Mi madre Elena, la mujer que me dio la vida y que durante años se creyó a salvo en su papel de madre soltera y la dueña de la casa que se creía intocable.
Durante años se paseó por pasillos y habitaciones en toalla, en bikini o con tops ajustados, creyendo que yo seguía siendo el nene inocente al que crió solita tras separarse de mi viejo.
Físicamente es un monumento de milf madura, tiene una piel blanca, unas tetas enormes y pesadas que desafían la gravedad con pezones oscuros que se le ponen duros al menor contacto, y una cadera ancha y dispuesta que ahora solo sirve para recibir mis embestidas.
Desde que mi viejo la dejó hace 25 años, se volcó por completo a criarme, encerrándose en una rutina de madre.
Vivía tan concentrada en su soledad y en mí que jamás volvió a formar pareja, guardando sus juguetes sexuales en el placard como un sucio secreto que yo ya conocía de memoria.
Abajo de esa fachada de señora pulcra y respetable, escondía a la perra más insaciable, una mujer rota por años de soledad que, en cuanto sintió la verga de su propio hijo rompiéndole el orto y la concha, hizo un cortocircuito moral para entregarse por completo, suplicar por más leche y convertirse en mi puta personal.
Dejó de ser la señora respetable para convertirse en la puta que ruega y suplica por mas, descubriendo que el niño que vio crecer ahora es el único macho capaz de reventarle el culo y dejarla empapada de mi semen.
Hoy, esa inocencia descuidada se rompió para siempre.

Elena siempre había tenido esa confianza ciega conmigo, una mezcla de descuido maternal y la costumbre de vivir bajo el mismo techo durante tantos años.
Desde que se separó de mi padre, hace ya dos décadas, se volcó por completo a criarme.
Para ella, yo seguía siendo ese chico inocente, el niño de la casa, y por eso nunca se midió.
Era habitual verla caminar por los pasillos en toalla, o dando vueltas por el living en ropa interior mientras buscaba qué ponerse.
En los días de intenso calor, andaba por ahí en un top ajustado o directamente en bikini, dejando sus tetas bien a la vista, sin percatarse de que el tiempo había pasado y que yo ya no la miraba con ojos de nene.
Estaba tan sola, tan enfocada en nosotros, que jamás volvió a formar una pareja, aunque yo, en mis silenciosas recorridas, más de una vez había encontrado sus juguetes sexuales escondidos en el placard, un secreto que guardé muy bien.
Pero toda esa inocencia descuidada estaba a punto de terminarse.
Hoy iba a entender que el niño creció, que soy un hombre, un macho alfa que ella misma alimentó y vio crecer.
Y que ahora, finalmente, iba a ser mía.
Entré a su habitación sin golpear.
En ese mismo instante, la puerta del baño se abrió y Elena salió envuelta en vapor, con una toalla en el pelo y sosteniendo la toalla a duras penas con las manos.
Al levantar la vista y encontrarme parado en medio de su cuarto, dio un salto del susto.
El movimiento brusco hizo que la toalla se le resbalara por completo de las manos, cayendo al suelo de un solo golpe.
Quedó totalmente desnuda adelante mío.
Mi mirada la recorrió de arriba abajo sin el más mínimo pudor.
Su cuerpo era una obra de arte completamente distinta a la de su hermana Elisa, pero igual de sabrosa, hermosa y tentadora.
Elena tenía una piel más madura, de un tono cálido, y unas tetas generosas que desafiaban la gravedad, coronadas por unas aureolas oscuras que se encogieron al instante por el frío y la vergüenza.
Su cintura era marcada, y la pelvis exhibía un monte de venus perfectamente cuidado.
Al darse cuenta de su total desnudez, reaccionó con un intento inútil y desesperado: cruzó los brazos sobre el pecho para tapar sus tetas y bajando una mano hacia su vagina, temblando, completamente expuesta y vulnerable ante mis ojos fijos.
— ¡Ay, por Dios, mi amor! ¡Qué hacés acá adentro!. Gritó Elena, poniéndose roja al instante mientras cruzaba los brazos sobre el pecho en un intento inútil por tapar sus tetas generosas, mientras bajaba una mano a las apuradas para cubrirse la pelvis.
No me moví.
Me quedé mirándola fijamente, devorando cada centímetro de esa carne madura que nunca había tenido tan cerca.
Era un cuerpo distinto al de su hermana Elisa, Elena tenía la piel más clara, casi transparente, con unas tetas pesadas que desbordaban la presión de sus manos y una cadera ancha, marcada por el paso de los años pero increíblemente tentadora.
— Vine a hablar. Parece que elegí el mejor momento del día para hacerlo. Le dije con una voz tranquila.
— ¡Date vuelta, Amor! ¡Por favor, no me mires! ¡Soy tu madrastra, es una falta de respeto!. Me suplicó, temblando de los nervios, mientras intentaba agacharse para agarrar la toalla sin descuidar sus partes íntimas.
— Ya es tarde. Además, vos siempre te paseás por la casa como si yo fuera invisible. Ahora bancate que te mire como el hombre que soy. Le solté.
— ¡Pero sos mi niño, mi vida... esto está mal! ¡Salí del cuarto!. Balbuceó ella, con la voz quebrada por una mezcla de vergüenza profunda y una tensión que empezaba a espesar el aire de la habitación.
— Los niño no miran a sus madrastras como te estoy mirando yo ahora. Mirate cómo estás... estás completamente desnuda toda delante mío. Le dije, parándome lentamente de la cama para acortar la distancia, disfrutando de cómo sus ojos se abrían con terror y fascinación.
— ¡Por favor... te lo pido por lo que más quieras, andate! ¡No me hagas esto, me muero de la vergüenza!. Me rogó, completamente expuesta y sin saber dónde meterse bajo mi mirada de cazador.

Me acerqué rápidamente y, antes de que pudiera reaccionar, la agarré con fuerza de un brazo.
Elena soltó un pequeño grito de sorpresa mientras la arrastraba un par de pasos y la tiraba de lleno sobre la cama.
El cuerpo de Elena rebotó de espaldas contra el colchón, sacudiendo sus tetas generosas y dejando sus piernas totalmente abiertas ante mi vista.
Intentó juntar las piernas a las apuradas para cubrirse, pero me abalancé sobre la cama, me ubiqué entre sus muslos y se las abrí de un tirón seco, dejándola completamente a mi merced.
— ¡¿Qué vas a hacer, amor mío?! ¡Por favor, mirame! ¡Todavía estamos a tiempo de parar esto! Me suplicó con los ojos desorbitados por el pánico.
— Callate la boca y quedate quieta. Le ordené.
— ¡Escuchame, mi vida... si te vas ahora de la habitación, te juro por Dios que vamos a fingir que esto nunca pasó! ¡No le voy a decir nada a nadie, pero andate ya! Me rogó.
— Vos no estás en posición de exigir nada, Elena. Le solté con una sonrisa fría, disfrutando de su total vulnerabilidad.
— ¡Por favor, cariño! ¡Somos familia, esto no puede terminar así! Balbuceó ella, agitando el pecho agitado mientras intentaba liberarse de mi agarre.
— Ya es tarde para discursos. Le dije sin un gramo de piedad.
No le hice caso y le clavé la lengua directo en la vagina, recorriéndola de abajo hacia arriba con una pasada húmeda y firme.
Elena pegó un brinco en el colchón y soltó un gemido agudo que no pudo contener, arqueando la espalda por completo.
El sabor de su vagina era increíblemente intenso, una mezcla de humedad, calor y el jabón del baño que me voló la cabeza al instante. No podía creer que finalmente estaba saboreando a la MILF de la casa.
— ¡Ah... por Dios! ¡No me hagas esto, mi amor... mmm! Gritó entrecortado, mientras sus manos bajaban a mi cabeza pero en lugar de empujarme, terminaban clavando los dedos en mi pelo.
— Decías que estaba mal y mirate cómo gemís como una puta. Le dije con desprecio y superioridad, saboreando cada gota de su lubricación.
— ¡Es que... mmm... es una locura! Se le escapó en un lamento ahogado, abriendo más las piernas de forma inconsciente.
— ¡P-por favor, a-amor mío... p-pará... mmm... m-me vas a volver l-loca, a-ay... n-no puedo más, mi vida... ah, ah! Balbuceó entre gemidos descontrolados, tartamudeando de pura excitación mientras su cuerpo se sacudía sin poder frenar la ola de placer que la devoraba.
— Acabá para mí, perra. Le exigí, dándole el empujón final con la lengua.
— ¡Aaah... amor mío! Gritó deshecha, entregándose por completo a la intensidad del orgasmo.
Elena terminó explotando en un orgasmo sofocante, convulsionando en la cama mientras su vagina me bañaba la boca entera.
Me separé despacio, limpiándome los labios con el dorso de la mano mientras la miraba respirar agitada, totalmente destruida y sometida a mis pies.
— Mirate cómo quedaste. Le dije con una voz fría y posesiva, disfrutando de ver cómo sus ojos me buscaban con absoluta entrega.
Quedó ahí tirada, con el pecho subiendo y bajando violentamente, ahogándose entre espasmos y gemidos débiles que no podía contener.
Llevó sus manos temblorosas hacia su cara, tapándose los ojos y las mejillas ardientes en un intento desesperado por ocultar la vergüenza, buscando tapar el hecho de que había terminado convertida en una puta sumisa que acababa de recibir el mejor orgasmo de su vida en años.
Me sentí invadido por una ola de orgullo puro y victorioso, saboreando el éxito de haber quebrado a la mujer que me vio crecer.
Pero al contemplar su cuerpo desnudo y rendido sobre el colchón, supe que esto era solo el inicio, el juego recién comenzaba y el verdadero banquete estaba por empezar.

Quedó un segundo tirada en la cama, recuperando el aire con el pecho subiendo y bajando con violencia mientras intentaba recuperar el aliento, con los ojos todavía vidriosos por el impacto del orgasmo.
Hasta que decidió levantarse a duras penas, tambaleándose de lo exhausta y agitada que estaba.
Agarró una sábana hecha un bollo para taparse mal las vergüenzas mientras se encaminaba apurada hacia la puerta de salida, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, me levanté de un salto y la agarré con fuerza del brazo para frenarla en seco.
— ¿A dónde pensás que vas? Todavía no terminamos. Le dije tironeándola hacia mí para plantarle un beso.
Mientras intentaba zafarse, me empujaba el pecho con sus manos temblando inútilmente, tratando de apartarme.
Pero le encajé los labios con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta, al principio se resistía, pero de a poco su resistencia se fue desvaneciendo hasta que se dejó llevar por completo.
Me empezó a corresponder el beso con desesperación, olvidándose por completo de que yo era su hijo, sintiendo y saboreando en ese instante a un hombre, a su macho de verdad, hasta que le saqué la lengua y un hilo espeso de baba unió nuestros labios en medio de la penumbra de la habitación.
— ¡N-no... por favor, esto es una locura! Balbuceó ella con la voz temblorosa, intentando zafarse de nuevo mientras la empujaba hacia el colchón.
— Callate y haceme caso, que ahora vas a probar lo que es un verdadero hombre adentro tuyo. Le ordené dándola vuelta sin piedad.
La acomodé boca abajo contra el borde de la cama, dejándole las piernas apoyadas en el piso y la mitad del cuerpo sobre las sábanas, con el culo bien levantado y la cara hundida contra el colchón.
— ¡¿Q-qué vas a hacer ahora?! ¡Por favor, te lo suplico, pará con esto que no podemos seguir! Me rogó, temblando de pánico mientras intentaba cerrar las piernas.
— ¿Qué te pasa, te hacés la santa ahora? Le solté con una risa fría y burlona directo en la nuca.
— ¡Estás loco, soltame! ¡Yo no hice nada... a-ah! Gritó avergonzada cuando le apoyé la mano en la cintura y le separé las nalgas a la fuerza.
— No te hagas la tonta si te vi mil veces paseándote en ropa interior por el pasillo, dejando las puertas entreabiertas a propósito. Le recordé restregándole la verga dura contra la entrada de la concha.
— ¡No es verdad... por favor te lo pido, no digas... mmmh! Balbuceó negándolo todo con una timidez patética y tonta mientras intentaba adelantarse en la cama.
— Y ni hablemos de las veces que te encontré los juguetes vibradores mal escondidos en el cajón, pidiendo a gritos que alguien te sacuda como la puta que sos. Le susurré apretándole una nalga con saña.
— ¡Basta... te juro que no sé de qué me hablás... ay, por Dios, mi propio hijo... no me hagas esto! Me suplicó.
— Pensar en la vuelta de la vida... la mujer que me parió, la concha de la que salí hace años, y ahora mi verga está a punto de entrar en la vagina que me dio la vida. Le dije sintiendo una adrenalina oscura y enferma recorriéndome las venas.
— ¡N-no... no, por favor... esto está muy mal, soltame! Gritó desesperada al ver cómo mi miembro gigante ya le rozaba los pliegues empapados.
— ¿Y ahora te acordás que soy tu hijo? Pero recién bien que gemías como una perra cuando te comía la concha, ¿no? Le retruqué antes de clavarle la punta de un solo golpe seco.
— ¡Aaaaaah! ¡Hijo, me duele... aiiiih! Soltó un grito de dolor, arqueando la espalda de golpe mientras mi verga le abría.
La vagina la tenía tan cerrada y apretada que me costaba avanzar, se nota que hacía años que ningún hombre le tocaba el cuerpo de esa manera.
— ¡Ay, por favor te lo ruego, sacala, sacala que me... no puedo más... mmmh! Me suplicó mientras apretaba las manos contra el colchón y su vagina me abrazaba la verga con una fuerza tremenda.
— ¡M-mi amor... no... es demasiado grande... no me entra... ay, Dios... aiiih! Gemía entre sollozos, sintiendo cómo el dolor inicial se le iba transformando de a poco en una calentura desesperada.
— ¿Viste cómo tu propio cuerpo pide a gritos una buena cogida de macho? Si hacía rato que te morías de ganas de que te rompan como la puta que sos. Le dije acelerando el ritmo de las embestidas, hundiéndome hasta el fondo.
— ¡S-sí... mmmh... ay, por Dios... no lo puedo creer... cómo me coge mi propio hijo... ay... aiiih! Empezó a decir con la voz quebrada por el placer, perdiendo el poco orgullo que le quedaba.

El cuarto quedó empapado en un olor pesado a transpiración, a sexo acumulado y a las sábanas hechas un bollo arrugado y mojado sobre el colchón. Ella seguía apoyada con medio cuerpo ahí, con las piernas todavía temblandole flojas y mi verga palpitándole adentro, completamente enchastrada con sus propios jugos que le bajaban por los muslos.
— H-hijo, por favor... sacame la verga, ya está, por favor te lo pido... Balbuceó intentando encarnar de golpe su rol de madre, con la voz temblorosa y tartamudeando, de manera totalmente inconsciente, su cuerpo empujaba las caderas hacia atrás para clavarse aún más en mi miembro.
— ¿Qué te pasa? ¿Ahora te acordás de ser mi mama? Le solté con una sonrisa fría, sintiendo cómo sus paredes me estrujaban la verga.
— No quiero que sigas, te lo juro que esto está mal, por favor sacala de ahí... Me suplicó con los ojos llenos de lágrimas, negando con la cabeza mientras se mordía los labios.
— ¿Querés que saque la verga de tu concha? Bien, te la voy a sacar, pero antes vas a tener que ganártela como la puta que sos. Le retruqué agarrándola fuerte de la cintura.
— ¿Qué... qué querés decir con eso? Preguntó ella con la respiración cortada, mirándome de reojo con terror y confusión.
— Si querés que te la saque de la vagina, me vas a tener que rogar de que te rompa el culo. Le exigí restregándole la verga bien adentro.
— ¡Estás loco! ¡¿El culo?! ¡No, por Dios, no me podés pedir semejante barbaridad! Gritó.
— ¿Te parece una locura? Pero bien que tu concha no me deja salir y me pide más. Le retruqué dándole un par de embestidas secas y profundas.
— ¡Aiaaaah! ¡Mmmh, para, para, me duele, te lo suplico... aiiih! Chilló arqueando la espalda, mientras sus gemidos se mezclaban con jadeos de pura calentura.
— No te voy a hacer caso hasta que me ruegues como la perra que sos, ¿entendiste? Le dije apretándole una nalga con tanta fuerza que le dejé los dedos marcados.
— ¡P-por favor... te lo ruego... sacámela de la concha, hacé lo que quieras pero sacala! Suplicó a duras penas, tragándose el orgullo mientras mi verga seguía estirándole los adentros.
— ¿Así me rogás? Todavía no te escuché llamarme como corresponde, perra. Le retruqué dejándole ir un cachetazo seco y sonoro directo en la nalga.
— ¡Ay! ¡Hijo... aiiih! Gimió sorprendida por el golpe, con la cara aplastada contra las sábanas.
Le di una última embestida bestial y me hundí por completo, dejando mi verga metida hasta lo más profundo y recóndito de su vagina.
Mi miembro se alojó por completo en lo más recóndito de su interior, sintiendo cómo mi glande presionaba directamente contra las paredes de su útero mientras el calor abrasador y la presión asfixiante de su carne me estrujaban la pija de punta a punta, haciéndome latir con fuerza en cada rincón de su anatomía.
— ¡Aaaaaah... mmmh... hijo... no... me llenaste toda por dentro, me duele lo hondo que estás... aiiih... dios mío... mmmh! Balbuceaba tartamudeando, con la voz totalmente quebrada y el cuerpo estacado porque mi verga le llenaba cada rincón del útero.
— A mí no me hablás como si fueran tus privilegios de madre, a partir de ahora me tratás como tu amo y tu dueño, ¿te queda claro? Le ordene tirándole del pelo hacia atrás para obligarla a mirarme.
— ¿A-amo? ¿Querés que tu madre te diga amo? Balbuceó patética, con los ojos desorbitados al terminar de procesar que los roles se habían dado vuelta por completo.
— Exacto, o te quedás con la pija adentro todo el día. Decime amo y pedime que te rompa el culo como la puta barata que sos. Le exigí.
— ¡A-amo... por favor, mi amo... te lo ruego! Soltó el primer ruego con la voz quebrada por la humillación, sintiendo la total degradación de su papel de madre.
— Más fuerte, que no se escucha nada, trola. Le ordené dándole otra palmada que le hizo temblar todo el cuerpo.
— ¡Ay, por favor, mi amo... haceme tuya, rompame el orto, rompámelo como a una perra en celo! Suplicó la segunda vez, con la voz empapada de desesperación y un vicio incontrolable.
— ¡H-hijo... ay no, amo... por favor, por lo más sagrado, rompeme el culo, soy tu puta sumisa, meteme la verga en el orto de una vez! Gritó totalmente entregada, con los ojos en blanco y perdiendo los últimos restos de decencia que le quedaban.
— Así me gusta. Le dije antes de sacarle la verga de la vagina de un tirón seco.
Mi verga salió con un sonido húmedo, ruidoso y de succión profunda que hizo que ella se arqueara de golpe mientras soltaba un gemido largo, agudo y lastimero de puro alivio, temblando al sentir el vacío repentino en su interior.
— ¡Aaaaaah... mmmh... ahhh... ay, por fin... dios... mmmh...! Gimió con los ojos cerrados, exhalando todo el aire acumulado.
Empecé a apoyar la cabeza de la verga contra la entrada de su culo, empujando lentamente hacia adentro.
Ella apretó la sabana, la misma sábana con la que antes intentaba taparse.
— ¡Mmmh... ay, Dios... Dios mío, duele tanto... aiiih! Gimió apretando la tela contra su pecho con tanta fuerza que casi la rompe, sintiendo cómo la carne se le estiraba al límite.
Ya no importaban los lazos ni la sangre compartida, lo que tenía debajo no era la mujer que me crio, sino mi propia zorra personal, un delicioso y dispuesto juguete sexual al que iba a sodomizar sin piedad hasta quebrarle el último rastro de resistencia.
Avancé un poco más con cada latido, sintiendo cómo su anillo anal se negaba a ceder pero terminaba cediendo ante la fuerza bruta de mi miembro.
— ¡A-amo... me vas a partir al medio... ay, por favor... mmmh! Balbuceaba llorando y gimiendo a la vez, mientras mi verga le abría el culo por fin sin piedad, marcando el terreno definitivo de su absoluta sumisión.

Empecé a moverme adentro de su orto con una cadencia lenta, profunda, midiendo cada centímetro para hundirme hasta los huevos en cada embestida, sintiendo cómo sus paredes anales se estiraban y me apretaban con una fuerza desesperada.
— ¡Mmmh... ay, por Dios... se siente... me vas a partir al medio... aiiih! Balbuceaba ella con la voz rota, arqueando la espalda.
— ¿Viste cómo al final tu propio culo de puta pedía a gritos una buena poronga? Le solté con una sonrisa de oreja a oreja.
Después de un buen rato de darle sin piedad.
Le di un par de embestidas más marcando el ritmo en su interior y, antes de que pudiera acostumbrarse a la presión, le saqué la verga del culo de un solo tirón seco.
El miembro salió con un sonido húmedo, ruidoso y de succión profunda que resonó en toda la habitación, haciendo que ella se derrumbara un poco sobre las sábanas.
— ¡Aaaaaah... ahhh... por fin... dios mío... mmmh! Soltó un gemido largo y gutural de alivio inmediato, mientras quedaba apoyada sobre el colchón, totalmente agotada, con la respiración entrecortada y las piernas temblando sin poder sostenerla.
La agarré firmemente de la cintura para terminar de incorporarla, y de un solo movimiento fluido le alcancé a subir la otra rodilla a la cama, obligándola a despegar por completo el cuerpo del suelo y acomodándola bien en cuatro patas sobre el colchón.
Me quedé parando justo atrás de ella, mirándole el culo, y no pude evitar soltar una sonrisa seca, sintiendo una victoria inmensa al ver cómo mi verga le había dejado el culo completamente dilatado, abierto y temblando.
*Si pudieras ver cómo te dejé el culo de abierto en este momento, te morirías de la vergüenza. Pensé para mis adentros, saboreando el momento con una mezcla de incredulidad y poder absoluto*.
Le apoyé las dos manos pesadas directamente sobre las nalgas y se las separé con fuerza hacia los costados, exponiendo todavía más su entrada destrozada y rojiza.
— ¡Ay, no... por favor, no me lo mires así, te lo suplico... mmmh! Gimió de inmediato, intentando juntar las piernas por pura vergüenza.
— ¿Qué te hacés la tímida ahora, si sos mi puta personal? Le retruqué apretándole los glúteos con saña.
Mientras la contemplaba desde arriba, una sensación de locura absoluta me recorrió la cabeza
*Pensar que la mujer que me crió, la misma de cuya vagina salí hace años, estaba ahí tirada, con el orto roto y abierto frente a mí, me volaba la cabeza de una manera enfermiza*.
*Qué vista tan hermosa tengo... el culo abierto de mi propia madre suplicándome más... soy el hombre más afortunado del planeta entero. Pensé con una sonrisa oscura, sintiendo que este juego recién empezaba y que no pensaba tener piedad con ella*.

— Agárrate las nalgas con las manos y abríteme ese culo bien para atrás, perra. Le ordené.
Ella obedeció a duras penas, con las manos temblando mientras separaba sus carnes, dejando atrás de golpe a la madre de familia para transformarse por completo ante mis ojos en una milf caliente y viciosa, dispuesta a ser usada como una cualquiera.
Me acomodé de rodillas justo detrás de ella mientras sentía el orgullo y la adrenalina golpeándome el pecho de ver a la mujer que me parió completamente a mi merced.
No perdí ni un segundo: me alineé y le clavé la verga de un solo empujón hondo y salvaje que la hizo gritar contra las sábanas.
— ¡Aaaaaah... mmmh... hijo... no... dios miooo... aiiih! Gritó arqueando la espalda por el impacto de la estocada, con el cuerpo estacado.
Me costó avanzar porque sus paredes anales se cerraban con fuerza, así que la agarré con ambas manos de las caderas con violencia, usándolas de palanca para impulsarme y obligar a mi miembro a abrirse paso a puro músculo hasta quedar enterrado hasta los mismísimos huevos en lo más profundo de su culo.
*Sentir cómo mi miembro volvía a penetrar ese orto abierto, sabiendo que era el culo de mi propia madre, me llena de un orgullo enfermo y una superioridad brutal que me vuela la cabeza, que no se comparaba con nada; verla ahí, doblada y obedeciéndome como la reina de las putas, era simplemente inolvidable.*
— ¡Aiaaaah... uuuuh... ay, por la concha de su madre... mmmh, ahhh! Suplicó ella levantando la cabeza de golpe y soltando un grito estridente, un sonido caliente y vacilante de perra en celo, mientras sus caderas y sus piernas temblaban descontroladas.
— ¡Aiaaaah! ¡No, por Dios, ya basta, te lo suplico, mi cuerpo ya no da mas... aiiih, no aguanto más! Balbuceó ella con la voz completamente destrozada, arqueando la espalda y temblando de pies a cabeza bajo mi peso, con la cara completamente enterrada en las sábanas mientras sus manos temblaban intentando sostenerse.
— ¿Viste cómo tu culo de puta me traga entero y me aprieta la pija con unas ganas locas? Si cada vez que tiro un poquito para atrás para sacarla, tus nalgas me siguen el movimiento porque no me querés soltar, zorra. Le solté con una sonrisa fría.
— ¡Es que... mmmh... tu verga... ay, dios... aiiih! Gimió.
— Y ni pensés que te voy a dejar en paz, todavía tengo que cogerte por todos estos años de soledad que te pasaste aguantando sin un macho que te coja como la puta que sos. Le dije agarrándola con fuerza de las caderas para empezar a bombear sin piedad.
*Pensaba en todos estos años que llevábamos solos desde que se separó de mi viejo; sé perfectamente que no volvió a estar con nadie formal, apenas alguna cita de cuarta que nunca prosperó ni me presentó, guardándose una sequía y una frustración que su cuerpo suplicaba, muriéndose de ganas de que un hombre de verdad le vacíe todo su semen en su interior... Y ahora el único hombre capaz de llenarla por completo, era su propio hijo.*

— Así me gusta, que sientas cada centímetro adentro. Le dije mientras bajaba las revoluciones, pasando de las embestidas salvajes a un ritmo lento, pesado y profundísimo, hundiéndome despacio hasta los huevos para saborear cómo sus paredes anales se estiraban y me ordeñaban la pija con una desesperación insoportable.
Disfrutaba del momento.
— ¡Mmmh... ay, por Dios... te siento tan hondo... me .... partes... al medio... aiiih! Gimió ella con la voz rota, arqueando la espalda.
En medio del éxtasis de las embestidas lentas, ella soltó de golpe las manos de sus nalgas, apoyó las palmas contra el colchón y se aferró a las sábanas hechas un bollo, estirando los brazos mientras soltaba un grito agudo y un gemido largo que me cortó el rollo al instante.
— ¡Aaaaaah... mmmh... hijo, afloja... un poco... por favor... ahhh! Gritó, cometiendo el peor error de todos.
— ¿Qué mierda me acabás de decir, pedazo de puta desubicada? Le solté con la voz fría y tajante, frenando en seco las embestidas al escuchar que me volvía a llamar por mi rol de hijo olvidándose por completo de quién mandaba.
— ¿Q-qué dije...? ¿De qué hablás, amo? Preguntó ella con la respiración cortada, girando apenas la cabeza de costado mirándome de reojo con los ojos desorbitados y parpadeando confundida y sin alcanzar a entender en qué se había equivocado.
— ¿Todavía preguntás, estúpida? Me volviste a llamar hijo cuando sos mi maldita perra sumisa, ¿te creés que podés tratarme con esa familiaridad cuando estás con el orto abierto y arrodillada como una cualquiera? Le expliqué con la voz hirviendo de bronca.
— ¡Per... perdón, amo, se me escapó, te lo juro... ay, no me castigues... mmmh! Balbuceó.
— A mí no me trates con confianza, puta barata, a ver si te entra en la cabeza de una vez por todas que acá la única autoridad soy yo. Le ordene agarrándola con violencia de un solo brazo para inmovilizárselo contra la espalda.
— ¡Ay, amo... por favor, te lo suplico, no fue mi intención... aiiih! Sollozó ella, intentando zafarse mientras con la otra mano le aferraba las sábanas para que no se moviese.
— Como me faltaste el respeto, ahora te vas a ganar un buen castigo por desobediente. Le solté con una sonrisa macabra antes de empezar a repartirle cachetazos secos y sonoros en las nalgas. ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
— ¡Ay, dios mío, perdón... aiiih, me duele, amo! Chilló con cada golpe que le dejaba los glúteos marcados de rojo intenso mientras le castigaba sin piedad.
*Pensar en lo irónico que era el destino... de chico, en esta misma casa, ella era la que me retaba y me castigaba por portarme mal, y ahora, años después, era yo el que la tenía doblada en cuatro, dándole nalgadas y reventándole el orto como a la peor de las putas para enseñarle a respetar a su amo. Pense con una satisfacción infinita*.
Dejé de lado toda la delicadeza con la que venía manejando las estocadas lentas para duplicar la velocidad y metiéndole la verga el doble de duro, salvaje y profundo, embistiéndola sin freno y haciéndole chocar las caderas contra las mías con una violencia animal.
— ¡Aiaaaah! ¡Uuuuff... ah... aaaaah... sí... más... más, amo... aiiiih! Chillaba perdiendo por completo la razón, transformándose en una perra en celo que ya no hilvanaba una sola palabra coherente, soltando aullidos y gemidos salvajes.
*Plap, plap, plap*
— ¡Mmmh... argh... ohhh... poronga... ah, sí, aiiih... ah, ah, ahhh! Balbuceaba, chorreando placer y entregándose como la perra sumisa que era.
— ¡Aiaaaah... guuuuh... ohhh... mmmh... soy tuya... ahhh, aiiiih! Gemía.

La solté de un golpe seco de las manos y, sin dejar de bombearle con furia, la agarré con fuerza de las caderas para mantenerla firme, mientras ella se aferraba a la cabecera de la cama.
En medio de las embestidas salvajes, giró un segundo la cabeza hacia atrás para mirarme de reojo, los ojos llenos de lágrimas y una expresión de absoluta sumisión que me hizo hervir la sangre de placer.
*Verle la cara de perra destruida, con la mirada completamente perdida y suplicando clemencia, me generaba una sensación de poder y orgullo tan inmensa que me daban ganas de seguir reventándola por horas.*
— ¡Aiaaaah... por favor, amo, te lo suplico... no puedo más, dejame descansar el culo, te lo ruego... aiiih! Gimió ella a duras penas, aullando de dolor y placer mientras las embestidas le sacudían todo el cuerpo.
— ¡Mmmh... dios mío, te lo pido, apiadate de mi culo roto... ahhh! Suplicó.
— ¡Aaaaaah... uuuuh... te lo suplico, amo, dejame descansar un segundo, siento que me vas a partir al medio, tené piedad... mmmh! Me decia suplicando.
— ¡Ay, por todos... los santos, ya... no tengo fuerzas... te juro que mi culo... no... aguanta ni una estocada más... dejame descansar, por favor... aiiih! Balbuceó ahogada en llanto, rogando con desesperación mientras le seguía clavando la verga sin piedad.
— ¡Mmmh... amooo, te lo ruego con el alma, apiadate de mí... dejame descansar el culo destrozado... ay, por favor, no me rompas más! Suplicó.
— ¿Querés que pare con el castigo y que te deje descansar el culo? Bien, si querés un respiro, vas a tener que dar vuelta ahora mismo y ponerte boca arriba para volver a cogerte la concha. Le solté con una sonrisa fría y mandona, hundiéndole el miembro hasta los huevos.
— ¡No... la vagina no, por favor, eso ya es demasiado! Gritó sorprendida y con los ojos desorbitados, intentando encogerse ante semejante propuesta.
— ¿Qué te pasa, te asusta? Pero si hace un rato bien que te encantaba cómo te llenaba la concha, zorra. Le retruqué dándole otra estocada seca.
— ¡Estás loco, pensá en lo que estamos haciendo, ya es suficientemente grave que estoy haciendo el amor con mi propio hijo... mmmh! Balbuceó aterrorizada, intentando usar la lógica con la pija adentro del orto.
— ¿Grave? ¿De qué mierda hablás si acá no estamos haciendo el amor ni ninguna de esas pavadas cursis, pedazo de puta? ¡Acá estamos cogiendo duro! Le grité.
— ¡Perdón, amo, tenés razón, no estamos haciendo el amor, solo somos dos viciosos cogiendo... pero por favor la concha no, por ahí no! Suplicó.
— Ya probé tu concha recién y sé perfectamente cómo me aprieta, así que a mí no me jodas. Ahora me vas a tener que convencer con todas las letras si querés que te saque la verga de este orto. Le exigí, bajando un poco la velocidad pero apretándote las caderas.
— ¡Amo, por favor, te lo suplico, sacámela del culo y métemela en la concha, te prometo que voy a ser tu puta más obediente! Arrancó a rogar ella, retorciéndose y contorsionándose como una maldita perra en celo para convencerme.
— ¡Haceme tuya por la concha, mi amo, meteme tu verga gigante ahí donde saliste, llename el utero de semen caliente como la zorra insaciable que soy! Suplicó con una voz ultra sucia, arrastrándose en el vicio para cumplir mi capricho.
— ¡Te juro que mi concha se muere por recibir tu verga de nuevo, amo, cógeme la vagina como a un puta barata! Balbuceó desesperada.
— ¡Por favor, amo, sacámela del orto y metéme la pija en la concha, dejame sentir cómo me rompés otra vez, soy tuya, usame! Rogó con los ojos en blanco, sacudiendo las caderas hacia atrás para buscar mi aprobación.
— ¡Te lo imploro, amo, sacámela de mi culo adolorido y metéme tu poronga en la concha, quiero que me rompas la vagina y temblando de placer! Suplicó cerrando el trato con un gemido largo, calientes y bien de puta, lista para entregarse de nuevo.

— Está bien, perra, te voy a dar el gusto y te voy a sacar la verga. Le solté con una sonrisa fría y dominante.
Le metí la última embestida bestial, brutal y profunda hasta los mismísimos huevos, haciendo que ella tirara la cabeza para atrás y soltara un grito estridente mezclado con un gemido desgarrador.
— ¡Aaaaaah... mmmh... por fin, dios mío... aiiih! Gritó.
Saqué la verga del culo de un solo tirón seco y violento, provocando un sonido húmedo, ruidoso y de succión profunda que resonó en toda la habitación, haciéndola exhalar un suspiro largo y gutural de puro alivio.
— ¡Aaaaaah... ahhh... gracias, mi dios, al fin... mmmh..gracias por sacármela de/.hí... mmmh, qué alivio... aiiih! Gimió con los ojos cerrados, derrumbándose hacia adelante con el cuerpo desplomándose apenas sobre las sábanas empapadas temblando por el cambio de presión.
— Ahora date vuelta y ponete boca arriba enseguida. Le ordené con una voz mandona.
Ella obedeció al instante, recostándose boca arriba sobre las sábanas mojadas mientras yo me metía entre sus piernas abiertas.
Le agarré una de las piernas y se la levanté con fuerza para apoyársela en su pecho, *(mientras mantenía mi mano firmemente presionada sobre su rodilla levantada, sosteniéndosela contra el pecho, y yo me quedaba arrodillado entre sus muslos)*, dejándole la vagina totalmente expuesta y lista para recibirme.
No le di tiempo ni a acomodarse: le apoyé la punta de la verga y me le hundí de un solo golpe seco hasta los huevos.
— ¡Ay, por favor... mmmh... de nuevo no, por Dios... aiiih! Gritó desatada, con los ojos en blanco y temblando de pies a cabeza apenas sintió la cabeza de la verga adentro, arqueando la espalda de golpe, con todo el cuerpo estacado y temblando mientras el orgasmo le estallaba en la concha al primer contacto.
No pude evitar soltar una carcajada seca y burlona al verla temblandocomouna colegiala cachonda.
*Verla ahí con el pelo revuelto pegado a la cara por el sudor, sacándoselo de un manotazo mientras me miraba fijamente a los ojos con esa expresión de puta vencida y caliente, me daba un placer mental enfermizo. Pense*
— ¡Aiaaaah... mmmh... se siente tan hondo, dios mío, me muero... aiiih, no aguanto más... ahhh! Gimió ella con la voz quebrada..
— ¿Viste cómo te encanta? Agradecé que tu propio hijo se digna a darte la cogida que necesitabas desde hace un buen tiempo, porque ningún otro machito te iba a saciar el hambre que tenés. Le retruqué con desprecio, empezando a bombear sin piedad.
— ¡N-no es verdad... estás loco, decís estupideces... aiiih, claro que no me gusta esto... mmmh! Balbuceó ella negándolo todo con desesperación, apartando la cara avergonzada.
— No intentes negarlo si tu cara de perra y tu concha chorreando están diciendo exactamente lo contrario, te encanta que sea tu propio hijo te coja. Le solté.
— ¡No me digas eso... ay, por favor, parate... mmmh... no puedo parar de sentir cómo me llenás... aiiih! Balbuceaba ella negándose a aceptar la realidad, mientras su cuerpo me apretaba con más fuerza.
Mientras ella negaba con la boca, el ritmo frenético de mis embestidas empezó a quebrar sus defensas, alternando estocadas cortantes con golpes profundos que le sacaban gritos ahogados y la hacían perder la cordura poco a poco. Después de unos segundos le solté una embestida salvaje que la hizo sacudirse entera.
— ¿Viste cómo tu propio cuerpo te traiciona, perra? Me lo estás pidiendo a gritos, vas a confesarme que te encanta la pija de tu hijo o te voy a destrozar la concha hasta que dijas la verdad. Le dije.
— ¡A-ay... mmmh... es que... es tan gigantesca, me llena toda... cómo me gusta sentir tu verga adentro, es una locura... aiiih, no puedo más, me vas a volver loca... mmmh! Se le escapó tartamudeando entre gemidos, perdiendo el control y delatándose sola por el tamaño de mi miembro.
— ¿Qué dijiste? ¿Qué fue lo que se te escapó recién? Le pregunté con una sonrisa sádica, frenando el ritmo de golpe y mirándola fijo, con una sonrisa burlona para acorralarla.
— ¡N-nada, amo... no dije nada... mmmh! Mintió.
— No me mientas a mí, zorra, te escuché perfectamente cómo se te cae la baba reconociendo que te encanta la pija de tu hijo. Le retruqué con bronca, duplicando la velocidad de las embestidas y hundiéndome hasta el fondo sin piedad.

— ¡Aiaaaah... mmmh... no parez, por favor, seguí dándome así... aiiih, me vas a hacer correrme de nuevo! Gritó ella arqueando la espalda por completo, con el rostro desencajado por el éxtasis y los pechos agitados subiendo y bajando con violencia.
— No te me pongas loca todavía que esto recién se pone bueno, perra. Le retruqué con una carcajada seca, agarrándole con fuerza la otra pierna que le quedaba libre en el colchón.
— ¡Ay, por Dios... qué hacés, aiiih... mmmh! Soltó un sonido agudo de sorpresa y puro placer cuando le levanté las dos piernas de un solo movimiento firme, obligándola a abrirse por completo.
— Ahora sujeta fuerte tus dos piernas y abrí bien esa concha, que quiere ver cómo te tragás mi verga entera. Le ordene con voz imperiosa, obligándola a sostenerse sus propias piernas en el aire.
Ella obedeció con una obediencia ciega, temblando mientras aferraba sus manos contra sus rodillas para mantener la vagina totalmente expuesta ante mis ojos, dejando su vagina roja, hinchada y empapada completamente a mi merced.
Inmediatamente le apoyé mis manos justo encima de sus manos temblorosas, apretándoselas contra su cuerpo para asegurarme de que no pudiera cerrarse ni un centímetro.
*Mirar y Contemplar su cuerpo entero brillando y escurriendo bajo el brillo tenue de la habitación, cubierto de sudor y transpiración, me generaba un orgullo enfermo y una superioridad absoluta; verla ahí, entregada y totalmente expuesta a la merced de su propio hijo, me volaba la cabeza.*
Ella bajó la cabeza por pura curiosidad morbosa, y al ver en directo cómo mi verga entraba y salía de su vagina abierta, ensanchándole los labios y desapareciendo hasta los huevos, soltó un suspiro ahogado y se quedó completamente hipnotizada.
— ¡Mmmh... por favor, mirá cómo me llenas... aiiih, es una locura... mmmh! Gimió ella con la voz quebrada por el calor del momento.
— Así me gusta verte, completamente abierta y entregada para tu hijo, sabiendo que nadie más te va a tocar de esta manera. Le retruqué con una sonrisa fría.
Comencé a moverme despacio, cambiando las embestidas salvajes por un ritmo deliberadamente lento, pesado y profundísimo, midiendo cada centímetro para entrar y salir con absoluta elegancia.
— ¡Mmmh... Dios mío... es una locura ver cómo me entrás... aiiih, no lo puedo creer... mmmh, me da tanta vergüenza pero me calienta tanto... ahhh! Balbuceó con los ojos abiertos de par en par, mientras sentía cómo mi miembro grueso se abría camino a la fuerza, estirando los pliegues y ensanchando las paredes de esa misma vagina que años atrás me había dado la luz, abriéndose paso sin piedad hasta el fondo.
— ¡Aiaaaah... ay, Dios... te siento tan hondo... mmmh, ahhh! Balbuceó ella con los ojos vidriosos, arqueando levemente el torso.
Por pura curiosidad morbosa y perversa, bajó la cabeza y estiró el cuello para mirar hacia abajo, quedando completamente hipnotizada al ver cómo mi miembro grueso y duro entraba y salía de su concha con una precisión quirúrgica.
— ¡M-mirá cómo me entrás... ay, por Dios, no puedo dejar de mirar... mmmh, cómo me abríste... aiiih! Se le escapó un suspiro de asombro y terror excitado, incapaz de apartar la vista del vaivén.
*Disfrutaba como un loco verla ahí, tragando saliva al comprobar con sus propios ojos que era la pija de su propio hijo la que entraba y salía de su vagina.*
— ¡A-amo... aiiih... no me mires así... mmmh, ay... me estás destrozando... ahhh... mmmh! Balbuceaba tartamudeando apenas lograba emitir sonido, con la voz hecha trizas por las embestidas continuas que le sacudían cada hueso.
— ¡Sí... haceme lo que quieras, rompeme toda, soy tuya, tu maldita perra sumisa... aiiih, metémela hasta el alma... mmmh! Gimió totalmente enloquecida, moviendo la cadera al compás de mi ritmo.
*Verla ahí, era la prueba definitiva de que ya no quedaba nada de la madre de antes, ahora era solo mi zorra, mi obra maestra.*

Deslicé lentamente mis manos desde sus manos temblorosas hasta apoyar las palmas con fuerza contra el colchón, a los costados de su cuerpo, dejando que fuera ella misma la que tuviera que sostener sus propias piernas en el aire mientras yo me inclinaba hacia adelante.
Dejé caer todo el peso de mi cuerpo hacia adelante chocando mi torso sobre el suyo, usando mis brazos para bloquearle las piernas y asegurarme de que quedaran completamente abiertas de par en par, impidiéndole cerrarlas ni un solo centímetro, vulnerable e inmovilizada bajo mi dominio absoluto.
Ella estiró los brazos e intentó empujarme con las manos temblorosas, forcejeando con desesperación e inútilmente para sacarme de encima, mientras yo la ignoraba por completo y le seguía clavando la verga hasta el fondo con una cadencia pesada.
Con el empuje de las embestidas, su cabeza quedó justo al lado de mi oído, obligándome a escuchar cada uno de sus alaridos más íntimos y sucios mientras le destruía el centro del cuerpo a puro ritmo.
— ¡Mmmh... ahhh... aiiih... ohhh, dios... mmmh! Soltó un gemido gutural y profundo contra mi cuello, perdiendo por completo la compostura mientras su boca quedaba rozando mi oreja entre jadeos calientes y descontrolados.
— ¿Qué te pasa, te molesta que tu propio hijo te deje la poronga tan adentro? Disfrutá, perra. Le retruqué con una sonrisa fría, dándole una embestida implacable que le sacó un alarido.
— ¡Aaaaaah... mmmh... uuuuh... aiiih! Sollozaba ella sin decir una sola palabra coherente, perdiendo totalmente la razón y emitiendo únicamente gemidos roncos, aullidos agudos y jadeos animales de perra en celo contra mi cuello.
Mientras ella seguía intentando separarme con las manos empujándome los hombros sin conseguir ningún resultado, el ritmo de mis estocadas hacía que su cabeza quedara justo al lado de mi oído, regalándome cada uno de sus jadeos más íntimos y sucios.
— ¡Uuuuh... aiaaaah... mmmh, ahhh... oh, por Dios... aiiih! Seguía gimiendo con la voz quebrada.
*Sentir cómo cada rincón de su vagina se estiraba al máximo, recibiendo cada milímetro de mi verga hasta lo más profundo de su vagina, me daba una satisfacción tan oscura y retorcida que me hacía perder la noción del tiempo*.
— ¡Aaaaaah... guuuuh... mmmh... aiiih, sí... por ahí... no pares... ahhh! Balbuceaba sonidos rotos, completamente entregada al vicio y olvidándose por completo de cualquier intento de resistencia.
— Eso es, seguí gimiendo como la puta que sos, sintiendo cómo tu propio hijo te hace gozar como ningún otro hombre pudo hacerlo. Le retruqué, acelerando el ritmo de las estocadas.
— ¡Mmmh... ahhh... aiaaaah... uuuuh... dios mío... aiiih! Chillaba con tonos cada vez más altos, con los ojos en blanco y la saliva cayéndole por la comisura de los labios mientras el colchón crujía bajo nuestros cuerpos.
— ¡Aaaaaah... ohhh... mmmh... aiiih, no aguanto más... ahhh! Gritaba ahogada, sacudiendo las piernas al aire.
*Saber que la mujer que me dio la vida estaba ahí, atrapada bajo mi cuerpo, intentando empujarme con sus manitos débiles mientras me suplicaba y se retorcía de la forma más viciosa posible, me volaba la cabeza de una manera enfermiza, me reía por dentro al ver lo inútil que era su resistencia frente a mi pija.*
Sentia cómo sus paredes vaginales empezaban a contraerse con una violencia insólita, palpitando y exprimiéndome el miembro en una contracción furiosa que marcaba el inicio de una seguidilla demencial de orgasmos donde su cuerpo estallaría una y otra vez sin respiro.
— ¡Aiiiih... uuuuh... aaaaaah... mmmh, no... ahhh, dios... sí... me corro... aiiih! Balbuceaba sin decir una sola palabra coherente, soltando el primer climax con las piernas temblando descontroladas.
Sin darle un solo segundo de descanso, seguí metiéndole la verga a fondo, provocando que su sistema nervioso colapsara de inmediato ante tanta fricción.
— ¡Mmmh... guuuuh... aih-aih-aiih... ahhh, de nuevo no, por favor... mmmh... me vuelves loca, aiiiih! Chillaba ella, mientras su concha convulsionaba, escupiendo jugos y estrujándome la pija con una fuerza animal.
La intensidad del bombeo era tal que su cuerpo no aguantó el ritmo y las contracciones se encadenaron de inmediato, obligándola a venirse por tercera vez mientras los gritos se le volvían cada vez más agudos y rotos.
— ¡Aaaaaah... uuuuh... mmmh... ohhh, dios... aiiih... no puedo más... mmmh, ahhh! Gemía ella.
Sin sacarle la verga ni un centímetro, le di una serie de estocadas secas y profundas que la empujaron directo al cuarto orgasmo, haciéndola aullar contra mi cuello en un trance de puro vicio.
— ¡Aiaaaah... mmmh... ahhh... dios mío... aiiih, sí, otra vez no... mmmh! Balbuceaba en un bucle eterno de gemidos sin sentido.
Y cuando creía que ya no le quedaban fuerzas ni líquido en el cuerpo, le di una última embestida brutal que desató el quinto orgasmo consecutivo, derrumbándola por completo.
— ¡Aaaaaah... mmmh... ahhh... dios... aiiiiih! Explotó en un grito largo y agónico contra mi oído, sacudiéndose entera y perdiendo totalmente la conciencia del placer mientras su cuerpo colapsaba empapado de sudor bajo el peso de mi dominio absoluto.

Después de ese maratón en el que la hice venirse cinco veces seguidas, sentí que la presión en la base de la pija ya era insoportable y que me tocaba vaciarme a mí también.
Me acerqué despacio a su oreja, con el torso apoyado sobre el suyo y mi verga latiendo hondo en el centro de su vagina, y le solté una risa seca mientras le susurraba lo que se le venía.
— Preparate, porque ya estoy al límite y te voy a llenar toda la concha con mi leche, para que te quede bien claro de quién es tu macho ahora. Le murmuré.
— ¿Qué... qué decís? ¿Te vas a correr adentro mio? Preguntó ella tartamudeando y con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
— ¡N-no... pará, por favor, no te corras adentro, pensá en lo que estás apunto hacer! ¿Qué pasaria si me embarazo... qué vamos a hacer si tenemos un hijo? Balbuceó ella.
— ¡Por favor, te lo suplico... correte afuera... no... no me llenes la vagina con tu semen, sacamela... aiiih, no lo hagas! Chillaba aterrorizada, retorciéndose bajo mi peso mientras me suplicaba clemencia con la voz rota.
— ¡Por favor te lo suplico, pensá en las consecuencias, qué va a pasar si quedo embarazada de mi propio hijo? Suplicó ella.
— ¿Qué pasa, te asusta pensar en las consecuencias? ¿Qué va a pasar si quedás embarazada de tu propio hijo? Le retruqué con una sonrisa fría.
— ¡Pensá en la locura que decís, yo sería madre y abuela al mismo tiempo de la misma criatura! Gimió ella, intentando hacerme entrar en razón.
— ¿Y qué tiene de malo? Acaso no querías tener otro hijo y no me decias de que era momento de tener un nieto tambien y ahora vas a poder tener ambos, vas a ser abuela y madre al mismo tiempo, ¿no era eso lo que querías? Le dije riéndome a carcajadas de su cara de desesperación.
— ¡Estás loco, sacamela, no quiero que mi propio hijo... aiiih! Suplicó patéticamente.
Sin escuchar ni uno solo de sus ruegos, ignorando por completo sus ruegos, tomé impulso y le hundí la verga en lo más hondo y profundo posible de su vagina, tocándole el fondo con una estocada brutal y buscando el rincón más íntimo de su matriz.
— ¡Aaaaaah... guuuuh... no, no, adentro no... aiiiiih! Gritó con una mezcla perfecta de dolor, terror y un placer tan extremo que le hizo arquear la espalda de golpe.
— ¡Aiaaaah... guuuuh... mmmh, no aguanto más... mi propio hijo me está llenando... aiiiih... qué rico... ahhh! Balbuceaba perdiendo la razón entre jadeos de perra en celo.
Me agarro fuertemente de la espalda con las uñas clavadas en mi piel y estrujándome las nalgas con desesperación, mientras yo empezaba a vaciarme dentro de su útero en chorros calientes y pesados.
Sentir cómo me tragaba hasta el último milímetro mientras me corrí dentro de su vagina, inundándola con todo mi semen, me dio una sensación de poder absoluto, ver a mi propia madre temblando, agarrándome fuerte de la espalda y corriendo en un orgasmo más mientras le llenaba las entrañas, me volaba la cabeza de una manera enfermiza.
Mientras seguía eyaculando chorros y más chorros de leche caliente, no paraba de darle estocadas cortas y profundas, haciendo que el líquido espeso rebosara y empezara a chorrear por sus piernas y los bordes de su concha, dejando toda la sabana completamente empapada.
*Pensar en los giros tan locos y enfermos que da la vida... tener a la mujer que me parió ahí tirada, con las entrañas repletas de mi propio semen, sabiendo que tranquilamente podía dejarla embarazada y terminar siendo el padre de mi propio hermano e hijo al mismo tiempo, me volaba la cabeza de una manera indescriptible.*
— ¡Ay... mmmh... uuuuh... no puedo más, estoy... estoy ta llena... aiiih, qué caliente... mmmh! Balbuceaba tartamudeando, totalmente exhausta y temblando de pies a cabeza.
De un tirón seco y decidido, saqué la verga de golpe de su vagina.
¡Plop... shhh... slurp!.
Fue el sonido de mi verga al salir de golpe de su concha, un ruido húmedo y grotesco de succión profunda que resonó fuerte en la habitación, sacando a relucir una cantidad insólita de semen espumoso y blanco que empezó a escurrirse sin parar, que hizo que se le abriera las piernas de par en par.
— ¡Aiiih... dios... mira como le llenaste... mmmh... ahhh! Gimió jadeando con la voz rota y la baba cayéndole por la barbilla.
Me quedé fascinado observando su cara de perra atónita, riéndome por lo bajo al verla ahí, boca arriba, con las piernas abiertas de par en par mientras de su concha destrozada y abierta brotaba un río constante de mi semen mezclado con sus jugos.
Ella se quedó ahí, boca arriba, con las piernas separadas y una cara de viciosa sorprendida, contemplando el río de semen que le escurría por la vagina y pensando, con una mezcla de terror y una calentura enfermiza, que muy probablemente ya llevaba a su propio nieto e hijo creciendo adentro.
— ¿Viste cómo te dejé la concha bien cargada de semen? Ahora vas a tener que andar por la casa chorreando el semen de tu amo, perra. Le solté con una sonrisa.
— ¡S-sí... mmmh... mirá cómo estoy... completamente llena de tu leche... soy tuya, soy tu perra... aiiih... mmmh! Balbuceó ella con una sonrisa de viciosa pervertida, contemplando el río de semen que le escurría por los muslos y sabiendo perfectamente que ya no había vuelta atrás.

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¡Mi madre Elena está totalmente rota, empapada y convertida en mi puta personal!
Se creía la señora intocable, la madre de familia que todos respetan, pero bastó con meterle la verga de su propio hijo hasta el fondo para borrarle cualquier rastro de moral y decencia.
Pasó de ser mi madre respetable a la perra más viciosa y sumisa que tengo a mis pies.
Mientras en la calle sigue haciendo la vida normal de señora seria, en esta casa se queda tirada en las sábanas con las piernas abiertas y temblando, la concha abierta y mi semen caliente chorreándole por su vagina, sabiendo que su propio hijo la hizo gozar como ningún macho pudo hacerlo en años y que perfectamente que ya no hay vuelta atrás y que su único dueño soy yo.
Si les gustaria seguir viendo mas de mi madre Elena.
Verla sucumbir totalmente al placer más incestuoso, prohibido y extremo de ser la perra obediente de su propio hijo...
¡Quiero que estos comentarios y puntos exploten ya mismo!
Si este post revienta y me demuestran que están son tan adict@s a este contenido de categoría FAMILIAR como yo, seguiré sacando más historias de este estilo y subiré la segunda parte con mi madre Elena.
En cuanto menos se lo esperen
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Anterior Relato De Genero Familiar:
Elisa: Mi Tía Recién Separada:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6326456/Elisa-Mi-Tia-Recien-Separada.html
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Anterior Relato:
Lorena: La Mama De Mi Mejor Amigo:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6342272/Lorena-La-Mama-De-Mi-Mejor-Amigo.html
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Próxima Relato:
(Próximamente)
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Anterior Mandamiento:
Mi Mandamiento 5:
https://www.poringa.net/posts/gif/6343777/Mi-Mandamiento-5.html
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Próximo Mandamiento :
Mi Mandamiento 6:
(Próximamente)
Durante años se paseó por pasillos y habitaciones en toalla, en bikini o con tops ajustados, creyendo que yo seguía siendo el nene inocente al que crió solita tras separarse de mi viejo.
Físicamente es un monumento de milf madura, tiene una piel blanca, unas tetas enormes y pesadas que desafían la gravedad con pezones oscuros que se le ponen duros al menor contacto, y una cadera ancha y dispuesta que ahora solo sirve para recibir mis embestidas.
Desde que mi viejo la dejó hace 25 años, se volcó por completo a criarme, encerrándose en una rutina de madre.
Vivía tan concentrada en su soledad y en mí que jamás volvió a formar pareja, guardando sus juguetes sexuales en el placard como un sucio secreto que yo ya conocía de memoria.
Abajo de esa fachada de señora pulcra y respetable, escondía a la perra más insaciable, una mujer rota por años de soledad que, en cuanto sintió la verga de su propio hijo rompiéndole el orto y la concha, hizo un cortocircuito moral para entregarse por completo, suplicar por más leche y convertirse en mi puta personal.
Dejó de ser la señora respetable para convertirse en la puta que ruega y suplica por mas, descubriendo que el niño que vio crecer ahora es el único macho capaz de reventarle el culo y dejarla empapada de mi semen.
Hoy, esa inocencia descuidada se rompió para siempre.

Elena siempre había tenido esa confianza ciega conmigo, una mezcla de descuido maternal y la costumbre de vivir bajo el mismo techo durante tantos años.
Desde que se separó de mi padre, hace ya dos décadas, se volcó por completo a criarme.
Para ella, yo seguía siendo ese chico inocente, el niño de la casa, y por eso nunca se midió.
Era habitual verla caminar por los pasillos en toalla, o dando vueltas por el living en ropa interior mientras buscaba qué ponerse.
En los días de intenso calor, andaba por ahí en un top ajustado o directamente en bikini, dejando sus tetas bien a la vista, sin percatarse de que el tiempo había pasado y que yo ya no la miraba con ojos de nene.
Estaba tan sola, tan enfocada en nosotros, que jamás volvió a formar una pareja, aunque yo, en mis silenciosas recorridas, más de una vez había encontrado sus juguetes sexuales escondidos en el placard, un secreto que guardé muy bien.
Pero toda esa inocencia descuidada estaba a punto de terminarse.
Hoy iba a entender que el niño creció, que soy un hombre, un macho alfa que ella misma alimentó y vio crecer.
Y que ahora, finalmente, iba a ser mía.
Entré a su habitación sin golpear.
En ese mismo instante, la puerta del baño se abrió y Elena salió envuelta en vapor, con una toalla en el pelo y sosteniendo la toalla a duras penas con las manos.
Al levantar la vista y encontrarme parado en medio de su cuarto, dio un salto del susto.
El movimiento brusco hizo que la toalla se le resbalara por completo de las manos, cayendo al suelo de un solo golpe.
Quedó totalmente desnuda adelante mío.
Mi mirada la recorrió de arriba abajo sin el más mínimo pudor.
Su cuerpo era una obra de arte completamente distinta a la de su hermana Elisa, pero igual de sabrosa, hermosa y tentadora.
Elena tenía una piel más madura, de un tono cálido, y unas tetas generosas que desafiaban la gravedad, coronadas por unas aureolas oscuras que se encogieron al instante por el frío y la vergüenza.
Su cintura era marcada, y la pelvis exhibía un monte de venus perfectamente cuidado.
Al darse cuenta de su total desnudez, reaccionó con un intento inútil y desesperado: cruzó los brazos sobre el pecho para tapar sus tetas y bajando una mano hacia su vagina, temblando, completamente expuesta y vulnerable ante mis ojos fijos.
— ¡Ay, por Dios, mi amor! ¡Qué hacés acá adentro!. Gritó Elena, poniéndose roja al instante mientras cruzaba los brazos sobre el pecho en un intento inútil por tapar sus tetas generosas, mientras bajaba una mano a las apuradas para cubrirse la pelvis.
No me moví.
Me quedé mirándola fijamente, devorando cada centímetro de esa carne madura que nunca había tenido tan cerca.
Era un cuerpo distinto al de su hermana Elisa, Elena tenía la piel más clara, casi transparente, con unas tetas pesadas que desbordaban la presión de sus manos y una cadera ancha, marcada por el paso de los años pero increíblemente tentadora.
— Vine a hablar. Parece que elegí el mejor momento del día para hacerlo. Le dije con una voz tranquila.
— ¡Date vuelta, Amor! ¡Por favor, no me mires! ¡Soy tu madrastra, es una falta de respeto!. Me suplicó, temblando de los nervios, mientras intentaba agacharse para agarrar la toalla sin descuidar sus partes íntimas.
— Ya es tarde. Además, vos siempre te paseás por la casa como si yo fuera invisible. Ahora bancate que te mire como el hombre que soy. Le solté.
— ¡Pero sos mi niño, mi vida... esto está mal! ¡Salí del cuarto!. Balbuceó ella, con la voz quebrada por una mezcla de vergüenza profunda y una tensión que empezaba a espesar el aire de la habitación.
— Los niño no miran a sus madrastras como te estoy mirando yo ahora. Mirate cómo estás... estás completamente desnuda toda delante mío. Le dije, parándome lentamente de la cama para acortar la distancia, disfrutando de cómo sus ojos se abrían con terror y fascinación.
— ¡Por favor... te lo pido por lo que más quieras, andate! ¡No me hagas esto, me muero de la vergüenza!. Me rogó, completamente expuesta y sin saber dónde meterse bajo mi mirada de cazador.

Me acerqué rápidamente y, antes de que pudiera reaccionar, la agarré con fuerza de un brazo.
Elena soltó un pequeño grito de sorpresa mientras la arrastraba un par de pasos y la tiraba de lleno sobre la cama.
El cuerpo de Elena rebotó de espaldas contra el colchón, sacudiendo sus tetas generosas y dejando sus piernas totalmente abiertas ante mi vista.
Intentó juntar las piernas a las apuradas para cubrirse, pero me abalancé sobre la cama, me ubiqué entre sus muslos y se las abrí de un tirón seco, dejándola completamente a mi merced.
— ¡¿Qué vas a hacer, amor mío?! ¡Por favor, mirame! ¡Todavía estamos a tiempo de parar esto! Me suplicó con los ojos desorbitados por el pánico.
— Callate la boca y quedate quieta. Le ordené.
— ¡Escuchame, mi vida... si te vas ahora de la habitación, te juro por Dios que vamos a fingir que esto nunca pasó! ¡No le voy a decir nada a nadie, pero andate ya! Me rogó.
— Vos no estás en posición de exigir nada, Elena. Le solté con una sonrisa fría, disfrutando de su total vulnerabilidad.
— ¡Por favor, cariño! ¡Somos familia, esto no puede terminar así! Balbuceó ella, agitando el pecho agitado mientras intentaba liberarse de mi agarre.
— Ya es tarde para discursos. Le dije sin un gramo de piedad.
No le hice caso y le clavé la lengua directo en la vagina, recorriéndola de abajo hacia arriba con una pasada húmeda y firme.
Elena pegó un brinco en el colchón y soltó un gemido agudo que no pudo contener, arqueando la espalda por completo.
El sabor de su vagina era increíblemente intenso, una mezcla de humedad, calor y el jabón del baño que me voló la cabeza al instante. No podía creer que finalmente estaba saboreando a la MILF de la casa.
— ¡Ah... por Dios! ¡No me hagas esto, mi amor... mmm! Gritó entrecortado, mientras sus manos bajaban a mi cabeza pero en lugar de empujarme, terminaban clavando los dedos en mi pelo.
— Decías que estaba mal y mirate cómo gemís como una puta. Le dije con desprecio y superioridad, saboreando cada gota de su lubricación.
— ¡Es que... mmm... es una locura! Se le escapó en un lamento ahogado, abriendo más las piernas de forma inconsciente.
— ¡P-por favor, a-amor mío... p-pará... mmm... m-me vas a volver l-loca, a-ay... n-no puedo más, mi vida... ah, ah! Balbuceó entre gemidos descontrolados, tartamudeando de pura excitación mientras su cuerpo se sacudía sin poder frenar la ola de placer que la devoraba.
— Acabá para mí, perra. Le exigí, dándole el empujón final con la lengua.
— ¡Aaah... amor mío! Gritó deshecha, entregándose por completo a la intensidad del orgasmo.
Elena terminó explotando en un orgasmo sofocante, convulsionando en la cama mientras su vagina me bañaba la boca entera.
Me separé despacio, limpiándome los labios con el dorso de la mano mientras la miraba respirar agitada, totalmente destruida y sometida a mis pies.
— Mirate cómo quedaste. Le dije con una voz fría y posesiva, disfrutando de ver cómo sus ojos me buscaban con absoluta entrega.
Quedó ahí tirada, con el pecho subiendo y bajando violentamente, ahogándose entre espasmos y gemidos débiles que no podía contener.
Llevó sus manos temblorosas hacia su cara, tapándose los ojos y las mejillas ardientes en un intento desesperado por ocultar la vergüenza, buscando tapar el hecho de que había terminado convertida en una puta sumisa que acababa de recibir el mejor orgasmo de su vida en años.
Me sentí invadido por una ola de orgullo puro y victorioso, saboreando el éxito de haber quebrado a la mujer que me vio crecer.
Pero al contemplar su cuerpo desnudo y rendido sobre el colchón, supe que esto era solo el inicio, el juego recién comenzaba y el verdadero banquete estaba por empezar.

Quedó un segundo tirada en la cama, recuperando el aire con el pecho subiendo y bajando con violencia mientras intentaba recuperar el aliento, con los ojos todavía vidriosos por el impacto del orgasmo.
Hasta que decidió levantarse a duras penas, tambaleándose de lo exhausta y agitada que estaba.
Agarró una sábana hecha un bollo para taparse mal las vergüenzas mientras se encaminaba apurada hacia la puerta de salida, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, me levanté de un salto y la agarré con fuerza del brazo para frenarla en seco.
— ¿A dónde pensás que vas? Todavía no terminamos. Le dije tironeándola hacia mí para plantarle un beso.
Mientras intentaba zafarse, me empujaba el pecho con sus manos temblando inútilmente, tratando de apartarme.
Pero le encajé los labios con fuerza, metiéndole la lengua hasta la garganta, al principio se resistía, pero de a poco su resistencia se fue desvaneciendo hasta que se dejó llevar por completo.
Me empezó a corresponder el beso con desesperación, olvidándose por completo de que yo era su hijo, sintiendo y saboreando en ese instante a un hombre, a su macho de verdad, hasta que le saqué la lengua y un hilo espeso de baba unió nuestros labios en medio de la penumbra de la habitación.
— ¡N-no... por favor, esto es una locura! Balbuceó ella con la voz temblorosa, intentando zafarse de nuevo mientras la empujaba hacia el colchón.
— Callate y haceme caso, que ahora vas a probar lo que es un verdadero hombre adentro tuyo. Le ordené dándola vuelta sin piedad.
La acomodé boca abajo contra el borde de la cama, dejándole las piernas apoyadas en el piso y la mitad del cuerpo sobre las sábanas, con el culo bien levantado y la cara hundida contra el colchón.
— ¡¿Q-qué vas a hacer ahora?! ¡Por favor, te lo suplico, pará con esto que no podemos seguir! Me rogó, temblando de pánico mientras intentaba cerrar las piernas.
— ¿Qué te pasa, te hacés la santa ahora? Le solté con una risa fría y burlona directo en la nuca.
— ¡Estás loco, soltame! ¡Yo no hice nada... a-ah! Gritó avergonzada cuando le apoyé la mano en la cintura y le separé las nalgas a la fuerza.
— No te hagas la tonta si te vi mil veces paseándote en ropa interior por el pasillo, dejando las puertas entreabiertas a propósito. Le recordé restregándole la verga dura contra la entrada de la concha.
— ¡No es verdad... por favor te lo pido, no digas... mmmh! Balbuceó negándolo todo con una timidez patética y tonta mientras intentaba adelantarse en la cama.
— Y ni hablemos de las veces que te encontré los juguetes vibradores mal escondidos en el cajón, pidiendo a gritos que alguien te sacuda como la puta que sos. Le susurré apretándole una nalga con saña.
— ¡Basta... te juro que no sé de qué me hablás... ay, por Dios, mi propio hijo... no me hagas esto! Me suplicó.
— Pensar en la vuelta de la vida... la mujer que me parió, la concha de la que salí hace años, y ahora mi verga está a punto de entrar en la vagina que me dio la vida. Le dije sintiendo una adrenalina oscura y enferma recorriéndome las venas.
— ¡N-no... no, por favor... esto está muy mal, soltame! Gritó desesperada al ver cómo mi miembro gigante ya le rozaba los pliegues empapados.
— ¿Y ahora te acordás que soy tu hijo? Pero recién bien que gemías como una perra cuando te comía la concha, ¿no? Le retruqué antes de clavarle la punta de un solo golpe seco.
— ¡Aaaaaah! ¡Hijo, me duele... aiiiih! Soltó un grito de dolor, arqueando la espalda de golpe mientras mi verga le abría.
La vagina la tenía tan cerrada y apretada que me costaba avanzar, se nota que hacía años que ningún hombre le tocaba el cuerpo de esa manera.
— ¡Ay, por favor te lo ruego, sacala, sacala que me... no puedo más... mmmh! Me suplicó mientras apretaba las manos contra el colchón y su vagina me abrazaba la verga con una fuerza tremenda.
— ¡M-mi amor... no... es demasiado grande... no me entra... ay, Dios... aiiih! Gemía entre sollozos, sintiendo cómo el dolor inicial se le iba transformando de a poco en una calentura desesperada.
— ¿Viste cómo tu propio cuerpo pide a gritos una buena cogida de macho? Si hacía rato que te morías de ganas de que te rompan como la puta que sos. Le dije acelerando el ritmo de las embestidas, hundiéndome hasta el fondo.
— ¡S-sí... mmmh... ay, por Dios... no lo puedo creer... cómo me coge mi propio hijo... ay... aiiih! Empezó a decir con la voz quebrada por el placer, perdiendo el poco orgullo que le quedaba.

El cuarto quedó empapado en un olor pesado a transpiración, a sexo acumulado y a las sábanas hechas un bollo arrugado y mojado sobre el colchón. Ella seguía apoyada con medio cuerpo ahí, con las piernas todavía temblandole flojas y mi verga palpitándole adentro, completamente enchastrada con sus propios jugos que le bajaban por los muslos.
— H-hijo, por favor... sacame la verga, ya está, por favor te lo pido... Balbuceó intentando encarnar de golpe su rol de madre, con la voz temblorosa y tartamudeando, de manera totalmente inconsciente, su cuerpo empujaba las caderas hacia atrás para clavarse aún más en mi miembro.
— ¿Qué te pasa? ¿Ahora te acordás de ser mi mama? Le solté con una sonrisa fría, sintiendo cómo sus paredes me estrujaban la verga.
— No quiero que sigas, te lo juro que esto está mal, por favor sacala de ahí... Me suplicó con los ojos llenos de lágrimas, negando con la cabeza mientras se mordía los labios.
— ¿Querés que saque la verga de tu concha? Bien, te la voy a sacar, pero antes vas a tener que ganártela como la puta que sos. Le retruqué agarrándola fuerte de la cintura.
— ¿Qué... qué querés decir con eso? Preguntó ella con la respiración cortada, mirándome de reojo con terror y confusión.
— Si querés que te la saque de la vagina, me vas a tener que rogar de que te rompa el culo. Le exigí restregándole la verga bien adentro.
— ¡Estás loco! ¡¿El culo?! ¡No, por Dios, no me podés pedir semejante barbaridad! Gritó.
— ¿Te parece una locura? Pero bien que tu concha no me deja salir y me pide más. Le retruqué dándole un par de embestidas secas y profundas.
— ¡Aiaaaah! ¡Mmmh, para, para, me duele, te lo suplico... aiiih! Chilló arqueando la espalda, mientras sus gemidos se mezclaban con jadeos de pura calentura.
— No te voy a hacer caso hasta que me ruegues como la perra que sos, ¿entendiste? Le dije apretándole una nalga con tanta fuerza que le dejé los dedos marcados.
— ¡P-por favor... te lo ruego... sacámela de la concha, hacé lo que quieras pero sacala! Suplicó a duras penas, tragándose el orgullo mientras mi verga seguía estirándole los adentros.
— ¿Así me rogás? Todavía no te escuché llamarme como corresponde, perra. Le retruqué dejándole ir un cachetazo seco y sonoro directo en la nalga.
— ¡Ay! ¡Hijo... aiiih! Gimió sorprendida por el golpe, con la cara aplastada contra las sábanas.
Le di una última embestida bestial y me hundí por completo, dejando mi verga metida hasta lo más profundo y recóndito de su vagina.
Mi miembro se alojó por completo en lo más recóndito de su interior, sintiendo cómo mi glande presionaba directamente contra las paredes de su útero mientras el calor abrasador y la presión asfixiante de su carne me estrujaban la pija de punta a punta, haciéndome latir con fuerza en cada rincón de su anatomía.
— ¡Aaaaaah... mmmh... hijo... no... me llenaste toda por dentro, me duele lo hondo que estás... aiiih... dios mío... mmmh! Balbuceaba tartamudeando, con la voz totalmente quebrada y el cuerpo estacado porque mi verga le llenaba cada rincón del útero.
— A mí no me hablás como si fueran tus privilegios de madre, a partir de ahora me tratás como tu amo y tu dueño, ¿te queda claro? Le ordene tirándole del pelo hacia atrás para obligarla a mirarme.
— ¿A-amo? ¿Querés que tu madre te diga amo? Balbuceó patética, con los ojos desorbitados al terminar de procesar que los roles se habían dado vuelta por completo.
— Exacto, o te quedás con la pija adentro todo el día. Decime amo y pedime que te rompa el culo como la puta barata que sos. Le exigí.
— ¡A-amo... por favor, mi amo... te lo ruego! Soltó el primer ruego con la voz quebrada por la humillación, sintiendo la total degradación de su papel de madre.
— Más fuerte, que no se escucha nada, trola. Le ordené dándole otra palmada que le hizo temblar todo el cuerpo.
— ¡Ay, por favor, mi amo... haceme tuya, rompame el orto, rompámelo como a una perra en celo! Suplicó la segunda vez, con la voz empapada de desesperación y un vicio incontrolable.
— ¡H-hijo... ay no, amo... por favor, por lo más sagrado, rompeme el culo, soy tu puta sumisa, meteme la verga en el orto de una vez! Gritó totalmente entregada, con los ojos en blanco y perdiendo los últimos restos de decencia que le quedaban.
— Así me gusta. Le dije antes de sacarle la verga de la vagina de un tirón seco.
Mi verga salió con un sonido húmedo, ruidoso y de succión profunda que hizo que ella se arqueara de golpe mientras soltaba un gemido largo, agudo y lastimero de puro alivio, temblando al sentir el vacío repentino en su interior.
— ¡Aaaaaah... mmmh... ahhh... ay, por fin... dios... mmmh...! Gimió con los ojos cerrados, exhalando todo el aire acumulado.
Empecé a apoyar la cabeza de la verga contra la entrada de su culo, empujando lentamente hacia adentro.
Ella apretó la sabana, la misma sábana con la que antes intentaba taparse.
— ¡Mmmh... ay, Dios... Dios mío, duele tanto... aiiih! Gimió apretando la tela contra su pecho con tanta fuerza que casi la rompe, sintiendo cómo la carne se le estiraba al límite.
Ya no importaban los lazos ni la sangre compartida, lo que tenía debajo no era la mujer que me crio, sino mi propia zorra personal, un delicioso y dispuesto juguete sexual al que iba a sodomizar sin piedad hasta quebrarle el último rastro de resistencia.
Avancé un poco más con cada latido, sintiendo cómo su anillo anal se negaba a ceder pero terminaba cediendo ante la fuerza bruta de mi miembro.
— ¡A-amo... me vas a partir al medio... ay, por favor... mmmh! Balbuceaba llorando y gimiendo a la vez, mientras mi verga le abría el culo por fin sin piedad, marcando el terreno definitivo de su absoluta sumisión.

Empecé a moverme adentro de su orto con una cadencia lenta, profunda, midiendo cada centímetro para hundirme hasta los huevos en cada embestida, sintiendo cómo sus paredes anales se estiraban y me apretaban con una fuerza desesperada.
— ¡Mmmh... ay, por Dios... se siente... me vas a partir al medio... aiiih! Balbuceaba ella con la voz rota, arqueando la espalda.
— ¿Viste cómo al final tu propio culo de puta pedía a gritos una buena poronga? Le solté con una sonrisa de oreja a oreja.
Después de un buen rato de darle sin piedad.
Le di un par de embestidas más marcando el ritmo en su interior y, antes de que pudiera acostumbrarse a la presión, le saqué la verga del culo de un solo tirón seco.
El miembro salió con un sonido húmedo, ruidoso y de succión profunda que resonó en toda la habitación, haciendo que ella se derrumbara un poco sobre las sábanas.
— ¡Aaaaaah... ahhh... por fin... dios mío... mmmh! Soltó un gemido largo y gutural de alivio inmediato, mientras quedaba apoyada sobre el colchón, totalmente agotada, con la respiración entrecortada y las piernas temblando sin poder sostenerla.
La agarré firmemente de la cintura para terminar de incorporarla, y de un solo movimiento fluido le alcancé a subir la otra rodilla a la cama, obligándola a despegar por completo el cuerpo del suelo y acomodándola bien en cuatro patas sobre el colchón.
Me quedé parando justo atrás de ella, mirándole el culo, y no pude evitar soltar una sonrisa seca, sintiendo una victoria inmensa al ver cómo mi verga le había dejado el culo completamente dilatado, abierto y temblando.
*Si pudieras ver cómo te dejé el culo de abierto en este momento, te morirías de la vergüenza. Pensé para mis adentros, saboreando el momento con una mezcla de incredulidad y poder absoluto*.
Le apoyé las dos manos pesadas directamente sobre las nalgas y se las separé con fuerza hacia los costados, exponiendo todavía más su entrada destrozada y rojiza.
— ¡Ay, no... por favor, no me lo mires así, te lo suplico... mmmh! Gimió de inmediato, intentando juntar las piernas por pura vergüenza.
— ¿Qué te hacés la tímida ahora, si sos mi puta personal? Le retruqué apretándole los glúteos con saña.
Mientras la contemplaba desde arriba, una sensación de locura absoluta me recorrió la cabeza
*Pensar que la mujer que me crió, la misma de cuya vagina salí hace años, estaba ahí tirada, con el orto roto y abierto frente a mí, me volaba la cabeza de una manera enfermiza*.
*Qué vista tan hermosa tengo... el culo abierto de mi propia madre suplicándome más... soy el hombre más afortunado del planeta entero. Pensé con una sonrisa oscura, sintiendo que este juego recién empezaba y que no pensaba tener piedad con ella*.

— Agárrate las nalgas con las manos y abríteme ese culo bien para atrás, perra. Le ordené.
Ella obedeció a duras penas, con las manos temblando mientras separaba sus carnes, dejando atrás de golpe a la madre de familia para transformarse por completo ante mis ojos en una milf caliente y viciosa, dispuesta a ser usada como una cualquiera.
Me acomodé de rodillas justo detrás de ella mientras sentía el orgullo y la adrenalina golpeándome el pecho de ver a la mujer que me parió completamente a mi merced.
No perdí ni un segundo: me alineé y le clavé la verga de un solo empujón hondo y salvaje que la hizo gritar contra las sábanas.
— ¡Aaaaaah... mmmh... hijo... no... dios miooo... aiiih! Gritó arqueando la espalda por el impacto de la estocada, con el cuerpo estacado.
Me costó avanzar porque sus paredes anales se cerraban con fuerza, así que la agarré con ambas manos de las caderas con violencia, usándolas de palanca para impulsarme y obligar a mi miembro a abrirse paso a puro músculo hasta quedar enterrado hasta los mismísimos huevos en lo más profundo de su culo.
*Sentir cómo mi miembro volvía a penetrar ese orto abierto, sabiendo que era el culo de mi propia madre, me llena de un orgullo enfermo y una superioridad brutal que me vuela la cabeza, que no se comparaba con nada; verla ahí, doblada y obedeciéndome como la reina de las putas, era simplemente inolvidable.*
— ¡Aiaaaah... uuuuh... ay, por la concha de su madre... mmmh, ahhh! Suplicó ella levantando la cabeza de golpe y soltando un grito estridente, un sonido caliente y vacilante de perra en celo, mientras sus caderas y sus piernas temblaban descontroladas.
— ¡Aiaaaah! ¡No, por Dios, ya basta, te lo suplico, mi cuerpo ya no da mas... aiiih, no aguanto más! Balbuceó ella con la voz completamente destrozada, arqueando la espalda y temblando de pies a cabeza bajo mi peso, con la cara completamente enterrada en las sábanas mientras sus manos temblaban intentando sostenerse.
— ¿Viste cómo tu culo de puta me traga entero y me aprieta la pija con unas ganas locas? Si cada vez que tiro un poquito para atrás para sacarla, tus nalgas me siguen el movimiento porque no me querés soltar, zorra. Le solté con una sonrisa fría.
— ¡Es que... mmmh... tu verga... ay, dios... aiiih! Gimió.
— Y ni pensés que te voy a dejar en paz, todavía tengo que cogerte por todos estos años de soledad que te pasaste aguantando sin un macho que te coja como la puta que sos. Le dije agarrándola con fuerza de las caderas para empezar a bombear sin piedad.
*Pensaba en todos estos años que llevábamos solos desde que se separó de mi viejo; sé perfectamente que no volvió a estar con nadie formal, apenas alguna cita de cuarta que nunca prosperó ni me presentó, guardándose una sequía y una frustración que su cuerpo suplicaba, muriéndose de ganas de que un hombre de verdad le vacíe todo su semen en su interior... Y ahora el único hombre capaz de llenarla por completo, era su propio hijo.*

— Así me gusta, que sientas cada centímetro adentro. Le dije mientras bajaba las revoluciones, pasando de las embestidas salvajes a un ritmo lento, pesado y profundísimo, hundiéndome despacio hasta los huevos para saborear cómo sus paredes anales se estiraban y me ordeñaban la pija con una desesperación insoportable.
Disfrutaba del momento.
— ¡Mmmh... ay, por Dios... te siento tan hondo... me .... partes... al medio... aiiih! Gimió ella con la voz rota, arqueando la espalda.
En medio del éxtasis de las embestidas lentas, ella soltó de golpe las manos de sus nalgas, apoyó las palmas contra el colchón y se aferró a las sábanas hechas un bollo, estirando los brazos mientras soltaba un grito agudo y un gemido largo que me cortó el rollo al instante.
— ¡Aaaaaah... mmmh... hijo, afloja... un poco... por favor... ahhh! Gritó, cometiendo el peor error de todos.
— ¿Qué mierda me acabás de decir, pedazo de puta desubicada? Le solté con la voz fría y tajante, frenando en seco las embestidas al escuchar que me volvía a llamar por mi rol de hijo olvidándose por completo de quién mandaba.
— ¿Q-qué dije...? ¿De qué hablás, amo? Preguntó ella con la respiración cortada, girando apenas la cabeza de costado mirándome de reojo con los ojos desorbitados y parpadeando confundida y sin alcanzar a entender en qué se había equivocado.
— ¿Todavía preguntás, estúpida? Me volviste a llamar hijo cuando sos mi maldita perra sumisa, ¿te creés que podés tratarme con esa familiaridad cuando estás con el orto abierto y arrodillada como una cualquiera? Le expliqué con la voz hirviendo de bronca.
— ¡Per... perdón, amo, se me escapó, te lo juro... ay, no me castigues... mmmh! Balbuceó.
— A mí no me trates con confianza, puta barata, a ver si te entra en la cabeza de una vez por todas que acá la única autoridad soy yo. Le ordene agarrándola con violencia de un solo brazo para inmovilizárselo contra la espalda.
— ¡Ay, amo... por favor, te lo suplico, no fue mi intención... aiiih! Sollozó ella, intentando zafarse mientras con la otra mano le aferraba las sábanas para que no se moviese.
— Como me faltaste el respeto, ahora te vas a ganar un buen castigo por desobediente. Le solté con una sonrisa macabra antes de empezar a repartirle cachetazos secos y sonoros en las nalgas. ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
— ¡Ay, dios mío, perdón... aiiih, me duele, amo! Chilló con cada golpe que le dejaba los glúteos marcados de rojo intenso mientras le castigaba sin piedad.
*Pensar en lo irónico que era el destino... de chico, en esta misma casa, ella era la que me retaba y me castigaba por portarme mal, y ahora, años después, era yo el que la tenía doblada en cuatro, dándole nalgadas y reventándole el orto como a la peor de las putas para enseñarle a respetar a su amo. Pense con una satisfacción infinita*.
Dejé de lado toda la delicadeza con la que venía manejando las estocadas lentas para duplicar la velocidad y metiéndole la verga el doble de duro, salvaje y profundo, embistiéndola sin freno y haciéndole chocar las caderas contra las mías con una violencia animal.
— ¡Aiaaaah! ¡Uuuuff... ah... aaaaah... sí... más... más, amo... aiiiih! Chillaba perdiendo por completo la razón, transformándose en una perra en celo que ya no hilvanaba una sola palabra coherente, soltando aullidos y gemidos salvajes.
*Plap, plap, plap*
— ¡Mmmh... argh... ohhh... poronga... ah, sí, aiiih... ah, ah, ahhh! Balbuceaba, chorreando placer y entregándose como la perra sumisa que era.
— ¡Aiaaaah... guuuuh... ohhh... mmmh... soy tuya... ahhh, aiiiih! Gemía.

La solté de un golpe seco de las manos y, sin dejar de bombearle con furia, la agarré con fuerza de las caderas para mantenerla firme, mientras ella se aferraba a la cabecera de la cama.
En medio de las embestidas salvajes, giró un segundo la cabeza hacia atrás para mirarme de reojo, los ojos llenos de lágrimas y una expresión de absoluta sumisión que me hizo hervir la sangre de placer.
*Verle la cara de perra destruida, con la mirada completamente perdida y suplicando clemencia, me generaba una sensación de poder y orgullo tan inmensa que me daban ganas de seguir reventándola por horas.*
— ¡Aiaaaah... por favor, amo, te lo suplico... no puedo más, dejame descansar el culo, te lo ruego... aiiih! Gimió ella a duras penas, aullando de dolor y placer mientras las embestidas le sacudían todo el cuerpo.
— ¡Mmmh... dios mío, te lo pido, apiadate de mi culo roto... ahhh! Suplicó.
— ¡Aaaaaah... uuuuh... te lo suplico, amo, dejame descansar un segundo, siento que me vas a partir al medio, tené piedad... mmmh! Me decia suplicando.
— ¡Ay, por todos... los santos, ya... no tengo fuerzas... te juro que mi culo... no... aguanta ni una estocada más... dejame descansar, por favor... aiiih! Balbuceó ahogada en llanto, rogando con desesperación mientras le seguía clavando la verga sin piedad.
— ¡Mmmh... amooo, te lo ruego con el alma, apiadate de mí... dejame descansar el culo destrozado... ay, por favor, no me rompas más! Suplicó.
— ¿Querés que pare con el castigo y que te deje descansar el culo? Bien, si querés un respiro, vas a tener que dar vuelta ahora mismo y ponerte boca arriba para volver a cogerte la concha. Le solté con una sonrisa fría y mandona, hundiéndole el miembro hasta los huevos.
— ¡No... la vagina no, por favor, eso ya es demasiado! Gritó sorprendida y con los ojos desorbitados, intentando encogerse ante semejante propuesta.
— ¿Qué te pasa, te asusta? Pero si hace un rato bien que te encantaba cómo te llenaba la concha, zorra. Le retruqué dándole otra estocada seca.
— ¡Estás loco, pensá en lo que estamos haciendo, ya es suficientemente grave que estoy haciendo el amor con mi propio hijo... mmmh! Balbuceó aterrorizada, intentando usar la lógica con la pija adentro del orto.
— ¿Grave? ¿De qué mierda hablás si acá no estamos haciendo el amor ni ninguna de esas pavadas cursis, pedazo de puta? ¡Acá estamos cogiendo duro! Le grité.
— ¡Perdón, amo, tenés razón, no estamos haciendo el amor, solo somos dos viciosos cogiendo... pero por favor la concha no, por ahí no! Suplicó.
— Ya probé tu concha recién y sé perfectamente cómo me aprieta, así que a mí no me jodas. Ahora me vas a tener que convencer con todas las letras si querés que te saque la verga de este orto. Le exigí, bajando un poco la velocidad pero apretándote las caderas.
— ¡Amo, por favor, te lo suplico, sacámela del culo y métemela en la concha, te prometo que voy a ser tu puta más obediente! Arrancó a rogar ella, retorciéndose y contorsionándose como una maldita perra en celo para convencerme.
— ¡Haceme tuya por la concha, mi amo, meteme tu verga gigante ahí donde saliste, llename el utero de semen caliente como la zorra insaciable que soy! Suplicó con una voz ultra sucia, arrastrándose en el vicio para cumplir mi capricho.
— ¡Te juro que mi concha se muere por recibir tu verga de nuevo, amo, cógeme la vagina como a un puta barata! Balbuceó desesperada.
— ¡Por favor, amo, sacámela del orto y metéme la pija en la concha, dejame sentir cómo me rompés otra vez, soy tuya, usame! Rogó con los ojos en blanco, sacudiendo las caderas hacia atrás para buscar mi aprobación.
— ¡Te lo imploro, amo, sacámela de mi culo adolorido y metéme tu poronga en la concha, quiero que me rompas la vagina y temblando de placer! Suplicó cerrando el trato con un gemido largo, calientes y bien de puta, lista para entregarse de nuevo.

— Está bien, perra, te voy a dar el gusto y te voy a sacar la verga. Le solté con una sonrisa fría y dominante.
Le metí la última embestida bestial, brutal y profunda hasta los mismísimos huevos, haciendo que ella tirara la cabeza para atrás y soltara un grito estridente mezclado con un gemido desgarrador.
— ¡Aaaaaah... mmmh... por fin, dios mío... aiiih! Gritó.
Saqué la verga del culo de un solo tirón seco y violento, provocando un sonido húmedo, ruidoso y de succión profunda que resonó en toda la habitación, haciéndola exhalar un suspiro largo y gutural de puro alivio.
— ¡Aaaaaah... ahhh... gracias, mi dios, al fin... mmmh..gracias por sacármela de/.hí... mmmh, qué alivio... aiiih! Gimió con los ojos cerrados, derrumbándose hacia adelante con el cuerpo desplomándose apenas sobre las sábanas empapadas temblando por el cambio de presión.
— Ahora date vuelta y ponete boca arriba enseguida. Le ordené con una voz mandona.
Ella obedeció al instante, recostándose boca arriba sobre las sábanas mojadas mientras yo me metía entre sus piernas abiertas.
Le agarré una de las piernas y se la levanté con fuerza para apoyársela en su pecho, *(mientras mantenía mi mano firmemente presionada sobre su rodilla levantada, sosteniéndosela contra el pecho, y yo me quedaba arrodillado entre sus muslos)*, dejándole la vagina totalmente expuesta y lista para recibirme.
No le di tiempo ni a acomodarse: le apoyé la punta de la verga y me le hundí de un solo golpe seco hasta los huevos.
— ¡Ay, por favor... mmmh... de nuevo no, por Dios... aiiih! Gritó desatada, con los ojos en blanco y temblando de pies a cabeza apenas sintió la cabeza de la verga adentro, arqueando la espalda de golpe, con todo el cuerpo estacado y temblando mientras el orgasmo le estallaba en la concha al primer contacto.
No pude evitar soltar una carcajada seca y burlona al verla temblandocomouna colegiala cachonda.
*Verla ahí con el pelo revuelto pegado a la cara por el sudor, sacándoselo de un manotazo mientras me miraba fijamente a los ojos con esa expresión de puta vencida y caliente, me daba un placer mental enfermizo. Pense*
— ¡Aiaaaah... mmmh... se siente tan hondo, dios mío, me muero... aiiih, no aguanto más... ahhh! Gimió ella con la voz quebrada..
— ¿Viste cómo te encanta? Agradecé que tu propio hijo se digna a darte la cogida que necesitabas desde hace un buen tiempo, porque ningún otro machito te iba a saciar el hambre que tenés. Le retruqué con desprecio, empezando a bombear sin piedad.
— ¡N-no es verdad... estás loco, decís estupideces... aiiih, claro que no me gusta esto... mmmh! Balbuceó ella negándolo todo con desesperación, apartando la cara avergonzada.
— No intentes negarlo si tu cara de perra y tu concha chorreando están diciendo exactamente lo contrario, te encanta que sea tu propio hijo te coja. Le solté.
— ¡No me digas eso... ay, por favor, parate... mmmh... no puedo parar de sentir cómo me llenás... aiiih! Balbuceaba ella negándose a aceptar la realidad, mientras su cuerpo me apretaba con más fuerza.
Mientras ella negaba con la boca, el ritmo frenético de mis embestidas empezó a quebrar sus defensas, alternando estocadas cortantes con golpes profundos que le sacaban gritos ahogados y la hacían perder la cordura poco a poco. Después de unos segundos le solté una embestida salvaje que la hizo sacudirse entera.
— ¿Viste cómo tu propio cuerpo te traiciona, perra? Me lo estás pidiendo a gritos, vas a confesarme que te encanta la pija de tu hijo o te voy a destrozar la concha hasta que dijas la verdad. Le dije.
— ¡A-ay... mmmh... es que... es tan gigantesca, me llena toda... cómo me gusta sentir tu verga adentro, es una locura... aiiih, no puedo más, me vas a volver loca... mmmh! Se le escapó tartamudeando entre gemidos, perdiendo el control y delatándose sola por el tamaño de mi miembro.
— ¿Qué dijiste? ¿Qué fue lo que se te escapó recién? Le pregunté con una sonrisa sádica, frenando el ritmo de golpe y mirándola fijo, con una sonrisa burlona para acorralarla.
— ¡N-nada, amo... no dije nada... mmmh! Mintió.
— No me mientas a mí, zorra, te escuché perfectamente cómo se te cae la baba reconociendo que te encanta la pija de tu hijo. Le retruqué con bronca, duplicando la velocidad de las embestidas y hundiéndome hasta el fondo sin piedad.

— ¡Aiaaaah... mmmh... no parez, por favor, seguí dándome así... aiiih, me vas a hacer correrme de nuevo! Gritó ella arqueando la espalda por completo, con el rostro desencajado por el éxtasis y los pechos agitados subiendo y bajando con violencia.
— No te me pongas loca todavía que esto recién se pone bueno, perra. Le retruqué con una carcajada seca, agarrándole con fuerza la otra pierna que le quedaba libre en el colchón.
— ¡Ay, por Dios... qué hacés, aiiih... mmmh! Soltó un sonido agudo de sorpresa y puro placer cuando le levanté las dos piernas de un solo movimiento firme, obligándola a abrirse por completo.
— Ahora sujeta fuerte tus dos piernas y abrí bien esa concha, que quiere ver cómo te tragás mi verga entera. Le ordene con voz imperiosa, obligándola a sostenerse sus propias piernas en el aire.
Ella obedeció con una obediencia ciega, temblando mientras aferraba sus manos contra sus rodillas para mantener la vagina totalmente expuesta ante mis ojos, dejando su vagina roja, hinchada y empapada completamente a mi merced.
Inmediatamente le apoyé mis manos justo encima de sus manos temblorosas, apretándoselas contra su cuerpo para asegurarme de que no pudiera cerrarse ni un centímetro.
*Mirar y Contemplar su cuerpo entero brillando y escurriendo bajo el brillo tenue de la habitación, cubierto de sudor y transpiración, me generaba un orgullo enfermo y una superioridad absoluta; verla ahí, entregada y totalmente expuesta a la merced de su propio hijo, me volaba la cabeza.*
Ella bajó la cabeza por pura curiosidad morbosa, y al ver en directo cómo mi verga entraba y salía de su vagina abierta, ensanchándole los labios y desapareciendo hasta los huevos, soltó un suspiro ahogado y se quedó completamente hipnotizada.
— ¡Mmmh... por favor, mirá cómo me llenas... aiiih, es una locura... mmmh! Gimió ella con la voz quebrada por el calor del momento.
— Así me gusta verte, completamente abierta y entregada para tu hijo, sabiendo que nadie más te va a tocar de esta manera. Le retruqué con una sonrisa fría.
Comencé a moverme despacio, cambiando las embestidas salvajes por un ritmo deliberadamente lento, pesado y profundísimo, midiendo cada centímetro para entrar y salir con absoluta elegancia.
— ¡Mmmh... Dios mío... es una locura ver cómo me entrás... aiiih, no lo puedo creer... mmmh, me da tanta vergüenza pero me calienta tanto... ahhh! Balbuceó con los ojos abiertos de par en par, mientras sentía cómo mi miembro grueso se abría camino a la fuerza, estirando los pliegues y ensanchando las paredes de esa misma vagina que años atrás me había dado la luz, abriéndose paso sin piedad hasta el fondo.
— ¡Aiaaaah... ay, Dios... te siento tan hondo... mmmh, ahhh! Balbuceó ella con los ojos vidriosos, arqueando levemente el torso.
Por pura curiosidad morbosa y perversa, bajó la cabeza y estiró el cuello para mirar hacia abajo, quedando completamente hipnotizada al ver cómo mi miembro grueso y duro entraba y salía de su concha con una precisión quirúrgica.
— ¡M-mirá cómo me entrás... ay, por Dios, no puedo dejar de mirar... mmmh, cómo me abríste... aiiih! Se le escapó un suspiro de asombro y terror excitado, incapaz de apartar la vista del vaivén.
*Disfrutaba como un loco verla ahí, tragando saliva al comprobar con sus propios ojos que era la pija de su propio hijo la que entraba y salía de su vagina.*
— ¡A-amo... aiiih... no me mires así... mmmh, ay... me estás destrozando... ahhh... mmmh! Balbuceaba tartamudeando apenas lograba emitir sonido, con la voz hecha trizas por las embestidas continuas que le sacudían cada hueso.
— ¡Sí... haceme lo que quieras, rompeme toda, soy tuya, tu maldita perra sumisa... aiiih, metémela hasta el alma... mmmh! Gimió totalmente enloquecida, moviendo la cadera al compás de mi ritmo.
*Verla ahí, era la prueba definitiva de que ya no quedaba nada de la madre de antes, ahora era solo mi zorra, mi obra maestra.*

Deslicé lentamente mis manos desde sus manos temblorosas hasta apoyar las palmas con fuerza contra el colchón, a los costados de su cuerpo, dejando que fuera ella misma la que tuviera que sostener sus propias piernas en el aire mientras yo me inclinaba hacia adelante.
Dejé caer todo el peso de mi cuerpo hacia adelante chocando mi torso sobre el suyo, usando mis brazos para bloquearle las piernas y asegurarme de que quedaran completamente abiertas de par en par, impidiéndole cerrarlas ni un solo centímetro, vulnerable e inmovilizada bajo mi dominio absoluto.
Ella estiró los brazos e intentó empujarme con las manos temblorosas, forcejeando con desesperación e inútilmente para sacarme de encima, mientras yo la ignoraba por completo y le seguía clavando la verga hasta el fondo con una cadencia pesada.
Con el empuje de las embestidas, su cabeza quedó justo al lado de mi oído, obligándome a escuchar cada uno de sus alaridos más íntimos y sucios mientras le destruía el centro del cuerpo a puro ritmo.
— ¡Mmmh... ahhh... aiiih... ohhh, dios... mmmh! Soltó un gemido gutural y profundo contra mi cuello, perdiendo por completo la compostura mientras su boca quedaba rozando mi oreja entre jadeos calientes y descontrolados.
— ¿Qué te pasa, te molesta que tu propio hijo te deje la poronga tan adentro? Disfrutá, perra. Le retruqué con una sonrisa fría, dándole una embestida implacable que le sacó un alarido.
— ¡Aaaaaah... mmmh... uuuuh... aiiih! Sollozaba ella sin decir una sola palabra coherente, perdiendo totalmente la razón y emitiendo únicamente gemidos roncos, aullidos agudos y jadeos animales de perra en celo contra mi cuello.
Mientras ella seguía intentando separarme con las manos empujándome los hombros sin conseguir ningún resultado, el ritmo de mis estocadas hacía que su cabeza quedara justo al lado de mi oído, regalándome cada uno de sus jadeos más íntimos y sucios.
— ¡Uuuuh... aiaaaah... mmmh, ahhh... oh, por Dios... aiiih! Seguía gimiendo con la voz quebrada.
*Sentir cómo cada rincón de su vagina se estiraba al máximo, recibiendo cada milímetro de mi verga hasta lo más profundo de su vagina, me daba una satisfacción tan oscura y retorcida que me hacía perder la noción del tiempo*.
— ¡Aaaaaah... guuuuh... mmmh... aiiih, sí... por ahí... no pares... ahhh! Balbuceaba sonidos rotos, completamente entregada al vicio y olvidándose por completo de cualquier intento de resistencia.
— Eso es, seguí gimiendo como la puta que sos, sintiendo cómo tu propio hijo te hace gozar como ningún otro hombre pudo hacerlo. Le retruqué, acelerando el ritmo de las estocadas.
— ¡Mmmh... ahhh... aiaaaah... uuuuh... dios mío... aiiih! Chillaba con tonos cada vez más altos, con los ojos en blanco y la saliva cayéndole por la comisura de los labios mientras el colchón crujía bajo nuestros cuerpos.
— ¡Aaaaaah... ohhh... mmmh... aiiih, no aguanto más... ahhh! Gritaba ahogada, sacudiendo las piernas al aire.
*Saber que la mujer que me dio la vida estaba ahí, atrapada bajo mi cuerpo, intentando empujarme con sus manitos débiles mientras me suplicaba y se retorcía de la forma más viciosa posible, me volaba la cabeza de una manera enfermiza, me reía por dentro al ver lo inútil que era su resistencia frente a mi pija.*
Sentia cómo sus paredes vaginales empezaban a contraerse con una violencia insólita, palpitando y exprimiéndome el miembro en una contracción furiosa que marcaba el inicio de una seguidilla demencial de orgasmos donde su cuerpo estallaría una y otra vez sin respiro.
— ¡Aiiiih... uuuuh... aaaaaah... mmmh, no... ahhh, dios... sí... me corro... aiiih! Balbuceaba sin decir una sola palabra coherente, soltando el primer climax con las piernas temblando descontroladas.
Sin darle un solo segundo de descanso, seguí metiéndole la verga a fondo, provocando que su sistema nervioso colapsara de inmediato ante tanta fricción.
— ¡Mmmh... guuuuh... aih-aih-aiih... ahhh, de nuevo no, por favor... mmmh... me vuelves loca, aiiiih! Chillaba ella, mientras su concha convulsionaba, escupiendo jugos y estrujándome la pija con una fuerza animal.
La intensidad del bombeo era tal que su cuerpo no aguantó el ritmo y las contracciones se encadenaron de inmediato, obligándola a venirse por tercera vez mientras los gritos se le volvían cada vez más agudos y rotos.
— ¡Aaaaaah... uuuuh... mmmh... ohhh, dios... aiiih... no puedo más... mmmh, ahhh! Gemía ella.
Sin sacarle la verga ni un centímetro, le di una serie de estocadas secas y profundas que la empujaron directo al cuarto orgasmo, haciéndola aullar contra mi cuello en un trance de puro vicio.
— ¡Aiaaaah... mmmh... ahhh... dios mío... aiiih, sí, otra vez no... mmmh! Balbuceaba en un bucle eterno de gemidos sin sentido.
Y cuando creía que ya no le quedaban fuerzas ni líquido en el cuerpo, le di una última embestida brutal que desató el quinto orgasmo consecutivo, derrumbándola por completo.
— ¡Aaaaaah... mmmh... ahhh... dios... aiiiiih! Explotó en un grito largo y agónico contra mi oído, sacudiéndose entera y perdiendo totalmente la conciencia del placer mientras su cuerpo colapsaba empapado de sudor bajo el peso de mi dominio absoluto.

Después de ese maratón en el que la hice venirse cinco veces seguidas, sentí que la presión en la base de la pija ya era insoportable y que me tocaba vaciarme a mí también.
Me acerqué despacio a su oreja, con el torso apoyado sobre el suyo y mi verga latiendo hondo en el centro de su vagina, y le solté una risa seca mientras le susurraba lo que se le venía.
— Preparate, porque ya estoy al límite y te voy a llenar toda la concha con mi leche, para que te quede bien claro de quién es tu macho ahora. Le murmuré.
— ¿Qué... qué decís? ¿Te vas a correr adentro mio? Preguntó ella tartamudeando y con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
— ¡N-no... pará, por favor, no te corras adentro, pensá en lo que estás apunto hacer! ¿Qué pasaria si me embarazo... qué vamos a hacer si tenemos un hijo? Balbuceó ella.
— ¡Por favor, te lo suplico... correte afuera... no... no me llenes la vagina con tu semen, sacamela... aiiih, no lo hagas! Chillaba aterrorizada, retorciéndose bajo mi peso mientras me suplicaba clemencia con la voz rota.
— ¡Por favor te lo suplico, pensá en las consecuencias, qué va a pasar si quedo embarazada de mi propio hijo? Suplicó ella.
— ¿Qué pasa, te asusta pensar en las consecuencias? ¿Qué va a pasar si quedás embarazada de tu propio hijo? Le retruqué con una sonrisa fría.
— ¡Pensá en la locura que decís, yo sería madre y abuela al mismo tiempo de la misma criatura! Gimió ella, intentando hacerme entrar en razón.
— ¿Y qué tiene de malo? Acaso no querías tener otro hijo y no me decias de que era momento de tener un nieto tambien y ahora vas a poder tener ambos, vas a ser abuela y madre al mismo tiempo, ¿no era eso lo que querías? Le dije riéndome a carcajadas de su cara de desesperación.
— ¡Estás loco, sacamela, no quiero que mi propio hijo... aiiih! Suplicó patéticamente.
Sin escuchar ni uno solo de sus ruegos, ignorando por completo sus ruegos, tomé impulso y le hundí la verga en lo más hondo y profundo posible de su vagina, tocándole el fondo con una estocada brutal y buscando el rincón más íntimo de su matriz.
— ¡Aaaaaah... guuuuh... no, no, adentro no... aiiiiih! Gritó con una mezcla perfecta de dolor, terror y un placer tan extremo que le hizo arquear la espalda de golpe.
— ¡Aiaaaah... guuuuh... mmmh, no aguanto más... mi propio hijo me está llenando... aiiiih... qué rico... ahhh! Balbuceaba perdiendo la razón entre jadeos de perra en celo.
Me agarro fuertemente de la espalda con las uñas clavadas en mi piel y estrujándome las nalgas con desesperación, mientras yo empezaba a vaciarme dentro de su útero en chorros calientes y pesados.
Sentir cómo me tragaba hasta el último milímetro mientras me corrí dentro de su vagina, inundándola con todo mi semen, me dio una sensación de poder absoluto, ver a mi propia madre temblando, agarrándome fuerte de la espalda y corriendo en un orgasmo más mientras le llenaba las entrañas, me volaba la cabeza de una manera enfermiza.
Mientras seguía eyaculando chorros y más chorros de leche caliente, no paraba de darle estocadas cortas y profundas, haciendo que el líquido espeso rebosara y empezara a chorrear por sus piernas y los bordes de su concha, dejando toda la sabana completamente empapada.
*Pensar en los giros tan locos y enfermos que da la vida... tener a la mujer que me parió ahí tirada, con las entrañas repletas de mi propio semen, sabiendo que tranquilamente podía dejarla embarazada y terminar siendo el padre de mi propio hermano e hijo al mismo tiempo, me volaba la cabeza de una manera indescriptible.*
— ¡Ay... mmmh... uuuuh... no puedo más, estoy... estoy ta llena... aiiih, qué caliente... mmmh! Balbuceaba tartamudeando, totalmente exhausta y temblando de pies a cabeza.
De un tirón seco y decidido, saqué la verga de golpe de su vagina.
¡Plop... shhh... slurp!.
Fue el sonido de mi verga al salir de golpe de su concha, un ruido húmedo y grotesco de succión profunda que resonó fuerte en la habitación, sacando a relucir una cantidad insólita de semen espumoso y blanco que empezó a escurrirse sin parar, que hizo que se le abriera las piernas de par en par.
— ¡Aiiih... dios... mira como le llenaste... mmmh... ahhh! Gimió jadeando con la voz rota y la baba cayéndole por la barbilla.
Me quedé fascinado observando su cara de perra atónita, riéndome por lo bajo al verla ahí, boca arriba, con las piernas abiertas de par en par mientras de su concha destrozada y abierta brotaba un río constante de mi semen mezclado con sus jugos.
Ella se quedó ahí, boca arriba, con las piernas separadas y una cara de viciosa sorprendida, contemplando el río de semen que le escurría por la vagina y pensando, con una mezcla de terror y una calentura enfermiza, que muy probablemente ya llevaba a su propio nieto e hijo creciendo adentro.
— ¿Viste cómo te dejé la concha bien cargada de semen? Ahora vas a tener que andar por la casa chorreando el semen de tu amo, perra. Le solté con una sonrisa.
— ¡S-sí... mmmh... mirá cómo estoy... completamente llena de tu leche... soy tuya, soy tu perra... aiiih... mmmh! Balbuceó ella con una sonrisa de viciosa pervertida, contemplando el río de semen que le escurría por los muslos y sabiendo perfectamente que ya no había vuelta atrás.

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¡Mi madre Elena está totalmente rota, empapada y convertida en mi puta personal!
Se creía la señora intocable, la madre de familia que todos respetan, pero bastó con meterle la verga de su propio hijo hasta el fondo para borrarle cualquier rastro de moral y decencia.
Pasó de ser mi madre respetable a la perra más viciosa y sumisa que tengo a mis pies.
Mientras en la calle sigue haciendo la vida normal de señora seria, en esta casa se queda tirada en las sábanas con las piernas abiertas y temblando, la concha abierta y mi semen caliente chorreándole por su vagina, sabiendo que su propio hijo la hizo gozar como ningún macho pudo hacerlo en años y que perfectamente que ya no hay vuelta atrás y que su único dueño soy yo.
Si les gustaria seguir viendo mas de mi madre Elena.
Verla sucumbir totalmente al placer más incestuoso, prohibido y extremo de ser la perra obediente de su propio hijo...
¡Quiero que estos comentarios y puntos exploten ya mismo!
Si este post revienta y me demuestran que están son tan adict@s a este contenido de categoría FAMILIAR como yo, seguiré sacando más historias de este estilo y subiré la segunda parte con mi madre Elena.
En cuanto menos se lo esperen
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Anterior Relato De Genero Familiar:
Elisa: Mi Tía Recién Separada:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6326456/Elisa-Mi-Tia-Recien-Separada.html
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Anterior Relato:
Lorena: La Mama De Mi Mejor Amigo:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6342272/Lorena-La-Mama-De-Mi-Mejor-Amigo.html
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Próxima Relato:
(Próximamente)
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Anterior Mandamiento:
Mi Mandamiento 5:
https://www.poringa.net/posts/gif/6343777/Mi-Mandamiento-5.html
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Próximo Mandamiento :
Mi Mandamiento 6:
(Próximamente)
1 comentarios - Elena: Mi Madre