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Sexo telefónico con marce

Esa noche no iba a dormirme. Marcela me había escrito a las once y pico: 

*«Estoy sola. Contame el teléfono. Quiero escucharte.»*

La llamé.

—Hola…
 —su voz salió baja, rasposa, como si ya estuviera acostada.

—Estoy duro desde que leí el mensaje —le dije, sin vueltas.

Ella soltó una risa corta, sucia.

—Mostrame. No… contame. ¿Dónde tenés la mano?

—En la pija. La estoy apretando despacio. Pensando en tu boca.

—Mmm. Abrila. Quiero imaginármela. Esa verga gruesa, caliente, con la cabeza ya mojada…

 —tragó saliva—. 

Yo también me estoy tocando. Tengo dos dedos en la concha. Está empapada, amor. Se me escucha, ¿no?

Se escuchaba. El roce húmedo, el movimiento de sábanas, su respiración pegada al micrófono.

—Mete los dedos más adentro —ordené—.

Abrí las piernas. Quiero que te cojas con la mano como si fuera yo.

—Ya lo estoy haciendo… ah, puta… —jadeó—.

 Tres. Tres dedos. Se me abre toda. Estoy goteando en la sábana.

—Chupatelos. Quiero oírte chupar tu propia concha.

Hubo un silencio y después el sonido nítido, obsceno: lengua, saliva, dedos. Marcela gemía con la boca llena.

—Sabe a puta caliente —dijo, con la voz pastosa—.

 Así te la chuparía a vos. 

Me arrodillaría delante tuyo y te metería esa pija hasta la garganta. Sin asco. Quiero que me uses la boca como a una puta.


—Abrí bien. Imaginate que te estoy agarrando el pelo y te la estoy metiendo. La cabeza rozándote la garganta. Babeando. Los ojos llorosos.

—Sí… sí, así. 
Me atraganto y no saco la boca. Te chupo los huevos después, sucio, te los dejo brillando. Y vos me escupís en la lengua y yo me lo trago.


—Dáte vuelta —le dije—. 
De rodillas. Culo para arriba. Una mano en el teléfono y la otra en el culo.

—Ya estoy. Tengo la cara en la almohada. Me estoy abriendo los cachetes. ¿Querés el culo o la concha primero?

—Las dos. Primero te junto todo lo que chorrea de la concha y te lo paso por el agujero del culo. Después te lo meto.

Ella gimió largo.

—Lo estoy haciendo. El dedo me entra fácil. Está apretado, caliente… ah, hijo de puta, se me cierra alrededor. Me lo estoy cogiendo yo misma pensando que es tu pija.

—Más hondo. Hasta el nudillo. Y hablame sucio.

—Me encanta que me abras el culo. Soy una puta. Quiero que me la metas sin aviso, que me estires, que me dejes el culo rojo y abierto. Quiero que me chupes el culo después de usarlo. Quiero tu lengua ahí, sucia, revolviendo.

—Te la chupo ahora. Imaginate mi cara enterrada entre tus nalgas. Te como el culo y la concha al mismo tiempo. Te recojo con la lengua todo lo que se te escapa putita mía!

—No pares… no pares de hablar. Me estoy frotando el clítoris contra la sábana. Voy a acabar si seguís.

—Todavía no. Primero te cambio de posición. Sentate sobre mí. Espalda contra mi pecho. Yo te abro las piernas y te la meto de abajo. Una mano en la concha, la otra en el cuello.

Ella cambió de lado; se oyó el colchón.

—Estoy montada. Me la estoy metiendo. Rica… tan rica… se me hincha toda. Te siento hasta el fondo.

—Rebotá. Quiero oír cómo te suena la concha.

Y se oyó. Húmedo, rápido, vergonzoso. Marcela no se contenía más.

—Me estás destrozando. Me estás cogiendo como una perra. Decime que soy tuya.

—Sos mía. Esa concha es mía. Ese culo es mío. Esa boca que ahora está babeando el teléfono es mía. Te voy a llenar. Te voy a dejar chorreando.

—El culo ahora —pidió, casi llorando—. Sacala y metémela en el culo. Quiero sentirte ahí.

—Sacá los dedos de la concha y metetelos en el culo. 
Despacio. Respirá. Empujá hacia afuera como si te estuvieras cagando y dejame entrar.

Un quejido grave, distinto.

—Ya está… ya está adentro. Me duele rico. Me quema. No la saques. Cogeme el culo. Usame.

—Más fuerte. Quiero que acabes con algo en el culo y los dedos en la concha. Las dos cosas. Ahora.

Ella se desarmó. El gemido le salió roto, largo, sucio. Se oía cómo se contraía, cómo mojaba, cómo no podía hablar un segundo.

—Me acabe… me me acabe toda… se me escapó… tengo el culo palpitando y la concha temblando.

—Chupate los dedos otra vez. Probá lo que te salió.

Lo hizo. El sonido mojado otra vez.

—Estoy asquerosa. Me encanta. Ahora te toca a vos. Quiero que te vengas. Contame.

—Estoy a punto. Imaginate que te la saco del culo y te la meto en la boca. Que me limpiás con la lengua. Que te recorro la cara. Que te dejo los labios brillando.

—Dámela. Tíramela en la lengua. Quiero tragármela. Quiero que me acabes en la cara, en las tetas, en el culo abierto. Donde quieras. Soy tu puta esta noche.

Me vine con el puño apretado, gruñendo el nombre de ella, imaginándome su boca abierta del otro lado de la línea, la lengua afuera, esperando.

Quedamos un rato solo respirando.

—No cortes —dijo ella, ronca—. Quedate. Todavía tengo la mano entre las piernas. Todavía estoy abierta.

—No corto. Mañana te lo hago de verdad. Concha, boca y culo. Sin teléfono.

Ella rió, cansada y caliente.

—Prometido. Y si me porto mal, me tapás la boca con la pija.

—Así va a ser, Marcela.

No colgamos hasta que se le fue la voz. Esa noche el teléfono quedó caliente entre nosotros,y nos prometimos hacerlo realidad al día siguiente 

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