Me llamo Hanna. Tez clara, ojos cafés un poco grandes, cabello negro lacio que me llega hasta media espalda, cuerpo que no parece gran cosa hasta que me pongo algo ajustado, y una cara de niña buena que me ha salvado y me ha jodido mil veces. Esa cara, esa jodida cara, es lo que hizo que todo pasara. La gente me ve y piensa "pobrecita, qué tierna", y por dentro yo ya estaba hecha un desastre.

Recién me había juntado con Bruno. Seis meses de novios, un año de conocernos, y por fin habíamos firmado el contrato de un dos ambientes en un edificio viejo de la ciudad. Cuarto piso, ascensor que se traba, pasillos largos con alfombra de un rojo sucio y olor a comida de otras casas. Bruno trabajaba en logística, o sea, se iba tempranísimo y a veces volvía tardísimo, y algunas semanas lo mandaban a otra ciudad tres, cuatro días. Yo trabajaba medio tiempo en una cafetería y el resto del día estaba en el departamento, sola, con el ventilador y el ruido de los vecinos. Sola. Eso también fue parte del problema.
La mudanza fue un sábado. Bruno cargando cajas, sudando, feliz, diciéndome "mi amor esto va a ser nuestro nido", y yo sonriendo con esa cara de niña buena mientras ya me estaba fijando en el tipo del departamento de al lado que nos miraba desde su puerta entreabierta.
Se llamaba Ricardo. Don Ricardo para el conserje, "el señor del 403" para las vecinas. Cincuenta y ocho años, canoso pero bien puesto, cuerpo de alguien que hizo deporte de joven y no lo dejó del todo. Manos grandes, anchas, con esos dedos gruesos que te hacen pensar cosas que no deberías pensar a las once de la mañana. Ojos oscuros, un poco caídos, de esos que te miran de arriba a abajo sin apuro y sin disimular. Y una sonrisa lenta, tranquila, como de alguien que ya sabe cómo va a terminar todo antes de que tú lo sepas.
Ese primer día solo cruzamos palabras. Él salió justo cuando Bruno subía la última caja y dijo algo de "bienvenidos, cualquier cosa aquí estoy", y me extendió la mano. Se la di. Y su mano me envolvió la mía completa, tibia, firme, y la sostuvo un segundo más de lo necesario. Miró mi cara, luego bajó los ojos a mi escote —yo andaba con una polera gris que se me pegaba por el sudor de la mudanza— y volvió a subir. No dijo nada del escote. Pero yo sentí que ya lo había dicho todo.
Esa noche, en la cama con Bruno, cogimos normal. Rápido, cariñoso, él cansado de cargar muebles, yo con la cabeza puesta en otro lado sin saber bien en qué. Cuando terminó y se durmió, yo seguía despierta mirando el techo, y me acuerdo que me toqué por encima de la ropa pensando en esas manos grandes. Solo eso. Las manos. Todavía era inocente, aunque no por mucho tiempo.
Los días siguientes fueron de reconocimiento. Aprendí los horarios de don Ricardo sin querer: salía como a las ocho, volvía al mediodía, a veces salía otra vez en la tarde. Era jubilado de no sé qué cosa, tenía plata, tenía tiempo, y tenía una rutina de gimnasio que se le notaba en los hombros. Nos cruzábamos en el ascensor. Nos cruzábamos en el lobby. Yo bajaba a tirar la basura y ahí estaba él leyendo el diario en una banca de la entrada, y siempre, siempre, me decía algo.
—Qué bonita te ves hoy, Hanna.
—Qué suerte tiene Bruno.
—Ese vestido te queda bien, nena.
"Nena". Así me decía. No "señora", no "doña", no "vecina". Nena. Y cada vez que lo decía, con esa voz grave y tranquila, sentía un cosquilleo abajo, cortito, casi imperceptible. Todavía casi.
La primera vez que algo pasó de verdad fue un martes por la tarde. Bruno se había ido de viaje esa mañana, cuatro días a otra región. Yo había salido del trabajo y me di un baño, y andaba en casa con una polera sin sostén y unos shorts de dormir, esos cortitos que se te meten entre las nalgas cuando te agachas. El timbre sonó como a las cinco. Abrí sin pensar.
Era don Ricardo. Con una bolsa.
—Te traje unas cosas del mercado —dijo—, porque vi que recién te mudaste y seguro no tienes ni sal.
Era un gesto de viejo simpático. Un gesto de vecino. Pero cuando abrí la puerta y él me vio ahí, con los pezones marcándose en la polera fina y las piernas al aire, se le cambió la cara por medio segundo. Una fracción de segundo en que dejó de ser el vecino amable y fue otra cosa. Después volvió a la normalidad. Pero yo lo cacé. Y me gustó que lo cachara.
Lo hice pasar. Le ofrecí café. Nos sentamos en el sillón, los dos, y conversamos de tonteras: del edificio, de la administración, de que el ascensor lleva tres años sin arreglar de verdad. Él hablaba y yo lo miraba las manos, cómo sostenían la taza, cómo se movían. En un momento se me cayó la cucharita al piso y me agaché a recogerla sin pensar, ahí mismo, con las rodillas juntas y el culo hacia arriba, y cuando me enderecé me di cuenta de que él no había mirado la cucharita. Me había mirado el culo, sin disimular, y me sonrió.
—Estás muy rica, Hanna —dijo, así nomás, como si fuera un dato objetivo.
Yo me reí, nerviosa. "Rica". Nadie me lo decía así. Bruno me decía "linda", "preciosa", cosas tiernas. Rico es otra cosa. Rico te lo dice alguien que te quiere meter la verga.
—Gracias —dije, y me sentí tonta por decirlo tan bajito.
Ahí quedó todo ese día. Pero algo se abrió. Algo se corrió de lugar y ya no volvió a su sitio. Esa noche, sola en la cama, me masturbé pensando en la voz de él diciéndome rica, y me vine con una facilidad que no me esperaba, mordiéndome el labio para no gritar y despertar al edificio entero.
A la mañana siguiente salí a comprar el pan y me lo topé en el pasillo. Él ya sabía que Bruno se había ido. No sé cómo, pero lo sabía.
—¿Sola esta semana? —preguntó.
—Sola —contesté.
Y hubo un silencio de esos que pesan. Él asintió despacio, como guardando la información en algún cajón, y siguió caminando. Y yo sentí que esa semana no iba a ser como las otras.
No me equivoqué.
El miércoles me invitó a su departamento. Excusa: que quería mostrarme unas plantas que tenía en el balcón, que a él le sobraban y a mí me vendrían bien para el mío. Una excusa tan weona. Yo fui igual, con un vestido floreado, sin sostén otra vez porque hacía calor, y el pelo recogido en un moño alto. El departamento de él era distinto al mío: más grande, más ordenado, olor a madera y a café, con muebles de verdad, no de esos de armario como los nuestros. Me pasó a llevar por el living, me mostró las plantas, y después me dijo "siéntate, te voy a servir algo".
Me senté en un sillón de cuero. Él se sirvió un whisky y a mí me trajo un vaso de vino. Se sentó en el mismo sillón, no en el otro, en el mismo, dejando como un palmo de distancia entre nosotros. Hablábamos y cada vez que se movía, su rodilla rozaba la mía. Primero fue casualidad. Después ya no. Después dejó la rodilla ahí pegada, firme, y los dos seguimos hablando como si nada mientras por debajo de la mesa se estaba cocinando algo.
En un momento me preguntó, de la nada:
—¿Y Bruno te deja sola mucho?
—Bastante —dije—. Es el trabajo.
—Uh —hizo él—. Una mujer como tú, sola, en un departamento, todas esas noches... eso no se puede.
—¿No se puede qué?
Me miró. Me miró la boca primero, después los ojos.
—No se puede desaprovechar —dijo.
Y ahí, sin más, estiró la mano y me la puso en la rodilla. Así, encima del vestido, la mano abierta cubriéndome medio muslo. Yo me quedé quieta. Él no la movió. La dejó ahí, pesada, caliente, y siguió hablando de no sé qué mientras yo ya no escuchaba nada. Sentía cada dedo suyo. Sentía el pulgar que empezó, muy lento, a dibujar círculos. Círculos chiquititos en mi rodilla. Y mi respiración se me fue acelerando sola, y él lo notó, porque sonrió sin mirarme.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
—Un poco —dije. Mentira. Estaba empapada.
—¿Por qué?
—No sé.
—Sí sabes —dijo, y me apretó la rodilla—. Sabes perfectamente.
Y me besó.
Así, de repente, sin aviso, inclinándose sobre mí con esa calma de viejo que ya tiene todo calculado. Su boca fue suave al principio, cerrada, un beso corto. Pero después volvió, y esta vez abrió un poco y yo abrí también, y su mano subió de la rodilla a mi muslo, y yo sentí su lengua y su mano al mismo tiempo y me desarmé entera. Nunca me habían besado así. Con esa lentitud. Con esa seguridad. Bruno me besaba rápido, como con apuro de llegar a otra parte. Este viejo me besaba como si el beso fuera el destino.
Cuando se separó, los dos estábamos respirando fuerte.
—Qué rico besas, nena —dijo, con la voz un poco ronca.
—Tú también —alcancé a decir.
—¿Seguimos? —preguntó.
Yo asentí como una tonta, con la cabeza, sin poder hablar, y él se rió bajito y me volvió a besar, y ahora sí su mano empezó a moverse de verdad, subiendo por mi muslo por debajo del vestido, despacio, subiendo, subiendo, y yo abrí las piernas para él sin que me lo pidiera, y cuando sus dedos llegaron al borde de mi calzón los dos sabíamos ya lo que iba a pasar.
Me tocó por encima de la tela. Una sola pasada, larga, desde el clítoris hasta atrás, y yo solté un suspiro que se me escapó del alma.
—Estás empapada —dijo, casi riéndose—. Mira esto. Empapada y todavía me decías que no sabías por qué estabas nerviosa.
—Cállate —dije, y él se rió.
—¿Te lo saco?
—Sí.
Me bajó el calzón despacio, deslizándolo por mis piernas, y cuando ya lo tenía en la mano lo levantó y lo miró, lo estiró, y vi que estaba húmedo, con esa mancha transparente y brillante en el centro. Se lo llevó a la nariz. Y después, con una naturalidad que me mató, se lo pasó por la boca. Chupó la mancha.
—Rica —dijo—. Rica de verdad.
Yo creo que en ese momento empecé a mojar otra vez. Un chorro nuevo, tibio, entre las piernas.
Y ahí se agachó. Se bajó del sillón al suelo, con esa lentitud de viejo que no tiene apuro por nada, se puso de rodillas frente a mí, me tomó las dos rodillas y me las abrió bien abiertas. Yo quedé ahí, sentada en su sillón de cuero, con el vestido arremangado a la cintura y la concha al aire, y él mirándola como si fuera un plato. Sin tocarla todavía. Solo mirando.
—Qué linda la tienes —dijo—. Rosadita. De niña buena.
Y le pasó la lengua.
Empezó lento, con la punta, recorriéndome de arriba a abajo, sin tocar el clítoris, dándome vueltas por los labios, chupando, lamiendo, tomándose su tiempo como si tuviera toda la tarde. Y tenía toda la tarde. Yo me agarré de los brazos del sillón y empecé a moverme, a buscarle la boca, y él se corría, me hacía esperar, se reía con mi concha en la boca, esas risas que se sienten en los nervios. Cuando por fin llegó al clítoris me dio tres lengüetazos planos y fuertes y yo grité. Grité de verdad, en su departamento, sin importarme que hubiera vecinos. Y él siguió, y metió dos dedos —dos dedos gruesos, anchos, esos dedos de los que yo me había enamorado a distancia— y empezó a chuparme el clítoris mientras me movía los dedos adentro, buscando, curvando, y me encontró el punto ese que te hace ver estrellas y yo empecé a temblar.
—No... no pares... —balbuceé.
Y no paró.
Me hizo venir en su boca. Me hizo venir con la boca llena de mí y con esos dedos gruesos adentro, y yo me corrí tan fuerte que se me cerraron los ojos y me olvidé de dónde estaba y de quién era y hasta de que tenía novio. Cuando abrí los ojos, él seguía ahí, entre mis piernas, con la boca brillante, mirándome desde abajo.
—¿Ya? —preguntó, con una sonrisa.
—Ya —dije, sin aire.
—No —dijo—. Todavía no.
Y se paró, se secó la boca con el dorso de la mano, y se empezó a abrir el cinturón.
Yo miraba, sentada ahí, con las piernas todavía abiertas y el vestido hecho un desastre. Él se bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo movimiento, sin vergüenza ninguna, con esa desfachatez de viejo que ya no tiene nada que esconder, y cuando la sacó yo abrí los ojos.
Era grande. Gruesa, morena, con la cabeza hinchada y brillante, y tiesa como un fierro, apuntándome sin disimulo. No era la de un viejo, o por lo menos no la de los viejos que yo me imaginaba.
—¿Qué? —dijo, al ver mi cara.
—Nada —dije—. Que... qué grande.
—Ah, entonces sí te gusta —dijo—. Pónte cómoda.
Me pasó al sofá grande, me acostó, me sacó el vestido por la cabeza de un tirón —y ahí quedé con las tetas al aire, chicas pero firmes, con los pezones duros como piedritas— y se quedó un rato mirándome entera. Desnuda, en su departamento, con el pelo suelto sobre el cojín. Él todavía con la camisa puesta. Solo el pantalón abajo. Esa mezcla me pareció lo más sucio del mundo y me encantó.
Se subió encima, me abrió las piernas con la rodilla, y pasó la cabeza de la verga por mi concha, arriba y abajo, mojándola con lo que yo tenía, golpeándome el clítoris con la punta, hasta que yo ya estaba rogando.
—¿Me la metes ya? —dije.
—Dime cómo.
—¿Cómo qué?
—Dime "méteme la verga, Ricardo". Dime que me la meta.
—Méteme la verga, Ricardo —dije, y me sentí la mujer más puta del mundo.
Y me la metió.
De una sola vez, hasta el fondo, sin aviso, y yo sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo esa cosa gruesa me estiraba por dentro de una manera en que nunca, nunca me habían estirado. Me quedé con la boca abierta y sin aire. Él se quedó quieto, adentro, mirándome la cara, disfrutando de verme así.



—¿Duele?
—No. No. Sigue.
Y siguió. Empezó a moverse, despacio, con unas embestidas largas que me sacaban casi entera y me volvían a llenar hasta el fondo, y cada vez que llegaba al fondo chocaba con algo que me hacía soltar un ruidito. Un ruidito que se repetía, cada vez más seguido, porque él fue subiendo el ritmo, porque me agarró de las caderas y me jaló hacia él para clavármela más, y porque yo ya estaba dejando de ser una niña buena y le estaba moviendo la cadera, buscándolo, clavándome sola.
—Así —dijo—. Así, mi amor. Mueve esa cosita rica.
Yo movía. Yo empujaba. Yo le agarraba los brazos con las dos manos y me aferraba mientras él me cogía encima mío, en su sofá, con la camisa puesta, y todo el edificio podía escuchar el ruido de nuestra piel y mis gemidos. Me dijo puta. Me dijo "qué puta te pones, Hanna, con esa carita de niña buena y esa conchita tan apretada". Y yo le decía "sí", le decía "sí, sí", a todo.
Me puso de lado, me levantó una pierna, y me cogió así, y después me dio vuelta y me puso de cuatro.
—Ahí va a ver cómo se ve ese culito desde atrás —dijo, y me lo agarró con las dos manos, me lo abrió, y me la volvió a meter.
De cuatro me cogió distinto. Más fuerte, más animal, con las dos manos en mi cintura y su cuerpo chocando contra mis nalgas con un golpe seco cada vez. Yo tenía la cara hundida en el cojín y gemía contra la tela, y él me jalaba el pelo, me jalaba el pelo negro lacio ese que él tanto me miraba, y me decía cosas al oído con la respiración pesada: "qué rico, qué rico, así, mi nena, así, tómalo todo". Y yo lo tomaba todo. Todo. Sin pensarlo.



—¿Dónde te vienes? —preguntó, ya con la voz cortada.
—Adentro —dije—. Adentro, adentro.
Y se vino adentro. Me llenó. Sentí el pulso de su verga dentro de mí, las pulsaciones, y sentí el calor, y me quedé ahí, con él encima, con el sudor de los dos, con su peso, sin querer que se saliera nunca.
Cuando se sacó, me quedé un rato en el sofá con la concha todavía abierta y el semen empezando a escurrirse. Él se fue al baño, volvió con un paño húmedo, y me limpió él mismo, con cuidado, casi tierno. Después me dio un beso en la frente.
—Quédate a comer —dijo—. Cociné.
Cociné. El muy hijo de puta me cogió y después me sirvió la comida. Y yo me quedé. Comí con él, con las tetas todavía medio al aire, y esa noche volví a mi departamento vacío caminando los diez metros de pasillo con las piernas medio flojas y una sonrisa que no me podía sacar de la cara. Bruno me escribió esa noche: "te extraño mi amor". Y yo le contesté "yo también" con el calzón todavía mojado de otro.

A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.
Los jueves, los viernes, los sábados. Cada vez que Bruno no estaba, cada vez que había un rato, yo bajaba al 403 o él subía al mío. Aprendimos a leer los horarios del otro mejor que un horario de tren. Aprendimos el sonido del pasillo, el golpecito en la puerta, la llave que él ya tenía, todo. Y aprendimos también a subir de nivel cada vez, porque ese viejo tenía una maña: nunca te dejaba donde te dejó la última vez. Siempre te llevaba un poco más allá.
La segunda vez ya no fue en el sillón. La segunda vez me esperó en la puerta, me tomó de la muñeca, me metió al departamento y me besó contra la pared antes de que yo alcanzara a decir hola. Me alzó la falda, me bajó el calzón a las rodillas, me dio vuelta, me puso las manos contra la muralla y me cogió así, parados, de pie, ahí mismo en la entrada, sin ni siquiera llegar al sillón. Y yo grité contra la muralla con la cara pegada a la pintura.

La tercera vez me pidió que me sentara encima. Yo nunca había hecho eso. En mi vida. Bruno y yo siempre de la misma forma, siempre él arriba, siempre rápido. Así que cuando Ricardo se acostó en la cama, se puso las manos detrás de la cabeza y me dijo "ven, siéntate", yo no sabía ni cómo. Me senté encima de él, le metí la verga sola, y él me dejó hacer todo. Me dejó descubrir sola cómo movía la cadera, cómo me gustaba, cómo me apretaba el clítoris contra su hueso. Al principio torpe, después ya no. Me cogí a ese viejo yo sola, encima, con las tetas al aire y el pelo suelto, y él me miraba desde abajo con esa sonrisa y de vez en cuando me apretaba las nalgas y me decía "eso, eso, mueve esa cosita". Me cogí hasta que me vine yo, sola, con él adentro, y él se vino después, y me quedé encima suyo con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón de viejo, y pensé que ahí, justo ahí, era donde quería estar.




Y después empezó lo demás.
La primer mamada fue el martes de la semana siguiente. Estábamos en su sillón, viendo la tele, yo con la cabeza en su regazo, y sentí su verga crecer bajo mi mejilla. Ni dijo nada. Solo se le paró ahí, contra mi cara. Y yo, sin pensarlo, me di vuelta y le bajé el cierre. Se la saqué. Y me la metí en la boca.



Me costó al principio. Es grande y yo no tenía práctica, así que la primera vez babeé todo, tosí, se la metí muy al fondo y me dio arcadas. Él me tomó la cabeza con las dos manos, sin forzarme, y me dijo "despacito, nena, con la lengua primero". Me enseñó. Ahí mismo. Me enseñó a lamerla por los lados, a dar vueltas con la lengua en la cabeza, a chupar con la boca apretada, a bajarla hasta el fondo despacio y subir. A meter los huevos también, uno por uno, a chuparlos como dos huevitos tibios. Y después, cuando ya me tenía bien enseñada, me agarró la cabeza y me la folló en la boca, despacio, meando mi garganta con la punta, y yo me quedé quieta y lo dejé, y le gustó tanto que me dijo "así, quédate así, que rico", y se vino en mi boca con un gruñido.



Me lo tragué. Todo. La primera vez que me tragaba algo en mi vida. Y me quedé ahí, con la lengua afuera y la boca abierta, mostrándosela, para que viera que me lo había tragado. Él me acarició la cabeza.
—Buena niña —dijo.
Y yo creo que de ahí en adelante hice lo que él me pidiera.
Porque eso fue lo que me pasó con ese viejo. No fue solo el sexo. Fue que me fue quitando las mañas. Me fue quitando las vergüenzas una por una, con esa paciencia de viejo, con esa mano en la nuca, hasta que yo ya no era la Hanna de antes. La Hanna que se tapaba con la toalla al salir del baño. La Hanna que no se dejaba la luz prendida. La Hanna que decía "ay, no, así no".
Esa Hanna se murió en el 403.
Y llegó la noche de la luz prendida. Él prendió todo, las lámparas todas, y me puso desnuda en el centro del living, y me hizo caminar, girar, agacharme, tocarme, todo con él sentado mirándome desde el sillón con un whisky. Me hacía ponerme en cuatro y mostrarle el culo. Me hacía tocarme delante de él sin que me tocara. Me hacía decirle lo que sentía. "Dime dónde te gusta. Dime qué quieres." Y yo se lo decía. Se lo decía todo. Y él no me tocaba, solo miraba, hasta que yo ya estaba temblando y rogándole, y ahí sí, recién ahí, me cogía.





Una vez me hizo venir tres veces seguidas sin dejarme descansar. Tres. Con la boca, con los dedos, con la verga. Yo terminé llorando de placer, de verdad, con lágrimas, y él me tenía las piernas abiertas y me decía "una más, mi amor, aguanta una más", y yo aguanté, no sé cómo, y me vine otra vez, y me temblaron las piernas como una hora.
Una vez me cogió en el balcón. El balcón del 403 da a la calle, y era de noche, y me hizo inclinarme sobre la baranda y me cogió ahí, con los autos pasando abajo, y cualquiera que levantara la vista podía vernos. Y a él le gustaba que lo vieran. Me decía "que nos vean, nena, que vean cómo te coges a tu vecino". Y yo me agarraba de la baranda y me dejaba, con el frío de la noche en los pezones y el calor de su verga adentro.
Una vez me cogió en la escalera de emergencia, entre dos pisos, después de que nos topamos volviendo cada uno de su lado. Ni llegamos al departamento. Me llevó al hueco de la escalera, me subió a un escalón, me bajó el short y me cogió ahí, de pie, con el eco del edificio. Y una señora de otro piso pasó por el descansillo y nos vio, y siguió caminando como si nada, y nosotros seguimos cogiendo.
Y después llegó lo que más me costó admitir, lo que más me daba vergüenza y lo que más me calentaba a la vez: que él me hiciera cosas que Bruno ni soñaba. Me hablaba sucio. Me decía puta, me decía mi nena, me decía "esta concha es mía ahora, ¿o no?". Y me hacía contestarle. Me hacía decirle "sí, es tuya". Y me hacía decirlo mientras me la metía, y el "tuya" se me salía de la garganta solo, sin pensar, y cada vez que lo decía sentía que le estaba siendo infiel a Bruno con la boca y no solo con el cuerpo.
Una vez me preguntó:
—¿Y Bruno cómo te la mete?
—Bien —dije.
—¿Mejor que yo?
Y me quedé callada. Porque era sí. Y él se rió de mi silencio.
—No tienes que decir nada —dijo—. Ya sé.
Y después me puso la mano en la nuca, me bajó la cabeza, y me hizo chupársela mientras me decía, con esa calma, que yo era su puta de entre semana. Su puta de cuando el novio no está. Y a mí me encantó el título.
Bruno volvió esa primera vez de viaje y me cogió la primera noche, apenas llegó. Y fue raro. Fue raro porque él me cogía como siempre, tierno, encima mío, rápido, y yo por dentro estaba comparando. Comparando el ancho. Comparando el ritmo. Comparando la mano en la nuca. Y cuando él terminó y se dio vuelta a dormir, yo me quedé mirando el techo con las piernas abiertas y pensando "él no me dice nada". No me dijo puta. No me dijo mi nena. No me agarró la nuca.
La segunda noche me pilló distinta. Me dijo "estás más suelta, ¿no?". Y yo le dije "será que te extrañé". Y no mentí. Pero tampoco dije toda la verdad.
Así pasaron las semanas. Los meses. Yo me fui volviendo adicta. Empecé a esperar los viajes de Bruno con otra cosa en el cuerpo. Empecé a ponerme linda para bajar al 403. Me depilaba entera antes de que él llegara. Me compraba ropa interior nueva. Empecé a masturbarme pensando en él cuando no estaba, y a veces hasta cuando Bruno estaba al lado, dormido, yo metía la mano y me tocaba calladita pensando en el viejo del 403 y en sus manos grandes.
Y él, que era un hijo de puta muy inteligente, lo sabía. Sabía que me tenía. Y jugaba con eso. Me hacía esperar. A veces me dejaba plantada un día para que yo lo buscara. A veces me abría la puerta y me decía "hoy no, nena, hoy tengo sueño", y yo me volvía a mi departamento con una calentura que no me cabía en el cuerpo, y me tocaba sola toda la noche, y al día siguiente caía al 403 rendida y le hacía todo lo que él quería. Todo.
Una noche me hizo algo que me desarmó entera. Me puso de rodillas en el piso de su living, entre sus piernas, y me hizo chupársela despacio, sin prisa, mientras él me acariciaba la cabeza y me hablaba. No me cogió. Solo eso. Una hora de eso, casi. Y me decía cosas. Me decía "mira qué bien lo haces ahora, mira cómo aprendiste, al principio ni sabías". Y yo con la boca llena le hacía "mmm" y él se reía. Y después me dijo que me sentara sobre su verga, así, con la boca todavía, y me dejó ahí encima sin moverse, con la verga metida hasta el fondo, y me tuvo quieta, con las tetas al aire y las manos en su cuello, y me dijo "muévete sola, despacio, como quieras". Y yo me moví despacio, buscándome el gusto, con la verga esa adentro, y me corrí así, encima suyo, muy despacio, sin que él hiciera nada, solo mirándome. Y él no se vino. Se aguantó. Y me dejó ahí, saciada y todavía caliente, y me mandó a mi casa así. Y yo me fui con las piernas temblando y la concha todavía latiendo.
Otra vez, al revés, me dejó a mí al borde. Me tuvo tres veces al borde del orgasmo y no me dejaba. Cada vez que yo estaba por venirme, él paraba. Sacaba la verga, se quedaba quieto, y esperaba que se me pasara. Y después seguía. Tres veces. Yo le gritaba "déjame venir, déjame venir", y él me decía "todavía no, aguanta, aguanta que después te va a gustar más". Y tenía razón. Cuando por fin me dejó, después de la tercera vez que me aguantó, me vine tan fuerte que me sacudí entera en su cama y quedé como muerta, sin poder moverme, con la respiración cortada, viendo puntitos. Y él se vino adentro después, tranquilo, y me abrazó.
Y así me fui perdiendo. Así me fue perdiendo él. Yo ya no era la misma. Empecé a pensar distinto. Empecé a esperar distinto. Cuando Bruno me hablaba, yo a veces lo miraba y pensaba en el otro. Cuando Bruno me besaba, yo cerraba los ojos y a veces me imaginaba otra boca. Cuando Bruno me cogía, yo me imaginaba las manos grandes y la voz grave. Y me sentía mal. Y me sentía bien. Y me sentía puta. Y me encantaba.
Una vez casi nos pillan. Bruno volvió antes de lo previsto, un día antes, y yo estaba en el 403, en cuatro, en la cama de Ricardo, y él me estaba cogiendo fuerte, con la mano en mi pelo, y sonó el celular. Era Bruno. "Mi amor, llegué, estoy abajo, ¿dónde estás?". Y yo le contesté "en casa, bajando", mientras Ricardo seguía metiéndomela por detrás, calladito, mordiéndose la risa. Corté, me levanté, me puse la ropa de un tirón, toda sudada, con la concha todavía llena, me miré en el espejo, me arreglé el pelo, y bajé las escaleras saltando de dos en dos. Llegué al departamento justo cuando Bruno metía la llave. Me dio un beso. Me dijo "qué rica hueles". Y yo le dije "me bañé". Y no le dije que me bañé de otro.
Otra vez fue peor. Estábamos en mi departamento, en mi cama, en la cama que comparto con Bruno, y de repente se escuchó la llave en la puerta. Bruno. Ricardo se levantó de un salto, se puso el pantalón, y yo me tiré encima de la cama con una bata. Bruno entró, me vio en la cama, y dijo "¿estabas durmiendo?" y yo le dije "sí, una siesta". Y justo en ese momento se escuchó un ruido en el pasillo, la puerta del 403 cerrándose, y Bruno dijo "ah, ¿salió el vecino?", y yo le dije "no sé, habrá salido". Y tenía la concha todavía mojada con el semen del vecino. Y él se acostó a mi lado, me abrazó, y yo sentí su brazo encima de mi pecho y pensé "si supieras".
Y lo más morboso, lo que más me ponía, era eso. El secreto. Coger con el vecino y después volver a la cama con el novio. Tener las dos vidas. Ser la niña buena de día y la puta de la tarde. Sentarme a comer con Bruno y sentir todavía el cuerpo de Ricardo por dentro. Recibir mensajes de Ricardo mientras Bruno me tiene de la mano. Mirar el pasillo y saber que a diez metros hay un viejo que me ha visto desnuda, que me ha cogido de todas las formas, que me ha hecho cosas que Bruno ni se imagina.
Y él me escribía. Mensajes cortos. "Baja." "Te espero." "Trae el vestido ese." Y yo bajaba. Y cada vez era más y más y más. Cada vez me dejaba hacer más. Cada vez le daba más. Y cada vez me gustaba más.
Una noche, la más larga, me quedé toda la noche en el 403. Bruno estaba de viaje. Ricardo me abrió la puerta a las once y no me dejó irme. Me cogió en la cama, me cogió en el sillón, me cogió en la ducha, me cogió en el balcón, y en la madrugada, cuando ya los dos estábamos agotados, me abrazó desde atrás en la cama, me metió la verga despacio, y me cogió así, de cucharita, muy lento, susurrándome al oído, hasta que los dos nos vinimos juntos casi sin hacer ruido. Y yo me dormí ahí, en su cama, con su brazo encima, y a la mañana desperté con su verga otra vez dura contra mis nalgas, y sin abrir los ojos me la metí sola y me moví despacio hasta que él despertó y me agarró la cadera y me ayudó, y cogimos de nuevo en la mañana, con esa luz gris del amanecer por la ventana.
Volví a mi departamento a las nueve, con la ropa del día anterior, el pelo hecho un desastre, la concha llena, y me miré en el espejo del baño. Me miré la cara. Esa cara de niña buena. Y me reí sola. Porque por debajo de esa cara yo ya era otra. Yo ya era la que se agacha a recoger una cucharita y sabe que le van a mirar el culo. La que baja al 403 con el calzón mojado. La que se deja decir puta y contesta "sí". La que se traga, la que se deja la luz prendida, la que se coge al vecino mientras el novio manda mensajitos de "te extraño".
Y ahí estaba yo, recién juntada, en un edificio viejo, con una cara de niña buena y una concha que ya no era tan de niña, esperando el próximo viaje de Bruno, esperando el próximo mensaje de "baja", esperando el próximo golpecito en la puerta del 403, cada vez más pervertida, cada vez más suelta, cada vez más mía de él y cada vez menos de nadie, sin saber cómo iba a terminar todo esto, sin querer saberlo, porque mientras no terminara, mientras siguiera pasando, mientras él siguiera teniendo esa mano en la nuca y esa voz grave que me dice "nena", yo iba a seguir bajando esos diez metros de pasillo todas las tardes, con la cara de niña buena, las piernas medio temblorosas y una sonrisa que no me cabía en el cuerpo.

Recién me había juntado con Bruno. Seis meses de novios, un año de conocernos, y por fin habíamos firmado el contrato de un dos ambientes en un edificio viejo de la ciudad. Cuarto piso, ascensor que se traba, pasillos largos con alfombra de un rojo sucio y olor a comida de otras casas. Bruno trabajaba en logística, o sea, se iba tempranísimo y a veces volvía tardísimo, y algunas semanas lo mandaban a otra ciudad tres, cuatro días. Yo trabajaba medio tiempo en una cafetería y el resto del día estaba en el departamento, sola, con el ventilador y el ruido de los vecinos. Sola. Eso también fue parte del problema.
La mudanza fue un sábado. Bruno cargando cajas, sudando, feliz, diciéndome "mi amor esto va a ser nuestro nido", y yo sonriendo con esa cara de niña buena mientras ya me estaba fijando en el tipo del departamento de al lado que nos miraba desde su puerta entreabierta.
Se llamaba Ricardo. Don Ricardo para el conserje, "el señor del 403" para las vecinas. Cincuenta y ocho años, canoso pero bien puesto, cuerpo de alguien que hizo deporte de joven y no lo dejó del todo. Manos grandes, anchas, con esos dedos gruesos que te hacen pensar cosas que no deberías pensar a las once de la mañana. Ojos oscuros, un poco caídos, de esos que te miran de arriba a abajo sin apuro y sin disimular. Y una sonrisa lenta, tranquila, como de alguien que ya sabe cómo va a terminar todo antes de que tú lo sepas.
Ese primer día solo cruzamos palabras. Él salió justo cuando Bruno subía la última caja y dijo algo de "bienvenidos, cualquier cosa aquí estoy", y me extendió la mano. Se la di. Y su mano me envolvió la mía completa, tibia, firme, y la sostuvo un segundo más de lo necesario. Miró mi cara, luego bajó los ojos a mi escote —yo andaba con una polera gris que se me pegaba por el sudor de la mudanza— y volvió a subir. No dijo nada del escote. Pero yo sentí que ya lo había dicho todo.
Esa noche, en la cama con Bruno, cogimos normal. Rápido, cariñoso, él cansado de cargar muebles, yo con la cabeza puesta en otro lado sin saber bien en qué. Cuando terminó y se durmió, yo seguía despierta mirando el techo, y me acuerdo que me toqué por encima de la ropa pensando en esas manos grandes. Solo eso. Las manos. Todavía era inocente, aunque no por mucho tiempo.
Los días siguientes fueron de reconocimiento. Aprendí los horarios de don Ricardo sin querer: salía como a las ocho, volvía al mediodía, a veces salía otra vez en la tarde. Era jubilado de no sé qué cosa, tenía plata, tenía tiempo, y tenía una rutina de gimnasio que se le notaba en los hombros. Nos cruzábamos en el ascensor. Nos cruzábamos en el lobby. Yo bajaba a tirar la basura y ahí estaba él leyendo el diario en una banca de la entrada, y siempre, siempre, me decía algo.
—Qué bonita te ves hoy, Hanna.
—Qué suerte tiene Bruno.
—Ese vestido te queda bien, nena.
"Nena". Así me decía. No "señora", no "doña", no "vecina". Nena. Y cada vez que lo decía, con esa voz grave y tranquila, sentía un cosquilleo abajo, cortito, casi imperceptible. Todavía casi.
La primera vez que algo pasó de verdad fue un martes por la tarde. Bruno se había ido de viaje esa mañana, cuatro días a otra región. Yo había salido del trabajo y me di un baño, y andaba en casa con una polera sin sostén y unos shorts de dormir, esos cortitos que se te meten entre las nalgas cuando te agachas. El timbre sonó como a las cinco. Abrí sin pensar.
Era don Ricardo. Con una bolsa.
—Te traje unas cosas del mercado —dijo—, porque vi que recién te mudaste y seguro no tienes ni sal.
Era un gesto de viejo simpático. Un gesto de vecino. Pero cuando abrí la puerta y él me vio ahí, con los pezones marcándose en la polera fina y las piernas al aire, se le cambió la cara por medio segundo. Una fracción de segundo en que dejó de ser el vecino amable y fue otra cosa. Después volvió a la normalidad. Pero yo lo cacé. Y me gustó que lo cachara.
Lo hice pasar. Le ofrecí café. Nos sentamos en el sillón, los dos, y conversamos de tonteras: del edificio, de la administración, de que el ascensor lleva tres años sin arreglar de verdad. Él hablaba y yo lo miraba las manos, cómo sostenían la taza, cómo se movían. En un momento se me cayó la cucharita al piso y me agaché a recogerla sin pensar, ahí mismo, con las rodillas juntas y el culo hacia arriba, y cuando me enderecé me di cuenta de que él no había mirado la cucharita. Me había mirado el culo, sin disimular, y me sonrió.
—Estás muy rica, Hanna —dijo, así nomás, como si fuera un dato objetivo.
Yo me reí, nerviosa. "Rica". Nadie me lo decía así. Bruno me decía "linda", "preciosa", cosas tiernas. Rico es otra cosa. Rico te lo dice alguien que te quiere meter la verga.
—Gracias —dije, y me sentí tonta por decirlo tan bajito.
Ahí quedó todo ese día. Pero algo se abrió. Algo se corrió de lugar y ya no volvió a su sitio. Esa noche, sola en la cama, me masturbé pensando en la voz de él diciéndome rica, y me vine con una facilidad que no me esperaba, mordiéndome el labio para no gritar y despertar al edificio entero.
A la mañana siguiente salí a comprar el pan y me lo topé en el pasillo. Él ya sabía que Bruno se había ido. No sé cómo, pero lo sabía.
—¿Sola esta semana? —preguntó.
—Sola —contesté.
Y hubo un silencio de esos que pesan. Él asintió despacio, como guardando la información en algún cajón, y siguió caminando. Y yo sentí que esa semana no iba a ser como las otras.
No me equivoqué.
El miércoles me invitó a su departamento. Excusa: que quería mostrarme unas plantas que tenía en el balcón, que a él le sobraban y a mí me vendrían bien para el mío. Una excusa tan weona. Yo fui igual, con un vestido floreado, sin sostén otra vez porque hacía calor, y el pelo recogido en un moño alto. El departamento de él era distinto al mío: más grande, más ordenado, olor a madera y a café, con muebles de verdad, no de esos de armario como los nuestros. Me pasó a llevar por el living, me mostró las plantas, y después me dijo "siéntate, te voy a servir algo".
Me senté en un sillón de cuero. Él se sirvió un whisky y a mí me trajo un vaso de vino. Se sentó en el mismo sillón, no en el otro, en el mismo, dejando como un palmo de distancia entre nosotros. Hablábamos y cada vez que se movía, su rodilla rozaba la mía. Primero fue casualidad. Después ya no. Después dejó la rodilla ahí pegada, firme, y los dos seguimos hablando como si nada mientras por debajo de la mesa se estaba cocinando algo.
En un momento me preguntó, de la nada:
—¿Y Bruno te deja sola mucho?
—Bastante —dije—. Es el trabajo.
—Uh —hizo él—. Una mujer como tú, sola, en un departamento, todas esas noches... eso no se puede.
—¿No se puede qué?
Me miró. Me miró la boca primero, después los ojos.
—No se puede desaprovechar —dijo.
Y ahí, sin más, estiró la mano y me la puso en la rodilla. Así, encima del vestido, la mano abierta cubriéndome medio muslo. Yo me quedé quieta. Él no la movió. La dejó ahí, pesada, caliente, y siguió hablando de no sé qué mientras yo ya no escuchaba nada. Sentía cada dedo suyo. Sentía el pulgar que empezó, muy lento, a dibujar círculos. Círculos chiquititos en mi rodilla. Y mi respiración se me fue acelerando sola, y él lo notó, porque sonrió sin mirarme.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
—Un poco —dije. Mentira. Estaba empapada.
—¿Por qué?
—No sé.
—Sí sabes —dijo, y me apretó la rodilla—. Sabes perfectamente.
Y me besó.
Así, de repente, sin aviso, inclinándose sobre mí con esa calma de viejo que ya tiene todo calculado. Su boca fue suave al principio, cerrada, un beso corto. Pero después volvió, y esta vez abrió un poco y yo abrí también, y su mano subió de la rodilla a mi muslo, y yo sentí su lengua y su mano al mismo tiempo y me desarmé entera. Nunca me habían besado así. Con esa lentitud. Con esa seguridad. Bruno me besaba rápido, como con apuro de llegar a otra parte. Este viejo me besaba como si el beso fuera el destino.
Cuando se separó, los dos estábamos respirando fuerte.
—Qué rico besas, nena —dijo, con la voz un poco ronca.
—Tú también —alcancé a decir.
—¿Seguimos? —preguntó.
Yo asentí como una tonta, con la cabeza, sin poder hablar, y él se rió bajito y me volvió a besar, y ahora sí su mano empezó a moverse de verdad, subiendo por mi muslo por debajo del vestido, despacio, subiendo, subiendo, y yo abrí las piernas para él sin que me lo pidiera, y cuando sus dedos llegaron al borde de mi calzón los dos sabíamos ya lo que iba a pasar.
Me tocó por encima de la tela. Una sola pasada, larga, desde el clítoris hasta atrás, y yo solté un suspiro que se me escapó del alma.
—Estás empapada —dijo, casi riéndose—. Mira esto. Empapada y todavía me decías que no sabías por qué estabas nerviosa.
—Cállate —dije, y él se rió.
—¿Te lo saco?
—Sí.
Me bajó el calzón despacio, deslizándolo por mis piernas, y cuando ya lo tenía en la mano lo levantó y lo miró, lo estiró, y vi que estaba húmedo, con esa mancha transparente y brillante en el centro. Se lo llevó a la nariz. Y después, con una naturalidad que me mató, se lo pasó por la boca. Chupó la mancha.
—Rica —dijo—. Rica de verdad.
Yo creo que en ese momento empecé a mojar otra vez. Un chorro nuevo, tibio, entre las piernas.
Y ahí se agachó. Se bajó del sillón al suelo, con esa lentitud de viejo que no tiene apuro por nada, se puso de rodillas frente a mí, me tomó las dos rodillas y me las abrió bien abiertas. Yo quedé ahí, sentada en su sillón de cuero, con el vestido arremangado a la cintura y la concha al aire, y él mirándola como si fuera un plato. Sin tocarla todavía. Solo mirando.
—Qué linda la tienes —dijo—. Rosadita. De niña buena.
Y le pasó la lengua.
Empezó lento, con la punta, recorriéndome de arriba a abajo, sin tocar el clítoris, dándome vueltas por los labios, chupando, lamiendo, tomándose su tiempo como si tuviera toda la tarde. Y tenía toda la tarde. Yo me agarré de los brazos del sillón y empecé a moverme, a buscarle la boca, y él se corría, me hacía esperar, se reía con mi concha en la boca, esas risas que se sienten en los nervios. Cuando por fin llegó al clítoris me dio tres lengüetazos planos y fuertes y yo grité. Grité de verdad, en su departamento, sin importarme que hubiera vecinos. Y él siguió, y metió dos dedos —dos dedos gruesos, anchos, esos dedos de los que yo me había enamorado a distancia— y empezó a chuparme el clítoris mientras me movía los dedos adentro, buscando, curvando, y me encontró el punto ese que te hace ver estrellas y yo empecé a temblar.
—No... no pares... —balbuceé.
Y no paró.
Me hizo venir en su boca. Me hizo venir con la boca llena de mí y con esos dedos gruesos adentro, y yo me corrí tan fuerte que se me cerraron los ojos y me olvidé de dónde estaba y de quién era y hasta de que tenía novio. Cuando abrí los ojos, él seguía ahí, entre mis piernas, con la boca brillante, mirándome desde abajo.
—¿Ya? —preguntó, con una sonrisa.
—Ya —dije, sin aire.
—No —dijo—. Todavía no.
Y se paró, se secó la boca con el dorso de la mano, y se empezó a abrir el cinturón.
Yo miraba, sentada ahí, con las piernas todavía abiertas y el vestido hecho un desastre. Él se bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo movimiento, sin vergüenza ninguna, con esa desfachatez de viejo que ya no tiene nada que esconder, y cuando la sacó yo abrí los ojos.
Era grande. Gruesa, morena, con la cabeza hinchada y brillante, y tiesa como un fierro, apuntándome sin disimulo. No era la de un viejo, o por lo menos no la de los viejos que yo me imaginaba.
—¿Qué? —dijo, al ver mi cara.
—Nada —dije—. Que... qué grande.
—Ah, entonces sí te gusta —dijo—. Pónte cómoda.
Me pasó al sofá grande, me acostó, me sacó el vestido por la cabeza de un tirón —y ahí quedé con las tetas al aire, chicas pero firmes, con los pezones duros como piedritas— y se quedó un rato mirándome entera. Desnuda, en su departamento, con el pelo suelto sobre el cojín. Él todavía con la camisa puesta. Solo el pantalón abajo. Esa mezcla me pareció lo más sucio del mundo y me encantó.
Se subió encima, me abrió las piernas con la rodilla, y pasó la cabeza de la verga por mi concha, arriba y abajo, mojándola con lo que yo tenía, golpeándome el clítoris con la punta, hasta que yo ya estaba rogando.
—¿Me la metes ya? —dije.
—Dime cómo.
—¿Cómo qué?
—Dime "méteme la verga, Ricardo". Dime que me la meta.
—Méteme la verga, Ricardo —dije, y me sentí la mujer más puta del mundo.
Y me la metió.
De una sola vez, hasta el fondo, sin aviso, y yo sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo esa cosa gruesa me estiraba por dentro de una manera en que nunca, nunca me habían estirado. Me quedé con la boca abierta y sin aire. Él se quedó quieto, adentro, mirándome la cara, disfrutando de verme así.



—¿Duele?
—No. No. Sigue.
Y siguió. Empezó a moverse, despacio, con unas embestidas largas que me sacaban casi entera y me volvían a llenar hasta el fondo, y cada vez que llegaba al fondo chocaba con algo que me hacía soltar un ruidito. Un ruidito que se repetía, cada vez más seguido, porque él fue subiendo el ritmo, porque me agarró de las caderas y me jaló hacia él para clavármela más, y porque yo ya estaba dejando de ser una niña buena y le estaba moviendo la cadera, buscándolo, clavándome sola.
—Así —dijo—. Así, mi amor. Mueve esa cosita rica.
Yo movía. Yo empujaba. Yo le agarraba los brazos con las dos manos y me aferraba mientras él me cogía encima mío, en su sofá, con la camisa puesta, y todo el edificio podía escuchar el ruido de nuestra piel y mis gemidos. Me dijo puta. Me dijo "qué puta te pones, Hanna, con esa carita de niña buena y esa conchita tan apretada". Y yo le decía "sí", le decía "sí, sí", a todo.
Me puso de lado, me levantó una pierna, y me cogió así, y después me dio vuelta y me puso de cuatro.
—Ahí va a ver cómo se ve ese culito desde atrás —dijo, y me lo agarró con las dos manos, me lo abrió, y me la volvió a meter.
De cuatro me cogió distinto. Más fuerte, más animal, con las dos manos en mi cintura y su cuerpo chocando contra mis nalgas con un golpe seco cada vez. Yo tenía la cara hundida en el cojín y gemía contra la tela, y él me jalaba el pelo, me jalaba el pelo negro lacio ese que él tanto me miraba, y me decía cosas al oído con la respiración pesada: "qué rico, qué rico, así, mi nena, así, tómalo todo". Y yo lo tomaba todo. Todo. Sin pensarlo.



—¿Dónde te vienes? —preguntó, ya con la voz cortada.
—Adentro —dije—. Adentro, adentro.
Y se vino adentro. Me llenó. Sentí el pulso de su verga dentro de mí, las pulsaciones, y sentí el calor, y me quedé ahí, con él encima, con el sudor de los dos, con su peso, sin querer que se saliera nunca.
Cuando se sacó, me quedé un rato en el sofá con la concha todavía abierta y el semen empezando a escurrirse. Él se fue al baño, volvió con un paño húmedo, y me limpió él mismo, con cuidado, casi tierno. Después me dio un beso en la frente.
—Quédate a comer —dijo—. Cociné.
Cociné. El muy hijo de puta me cogió y después me sirvió la comida. Y yo me quedé. Comí con él, con las tetas todavía medio al aire, y esa noche volví a mi departamento vacío caminando los diez metros de pasillo con las piernas medio flojas y una sonrisa que no me podía sacar de la cara. Bruno me escribió esa noche: "te extraño mi amor". Y yo le contesté "yo también" con el calzón todavía mojado de otro.

A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.
Los jueves, los viernes, los sábados. Cada vez que Bruno no estaba, cada vez que había un rato, yo bajaba al 403 o él subía al mío. Aprendimos a leer los horarios del otro mejor que un horario de tren. Aprendimos el sonido del pasillo, el golpecito en la puerta, la llave que él ya tenía, todo. Y aprendimos también a subir de nivel cada vez, porque ese viejo tenía una maña: nunca te dejaba donde te dejó la última vez. Siempre te llevaba un poco más allá.
La segunda vez ya no fue en el sillón. La segunda vez me esperó en la puerta, me tomó de la muñeca, me metió al departamento y me besó contra la pared antes de que yo alcanzara a decir hola. Me alzó la falda, me bajó el calzón a las rodillas, me dio vuelta, me puso las manos contra la muralla y me cogió así, parados, de pie, ahí mismo en la entrada, sin ni siquiera llegar al sillón. Y yo grité contra la muralla con la cara pegada a la pintura.

La tercera vez me pidió que me sentara encima. Yo nunca había hecho eso. En mi vida. Bruno y yo siempre de la misma forma, siempre él arriba, siempre rápido. Así que cuando Ricardo se acostó en la cama, se puso las manos detrás de la cabeza y me dijo "ven, siéntate", yo no sabía ni cómo. Me senté encima de él, le metí la verga sola, y él me dejó hacer todo. Me dejó descubrir sola cómo movía la cadera, cómo me gustaba, cómo me apretaba el clítoris contra su hueso. Al principio torpe, después ya no. Me cogí a ese viejo yo sola, encima, con las tetas al aire y el pelo suelto, y él me miraba desde abajo con esa sonrisa y de vez en cuando me apretaba las nalgas y me decía "eso, eso, mueve esa cosita". Me cogí hasta que me vine yo, sola, con él adentro, y él se vino después, y me quedé encima suyo con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón de viejo, y pensé que ahí, justo ahí, era donde quería estar.




Y después empezó lo demás.
La primer mamada fue el martes de la semana siguiente. Estábamos en su sillón, viendo la tele, yo con la cabeza en su regazo, y sentí su verga crecer bajo mi mejilla. Ni dijo nada. Solo se le paró ahí, contra mi cara. Y yo, sin pensarlo, me di vuelta y le bajé el cierre. Se la saqué. Y me la metí en la boca.



Me costó al principio. Es grande y yo no tenía práctica, así que la primera vez babeé todo, tosí, se la metí muy al fondo y me dio arcadas. Él me tomó la cabeza con las dos manos, sin forzarme, y me dijo "despacito, nena, con la lengua primero". Me enseñó. Ahí mismo. Me enseñó a lamerla por los lados, a dar vueltas con la lengua en la cabeza, a chupar con la boca apretada, a bajarla hasta el fondo despacio y subir. A meter los huevos también, uno por uno, a chuparlos como dos huevitos tibios. Y después, cuando ya me tenía bien enseñada, me agarró la cabeza y me la folló en la boca, despacio, meando mi garganta con la punta, y yo me quedé quieta y lo dejé, y le gustó tanto que me dijo "así, quédate así, que rico", y se vino en mi boca con un gruñido.



Me lo tragué. Todo. La primera vez que me tragaba algo en mi vida. Y me quedé ahí, con la lengua afuera y la boca abierta, mostrándosela, para que viera que me lo había tragado. Él me acarició la cabeza.
—Buena niña —dijo.
Y yo creo que de ahí en adelante hice lo que él me pidiera.
Porque eso fue lo que me pasó con ese viejo. No fue solo el sexo. Fue que me fue quitando las mañas. Me fue quitando las vergüenzas una por una, con esa paciencia de viejo, con esa mano en la nuca, hasta que yo ya no era la Hanna de antes. La Hanna que se tapaba con la toalla al salir del baño. La Hanna que no se dejaba la luz prendida. La Hanna que decía "ay, no, así no".
Esa Hanna se murió en el 403.
Y llegó la noche de la luz prendida. Él prendió todo, las lámparas todas, y me puso desnuda en el centro del living, y me hizo caminar, girar, agacharme, tocarme, todo con él sentado mirándome desde el sillón con un whisky. Me hacía ponerme en cuatro y mostrarle el culo. Me hacía tocarme delante de él sin que me tocara. Me hacía decirle lo que sentía. "Dime dónde te gusta. Dime qué quieres." Y yo se lo decía. Se lo decía todo. Y él no me tocaba, solo miraba, hasta que yo ya estaba temblando y rogándole, y ahí sí, recién ahí, me cogía.





Una vez me hizo venir tres veces seguidas sin dejarme descansar. Tres. Con la boca, con los dedos, con la verga. Yo terminé llorando de placer, de verdad, con lágrimas, y él me tenía las piernas abiertas y me decía "una más, mi amor, aguanta una más", y yo aguanté, no sé cómo, y me vine otra vez, y me temblaron las piernas como una hora.
Una vez me cogió en el balcón. El balcón del 403 da a la calle, y era de noche, y me hizo inclinarme sobre la baranda y me cogió ahí, con los autos pasando abajo, y cualquiera que levantara la vista podía vernos. Y a él le gustaba que lo vieran. Me decía "que nos vean, nena, que vean cómo te coges a tu vecino". Y yo me agarraba de la baranda y me dejaba, con el frío de la noche en los pezones y el calor de su verga adentro.
Una vez me cogió en la escalera de emergencia, entre dos pisos, después de que nos topamos volviendo cada uno de su lado. Ni llegamos al departamento. Me llevó al hueco de la escalera, me subió a un escalón, me bajó el short y me cogió ahí, de pie, con el eco del edificio. Y una señora de otro piso pasó por el descansillo y nos vio, y siguió caminando como si nada, y nosotros seguimos cogiendo.
Y después llegó lo que más me costó admitir, lo que más me daba vergüenza y lo que más me calentaba a la vez: que él me hiciera cosas que Bruno ni soñaba. Me hablaba sucio. Me decía puta, me decía mi nena, me decía "esta concha es mía ahora, ¿o no?". Y me hacía contestarle. Me hacía decirle "sí, es tuya". Y me hacía decirlo mientras me la metía, y el "tuya" se me salía de la garganta solo, sin pensar, y cada vez que lo decía sentía que le estaba siendo infiel a Bruno con la boca y no solo con el cuerpo.
Una vez me preguntó:
—¿Y Bruno cómo te la mete?
—Bien —dije.
—¿Mejor que yo?
Y me quedé callada. Porque era sí. Y él se rió de mi silencio.
—No tienes que decir nada —dijo—. Ya sé.
Y después me puso la mano en la nuca, me bajó la cabeza, y me hizo chupársela mientras me decía, con esa calma, que yo era su puta de entre semana. Su puta de cuando el novio no está. Y a mí me encantó el título.
Bruno volvió esa primera vez de viaje y me cogió la primera noche, apenas llegó. Y fue raro. Fue raro porque él me cogía como siempre, tierno, encima mío, rápido, y yo por dentro estaba comparando. Comparando el ancho. Comparando el ritmo. Comparando la mano en la nuca. Y cuando él terminó y se dio vuelta a dormir, yo me quedé mirando el techo con las piernas abiertas y pensando "él no me dice nada". No me dijo puta. No me dijo mi nena. No me agarró la nuca.
La segunda noche me pilló distinta. Me dijo "estás más suelta, ¿no?". Y yo le dije "será que te extrañé". Y no mentí. Pero tampoco dije toda la verdad.
Así pasaron las semanas. Los meses. Yo me fui volviendo adicta. Empecé a esperar los viajes de Bruno con otra cosa en el cuerpo. Empecé a ponerme linda para bajar al 403. Me depilaba entera antes de que él llegara. Me compraba ropa interior nueva. Empecé a masturbarme pensando en él cuando no estaba, y a veces hasta cuando Bruno estaba al lado, dormido, yo metía la mano y me tocaba calladita pensando en el viejo del 403 y en sus manos grandes.
Y él, que era un hijo de puta muy inteligente, lo sabía. Sabía que me tenía. Y jugaba con eso. Me hacía esperar. A veces me dejaba plantada un día para que yo lo buscara. A veces me abría la puerta y me decía "hoy no, nena, hoy tengo sueño", y yo me volvía a mi departamento con una calentura que no me cabía en el cuerpo, y me tocaba sola toda la noche, y al día siguiente caía al 403 rendida y le hacía todo lo que él quería. Todo.
Una noche me hizo algo que me desarmó entera. Me puso de rodillas en el piso de su living, entre sus piernas, y me hizo chupársela despacio, sin prisa, mientras él me acariciaba la cabeza y me hablaba. No me cogió. Solo eso. Una hora de eso, casi. Y me decía cosas. Me decía "mira qué bien lo haces ahora, mira cómo aprendiste, al principio ni sabías". Y yo con la boca llena le hacía "mmm" y él se reía. Y después me dijo que me sentara sobre su verga, así, con la boca todavía, y me dejó ahí encima sin moverse, con la verga metida hasta el fondo, y me tuvo quieta, con las tetas al aire y las manos en su cuello, y me dijo "muévete sola, despacio, como quieras". Y yo me moví despacio, buscándome el gusto, con la verga esa adentro, y me corrí así, encima suyo, muy despacio, sin que él hiciera nada, solo mirándome. Y él no se vino. Se aguantó. Y me dejó ahí, saciada y todavía caliente, y me mandó a mi casa así. Y yo me fui con las piernas temblando y la concha todavía latiendo.
Otra vez, al revés, me dejó a mí al borde. Me tuvo tres veces al borde del orgasmo y no me dejaba. Cada vez que yo estaba por venirme, él paraba. Sacaba la verga, se quedaba quieto, y esperaba que se me pasara. Y después seguía. Tres veces. Yo le gritaba "déjame venir, déjame venir", y él me decía "todavía no, aguanta, aguanta que después te va a gustar más". Y tenía razón. Cuando por fin me dejó, después de la tercera vez que me aguantó, me vine tan fuerte que me sacudí entera en su cama y quedé como muerta, sin poder moverme, con la respiración cortada, viendo puntitos. Y él se vino adentro después, tranquilo, y me abrazó.
Y así me fui perdiendo. Así me fue perdiendo él. Yo ya no era la misma. Empecé a pensar distinto. Empecé a esperar distinto. Cuando Bruno me hablaba, yo a veces lo miraba y pensaba en el otro. Cuando Bruno me besaba, yo cerraba los ojos y a veces me imaginaba otra boca. Cuando Bruno me cogía, yo me imaginaba las manos grandes y la voz grave. Y me sentía mal. Y me sentía bien. Y me sentía puta. Y me encantaba.
Una vez casi nos pillan. Bruno volvió antes de lo previsto, un día antes, y yo estaba en el 403, en cuatro, en la cama de Ricardo, y él me estaba cogiendo fuerte, con la mano en mi pelo, y sonó el celular. Era Bruno. "Mi amor, llegué, estoy abajo, ¿dónde estás?". Y yo le contesté "en casa, bajando", mientras Ricardo seguía metiéndomela por detrás, calladito, mordiéndose la risa. Corté, me levanté, me puse la ropa de un tirón, toda sudada, con la concha todavía llena, me miré en el espejo, me arreglé el pelo, y bajé las escaleras saltando de dos en dos. Llegué al departamento justo cuando Bruno metía la llave. Me dio un beso. Me dijo "qué rica hueles". Y yo le dije "me bañé". Y no le dije que me bañé de otro.
Otra vez fue peor. Estábamos en mi departamento, en mi cama, en la cama que comparto con Bruno, y de repente se escuchó la llave en la puerta. Bruno. Ricardo se levantó de un salto, se puso el pantalón, y yo me tiré encima de la cama con una bata. Bruno entró, me vio en la cama, y dijo "¿estabas durmiendo?" y yo le dije "sí, una siesta". Y justo en ese momento se escuchó un ruido en el pasillo, la puerta del 403 cerrándose, y Bruno dijo "ah, ¿salió el vecino?", y yo le dije "no sé, habrá salido". Y tenía la concha todavía mojada con el semen del vecino. Y él se acostó a mi lado, me abrazó, y yo sentí su brazo encima de mi pecho y pensé "si supieras".
Y lo más morboso, lo que más me ponía, era eso. El secreto. Coger con el vecino y después volver a la cama con el novio. Tener las dos vidas. Ser la niña buena de día y la puta de la tarde. Sentarme a comer con Bruno y sentir todavía el cuerpo de Ricardo por dentro. Recibir mensajes de Ricardo mientras Bruno me tiene de la mano. Mirar el pasillo y saber que a diez metros hay un viejo que me ha visto desnuda, que me ha cogido de todas las formas, que me ha hecho cosas que Bruno ni se imagina.
Y él me escribía. Mensajes cortos. "Baja." "Te espero." "Trae el vestido ese." Y yo bajaba. Y cada vez era más y más y más. Cada vez me dejaba hacer más. Cada vez le daba más. Y cada vez me gustaba más.
Una noche, la más larga, me quedé toda la noche en el 403. Bruno estaba de viaje. Ricardo me abrió la puerta a las once y no me dejó irme. Me cogió en la cama, me cogió en el sillón, me cogió en la ducha, me cogió en el balcón, y en la madrugada, cuando ya los dos estábamos agotados, me abrazó desde atrás en la cama, me metió la verga despacio, y me cogió así, de cucharita, muy lento, susurrándome al oído, hasta que los dos nos vinimos juntos casi sin hacer ruido. Y yo me dormí ahí, en su cama, con su brazo encima, y a la mañana desperté con su verga otra vez dura contra mis nalgas, y sin abrir los ojos me la metí sola y me moví despacio hasta que él despertó y me agarró la cadera y me ayudó, y cogimos de nuevo en la mañana, con esa luz gris del amanecer por la ventana.
Volví a mi departamento a las nueve, con la ropa del día anterior, el pelo hecho un desastre, la concha llena, y me miré en el espejo del baño. Me miré la cara. Esa cara de niña buena. Y me reí sola. Porque por debajo de esa cara yo ya era otra. Yo ya era la que se agacha a recoger una cucharita y sabe que le van a mirar el culo. La que baja al 403 con el calzón mojado. La que se deja decir puta y contesta "sí". La que se traga, la que se deja la luz prendida, la que se coge al vecino mientras el novio manda mensajitos de "te extraño".
Y ahí estaba yo, recién juntada, en un edificio viejo, con una cara de niña buena y una concha que ya no era tan de niña, esperando el próximo viaje de Bruno, esperando el próximo mensaje de "baja", esperando el próximo golpecito en la puerta del 403, cada vez más pervertida, cada vez más suelta, cada vez más mía de él y cada vez menos de nadie, sin saber cómo iba a terminar todo esto, sin querer saberlo, porque mientras no terminara, mientras siguiera pasando, mientras él siguiera teniendo esa mano en la nuca y esa voz grave que me dice "nena", yo iba a seguir bajando esos diez metros de pasillo todas las tardes, con la cara de niña buena, las piernas medio temblorosas y una sonrisa que no me cabía en el cuerpo.
1 comentarios - Un viejo me emputece.