You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

haciendo mujer a mi hija

El sol de la tarde se filtraba por la ventana del segundo piso, proyectando un rectángulo dorado sobre la alfombra mullida. El aire olía a laca para el cabello y a la fragancia floral barata que Valeria se había rociado en el cuello, un aroma dulzón que prometía inocencia y que, sin embargo, encendía una chispa peligrosa en la penumbra de la habitación contigua. Valeria, con sus quince años recién cumplidos, se miraba en el espejo de cuerpo entero. La imagen que devolvía era la de una niña al borde de la mujer, un torbellino de contradicciones. Su rostro, de piel clara y pareja, mantenía una expresión de tranquila concentración. Los ojos medianos, de un marrón oscuro y profundo, se estudiaban con una seriedad que no conocía la malicia. Las cejas, bien definidas y de grosor medio, enmarcaban una mirada directa, aún limpia de dobles intenciones. 

haciendo mujer a mi hija
La nariz, recta y fina, y los labios de grosor medio que se curvaban en una sonrisa amplia y natural al ensayar su saludo, dejando ver el borde de sus dientes superiores, blancos y perfectos. Su cuerpo era una promesa apenas esbozada. Bajo el vestido ligero que había elegido, se adivinaba una figura delgada pero firme. Pequeñas tetas, duras y apenas insinuadas, que no necesitaban sujetador y que se marcaban contra la tela de algodón. Un culito de niña, redondo y pequeño, que se movía con una ligereza inconsciente al girar para verse de perfil. Sus piernas, muy delgadas pero torneadas por los años de gimnasia rítmica, terminaban en unos pies calzados con zapatos de tacón bajo que había tomado prestados del armario de su madre. Pero fue la visión de las medias de malla lo que lo rompió todo. Las había encontrado en un cajón del baño, un paquete aún sellado de un tono beige que prometía suavidad y brillo. Las había puesto con manos temblorosas por la emoción, sintiendo el nailon deslizarse por sus pantorrillas, por sus muslos, hasta ajustarse a la perfección en su cintura. Al mirarse ahora, el reflejo era otro. La luz jugaba en la textura de la malla, creando un brillo sutil que parecía pintar sus piernas de una luz líquida.
incestoSu cuerpo, antes el de una niña, se transformaba bajo esa segunda piel en algo más... definido. Más suave. Más tocable. En la penumbra del pasillo, Andrés, su padre, se había detenido en seco. Había subido a llamarla para que se apresurara, con la llave del coche en la mano. Pero la voz se le había secado en la garganta. La vio de espaldas, inclinándose ligeramente para ajustarse el dobladillo del vestido. Las medias de malla cubrían sus piernas hasta medio muslo, marcando una línea perfecta contra la piel desnuda. La luz dorada del atardecer las teñía de un tono ámbar, y su delgadez, su juventud, la vulnerabilidad de esa postura, golpearon a Andrés con una fuerza visceral que le cortó la respiración. Era su hija. Su pequeña. La había visto crecer, la había cargado en brazos, le había curado las rodillas raspadas. Pero en ese instante, la imagen que se proyectaba en su retina no era la de su niña. Era la de un cuerpo joven, terso, vestido para otro hombre. Para un chico de su edad que la esperaba en la puerta con un ramo de flores baratas. Y algo primitivo, oscuro y absolutamente prohibido se retorció en el estómago de Andrés. Ella se giró al oír el crujido del suelo.

padre e hija
Sus ojos marrones se abrieron con una mezcla de sorpresa y placer. —¿Papá? ¿Qué te parece? ¿Me queda bien? —preguntó con una sonrisa amplia, genuina, todavía inocente al poder que desataba. Andrés no respondió. Cerró la puerta de la habitación detrás de él con un clic suave y definitivo. El sonido fue como un trueno en el silencio. Valeria frunció el ceño, confundida. —¿Papá? —Ven aquí —dijo él, y su voz sonó ronca, extraña, no era la voz que usaba para pedirle que bajara la música o para preguntarle por las notas. Valeria dio un paso hacia él, obedeciendo por inercia, con una sonrisa aún bailando en sus labios. El sol la iluminaba de frente, haciendo que las medias de malla brillaran como si estuvieran mojadas. Andrés alargó una mano y tocó la tela en su muslo. El nailon era suave, casi líquido. Ella dio un pequeño respingo, no por el dolor, sino por la sorpresa del contacto. —¿Te gustan? —susurró ella, interpretando mal el gesto como aprobación. —Demasiado —murmuró él. Y entonces la besó. No fue un beso de padre. Fue un beso de hombre, posesivo, con la lengua buscando la suya. Valeria se quedó petrificada un segundo, el shock congelando sus músculos. Luego un gemido sofocado, de protesta o de confusión, se ahogó en su garganta. Sus manos, pequeñas y aún con el esmalte rosa que se había pintado para la cita, empujaron débilmente contra su pecho. —Papá, no... —alcanzó a decir cuando él separó sus labios por un instante. —Cállate —ordenó él, y la besó de nuevo, más duro, mientras sus manos bajaban de sus hombros a su cintura, deslizándose por la curva de sus caderas sobre la malla. Valeria sintió cómo las manos de su padre, grandes y ásperas, se metían bajo el vestido, tirando de la cintura de las medias. El nailon se tensó y luego cedió con un desgarro agudo.

sexo duro

El aire frío de la habitación le golpeó la piel de los muslos. Un sollozo se le escapó, pero él ya la había levantado, con una fuerza que ella no le conocía, y la había depositado sobre la cama. La espalda de Valeria golpeó el edredón. Sus piernas, aún cubiertas por las medias rotas, colgaban del borde. Andrés se quitó el cinturón, el sonido del metal resonando como un látigo. La miró desde arriba, con los ojos inyectados en sangre, viendo cómo el vestido se le había subido hasta el vientre, dejando al descubierto sus braguitas de algodón blanco, absurdamente infantiles contra el brillo de la malla. —No... por favor... tengo que irme... —balbuceó Valeria, con lágrimas empezando a cristalizar en sus ojos. —No vas a ir a ninguna parte —gruñó él, bajándose los pantalones y

jovencita
...bajándose los pantalones y los calzoncillos en un solo movimiento brusco, dejando al descubierto su miembro erecto, duro, con las venas marcadas y la punta enrojecida, hinchada de deseo. Valeria lo vio y un gemido de terror se le escapó, intentando retroceder en la cama, pero él ya estaba sobre ella, sus rodillas en el colchón a ambos lados de sus caderas, inmovilizándola. —No, papá, por favor, no hagas esto —suplicó ella, con la voz quebrada, las lágrimas rodando por sus mejillas. Andrés no escuchaba. Todo su mundo se había reducido a ese momento, al calor que emanaba de su cuerpo y al olor a jazmín barato mezclado con su sudor adolescente. Le agarró las braguitas de algodón blanco con ambas manos y las rasgó sin esfuerzo, el tejido cediendo como papel mojado

haciendo mujer a mi hija
El vello púbico de Valeria, apenas un pequeño triángulo oscuro, quedó expuesto a la luz. —Dios, mira lo que tienes —jadeó él, pasando un dedo por la rendija de su sexo, sintiendo la humedad que la confusión y el miedo habían comenzado a generar contra su voluntad. Valeria apretó los muslos, pero él los separó con fuerza, una mano en cada rodilla, abriéndola por completo. El vestido se le había arremolinado alrededor del cuello, dejándola prácticamente desnuda salvo por las medias rotas que colgaban de sus tobillos. Sus pechos pequeños, con los pezones endurecidos por el pánico, se alzaban y caían con cada sollozo. —Mírame —ordenó él, colocándose entre sus piernas. Ella obedeció por puro instinto de supervivencia, sus ojos marrones empañados encontrándose con los de su padre. Él se inclinó, tomando su rostro con una mano, y la besó de nuevo, más suave esta vez, casi tierno, mientras su otra mano guiaba su miembro hacia su entrada. La punta rozó su clítoris, pequeño y escondido entre los labios, y Valeria arqueó la espalda involuntariamente. —Esto no va a doler si te relajas —murmuró él contra su boca, y luego empujó.

incesto
La cabeza de su pene penetró lentamente, abriéndose paso a través de la resistencia. Valeria jadeó, un sonido agudo y animal, sus dedos aferrándose al edredón. La sensación era abrumadora: una presión ardiente, un estiramiento que la llenaba por completo. Él se detuvo un momento, sintiendo el calor húmedo que la envolvía, apretándose alrededor de él. —Tan apretada... —siseó Andrés, los ojos en blanco por un instante. Luego comenzó a moverse. Lento al principio, retirándose casi por completo antes de volver a hundirse, cada embestida más profunda que la anterior. Valeria gemía, no de placer, sino de confusión absoluta, su cuerpo traicionándola al responder al ritmo que él imponía. Sus caderas se movían sin su permiso, un impulso primitivo que no entendía. —Mira cómo te abro, cómo te lleno —gruñó él, acelerando el ritmo, sus dedos clavándose en sus muslos con fuerza suficiente para dejar marcas. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, húmedo y rítmico. Las medias de malla, rotas y arrugadas, colgaban de sus tobillos, frotándose contra la cintura de Andrés con cada embestida. El colchón chirriaba bajo el peso de ambos, y el cabecero golpeaba la pared con un ritmo cada vez más frenético. Valeria cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran de lado, sintiendo cómo algo dentro de ella se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. La mano de su padre encontró su pecho, pequeño y firme, y lo apretó con rudeza, el pezón sobresaliendo entre sus dedos. —Abre los ojos —exigió él, deteniéndose un instante, enterrado hasta el fondo en ella—. Quiero que veas quién te está haciendo esto. Ella los abrió, y vio su rostro, contorsionado por una mezcla de lujuria y algo más oscuro, algo que nunca había visto antes. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en un abismo que ella no podía comprender. Él sonrió, una mueca cruel, y comenzó a moverse de nuevo, esta vez más duro, más rápido, sin piedad. —Vas a venirte conmigo, hija —jadeó, su aliento caliente en su oído—.

padre e hija
Vas a sentir cómo tu padre te llena hasta el fondo. Las embestidas se volvieron erráticas, desesperadas. Valeria sintió una presión creciente en su bajo vientre, algo que se acumulaba contra su voluntad, un calor que no sabía si era placer o pura biología. Su cuerpo se tensó, arqueándose contra él, y un grito se le escapó cuando el orgasmo la golpeó, involuntario y devastador, sus paredes internas contrayéndose alrededor de su miembro. Andrés rugió, un sonido animal y gutural, y con tres embestidas finales se enterró por completo, vaciándose dentro de ella con un espasmo violento. Valeria sintió el calor de su semen inundándola, un líquido espeso que se desbordaba por los bordes de su entrada, manchando el edredón. Él se quedó sobre ella un largo momento, jadeando, su peso aplastándola contra el colchón. Luego se retiró, su miembro flácido y cubierto de una mezcla de fluidos, y se dejó caer a su lado. Valeria permaneció inmóvil, las piernas abiertas, el vestido arrugado alrededor de su cuello, las medias colgando de sus tobillos como un recordatorio grotesco de cómo había empezado todo. El semen goteaba lentamente de su interior, formando un charco diminuto sobre la tela. —Ve a ducharte —dijo Andrés, con la voz plana, sin mirarla—

sexo duro
Y ponte algo más decente. La cita... cancélala. Ella no respondió. Se incorporó lentamente, sintiendo un dolor sordo entre las piernas, y se levantó con movimientos mecánicos. Sus manos temblaban mientras se bajaba las medias rotas y las dejaba caer al suelo. Caminó hacia el baño sin mirar atrás, cada paso un recordatorio de lo que acababa de ocurrir. La puerta del baño se cerró con un clic. El sonido del agua corriendo llenó el silencio. Y Andrés, con la mirada perdida en el techo, se llevó una mano a la cara y se frotó los ojos, preguntándose si lo que había visto en el reflejo del espejo al entrar era realmente a su hija, o a la mujer en la que se estaba convirtiendo bajo sus propias manos.

jovencita

0 comentarios - haciendo mujer a mi hija