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Sharon puta de la matanza

Conocí a Sharon un sábado a la tarde, en un asado en casa de un amigo

Estaba sentada en una silla de plástico con un vaso de Fernet, el pelo negro largo cayéndole sobre un top blanco corto y unos shorts de jean. Hablaba poco, se reía cuando algo le parecía genuinamente gracioso y mantenía cierta distancia. No era de las que se dejaban tocar el hombro ni de las que respondían cualquier pelotudez con una sonrisa fácil. Eso fue lo que me llamó la atención, pero lo más llamativo era el enorme culo que tenía.

Hablamos cerca de la parrilla un buen rato. Me contó que trabajaba en un local de ropa en San Justo, que vivía sola hacía un par de años y que estaba cansada de que la gente asumiera cosas solo por cómo se vestía o por el barrio.

—Me tiene harta que crean que porque soy de acá ya saben quién soy —dijo, mirando el vaso—. No soy tan predecible.

Esa misma noche intercambiamos Instagram. Durante varios días nos escribimos sin apuro. Hablábamos de laburo, de series, de lo insoportable que era el bondi a la mañana. Un jueves me mandó una foto sentada en su cama, con la frazada rosa de fondo, el mismo top blanco y los shorts. El mensaje era simple: *Si querés venir a tomar algo más tarde, avisá. Estoy libre*.

Fui con toda la esperanza de poder cogerme el culo hermoso que tenía.

El departamento era chico pero ordenado. Había olor a café y a la crema que se ponía en el pelo. Sharon me recibió con una remera oversized y los shorts. Nos sentamos en la cama porque no había otro lugar cómodo. Hablamos un rato largo. Se reía más que la primera vez. En un momento se quedó en silencio, me miró y dijo con naturalidad:

—Si te quedás, es porque quiero. Si no, te vas y listo. No me gusta que me presionen.

Me quedé.

El primer beso fue lento. Ella lo cortó un par de veces, como midiendo el terreno. Después se dejó ir un poco más. Cuando le subí la remera, me miró a los ojos y asintió en silencio. Las tetas firmes, los pezones ya duros. La besé el cuello, le chupé un pezón y ella soltó un gemido bajo, casi contenido. Seguí un rato solo con la boca, pasando de un pezón al otro, mordiendo suave, mientras ella se agarraba de mi pelo y respiraba cada vez más agitada.

Se sacó los shorts ella misma, pero no se abrió de inmediato. Me dejó recorrerle el vientre y el interior de los muslos con la boca, despacio, hasta que por fin separó un poco las piernas. Estaba mojada. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, sin apuro, y Sharon se agarró de la frazada.

—Más arriba… así… más lento al principio —susurró.

Le chupé el clítoris con presión constante, metiendo dos dedos despacio. Ella empezó a mover las caderas contra mi boca. Cuando aceleré el ritmo de la lengua, arqueó la espalda y se corrió por primera vez, apretándome la cabeza con las manos, el cuerpo temblando en silencio durante varios segundos.

Después me empujó suavemente hacia atrás, se quitó lo que le quedaba y se subió encima. Se frotó contra mi pija un buen rato, mirándome, dejando que la cabeza se deslizara entre sus labios una y otra vez sin entrar del todo. Cuando por fin decidió bajarse, lo hizo centímetro a centímetro, mordiéndose el labio. Una vez completa adentro se quedó quieta, respirando hondo.

—Ahora sí… movete —dijo, la voz más baja, más ronca—. Pero no te apures tanto todavía.

La cogí despacio al comienzo, agarrándola de la cintura. Ella se mecía encima mío con ritmo propio, el pelo negro cayéndole sobre los hombros, los ojos entrecerrados. Después de un rato se inclinó hacia adelante, me besó y empezó a hablarle al oído, casi en un susurro sucio:

—Así… más profundo… me gusta cómo me llenás… no pares… más fuerte ahora…

Aceleré. El sonido de su cuerpo contra el mío llenó el cuarto. Sharon se corrió otra vez, esta vez conmigo adentro, apretándome fuerte, el aliento caliente contra mi cuello, gimiendo bajito mientras el orgasmo le recorría las piernas.

No nos detuvimos. La di vuelta y la puse de rodillas. Le pasé la mano por la espalda, le di una nalgada suave y esperé. Sharon miró por encima del hombro, el pelo desordenado, y dijo con la misma voz directa:

—Metémela. Y esta vez no me la saques hasta que me corra de nuevo.

Se la hundí de una. Más profundo. Empecé a cogerla con ritmo constante, agarrándola de las caderas. Ella empujaba hacia atrás y hablaba entre jadeos, sin vergüenza ninguna:

—Más fuerte… así… usame un poco… me gusta cuando me la das entera… más profundo todavía…

Le di nalgadas al ritmo de las embestidas. El culo le rebotaba. Sharon gemía más alto, pidiendo exactamente lo que quería. Después de varios minutos se corrió otra vez, el cuerpo sacudiéndose, las manos agarradas fuerte a la frazada, el coño apretándome en oleadas.

Me salí un segundo. Ella se dio la vuelta sola, se acostó de espaldas y abrió las piernas, mirándome.

—De frente ahora —pidió—. Quiero verte la cara.

Volví a entrar. Esta vez más lento al principio, dejándola sentir cada centímetro. Después aceleré. Le agarré una pierna y se la puse al hombro para abrirla más. Sharon se tocaba el clítoris con dos dedos mientras yo la cogía, hablando entre gemidos:

—No pares… así… más fuerte… me voy a venir otra vez… no me la saques…

Se corrió de nuevo, esta vez mirándome a los ojos, la boca abierta, el cuerpo entero tensándose. Seguí embistiéndola a través del orgasmo hasta que ella me empujó suavemente el pecho.

—Esperá… quiero chupártela un rato.

Se arrodilló entre mis piernas y me la metió en la boca. Chupó despacio primero, después más profundo, mirándome desde abajo. Se detuvo en la punta, dio vueltas con la lengua y volvió a engullirla hasta el fondo. Lo hizo durante varios minutos, sin apuro, hasta que yo no aguanté más y se lo dije.

Sharon se sacó la pija de la boca, se acostó de nuevo y me guió hacia su entrada.

—Adentro —dijo simplemente—. Quiero sentirte.

Entré una vez más. Esta vez el ritmo fue más urgente. La cogí fuerte, profundo, mientras ella me agarraba de la espalda y me hablaba al oído, la voz rota:

—Así… no pares… llename… quiero sentirte cuando te vengas…

Me corrí adentro, profundo, mientras ella me apretaba las caderas con las piernas. Los dos nos quedamos quietos un rato, respirando agitados, el sudor pegándonos la piel.

Después ella se limpió con un papel, se puso de nuevo la remera oversized y se acomodó contra la pared, con las piernas cruzadas, como si nada.

—No suelo hacer esto el primer día que alguien viene —dijo, con la misma voz normal de antes—. Pero me caíste bien. Y en la cama… bueno, ahí me suelto más.

Me reí bajito. Ella también.

Salimos a comprar algo a una rotisería de la esquina. Volvimos, comimos en la cama viendo una serie cualquiera y, cuando se hizo tarde, me acompañó hasta la puerta. Me dio un beso corto y me fui a mí casa después de esa hermosa noche.
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