Me llamo Hanna. Veintitrés años, tez clara casi de porcelana, ojos café oscuro que se achinan cuando me río, cabello negro lacio hasta media espalda, cintura chica, caderas anchas, nalgas redondas, piernas largas. Y encima de todo eso, la cara. Esa cara de niña buena que me ha salvado y me ha condenado mil veces, la cara de la que nadie sospecha nada. La sonrisa de miss, las manos juntitas, la voz suavecita. La típica esposa dulce.

Pura apariencia.
Porque por dentro soy otra cosa. Y esa otra cosa la descubrí el día que crucé la puerta de esa casa.
Todo empezó porque Ricardo, mi esposo, consiguió trabajo en una mina a ocho horas del pueblo. Buen sueldo, contrato de dos años, pero turnos de veinte días trabajados por diez de descanso. Veinte días fuera. Diez días aquí. Y nosotros, en la ciudad, con la renta apretándonos la garganta y el dinero sin alcanzar para nada. Fue él mismo, todo inocente, todo confiado, el que lo propuso: que me fuera a vivir con su papá, a la casa de él, en el pueblo. La casa es grande, está sola, él está solo, nos acomodamos los dos y nos ahorramos la renta. Así, en lo que junta para el enganche, en un año, en dos, ya salimos.
Yo dije que sí sin pensarlo. Porque era lógico. Porque era lo correcto. Porque era el papá de mi marido, pues, ¿qué podía pasar?
Y una semana después estaba bajando mis maletas frente a una puerta de madera gruesa, en un zaguán largo con piso de loseta vieja, en un pueblo donde a las nueve de la noche ya no pasa ni un alma y todo el mundo se conoce por su nombre y por su apellido.
Aurelio me abrió la puerta con la camisa remangada hasta el codo y las manos manchadas de aceite. Cincuenta y dos años, viudo desde hace seis, hombros anchos, brazos todavía duros de cargar fierro en su taller de herrería, la barba entrecana mal rasurada, la voz grave que te vibra en el pecho. Me miró de arriba abajo, sin disimular, dos segundos largos, y luego sonrió.
—Pásale, hija. Aquí es tu casa.
Y yo, tonta, creí que era una frase hecha.
No era una frase hecha. Era una advertencia.
Los primeros días fueron normales. Demasiado normales. Él se iba al taller a las siete y volvía a las dos. Yo arreglaba la casa, cocinaba, lavaba, planchaba, tendía la ropa en el patio, junto al limonero que hay en el centro. Nos tratábamos con esa cortesía rara de dos personas que apenas se conocen y que de pronto tienen que compartir el baño, la mesa y los silencios. "¿Gusta más café, suegro?" "Gracias, hija." "Ya está la comida." "Ahora voy."
Pero yo sentía algo. Lo sentía en la nuca cuando le daba la espalda. Lo sentía en la parte de atrás de las rodillas cuando pasaba junto a mí. Lo sentía en el estómago cuando se sentaba enfrente de mí a comer y me veía con esa cara de hombre que está midiendo algo. Él no me veía como se ve a una nuera. Me veía como se ve a una mujer. Y a mí eso me ponía nerviosa y me ponía otra cosa que todavía no me atrevía a nombrar.
La tercera noche pasó lo que pasó.
Estábamos en la cocina. Yo lavaba los trastes de espaldas a él, con el agua corriendo y el vapor subiéndome a la cara. Traía un short de mezclilla cortito y una blusa de tirantes, porque hacía un calor de muerto. Aurelio estaba sentado en la mesa, tomando cerveza, callado, mirándome. De repente oí el ruido de la silla, luego sus pasos, y luego lo sentí detrás de mí, tan cerca que el calor de su cuerpo me llegó antes que sus manos. Alargó el brazo y me cerró la llave del agua.
—Ya déjalo, Hanna.
—Ya casi acabo, suegro.
—Ya te dije que no me digas suegro.
—Aurelio.
—Tampoco.
Me volteé. Estaba a pocos centímetros . Tuve que levantar la cara para verlo. Él bajó la suya, sin prisa, y me habló despacio, como si me explicara una cosa de niños chiquitos:
—En esta casa hay reglas, Hanna. Como en la casa de tu papá. Pero aquí las pongo yo. ¿Entiendes?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Y ahí, en ese instante, sin saber bien por qué, se me salió solito, salido de las tripas, de un lugar que ni yo conocía:
—Sí, señor.
Aurelio sonrió. Y esa sonrisa me la voy a recordar toda la vida. No fue sonrisa de suegro. Fue la sonrisa de un hombre al que le acaban de dar permiso.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Esa noche no me tocó. Solo me puso la mano en la nuca, con esos dedos enormes y callosos que me abarcaron todo el cuello, y me la apretó un poquito, así, como se agarra a un perro manso para que se esté quieto. Y yo me quedé quieta. Quietecita. Con el corazón brincándome en la garganta y una humedad caliente entre las piernas que no me esperaba.
Esa noche, en mi cama, me toqué pensando en él. Y me vine mordiéndome la almohada para no gritar.

Al día siguiente encontré la hoja.
Estaba sobre la mesa de la cocina, arrancada de un cuaderno de cuadro chico, con letra de hombre grande, apretada, escrita con pluma azul. Arriba, subrayado dos veces: "REGLAS". Debajo, una lista. La leí de pie, con el café enfriándose en la taza, y a cada renglón que pasaba me iba poniendo más roja, más caliente, más mojada. Porque las reglas no eran de convivencia. No eran "lava tu plato" ni "cierra la puerta". Eran otra cosa. Eran las reglas de una casa donde el hombre manda y la mujer se deja.
Eran siete, al principio. Siete. Y yo, con mi carita de niña buena y mi vestido de flores, las leí todas, una por una, y me di cuenta de que no iba a poder con ninguna. O más bien, de que iba a poder con todas, y que eso era exactamente lo que quería.
Las primeras horas fueron un juego. Me las tomé como un juego. Hasta que él llegó del taller, a las dos de la tarde, y me encontró en el patio tendiendo la ropa, y se me quedó viendo las piernas, y me dijo:
—¿Leíste?
—Sí, señor.
—¿Cuál es la primera?
Y tuve que decirla en voz alta, mirándolo a los ojos, con las pinzas de ropa todavía en la mano:
—Que apenas entre a la casa... me quite la ropa de la calle.
—Y la traes puesta.
—Sí, señor.
—Entonces.
Y ahí, en pleno patio, con el sol pegándome en la cara y el limonero de testigo, me bajé el short. Me lo bajé despacio, me lo pasé por las piernas, lo doblé y lo dejé en la silla. Luego la blusa. Luego el brasier. Y me quedé en puro calzón de algodón blanco, con los pezones duros por el aire y por los nervios, sintiendo su mirada resbalarme por todo el cuerpo como si fuera miel.
—Y ahora el calzón —dijo.
—En la regla no decía...
—Ahora decía.
Me bajé el calzón. Me quedé desnuda en el patio de mi suegro, con la ropa mojada en la tina, el sol calentándome los hombros y una brisa fresca que me puso la piel de gallina. Aurelio se acercó, me puso un dedo debajo de la barbilla, me levantó la cara, y me miró largo, muy largo, como quien revisa una mercancía que ya pagó.
—Así quiero que andes en mi casa —dijo—. Así. Enterita. Pa' que yo te vea cuando se me antoje.
Y a partir de ese día, así anduve.
Desnuda o casi. Con un delantal cuando cocinaba, y nada debajo, para que él me viera las nalgas cada vez que me agachaba por la olla. Con una camiseta suya cuando barría, que me llegaba a media nalga y me dejaba las tetas marcadas por el algodón. Descalza. Sin calzón nunca. Y él, cada vez que pasaba por la cocina, cada vez que pasaba por el pasillo, cada vez que pasaba por donde yo estaba, me agarraba. No preguntaba. Agarraba. Una mano en la cintura, un manotazo en la nalga, un apretón en la teta, los dedos por dentro del muslo. Y seguía caminando, como si nada, dejándome a mí con el corazón desbocado y las piernas temblando y la panocha ardiendo.
La primera vez que me tocó de verdad fue en el baño.
Yo acababa de salir de bañarme, envuelta en una toalla, con el pelo chorreando. Él entró sin tocar, como entra un dueño. Cerró la puerta con el codo, me miró, y me dijo:
—Ábrete la toalla.
La abrí. La dejé caer. Quedé parada ahí, chorreando, con el vapor del baño subiéndome por la espalda y el frío de la loseta en los pies. Aurelio se sentó en la orilla de la tina, sin quitarse nada, y me jaló por la muñeca hasta que quedé entre sus rodillas.
—A ver —dijo—. Enséñame.
—¿Qué cosa, señor?
—Pues tú. Todita.
Me abrí de piernas, ahí, parada, con sus rodillas a los lados. Y él metió la mano. La metió despacio, con esos dedos gruesos, y me encontró empapada, resbalosa, ardiendo. Me pasó los dedos por encima, arriba, en el botoncito, y yo me agarré de sus hombros y solté un quejido que ni yo reconocí.
—Ya ves —dijo—. Bien mojada. Y con esa carita. Parece que no, ¿verdad?
—Sí, señor...
—No parece que seas tan puta.
Y me dijo puta así, con esa voz grave, y a mí se me apretó todo por dentro. Se me apretó el estómago, se me apretó la garganta, se me apretó el coño. Aurelio se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Se le subió una ceja y me metió un dedo entero, de golpe, sin avisar.
—Aaah...
—Repite.
—Soy... soy puta, señor.
—Más fuerte.
—Soy puta.
—¿De quién?
—Suya.
—¿De quién, Hanna?
—De usted, señor. Suya.
Y ahí me empezó a mover el dedo, adentro, buscándome ese punto, ese que te hace doblar las rodillas, mientras con la otra mano me apretaba una nalga y me la jalaba hacia él. Y me hizo venir ahí, parada, en el baño, con la cabeza echada para atrás y el agua de mi pelo escurriéndome por la espalda. Me vine mordiéndome el labio pa' no gritar, y él me vio la cara toda, la vio, y se rió bajito, satisfecho, como quien acaba de ganar una apuesta.
—Desde hoy —dijo, sacando el dedo y chupándolo delante de mí, sin quitarme los ojos de encima—, todas las noches te vienes a la cama conmigo.
—¿Y si...?
—No hay si.
Y no hubo si.
Esa noche me metí a su cuarto con el corazón a mil. Él ya estaba en la cama, con la luz apagada y la tele prendida sin volumen. Me hizo señas con la mano. Me subí a la cama, me acosté a su lado, y él me jaló de un brazo hasta que quedé pegada a él, con la espalda contra su pecho, con su respiración en mi nuca y su brazo cruzado sobre mi cuerpo. No me dijo nada. Me metió la mano entre las piernas, otra vez, y me estuvo ahí un rato largo, sobándome despacio, sin apuro, mientras veía la tele. Yo estaba desnuda. Él también. Sentía su verga contra mis nalgas, dura, caliente, gruesa, y yo no me atrevía a moverme, ni a respirar fuerte, no fuera a ser que se arrepintiera.
Hasta que se cansó de la tele, la apagó, y me volteó.
Me puso boca arriba de un jalón, se me subió encima, y me abrió las piernas con la rodilla. Sin besarme. Aurelio no me besaba todavía. Me miraba la cara, nada más, me miraba fijamente mientras se acomodaba, y luego me la metió. De una sola vez, hasta el fondo, sin esperar. Yo grité. Grité de verdad, porque me abrió, porque me llenó, porque me tocó una parte que yo no sabía que tenía.
—Shhh —me dijo, con la mano tapándome la boca—. Así. Aguantas.
Y me empezó a dar.
Despacio primero, largo, entero, saliendo casi hasta la orilla y volviendo a hundirse hasta el fondo, con esas caderas de hombre que saben exactamente dónde ir. Yo sentía cada centímetro. Cada centímetro, cada arruga, cada vena. Le mordía la mano que me tapaba la boca. Le clavaba las uñas en los hombros. Y él, encima, sin apurarse, mirándome la cara como si estuviera viendo algo que le gustaba, algo que él había hecho con sus propias manos.
—Mírate —me dijo—. Toda descompuesta. Y eso que ni empiezo.
Y no había empezado.
Me dio así un buen rato, cambiando el ritmo, a veces lento, a veces rápido, a veces duro, a veces hondo, hasta que yo ya no sabía ni cómo me llamaba. Hasta que me vine por segunda vez, apretándolo todo, con un quejido largo que se me escapó entre sus dedos. Y él, sintiéndome, aceleró, me agarró de las caderas con las dos manos, me levantó un poco de la cama, y me dio como se le da a una mujer que es de uno: fuerte, seguido, sin piedad, con los huevos chocándome en el culo y el sudor de su pecho cayéndome en las tetas.
Y se vino adentro.
Se vino adentro, largo, caliente, en oleadas, apretándome contra él, gruñendo bajito en mi oído, y yo sentí cómo me llenaba, cómo me rebosaba, cómo se me escurría por el muslo cuando salió. Se quedó encima un momento, respirando fuerte, con el peso de su cuerpo aplastándome rico. Luego se hizo a un lado, se limpió con la sábana, y me jaló otra vez contra su pecho.
—Mañana te pongo la pastilla —dijo—. Y de aquí en adelante, siempre adentro.
—Sí, señor.
—Bien. Duérmete.
Y dormí. Como una piedra. Como una perra que ya corrió todo el día. Con el semen de mi suegro entre las piernas y su brazo encima de mí, pesado como un yugo.
Desde ahí, todo se volvió un solo acto continuo.
Ya no era de vez en cuando. Era siempre. Era a todas horas. Y lo mejor, lo peor, lo más morboso de todo, era que ninguno de los dos hacía como si fuera algo raro. La vida seguía. Yo cocinaba, él trabajaba, veíamos la novela de la tarde, hacíamos la lista del mandado, discutíamos si el jitomate estaba caro. Y en medio de eso, entre una cosa y otra, él me usaba. Cuando se le antojaba. Donde se le antojaba.
Me la metía en la cocina, doblada sobre la mesa, con los codos en la madera y el mandado a un lado, con la olla todavía en la lumbre. Me la metía en el pasillo, parada, levantándome una pierna y recargándome en la pared. Me sacaba al patio de noche, me ponía de rodillas en la tierra entre las macetas, y me hacía mamársela ahí, con las estrellas encima y el olor del limonero, mientras él se fumaba un cigarro y me acariciaba la cabeza como se le hace a un animal que come de su mano.
Y yo aprendí. Aprendí rápido, porque era lo que quería.
Aprendí a mamársela como le gustaba: primero lento, chupando la punta, con la lengua en ese pliegue de abajo, luego metiéndomela toda hasta que me tocaba la garganta y me salían las lágrimas, sin soltarla, mirándolo desde abajo con los ojos aguados, porque él me decía que le gustaba verme la cara de niña buena con la verga en la boca. Aprendí a abrirme cuando él llegaba, sin que me dijera nada. Aprendí a quedarme quieta cuando él quería quieta, y a moverme cuando él quería que me moviera. Aprendí que no había nada en el mundo que me hiciera más feliz que saber exactamente qué esperaba de mí y dárselo exacto, sin fallarle, sin que tuviera que pedirlo dos veces.
Y él lo notó. Y él lo disfrutó.
—Eres obediente —me decía, con la mano en mi pelo—. Eso me gusta. Las mujeres obedientes se usan mejor.
Y yo me derretía. Me derretía como mantequilla.
Otra cosa que aprendí fue el baño. Cuando él llegaba del taller, todo sudado, todo sucio de fierro y aceite, yo ya lo estaba esperando con la tina llena y el agua caliente. Lo desvestía yo, pieza por pieza, y le iba besando el pecho, los hombros, el cuello, mientras le bajaba la camisa. Lo metía a la tina. Me metía con él, entre sus piernas, y le lavaba la espalda, los brazos, el pelo. Y él se dejaba, con los ojos cerrados, y de vez en cuando metía la mano y me agarraba una teta, o me jalaba por la nuca y me hacía mamársela ahí, dentro del agua, con el vapor subiéndome a la cara. Y yo lo hacía. En la tina, con el agua salpicando, hasta que él se venía y yo me lo tragaba todo o dejaba que me cayera en las tetas, y él me veía con esa cara de satisfacción tranquila, de hombre servido.
El asunto es que él también empezó a aflojarse. Ya no era solo el hombre serio de las reglas. De repente me hablaba. Me contaba cosas. De su mujer, de cuando era joven, de que hacía años que no tenía a nadie, de que la casa se le había vuelto un museo de cosas viejas hasta que yo llegué con mis maletas y mis veintitrés años. Y mientras me contaba, me tenía. Me tenía desnuda en sus piernas, en la sala, con la mano metida entre las mías y la otra en mi pelo, y me hablaba al oído de cosas que no tenían nada que ver con lo que me estaba haciendo, y eso, no sé por qué, me calentaba más que cualquier cosa.
Aprendí a quedarme ahí, callada, oyéndolo, con su mano trabajándome por debajo, y a venirme en silencio mientras él me platicaba de su juventud, de su pueblo, de su padre. Se me hacía un nudo en el estómago cada vez. Me sentía usada y querida al mismo tiempo, y esa mezcla me tenía loca, me tenía despierta en las noches, me tenía escribiéndole a Ricardo mensajes que no decían nada de lo que pasaba en esa casa.
Y luego estaba el viernes.
El viernes Ricardo llamaba por video.
Yo me sentaba en la sala, con la blusa puesta para la cámara, toda decente, toda esposa, el pelo recogido, la sonrisa de miss. Y Aurelio, sentado a un lado, fuera del encuadre. Ricardo me preguntaba por la casa, por mi día, por si estaba bien, por si su papá era bueno conmigo. Y yo le decía que sí, que todo bien, que su papá era muy bueno, que me trataba como a una hija. Y a mitad de la llamada, sin avisar, Aurelio metía la mano por debajo de la mesa y me la metía entre las piernas, y yo tenía que seguir hablando como si nada, con la voz temblorosa, mientras mi suegro me sobaba el coño a un metro de la cámara donde mi esposo me miraba la cara.
Una vez Ricardo me dijo:
—¿Estás bien, mi amor? Te veo colorada.
Y yo, con dos dedos de Aurelio adentro y mordiéndome la risa, le contesté:
—Sí, mi amor. Es que hace calor.
Y Aurelio, calladito, se aguantó las ganas de reírse.
Otra vez me puso de rodillas debajo del escritorio, en plena llamada, y me metió la verga en la boca mientras Ricardo me contaba del trabajo, de los compañeros, del turno. Yo mamaba despacio, sin hacer ruido, con la cabeza justo abajo del marco de la cámara, y Ricardo hablaba y hablaba sin saber que su esposa tenía la boca llena con la verga de su papá. Cuando ya no aguanté, saqué la cabeza, me limpié la boca con el dorso de la mano y dije cualquier tontería sobre el clima. Ricardo no sospechó nada. Yo creo que Ricardo nunca va a sospechar nada.
Los diez días que él venía fueron los más difíciles.
Porque ahí había que esconder. Había que volver a ser la esposa. Dormir con Ricardo, sonreírle, dejar que me tocara, que me hiciera el amor despacio y suave como a él le gustaba. Y yo lo quería, sí lo quería, no estoy diciendo que no. Ricardo es bueno. Ricardo es dulce. Ricardo me trata bonito. Pero cuando él se dormía, a las tres de la mañana, yo me quedaba despierta mirando el techo, pensando en el cuarto de al lado, en el hombre que estaba a diez metros de mí con la puerta abierta, esperando, seguro de que yo iba a llegar.
Y una de esas noches me levanté.
Me levanté despacio, sin hacer ruido, y fui al cuarto de Aurelio. Entré y él ya estaba despierto. Claro que estaba despierto. Como si me hubiera estado esperando desde el primer día.
—Ven —me dijo.
Me subí a su cama, me acosté encima de él, y él me metió la mano en el calzón, me lo apretó, me lo sintió, y luego me levantó de la cintura, me puso encima de su verga, y me bajó despacio hasta que me la metí entera, sentada, con las manos en su pecho y las rodillas a los lados de su cuerpo. Y me tuvo así, callada, moviéndome despacio para no hacer ruido, con la puerta abierta y mi marido dormido al otro lado del pasillo, a menos de diez metros.
Me vine así, encima de él, mordiéndome el dorso de la mano. Y cuando él se vino adentro, yo me quedé sentada un momento, sintiéndolo, sintiéndome llena, y luego me levanté, me limpié con la orilla de la sábana, y me regresé a la cama de Ricardo. A la mañana siguiente Ricardo me abrazó y me dijo "buenos días, mi amor", y yo le dije "buenos días", y los dos teníamos razón.
El culo fue lo último que me abrió. Y fue lo que más me costó.
Una noche, después de venirme, él me dejó boca abajo, con las nalgas al aire, y me puso la mano encima. Me las abrió, me miró ahí, y me dijo:
—Aquí también.
—¿Ahí? —pregunté, medio muerta.
—Ahí. Ábrete tú.
Y yo me abrí con los dedos, temblando, y él se escupió en la mano, se untó, me untó, y me la empezó a meter. Despacito. Al principio solo la punta, y yo apretaba los dientes. Luego más, y yo sentía que me partía en dos, pero rico, un dolor que se convierte en otra cosa. Y cuando ya la tenía toda adentro, él se quedó quieto, esperando, con la mano en mi espalda, y me dijo:
—Respira. Y puja.
Respiré. Pujé. Y se me aflojó todo. Y ahí me empezó a dar, despacio, largo, y yo gemía como una gata, con la cara en la almohada, y me vine sin que me tocara, solo con eso, con él adentro por atrás, llenándome de una forma que no sabía que se podía. Desde entonces el culo se volvió rutina. Cada tercer día, mínimo. Y yo ya me lo pedía sola, ya me abría sola, ya sabía cómo aguantar y cómo pedirlo sin pedirlo.
El primer castigo llegó por una tontería. Llegué tarde del mandado, veinte minutos, y me encontré a Aurelio sentado en la sala, con la cara seria, con el cinturón en la mano.
—Ven acá.
—Perdón, señor, es que había fila en...
—No te pregunté por qué. Te dije que vinieras.
Me acerqué. Me puso de rodillas en el suelo, delante de él, y me dijo que contara. Y me empezó a dar con la mano abierta en las nalgas. Fuerte. Contadas. Una, dos, tres... y yo contaba, con la voz quebrada, y él no paraba, y a la diez ya tenía las nalgas ardiendo y los ojos aguados. Llegó a quince. Y cuando llegó a quince, me cargó, me sentó en sus piernas, y me abrazó. Me abrazó con las dos manos, me recargó en su pecho, y me dijo al oído, suavecito:
—Ya. Ya estuvo. Portate bien.
Y yo lloré. Lloré un poquito, con la cara en su cuello, y él me acarició la espalda hasta que se me pasó. Y esa mezcla, el ardor en las nalgas y el abrazo después, se me volvió una necesidad. Cada semana buscaba el castigo. Llegaba tarde a propósito, contestaba de más, lo miraba mucho. Y él, que lo sabía, me lo daba. Y después me consentía. Así nos entendíamos.
Los sábados lo acompañaba al mercado. Y ahí se veía lo que era. Yo caminaba delante de él, con un vestido corto y sin brasier, y él iba detrás, mirándome la cadera y las nalgas, con esa cara de dueño. La gente del pueblo nos saludaba. "Buenos días, doña Hanna." "Buenos días, don Aurelio." Y yo sonreía, toda decente, toda esposa de Ricardo, y por dentro me acordaba de que la noche anterior me había tenido doblada sobre la mesa.
Una vez, en el mercado, me agarró la mano por detrás, en medio de la gente, y me la apretó, y me dijo al oído:
—Traes el calzón mojado.
—Sí, señor —le dije.
—¿Y por qué?
—Por usted.
Y él sonrió, y me soltó la mano, y siguió caminando como si nada, saludando a la gente, comprando jitomate, y yo me quedé ahí, con el corazón brincando y las piernas temblando, apretando la bolsa de la verdura como si me fuera la vida.
Ese juego se volvió mi vida. Y las reglas se volvieron mi Biblia.
Porque las reglas crecieron. Empezaron siendo siete renglones. Y cada semana él añadía una, dos, tres. Las escribía en la misma hoja, que ya iba por la parte de atrás, y las pegaba con imán en el refri, junto al calendario. Y yo las leía cada mañana, y cada mañana me ponía más roja, más mojada, más suya. No eran reglas de casa. Eran un contrato. Un contrato donde yo ponía el cuerpo y él ponía el mando.
Y un día me sentó en sus piernas, con la hoja en la mano, y me las leyó todas en voz alta, una por una, mientras yo tenía la cabeza recargada en su hombro y su mano entre mis piernas. Y me hizo repetir cada una, en voz alta, mirándolo. Y cada vez que yo repetía una, él me apretaba el coño o me daba un manotazo en la nalga, y me decía "bien", y yo sentía que se me subía el alma a la garganta.
Llegaron a veinticinco.
Veinticinco reglas que gobiernan mi vida desde que crucé esa puerta. Y aquí las pongo, tal como están escritas en la hoja que cuelga del refri de la casa de mi suegro, manchada de café y de otras cosas, con su letra de hombre grande y, al pie, mi letra de niña buena apuntando la palabra "ACEPTO" con fecha y firma.
Y mientras las escribo, aquí sentada, desnuda en su silla, con su semen todavía tibio escurriéndome por el muslo y el limonero meciéndose en el patio, sé perfectamente que ya no soy la nuera que llegó con las maletas. Soy su putita. Y soy feliz.
Ahí van, las veinticinco.
1. Apenas entro a la casa, me quito la ropa de la calle y ando desnuda o en camiseta, sin calzón nunca. Él me ve cuando quiere.



2. Le digo "señor". Y cuando él quiere, le digo "papi".

3. No me siento a la mesa hasta que él se sienta. Sirvo primero, como al último, y me levanto cuando él se levanta.
4. Le sirvo el café de rodillas, con las dos manos, mirándolo a los ojos, cada mañana antes de que se vaya al taller.
5. Todas las noches duermo en su cama, salvo cuando Ricardo está en casa. Cuando Ricardo está, duermo con Ricardo y me escapo cuando puedo.
6. Antes de dormir me abro de piernas en la cama y lo dejo tocarme como quiera, el tiempo que quiera, hasta que él diga basta.

7. Nunca me limpio después de que él se viene adentro, hasta que él me lo ordena. Traigo su semen todo el día si él quiere.


8. Le mamo la verga por lo menos una vez al día, y siempre que él me lo pida, en cualquier lugar y en cualquier momento.


9. Me arrodillo en el suelo cuando él está sentado en la sala, y le caliento los pies o la verga, lo que él prefiera.
10. Si él llega cansado del taller, lo espero con el baño listo, lo desvisto yo, y lo meto a la tina. Si quiere, entro con él.
11. No me tapo la boca cuando gimo. A él le gusta oírme.

12. Cuando él me dice "ven", voy. Aunque esté en la cocina, aunque esté en el baño, aunque esté a punto de salir. No pregunto para qué.
13. Cuando él me dice "quieta", me quedo quieta. Sin moverme, sin quejarme, el tiempo que sea.
14. Obedezco la posición que él me ponga: en cuatro, boca arriba, contra la pared, sobre la mesa, doblada sobre lo que sea. No propongo, obedezco.






15. Dejo que él me use la boca, el coño y el culo, en ese orden y en el que él quiera. El culo no se niega.
16. Cuando él me da por el culo, me abro yo sola con los dedos y me aguanto, aunque llore.

17. No uso brasier en la casa, para que él me vea las tetas moverse cuando camino.


18. Camino delante de él cuando vamos a algún lado, para que me vea la cadera y las nalgas.




19. Uso los shorts más cortos y las blusas más escotadas que tenga, aunque él no me diga. Él decide qué me pongo para salir.



20. Los viernes, durante la videollamada con Ricardo, él me toca por debajo de la mesa. Y yo sigo hablando como si nada.
21. Cuando Ricardo está en casa, él no me toca delante de él, pero me busca con la mirada. Y yo le contesto con la mirada. Y así nos entendemos sin hablar.
22. Una vez a la semana, mínimo, me da un castigo. Por cualquier cosa. Por llegar tarde, por contestar de más, por mirarlo mucho. El castigo es nalgadas, de rodillas, contadas en voz alta por mí.
23. Después del castigo, me consiente. Me carga, me abraza, me dice cosas al oído. Y yo lloro un poquito, porque me gusta.
24. Nadie más lo sabe. Ni Ricardo, ni su familia, ni mis amigas. Lo nuestro es de la puerta para adentro. Y para adentro, yo soy de él.
25. Si algún día me voy de esta casa, él decide si se acabó. Y hasta entonces, mientras viva bajo su techo, soy su putita. Y me gusta serlo.
Eso es todo. Así es la vida aquí. Y yo, con mi carita de niña buena, mi pelo negro lacio y mi cuerpo que no pasa desapercibido, soy la mujer más feliz del pueblo. Porque en la calle soy la señora de Ricardo. Pero adentro, entre esas paredes de adobe, con el olor a limón y a sudor de hombre, soy la puta de mi suegro. Y eso, se los juro, es lo mejor que me ha pasado.

Pura apariencia.
Porque por dentro soy otra cosa. Y esa otra cosa la descubrí el día que crucé la puerta de esa casa.
Todo empezó porque Ricardo, mi esposo, consiguió trabajo en una mina a ocho horas del pueblo. Buen sueldo, contrato de dos años, pero turnos de veinte días trabajados por diez de descanso. Veinte días fuera. Diez días aquí. Y nosotros, en la ciudad, con la renta apretándonos la garganta y el dinero sin alcanzar para nada. Fue él mismo, todo inocente, todo confiado, el que lo propuso: que me fuera a vivir con su papá, a la casa de él, en el pueblo. La casa es grande, está sola, él está solo, nos acomodamos los dos y nos ahorramos la renta. Así, en lo que junta para el enganche, en un año, en dos, ya salimos.
Yo dije que sí sin pensarlo. Porque era lógico. Porque era lo correcto. Porque era el papá de mi marido, pues, ¿qué podía pasar?
Y una semana después estaba bajando mis maletas frente a una puerta de madera gruesa, en un zaguán largo con piso de loseta vieja, en un pueblo donde a las nueve de la noche ya no pasa ni un alma y todo el mundo se conoce por su nombre y por su apellido.
Aurelio me abrió la puerta con la camisa remangada hasta el codo y las manos manchadas de aceite. Cincuenta y dos años, viudo desde hace seis, hombros anchos, brazos todavía duros de cargar fierro en su taller de herrería, la barba entrecana mal rasurada, la voz grave que te vibra en el pecho. Me miró de arriba abajo, sin disimular, dos segundos largos, y luego sonrió.
—Pásale, hija. Aquí es tu casa.
Y yo, tonta, creí que era una frase hecha.
No era una frase hecha. Era una advertencia.
Los primeros días fueron normales. Demasiado normales. Él se iba al taller a las siete y volvía a las dos. Yo arreglaba la casa, cocinaba, lavaba, planchaba, tendía la ropa en el patio, junto al limonero que hay en el centro. Nos tratábamos con esa cortesía rara de dos personas que apenas se conocen y que de pronto tienen que compartir el baño, la mesa y los silencios. "¿Gusta más café, suegro?" "Gracias, hija." "Ya está la comida." "Ahora voy."
Pero yo sentía algo. Lo sentía en la nuca cuando le daba la espalda. Lo sentía en la parte de atrás de las rodillas cuando pasaba junto a mí. Lo sentía en el estómago cuando se sentaba enfrente de mí a comer y me veía con esa cara de hombre que está midiendo algo. Él no me veía como se ve a una nuera. Me veía como se ve a una mujer. Y a mí eso me ponía nerviosa y me ponía otra cosa que todavía no me atrevía a nombrar.
La tercera noche pasó lo que pasó.
Estábamos en la cocina. Yo lavaba los trastes de espaldas a él, con el agua corriendo y el vapor subiéndome a la cara. Traía un short de mezclilla cortito y una blusa de tirantes, porque hacía un calor de muerto. Aurelio estaba sentado en la mesa, tomando cerveza, callado, mirándome. De repente oí el ruido de la silla, luego sus pasos, y luego lo sentí detrás de mí, tan cerca que el calor de su cuerpo me llegó antes que sus manos. Alargó el brazo y me cerró la llave del agua.
—Ya déjalo, Hanna.
—Ya casi acabo, suegro.
—Ya te dije que no me digas suegro.
—Aurelio.
—Tampoco.
Me volteé. Estaba a pocos centímetros . Tuve que levantar la cara para verlo. Él bajó la suya, sin prisa, y me habló despacio, como si me explicara una cosa de niños chiquitos:
—En esta casa hay reglas, Hanna. Como en la casa de tu papá. Pero aquí las pongo yo. ¿Entiendes?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Y ahí, en ese instante, sin saber bien por qué, se me salió solito, salido de las tripas, de un lugar que ni yo conocía:
—Sí, señor.
Aurelio sonrió. Y esa sonrisa me la voy a recordar toda la vida. No fue sonrisa de suegro. Fue la sonrisa de un hombre al que le acaban de dar permiso.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Esa noche no me tocó. Solo me puso la mano en la nuca, con esos dedos enormes y callosos que me abarcaron todo el cuello, y me la apretó un poquito, así, como se agarra a un perro manso para que se esté quieto. Y yo me quedé quieta. Quietecita. Con el corazón brincándome en la garganta y una humedad caliente entre las piernas que no me esperaba.
Esa noche, en mi cama, me toqué pensando en él. Y me vine mordiéndome la almohada para no gritar.

Al día siguiente encontré la hoja.
Estaba sobre la mesa de la cocina, arrancada de un cuaderno de cuadro chico, con letra de hombre grande, apretada, escrita con pluma azul. Arriba, subrayado dos veces: "REGLAS". Debajo, una lista. La leí de pie, con el café enfriándose en la taza, y a cada renglón que pasaba me iba poniendo más roja, más caliente, más mojada. Porque las reglas no eran de convivencia. No eran "lava tu plato" ni "cierra la puerta". Eran otra cosa. Eran las reglas de una casa donde el hombre manda y la mujer se deja.
Eran siete, al principio. Siete. Y yo, con mi carita de niña buena y mi vestido de flores, las leí todas, una por una, y me di cuenta de que no iba a poder con ninguna. O más bien, de que iba a poder con todas, y que eso era exactamente lo que quería.
Las primeras horas fueron un juego. Me las tomé como un juego. Hasta que él llegó del taller, a las dos de la tarde, y me encontró en el patio tendiendo la ropa, y se me quedó viendo las piernas, y me dijo:
—¿Leíste?
—Sí, señor.
—¿Cuál es la primera?
Y tuve que decirla en voz alta, mirándolo a los ojos, con las pinzas de ropa todavía en la mano:
—Que apenas entre a la casa... me quite la ropa de la calle.
—Y la traes puesta.
—Sí, señor.
—Entonces.
Y ahí, en pleno patio, con el sol pegándome en la cara y el limonero de testigo, me bajé el short. Me lo bajé despacio, me lo pasé por las piernas, lo doblé y lo dejé en la silla. Luego la blusa. Luego el brasier. Y me quedé en puro calzón de algodón blanco, con los pezones duros por el aire y por los nervios, sintiendo su mirada resbalarme por todo el cuerpo como si fuera miel.
—Y ahora el calzón —dijo.
—En la regla no decía...
—Ahora decía.
Me bajé el calzón. Me quedé desnuda en el patio de mi suegro, con la ropa mojada en la tina, el sol calentándome los hombros y una brisa fresca que me puso la piel de gallina. Aurelio se acercó, me puso un dedo debajo de la barbilla, me levantó la cara, y me miró largo, muy largo, como quien revisa una mercancía que ya pagó.
—Así quiero que andes en mi casa —dijo—. Así. Enterita. Pa' que yo te vea cuando se me antoje.
Y a partir de ese día, así anduve.
Desnuda o casi. Con un delantal cuando cocinaba, y nada debajo, para que él me viera las nalgas cada vez que me agachaba por la olla. Con una camiseta suya cuando barría, que me llegaba a media nalga y me dejaba las tetas marcadas por el algodón. Descalza. Sin calzón nunca. Y él, cada vez que pasaba por la cocina, cada vez que pasaba por el pasillo, cada vez que pasaba por donde yo estaba, me agarraba. No preguntaba. Agarraba. Una mano en la cintura, un manotazo en la nalga, un apretón en la teta, los dedos por dentro del muslo. Y seguía caminando, como si nada, dejándome a mí con el corazón desbocado y las piernas temblando y la panocha ardiendo.
La primera vez que me tocó de verdad fue en el baño.
Yo acababa de salir de bañarme, envuelta en una toalla, con el pelo chorreando. Él entró sin tocar, como entra un dueño. Cerró la puerta con el codo, me miró, y me dijo:
—Ábrete la toalla.
La abrí. La dejé caer. Quedé parada ahí, chorreando, con el vapor del baño subiéndome por la espalda y el frío de la loseta en los pies. Aurelio se sentó en la orilla de la tina, sin quitarse nada, y me jaló por la muñeca hasta que quedé entre sus rodillas.
—A ver —dijo—. Enséñame.
—¿Qué cosa, señor?
—Pues tú. Todita.
Me abrí de piernas, ahí, parada, con sus rodillas a los lados. Y él metió la mano. La metió despacio, con esos dedos gruesos, y me encontró empapada, resbalosa, ardiendo. Me pasó los dedos por encima, arriba, en el botoncito, y yo me agarré de sus hombros y solté un quejido que ni yo reconocí.
—Ya ves —dijo—. Bien mojada. Y con esa carita. Parece que no, ¿verdad?
—Sí, señor...
—No parece que seas tan puta.
Y me dijo puta así, con esa voz grave, y a mí se me apretó todo por dentro. Se me apretó el estómago, se me apretó la garganta, se me apretó el coño. Aurelio se dio cuenta. Claro que se dio cuenta. Se le subió una ceja y me metió un dedo entero, de golpe, sin avisar.
—Aaah...
—Repite.
—Soy... soy puta, señor.
—Más fuerte.
—Soy puta.
—¿De quién?
—Suya.
—¿De quién, Hanna?
—De usted, señor. Suya.
Y ahí me empezó a mover el dedo, adentro, buscándome ese punto, ese que te hace doblar las rodillas, mientras con la otra mano me apretaba una nalga y me la jalaba hacia él. Y me hizo venir ahí, parada, en el baño, con la cabeza echada para atrás y el agua de mi pelo escurriéndome por la espalda. Me vine mordiéndome el labio pa' no gritar, y él me vio la cara toda, la vio, y se rió bajito, satisfecho, como quien acaba de ganar una apuesta.
—Desde hoy —dijo, sacando el dedo y chupándolo delante de mí, sin quitarme los ojos de encima—, todas las noches te vienes a la cama conmigo.
—¿Y si...?
—No hay si.
Y no hubo si.
Esa noche me metí a su cuarto con el corazón a mil. Él ya estaba en la cama, con la luz apagada y la tele prendida sin volumen. Me hizo señas con la mano. Me subí a la cama, me acosté a su lado, y él me jaló de un brazo hasta que quedé pegada a él, con la espalda contra su pecho, con su respiración en mi nuca y su brazo cruzado sobre mi cuerpo. No me dijo nada. Me metió la mano entre las piernas, otra vez, y me estuvo ahí un rato largo, sobándome despacio, sin apuro, mientras veía la tele. Yo estaba desnuda. Él también. Sentía su verga contra mis nalgas, dura, caliente, gruesa, y yo no me atrevía a moverme, ni a respirar fuerte, no fuera a ser que se arrepintiera.
Hasta que se cansó de la tele, la apagó, y me volteó.
Me puso boca arriba de un jalón, se me subió encima, y me abrió las piernas con la rodilla. Sin besarme. Aurelio no me besaba todavía. Me miraba la cara, nada más, me miraba fijamente mientras se acomodaba, y luego me la metió. De una sola vez, hasta el fondo, sin esperar. Yo grité. Grité de verdad, porque me abrió, porque me llenó, porque me tocó una parte que yo no sabía que tenía.
—Shhh —me dijo, con la mano tapándome la boca—. Así. Aguantas.
Y me empezó a dar.
Despacio primero, largo, entero, saliendo casi hasta la orilla y volviendo a hundirse hasta el fondo, con esas caderas de hombre que saben exactamente dónde ir. Yo sentía cada centímetro. Cada centímetro, cada arruga, cada vena. Le mordía la mano que me tapaba la boca. Le clavaba las uñas en los hombros. Y él, encima, sin apurarse, mirándome la cara como si estuviera viendo algo que le gustaba, algo que él había hecho con sus propias manos.
—Mírate —me dijo—. Toda descompuesta. Y eso que ni empiezo.
Y no había empezado.
Me dio así un buen rato, cambiando el ritmo, a veces lento, a veces rápido, a veces duro, a veces hondo, hasta que yo ya no sabía ni cómo me llamaba. Hasta que me vine por segunda vez, apretándolo todo, con un quejido largo que se me escapó entre sus dedos. Y él, sintiéndome, aceleró, me agarró de las caderas con las dos manos, me levantó un poco de la cama, y me dio como se le da a una mujer que es de uno: fuerte, seguido, sin piedad, con los huevos chocándome en el culo y el sudor de su pecho cayéndome en las tetas.
Y se vino adentro.
Se vino adentro, largo, caliente, en oleadas, apretándome contra él, gruñendo bajito en mi oído, y yo sentí cómo me llenaba, cómo me rebosaba, cómo se me escurría por el muslo cuando salió. Se quedó encima un momento, respirando fuerte, con el peso de su cuerpo aplastándome rico. Luego se hizo a un lado, se limpió con la sábana, y me jaló otra vez contra su pecho.
—Mañana te pongo la pastilla —dijo—. Y de aquí en adelante, siempre adentro.
—Sí, señor.
—Bien. Duérmete.
Y dormí. Como una piedra. Como una perra que ya corrió todo el día. Con el semen de mi suegro entre las piernas y su brazo encima de mí, pesado como un yugo.
Desde ahí, todo se volvió un solo acto continuo.
Ya no era de vez en cuando. Era siempre. Era a todas horas. Y lo mejor, lo peor, lo más morboso de todo, era que ninguno de los dos hacía como si fuera algo raro. La vida seguía. Yo cocinaba, él trabajaba, veíamos la novela de la tarde, hacíamos la lista del mandado, discutíamos si el jitomate estaba caro. Y en medio de eso, entre una cosa y otra, él me usaba. Cuando se le antojaba. Donde se le antojaba.
Me la metía en la cocina, doblada sobre la mesa, con los codos en la madera y el mandado a un lado, con la olla todavía en la lumbre. Me la metía en el pasillo, parada, levantándome una pierna y recargándome en la pared. Me sacaba al patio de noche, me ponía de rodillas en la tierra entre las macetas, y me hacía mamársela ahí, con las estrellas encima y el olor del limonero, mientras él se fumaba un cigarro y me acariciaba la cabeza como se le hace a un animal que come de su mano.
Y yo aprendí. Aprendí rápido, porque era lo que quería.
Aprendí a mamársela como le gustaba: primero lento, chupando la punta, con la lengua en ese pliegue de abajo, luego metiéndomela toda hasta que me tocaba la garganta y me salían las lágrimas, sin soltarla, mirándolo desde abajo con los ojos aguados, porque él me decía que le gustaba verme la cara de niña buena con la verga en la boca. Aprendí a abrirme cuando él llegaba, sin que me dijera nada. Aprendí a quedarme quieta cuando él quería quieta, y a moverme cuando él quería que me moviera. Aprendí que no había nada en el mundo que me hiciera más feliz que saber exactamente qué esperaba de mí y dárselo exacto, sin fallarle, sin que tuviera que pedirlo dos veces.
Y él lo notó. Y él lo disfrutó.
—Eres obediente —me decía, con la mano en mi pelo—. Eso me gusta. Las mujeres obedientes se usan mejor.
Y yo me derretía. Me derretía como mantequilla.
Otra cosa que aprendí fue el baño. Cuando él llegaba del taller, todo sudado, todo sucio de fierro y aceite, yo ya lo estaba esperando con la tina llena y el agua caliente. Lo desvestía yo, pieza por pieza, y le iba besando el pecho, los hombros, el cuello, mientras le bajaba la camisa. Lo metía a la tina. Me metía con él, entre sus piernas, y le lavaba la espalda, los brazos, el pelo. Y él se dejaba, con los ojos cerrados, y de vez en cuando metía la mano y me agarraba una teta, o me jalaba por la nuca y me hacía mamársela ahí, dentro del agua, con el vapor subiéndome a la cara. Y yo lo hacía. En la tina, con el agua salpicando, hasta que él se venía y yo me lo tragaba todo o dejaba que me cayera en las tetas, y él me veía con esa cara de satisfacción tranquila, de hombre servido.
El asunto es que él también empezó a aflojarse. Ya no era solo el hombre serio de las reglas. De repente me hablaba. Me contaba cosas. De su mujer, de cuando era joven, de que hacía años que no tenía a nadie, de que la casa se le había vuelto un museo de cosas viejas hasta que yo llegué con mis maletas y mis veintitrés años. Y mientras me contaba, me tenía. Me tenía desnuda en sus piernas, en la sala, con la mano metida entre las mías y la otra en mi pelo, y me hablaba al oído de cosas que no tenían nada que ver con lo que me estaba haciendo, y eso, no sé por qué, me calentaba más que cualquier cosa.
Aprendí a quedarme ahí, callada, oyéndolo, con su mano trabajándome por debajo, y a venirme en silencio mientras él me platicaba de su juventud, de su pueblo, de su padre. Se me hacía un nudo en el estómago cada vez. Me sentía usada y querida al mismo tiempo, y esa mezcla me tenía loca, me tenía despierta en las noches, me tenía escribiéndole a Ricardo mensajes que no decían nada de lo que pasaba en esa casa.
Y luego estaba el viernes.
El viernes Ricardo llamaba por video.
Yo me sentaba en la sala, con la blusa puesta para la cámara, toda decente, toda esposa, el pelo recogido, la sonrisa de miss. Y Aurelio, sentado a un lado, fuera del encuadre. Ricardo me preguntaba por la casa, por mi día, por si estaba bien, por si su papá era bueno conmigo. Y yo le decía que sí, que todo bien, que su papá era muy bueno, que me trataba como a una hija. Y a mitad de la llamada, sin avisar, Aurelio metía la mano por debajo de la mesa y me la metía entre las piernas, y yo tenía que seguir hablando como si nada, con la voz temblorosa, mientras mi suegro me sobaba el coño a un metro de la cámara donde mi esposo me miraba la cara.
Una vez Ricardo me dijo:
—¿Estás bien, mi amor? Te veo colorada.
Y yo, con dos dedos de Aurelio adentro y mordiéndome la risa, le contesté:
—Sí, mi amor. Es que hace calor.
Y Aurelio, calladito, se aguantó las ganas de reírse.
Otra vez me puso de rodillas debajo del escritorio, en plena llamada, y me metió la verga en la boca mientras Ricardo me contaba del trabajo, de los compañeros, del turno. Yo mamaba despacio, sin hacer ruido, con la cabeza justo abajo del marco de la cámara, y Ricardo hablaba y hablaba sin saber que su esposa tenía la boca llena con la verga de su papá. Cuando ya no aguanté, saqué la cabeza, me limpié la boca con el dorso de la mano y dije cualquier tontería sobre el clima. Ricardo no sospechó nada. Yo creo que Ricardo nunca va a sospechar nada.
Los diez días que él venía fueron los más difíciles.
Porque ahí había que esconder. Había que volver a ser la esposa. Dormir con Ricardo, sonreírle, dejar que me tocara, que me hiciera el amor despacio y suave como a él le gustaba. Y yo lo quería, sí lo quería, no estoy diciendo que no. Ricardo es bueno. Ricardo es dulce. Ricardo me trata bonito. Pero cuando él se dormía, a las tres de la mañana, yo me quedaba despierta mirando el techo, pensando en el cuarto de al lado, en el hombre que estaba a diez metros de mí con la puerta abierta, esperando, seguro de que yo iba a llegar.
Y una de esas noches me levanté.
Me levanté despacio, sin hacer ruido, y fui al cuarto de Aurelio. Entré y él ya estaba despierto. Claro que estaba despierto. Como si me hubiera estado esperando desde el primer día.
—Ven —me dijo.
Me subí a su cama, me acosté encima de él, y él me metió la mano en el calzón, me lo apretó, me lo sintió, y luego me levantó de la cintura, me puso encima de su verga, y me bajó despacio hasta que me la metí entera, sentada, con las manos en su pecho y las rodillas a los lados de su cuerpo. Y me tuvo así, callada, moviéndome despacio para no hacer ruido, con la puerta abierta y mi marido dormido al otro lado del pasillo, a menos de diez metros.
Me vine así, encima de él, mordiéndome el dorso de la mano. Y cuando él se vino adentro, yo me quedé sentada un momento, sintiéndolo, sintiéndome llena, y luego me levanté, me limpié con la orilla de la sábana, y me regresé a la cama de Ricardo. A la mañana siguiente Ricardo me abrazó y me dijo "buenos días, mi amor", y yo le dije "buenos días", y los dos teníamos razón.
El culo fue lo último que me abrió. Y fue lo que más me costó.
Una noche, después de venirme, él me dejó boca abajo, con las nalgas al aire, y me puso la mano encima. Me las abrió, me miró ahí, y me dijo:
—Aquí también.
—¿Ahí? —pregunté, medio muerta.
—Ahí. Ábrete tú.
Y yo me abrí con los dedos, temblando, y él se escupió en la mano, se untó, me untó, y me la empezó a meter. Despacito. Al principio solo la punta, y yo apretaba los dientes. Luego más, y yo sentía que me partía en dos, pero rico, un dolor que se convierte en otra cosa. Y cuando ya la tenía toda adentro, él se quedó quieto, esperando, con la mano en mi espalda, y me dijo:
—Respira. Y puja.
Respiré. Pujé. Y se me aflojó todo. Y ahí me empezó a dar, despacio, largo, y yo gemía como una gata, con la cara en la almohada, y me vine sin que me tocara, solo con eso, con él adentro por atrás, llenándome de una forma que no sabía que se podía. Desde entonces el culo se volvió rutina. Cada tercer día, mínimo. Y yo ya me lo pedía sola, ya me abría sola, ya sabía cómo aguantar y cómo pedirlo sin pedirlo.
El primer castigo llegó por una tontería. Llegué tarde del mandado, veinte minutos, y me encontré a Aurelio sentado en la sala, con la cara seria, con el cinturón en la mano.
—Ven acá.
—Perdón, señor, es que había fila en...
—No te pregunté por qué. Te dije que vinieras.
Me acerqué. Me puso de rodillas en el suelo, delante de él, y me dijo que contara. Y me empezó a dar con la mano abierta en las nalgas. Fuerte. Contadas. Una, dos, tres... y yo contaba, con la voz quebrada, y él no paraba, y a la diez ya tenía las nalgas ardiendo y los ojos aguados. Llegó a quince. Y cuando llegó a quince, me cargó, me sentó en sus piernas, y me abrazó. Me abrazó con las dos manos, me recargó en su pecho, y me dijo al oído, suavecito:
—Ya. Ya estuvo. Portate bien.
Y yo lloré. Lloré un poquito, con la cara en su cuello, y él me acarició la espalda hasta que se me pasó. Y esa mezcla, el ardor en las nalgas y el abrazo después, se me volvió una necesidad. Cada semana buscaba el castigo. Llegaba tarde a propósito, contestaba de más, lo miraba mucho. Y él, que lo sabía, me lo daba. Y después me consentía. Así nos entendíamos.
Los sábados lo acompañaba al mercado. Y ahí se veía lo que era. Yo caminaba delante de él, con un vestido corto y sin brasier, y él iba detrás, mirándome la cadera y las nalgas, con esa cara de dueño. La gente del pueblo nos saludaba. "Buenos días, doña Hanna." "Buenos días, don Aurelio." Y yo sonreía, toda decente, toda esposa de Ricardo, y por dentro me acordaba de que la noche anterior me había tenido doblada sobre la mesa.
Una vez, en el mercado, me agarró la mano por detrás, en medio de la gente, y me la apretó, y me dijo al oído:
—Traes el calzón mojado.
—Sí, señor —le dije.
—¿Y por qué?
—Por usted.
Y él sonrió, y me soltó la mano, y siguió caminando como si nada, saludando a la gente, comprando jitomate, y yo me quedé ahí, con el corazón brincando y las piernas temblando, apretando la bolsa de la verdura como si me fuera la vida.
Ese juego se volvió mi vida. Y las reglas se volvieron mi Biblia.
Porque las reglas crecieron. Empezaron siendo siete renglones. Y cada semana él añadía una, dos, tres. Las escribía en la misma hoja, que ya iba por la parte de atrás, y las pegaba con imán en el refri, junto al calendario. Y yo las leía cada mañana, y cada mañana me ponía más roja, más mojada, más suya. No eran reglas de casa. Eran un contrato. Un contrato donde yo ponía el cuerpo y él ponía el mando.
Y un día me sentó en sus piernas, con la hoja en la mano, y me las leyó todas en voz alta, una por una, mientras yo tenía la cabeza recargada en su hombro y su mano entre mis piernas. Y me hizo repetir cada una, en voz alta, mirándolo. Y cada vez que yo repetía una, él me apretaba el coño o me daba un manotazo en la nalga, y me decía "bien", y yo sentía que se me subía el alma a la garganta.
Llegaron a veinticinco.
Veinticinco reglas que gobiernan mi vida desde que crucé esa puerta. Y aquí las pongo, tal como están escritas en la hoja que cuelga del refri de la casa de mi suegro, manchada de café y de otras cosas, con su letra de hombre grande y, al pie, mi letra de niña buena apuntando la palabra "ACEPTO" con fecha y firma.
Y mientras las escribo, aquí sentada, desnuda en su silla, con su semen todavía tibio escurriéndome por el muslo y el limonero meciéndose en el patio, sé perfectamente que ya no soy la nuera que llegó con las maletas. Soy su putita. Y soy feliz.
Ahí van, las veinticinco.
1. Apenas entro a la casa, me quito la ropa de la calle y ando desnuda o en camiseta, sin calzón nunca. Él me ve cuando quiere.



2. Le digo "señor". Y cuando él quiere, le digo "papi".

3. No me siento a la mesa hasta que él se sienta. Sirvo primero, como al último, y me levanto cuando él se levanta.
4. Le sirvo el café de rodillas, con las dos manos, mirándolo a los ojos, cada mañana antes de que se vaya al taller.
5. Todas las noches duermo en su cama, salvo cuando Ricardo está en casa. Cuando Ricardo está, duermo con Ricardo y me escapo cuando puedo.
6. Antes de dormir me abro de piernas en la cama y lo dejo tocarme como quiera, el tiempo que quiera, hasta que él diga basta.

7. Nunca me limpio después de que él se viene adentro, hasta que él me lo ordena. Traigo su semen todo el día si él quiere.


8. Le mamo la verga por lo menos una vez al día, y siempre que él me lo pida, en cualquier lugar y en cualquier momento.


9. Me arrodillo en el suelo cuando él está sentado en la sala, y le caliento los pies o la verga, lo que él prefiera.
10. Si él llega cansado del taller, lo espero con el baño listo, lo desvisto yo, y lo meto a la tina. Si quiere, entro con él.
11. No me tapo la boca cuando gimo. A él le gusta oírme.

12. Cuando él me dice "ven", voy. Aunque esté en la cocina, aunque esté en el baño, aunque esté a punto de salir. No pregunto para qué.
13. Cuando él me dice "quieta", me quedo quieta. Sin moverme, sin quejarme, el tiempo que sea.
14. Obedezco la posición que él me ponga: en cuatro, boca arriba, contra la pared, sobre la mesa, doblada sobre lo que sea. No propongo, obedezco.






15. Dejo que él me use la boca, el coño y el culo, en ese orden y en el que él quiera. El culo no se niega.
16. Cuando él me da por el culo, me abro yo sola con los dedos y me aguanto, aunque llore.

17. No uso brasier en la casa, para que él me vea las tetas moverse cuando camino.


18. Camino delante de él cuando vamos a algún lado, para que me vea la cadera y las nalgas.




19. Uso los shorts más cortos y las blusas más escotadas que tenga, aunque él no me diga. Él decide qué me pongo para salir.



20. Los viernes, durante la videollamada con Ricardo, él me toca por debajo de la mesa. Y yo sigo hablando como si nada.
21. Cuando Ricardo está en casa, él no me toca delante de él, pero me busca con la mirada. Y yo le contesto con la mirada. Y así nos entendemos sin hablar.
22. Una vez a la semana, mínimo, me da un castigo. Por cualquier cosa. Por llegar tarde, por contestar de más, por mirarlo mucho. El castigo es nalgadas, de rodillas, contadas en voz alta por mí.
23. Después del castigo, me consiente. Me carga, me abraza, me dice cosas al oído. Y yo lloro un poquito, porque me gusta.
24. Nadie más lo sabe. Ni Ricardo, ni su familia, ni mis amigas. Lo nuestro es de la puerta para adentro. Y para adentro, yo soy de él.
25. Si algún día me voy de esta casa, él decide si se acabó. Y hasta entonces, mientras viva bajo su techo, soy su putita. Y me gusta serlo.
Eso es todo. Así es la vida aquí. Y yo, con mi carita de niña buena, mi pelo negro lacio y mi cuerpo que no pasa desapercibido, soy la mujer más feliz del pueblo. Porque en la calle soy la señora de Ricardo. Pero adentro, entre esas paredes de adobe, con el olor a limón y a sudor de hombre, soy la puta de mi suegro. Y eso, se los juro, es lo mejor que me ha pasado.
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