Me llamo Camila, tengo 28 años y tengo una historia que me gustaría contar. Me gusta el sexo, pero no soy ninfómana; me gusta una parte del sexo en particular.
Llevo seis años con Mateo. Si lo ves por fuera, parece la pareja ideal: un tipo inteligente, trabajador, con sus gafas de nerd y una aura de inocencia que a cualquiera le daría ternura. Pero la verdad es que cuando lo conocí, Mateo no tenía ni idea de cómo tocar a una mujer, era un tipo que no sabía ni agarrarme la mano sin ponerse rojo como un tomate. Por eso me gustó: era un virgen que tenía a mis pies para satisfacer mi fetiche.
Y entonces apareció Esteban.
Mateo me lo presentó una tarde como su «hermano de la vida», ese amigo inseparable con el que creció compartiendo absolutamente todo desde la infancia. Para mí, Esteban era un desastre a simple vista: feíto, ordinario, chambón para vestirse y con una timidez que me daba cierta risa. Pero hurgando disimuladamente en las conversaciones de Mateo, descubrí el premio mayor: el muy pendejo de Esteban tampoco había tocado a una mujer en su vida. Tenía veinte años y seguía invicto.
«Saber que este feo nunca había estado con nadie me encendió la vagina de inmediato», pensé esa noche mientras miraba el techo de mi cuarto. «Llevan toda la vida dándose palmaditas en la espalda, jugando videojuegos y haciéndose la paja solos. Yo le iba a enseñar a este güevón lo que es una mujer de verdad, y lo iba a hacer a costa de la lealtad sagrada que le tiene a su 'hermano'».
A los días siguientes empecé la cacería por WhatsApp. Le pedí el número a Esteban con la excusa de organizar una fiesta sorpresa para Mateo. Al principio mis mensajes eran suaves, para ganarme su confianza:
CAMILA: Hola Esteban, ¿cómo estás? Oye, me dio pena no hablar casi el otro día. Le pedí tu número a Mateo con la excusa de organizar su cumple, pero la verdad quería saludarte a ti.
ESTEBAN: Hola Camila, bien gracias. Ah sí, tranquilo, lo que necesites para el cumple de Mateo me avisas, ese man es como mi hermano.
Ahí empecé a meterle la coquetería sutil, probando qué tanto aguantaba:
CAMILA: Tan lindo tú tan pendiente de tu amigo... Pero ve, te confieso algo: te vi ese día y me pareciste súper lindo. Te ves todo serio pero apuesto a que eres un peligro.
ESTEBAN: Jajaja no nada que ver, yo soy sano. Además tú eres la novia de Mateo, no digas eso.
CAMILA: ¿Y qué tiene? ¿Acaso no le puedo decir a un hombre simpático que me gusta? A mí me encantan los hombres así como tú, no tan tranquilitos como Mateo... A veces me dan ganas de estar con alguien que sí sepa cómo tratar a una mujer.
ESTEBAN: Camila, de verdad no me escribas eso. Mateo es mi mejor amigo de la infancia, yo a ese man no le fallaría nunca.
Ese intento de hacerse el leal fue la chispa que me faltaba. Busqué la foto más perversa que tenía: un plano medio en la cama, en una tanga mostrándole las tetas .

CAMILA:Mírame y dime si vas a seguir haciéndote el santico... ¿Me vas a decir que no te mueres por probar lo que tu 'hermano' prueba todos los días?
ESTEBAN: Uff... Hijueputa, Camila... Qué es eso... No juegues así conmigo.
CAMILA: No estoy jugando, mi amor. Hoy Mateo trabaja hasta tarde y mi apartamento está solo. Si tienes pantalones para estrenar esa verga con una mujer de verdad, te espero a las 3:00 PM. Trae la boca dispuesta.
Cuando llegó, estaba temblando como una hoja. Le serví un vaso de agua para calmarle los nervios, notando sus manos sudadas por el pánico de estar traicionando a su hermano de la vida. Me le senté en las piernas, rozándole el pantalón hasta sentir cómo se le ponía la carne dura. No le di más tiempo de pensar. Cerré la puerta, lo acorralé contra la pared, le bajé el cierre del jean y me llevé la gran sorpresa: a pesar de ser feo y sin gracia, Esteban tenía guardado un manguerón de más de veinte centímetros, grueso, venoso y pesado.

Me arrodillé despacio frente a él, mirándolo fijamente desde abajo con los ojos entreabiertos. Pasé mi lengua por toda la cabeza morada y luego fui descendiendo hasta sus testículos. ¡Slurp, slurp! Se la metí entera en la boca hasta sentir que la garganta se me abría al límite. ¡Gug, gug!




ESTEBAN: (Gimiendo torpe, clavándome las manos en el cabello con una desesperación bruta) ¡Uff, hijueputa... Camila, qué es esto! ¡Dios mío, estás deliciosa!
CAMILA: (Tragándome esa carne caliente, mirando cómo le temblaban las piernas) Dime una cosa... ¿tú con cuántas mujeres has estado antes de esto?
ESTEBAN: (Respirando agitado, con los ojos desorbitados por el placer) ¡Con ninguna! ¡Tú vas a ser la primera... la primera mujer en mi vida, Camila!
CAMILA: (Con una sonrisa perversa, hablando con su verga pegada a mis labios) Uy, qué rico... qué delicia saber que soy la primera para ti. Qué bueno, porque semejante palancota se estaba desperdiciando... Te cuento un secreto: la tienes muchísimo más grande y más gruesa que tu amigo Mateo... Este manguerón sí es de un hombre de verdad.
Eso terminó de volverlo loco. Lo llevé a la cama y lo puse a darme en cuatro patas. La penetración fue una embestida salvaje; la piel de mis nalgas chocaba contra sus muslos con un sonido seco (¡Plak, plak, plak!). Esteban embestía sin ritmo, llevado únicamente por la excitación animal de estar desflorándose con la mujer de su mejor amigo (¡Ah, ah, ah! ¡Gump, gump, plaf!).

CAMILA: (Gimiendo descontrolada, sintiendo cómo esa masa me abría por dentro) ¡Eso, miamor, empújala toda! ¡Dale duro! ¿No te gusta disfrutar a la novia de tu mejor amigo? ¡Dime si no te encanta metérmela así!
ESTEBAN: (Gruñendo como una fiera, agarrándome duro de las caderas) ¡Sí, hijueputa! ¡Dios mío, qué mujer! ¡No puedo creer lo que me estaba perdiendo, estás muy buena!
CAMILA: (Sintiendo un orgasmo brutal de solo ver cómo caía en mis enredos) ¡Eso, lléname! ¡Vente adentro, ven y lléname toda! ¡Vente en la mujer de tu hermano!
Con un rugido ahogado, Esteban se vino dentro de mí, dejando salir un chorro caliente y espeso que me hizo vibrar hasta los huesos. Ver a ese tipo destruyendo su lealtad de años en mi cama me dio un orgasmo de puro poder.

Durante las semanas siguientes, esto se convirtió en una rutina deliciosa. Me comía a Esteban tres o cuatro veces por semana. Le sacaba el cuerpo a Mateo inventando dolores de cabeza o reuniones imaginarias. Muchas veces no me lavaba antes de que Mateo llegara del trabajo, sintiendo el morbo supremo de que mi novio me besara el cuello o me abrazara oliendo todavía al semen y al sudor de su mejor amigo.
El morbo alcanzó su punto máximo una noche en que cenaba con Mateo en la sala de mi casa:
CAMILA: (Sirviéndole el jugo con una sonrisa dulce) Oye, mi amor... ¿y tu amigo Esteban qué? ¿Sí son tan leales como tú dices?
MATEO: (Mirándome con una inocencia que me daba risa) Uff, claro, mi vida. Esteban es mi hermano de la vida, pongo las manos en el fuego por él. Ese man jamás me fallaría.
CAMILA: (Acariciándole la mejilla con cinismo) ¿Y no crees que sería capaz de meterse con tu mujer si yo le coqueteara un poquito?
MATEO: ¡Jamás! Es el tipo más sano y leal del mundo. No tiene esa malicia.
En ese preciso instante, mientras Mateo defendía a su amigo, yo sentía el semen de Esteban todavía escurriéndome lentamente por la entrepierna. Tuve que morderme el labio para no soltar la carcajada.
Pero la clandestinidad ya me aburría. Cité a Esteban a las cuatro de la tarde en mi cuarto. Lo puse a darme por detrás en cuatro patas, sintiendo cómo su manguerón entraba y salía con un sonido húmedo (¡Ploc, ploc, ploc!). Con la mano libre, agarré el celular de la mesa de noche y le escribí a Mateo: "Amor, ven ya al apartamento que te tengo una sorpresa...". Dejé la puerta entreabierta.

Diez minutos después, Mateo abrió la puerta de par en par. Nos vio en seco: su mejor amigo enterrándome la verga hasta el fondo mientras yo me agarraba de la cabecera.

Esteban sacó el miembro de un tirón asustado (¡Chlak!) y empezó a ponerse los pantalones temblando, pálido. Mateo se desplomó en el piso, rompiendo en un llanto patético.
MATEO: (Con la voz rota y los mocos afuera) ¡Los vi! ¡Con mi hermano de la vida! ¡Me destruiste, Camila! ¡Me mataron los dos!
Me levanté de la cama sin afán, acomodándome el baby doll transparente, y me acerqué a él despacio, poniendo mi mejor cara de gata mansa. Me arrodillé a su lado en el piso y lo rodeé con los brazos, hablándole consentido:
CAMILA: Ay, mi amor, no llores así... Ven, mírame, no te me pongas así, mi cielo. No es lo que estás pensando, no exageres las cosas...
MATEO: (Limpiándose las lágrimas, gritando con rabia) ¡¿Cómo no va a ser lo que pienso?! ¡Te la estaba metiendo en mi cara!
CAMILA: (Susurrándole al oído, dándole besitos suaves en la mejilla) Escúchame, mi vida... Él fue el que me buscó, mi amor. Él me acorraló y me tentó porque es un falso de lo peor. Pero te hice un favor, mi cielo... así te das cuenta de la clase de basura que tenías por amigo. Yo solo me dejé llevar un poquito, pero te juro que mientras él me lo estaba haciendo, mientras ese enorme pene entraba y salió yo en el único que estaba pensando era en ti...
MATEO: (Dudando, con la respiración entrecortada) Pero... pero te vi la cara... estabas gimiendo...
CAMILA: (Haciéndole un puchero consentido, sobándole el pecho por debajo de la camiseta) Fue una bobada sin importancia, mi rey. Tú sabes que el único dueño de mi cuerpo y de mi corazón eres tú. Perdóname, ¿sí? Te prometo que esta va a ser la última vez... Ven, acuéstate conmigo en la cama, déjame hacerte un cariñito y se te pasa todo...
Y el idiota cedió. Guiado por mi voz dulce y el miedo a perderme, se arrastró conmigo a la cama, abrazándose a mi cintura mientras lloriqueaba en mi pecho. Lo acaricié en silencio mientras olía a su amigo en las cobijas, sonriendo al comprobar que la coquetería podía doblegar a cualquiera.
Acababa de inaugurar mi fetiche pero el mejor amigo de la infancia era solo la primera pieza de dominó en caer. La verdadera traición estaba por golpear donde más le dolía
Llevo seis años con Mateo. Si lo ves por fuera, parece la pareja ideal: un tipo inteligente, trabajador, con sus gafas de nerd y una aura de inocencia que a cualquiera le daría ternura. Pero la verdad es que cuando lo conocí, Mateo no tenía ni idea de cómo tocar a una mujer, era un tipo que no sabía ni agarrarme la mano sin ponerse rojo como un tomate. Por eso me gustó: era un virgen que tenía a mis pies para satisfacer mi fetiche.
Y entonces apareció Esteban.
Mateo me lo presentó una tarde como su «hermano de la vida», ese amigo inseparable con el que creció compartiendo absolutamente todo desde la infancia. Para mí, Esteban era un desastre a simple vista: feíto, ordinario, chambón para vestirse y con una timidez que me daba cierta risa. Pero hurgando disimuladamente en las conversaciones de Mateo, descubrí el premio mayor: el muy pendejo de Esteban tampoco había tocado a una mujer en su vida. Tenía veinte años y seguía invicto.
«Saber que este feo nunca había estado con nadie me encendió la vagina de inmediato», pensé esa noche mientras miraba el techo de mi cuarto. «Llevan toda la vida dándose palmaditas en la espalda, jugando videojuegos y haciéndose la paja solos. Yo le iba a enseñar a este güevón lo que es una mujer de verdad, y lo iba a hacer a costa de la lealtad sagrada que le tiene a su 'hermano'».
A los días siguientes empecé la cacería por WhatsApp. Le pedí el número a Esteban con la excusa de organizar una fiesta sorpresa para Mateo. Al principio mis mensajes eran suaves, para ganarme su confianza:
CAMILA: Hola Esteban, ¿cómo estás? Oye, me dio pena no hablar casi el otro día. Le pedí tu número a Mateo con la excusa de organizar su cumple, pero la verdad quería saludarte a ti.
ESTEBAN: Hola Camila, bien gracias. Ah sí, tranquilo, lo que necesites para el cumple de Mateo me avisas, ese man es como mi hermano.
Ahí empecé a meterle la coquetería sutil, probando qué tanto aguantaba:
CAMILA: Tan lindo tú tan pendiente de tu amigo... Pero ve, te confieso algo: te vi ese día y me pareciste súper lindo. Te ves todo serio pero apuesto a que eres un peligro.
ESTEBAN: Jajaja no nada que ver, yo soy sano. Además tú eres la novia de Mateo, no digas eso.
CAMILA: ¿Y qué tiene? ¿Acaso no le puedo decir a un hombre simpático que me gusta? A mí me encantan los hombres así como tú, no tan tranquilitos como Mateo... A veces me dan ganas de estar con alguien que sí sepa cómo tratar a una mujer.
ESTEBAN: Camila, de verdad no me escribas eso. Mateo es mi mejor amigo de la infancia, yo a ese man no le fallaría nunca.
Ese intento de hacerse el leal fue la chispa que me faltaba. Busqué la foto más perversa que tenía: un plano medio en la cama, en una tanga mostrándole las tetas .

CAMILA:Mírame y dime si vas a seguir haciéndote el santico... ¿Me vas a decir que no te mueres por probar lo que tu 'hermano' prueba todos los días?
ESTEBAN: Uff... Hijueputa, Camila... Qué es eso... No juegues así conmigo.
CAMILA: No estoy jugando, mi amor. Hoy Mateo trabaja hasta tarde y mi apartamento está solo. Si tienes pantalones para estrenar esa verga con una mujer de verdad, te espero a las 3:00 PM. Trae la boca dispuesta.
Cuando llegó, estaba temblando como una hoja. Le serví un vaso de agua para calmarle los nervios, notando sus manos sudadas por el pánico de estar traicionando a su hermano de la vida. Me le senté en las piernas, rozándole el pantalón hasta sentir cómo se le ponía la carne dura. No le di más tiempo de pensar. Cerré la puerta, lo acorralé contra la pared, le bajé el cierre del jean y me llevé la gran sorpresa: a pesar de ser feo y sin gracia, Esteban tenía guardado un manguerón de más de veinte centímetros, grueso, venoso y pesado.

Me arrodillé despacio frente a él, mirándolo fijamente desde abajo con los ojos entreabiertos. Pasé mi lengua por toda la cabeza morada y luego fui descendiendo hasta sus testículos. ¡Slurp, slurp! Se la metí entera en la boca hasta sentir que la garganta se me abría al límite. ¡Gug, gug!




ESTEBAN: (Gimiendo torpe, clavándome las manos en el cabello con una desesperación bruta) ¡Uff, hijueputa... Camila, qué es esto! ¡Dios mío, estás deliciosa!
CAMILA: (Tragándome esa carne caliente, mirando cómo le temblaban las piernas) Dime una cosa... ¿tú con cuántas mujeres has estado antes de esto?
ESTEBAN: (Respirando agitado, con los ojos desorbitados por el placer) ¡Con ninguna! ¡Tú vas a ser la primera... la primera mujer en mi vida, Camila!
CAMILA: (Con una sonrisa perversa, hablando con su verga pegada a mis labios) Uy, qué rico... qué delicia saber que soy la primera para ti. Qué bueno, porque semejante palancota se estaba desperdiciando... Te cuento un secreto: la tienes muchísimo más grande y más gruesa que tu amigo Mateo... Este manguerón sí es de un hombre de verdad.
Eso terminó de volverlo loco. Lo llevé a la cama y lo puse a darme en cuatro patas. La penetración fue una embestida salvaje; la piel de mis nalgas chocaba contra sus muslos con un sonido seco (¡Plak, plak, plak!). Esteban embestía sin ritmo, llevado únicamente por la excitación animal de estar desflorándose con la mujer de su mejor amigo (¡Ah, ah, ah! ¡Gump, gump, plaf!).

CAMILA: (Gimiendo descontrolada, sintiendo cómo esa masa me abría por dentro) ¡Eso, miamor, empújala toda! ¡Dale duro! ¿No te gusta disfrutar a la novia de tu mejor amigo? ¡Dime si no te encanta metérmela así!
ESTEBAN: (Gruñendo como una fiera, agarrándome duro de las caderas) ¡Sí, hijueputa! ¡Dios mío, qué mujer! ¡No puedo creer lo que me estaba perdiendo, estás muy buena!
CAMILA: (Sintiendo un orgasmo brutal de solo ver cómo caía en mis enredos) ¡Eso, lléname! ¡Vente adentro, ven y lléname toda! ¡Vente en la mujer de tu hermano!
Con un rugido ahogado, Esteban se vino dentro de mí, dejando salir un chorro caliente y espeso que me hizo vibrar hasta los huesos. Ver a ese tipo destruyendo su lealtad de años en mi cama me dio un orgasmo de puro poder.

Durante las semanas siguientes, esto se convirtió en una rutina deliciosa. Me comía a Esteban tres o cuatro veces por semana. Le sacaba el cuerpo a Mateo inventando dolores de cabeza o reuniones imaginarias. Muchas veces no me lavaba antes de que Mateo llegara del trabajo, sintiendo el morbo supremo de que mi novio me besara el cuello o me abrazara oliendo todavía al semen y al sudor de su mejor amigo.
El morbo alcanzó su punto máximo una noche en que cenaba con Mateo en la sala de mi casa:
CAMILA: (Sirviéndole el jugo con una sonrisa dulce) Oye, mi amor... ¿y tu amigo Esteban qué? ¿Sí son tan leales como tú dices?
MATEO: (Mirándome con una inocencia que me daba risa) Uff, claro, mi vida. Esteban es mi hermano de la vida, pongo las manos en el fuego por él. Ese man jamás me fallaría.
CAMILA: (Acariciándole la mejilla con cinismo) ¿Y no crees que sería capaz de meterse con tu mujer si yo le coqueteara un poquito?
MATEO: ¡Jamás! Es el tipo más sano y leal del mundo. No tiene esa malicia.
En ese preciso instante, mientras Mateo defendía a su amigo, yo sentía el semen de Esteban todavía escurriéndome lentamente por la entrepierna. Tuve que morderme el labio para no soltar la carcajada.
Pero la clandestinidad ya me aburría. Cité a Esteban a las cuatro de la tarde en mi cuarto. Lo puse a darme por detrás en cuatro patas, sintiendo cómo su manguerón entraba y salía con un sonido húmedo (¡Ploc, ploc, ploc!). Con la mano libre, agarré el celular de la mesa de noche y le escribí a Mateo: "Amor, ven ya al apartamento que te tengo una sorpresa...". Dejé la puerta entreabierta.

Diez minutos después, Mateo abrió la puerta de par en par. Nos vio en seco: su mejor amigo enterrándome la verga hasta el fondo mientras yo me agarraba de la cabecera.

Esteban sacó el miembro de un tirón asustado (¡Chlak!) y empezó a ponerse los pantalones temblando, pálido. Mateo se desplomó en el piso, rompiendo en un llanto patético.
MATEO: (Con la voz rota y los mocos afuera) ¡Los vi! ¡Con mi hermano de la vida! ¡Me destruiste, Camila! ¡Me mataron los dos!
Me levanté de la cama sin afán, acomodándome el baby doll transparente, y me acerqué a él despacio, poniendo mi mejor cara de gata mansa. Me arrodillé a su lado en el piso y lo rodeé con los brazos, hablándole consentido:
CAMILA: Ay, mi amor, no llores así... Ven, mírame, no te me pongas así, mi cielo. No es lo que estás pensando, no exageres las cosas...
MATEO: (Limpiándose las lágrimas, gritando con rabia) ¡¿Cómo no va a ser lo que pienso?! ¡Te la estaba metiendo en mi cara!
CAMILA: (Susurrándole al oído, dándole besitos suaves en la mejilla) Escúchame, mi vida... Él fue el que me buscó, mi amor. Él me acorraló y me tentó porque es un falso de lo peor. Pero te hice un favor, mi cielo... así te das cuenta de la clase de basura que tenías por amigo. Yo solo me dejé llevar un poquito, pero te juro que mientras él me lo estaba haciendo, mientras ese enorme pene entraba y salió yo en el único que estaba pensando era en ti...
MATEO: (Dudando, con la respiración entrecortada) Pero... pero te vi la cara... estabas gimiendo...
CAMILA: (Haciéndole un puchero consentido, sobándole el pecho por debajo de la camiseta) Fue una bobada sin importancia, mi rey. Tú sabes que el único dueño de mi cuerpo y de mi corazón eres tú. Perdóname, ¿sí? Te prometo que esta va a ser la última vez... Ven, acuéstate conmigo en la cama, déjame hacerte un cariñito y se te pasa todo...
Y el idiota cedió. Guiado por mi voz dulce y el miedo a perderme, se arrastró conmigo a la cama, abrazándose a mi cintura mientras lloriqueaba en mi pecho. Lo acaricié en silencio mientras olía a su amigo en las cobijas, sonriendo al comprobar que la coquetería podía doblegar a cualquiera.
Acababa de inaugurar mi fetiche pero el mejor amigo de la infancia era solo la primera pieza de dominó en caer. La verdadera traición estaba por golpear donde más le dolía
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