vergota y me dijo y dónde me voy a correr y le dije quiero que te vengas adentro y sentirte todo y me respondió y si quedas embarazada a lo que yo contesté eso me encantaría así ya sería tu mujer. Al parecer eso le excitó mas porque me besó en la boca y me dijo tienes razón aparte a Lili le hace falta un hermanito y que más rico que yo te preñe a ti con ese cuerpo tan rico. Me abrió las piernas con una delicadeza que me hizo sentir de cristal. Me miró a los ojos, me dio un beso largo, de esos que te hacen suspirar, y empezó a entrar.
—¡Ay, Dios!... —gemí, enterrando las uñas en sus hombros.



Sentir esa verga de 23 centímetros, tan gruesa y caliente, llenándome por completo, fue una locura. Mi vagina se sentía estallada. Era una sensación de plenitud total; me llenaba cada rincón, estirándome y haciéndome sentir cada milímetro de su grosor. En la posición del misionero, con su pecho velludo rozando mis pechos y su cara a centímetros de la mía, el placer era casi insoportable.
Sergio no tenía prisa. Se movía con un ritmo constante, profundo, dándome besos lentos mientras me decía cosas al oído que me ponían la piel de gallina. Cada vez que empujaba, yo sentía el peso de sus huevos grandes golpeando contra mi culo, un rítmico paf-paf que me recordaba que este hombre era todo carne y músculo.
Lo que nunca voy a olvidar fue su cara en el momento final. Sergio siempre tiene esa expresión de tipo duro, de "aquí mando yo", pero cuando sintió que ya no podía aguantar más, se transformó. Estábamos en pleno posicion yo con las piernas bien abiertas abrazando su cintura, y él dándome las estocadas más profundas, llegando hasta el fondo de mi vagina con cada centímetro de su verga dentro de mi y sus huevos chocando con mi cuerpo.
De repente, apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza. Vi cómo se le marcaban las venas del cuello y cómo el sudor le brillaba en la frente. Se veía tan hombre, tan real. Se detuvo un segundo, enterrado completamente en mí, y soltó un gruñido ronco que me retumbó en el pecho mientras sentía cómo su verga palpitaba dentro de mi vagina.
-ayyy hermosa estoy a punto de correrme la voy a sacar para echarte los en el vientre para que no tengas problemas
- no, no la saques quiero que te vengas adentro como te dije por favor lléname
- en serio quieres mi leche adentro pero te puedo preñar
- si si quiero que te corras adentro y sentir que soy tuya y si me dejas embarazada a mi me encantaría tener un hijo tuyo
Pareció que escuchar eso le excitó más porque se agachó y me besó mientras apretaba con una mano mi cintura y con otra mi abdomen
- okey amor entonces te los echo dónde van y te lleno toda, si quedas preñada yo te mantengo a nuestro hijo y te hago mi mujer que rico que te cogería a diario uffff me vengo te voy a llenar para preñarte
Sentía su verga soltando todo dentro de mi sentía su semen caliente llenar mi vagina mientras yo gemia de placer y rasguñar a su espalda pidiéndole que me preñara. Me miró con una vulnerabilidad que me dejó helada; por un momento no era el jefe, era un hombre rendido a lo que sentía conmigo.
- qué rico, así amor preñame y hazme tuya
- si te voy a dejar embarazada y serás por siempre mía y esas nalgas tan ricas que me encantan sólo serán mías

—¡Caro... carajo! —susurró, y me dio un beso desesperado mientras se terminaba de vaciar.
Después de eso, lo que menos me esperaba fue lo que pasó. Pensé que se iba a levantar, a vestirse y a ponerse serio de nuevo. Pero no. Se levantó por papel de baño y me limpió el semen que iba escurriendo por mi vagina y mis muslos me hubiera encantado limpiarle la verga con la boca los residuos de su semen y de mis juguitos de princesa pero los limpió con papel y se volvió a acostar a mi lado. Me jaló hacia su pecho y me rodeó con sus brazos de 1.85, protegiéndome del frío del aire acondicionado. Ahí estábamos acostados ambos desnudos excitados y con fluidos del otro.
Nos quedamos ahí abrazados, como si fuéramos novios de toda la vida. Mi cabeza quedó justo sobre su pecho velludo; podía escuchar su corazón bajando el ritmo poco a poco y sentía el olor de su piel mezclado con el mio. Él me acariciaba el pelo con una suavidad que no le conocía, y de vez en cuando me daba un besito en la frente.
—¿Estás bien, flaca? —me preguntó bajito, con esa voz de señor que ahora me sonaba a pura protección.
—Sí, Sergio... estoy muy bien —le contesté, acomodándome en sus brazos, estoy más que bien.
Se sentía raro pero increíble, estar ahí acostada con ese hombre totalmente desnuda recién cogida por un pene enorme con mi vagina mojada y llena de semen. Estábamos en un hotel de paso, yo era la mejor amiga de su hija y él era mi jefe, pero en ese momento, abrazados bajo las sábanas, nada de eso importaba. Me sentía segura, querida y, sobre todo, deseada por el hombre que me traía loca. Nos quedamos así un buen rato, en silencio, disfrutando del post-polvo y de la paz que nos daba haber soltado por fin toda esa tensión de meses. Estaba satisfecha de haberlo tenido dentro, de darle acceso a mi vagina y entregar mis nalgas y hacerlo acabar me hubiera gustado más yo también acabar jajaja.
Esa noche fue un paréntesis perfecto, pero la realidad nos pegó en la cara en cuanto salimos del hotel. La verdad sólo cogimos una vez esa noche eso me decepcionó un poco porque yo me imaginaba que toda la noche íbamos a coger a tal punto de que mi vagina me quedara ardiendo de tanta fricción que me iba a correr múltiples veces y que hasta mi culito iba a quedar roto y adolorido pero no toda la noche dormimos desnudos abrazados. Al fin a mis papás les dije que me iba a quedar con una amiga. Al día siguiente Nos despedimos en el estacionamiento con un beso rápido, de esos que saben a "te veo luego", y cada quien agarró su camino. Yo llegué a mi casa sintiéndome otra, con el cuerpo todavía excitado de la mejor manera posible y el olor de Sergio pegado a la piel con restos de su semen dentro de mi vagina. Me dormí un poquito ya que todavía era temprano con una sonrisa, aunque sabía que el lunes iba a ser una prueba de fuego.
Ese lunes llegó con el sol a plomo y el ruido de siempre. Entré a la pinturería y ahí estaba él, con su camisa de botones impecable y su cara de "aquí no pasó nada".
—Buenos días, Caro. Hay que revisar el pedido de los esmaltes —me dijo frente a los chalanas, con una voz tan seca y profesional que por un segundo dudé de si lo del sábado había sido un sueño.
—Sí, don Sergio. Ahorita lo checo —le contesté, igual de seria, aunque por dentro me estaba muriendo de la risa y de las ganas de recordarle cómo se veía desnudo.
Pasamos todo el día así. Fue un día normal, aburrido, lleno de clientes quejumbrosos y botes de pintura. Lili hasta nos mandó un audio al grupo diciendo que ya venía de regreso y que nos traía dulces. Actuamos tan bien que nadie sospechó absolutamente nada; éramos el jefe exigente y la empleada eficiente.
Pero en cuanto dieron las seis y los chalanas terminaron de subir la última cortina metálica y se fueron gritando que ya era hora de la cerveza, el aire en el local cambió de golpe.
Me quedé en el mostrador terminando de cerrar la caja. Escuché los pasos pesados de Sergio acercándose por detrás. No dijo ni una palabra. En cuanto sentí su presencia de 1.85, me di la vuelta y ya lo tenía encima. Me agarró de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me pegó contra el mueble de las facturas.
—No sabes lo que me costó no saltarte encima en todo el día, flaca —gruñó contra mis labios.
Nos empezamos a comer la boca ahí mismo. Fue un beso desesperado, con lengua, con un hambre que parecía que no nos habíamos visto en años. Yo le enterré los dedos en el vello del pecho, jalándole la camisa, y él me apretó el culo con las dos manos, levantándome un poco para que sintiera que ya estaba tieso otra vez por mi culpa. El contraste de la luz mortecina del local cerrado y el calor de su boca era pura adrenalina.
—Lili me acaba de mandar mensaje, ya casi llega a su casa —alcancé a balbucear entre besos.
—Tenemos diez minutos —contestó él, bajando sus labios a mi cuello y mordiéndome suavemente—. Diez minutos para recordarte que eres mía, Caro.
Sergio me tenía acorralada contra el mostrador, devorándome el cuello, y yo sentía su verga tiesa golpeándome el muslo a través del pantalón.
Ese roce me terminó de encender. Me bajó una calentura de esas que no te dejan pensar.
—Espérate, Sergio... —le dije con la respiración cortada.
Me solté de su abrazo y, sin darle tiempo a reaccionar, me hinqué frente a él en el suelo de cemento de la pinturería. Mis 1.50 me dejaban justo a la altura perfecta. Sergio se quedó mudo, solo soltó un suspiro pesado cuando sintió mis manos en su cinturón. Le desabroché el pantalón con una agilidad que lo dejó frío y se lo bajé junto con la trusa.

Ahí estaba otra vez: esa verga, gruesa, venosa y apuntando directo a mi cara, rodeada de ese vello oscuro que tanto me gustaba. Con el poco de luz que entraba por las rendijas de la cortina metálica, se veía imponente. No me lo pensé dos veces. Me la metí a la boca de un solo golpe, como solía hacer con mis novios de antes, pero con la diferencia de que esto no era un juego de chavos; esto era un hombre de verdad.


—¡Agh... Caro! —gruñó Sergio, echando la cabeza hacia atrás y apoyando las manos en el mostrador para no caerse.
Me puse a trabajar con la lengua y los labios, dándole con todo el colmillo que tenía. Sabía exactamente cómo moverme para volverlo loco. Sentía sus huevos grandes y pesados rozándome la barbilla, y el olor de su masculinidad me llenaba la nariz. Sergio no paraba de gruñir, apretando el borde del mostrador con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Carajo, flaca... me vas a terminar aquí mismo! —soltó con la voz rota, enterrando sus dedos en mi pelo largo para guiarme el ritmo.
Yo le daba con ganas, disfrutando de tener el control total sobre ese hombre de 1.85 que todo el día se la pasaba dando órdenes. En ese momento, el jefe era mío. Los diez minutos se estaban pasando volando, y el riesgo de que alguien pasara por afuera o que Lili llegara le ponía un sabor a la situación que me hacía succionar todavía más fuerte.
Justo cuando estaba en lo mejor, con Sergio agarrado del mostrador y soltando unos gruñidos que retumbaban en todo el local, él de repente me puso la mano en la cabeza y me detuvo en seco.
—¡Shhh! ¡Espérate! —susurró con la voz todavía ronca por el placer, pero con el oído atento.
Me quedé congelada con su verga todavía rozándome los labios. Escuchamos un golpe afuera, como si alguien hubiera pateado un bote de basura o una lámina. El corazón me dio un vuelco. Sergio, con una calma de experto, se subió el pantalón y se abrochó el cinturón en tres segundos mientras yo me levantaba del suelo limpiándome la boca rápido con la mano.
—¡Javi! ¿Eres tú? —gritó Sergio hacia la cortina, recuperando su tono de jefe rudo.
Nadie contestó, solo se escuchó un gato correr por el techo de lámina. Sergio soltó un suspiro de alivio, pero la adrenalina ya nos había cortado el ritmo. Me miró con los ojos todavía encendidos, se acercó y me dio un beso rápido.
—No podemos seguir así, Caro. Estamos jugándole al vivo aquí en la bodega —me dijo, acomodándose la camisa—. Mañana tengo que ir a ver al proveedor de lacas industriales a la salida de la ciudad. Dile a Lili que me vas a acompañar para ayudarme con el inventario de las muestras. Nos desviamos en el camino.
Y asi lo hice, el miércoles fue el día. Salimos de la pinturería a las once de la mañana bajo el pretexto del "trabajo". Lili hasta me encargó que le trajera un café de la carretera. En cuanto perdimos de vista la zona de la bodega, Sergio metió la camioneta en el primer motel discreto que encontramos.
Ni bien cerramos la puerta de la habitación, el mundo explotó. Sergio no esperó ni a que dejara mi bolsa. Me aventó contra la pared y empezó a quitarse la ropa con una desesperación que no le había visto el sábado.
—Esta "reunión con el proveedor" va a ser la más larga de mi vida, flaca —
dijo, quedándose completamente desnudo.
Al verlo ahí, con su cuerpo de 1.85, su vello oscuro y esa verga tiesa buscándome, me olvidé de las facturas, de la pintura y de Lili. Me quité la blusa y me lancé a sus brazos, lista para que el "viaje de negocios" empezara de verdad.
Esta vez no hubo la ternura de la primera noche. Sergio era otro. Se quitó la ropa con una furia contenida y, antes de que yo pudiera decir algo, ya me tenía tirada en la cama.
—Esa boca tuya del otro día en la bodega me dejó a medias, Caro... ahora me toca a mí —gruñó.
Se metió entre mis piernas y me devoró la vagina con una desesperación salvaje. No eran caricias lentas; era su lengua trabajando con fuerza, succionando y mordisqueando mis labios de allá abajo mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas con fuerza. Yo sentía que me iba a deshacer ahí mismo; el contraste de su barba ruda contra mi suavidad me hacía gritar, y a él no le importaba que se escuchara en todo el motel.


Cuando ya me tenía temblando y empapada, Sergio sacó el condón, se lo iba a poner pero lo detuve diciéndole que quería sentir su verga directa y quería su semen adentro así que tiró el condón y me volteó como si yo no pesara nada.
-no quiero con condón
- está bien hermosa te vuelvo a llenar de leche me encantó sentir tu vagina calientita y apretadita directo con mi verga
- de verdad si quieres que te preñe
-si yo si quiero tu no ?
- no yo también quiero dejarte preñada pero te pregunto, digo yo te puedo mantener y al bebé pero nadie se puede enterar
- okey mientras me sigas cumpliendo con mis cogidas yo feliz amor
-entonces hay que ponerle ganas para que salga bonito
—¡Ponte así, flaca! —me ordenó.
Me puso de rodillas, con los codos enterrados en el colchón y el culo bien alzado. Sentí el frío del aire acondicionado en mis pompis descubiertas exponiendo mi vagina y mi culito a ese hombre estaba totalmente a su disposición con mis partes íntimas a plena vista de el un segundo antes de sentir su vergota entrando de un solo golpe seco.
—¡Ahhh! —el grito se me escapó contra la almohada.

Cada embestida sentia me llegaba hasta la garganta. Sentía cómo su grosor me estiraba la vagina hasta el límite, y el sonido de sus huevos grandes golpeando mis nalgas era como música prohibida. Era un animal; me agarraba de la cintura y me jalaba hacia él para entrarme todavía más profundo.
Despues y sin dejar de bombear, me giró y me puso boca arriba. Me agarró las piernas y me las subió hasta sus hombros, dejándome totalmente expuesta. En esa posición, la verga le entraba derecha, sin obstáculos. Yo veía su cara de actor porno: sudoroso, con las venas del cuello saltadas y los ojos fijos en cómo su cuerpo desaparecía dentro del mío. Sentía que me partía a la mitad, pero era un placer que me quemaba las entrañas. Cada vez que bajaba, sentía el roce de su vello púbico contra mi clítoris, electrizándome.

Asi estuvo hasta despues que para terminar de rematarme, me puso boca abajo pero me obligó a mantener la cadera arriba, apoyada solo en mis pechos y una almohada en mi vientre. Entró por detrás con un ángulo que me hacía ver estrellas, cerró mis piernas haciendo que mi vagina quedara muy estrecha. Yo sentía que mi vagina ya no podía más, estaba ardiendo, ensanchada por completo por ese fierro caliente que no se cansaba. Caro, la empleada perfecta, ya no existía; solo era una mujer recibiendo las embestidas de un hombre de 1.85 que sabía exactamente cómo dominarla.



Sergio no paró, era una máquina. Me sentía totalmente poseída, llena, con cada rincón de mi interior vibrando bajo el ritmo de ese señor que, bajo el pretexto de ver a un "proveedor", me estaba dando la mejor cogida de mi vida.
Pero aunque yo creia que iba a terminar pronto Sergio no tenía ninguna intención de parar. Parecía que esos meses de aguantarse las ganas frente al mostrador le habían dado una energía de chamaco, pero con la fuerza y el aguante de un hombre maduro.
Siguió embistiendo con un ritmo brutal, sin perder la potencia. Yo ya no sabía ni en qué posición estaba; solo sentía ese fierro entrando y saliendo de mi vagina, que a esas alturas ya estaba totalmente dilatada y ardiendo de puro placer. Sergio me agarraba de las caderas y de vez en cuando me daba una nalgada con tanta fuerza que sabía que mañana me iba a ver las marcas de sus dedos en mi cintura y en mis pompis al ser blanca se me marca mucho la piel.
—¡Sergio, ya... ya no puedo más! —le gritaba yo, con el pelo todo revuelto sobre la almohada y la respiración hecha un desastre.
Él no decía nada, solo soltaba unos gruñidos profundos que le salían desde el pecho. Me cambió de posición una última vez, regresándome al misionero pero jalándome las piernas hacia su pecho para entrarme hasta el fondo. Cada estocada era como un golpe eléctrico que me recorría la columna, me encantaba ver el contraste de mi piel blanca comiéndose su verga café y mi vagina rosa abrazando ese pedazo de chocolate.
Finalmente, sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo. Sergio dio tres embestidas finales, lentas y pesadas, enterrándose en mí con todo lo que tenía mientras soltaba un rugido que retumbó en las paredes del cuarto. Se quedó ahí, clavado en mi interior, temblando mientras se venía con una fuerza que sentí vibrar dentro de mis propias entrañas.
Cuando por fin se dejó caer a un lado, yo me quedé exhausta, con el cuerpo flojo y la mirada perdida en el techo. No podía ni mover un dedo. Giré la cabeza un poco y me quedé embobada viéndolo sudado con la verga aún dura mientras yo con las piernas abiertas mientras su semen dentro de mi escurriendo poco a poco hacia el exterior.
Sergio estaba bañado en sudor. El brillo del sudor hacía que su piel se viera todavía más morena y ruda. Lo que más me hipnotizó fue ver cómo todo ese vello oscuro de su pecho y su abdomen estaba empapado, pegado a su piel y peinado hacia abajo por el sudor y el roce de nuestros cuerpos. Se veía como un animal que acababa de ganar una pelea: imponente, con el pecho subiendo y bajando por el cansancio, y esa masculinidad que se le desbordaba por los poros.
Me quedé ahí tirada, con el techo del motel dándome vueltas y el corazón tratando de recuperar su ritmo. Estiré la mano hacia la mesita de noche para ver mi celular: había pasado una hora completa de puro sexo salvaje. No podía creerlo. Yo estaba acostumbrada a los chavos de mi edad que a los quince minutos ya estaban pidiendo esquina, pero Sergio, con sus años, me había dado una cátedra de aguante que me dejó el cuerpo molido.
Yo de ahi pensé que ya habíamos terminado, pero Sergio todavía tenía fuego en la mirada. Se acercó a mí, me tomó de la nuca y me plantó un beso con sabor a nosotros, un beso largo y profundo que me volvió a encender la sangre. Sus manos grandes recorrieron mis curvas, bajando por mi cintura hasta mis muslos, que todavía temblaban.
—¿Crees que con una hora tengo suficiente de ti, flaca? Si por mi fuera te tendría en mi casa y te hacía mi mujer para cogerte diario perra—me susurró al oído con esa voz ronca que me ponía a vibrar hasta el alma.
Se sentó en la orilla de la cama y me hizo una seña con la cabeza. Su verga, esa bestia , ya estaba recuperando terreno, poniéndose tiesa y venosa otra vez, brillando por la humedad de mis fluidos y su semen. Se veía impresionante, rodeada de sus huevos grandes y ese vello espeso que bajaba por sus piernas.
—Ven aquí —me ordenó con esa seguridad de jefe que tanto me prendía—.chúpamela otra vez. Quiero sentir esa boquita tuya sin que nadie nos interrumpa. Tenemos todo el tiempo del mundo antes de ir con el proveedor.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me deslicé por el colchón hasta quedar frente a él. Verlo ahí sentado, dominando la cama y esa mirada de hambre, me hizo olvidar el cansancio. Me agarré de sus muslos fuertes y velludos, y me entregué de nuevo a él, sabiendo que el "viaje de negocios" apenas estaba empezando su segunda ronda.
Incluso Sergio se puso de pie sobre el colchón, aprovechando su estatura para quedar todavía más imponente. Estando yo arrodillada frente a él, me sentía diminuta, pero con una conexión total hacia su cuerpo. Verlo desde ese ángulo era impresionante: sus piernas fuertes y velludas, sus huevos grandes colgando y esa vergota rosando mis labios.
—Dale, flaca... que no se te olvide quién es el que manda aquí —me dijo, agarrándose de la cabecera de la cama para mantener el equilibrio mientras yo me entregaba a su entrepierna con un hambre renovada
Me puse a trabajar con la lengua, recorriendo cada vena marcada y rodeando la base con mis manos, sintiendo el calor que emanaba de su piel sudada. Sergio soltaba unos gruñidos que parecían rugidos, enterrando sus dedos en mi pelo y apretando la mandíbula mientras veía desde arriba cómo mi boca desaparecía en su grosor. La imagen de ese hombre mayor, firme, velludo y poderoso, siendo dominado por mi lengua, me dio un subidón de adrenalina.


Pero de repente, la sumisión ya no me bastó. Quería sentirlo dentro de nuevo, pero esta vez bajo mis reglas.
Lo agarré de los muslos y, con un movimiento decidido, lo empujé hacia atrás. Sergio, sorprendido por mi fuerza, cayó de espaldas sobre las almohadas, soltando una carcajada ronca que se convirtió en un gemido cuando me monté sobre él.
—Ahora mando yo, Sergio —le susurré, mientras me subía encima de él.
Me acomodé encima de él, sintiendo la punta de su verga buscando mi entrada. Me hundí lentamente, sintiendo cómo cada centímetro me iban abriendo y llenando mi vagina por completo hasta que nuestras pelvis chocaron. El contacto de mi piel suave contra su abdomen velludo y sudado fue una explosión.
Comencé a cabalgarlo con fuerza, apoyando mis manos en su pecho ancho para darme impulso. Mis curvas subían y bajaban rítmicamente, y yo podía ver desde arriba cómo sus pectorales se tensaban con cada uno de mis movimientos. Sergio me agarro de las caderas, ayudándome a bajar con más fuerza, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una mezcla de orgullo y deseo puro, yo estaba subiendo y bajando sobre su pene comiéndome hasta el último centímetro de su verga mientras me movía en círculos .

—¡Eso, Caro! ¡Así, carajo! —gruñía él, mientras yo le demostraba que la "joven" de la pinturería sabía perfectamente cómo domar a un hombre de su tamaño.
Justo cuando sentía que mis piernas ya no daban más de tanto cabalgarlo y que estaba a punto de llegar al límite, Sergio soltó un gruñido autoritario y me agarró con fuerza de la cintura, deteniendo mi movimiento en seco.
—Ya estuvo bueno de juegos, flaca... me toca terminar esto —dijo con la voz entrecortada por el esfuerzo, pero antes volteate quiero ver cómo tú vagina se come mi verga.
Me voltee para seguir cabalgando lo pero está vez el tenía vista a mis pompis mientras seguía subiendo y bajando apretaba mis pompis para abrazar más su verga y el empezó a apretar mis nalgas mientras yo sabía y bajaba para luego empezar a nalguearme fuerte.


Que ricas se ven tus nalgotas y pensar que en jeans te ves bien buena y ahorita veo como esas nalgas tan ricas se comen mi verga.
Yo seguía cabalgando con bastante fuerza dándome sentones muy ricos cuando sentí como uno de sus dedos penetró mi ano.
-ahhh que rico, ufff metiste tu dedo
- si hermosa espero no te moleste pero se ve tan rico y apretado tu culito que no lo pude evitar
- está bien se sintió muy rico ummm me gusta, te gusta cómo te csbalgo?
- si así que rico se siente muy bien tu vagina aprieta muy bien
- a ti te gusta mi verga y como te pico el culo
- si me encanta tu verga está enorme y me llena y sigue picando mi culo

Con una agilidad que no parecía de un hombre de su edad, me giró en un movimiento rápido y me puso vuela boca abajo contra el colchón, con la cadera lo más alto posible,
hundiendo mi pecho en las sábanas. Desde ahí, sentí cómo se acomodaba detrás de mí; el calor de su cuerpo de 1.85 me cubrió por completo como una sombra pesada.
Sin previo aviso, Sergio se enterró en mí de un solo golpe profundo.
—¡Ay, Sergio! —el grito se me ahogó contra la almohada.
Esa vergota entró en un ángulo que me hizo sentir que me tocaba el alma. Empezó a dar estocadas rápidas y secas, sin piedad, mientras me agarraba del pelo con una mano para mantenerme en el lugar y con la otra me apretaba una pompi con una fuerza que me dejaba marcada. Yo sentía el golpeteo rítmico de sus huevos grandes contra mis muslos y el roce del vello de sus piernas contra las mías, una sensación tan ruda y masculina que me hizo perder el sentido de dónde estábamos.
Él no decía nada, solo se escuchaba su respiración pesada y el sonido de nuestros cuerpos chocando. Yo sentía que mi vagina iba a estallar; estaba tan llena, tan estirada por su grosor, que cada embestida me hacía ver chispas de colores detrás de mis párpados cerrados.
—¡Ya... ya corro, Caro! —rugió él, y sentí cómo sus manos se clavaban en mis caderas mientras daba sus últimos empujones brutales, enterrándose hasta donde ya no había más espacio.
Hasta que se quedó ahí, vibrando contra mí, mientras sentía el espasmo de su clímax recorriéndonos a los dos. Yo me desplomé totalmente sobre la cama, sin fuerzas ni para respirar, sintiendo cómo el calor de su cuerpo sudado me envolvía y lo caliente de su semen me llenaba.
Nos quedamos en silencio unos minutos, solo escuchando el zumbido del aire acondicionado. Sergio se separó lentamente, se limpió el semen y me dio un beso tierno en la espalda antes de levantarse.
—Órale, flaca. Hay que bañarse rápido, que el proveedor nos espera en media hora y no queremos que Lili empiece a preguntar por qué tardamos tanto —dijo, recuperando ese tono de jefe, aunque su mirada todavía brillaba con el recuerdo de lo que acabábamos de hacer.
Me levanté como pude, sintiendo las piernas como gelatina y un "caminar de pato" que me iba a delatar si no me esforzaba por disimular. Me vi en el espejo del baño: tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados y una sonrisa de satisfacción que ni con todo el maquillaje del mundo iba a poder esconder.
El trayecto a la oficina del proveedor fue un martirio silencioso. Yo iba en el asiento del copiloto de la camioneta, tratando de acomodarme, pero cada vez que el cuerpo se me hundía en el asiento, sentía un recordatorio físico de Sergio. Mi vagina estaba sensible, palpitando por las embestidas de ese fierro, y sentía un calorcito líquido que me recordaba que, aunque nos habíamos limpiado, mi cuerpo seguía reaccionando a él.
Sergio, en cambio, manejaba como si nada. Se había puesto una camisa limpia que traía en la parte de atrás, se había peinado con agua y venía con el aire acondicionado a todo lo que daba. Se veía impecable, un hombre de negocios de 1.80 serio y formal, pero yo sabía que debajo de ese pantalón de vestir, sus piernas velludas todavía debían de estar calientes por mi esfuerzo al cabalgarlo.
—Llegamos, Caro. Bájate con calma y no pongas esa cara de que te sacaste la lotería —me dijo con una sonrisita burlona antes de apagar el motor.
—¡Es que no puedo ni caminar bien, Sergio! Me dejaste desarmada y muy adolorida jajaja—le susurré, fulminándolo con la mirada, tremenda vergota y cogidota que me diste.
Entramos a la oficina del proveedor, un señor ya grande llamado Don Mario. Sergio saludó con un apretón de manos firme, como el jefe dominante que es, y yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para caminar derecha, controlando ese "pasito de pato" que sentía que me delataba a cada segundo.
—Mucho gusto, Don Mario. Ella es Caro, mi mano derecha en la bodega —me presentó Sergio con una seriedad que casi me hace soltar una carcajada.
Nos sentamos en unas sillas de madera frente al escritorio de Don Mario. Al sentarme, solté un respingo casi imperceptible; la superficie era dura y mis músculos protestaron de inmediato. Sergio, que estaba sentado a mi lado, estiró la pierna por debajo del escritorio y rozó mi rodilla con la suya, presionando un poco, como burlándose de mi incomodidad.
Pasamos la siguiente hora revisando catálogos de lacas y solventes. Yo trataba de concentrarme, pero solo podía pensar en que hace apenas cuarenta minutos tenía a ese hombre enterrado en mí vagina y hasta el fondo, gruñendo mi nombre. Cada vez que Don Mario explicaba algo técnico,
Sergio asentía con mucha propiedad, pero de vez en cuando me lanzaba una mirada de reojo que me hacía hervir la sangre.
—¿Te pasa algo, muchacha? Te ves un poco colorada, ¿no tendrás fiebre? —me preguntó Don Mario, notando mi cara encendida.
—No, no... es que el sol de la carretera está fuerte, Don Mario —mentí, mientras sentía cómo Sergio contenía la risa a mi lado.
Salimos de ahí con las muestras, y en cuanto cerramos la puerta del edificio y llegamos a la camioneta, me solté del brazo de Sergio.
—¡Casi me muero de los nervios! Sentía que Don Mario me veía el letrero de "recién cogida" en la frente —le reclamé, subiéndome al asiento.
—Tranquila, flaca. Lo hiciste muy bien. Ahora vámonos a la pinturería, que Lili ya debe estar esperándonos para cerrar.
A partir de ese "viaje de negocios", la pinturería se convirtió en nuestro patio de juegos privado. La tensión que antes nos quemaba ahora era una llama abierta que alimentábamos a diario. Lo mejor —y lo más peligroso— era que nos habíamos vuelto unos expertos en la doble vida: frente a los chalanas y a Lili, éramos el jefe serio y la empleada eficiente; pero en cuanto la cortina metálica caía, el local se transformaba.
Se volvió una rutina deliciosa. A veces, a media tarde, cuando el calor estaba más fuerte y los chalanas se iban a la parte de atrás a cargar los camiones, yo entraba a la oficina de Sergio "a que me firmara unas facturas". Me cerraba la puerta por dentro y, sin decir ni una palabra, me hincaba frente a él. Le bajaba el cierre y sacaba esa verga que ya conocía de memoria. Se la chupaba con una desesperación que lo hacía gruñir bajito, cuidando que sus ruidos no pasaran de la puerta de madera, mientras él me acariciaba el pelo y me decía: "Eres una diabla, Caro".
Otras veces, eran encuentros rápidos en el pasillo de los esmaltes, donde nos besábamos hasta quedarnos sin aliento, con él apretándome contra los estantes de metal y sus manos grandes perdiéndose debajo de mi falda.
Pero lo más intenso eran los cierres de local. Cuando ya no quedaba nadie, Sergio me llevaba a su oficina, me sentaba en su escritorio de madera y me hacía el amor ahí mismo, rodeados de papeles y catálogos de colores. Eran encuentros esporádicos pero salvajes. A veces era un misionero rápido porque "Lili ya venía en camino", y otras veces él se tomaba el tiempo de ponerme en cuatro sobre el escritorio, agarrándome de las caderas y dándome esas embestidas profundas que me hacían vibrar la chepa.
Me encantaba verlo así: con su camisa de trabajo medio desabotonada, el sudor brillando en su pecho velludo y esa mirada de hombre maduro que me decía que, sin importar quién entrara, en ese momento yo era su única dueña. Se volvió una adicción; el riesgo de que nos pescaran, el olor a solvente mezclado con el nuestro y la maestría con la que él me manejaba el cuerpo, me tenían completamente perdida.
Incluso aprendimos a comunicarnos con la mirada. Si él me veía desde su oficina y se tocaba el cinturón, yo ya sabía que en diez minutos tenía que inventar una excusa para entrar. Nos volvimos cómplices de un secreto que nos hacía caminar con una electricidad que solo nosotros entendíamos.
Pero la bomba estalló una tarde de un jueves, de la manera más inesperada. Sergio había salido a supervisar una obra y yo me quedé en el mostrador cuadrando la caja. Lili llegó con dos refrescos, se sentó en el banquito de madera junto a mí y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.
Continúa
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